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RETAHILAS PARA DEJAR DE JUGAR

CILLAN CILLAN, Francisco

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 295.

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La poesía oral infantil contiene rimas muy variadas que se han catalogado en múltiples y diversas ocasiones. Algunas se usan en distintas actividades lúdicas, sin que podamos decir en cuál es preferente. Otras son exclusivas de unos ejercicios lúdicos determinados, esto sucede con las “retahílas para echar a suerte”, que se utilizan antes de comenzar ciertos juegos sociales, donde hay que elegir turno, ocupar puestos onerosos, etc. En el número 287 de la Revista Folklore de Valladolid publicamos un artículo sobre estas retahílas de tradición oral, y allí hablamos ampliamente de ellas. Hoy queremos comentar otras composiciones que sirven exclusivamente para cerrar dichos ejercicios lúdicos. Nos referimos a esas fórmulas que utilizan los muchachos para dejar de jugar, de despedida cuando los participantes están cansados de una determinada actividad lúdica o ha llegado la hora de marcharse para casa, cuando los padres señalaban horarios de recogida y sus órdenes eran respetadas. El número de tonadas que he localizado es escaso, y pertenecen a mi localidad natal, Puerto de Santa Cruz (Cáceres). Se usaban durante mi infancia y parte de mi juventud, por la década de los años cincuenta y sesenta. Unas veces, uno de los jugadores, generalmente el líder, entonaba una cantilena, cuando presentía que el momento era adecuado para mandar al resto de los jugadores a sus respectivos domicilios.

De orden del señor alcalde
se hace saber
que el que no haya comido
se vaya a comer.

El mandato se realiza en nombre de la máxima autoridad municipal, y la obediencia, por lo tanto, no permite réplica. En esa promulgación rimada se imita al pregonero local que ejercía su oficio en la plaza pública o en las esquinas de las calles principales. La utilidad y pragmatismo del pregón nos hace colegir una antigüedad muy lejana. El edicto adopta formas como la rima, para aumentar su resonancia y facilitar el aprendizaje. Los anuncios son muy diversos: órdenes municipales, transacciones comerciales, venta ambulante, etc. Esto hace que tales manifestaciones sean distintas unas de otras, y vayan desde la simple información de un precio, oferta o tenencia, hasta la compleja exposición de una cuestión determinada. Los temas pueden ser heterogéneos. Sin embargo, aquí vamos a referirnos exclusivamente a esos bandos que los muchachos utilizan imitando las fórmulas de los adultos.

La estrofa es una seguidilla con aparente fluctuación en algunos versos. El primero deja de ser octosílabo si tenemos en cuenta la fonética popular, donde el fonema alveolar, vibrante, simple /r/ al final de palabra se relaja e incluso llega a perderse, por lo que se produciría la sinalefa (“se-ñoalcal- de”). Lo contrario sucede en el segundo verso que la aspiración de la “h” en situación inicial procedente de /f/ latina evita la sinalefa (“se-ha-ce-saber”). Una vez más la fonética permite la regularidad de la métrica en la poesía oral. La rima es oxítona consonante en los pares, quedando libre los impares. La escansión de la estrofa quedaría (7 ø, 6 a, 7 ø, 6 a). La versificación acentual imperfecta sobre base anisosilábica presenta la misma distribución de acentos en los pares: [– / – – / (–)], lo que refuerza el ritmo y facilita el aprendizaje.

Son múltiples los ejemplos de poetas cultos que beben en las fuentes de la oralidad. Juan Ramón Jiménez incluye en su Diario el poema “¡Dos Hermanas!”, donde aparecen dos pregones infantiles muy distintos a los que nosotros hemos presentado. Ahora los niños ofrecen sus productos para ganarse la vida.

Cielo azul y naranjas: ¡Do Jermaaana!

…El tren no va hacia el mar, va hacia el verano verde de oro y blanco.

Una niña pregona: “¡Violeeetaa!”

Un niño: “¡Agüiiita frejca!”.

