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FIESTAS DEL "MAYO" EN SEGOVIA CAPITAL

DELGADO, Luis Domingo

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 29.

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A todos aquellos que han vivido alguna vez en el barrio del Cristo del Mercado, porque de seguro no habrán olvidado llevar por la vida las alforjas bien provistas de ese espíritu naturalista y ecológico que por arrobas les legaron sus antepasados.

Segovia, 1 de mayo de 1983.

En un libro de largo título, " Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua castellana", entre los dichos, decires y sentencias recopilados por el maestro don Gonzalo Correas con ayuda de la rica tradición oral de su tiempo, se encuentra un refrán, muy extendido y popularizado por los asentamientos agrícolas, que hace referencia al carácter festivo del mes de mayo: "Mayo mangorrero -mangonero, corrige don Francisco Rodríguez Marín en su refranero "Más de 21.000 refranes castellanos"- pon la rueca tras el humero", aconsejando a las hilanderas campesinas dejasen su labor y se aprestasen a arrinconar detrás de la campana del hogar, junto al fuelle y la badila de atizar el fuego, el huso y la rueca para ,a continuación, cambiar la tosca saya .de bayeta y el mandilón de "a diario" por el manteo de paño fino y el mandil de los días de gala, y así, ataviadas y compuestas, acompañasen a la manga y al pendón durante el recorrido callejero de las frecuentes procesiones que en estas fechas se realizaban.

Las fiestas primaverales de primeros de mayo han sido a lo largo de la historia una constante que, a fuerza de repetirse cada año, llegaba a tener en la vida de los pueblos agricultores una profunda y arraigada simbología, que de alguna manera iba dirigida a procurarse los favores de los dioses, espíritus y fuerzas sobrenaturales presentes y animados en la esplendorosa floración de la Naturaleza, a fin de que procesos tan vitales para su supervivencia como eran la granazón de las cosechas, la reproducción de los ganados y el cortejo y devaneo preamatorio entre los propios miembros de la comunidad, se llevasen a efecto con el mejor provecho.

En Segovia, como sucedió en la mayor parte de Europa, las prácticas típicas de exaltación del reino vegetal quedaban centradas en el levantamiento, dentro de la población, de un árbol llamado "mayo" debidamente descortezado y desprovisto de sus ramas inferiores, al que se le adornaba lo mejor posib1e. En lo que a las tradiciones relativas al amor y a la fertilidad se refieren debemos apuntar la elección de la "maya" entre las mozas más agraciadas del lugar -quiero ver en estos ancestrales nombramientos un claro precedente, aún sin adulterar de las modernas nominaciones de "misses", "majas" y "reinas de las fiestas"- y la colocación y puesta del "ramo" en los barrotes de los balcones de las jóvenes aldeanas al tiempo que se desgranaban hermosas canciones de ronda:
"A cantar el mayo,
señora, venimos
y para cantarlo
licencia pedimos.

Usté que nos oye
no nos dice nada,
señal que tenemos
la licencia dada..."

ROMERIA DE LA CRUZ DE MAYO
BARRIO DEL CRISTO DEL MERCADO

La cristianización de los medios rurales no cambió en esencia el contenido de estas celebraciones y manifestaciones populares, sino que más bien encaminó el ceremonial hacia un santoral (martirologio) rico en mitificaciones y milagros, que, ante la complacencia de las gentes, fue poco a poco haciéndose receptor de las prístinas tradiciones paganas y de los arraigados ritos animistas.

Con la llegada de mayo "Santa Cruz (día 3), saca las fiestas ala luz"- el barrio de labradores de Segovia capital celebraba una de las fiestas más pintorescas y populares de la ciudad. Desgraciadamente con la pérdida del espíritu agrario por parte de sus moradores se marcharon los festejos y con ellos una costumbre secular impregnada de sabores agrestes y naturales.

