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EL VALOR DOCUMENTAL DE LOS ESCRITOS EN LOS COBERTORES Y LAS MANTAS MARAGATAS

RIVERO PEREZ, Manuel

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 297.

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La riqueza de la tradición oral en la Maragatería, se vio complementada y al mismo tiempo enriquecida por sus escritos en mantas y cobertores que con gran maestría aparecen bordados, tejidos o insertados en su parte central, media alta, media baja o en sus bordes superiores.

Encontramos diferentes variantes, a modo de ejemplo, tenemos: – nombre y apellidos de su titular: “ PEDRO FUENTE PUENTE”.

– las iniciales de nombre y apellidos de su titular: “T.F.S” – mixta de iniciales y de nombre y apellidos: “ JOSE M. FUENTE FUENTE”, “J. FUENTE FUENTE”.

– con el nombre: “AUREA”, “ANGELA”, “ FRANCISCA”.

– con el nombre y un apellido: “ LORENZO NIETO”, “ ANGELA FUENTE”.

– frases que relacionan al titular con el donante “A JOSE M. FUENTE RECUERDO DE SU MADRINA Y ABUELA”.

Además de la escritura, cobertores y mantas, incorporan con atrevimiento rayas, listas y dibujos caprichosos. Su cromatismo es variado, va del verde, al azul, pasando por el marrón, lila, encarnado y amarillo; esta paleta de colores, unida al abanico de formas, se complementan, para crear una pieza única, que es a la vez cálida, vistosa, colorista, armoniosa y atractiva.

Este trabajo de investigación tiene un doble objetivo:

– sacar a la luz esta fuente documental de gran valor.

– interpretar sus signos, símbolos y significado en el contexto de la familia maragata.

COBERTORES Y MANTAS: MARCAN LOS RITOS DE PASO, AFIANZAN EL LINAJE Y CONSERVAN LA MEMORIA FAMILIAR

En las tierras de la antigua Somoza, existía la costumbre de personalizar determinadas mantas y cobertores de lana, que de forma artesanal se tejían en los telares de los pueblos maragatos desde tiempos remotos hasta los años cincuenta del siglo pasado. A partir de esas fechas, los telares artesanos, ceden casi todo el protagonismo a los talleres industriales.

La función productiva experimenta transformaciones a lo largo de los siglos XIX y XX:

– pierde su carácter artesanal en la medida que se incorpora la máquina; el taller familiar va dando paso a la fábrica y la función de tejer, que a tiempo parcial, se ejercía en casi todos los pueblos de la Maragatería, y que por supuesto, era necesaria en una economía de subsistencia como la maragata, se abandona. El telar se arrincona o malvende a anticuarios y curiosos y la actividad languidece de forma lenta pero efectiva. Al maestro ante la falta de aprendices le falta el aliciente para enseñar el arte de tejer, y la consecuencia lógica, es que el oficio de tejedor desaparece del ámbito doméstico en un período muy corto de tiempo, que podemos acotar al último tercio del siglo XX.

– se da un cambio en la producción, la manta y el cobertor van a ir ocupando el lugar de los primitivos paños burdos que se confeccionaban en los telares caseros y se comercializaban en ferias y mercados del entorno casi en régimen de monopolio; la nueva actividad se vuelve más especializada y atractiva, consigue abrir nuevos mercados para su comercialización y rompe con el carácter semi-gremial que le caracterizaba, principalmente en lo que se refería a los puntos de venta.

– se produce un proceso de concentración de la actividad textil; el núcleo del Val de San Lorenzo se configura como centro de la comarca, aparecen nuevas fábricas, bien por iniciativa individual o por agrupación de varios artesanos en torno a una cooperativa. El año 1858, fue clave para la revolución del tejido en la maragatería, al incorporar los avances que en este campo se estaban dando en otros lugares, a tal efecto, el vecino del Val de San Lorenzo, D. José Cordero Geijo, se desplaza a Palencia, para comprobar los adelantos, conocer los matices del nuevo oficio y familiarizarse con los diversos utensilios, todo esto, unido a la ayuda del carpintero D. José Bajo Fijo y la actividad, consejo y la posible colaboración económica de D. Francisco Martínez Alonso, marcarían el hito de la concentración textil, que en torno al Val de San Lorenzo se va a producir en la segunda mitad del siglo XIX y primera del siglo XX. Todo este tema de la actividad textil, está muy bien estudiado y documentado por Dña. Concha Casado Lobato, D. José María Fernández del Pozo y D. Ricardo García Escudero entre otros.