Yo, en un escalofrío sin salida, sonrío en mi tristeza y lloro de alegría.

–Dos cables: “Madre, Novia: Moguer, Long– Island; Flushing: Naufragué, en tierra en mar de amor”.

(Jiménez, 1982: nº XX)

En otras ocasiones se establece un diálogo entre un jugador y el resto del grupo, para poner fin al juego. Cuando habían dejado de jugar y estaban reacios a marcharse para sus casas, solían decir: – ¿Qué hay en la plaza? – Pan y calabaza.

– Que cada uno se vaya “pa” su casa.

Los elementos que se engarzan carecen de lógica aparentemente, pues que en la plaza haya “pan y calabaza” no es motivo para “irse para casa”. Las palabras están en función del ritmo y del mandato que se quiere formular “que cada uno se vaya “pa” su casa”. La estrofa de cuatro versos heterométricos presenta una rima muy repetida en la poesía oral infantil: un pareado inicial con rima consonante llana (–aza) seguido de un verso que queda suelto, y el cuarto que enlaza con los dos primeros en asonante (–a–a). La versificación acentual imperfecta sobre base anisosilábica tiene la misma distribución de acentos en los dos primeros versos (/ – – – / –).

El sonsonete que usaban los muchachos para dejar de jugar en Cáceres, por la misma época, es más breve y tiene forma dialogada, pero suficiente para que todos dejasen la actividad lúdica y se encaminasen a sus respectivos domicilios. Los elementos que utilizan y el argumento es el mismo.

– ¿Dónde venden las calabazas?
– En la plaza.
– Cada uno a su casa.

Los niños de Alcuéscar canturreaban dos trípticos también dialogados en situaciones especiales que tal vez den luz a los sones anteriormente vistos. El primero es monorrimo en asonante llana (–a–a), y análogo textualmente al de Cáceres y muy similar al nuestro:

– ¿Qué benden en la plaza?
– Lág calagbázah
– Po cá cual á su casa.

La letra del segundo es muy distinta.

– ¿Ónde ‘stán lag mónjah?
– En el combento.
– Po entrémoh pá drento.

(García–Plata, 1903: 64)

El vulgarismo permite una rima consonante llana en los dos últimos versos (– ento), mientras que el primero queda suelto. El compilador no indica que se usen estas retahílas para dejar de jugar, pero sí refiere una costumbre establecida en algunos pueblos extremeños en épocas pasadas que podría aclarar el significado de estos sones. “Los niños que curiosean en la plaza saben lo que les espera el castigo de las calabazas. Y traen á cuento las monjas de los conventos para expresar que su encierro será premiado con la gloria eterna” (García –Plata, 1903: 64). La analogía entre los primeros versos de las tres estrofas –“¿Qué hay en la plaza?, ¿Dónde venden las calabazas? y ¿Qué benden (sic) en la plaza?”– nos hace pensar en la similitud de sus aplicaciones: recordar a los compañeros la obligación de marcharse para casa en hora prudencial, o justificar el abandono del juego, y así evitar el castigo. La autoridad paterna no se discutía en esos tiempos, y la obligación de acudir temprano era general.

En conclusión, las cantilenas para “dejar de jugar”, a pesar de su reducido número, tienen características aparentes de oposición al juego. Unas veces es suficiente la exhortación de un jugador, generalmente del líder, para que todos obedezcan. El mandato se establece en nombre de la máxima autoridad. En otra ocasión se desarrolla un diálogo entre un participante y el resto del grupo antes de mandar a todos “a sus casas”. Estas tonadas mantienen los esquemas rítmicos repetitivos que ayudan a la fácil retención memorística y dan sonoridad a la estrofa. No sé si se utilizan en otras localidades, pues no he conseguido localizarlas ni en los diferentes cancioneros consultados ni en los distintos lugares visitados, aunque creo que sí. Pero, al menos, éstas de Puerto de Santa Cruz y de Cáceres, que aquí hemos reseñado, forman un apartado distinto dentro de la poesía oral infantil.

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