Platicar con los viejetes que se sientan a tomar los últimos rayos del sol sobre la escalinata de la hoy dormida ermita del Cristo que fundara San Vicente Ferrer, allá en los comienzos del siglo XV, es compartir por un rato su .juventud renovada, es ver cómo sus ojillos apagados renacen y se llenan de luz, es comprobar que la cultura viva gusta de anidar en las cosas sencillas, es..., en fin, recorrer emocionado un camino sembrado de nostalgias.

A escasos pasos de la "Puerta de Madrid" -denominada así por dar salida al camino que conducía a la villa de los "gatos" y en homenaje a los capitanes segovianos Díaz Sanz y Fernán García por la gesta realizada en la toma de Madrid- se alza una cruz de piedra y se asienta una pequeña iglesia presidiendo la vida del barrio, que, según nos refiere don Julián María Otero en su libro "Itinerario sentimental de Segovia", aún transcurría plácida y tranquila entre olores mezclados de retama quemada y de pan recién hecho, entre el tintineo ,de las esquilas y la imagen labradora del uncir y desuncir las yuntas ante las puertas carreteras de las portadas por el no demasiado lejano 1915.

"Antiguamente -me dicen- en este sitio celebrábamos la romería de la Cruz de Mayo. Era una hermosa fiesta, la mejor de toda Segovia. El pueblo, sabe usted, elegía las vísperas un alcalde de fiestas entre los mozos. Aunque el cargo requería sacrificios era muy goloso, y recaía en el que ofrecía más y mejores festejos a sus convecinos. Durante los días que duraban las celebraciones el alcalde era la máxima autoridad y ataba y desataba según lo creyera oportuno. Para ello el gobernador le había hecho entrega de un simbólico bastón de mando."

DIA 2: "EL LEVANTAMIENTO DEL MAYO"

La memoria colectiva de los ancianos del Cristo del Mercado pone ante mí, como quien se ve reflejado en el espejo de los hechos, la película de unos tiempos que no volverán, pero cuyo recuerdo es capaz de quitar diez años de encima a sus protagonistas.

.Los mozos andan ocupados en la tarea de descargar de una sólida y concienzuda carreta de bueyes a un señor "mayo" de más de 70 pies de altura -unas veces será un pino de Valsaín, otras un chopo blanco de las alamedas cedido por el Ayuntamiento- al que aún empalmarán, con ayuda de varias anillas que el tío Alejandro, el herrero, forjó de mañana en su fragua, una cruceta que haga las veces de cucaña y de la que colgarán los. premios: jamón, chorizos, pollos...Mientras unos pocos hacen de gabarreros ocasionales, pelando y descortezando el árbol con hachas de doble boca, otros se encargan de darle una buena mano de sebo que dificultará la posterior ascensión a los más emprendedores y atrevidos, y unos terceros cavan a golpes de pico una profunda hoya de dos metros que servirá de cama y sostén al pie circular -un hombre no es capaz de abarcar su contorno- del gigantesco "mayo", el resto acude en busca del vino y del escabeche para regresar más tarde acompañados de la dulzaina y el tamboril entre el alborozo de la chiquillería. El tío Mariano Romualdo y el tío Silverio, padre, tocan que da gloria oírles. No será fácil olvidar las reboladas del primero ni la estampa que ofrece el segundo repiqueteando la caja con su boina vieja, calada hasta los ojos, y ligeramente caída en forma de pico.

Uno de los logros verdaderamente positivos de las sociedades campesinas consistía en alcanzar la participación desinteresada de todo el pueblo en beneficio de la comunidad. El trabajo era un motivo más de unión y de convivencia vecinal entre sus miembros. Y es precisamente por esto por lo que las tradiciones, festejos y celebraciones no se podían entender sin la participación activa (protagonismo) de todos y cada uno de los individuos que integraban la colectividad:

"¡Vítores a mayo
que le empinaron;
pero fue con la ayuda
de los casados!"

