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CUENTOS FOLKLÓRICOS RECOGIDOS EN LOS MUNICIPIOS DE LAS TORRES DE COTILLAS Y MURCIA (1)

HERNANDEZ FERNANDEZ, Ángel

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 298.

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Se presenta en este trabajo una colección de veintiséis cuentos recogidos durante el año 1997, en los municipios de Murcia y Las Torres de Cotillas (situado éste a unos 15 kilómetros de la capital).

Al final de los textos aparece la relación de informantes que los han narrado y sus datos personales. Puede observarse que dos de ellos proceden de la provincia de Almería, lo que puede advertirse por el uso que hacen de dialectalismos fonéticos andaluces, y otra narradora es oriunda de la provincia de Badajoz.

En notas a pie de página se señala el número- tipo al que el cuento pertenece, de acuerdo a los índices nacionales e internacionales de cuentos folklóricos.

TEXTOS

1. LA ZORRA CABALLERA

Había dos zorros: una zorra y un zorro. Se hicieron compadres y salieron a buscarse la vida por ahí. Y llegaron a un sitio que había una cabaña; y allí había un hatajo de ganao, y allí hacían queso, y allí había de tó pa que ellos pillaran gallinas y cosas. Y entonces dice:

– Pues vaya usted, vaya usted, comadre zorra, y pille lo que sea, una gallina, y se la trae; y cuando venga, comemos. Y yo la espero aquí, y si veo a alguien, la llamo.

Conque se fue el zorro. Y llegó y había una sartén de migas enmedio y se las comió y se vino.

Y le dijo:

– ¡Ay, mire usted, que no había ná, compadre, y me han dao una paliza que me iban a matar, y vengo muriéndome!

– ¡Venga, vamos a ver si por ahí hay algo! Echan andar, andar, y ya la zorra, como iba con la panzá migas, pues llegó más pallá y no podía andar; y entonces decía:

– Anda, comadre, échese un ratico a cuestas.

Se echaba la comadre, y cuando iba más pallá, pues ya iba tan contenta en lo alto; y decía:

– ¡Ay compadre!

«Zorrica titilitera,
harta de migas
y bien caballera».

– ¿Qué está usted diciendo? ¿Qué está harta de migas y yo la llevo a cuestas?

Y, ¡pum!, y la tiró al suelo.

Y entonces, más pallá había un pozo, y ella iba seca, la comadre; y llegó y había un pozo y se agachó a beber agua; y dijo:

– ¿Cómo vamos a hacer esto?

– Cuando yo le diga «compadre zorro, ¡lapa!», y usted tira y me saca.

Conque así lo hicieron. Bebió agua y tiró, y él no quería pero ella le hizo que se agachara a beber agua; y cuando bebió, le dijo:

– Comadre zorra, ¡lapa!

– ¡Ay compadre, que el rabo se me escapa! (1).

[Recogido el 20-1-99 a Adoración Cano Ginés, natural de Serón (Almería)].

2. EL LOBO Y LOS CABRITILLOS

Había una cabra y crió siete cabritos, siete choticos. Y entonces pues había un lobo por allí y si podía se los comía. Y la madre se tenía que ir a comer porque si no, no hacía leche por ellos; y les dijo:

– Hijos míos, no le abráis la puerta a nadie. Yo diré cuando venga: «Soy vuestra madre; abrir, hijos míos, que soy vuestra madre».

Nada más irse ella, vino el lobo, y dice:

– Abrir, hijos míos, que soy vuestra madre.

Se asomaron por un agujerillo y le vieron las patas aquellas tan negras, y dijeron:

– Tú no eres nuestra madre, que tú eres el lobo. Nuestra madre tiene las patas blancas.

Y entonces se fue el lobo y se untó de harina por tó, y fue tocando:

– ¡Tan, tan! Abrir, hijos míos, que soy vuestra madre.

– Tú no eres nuestra madre, que tienes la voz muy ronca. Nuestra madre la tiene finica.

Entonces se fue otra vez y vino.

– Abrir, hijos míos, que soy vuestra madre.

Entonces abrieron la puerta y se los tragó. De dos tragantás se comió todos los chotos, y el chiquitín se quedó escondido detrás de la caja del reloj.

Y entonces pues vino la madre a la miajica; y le contó lo que les había pasao:

– Nos ha engañao el lobo y se ha comío a mis hermanos y se ha ido.

Dice la madre:

– Venga, vámonos pal bosque, que ése está allí, y lo mato.

Conque traspuso la cabra pal bosque. Y él, con la panzá de chotos, estaba allí estirao dando unos ronquíos… Y no hizo ná más que meterle el cuerno por abajo y lo abrió entero, y salieron los seis choticos que se había comío. Y entonces le llenaron la panza de piedras y lo cosieron. Y ya ellos se fueron cantando y riendo, y tan bonicos, con su madre.

Y el lobo se despertó y dice:

– ¡Ay, qué sed tengo tan mala!

Y entonces fue a un pozo allí a beber agua. Cayó de cabeza y se ahogó.

Así que ellos se quedaron tan contentos y se acabó el cuento (2).

[Recogido el 20-1-99 a Adoración Cano Ginés, natural de Serón (Almería)].

3. LA CARGA DE SAL Y LA CARGA DE ESPONJA

Un hombre se fue de viaje y llevaba un burro cargao de sal. Y se presentó una nube y a su paso salió un río con la lluvia y, antes que creciera más el río, se metieron en el agua; y como lo que llevaba era sal, pues se deshizo y pasaron el río bien.

A otro día lo cargó de esponja. Y se les presentó otra nube y les pasó lo mismo: que salió el río y se metieron en el río pa pasar y, como era esponja, pues se cargó de agua y el burro no la podía mantener, y el río se los llevó. Y vaya chasco que se llevaron el hombre y el burro (3).

[Recogido el 7-1-99 a Antonia M.ª López García, natural de La Solana (Almería)].

4. EL HOMBRE DEL SACO

Había tres hermanas y una estaba coja, y se subieron a un peral a coger peras. Y vino el tío Garrampúo y se tiraron corriendo y se fueron, y a la coja no le dio tiempo de saltar. Y entonces la cogió y la metió en el morral.

Y entonces fue a una casa y le dijo a un ocupante de la casa:

– Guárdame aquí este morral, que voy a darme una vuelta por ahí.

Y la madre estaba amasando. Y dicen las hijas que no tenían la pata coja:

– Hágame un rollo.

Y la coja, que estaba allí, metía en el morral, dice:

– Y a mí me haga un torto.

Y dice la madre:

– ¡Anda!, si ésa es la cojica nuestra…

–y se tiraron las hermanas y la sacaron.

Y cuando vino el tío Garrampúo le pegaron una paliza y lo espacharon. Y el tío decía:

– Cojica, canta.

Y decía la cojica:

– Mis hermanas me dejaron
en lo alto de un peral
y vino un tío Garrampúo
y me metió en el morral (4).

[Recogido el 7-1-99 a Antonia M.ª López García, natural de La Solana (Almería)].

5. LA HIJA DEL DIABLO

Un campesino joven que vivía con sus padres ya mayores, un día se fue al pueblo. Se juntó con unos amigos y se enzarzó en una partida de cartas. Lo que al principio era un entretenimiento fue apasionando los ánimos, y el joven labriego perdió todo el dinero que llevaba. Y entonces se jugó también su casa y su huerta, y las perdió.

Entonces, al día siguiente, tenía que entregar la casa y la huerta. Y él estaba desesperado y maldiciendo, y decía:

– «¡El diablo me ha tenido que tentar para que yo haga este disparate! ¡Si el diablo viniera aquí y se presentara ante mí, haría todo lo que él dijera por recuperar mi casa y mi huerta!».

Y mira tú por dónde, al instante se apareció una nube, y cuando la nube se iba disipando, había allí un hombre, de aspecto bastante fiero y envuelto en una capa, y le dijo:

– ¡Yo soy el diablo! ¿Qué quieres?

– Pues yo soy capaz de entregarte mi alma si tú me devuelves la casa y la huerta, porque mis pobres padres ¿dónde van a ir, si no tienen dónde recogerse?

— Y entonces el diablo le dijo:

– ¡Te tomo la palabra: tu alma a cambio de la casa y la huerta!

– Bien. Te la devolveré.

Y efectivamente se la devolvió. Y le dijo:

– Ahora bien, dentro de tres años tienes que buscar el castillo del demonio y hacer lo que yo te diga. Si no, ya sabes que me llevo tu alma, sin más.

