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EL OTRO FOLKLORE

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 300.

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I.– INTRODUCCIÓN

Que una Revista como la que dirige Joaquín Díaz y patrocina Caja España desde sus inicios, llegue al número 300, puede considerarse un milagro que, naturalmente tiene nombres propios, Joaquín a la cabeza, y el número de colaboradores que han creado, un corpus importante en el estudio del folklore, hoy conocido en un gran número de Universidades y, naturalmente, en el mundo especifico antropológico, social y cultural. Porque la Revista, como puede comprobarse en la lectura de sus índices es omnicomprensiva, tanto por la elección de los temas, desde la manifestación más sencilla y pequeña hasta la de mayor transcendencia y complejidad, como por la visión plural de los colaboradores. No existe una sola línea científica, ni tampoco una sumisión a determinados intereses. Es un testimonio abierto de la comunicación de los usos del pasado, en Castilla y León, en España y fuera de ella, con el presente y su proyección al futuro. Recuperar canciones, danzas, leyendas, consejas y un largo etc. equivale a recoger trozos de realidad, y a la vez sendas de fantasía. Lo cotidiano y lo mágico, en tiempos más o menos remotos o en su adecuación a los actuales. Desde los Pliegos de Cordel o las tradiciones orales, a la tecnología más sofisticada, Y sobre todo desde la integración entre lo popular y lo culto, constante en la historia. La imaginación colectiva se plasma después en los artistas de toda índole, los creadores que utilizan el caudal de ese material hecho de concreciones y leyendas. Mario Vargas Llosa en uno de sus mejores libros, hoy repudiado absurdamente, dedicado a Gabriel García Márquez, escribía sobre los demonios que influían en la escritura, “su propia realidad, los ecos del pasado, las lecturas, las personas reales o imaginarias….” El sustrato de la vida humana está compuesto de todo ello.

Por esta razón desde la humilde copla que todavía canta con voz rota una anciana en un pueblo más o menos perdido, hasta la ópera o la epopeya de mayor duración y complejidad, no son más que parte de un entramado vital que también podría definirse como cultural, entendido este concepto en su recto sentido. Cultura como sinceridad, cultura como trabajo de creación, dos polos de la misma sustancia vital que nace de la tierra, de la creatividad de los hombres, de la capacidad para incorporarse a ese sustrato espiritual del pensamiento, de la capacidad de ser “persona” que en el testimonio de muchos desastres colectivos de ayer y de hoy, muchas veces es sometida a una castración total o parcial.

El folklore, la leyenda, voces que surgen del fondo de los tiempos, que tienen orígenes sencillos, la tradición oral, por ejemplo y que pueden convertirse en muy sofisticadas obras. Todos forman parte del tronco de la humanidad, con peculiaridades geográficas pero también con similitudes sorprendentes como han demostrado los libros de Claude Levi–Strauss y otros ilustres antropólogos. Un material inmenso que esta Revista en sus 300 números ha ido dando a conocer. La historia es a veces nítida, otras, las más, oscura y contradictoria por lo que recuperar el pasado constituye una aportación indispensable. El folklore, desde todos los puntos de vista constituye una riquísima pulsión de la memoria, esa que a veces nos quieren arrebatar con el contrapunto del olvido, tan beneficioso para unos, tan triste para otros. Una de las cuestiones fundamentales del mundo en que vivimos.

Me he tropezado con unas frases del precioso libro de Eduardo Haro Tecglen “El niño republicano” que podría definir esta situación de fluidez entre lo popular y lo transformado. “La biblioteca” interior es la cultura: lo retenido, lo aprendido, lo contrastado, las nociones de ética y estética, de gusto, de comportamiento, de sociedad, de usos y costumbres, de relación con los otros: un concepto de vida”.

El polémico escritor, periodista y crítico teatral, recientemente fallecido acierta de pleno en esta definición, como antes lo hiciera Vargas Llosa. “Lo retenido” “los usos y costumbres” ligados de forma indisoluble a la ética y estética, a la vida total, en resumen a la recuperación de la memoria y su contraste con la realidad de cada momento histórico.