Marcan los ritos de paso y fortalecen el vínculo identitario:

El cobertor y la manta como prendas de abrigo, fueron bienes muy preciados y por supuesto necesarios para poder soportar las bajas temperaturas en los largos y duros inviernos a los que está sometida la comarca de la Maragatería. Estas prendas, aparecen con frecuencia en la dote y en el ajuar de la novia o como regalo de boda de familiares y amigos; también suele ser el primer regalo material que la madrina hace a su ahijado.

La escritura en cobertores y mantas sirve para marcar un hito o acontecimiento extraordinario; las letras dan fe, identifican, personalizan, afianzan la propiedad y perpetúan la memoria; además fortalecen el vínculo identitario del propietario con su casa y con su linaje durante periodos muy largos de tiempo, éstos sobrepasan con creces a la vida de su titular.

Dependiendo de la época de confección, varía la ubicación, colorido y tipología de los escritos, así:

– en los cobertores que se aproximan al siglo y medio de antigüedad, nos encontramos con frecuencia con las iniciales del nombre y de los dos apellidos del titular, éstas se colocan en la parte central del mismo; el cromatismo que predomina en las letras, es el azul cobalto, verde y encarnado; estos colores sobre fondo blanco, contribuyen a resaltar la identidad del titular. Las letras están tejidas o incrustadas, la tipografía utilizada es muy similar a la gótica, se trata de grandes letras mayúsculas, en torno a cuarenta centímetros de altura; su diseño es suave, sencillo y equilibrado; esta composición le permite a las iniciales, de forma sutil, apropiarse de la totalidad de la prenda.

Las iniciales, como reminiscencia arcaica, tal como se utilizaban en la Edad Media, aparecen separadas por puntos; el simbolismo que produce esta estructura, es el de marcar el espacio o la territorialidad del nombre y del primer y segundo apellido, en un plano de plena igualdad; es decir nombre, ascendencia paterna y ascendencia materna, son llevados con orgullo por su titular. En las mantas esta identificación aparece con frecuencia en los ángulos superiores y las letras son del mismo color que la prenda, esta situación contribuye a que pasen más desapercibidas, tanto en su exposición como en su uso.

En la actualidad manta y cobertor tienen el mismo significado, en cambio en la memoria popular existe un pequeño matiz diferenciador y es que la manta no tiene pelo y el cobertor si lo tiene y éste es más atrevido en cuanto dibujos y colorido, principalmente cuando se trata del tradicional “Berrendo”, tan popular por su doble uso, como prenda de abrigo en la cama y para taparse del frío cuando se salía al campo. Hay una segunda diferenciación más reciente que surge como comparación de las actuales mantas con los antiguos cobertores, según este matiz, manta es sinónimo de ligera, fina, suave y moderna y en cambio, cobertor, está asociado a vulgar, áspero, pesado y antiguo.

– En los cobertores con una antigüedad superior a los ochenta años, el nombre y los apellidos aparecen en la zona central o en la parte baja del mismo, la tipografía es más similar a la latina, las letras son mayúsculas, unas veces aparecen tejidas y otras bordadas. Con frecuencia la escritura aparece remarcada con un doble trazo, lo que le imprime carácter y favorece su visualización.

– En los cobertores de confección más reciente, esta identificación, aparece situada en la parte alta del mismo, más bien a la altura del embozo; éstos identifican a su propietario por el nombre o por el nombre y el primer apellido o nombre y los dos apellidos, en este caso, la tipografía que predomina es la latina, también en mayúsculas, las letras están bordadas o tejidas y el cromatismo que se utiliza es muy variado. Esta gran variedad de matices y tonalidades, va a depender principalmente de la combinación del color del cobertor y de los adornos y dibujos que éste incorpore.