Entonces, el muchacho, como había recuperado la huerta, pues seguía haciendo su vida tranquila, sin demasiadas preocupaciones. Pero a medida que se iba acercando la fecha de los tres años, empezaba a ponerse nervioso. Y, claro, dijo:

– «Pues no tengo más remedio que ir a buscar el castillo del diablo porque si no, voy a perder el alma».

Y entonces, pues un buen día se despidió de sus padres, cogió su hatillo al hombro y se fue a buscar el castillo del diablo. Y anda que andarás, preguntando por aquí y preguntando por allá, y nadie le daba noticias del castillo del diablo. Veía un castillo a lo lejos y decía: «A lo mejor es ése». Y iba y preguntaba:

– Oiga, ¿es éste el castillo del diablo? Y entonces le decían:

– No, no, no: éste es del señor conde fulano de tal y tal.

Y venga a andar y andar, andar, hasta que ya cansadísimo, cansadísimo, dijo:

– «Bueno, pues mira, voy a ir al cielo porque allí, que lo saben todo, a ver si me dicen dónde está el castillo del diablo».

Y entonces se empieza a subir, a subir y llegó al cielo. Y lo primero que se encontró fue tres jóvenes muy bellas que se estaban bañando en una piscina. Y él dijo:

– «¿Cómo les voy a preguntar, si a lo mejor no me lo dicen?».

Y entonces se le ocurrió una idea: y entonces robó la ropa de una de las jóvenes que se estaban allí bañando. Bien, entonces la guarda y él se queda allí entre unos matorrales, observando. Y…

– Ya es la hora –dice una de las mozas aquellas; dice–, ya es hora de que nos vayamos.

Y se le salen y cogen su ropa, pero una no la encuentra y dice:

– ¿Pero dónde está mi ropa? Y venga a buscar, y venga a buscar, y no encontraba la ropa. Y entonces las otras dos, porque las tres eran hermanas, dijeron:

– Bueno, pues mira: nosotras ya estamos cansadas de buscar, así que, como la ropa no aparece, nosotros nos vamos, y ahí te quedas.

Y se quedó la otra dama allí en medio del agua porque, claro, no se podía salir así como estaba desnuda. Y entonces, cuando se fueron las otras dos hermanas, viene el labrador y le dice:

– Oye, mira, no busques más: yo tengo tu ropa, y te la doy pero a cambio de una cosa.

Y la muchacha le dice:

– ¿Qué cosa? Dice:

– Pues que me digas dónde está el castillo del diablo.

– Bueno, pues yo te lo diré, si me prometes darme la ropa.

Y entonces el muchacho cogió la ropa y se la dio. La dama se vistió (era una chica bastante guapa: era una nena bastante guapa) y entonces le dice:

– Bueno, mira, pero el castillo del diablo está muy lejos, así que, para que podamos llegar –dice –, yo voy a convertirme en paloma, y tú te montas encima de mí y entonces, volando, volando, volando llegaremos al castillo del diablo. Pero mira, antes quiero que tengas que hacer una cosa: antes quiero que tú prepares mucha carne, mucha carne porque, claro, como en el viaje yo me canso mucho, pues cuando yo te diga «¡Carne!», pues tú me das un pedazo de carne –dice–. Y ten en cuenta que tienes que llevar mucha carne porque si la carne se acaba, entonces… yo te tiro, te dejo caer y te matas.

Bueno. Pues entonces fue el muchacho y pidió mucha carne, compró mucha carne y se montó en la paloma. Y la paloma remontó el vuelo y, ¡biiiin!, allí por encima de las montañas, a través de los mares, y vuela que te vuela. Y de vez en cuando decía la paloma:

– ¡Carne! Y entonces el muchacho pues cogía, cortaba un trozo de carne, se lo daba a la paloma y la paloma seguía vueeela que te vueeela, vuela que te vuela. Al rato:

– ¡Carne! Otra vez otro trozo de carne. Y así, así…, que el muchacho veía que la carne se estaba acabando y el vuelo seguía, porque estaba muy lejos el castillo. Hasta que llega otra vez; dice la paloma:

– ¡Carne! Y entonces pues le dio el último trozo que le quedaba. Y pensaba él:

– «¡Maaadre mía! Cuando me pida otra vez carne, ¿qué hago?».

Y así venga volar, volar, volar y de pronto dice la paloma:

– ¡Carne! Y entonces coge él, y como no tenía que darle carne, coge con su navaja, le corta un dedo a la paloma y se lo da que se lo coma. Y la paloma se lo come. Y dice:

– Bueno, ya veo que no tienes carne –dice–, pero no te voy a tirar al suelo –porque como la paloma había visto que el chico era bastante guapo, dice, pues no sé que pasaba. Dice–; pues no te voy a tirar.

Dice:

– Bien.

Y entonces ya, sigue volando, volando, volando y enseguida llegaron cerca del castillo del diablo.

– Mira, ése es el castillo del diablo. El diablo es mi padre –dice–. Ahora te va a hacer tres pruebas, que las tienes que hacer. Si no las haces ya, sabes que te voy a, te va a quitar el alma.

Bueno, pues bien. Y entonces el muchacho se despide de la paloma, le da las gracias, y la paloma se vuelve otra vez una joven muy guapa, ¿eh?, y se va hacia el castillo, pero cada uno por un sitio.

Entonces llega él a la puerta del castillo, ¡pon, pon, pon!, llamando.

– ¿Quién es ahí? ¿Quién llama a estas horas? Y él dice:

– ¡Soy yo! –Y le dijo

– ¡El labriego que te tiene hipotecada el alma! –Dice

– ¡Ábreme! Y entonces el diablo le abre, con muy mala cara.

Dice:

– ¡Bueno, veremos a ver si ahora eres capaz de salvar las pruebas que yo te voy a poner! –Dice–: Mira, la primera es ésta: ¿ves todos esos montes que hay ahí, alrededor del castillo? Pues bien, dentro de veinticuatro horas quiero que esos montes estén completamente llanos, que hagas una llanura.

Y el muchacho mira los montes.

– «¡Madre mía!, ¿cómo voy yo a poder hacer esto?» .

Y se pone allí. Estaba muy triste y casi iba a llorar, y entonces la joven, en forma de paloma, viene y se para allí y le dice:

– ¿Qué te pasa que te veo tan triste?

– Pues mira: que tu padre me ha dicho que haga de estas montañas una llanura, y yo no puedo, yo no lo sé cómo lo voy a hacer, y se va a quedar con mi alma, y mis pobrecillos padres, ya tan viejos como son, se van a quedar sin hijo y sin la huerta y sin la casa donde viven, y no tienen dónde ir.

– Pues no te preocupes: yo te ayudaré. Tú descansa –y entonces hace así la paloma un movimiento con el ala y el joven se queda allí como dormido.

Y entonces la paloma, que tenía artes mágicas, coge, ¡pun!, y allana todos los montes y cuando ya los tiene terminados, le dice, lo despierta. Y entonces el muchacho se levanta y ve que todo lo que antes eran montes ahora es una llanura muy grande, muy grande, y se pone muy contento. Le da las gracias a la paloma y se vuelve al castillo y le dice al diablo:

– Bueno, ya tienes aquí lo que me has pedido: ya tienes los montes llanos.

Y el diablo lo mira y le da mucha rabia porque lo que quería era quedarse con el alma del labriego.

– Bueno, bien, ésta primera prueba me la has contestado. Pero ahora quiero que me hagas otra prueba: y es que, todo eso que has puesto llano, todo eso que has puesto llano, ahora tienes que sembrarlo de trigo. Y dentro de veinticuatro horas, el trigo tiene que estar crecido y granado, listo para recogerlo.

Y entonces el campesino se va otra vez y se pone otra vez triste y casi a punto de llorar. Dice:

– «¿Cómo voy a conseguir yo esto? Esto es imposible para mí, esto es dificilísimo. Si el trigo tarda siete meses en crecer, ¿cómo lo voy a hacer yo que crezca en… veinticuatro horas?».

Estando allí tan triste, se le vuelve a aparecer la paloma y le dice:

– ¿Qué haces ahí tan triste?

– Mira, hija: que tu padre me ha dicho que tengo que sembrar esto de trigo y dentro de veinticuatro horas el trigo tiene que estar granado para cogerlo.

– Sí que la prueba es difícil. Pero, bueno, pues tú no te preocupes que yo, yo te ayudaré.