II.– DE LAS LEYENDAS UNIVERSALES Y SUS TRANSFORMACIONES

En los artículos publicados por mí en esta Revista, he intentado, desde la actualidad, estudiar cómo las leyendas universales, desde sus propios orígenes míticos, se hacen presentes en cada época mediante transformaciones o visiones plurales de los artistas y creadores. Los grandes libros de la Humanidad no nacen porque sí. Aún desde la presencia de lo imaginario tienen detrás un amplio sustrato de tradiciones orales, leyendas más o menos lejanas, incluso de pequeños textos que han caído en el olvido. La Biblia, el Mahabarahta, el Ramayana, la Galigo, “Popol Uuh”… y un largo etc. intentan explicar el mundo desde una dualidad, para no hablar de la Tragedia griega o de “La Iliada” y “La Odisea” desde las que nace una visión de la humanidad polimorfa, Dioses y humanos, que forman a la vez parte de la historia y de la imaginación. Algún autor ha escrito, con evidente exageración, que todo el contexto cultural del mundo occidental se encuentra allí. Nada, dice, se ha inventado después. Las fuentes orientales, americanas y africanas son otras y el testimonio oral sigue de actualidad, incluso el pintoresquismo de los contadores de cuentos de la Plaza Jemaa El–Fna de Marrakech, a pesar el abundante turismo.

Leyendas, pues, mitos también aunque estos conceptos no sean sinónimos, todas o casi todas ellas uniendo la fantasía a la historia, incluida la Biblia en su Antiguo Testamento. Ese sentido de lo maravilloso, en todas y cada una de estas epopeyas básicas resulta significativo. La irrupción de lo sobrenatural en los orígenes del hombre es propiciado por la visión de un Dios –llámese como se llame– que está en el origen del mundo. Las leyendas no lo explican desde lo exclusivamente racional, sino desde la inventiva, con puntos de partida que tienen curiosas coincidencias en casi todas las civilizaciones.

Y estas leyendas se expanden en el tiempo y en el espacio. Pensemos en los Atridas, en todos los personajes procedentes de la Guerra de Troya, de las Tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. A “La Orestiada” siguió entre otras la visión de Eugene O’Neil titulada “A Electra le sienta bien el luto” ¿Y qué decir de “La Odisea”? Dos ejemplos hispanos “la Tejedora de Sueños” de Antonio Buero Vallejo y la recientísima novela “El mar en ruinas” de David Torres, una visión en la que el destino toma el casi absoluto protagonismo, según manifiesta el propio autor, en una visión muy personal de los destinos de Ulises y Penélope.

También la tragedia griega origina unas traslaciones mucho menos directas. Por ejemplo, en el cine, la Trilogía de Coppola sobre los Corleone tiene claras influencias de esas tramas familiares, de oscuros crímenes que envenenan el tejido social, aunque el concepto de familia sea diferente. El Padrino no sacrificaría a Ifigenia para ganar una guerra, pero su monstruosa visión del clan es, desde luego tan inmoral como los juegos de los Dioses en sus antecedentes griegos. Las leyendas nórdicas y germanas servirán a Wagner para escribir y componer “El Anillo del Nibelungo”, contradictoria pulsión política, social y ética de un momento histórico concreto. El mundo artúrico –pasemos de la historia que quería recuperar con poco acierto un film reciente a la leyenda– es asimismo fuente de obras muy diversas desde la Trilogía operística de Albeniz, de la que sólo se ha representado recientemente la primera obra “Merlín”, siendo difícil la recuperación de las otras dos, a las famosas “Lohengrin” y “Parsifal” de Wagner, para no hablar de los cientos de textos, incluido el comic “El Príncipe Valiente”, que hablan de Arturo, los Caballeros de la Tabla Redonda, el adulterio de Ginebra con el Paladín Lancelot y la traición de Morgana y otros pérfidos Caballeros. Son mitos que han traspasado el mundo anglosajón y se han convertido en universales.