Mantienen viva la memoria familiar:

Este rasgo distintivo, puesto por escrito, que caracteriza a tantas mantas y cobertores maragatos, va a permitir perpetuar y al mismo tiempo mantener viva la memoria intergeneracional, ésta sería muy difícil de sostener, si estuviera soportada solamente en la memoria y transmitida de forma oral de unas generaciones a otras.

Por su calidad, cuidado y duración, mantas y cobertores son utilizados por varias generaciones de la misma familia, hay cobertores que sobrepasan los ciento cuarenta años de antigüedad, y están como si salieran anteayer del telar. De esta forma, el impacto visual del uso, lleva al recuerdo del actual poseedor de su antiguo propietario y la curiosidad por su historia de vida por parte de las generaciones más recientes; esta asiduidad les permite andar y desandar la escalera familiar con soltura y conocer no solamente el nombre, sino rasgos personales y ocupaciones de sus antepasados, de ese modo una joven de veinte años, sabe que su bisabuelo era:

José Fuente Fuente, (…) alto y buen mozo (…) hombre de palabra y muy respetado (.…) se dedicaba a comprar huevos por los pueblos de la Maragatería para llevarlos a Astorga y de ahí enviarlos a los mercados de Madrid y Barcelona.

Que su bisabuela era:

Faustina Sampedro Fuente (…) tenía una tienda y además de la agricultura se dedicaba a ir a los mercados del entorno a vender tintes, aceites, paños y alpargatas (…) y que era la primera que abría el negocio y la última que lo cerraba.

O que su tatarabuela era:

Tomasa Sampedro Fuente (…) que era muy lista (…) prestaba dinero y llevaba muy bien las cuentas (…) era muy activa.

La escritura unida a la memoria, permite mantener viva la identidad familiar a través de las sucesivas generaciones y marcar determinados ritos de paso familiares, sociales y religiosos, tales como: cambio de soltera a casada, al estar presente en el ajuar, dote o como regalo de boda; así como en el nacimiento y el bautismo de un nuevo miembro de la familia.

Signos de: identidad, acogida, aceptación y cariño

Hoy no se necesitan las pesadas mantas o cobertores de lana para soportar los fríos de las largas noches de invierno en la Maragatería; afortunadamente la calefacción y los edredones suplen y superan a las tan queridas y entrañables prendas de abrigo de tiempos pasados. Usos y costumbres, cambian con el tiempo; es verdad que el mañana no se construye sólo con el pasado pero en cierto modo es heredero de él, por ese motivo, su conocimiento enriquece la visión del presente, y a eso contribuyen de forma eficiente y generosa, mantas y cobertores con sus escritos, diseños y dibujos.

Las mantas y cobertores, simbolizan algo más que unas varas de paño tejidas con la excelente lana de las ovejas maragatas, son signos de acogida, de aceptación, de cariño, de agradecimiento y de memoria; es decir creadores de identidad. Estas prendas, eran una pieza más del armonioso cosmos de la vida maragata; desgraciadamente, comprobamos que día a día están perdiendo función, significado y espacio en unos tiempos y unos modos diferentes, pero con ellas se van una parte de la historia, del ritual y del simbolismo de la familia maragata, identificada por su carácter endogámico, tanto de tribu como de sangre; por sus formas de comunicarse, el maragato muchas veces habla más con sus silencios que con sus palabras; por su espíritu mercantilista y su capacidad de ahorro; por el valor y la validez de la palabra dada y por supuesto por su honradez, laboriosidad y austeridad.

Los escritos en mantas y cobertores forman parte de la cultura, de la historia y de la familia maragata. Estamos ante un patrimonio, que atesora un gran valor documental, al que tenemos que recurrir si queremos conocer en profundidad el ayer de la SOMOZA hoy llamada Maragatería.

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