La alzada del "mayo" en el arrabal del Cristo del Mercado entra en la línea comunera apuntada anteriormente, y una vez más se demuestra que este pueblo abanderado de la coyuntura, no escatima su participación a la hora de arrimar el hombro para la consecución del bien común.

Allí en la plaza están presentes mozos y casados, labradores y otros gremios artesanos dispuestos a colaborar. El vino corre bullanguero de boca en boca y las notas de la dulzaina se enredan en las bocastejas de las casas antes de perderse camino .del Guadarrama. Todos, absolutamente todos, están dispuestos a concertar cometidos ya unificar esfuerzos. El tío Alejandro procede a anillar los empalmes. Algunos hombres han acercado las tijeras (aspas de madera de pino clavadas en forma de x que presentan distintos tamaños y cuyos brazos superiores son más cortos que los inferiores. Su ayuda será imprescindible al tiempo de sujetar y aupar el tronco del "mayo"), así como dos maromas resistentes que equilibrarán y subirán el palo. El señor Vicente Casas, el carpintero, está dando algunas instrucciones técnicas propias de su oficio al tiempo que realiza los últimos ajustes y acoplamientos. Alguien se encarama sobre la tapia de piedra del atrio en espera de que la picota desmochada pase a su altura para atar y sujetar los premios. No faltan tampoco en esta tarde alegre y festiva los representantes de familias tan arraigadas en el barrio del Mercado como son Los Encinas", "Los Mateos", "Los Barrio", "Los Pascual"..., ni mucho menos el decano y sonoro " ¡Aaaaaaaaa una! " del tío Apolinar, que como un director de banda municipal, marca el ritmo de los movimientos a seguir y acompasa y aúna los esfuerzos de los demás. El rito toca a su fin y los oficiantes sienten en su interior la satisfacción indefinible de quien termina con bien un trabajo delicado, prolijo y gratificador, de quien se siente realizado y útil dentro de su entorno, de quien vive y obra de acuerdo con las raíces culturales que le legaron sus padres.

El baile de por la noche, al que acuden jóvenes de otros barrios, se celebra alrededor del "mayo". y los intentos, generalmente baldíos, de gatearlo hasta la cruceta por parte de los mozalbetes cierran una jornada en verdad agradable para todos los vecinos, y en general para todos aquellos, campesinos o no, que con su aportación la hicieron posible:

"Por alto que sea el mayo,
a su copa subiré;
si me caigo, que me caiga,
del suelo no pasaré. "

DIA 3: "TENDERETES, REBOLADAS y CONCURSOS"

Son las ocho de la mañana. Los típicos tenderetes comienzan a cubrir la distancia que separa el "Fielato" de la "P]azuela del Hospital". En ellos los romeros y visitantes tendrán ocasión de comprar el consabido botijo, así como las clásicas e inevitables avellanas, que durante todo el día llamarán la atención de chicos y grandes a lo largo y ancho de la calle del Mercado:

"A las avellanas,
mozuelas galanas;
a las avellanicas,
a las avellanas."

El alcalde de fiestas, precedido de la música, ha salido temprano con su séquito de mozos a dar la rebolada por el barrio. En las casas se les recibe bien. Las mozas, sobre todo, procuran hacerles agradable la estancia. Para ello ofrecen a los recién llegados una bandeja de bollos caseros y una buena bota o porrón de vino:

"No venimos a comer,
ni tampoco por cantar;
venimos por no quitar
las costumbres del lugar."

Al final la dueña echa una propina dentro de un botijo roto que los mozos se han traído para este fin.

-¡Que lo veamos a otro año con salud!
-Eso es lo que hace falta. ¡Andad con Dios!

"La gente -se lamenta el viejete que me sirve de guía en mi paseo por sus años mozos- echaba lo que podía a la botija con arreglo a sus posibles y no desconfiaba de nadie ni cerraba la puerta a ninguno como sucede ahora. Entonces corrían otros tiempos, había otra hermandad, otro talante y otra cosa. Teníamos más necesidad, ¡quién lo discute!, pero también más alegría, qué duda cabe."