Leyendas que se multiplican, se transforman, se banalizan también, sirven de hilos conductores a interpretaciones de la realidad, deformándola a veces desde interpretaciones sesgadas. Es el otro folklore, el mítico que nutre el arte en todas sus manifestaciones plásticas, musicales, escénicas, fílmicas. Un mundo inmenso, difícil de aprehender, sobre todo si se quiere partir de sus raíces primigenias. Peter Brook creó uno de los grandes espectáculos teatrales de estos tiempos con la adaptación de “Mahabarahta” realizada por Jean Claude Carrile. A pesar de los viajes a la India de todo el conjunto de actores y de los diversos orígenes étnicos de estos, nunca pretendió mostrar en su pureza el gran libro sino dar la visión occidental del mismo, eso sí, con un gran trabajo sobre todos los signos del montaje desde el propio texto, sus metáforas y su peculiar magia. El teatro es precisamente el arte más propicio para que estas puestas al día funcionen en toda su pluralidad, dada la capacidad de transformación que en sus diversos géneros propicia. De un texto novelesco, por ejemplo las “Memorias de la Casa de los Muertos” de Dostoievsky surge una ópera, magistral en su brevedad y esencialidad, como es “De la Casa de los Muertos” de Leos Janacek, representada en Madrid, en el Teatro Real, con un bello montaje de Klaus Michel Grüber, que con la colaboración inestimable del pintor Eduardo Arroyo en la escenografía, y con una sobria belleza en los colores pálidos en el árbol–tótem, mostraba el horror de la prisión, la falta de libertad como negación de la cualidad de hombre, reflexión que unía todo el transcurso de la historia al presente, tan lleno de Gulags y de lugares cerrados. El teatro puede, desde su efimeridad, ahora paliada por la posibilidad de grabación imagénica en DVD o antes en Video, ofrecer un abanico de posibilidades para encuadrar y mostrar todo tipo de leyendas y mitos, en transformación de géneros, del drama a la ópera o el ballet, y en las opciones de la puesta en escena. Una obra maestra como “Don Giovanni” (¿existe alguna leyenda más universal que la del Burlador?) puede hoy verse en el material videográfico en más de 10 montajes diferentes, que la actualizan día a día. Desde Tirso de Molina, Vicente Molina Foix o José Luís Alonso de Santos, pasando por Moliere, Da Ponte, Zorrilla y tantos otros, esta historia del Burlador permite todas las alternativas artísticas.

Lo tradicional se convierte en moderno y los hallazgos lingüísticos y filosóficos se utilizan para ver las obras del pasado de forma diferente, en un proceso que no tiene parones ni fisuras. Todo el pasado es susceptible, desde el punto de vista artístico de transformarse e incluso cuando se nos devuelve de la propia tradición, la visión resultará inequívocamente diferente de la que hubiera sido en el tiempo del estreno. Hoy podemos interpretar la “Griselda” de Vivaldi, estrenada en Valladolid hace pocos días con arreglo a criterios y sustratos culturales y técnicos del Siglo XXI. Las leyendas no mueren, como tampoco el corpus folklórico de cada país o región; evolucionan, son transformados y, en el peor de los casos, si permanecen dormidos pueden en cualquier momento resucitar.

Por todo ello, las leyendas, los mitos son algo tangible y al mismo tiempo susceptible de evolución o de cambio. El patrimonio folklórico de tantos pueblos forma parte de su idiosincrasia particular y es susceptible de ser anexionado a una visión del presente. En esta Revista se han recopilado refranes, consejas, tradiciones con minuciosidad y con alto nivel etnológico. Por mi parte, y modestamente, he procurado incidir en el “otro folklore” el que me es más propio, el que surge de la transformación de lo preexistente, de la evolución desde las raíces, en las diversas formas, desde la música hasta el comic o el cine, en las que el arte se comunica. El mayor o menor acierto de mis trabajos lo juzgará el lector, pero desde la constancia de que considero el folklore, el mito, la leyenda, no simplemente desde una postura historicista y técnica, sino desde una incisión en la realidad cultural de cada momento. Así se vivifica, se hace maleable, polimorfo, evolucionable y en ello tiene, en mi opinión personal, su mayor riqueza.