Y vuelve otra vez: mueve el ala, el campesino se queda dormido y la paloma siembra y hace que el trigo crezca, porque ella tenía muy… otras dotes mágicas, pero eran buenas, no eran como las del diablo, que eran malas. Y entonces, pues cuando ya lo ha hecho, le dice:

– ¡A ver! Lo despierta otra vez. Y se despierta el campesino y cuando ve todo aquel campo sembrado de trigo, y el trigo granado ahí nada más que para cogerlo, le da una alegría, y le da mucho las gracias a la paloma. Y vuelve otra vez al castillo y vuelve a llamar, abre el… demonio y le dice:

– ¿Qué quieres ahora? Dice:

– Pues nada, que tu segundo mandato ya lo he cumplido: ahí tienes el trigo que me pedías.

Y otra vez el demonio le dio mucha rabia de que hubiera cumplido eso que creía que era imposible.

Y le dice:

– Bueno, pues ahora vas a hacer otra cosa –dice –: quiero que vayas y saques del mar cuarenta arrobas de pescado.

Bueno. Y entonces otra vez el labrador se pone ahí a la orilla del mar y estaba muy triste, muy triste. Y entonces apareció otra vez la paloma; y entonces la paloma le dijo:

– ¿Por qué estás tan triste? Y él volvió a decirle:

– Porque otra vez tu padre, el diablo, me ha puesto una prueba que es imposible que pueda cumplir. Entonces ha dicho que tengo que coger doscientas arrobas de pescado y llevárselas.

– Bueno, pues no te preocupes, no te preocupes.

Yo te ayudaré.

Y la paloma vuelve a mover el ala y el labrador se queda dormido. Y entonces la paloma, con su magia, coge las arrobas de pescado que le había dicho el demo…, el diablo y cuando ya las tiene todas, le dice…, lo despierta. Y entonces el labriego se queda muy contento de ver la ayuda que le ha hecho la paloma.

Y vuelve otra vez al castillo y le dice al diablo:

– Ya tienes ahí: he cumplido el encargo que me has dado, así que por lo tanto soy libre.

Y entonces el diablo le dice:

– Sí, has cumplido los tres encargos, pero ahora tienes que casarte con una de mis hijas, y tiene que ser precisamente la menor. Si ya me aciertas esta prueba te dejaré marchar, y con tu mujer

– Bueno; dice–. Ahora bien –dice

– la tienes que reconocer, entre mis tres hijas, en un cuarto completamente a oscuras y sin hablar una sola palabra.

Tú puedes tocarlas a las tres y, cuando creas que has encontrado a la pequeña, me lo dices.

Bueno, bien. Entonces el muchacho se mete en la habitación y al poco oye ruido de faldas, y es que han entrado tres chicas. Y entonces él empieza a tocarlas, y le toca las manos y le va tocando así y… dice:

– Ésta no, porque tiene todos los dedos: no le falta ninguno.

Y ya cuando llega a las más pequeña, al tocarle ve que le falta la puntita del dedo, que es el trozo que él le cortó para darle comida cuando era paloma. Y entonces dijo:

– ¡Ésta… es la pequeña! Y entonces, pues claro, le dio mucha rabia al demonio, porque los demonios son bastante malos y lo que quieren es perjudicar, no quieren beneficiar a la gente, pero, claro, ya tenía que cumplir su palabra. Y dice:

– Bien.

Allí se casaron, en el castillo, hicieron grandes fiestas, fueron felices y luego… Y entonces pues van, y se van del castillo y se van hacia su casa. Van caminando, caminando, caminando el labriego, el labrador con su mujer, y cuando van a llegar al pueblo, le dice:

– Mira, para que nuestro matrimonio sea feliz, yo tengo que ir como si fuera tu mujer, pero no en forma de mujer sino en forma de paloma –dice–.Si tu familia me acepta, entonces ya seremos felices y no habrá problemas. Tú lo que tienes que hacer es, es llegar al pueblo, decírselo a tus padres y que tus padres me acepten. Yo te espero aquí subida a un árbol, en las afueras –dice–. Pero lo que no puedes hacer bajo ningún pretexto es dar, besar a nadie, porque en cuanto que beses a una persona, enseguida todo lo que te ha pasado del diablo se te olvidará y ya no sabrás ni siquiera que tienes mujer.

Pues entonces el labrador le dice:

– Muy bien, muy bien, yo tendré mucho cuidado.

Y llega a su pueblo, entonces empiezan a recibirlo y, y él pues… abraza a todos, le da la mano, según fuera hombre o mujer, pero lo que no hace nunca es besar. Llega su padre, su padre, su padre, viejecito, tan contento al ver a su hijo, que creía que ya había muerto, le dio un abrazo muy fuerte y empezó el pobre a besarlo y tal, y él le devolvía los abrazos pero no lo besaba. Y luego llega, por último, la madre, y la madre empieza — 115 — también a darle besos, muchos besos, muchos abrazos, y él ya se emociona tanto que no se puede resistir y le da un beso. Y cuando le dio un beso, ¡fun!, se le olvidó todo, y ya no se acordó que su mujer en forma de paloma lo estaba esperando en el pueblo.

Entonces, pasaron los días, y la paloma ahí en el árbol esperando que volviera su marido, pero su marido no volvía. Y entonces ya, al cabo del tiempo que pasó, que pasó mucho tiempo, pues entonces la paloma sabe que ha besado a alguien y ha olvidado todo lo anterior, y por eso no regresa.

Entonces se transforma en mujer. Va al pueblo, se coloca de modistilla en un taller de costura justo enfrente de la casa de la novia de su marido (porque su marido se había echado otra novia), para tener ocasión de verlo y hablar con él.

Pasa el tiempo y cuando su marido decide casarse, como son amigos, la invita a la boda. Ella acepta pero a condición de que le permita llevar un muñeco que ella posee, y el marido no pone inconveniente.

Cuando se reúnen en la fiesta de petición de mano y cuando ya todo el mundo se encuentra un poco alegre, la paloma princesa coloca al muñeco encima de un mueble y al instante el muñeco comienza a hablar relatando todo lo sucedido al labriego desde la partida de cartas hasta la fecha. Todo el mundo, sorprendido y maravillado, sigue con atención el relato del muñeco, y el labriego va recordando todo lo olvidado hasta reconocer en la joven modistilla a su amada esposa.

Se deshace la boda prevista y la pareja se une definitivamente, con el regocijo de todos los asistentes.

Los ancianos padres del labriego reciben a su nueva hija con gran cariño y regocijo y todos quedan felices y contentos (5).

[Recogido el 8-8-95 a Andrés Hernández Navajas (Murcia)].

6. LA HERMANA POBRE Y LA HERMANA RICA

Hace tiempo vivían en un pueblo dos hermanas: una pobre y otra rica.

La pobre hizo un pan que estaba hecho de harina y ceniza, porque la harina no era suficiente.

Una vez hecho el pan, mandó a su hija al horno pa que lo cocieran.

Cuando volvía a casa con el pan cocío, se encontró por el camino a un mendigo, que le dijo:

– ¿Me puedes dar un poco de tu pan? Y ella dijo:

– Sí, tome usted.

Y él le volvió a decir:

– Cuando llegues a tu casa, te peinas.

La muchacha siguió andando y más adelante se encontró a otro mendigo que le volvió a pedir pan, y ella con mucho gusto le dio. Y el mendigo le dijo que cuando llegara a su casa, que se lavara las manos.

Y ella siguió su camino hacia su casa. Pero cuando le quedaba poco para llegar, se volvió a encontrar con otro mendigo que también le pidió pan, y ella le dio el último trocito de pan que le quedaba. Y este mendigo también le dijo que cuando llegara a su casa, tenía que reír.

Entonces ella siguió palante hasta llegar a su casa. Cuando entró a su casa, su madre le preguntó que dónde estaba el pan, y ella respondió:

– Se lo di a tres mendigos que me pidieron un trozo cada uno, y me dijeron que me peinara, que me lavara y que tenía que reír.

Y la madre le dijo:

– Pos vamos a hacer lo que te han dicho.

Entonces se peinó, y empezaron a caer monedas de oro del techo de su casa; luego se lavó las manos, y el agua se convertía en colonia; y por último empezó a reír, y empezaron a salir flores por todos lados.

La madre y la hija, al ver aquello, se quedaron sorprendías, y enseguida cogieron todas las monedas de oro y las metieron en bolsas. Una vez que las habían metío, la madre mandó a su hija a por el peso pa pesar las monedas de oro.

