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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 31.

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Las aldeas, pueblos, lugares y pequeñas villas de nuestra geografía se han regido hasta hace muy poco tiempo por un calendario rural muy especial. Todos los acontecimientos que hacían salir a las gentes de su monotonía, giraban en una rueda singular cuyos radios estaban constituidos por la religión, la naturaleza y el ser humano en su relación con los demás. Claro que en la religión se incluían, tanto aquellos hechos que pertenecían a las creencias Cristianas y a la religión Católica, como aquellos otros que eran eco o reminiscencia de épocas pretéritas y de soluciones paganas a temas eternos. En cualquier caso -y con mejor o peor fortuna-, los ministros de la religión "oficial" contribuyeron no poco a conservar y difundir tradiciones espirituales y otras que no entraban específicamente en su cometido pastoral. Los párrocos, los buenos párrocos, recogieron eventualmente costumbres, romances y coplas que vertieron después en páginas y escritos llenos de buena fe y fervor. Incluso sirvieron en ocasiones de blanco a irónicos relatos breves o facecias en que no salían precisamente bien parados. Quisiéramos reconocer en estas líneas el trabajo honesto y entusiasta de todos esos sacerdotes rurales a quienes, en rigor, no competía ejercer función de recopiladores -por ello no se les puede exigir ahora método ni disciplina en su trabajo- y que, sin embargo, con voluntad y amor por lo propio sirvieron de intermediarios y a veces de animadores y sostenedores de tradiciones. No olvidemos tampoco, porque sería injusto, que algunos párrocos -afortunadamente minoría-, llevados de un celo excesivo o de una desidia impropia de quienes debían contar entre sus virtudes con la de la esperanza, prohibieron o dejaron caer en olvido costumbres que, con su concurso, se hubieran mantenido vivas para bien de todos.