III.– EL FOLKLORE IMAGINARIO

El folklore originario se reinventa, se interpreta, se profundiza. Lo hemos escrito en varias ocasiones. Falla y las canciones populares. Bartok y Kodaly en la utilización del inmenso caudal folklórico que han recogido, pero también nace, desde la imaginación. Mundos inexistentes que la literatura, por ejemplo, concreta, idealiza y los convierte en iconos. García Márquez, Faulkner, Onetti, Juan Benet y tantos otros. Mundos que no existen en la realidad. Tolkien y su Tierra Media. Lewis y Narnia. Un ejemplo cercano Luis Mateo Diez, el magnifico escritor leonés, y su Celama que el apasionado Fernando Urdiales, Premio de la A.D.E. a la mejor adaptación del año, convierte en la memoria escénica de la muerte. “Celama” es la representación teatral de unos textos nacidos de la creatividad de Luis Mateo y su imbricación en la raíces del pasado, en la muerte como final de un periplo y como testimonio de unos personajes que así, en un espacio determinado y en las incorporaciones de los actores del Teatro Corsario recobran paradójicamente vida.

El por qué de la existencia de estos mundos creados, desde lo fantástico o el realismo, se explica por la necesidad de inventar algo propio, ser Dios en alguna manera y también por recuperar aunque sea de forma diversa raíces imaginarias, en tiempo en el que la memoria de las propias se va diluyendo. Por eso la labor de una Revista como ésta, en su doble bifurcación local–universal es tan importante para definir la procedencia del hombre y todo lo que significa su desarrollo vital y cultural. Cada momento histórico trae componentes del pasado de la índole más diversa. Pensemos de nuevo en la inmensa labor recopiladora de Bartok o Kodaly. Cuando escuchamos obras de estos compositores, sobre todo del primero parece difícil averiguar la cédula inicial folklórica de la que parten. Está ahí, no obstante, más allá de su referencia inmediata. Muchos de los grandes compositores han utilizado temas populares. Mozart y sus Turcherias, por ejemplo, Beethoven y Brahms en sus temas húngaros, Dvorak y todos los nacionalistas. Bartok mismo es más directo en las danzas rumanas, y Falla en las canciones populares. No han creado un folklore imaginario pero han hecho suyo el existente que a lo mejor se hubiera perdido sin su trabajo. Por lo demás, el mundo cultural crea sus nuevos mitos. Harry Potter y la Escuela de Brujería, como antes lo fueron Guillermo Brown y los héroes que estudió Fernando Savater en “La Infancia recuperada” libro desde el que muchos descubrieron a Tolkien, y otros recuperaron a Tarzán, Sandokán o el Corsario Negro. Es una constante, el autor inventa un mito, una leyenda, un mundo, luego puede ser difícil lograr la permanencia. Nadie es dueño del subconsciente colectivo que la proclama. De todas formas, los personajes, reales o imaginarios, se convierten en algo diferente ¿los Beatles? ¿los Rolling Stones?… El folklore del Siglo XXI está todavía muy lejos de una concreción del futuro. Ahora sólo se observan síntomas, pero el apabullante y peligroso, si no se utiliza adecuadamente, proceso tecnológico puede ser el gran indicador de la mitología del futuro.


IV.– A MODO DE RESUMEN

Dos sucesos recientísimos me permiten poner fin a estas reflexiones sobre la mitología, las leyendas de antaño y hogaño. Por una parte el comentario de Serge Tisseron sobre el film “Harry Potter y el cáliz de fuego” por otra el estreno en España de la Ópera de Hoffmansthal y Richard Strauss “Helena Egipciaca” en el Teatro Real en un magnifica versión de concierto. El mito de hoy y el desenvolvimiento del mito de los mitos, Helena de Troya. Tisseron señala acertadamente la crueldad de los representantes del bien que condenan a Harry a una muerte casi segura, en una prueba siniestra sometida a unos cánones rituales que llegan a lo abominable. Todo muy representativo de estos momentos históricos concretos. Por otra Hoffmanthal utiliza el perdón y la reconciliación como motores de la relación de Helena con su esposo Menelao, al que abandonó originando la Guerra más famosa del tejido de leyendas procedentes de Grecia. Resulta curioso el éxito inconcebible de la obra de Rowling (muy interesante como literatura) y la falta de mirada critica sobre su deformada ética, así como la escasa atención prestada a una ópera, texto y música, que intenta poner fin al odio de esa contienda que tantos muertos causó y cuyo origen externo fue tan frágil como el adulterio de una bella mujer. Son cosas de la leyenda que puede ser vista de forma diferente para encontrar una lógica que no repita los errores de antaño.