La muchacha fue y le pidió a su tía el peso, pero su tía quería saber qué iba a pesar y echó pegamento en el culo del peso. Una vez que había llegao a su casa, su madre pesó las monedas sacándolas de las bolsas. Cuando terminaron, la madre volvió a mandar a su hija a que le devolviera el peso a su tía.

Y cuando se lo devolvió, la tía vio que habían monedas de oro donde ella había puesto el pegamento, y rápidamente fue a hablar con su hermana.

Cuando llegó a la casa de su hermana, se lo preguntó, y su hermana se lo contó tó. Entonces ella fue corriendo a su casa a mandar a su hija al horno a cocer el pan que amasó.

Cuando su hija volvía del horno con el pan cocido, se encontró un mendigo que le pidió pan, y ella no le dio. Entonces él le dijo que cuando llegara a su casa, se peinara.

Más adelante se encontró con otro mendigo que también le pidió pan, y ella no le dio. Y él le dijo que cuando llegara a su casa, se lavara las manos.

Y entonces se fue siguiendo su camino, cuando de pronto se encontró otra vez con otro mendigo que le volvió a pedir pan, y ella no le dio ni una chispa. Y el mendigo le dijo:

– Cuando llegues a tu casa, te tienes que reír.

Y ella siguió palante. Cuando llegó a su casa, se lo contó a su madre y se pusieron a hacer lo que le habían dicho los mendigos: cuando se peinó, empezaron a caer cucarachas y chinches del techo de su casa; y cuando se lavó las manos, el agua se puso negra y echaba peste; y cuando empezó a reír, le salían sapos de las paredes (6).

[Recogido el 10-12-98 a Antonia Romero Martínez (Las Torres de Cotillas)].

7. EL PASTOR CONVERTIDO EN PÁJARO

Una vez iba el Señor y San Pedro andando por ahí, por el monte, y se les hizo de noche. Y entonces miraron y vieron que allá a lo lejos había un cortijo. Dicen:

– Oye, vamos a ir a aquel cortijo a ver si nos dan posá.

Y llegaron. Dice:

– Mire usté, que somos el Señor y San Pedro que vamos de camino y se nos ha hecho de noche.

–Dice

– A ver si nos dan posá.

Dice:

– ¡Uy, sí, sí! ¡El Señor y San Pedro…! ¡Ya lo creo! Ahora mismo, en mi casa –dice–, lo mejor que tengamos… Quedarse, quedarse aquí –dice–; bueno, quedarse aquí, que ahora mismo voy a salir a mi rebaño y el mejor cabrito que tenga –dice – lo voy a matar pa hacer la cena.

Conque sale y coge un cabrito. Lo sostiene y dice:

– «Éste es mu caro».

Coge otro cabrito; lo coge, lo sostiene y dice:

– «Pesa mucho: éste es mu caro».

Así hasta que recorrió casi tó el rebaño. Y entoces dice:

– «¿Pos sabes lo que voy a hacer?: voy a matar el gato –dice–, y después de frito –dice–, ¿ellos qué saben si es gato o cabrito?» Y entoces coge, mata a su gato, lo fríe, lo pone en la mesa y entoces el Señor dice:

– Bueno, vamos a echar la bendición –y dice el Señor, dice–: Si eres cabrito, mantente frito; y si eres gato, salta del plato.

Y entoces el gato salió corriendo y se fue. Y entoces el señor le dijo al pastor; dice:

– Caro fuiste y Caro serás, pero tu rebaño no lo guardarás más.

Y entoces a él lo convirtió en pájaro, el pájaro Caro, que dicen que por la noche en el campo se oye un pájaro que dice:

– ¡Caro, caro! (7).

[Recogido el 27-12-94 a Josefa González Pérez (Murcia)].

8. LOS TRES HOMBRES QUE QUERÍAN IR A LA GLORIA

Había tres hombres que querían ir a la gloria y no sabían qué tenían que hacer. Y había un viejecico allí, en un portal, un viejecico que seguro que era el Señor; y llegaron allí y le dijeron:

– Mire usted, que llegamos aquí porque no sabemos qué hacer pa ganarnos la Gloria, y los viejecicos pues saben mucho. Nos lo diga usted; ¿nos lo va usted a decir?

– Sí.

Entonces se sentaron y les dijo:

– ¿Qué hace usted?

– Yo voy todos los domingos a misa.

– ¿Y tú?

– Yo pido por las ánimas.

Y el otro dice:

– Yo les doy limosnas a los pobres.

– Bueno, pillar ese camino y andar, andar, andar hasta que lleguéis a un cruce con tres caminos: cada uno echáis por uno y donde os escurezca, cada uno os sentáis y pasáis la noche allí; y a otra mañana salís pacá, que aquí os espero.

Conque así lo hicieron.

Llegó uno y dice:

– Hay un almendro, un almendro tan grande y florío... Pues aquí voy a pasar yo la noche en este tronco.

Conque allí estuvo toda la noche.

Y el otro llegó a un sitio donde había una cuevecilla y se metió allí y pasó la noche allí en la cueva.

Y otro pues vio una luz y dijo:

– Pues yo voy allí a ver si me arrecoge aquella familia.

Y llegó y allí no había nadie. Y estuvo un rato y al ver que no iba nadie…; había una mesa con pan y con toda la comida y entonces se sentó y comió.

Cuando acabó de comer, mira patrás y ve una cama allí; y dijo: «Pues voy a acostarme». Y estuvo tó la noche allí tan agusto.

Bueno, y a otra mañana, cuando es de día, siguen patrás y llegaron al portal donde estaba el Señor (porque aquél era el Señor), y llega y dice que…

– ¿Cómo habéis pasao la noche?

– ¡Ay, mire usted, yo lo he pasao muy mal, porque tó la noche me están dando unos pelliscos y unos pelliscos, y he pasao una noche malísima!

– Usted es porque repiscaba a las ánimas, y como usted las pelliscaba, pues ellas le han estado pelliscando a usted. Así que usted tiene que no pelliscarle a las ánimas, que todo lo que sea pa las ánimas sea pa ellas.

Y dice el otro:

– Pues yo llegué y había un almendro muy grande y muy hermoso y era muy florío, que eso daba bendición de verlo. Y esta mañana, cuando me he levantao, no había ninguna ni en el suelo ni en ninguna parte, no quedaba ná más que una en la copa.

– ¿Ves? Pues tú es porque vas a misa y no oyes las misas con devoción; tú vas a misa y como ná, así que una misa tienes que te sirva pa Dios.

Dice:

– Bueno.

Pues entonces el otro.

– ¿Y tú? Dice:

– Pues, ¡oy, yo sí, yo me he pasao una noche buenísima! Yo vi una luz, pues allí me voy; y llegué allí y toqué y allí no había nadie. Y yo pasé y me senté y al rato, como no iba nadie, comí, que estaba la mesa allí puesta; y cuando comí, había una cama allí y me acosté. Y esta mañana no he visto a nadie y me he venío y he estao toda la noche muy bien.

– ¿Ves? Pues tú le das las limosnas a los pobres.

Tú sí tienes la Gloria ganá; tú, cuando mueras, vas derecho a la Gloria.

Y se acabó el cuento con pan y pimiento (8).

[Recogido el 20-1-99 a Adoración Cano Ginés, natural de Serón (Almería)].

9. LA PALOMA BLANCA

Una vez mi padre me contó una historia que le ocurrió a su bisabuela.

Era un matrimonio que tenía una hija que murió a los quince años. Antes de morir, su madre le prometió a la Virgen que si se curaba le diría nueve misas y le encendería velas. Pero cuando la hija se murió, como antiguamente la gente que llevaba luto no salía a la calle ni a ningún sitio, la madre lo fue dejando lo de las misas.

Tenían un criado que se encargaba de echarle de comer a los animales por la noche. Y cuando iba por la noche a echarles la comida, una paloma blanca con su vuelo le apagaba la vela, y así todas las noches.

Y un día, este hombre, extrañado de lo que ocurría, se lo contó a la dueña, y ésta le dijo que le preguntara que qué quería, a ver si la paloma le decía algo. Entonces él, esa misma noche, cuando le apareció la paloma, éste así lo hizo; y le preguntó:

– ¿Qué quieres?

Y le dijo que era el alma de la hija de la dueña, que se llamaba Isabel, y que su madre cuando ella estaba enferma hizo una promesa y no la había cumplido: le tenía que decir nueve misas y encenderle unas velas que su madre guardaba en la mesita del Niño Jesús (este Niño lo conserva mi madre).