Detrás de los mozos, cerrando la comitiva, brincan y respingan los chiquillos más contentos que unas Pascuas con sus zambombas infladas a dos carrillos entre gran algarabía y holgueta:

"yo tengo una zambomba
y un zambombarro,
y una vaca parida
con un changarro.

Yo tengo una zambomba
y un zambombín,
y una gata rabona
y un becerrín."

Los escaparates de los mejores comercios de la ciudad (Tejidos "La Aragonesa", "Calzados Matías", "Comercio Germán Elías" etc.) llevan unos días pregonando a los cuatro vientos el primor y la delicadeza con que las muchachas del Cristo bordan su nombre sobre las cintas de colores que se corren esta tarde en las eras -explanada ligeramente recortada por la posterior ubicación de la Casa Cuartel de la Guardia Civil- y que darán opción al afortunado ensartador para bailar con su dueña en el baile de por la noche:

"El que la anilla ha ensartado
de la cinta azul turquesa
merecía estar casado
con una bella princesa."

"Los Chiberes" han enjaezado su yunta de bueyes y engalanado su carreta como ninguno, y a buen seguro que no habrá quien les quite el primer premio en el tradicional concurso de carretas. ¡Poco orgullosos y anchos que deben sentirse sus dueños de ver a su ganado tan gordo y lustroso!:

"Con zumbas de plata,
bueyes rumbones.
¡Estas sí que son prendas
de labradores!"

El sol se desliza suavemente hacia poniente cuando los mozos se disponen a colocar la guinda sobre el pastel variado de celebraciones que han ocupado toda la tarde del día 3. A horcajadas sobre las cabalgaduras esperan que el alcalde o "rey de mozos" dé la señal para poder proceder a la "corrida de gallos":

"Con la licencia de Dios
y la del señor alcalde,
hemos de correr los gallos
y sin meternos con nadie.
Gallito que estás colgado
tienes por plumas ribetes
y has de venir a morir
a manos de estos jinetes."

Las pasadas se suceden con celeridad por debajo de las aves. La soga que sujeta a los gallos por las patas, pico abajo, se mueve constantemente a causa de los continuos vaivenes que percibe por parte de los encargados de estorbar la labor a los de a caballo, y antes o después, como un rito sacrobelígero, la sangre de los animales descabezados termina por regar a los aguerridos sacrificantes.

Son las doce de la noche. Las parejas bailan despreocupadas en la verbena, antes de despedir a la fiesta con la chocolata da final.

El personal, cansado de tanto ajetreo, se ha recogido en sus casas para descansar. Las voces se atenúan hasta desaparecer. El arrabal duerme. Sin embargo en el silencio .de la noche campesina aún parecen escucharse los ecos lejanos de la cruenta costumbre celta que tan apropiada tierra encontró para germinar entre los pobladores de la cuenca del río Duero.

-Gracias, abuelo. ¡Que al año que viene pueda usted contármelo otra vez!
-Eso es lo que hace falta. ¡Ve con Dios, hijo!

Si desde el punto de vista antropológico el talante que presenta un pueblo ante la vida, la muerte y la divinidad es una forma de cultura, si las manifestaciones públicas del dolor, de los temores, de la alegría y del agradecimiento que una comunidad realiza son signos de cultura, si la universidad de la tierra proporciona a los que la cultivan múltiples y variados conocimientos sobre filosofía práctica, botánica, medicina naturalista, alimentación vegetariana, ciclos meteorológicos, construcción de aperos y herramientas, etc., los viejetes que toman el sol de la atardecida sobre las escalinatas de cualquier iglesia representan sin lugar a dudas un foco cultural que tira por tierra y hace añicos ese otro concepto etnocéntrico de la cultura que la reduce al ámbito elitista de los artistas e intelectuales.