El hermoso texto de Hoffmansthal es complejo y difícil en el trazo de los personajes, pero de una gran altura poética. La música de Strauss y su lujuriosa orquesta, también capaz de grandes sutilidades, obliga a los intérpretes cantantes a un esfuerzo excepcional desde unas tesituras inclementes. Deborah Voight, John Treleaven, Lyubova Petrova y el resto del reparto los vencieron y nos hicieron participes de esa historia imaginaria del amor y el odio conyugal, de la fidelidad y el perdón, que, desde la tradición de la cultura griega, nos hablaba de nuestro propia cultura. La mirada al pasado, a sus costumbres, a sus ritos, tiene una doble exigencia, por una parte el respeto a la verdad de sus formas y exteriorizaciones. Por otra la posibilidad de intercambio, del enriquecimiento con otros procedentes de etnias diversas. La multiculturalidad parte de la ampliación del conocimiento en la búsqueda de lo más auténtico del hombre y de la sociedad. En veintiún siglos se han acumulado muchísimos signos culturales en todo el mundo. La aldea más remota tiene algo que la significa desde el pasado y que está en riesgo de perderse. Por ello las investigaciones antropológicas son necesarias y la labor de todas estas sacrificadas gentes digna de loa. Conocer el pasado desde las pequeñas cosas es fundamental para dirigir el futuro, siempre tan problemático en sus propias contradicciones. ¿Qué dejará este tiempo que vivimos como iconos míticos y folklore para las generaciones venideras? El revisionismo de los de antaño, incluso alguno tan reciente como el “King–Kong” en la versión respetuosa y espectacular de Peter Jackson, es la norma general. Juegos de ordenador con nombres propios tienen una vida efímera, enseguida sustituidos por otros y nunca serán iconos o mitos de esta época. Los actores tienen que morir jóvenes como James Dean o Marilyn para constituirse como tales y los futbolistas dejan poca huella, con excepciones como en el caso de George Best ya erigido en figura mítica –50.000 personas en su entierro en Belfast– quizá porque su vida se extinguió en circunstancias extraordinarias y su pasado como gran jugador del Manchester United pesó decisivamente. Los toreros en nuestro país sólo pueden acercarse a esta condición extraordinaria cuando mueren en la plaza como Joselito, Manolete o Paquirri o se suicidan por penas de amor como Belmonte.

Pero dejémonos de elucubrar. Este modesto artículo ha querido simplemente servir de nexo entre los conceptos de folklore local, su conexión con los de otros lugares del mundo y mostrar su capacidad de evolución, enriquecimiento y transformación en todas las épocas. La antropología, la etnología, son base imprescindible para el desarrollo de las artes y las ciencias. La tremenda oleada de información en Internet es a la vez una gran vía de acceso a la cultura y también un peligro de ahondar en las diferencias sociales y económicas y en el de la uniformidad del conocimiento que origine idénticas formulaciones en los especialistas. Hoy “los artículos Internet“ campan por sus respetos con incidencia negativa en la creatividad necesaria en todos los ámbitos del arte.

Rastrear desde los orígenes del folklore o de la leyenda significa comprender al hombre, su evolución, el enriquecimiento de sus vivencias. D. Ramón Menéndez Pidal nos acerca los romances de antaño, labor tan valiosa como la que emprendieron García Lorca y sus compañeros en las misiones pedagógicas por los pueblos de España, verdadera conexión de la cultura y lo popular. Empeños como esta Revista que llega a los 300 números pueden en cierta forma homologarse a estos ilustres y valiosísimos trabajos.