Durante las nueve misas la paloma estaba al lado del criado, y cuando se terminaron las misas, no la volvieron a ver más (9).

[Recogido el 25-12-98 a Carmen Villalobos Núñez, natural de Talavera La Real (Badajoz)].

10. EL DIABLO EN FORMA DE CABRA

Siendo yo un niño me contó mi abuelo que le pasó a su amigo, y esto fue cierto porque le costó estar malo en cama.

Pues mi abuelo y su amigo salían de ronda a echarse novia y de copas a un pueblo cercano a donde ellos vivían, en el campo, más bien en la montaña. Pero un día su amigo se fue solo porque mi abuelo estaba enfermo. Era una noche con luna llena, y al pasar por la puerta del cementerio, que era por donde iba el camino, iba éste en bicicleta y vio un cabrito andando por el camino, y lo cogió para llevárselo, pensando que estaba perdido, y se lo puso sobre los hombros. Y montándose en la bicicleta, ya que había andado un buen trozo de camino, escucha una voz que le dice:

– ¿Y a que tú no tienes unas uñas como éstas? –mientras notaba que el cabrito pesaba muchísimo más que cuando lo cogió al principio.

Y saltando delante de él, vio que el cabrito se había transformado en el diablo.

Estuvo muy enfermo a causa del susto que se llevó (10).

[Recogido el 25-12-98 a José Carrasco Sarabia (Alhama de Murcia)].

11. EL PADRE CRUEL

Eran dos hermanas que se llamaban Alodía y Nunilón, que eran muy cristianas, creían mucho en Dios, y se tiraban todo el día leyendo la Biblia y poniéndole velas a los santos. Pero, por el contrario, su padre era ateo: no creía en Dios. Y entonces, cada vez que las veía rezando pues les pegaba y les quemaba las imágenes de los santos.

A ellas les gustaba bendecir la mesa antes de comer, y como su padre era labrador y se quedaba en las posadas a cenar y a dormir, pues las hermanas con su madre podían bendecir la mesa.

Pero una noche el padre llegó a la casa para cenar y quedarse a dormir y entonces las pobres niñas no sabían cómo bendecir la mesa. Pero una de ellas le dijo a su hermana:

– Hermana, ¿te has dado cuenta que de mi plato al tuyo hay la misma distancia que del papá al plato de la mamá?

Total, que ella hizo la cruz en la mesa para bendecirla y el padre se dio cuenta y, enfurecido, cogió y empezó a pegarles. Ellas, como pudieron, abrieron la puerta de la casa y salieron corriendo. El padre cogió el caballo y salió detrás de ellas y, enfurecido, las ató al caballo y las llevó arrastrando hasta el pueblo, hasta que murieron.

Y en el sitio donde ellas fallecieron los aldeanos hicieron una ermita (11).

[Sin datos del narrador].

12. EL RÚSTICO Y LA SEÑORITA

Un labriego que estaba en casa de un terrateniente, en una finca, era, aunque rústico, fornido y apetecible para las mujeres. Y la hija del terrateniente, que era una moza casadera, en la soledad de la finca, falta de hombres con quien tratar, vio en el rústico aldeano exaltados sus deseos de hombre y empezó a coquetear con él.

Como era la época de la esquila, todos los días asistía desde su ventana a la tarea del peso de la lana. Cuando su padre no estaba, pues se insinuaba al labriego, diciéndole picarescamente:

– Aldeanito que pesas la lana,
dime cuánto marca la romana.

Como esto se repitiera una y otra vez cada momento que se ausentaba su padre, y como el rústico aldeano conocía las intenciones de la moza, pues un día le respondió de esta manera:

– Bajará usted, me dará un beso,
juntaremos barriga con barriga,
lana con lana
y dará su peso la romana (12).

[Recogido el 8-8-95 a Andrés Hernández Navajas (Murcia)].

13. EL CRIADO DESASTROSO

Estaban Perú y Jeimito sentaos en un banco. Vino su amo y le dice a Jeimito que vaya a por un camión de leña cepúa. Y Jeimito fue y le arrancó toa la viña. Y dice el amo cuando llega con el cargamento:

– ¡Ay Jeimito, ya la hemos liao! ¡Ay Jeimito, que me has arrancao la viña! Y dice:

– Pero mi amo, ¿se ha enojao?

Dice:

– No me he enojao, pero no me ha dao gusto.

Bueno, a otro día mandó a Perú que le trajera un carro de leña garrapatosa. Y fue y le arrancó tó un almendral que tenía su amo. Y dice el amo:

– ¡Ay Perú, me haz estrozao vivo, me has arrancao el almendral que yo tenía!

Y dice Perú:

– Pero, ¿se ha enojao usted, mi amo?

Y dice el amo:

– No me he enojao, pero no me ha dao gusto.

A otro día mandó a Jeimito que le guardara las ovejas. Y Jeimito fue y las ovejas estaban en el corral rumiando; y como las vio rumiendo poz no les dio careo. Y al otro día fue el amo al corral y se encontró que le faltaban tres ovejas. Y le dice el amo:

– ¡Ay Jeimito, ay Jeimito, que me perdistes tres ovejas ayer!

Y dice Jeimito:

– No, mi amo, yo no las perdí.

Dice el amo:

– Sí, sí las perdistes.

Y dice Jeimito:

– No, señor, porque no les di careo, porque vi que estaban rumiando y no les di careo.

Y dice el amo:

– ¡Ay Jeimito, tú y Perú sois mi perdición porque me rematáis toas la cosas que yo tengo! (13).

[Recogido el 7-1-99 a Antonia M.ª López García, natural de La Solana (Almería)].

14. DIGAN LO QUE DIGAN

Había un hombre con un burro y se fueron a la siega sus tres hijos, el padre y el burro. Y pasaron por donde había una cuadrilla de segadores, y el padre iba montao en el burro. Y dicen los segadores:

– ¡Hay que ver el hombre, que lleva a los hijos andando y él montao!

Y dice:

– Mira lo que han dicho. –Y dice el padre: – Ahora montaros vosotros.

Pasan por enfrente de otra cuadrilla. Y dicen:

– ¡Mira qué hijos, que van montaos y el padre andando!

Y dice el padre:

– Pos ahora bajaros y amos a dejar el burro solo, que mira lo que han dicho.

Y pasan por otra cuadrilla de segadores. Y dicen:

– ¡Mira qué tontos, que va el burro solo y ellos andando! Y dicen los hijos:

– ¿Vez tú? Otra que han dicho.

Y dice el padre:

– Pos ahora nos vamos a montar los cuatro y digan lo que digan no les vamos a hacer caso (14).

[Recogido el 7-1-99 a Antonia M.ª López García, natural de La Solana (Almería)].

15. LA ABUELA Y EL NIETO

Esto era un padre que tenía un hijo y no le gustaba salir de novias. Y le dice una noche su padre:

– Oye, hijo, te voy a dar dinero y te vas a ir y te vas a buscar una mujer; te vas a ir a cenar, te la vas a llevar al cine y después te vas a acostar con ella.

Conque va y se va a la casa de la abuela; y le dice:

– Abuela, mire lo que me ha dicho mi padre.

– ¿Qué te ha dicho? Dice:

– Que me busque una mujer, que la lleve al cine, que le dé de cenar y que me acueste con ella.

Y dice:

– Pues eso está hecho.

Y entonces llega y dice… A otro día se va en cá su padre otra vez y dice:

– Mira, he cenao con la abuela, la he llevao al cine y he dormío con ella.

Y dice:

– ¿Pero que tú has dormío con mi madre?

– ¡Claro! –Dice– ¡Duermes tú con la mía! (15).

[Recogido el 7-1-99 a Francisca Almela Bermúdez (Las Torres de Cotillas)].

16. LAS MUCHACHAS DE NOMBRES FEOS

Esto era un cura que iba de paso a otro pueblo y tres mozas que iban a casa de su tía porque se habían quedado huérfanas. Y cuando iban por el camino, se juntaron con el cura.

Cuando iban caminando un rato, el cura le dijo a la mayor:

– ¿Cómo te llamas?

– ¡Ay, señor!, yo no se lo puedo decir.

– ¿Por qué no me lo puedes decir?

– Porque tengo un nombre muy feo.

– ¿Y eso qué tiene que ver? Si yo estoy acostumbrao a toda clase de nombres.

