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Estampas del bierzo enigmático y fascinante enterradas en la zanja del olvido

RODRIGUEZ, Felisa

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 30.

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Más arriba de Noceda, la sierra besando insaciable los azules velados por suave neblina pacificadora de atrevidas miradas.

En el valle, está el poblado dividido en tres barrios de casas sobre espesos muros de piedra y arcilla, con sus tejados de losas azul-sombra medio perdidos entre la vegetación densa y violenta.

Aquí los seres se conservaban fieles a la propia identidad sin apartarse de las raíces ancestrales.

Despertaban como lo hacía la Naturaleza, del frío letargo invernal para hundirse en agresivo bullicio carnavalero, con sus chanzas inocentes o burlonas, como si con ellas intentaran sacudir toda la carga de optimismo alocado para entrar serios y respetuosos a las ceremonias penitenciales que configuraban la cuaresma.

Así se oía repetir después del desenfrenado jolgorio.

¡Miércoles de ceniza,
qué triste vienes,
con cuarenta y seis días,
que todos son viernes!

Patética austeridad en las diversiones; durante la "cuaresma" nadie osaba cantar por las calles ni tampoco en los propios hogares, sólo se repetía el. ..

¡Perdón, oh Dios mío!

y otras invocaciones aflictivas creando una atmósfera melancólica muy indicada en los días de Pasión. Las danzas de bailes corridos, jotas y dulzainas, estaban totalmente prohibidas.

Sólo durante las veladas cuaresmales, se reunían los campesinos en torno al amor cálido de los leños que ardían en las chimeneas despidiendo la luz y fragancia a bosque incontaminado.

Había en aquellas veladas cierta actividad de colmena al hilar la lana, tejer punto, coser prendas nuevas, remendar las usadas y repetir chistes comedidos o irreverentes.

Se sabían de corrido que había ido el tío Antón a confesarse y el muy ladino le preguntó al cura " si la carne que quedaba el jueves entre los dientes, se podía comer el viernes sin quebrantar la abstinencia". Le respondió el confesor que no había que reparar en tales pequeñeces pasando por alto más voluminosos pecados.

Se fue diligente a casa y con refinada picardía metió un trozo de carne entre los dientes del rastro que se comió tranquilamente el viernes de cuaresma porque se lo autorizaron en el confesionario.

Todos celebraban la picaresca inofensiva de aquellos graciosos lances; por tanto a los que fingían falsa mansedumbre se les aplicaba el dicho "Tienen cara de Viernes Santo y hechos de carnaval".

También catalogaban sin pudor, las buenas o malas obras del vecino sin reparar en la magnitud de las propias.

-Cuando Dios pregunte al tabernero por los ayunos y penitencias, él tendrá que responder: "Yo, Señor, nunca ayuné, sólo lo hice un Viernes Santo y ayuno que quebranté".

Era durante aquellas sabrosas veladas cuando se fabricaban los artefactos que habían de ensordecer a los fieles que asistieran a las famosas "tinieblas".

El artesano más diestro en hacer "carracas" fue José (Torganin), que tenía un "furadero" especial en el que modelaba las galochas de madera de "umera" blanda y fácilmente moldeable.

Así eran las carracas que hacía José Alvarez.

Al saltar la lengüeta de uno a otro de los dientes del tambor giratorio, producía un ruido seco y estremecedor que obligaba a taparse los oídos.

Para nuestro artesano, era una fuente de ingresos la venta de carracas al sustancioso precio de un "real", que en aquel entonces era dinero no despreciable.

¡Quién lo diría! Las "matracas" también tenían aquí su maestro artesano, se llamaba Antonio el de Norbertón; cuando dio de baja su pequeña industria al ser suprimidas las tinieblas, se marchó a la Argentina en busca de fortuna.

Las matracas de Antonio tenían fama en toda la comarca, se vendían el Domingo de Ramos en el mercado de Bembibre, que era uno de los más concurridos del año.

También las compraban los vecinos de San Justo, Cabanillas, Quintana y los de las Traviesas. ..

Tenían las "matracas" su ciencia infusa, según el decir de los bercianos.

Vosotros también podéis juzgar su indiscutible valía.

ASÍ ERAN LAS MATRACAS

Consistían las matracas en dos tablas cruzadas que giraban sobre un eje del que salían pequeños porros de madera que al chocar contra las tablas arrancaban un sonido ronco y penetrante como si entrechocaran los cuernos de furiosos carneros que intentaran destruirse.

Otros objetos sonoros eran silbatos, bufas, sonajas; se unían a los anteriores creando un ruido infernal durante las tinieblas del Jueves y Viernes Santo rememorando el apocalíptico terremoto que sacudió la tierra en el momento exacto de morir en la cruz Jesucristo.

No podían .los nocedenses renunciar a sacudirse la pena depresiva acumulada durante la cuaresma, por lo que esperaban con ansiedad participar en la infernal barahunda producida por las "tinieblas".

Luego el ,bueno de don José decretó la suspensión de tan estruendoso rito que empezó a degenerar en picaresca como era la de atar las cerlas de los mantones que llevaban las mujeres para que cuando quisieran marchar se encontraran sujetas unas a otras, o la de clavar al piso de madera la capa que usaban los hombres y al querer levantarse besaban el suelo como lo hizo Jesús en sus tres caídas con la cruz acuestas.

y también otras bromas, más irreverentes por el lugar en que se hacían.

Ni mayores ni pequeños admitían que se suspendieran las tan deseadas "tinieblas", por lo que hubo desfiles de protesta en los que a falta de pancartas, se expresaban cantando:

Con los mozos de Noceda
es peligroso jugar,
si en la iglesia no hay tinieblas
a la puerta del señor Cura
le vamos a teneblar.

Esto se repitió uno o dos años, pero al final las TINIEBLAS se enterraron en la zanja del olvido.