– Bueno, se lo voy a decir: me llamo Quiero Cagar.

Cuando ya iban un rato andando, le preguntó a la segunda:

– ¿Y tú cómo te llamas?

– Señor cura, mi hermana se lo ha dicho pero yo no se lo voy a decir.

Pero el cura le suplicó y le suplicó y entonces ella le dijo:

– Bueno, señor cura, se lo voy a decir: me llamo Estoy Cagando.

Siguieron andando y al rato le preguntó a la tercera:

– Bueno, tus hermanas ya me han dicho cómo se llaman. Y tú, ¿me lo vas a decir?

– Señor cura, yo no se lo voy a decir. Si mis hermanas se lo han dicho, yo no se lo voy a decir.

Pero rogó y rogó y al final le dijo:

– Yo me llamo Ya He Cagao.

Siguieron andando. Andando se les hizo tarde y entonces hicieron noche en una posá; y cuando llegaron a la posá, allí habían unos arrieros. Los arrieros y el cura se acostaron en los arreos de los burros, en el salón, y la posadera a las mozas las acostó en una habitación.

Y allá la media noche el cura el cura llamó a la puerta de las mozas, llamando:

– ¡Quiero Cagar, Quiero Cagar, Quiero Cagar…!

A esto se recuerdan los arrieros:

– Señor cura, si quiere usted cagar váyase a la calle.

Y el cura se acostó. Cuando se durmieron los arrieros, el cura llamando a la puerta otra vez:

– ¡Estoy Cagando, Estoy Cagando, Estoy Cagando…!

Y otra vez se recordaron los arrieros:

– ¡Pos no dice el cura que se está cagando, el tío marrano!

Entonces el cura se acostó y se quedaron todos durmiendo.

Entonces salieron las mozas de la habitación y se cagaron en los sombreros de los arrieros. Y cuando era la madrugá, el cura se fue a la puerta otra vez a llamar:

– ¡Ya He Cagao, Ya He Cagao, Ya He Cagao…!

A tó esto que se despiertan los arrieros; y se despertaron y los arrieros empezaron a oler:

– ¡Me cagüen en el cura de Dios! ¡Pos no dice que se ha cagao y es verdad que huele! Y fueron los arrieros a levantarse y se echaron los sombreros a la cabeza. Y echaron a correr detrás del cura, y el cura corriendo. Lo cogieron y lo tiraron al río.

Y entonces las mozas se quedaron libres para continuar su viaje solas (16).

[Recogido el 6-1-99 a Josefa Mateos Rubio, natural de Los Pulpites (Las Torres de Cotillas)].

17. EL CURA Y LA MUJER DEL CAMPESINO

Esto era un matrimonio que vivía el cura al lao de ellos. Y tós los días se iba el hombre a trabajar al campo. Y el cura, ¿qué hacía?: saltar por la tapia y acostarse con su mujer.

Entoces, cuando venía el hombre de trabajar, decía:

– Buenas tardes, señor cura.

Y decía:

– Hola, cara cabrero.

A otro día, otra vez:

– Buenos días, señor cura.

– Hola, cara cabrero.

Y entoces le dice él a la mujer:

– Oye, eso que el cura tós los días me dice cara cabrero, ¿eso qué es?

Dice:

– ¿Es verdá eso? Venga, vamos pal corral. Ponte de burro, que me voy a subir y le voy a poner esventurao.

Se pone de burro y ella se sube encima, a la tapia; dice:

– Cura, curete, padre de mi Juan, de mi Antonio y de mi Pepe, rompeor de mis sábanas y mis colchones, correor de mis gallinas y mis capones; a mi marío no tiés que decirle cara cabrero, tiés que decirle cabrón entero.

Dice:

– ¡Eso, eso! Anda, mujer, bájate. Si tié vergüenza, ya le has dicho bastante (17).

[Recogido el 7-1-95 a Encarna Ruiz Torres (Murcia)].

18. LA NUERA, LA SUEGRA Y LA CALDERA

Esto era una familia que estaban la suegra y la nuera. Y se acercó un señor que iba vendiendo calderas y la señora no tenía para comprarla. Y le dice a la suegra:

– Mire usted, que no puedo, no la puedo comprar.

Y dice:

– Bueno, pues por una vez ¿quién lo va a saber?

– ¿Y luego no se lo dirá usted a su hijo, no?

Y dice:

– No, ¡qué va! Bueno, pues se va la nuera, la compra la caldera a cuenta de… ¡ya me entiendes! Y luego viene el hijo; y empieza la suegra a hacer punto y dice:

– Por una vez, a mi nuera
le dieron una caldera;;
por una vez, a mi nuera
le dieron una caldera…

Y entonces cogió la nuera a la suegra y la arrastró por las escaleras de arriba abajo. Y claro, ya se puso tan mala que la suegra no sabía más que decir:

– ¡Y bajo, y bajo…!

Y decía el marido:

– Bueno, llamar aquí a una señora que la entienda, –dice– porque yo no entiendo lo que dice.

Y sale la nuera y le dice:

– Mire usted, lo que dice mi suegra es que de arriba abajo, tó lo que hay aquí es pa mí (18).

[Recogido el 7-1-99 a Francisca Almela Bermúdez (Las Torres de Cotillas)].

19. LOS TRES ESTUDIANTES

En tiempos lejanos había tres estudiantes en Salamanca que dedicaban más tiempo a los mesones y a corretear tras las mozas que a estudiar. Así pasaron el curso.

Llega final de curso, los padres les envían dinero para el regreso a casa pero ellos se lo gastaron en juergas y en otras actividades. Y cuando llegó el día que tenían que regresar, se encontraron con que no tenían ni un maravedí para volver a sus respectivas casas. Entonces, ante este problema, pensaron:

– ¿Cómo vamos a resolverlo? –que al fin y al cabo el pueblo está a tres jornadas de Salamanca y podían ir andando, pero ¿y la comida?, ¿cómo se las arreglarían de la comida? Así estaban pensando, pensando hasta que a uno de ellos se le ocurrió:

– Bueno, pues podemos ir andando, y lo de la comida, pues que como somos tres y son tres jornadas de camino hasta nuestra casa, pues cada uno de nosotros se puede comprometer a dar de comer a sí mismo y a los dos restantes, un día cada uno.

Bueno, pues así lo decidieron. Y entonces empiezan a caminar, a caminar y ya pues, cuando comenzaba a oscurecer, divisaron un mesón.

– Bueno, pues vamos a ver: vamos al mesón y vamos a ver qué se nos ocurre para comer.

Y cuando llegaron, pues el mesonero estaba sentado en una mecedora allí, al fresco, en la puerta, meciéndose. El mesonero era un hombre gordo y tuerto. Entonces, el estudiante que ese día se había comprometido a dar de cenar y posada a los otros dos, se queda mirándolo y haciendo así como gestos de sorpresa… Y el mesonero pues lo miraba:

– «¿Qué querrá decir este hombre?».

Al rato, vuelta otra vez a mirar, vuelta a hacer gestos así, de sorpresa, y entonces va el mesonero y le pregunta:

– Oye, ¿por qué me miras tanto y haces esos gestos de sorpresa?

Dice:

– Hombre, pues mire: porque usted tiene una ventaja que no tiene ninguno de los demás. Claro, como no sabe qué ventaja es, pues es como si no la tuviera.

Entonces el mesonero le dice:

– Bueno, pues dime cuál es esa ventaja.

Y él le contesta:

– ¡Hombre!, es que si yo se lo digo, pues usted ya lo va a saber y va a tener esa ventaja –dice–, pero yo no tengo ninguna y entonces, ¿qué pasa?

Dice:

– Bueno, pues vamos a ver: ¿qué te parece si os doy de cenar y posada esta noche si tú me dices cuál es esa ventaja que tengo?

– Pues no sé si eso valdría la pena… –y tal y cual.

Así, porfiando el mesonero por un lado y el estudiante por otro, pues dijeron:

– Bueno, de acuerdo, pónganos la cena y díganos dónde nos vamos a alojar y yo le diré cuál es esa ventaja.

Y entonces pues mandó a la mesonera que le pusiera la mesa a los estudiantes y cenaron opíparamente con un apetito más que regular, porque hay que tener en cuenta que no habían comido en todo el día; y esa cena fue desayuno, comida y cena.

Entonces pues cenan y después de decirles dónde se iban a alojar, volvió el estudiante…:

– ¡Bueno!, pues le voy a decir cuál es esa ventaja: la ventaja que usted tiene y que no tiene nadie es que como usted es tuerto, pues el día que se muera no tiene más que cerrar un ojo, en tanto que todos los demás pues tienen que cerrar los dos.

El mesonero pues no se quedó muy convencido, pero como había prometido la cena y el alojamiento, pues les dio la cena y el alojamiento y así se quedó eso.

A la mañana siguiente los estudiantes inician otra vez su camino y como hacía bastante calor se sentaron en un pajar y se quedaron durmiendo. Pero mira por dónde, de entre la paja oyen un ruido de gallinas; rebuscan por allí y ven que había un nidal con varias docenas de huevos. Como tenían bastante hambre, empezaron a sorber huevos, pero con una paja fuerte le hacían un agujerito y sorbían el huevo de tal manera que el cascarón quedaba intacto. Así fueron cogiendo todos los huevos, comiéndoselos, y con los que quedaron, pues el agujero que le habían hecho se lo taparon con un poco de cera y entonces los metieron todos en una cesta.

Siguen caminando, se vuelve otra vez a hacer de noche y entonces llegan a otra posada; y allí la posadera (era una mujer gorda y con muy buen humor, que se reía de todo) pues llegaron los estudiantes y le dijeron:

– Oiga, ¿nos quiere dar de cenar y posada a los tres por esta cesta de huevos?

La mesonera mira la cesta de huevos, ve que habían varias docenas y que los huevos eran hermosos y pensó que era buen negocio; y entonces les dijo que bueno, que sí que les daría la cena y el alojamiento a cambio de los huevos.

Bueno, empiezan los estudiantes a comer y como era gente joven y de buen humor, pues estaban diciendo bromas y chirigotas durante la cena; y la mesonera pues venga a reír, y se reía de las gracias que decían los estudiantes. Y ya, el que le había metido la cesta de huevos, la mira y le dice:

– ¡Sí, sí..., al freír será el reír!

Y claro, efectivamente luego sería el reír cuando se pusiera a cocinar huevos y viera que no había comprado a cambio más que los cascarones.

Llega la mañana, los estudiantes se despiden, se marchan y vuelta a caminar durante todo el día. Ese día pasaron bastante calor, la jornada era larga, y entonces, como no habían comido, pues al estudiante que le tocaba dar de cenar y alojamiento a los otros dos pues no se le ocurría ninguna treta para poderles dar de cenar. Pero vio que la gente iba a la iglesia porque el pueblo estaba en fiestas y seguramente pues celebraban alguna novena al santo patrón. Y entonces pues les dice a los otros:

– Bueno, vamos a la iglesia a ver si se nos ocurre algo.

Entonces llegaron a la iglesia, se colocaron al final de ella y oyeron que estaba el cura en el púlpito diciendo:

– Queridísimos hermanos, con gran sentimiento os tengo que comunicar que mañana no podrá haber función solemne porque el organista se ha puesto enfermo y entonces tendrá que ser una misa simple y no la celebración que se merecería nuestro santo patrón.

Esto, el estudiante que lo oyó le vino como un rayo de luz; y enseguida llama al monaguillo y le dice:

– Oye, dile al padre que yo soy organista.

Entonces el monaguillo va corriendo y le dice al oído al padre:

– Ahí hay un señor que dice que es organista.

Y entonces el párroco se dirige otra vez a los fieles y les dice:

– Amadísimos hermanos, por obra del Señor ha aparecido por estos contornos un forastero que es organista, así que lo que dije antes, ahora lo rectifico: mañana habrá misa solemne porque tendremos organista.

Y enseguida manda al monaguillo a decirle al muchacho, al estudiante, que no se vaya, que quiere hablar con él. Termina la novena y entonces baja el cura, ve al estudiante y le dice:

– ¿Es usted organista?

– Pues sí.

– ¡Hombre!, pues mañana nos gustaría que viniera a la misa que celebramos en honor del santo patrón.

– Pues sí, la verdad es que me gustaría venir pero es que, mire, nosotros somos estudiantes que vamos de paso, estamos escasos de dinero y la verdad es que, sintiéndolo mucho, no nos podemos quedar.

Y el párroco le dice:

– ¡No, no, hombre, no!, por eso no se preocupen. Ustedes ya saben, vayan; en la casa parroquial tienen ustedes cena y alojamiento. Así que no se preocupen. Y luego mañana, después de la misa, pues ustedes se pueden ya marchar.

Bueno, en eso quedaron. Los estudiantes se fueron, cenaron opíparamente allí con el cura y durmieron tranquilamente en buenas camas.

Y llega la mañana siguiente y entonces pues van los estudiantes allí, a misa mayor. Y entonces sube el cura allí unas escaleras, donde estaba el órgano, y le dice que se siente. El estudiante se sienta y le dice el cura:

– Bueno, pues toque usted algo para dar el tono y acompañar para que luego no desafine en la misa.

El estudiante venga a mirar allí el teclado: para un lado, para otro…

– Bueno, toque usted.

– ¿Yo? Si yo no sé tocar.

– ¿Cómo que usted no sabe tocar?

– Pues yo no, señor; yo no sé tocar.

– ¡Pero bueno!, ¿usted no me dijo anoche que era organista?

Dice:

– ¡No, hombre, no! Yo no le dije que era organista; yo le dije que era oreganista, es decir, que vendo oréganos.

Y así, con esa burla, siguieron su camino. El cura quedó corrido, no pudo celebrarse la novena y ellos llegaron a su pueblo habiendo comido y dormido las tres noches del camino.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado (19).

[Recogido el 8-8-95 a Andrés Hernández Navajas (Murcia)].

20. EL VIUDO Y LA CALAVERA

Esto eran dos amigos que habían: uno era un poco infeliz y el otro era más listo.

Y le dice el uno al otro, el tonto dice:

– ¿Sabes, amigo, que me ha salido mi mujer esta noche?

Y dice:

– ¿Cómo ha sío eso?

Y es que le había puesto una calabaza de calavera en una higuera, y aquél pues se reía lo que era bueno con el infeliz.

Y luego le dice:

– Bueno, ¿y tú qué le has dicho?

Y dice:

– Bueno, ¡pues yo no le he dicho ná!

– Pues tú tienes que decirle algo. –Dice– Si te sale esta noche, ya sabes lo que tiés que hacer: decirle que qué quiere.

Y a la otra noche, el listo le vuelve a poner otra vez la calabaza de calavera. Y le dice:

– ¿Y qué le digo?

– Pues tú le dices: mujer, que de parte de Dios que qué quieres.

Y entonces allá que va, a la noche. Hace la misma operación; y le dice:

– Bueno, mujer, de parte de Dios que qué quieres.

Y dice:

– Pues que vayas en cá la Torná y le pagues los piquillos de salvao que le debo.

Y allí se quedó (20).

[Recogido el 7-1-99 a Francisca Almela Bermúdez (Las Torres de Cotillas)].

21. LA PUERTA SOBRE LOS LADRONES

Esto era un matrimonio. Y se murió el padre y quedó una hija y la mujer, y entonces tenía que irse la mujer a trabajar.

Y un día se fue y dijo la hija que se iba con ella.

Y dijo la madre:

– Pues bueno. Tráete la puerta pacá que yo me voy, que es tarde.

Conque ella se entretuvo y arrancó la puerta y la sacó, y se fue detrás de la madre. Y cuando ya la alcanzó, porque la hija no iba y la madre la esperó, llega allí y dice:

– ¡Ay, María!, ¿para qué te has traído la puerta? ¡Señor, mira que la puerta…!

– ¿Pues no me has dicho que me la traiga pacá? ¡Pues eso he hecho yo!

Cuando vieron un… ese de ladrones que venían por allí; y dijo la madre:

– Vamos a subirnos a este pino a ver si no nos ven y no nos hacen ná.

Conque se subieron al pino. Y estaban en la punta arriba del pino y los ladrones, buscando para hacer unas migas, se pusieron debajo el pino; allí hicieron una hornilla y allí se pusieron a hacer las migas.

Y al ratico dice la María:

– ¡Ay, mamá, que me meo, que yo me meo!

– ¡Ay, aguántate, María! ¿No ves que nos van a ver? ¡Madre mía!

– ¡No, que me meo!

– Bueno, pues mea gotica a gotica.

Conque gotica a gotica meó. Y los ladrones decían:

– ¡Mira el Señor cómo nos echa el aceite! ¡Y dicen que el Señor no quiere a los ladrones!

Al rato dice:

– Mamá, pues que yo me cago.


– ¡María, no me digas eso, hija mía! ¡Aguanta, que nos van a ver y nos matan!

– ¡Que no puedo!

– Caga cerullillo a cerullillo a ver si no te ven.

Conque entonces, cuando eso, dicen:

– ¡Mira, pues ya nos está echando el chorizo! Pues bueno.

Y entonces ya se lían y comieron.

Y ellas estaban aguantando encima del pino.

Pero ya que estaban partiendo el dinero, ya que tenían allí siete u ocho filas de dinero partío, dice:

– ¡Mamá, que me se escapa la puerta!

– ¡Pero María!, ¿la puerta? ¿Cómo?

La cuestión es que dice:

– Yo dejo la puerta.

Dejó la puerta. Y iba pino abajo: «¡torontontón, torontontón, torontontón!», rompiendo ramas. Y ellos, que sienten aquel ruido, dicen;

– ¡El Señor antes nos ha echado el aceite y ahora nos mata!

Conque traspusieron corriendo y se dejaron el dinero allí. Y entonces la María se bajó corriendo y pilló tó aquel dinero. Y los ladrones desde lejos la veían, y uno, que era más valentón, dice:

– Yo voy, yo voy; yo no la dejo que se lleve el dinero Y entonces fue y ende lejos le preguntaba:

– ¿Usted quién es? –porque él creía que era la Virgen.

Dice:

– Yo soy la tía Rapalenguas. ¿Quiere usted que le rape la lengua? Venga usted, venga usted que se la rape.

Conque se fue acercando a ver si podía quitarle el dinero. Y ella llevaba una cuchillilla que cortaba mucho. Y sacó la lengua y le pegó un corte, y se lió a echar sangre. Y él se fue adonde estaban los otros ladrones. Y los otros le decían:

– Si no hubieras ido… ¿No te dije que no fueras? Que esa es la Virgen, y como hemos robao nos va a matar.

Y se acabó el cuento con pan y pimiento (21).

[Recogido el 20-1-99 a Adoración Cano Ginés, natural de Serón (Almería)].

22. EL NOMBRE OLVIDADO

Pues esto era una vez una madre que le manda al hijo a comprar un kilo de harina a un pueblo que se llamaba Juntoalculo. Y le dio el dinero y le dice:

– Hijo, corre a por la harina.

Y va el hijo con su dinero en la mano saltando por el camino, diciendo (repitiendo el pueblo para que no se le olvidara):

– Juntoalculo, Juntoalculo… Y de un pueblo a otro el camino era un poco largo, y él pues repitiéndolo. Y hay una acequia por medio, y cuando va a saltar la acequia se le olvidó el nombre. Dice:

– ¡Anda! ¿Dónde me ha dicho mi madre que fuera, que ya no me acuerdo? ¿Cómo se llamaba? ¡Pos ya no me acuerdo! –y se metió en la acequia a buscar lo que le había dicho su madre.

Y viene un hombre por allí y le dice:

– ¿Qué buscas, nene?, ¿qué estás buscando?

– Aquí se me ha caído, aquí lo tengo que buscar; aquí se me ha caído, aquí lo tengo que encontrar…

– ¿Pero qué se te ha caído?

Y él no decía lo que se le había caído, ná más que:

– Aquí se me ha caído, aquí lo tengo que encontrar…

Y el hombre se metió a la acequia. Y venía ya subiendo el agua: le llegaba el agua por las rodillas.

– ¡Venga, nene, dímelo que me llega el agua junto a las rodillas!

– Aquí se me ha caído, aquí lo tengo que encontrar…

– ¡Chacho, venga, venga ligero que me llega el agua junto a las rodillas!

– Y aquí se me ha caído y aquí lo tengo que encontrar, y aquí se me ha caído y aquí lo tengo que encontrar…

Y ya el hombre le llegaba el agua junto al culo; y dice:

– ¡Venga, nene, que me llega el agua junto al culo!

– ¡Juntoalculo me dijo mi madre!

Y echó a correr hasta Juntoalculo a comprar el kilo de harina (22).

[Recogido el 2-6-96 a M.ª Nieves Fernández González (Murcia)].

23. LOS CALZONCILLOS DEL NOVIO

Esto era un campusino, del campo. Y su madre pos era una campusina que viajaba al pueblo y subía comida pa que comieran. Y entonces el hijo tenía novia en el pueblo. Y él allí, con el ganao en el campo: se iba por la mañana con el ganao, venía por la noche. Y entonces su madre le dice:

– Nene, mañana voy al pueblo, al mercao; voy a comprarte tela.

– Mama, ¿pa qué me vas a comprar tela?

– Pa hacerte unos calzoncillos.

– ¿Y pa qué me voy a comprar unos calzoncillos?

– Pa cuando te cases que lleves calzoncillos.

Y él pos siempre se iba, venía; y decía:

– Cuando me cosa mi madre los calzoncillos, me voy a poner unos y se los voy a enseñar a mi novia. ¡Verás qué sorpresa le voy a dar!

Y entonces, cuando se los termina su madre, se los pone y va a ver a la novia. Se pone los calzoncillos y va bajando por el pueblo y le da ganas de hacer de cuerpo:

– ¡Ay, madre mía!, ¿y dónde hago de cuerpo? –Entonces había un almendrero–. Allí debajo me voy a poner.

Y entonces se puso debajo, se quitó los pantalones y los calzoncillos. Y termina y se pone los pantalones. Y va a casa de la novia y dice, le dice a la novia:

– Te tengo que enseñar una cosa que vaya una cosa más chula que me ha comprao mi mama en el mercao.

– «¿Qué irá a enseñarme este hombre?».

Y él decía que le iba a enseñar una cosa que su mama le había comprao en el mercao.

Y salta la novia y dice:

– ¡Venga, enséñamelo!

– Mira, mira pabajo.

Entonces mira la novia pabajo y dice:

– ¡Sinvergüenza, eres un sinvergüenza! ¡Lo que nos ha enseñao…! ¡Hala!

– ¡Tonta, si son unos calzoncillos que mi madre me ha hecho!

– ¿Dónde están los calzoncillos? ¡Yo no veo calzoncillos ningunos! Y mira pabajo y dice:

– ¡Ay, que me los he dejao colgaos en el árbol! (23).

[Carmen Martínez Lisón (Alcantarilla)].



Sigue en la segunda parte con el cuento 24 > > >



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NOTAS

(1) Tipo 4: “Llevando al embustero que se finge enfermo”, seguido del 30: “El zorro engaña al lobo y cae al foso”, Aarne (1995).

(2) Tipo 123: “El lobo y los cabritillos”, Aarne (1995).

(3) Tipo 211: “Los dos asnos”, Aarne (1995).

(4) Tipo 311B*: “La bolsa cantante”, Aarne (1995).

(5]) Tipo 313C: “La muchacha de ayudante en la huida del héroe” (con el episodio de La novia olvidada), Aarne (1995).

(6) Tipo [480A]: [Las dos hermanastras], Camarena (1995-2003). (7) Tipo 751A: “La campesina es transformada en pájaro”,

Aarne (1995). Se trata de un cuento inédito en España.

(8) Tipo 756E*: “La caridad recompensada”, Aarne (1995).

(9) Tipo [760E]: “Ánima en pena hasta la restitución de lo robado (o cumplimiento de lo encargado)”, Camarena (1995-2003).

(10) Tipo *831B: Boggs (1930).

(11) Este relato es, en realidad, una leyenda.

(12) Cf. tipo [900D]: “El pícaro chasquea a la burlona del balcón”, Camarena (1995-2003).

(13) Tipo 1000: “El trato de no enojarse”, Aarne (1995). (14) Tipo 1215: “El molinero, su hijo y el asno”, Aarne (1995).

(15) Sin referencias bibliográficas.

(16) Tipo 1376C*: “Los nombres combinados”, Aarne (1995).

(17) Tipo *1424: Boggs (1930).

(18) Tipo [1503A]: “Escaleras arriba, escaleras abajo”, González Sanz (1996).

(19) Cf. tipo 1526A: “La cena ganada por un truco: otra persona debe pagar”, Aarne (1995).

(20) Cf. tipo 1575*: “El pastor listo”, Aarne (1995). (21) Tipo 1009: “La vigilancia de la puerta”, seguido de 1653:

“Los ladrones debajo del árbol”, Aarne (1995).

(22) Tipo 1687: “La palabra olvidada