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Desde el asombro a la emoción. Una experiencia digna de ser contada: la final del Campeonato de Bertsolaris de Euskal Erria 2005

TRAPERO, Maximiano

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 302.

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Es la segunda vez que asisto a la final de un Campeonato de Bertsolaris, fue el pasado día 18 de diciembre de 2005. La primera fue en diciembre de 1997. En el intermedio de estos ocho años personalmente he tenido la oportunidad de participar en un buen número de acontecimientos vinculados con el bertsolarismo en particular y con el arte de la improvisación oral en general, que me han proporcionado un conocimiento y sobre todo una actitud muy distintos ante este fenómeno a los que tenía antes.

Me impresionó tanto lo que vi en la final del Campeonato de 1997 que escribí un largo artículo titulado «Un campeonato de bertsolaris» (publicado en La Provincia/DLP, 1 de enero de 1998), que al decir de mis amigos los bertsolaris y estudiosos del bertsolarismo gustó mucho entre ellos, por lo que aportaba la visión de un foráneo a un fenómeno tan autóctono. Ya se sabe que desde fuera se advierten muchas veces, y se ponderan, detalles y aspectos que para los propios pasan desapercibidos, por cotidianos y obvios. Pero no lo son cuando se comparan con otras formas y comportamientos ante fenómenos parecidos.

De lo ahora visto en este Campeonato de 2005 me propongo escribir hoy, contando mis impresiones vividas y centrándome en los aspectos comparativos que el bertsolarismo tiene con otras manifestaciones de la improvisación oral cantada, y especialmente lo que de diferente advertí entre el Campeonato de 1997 y el presente.

Quien desde cualquier punto de España y aún del mundo entero desconozca el fenómeno de la improvisación oral, que venga al País Vasco. Quien, aun sabiendo de su existencia, crea que es un arte caduco, rural y marginal, que venga a Euskadi y procure asistir a uno de los cientos o miles de recitales, festivales o actuaciones de bertsolaris que a lo largo del año, en cualquier lugar y por cualquier acontecimiento tienen lugar, y verá la juventud y vitalidad que tiene. Y quien, incluso desde el ámbito de los estudiosos de este fenómeno, crea que el arte de la improvisación oral es estático y repetitivo, que no se pierda un Campeonato de Bertsolaris, aunque para ello tenga que esperar cuatro años, y comprobará que, por el contrario, la temática sobre la que se improvisa cambia, evoluciona y se ajusta a los asuntos que en cada momento preocupan a la sociedad.

En mi caso particular, si la sorpresa fue la impresión dominante que tuve en el Campeonato de 1997, por lo visto y oído en el Velódromo de San Sebastián, lo vivido hace apenas un mes en el Bilbao Exhibition Center de Barakaldo se tornó en asombro y en emoción. De entrada, por el público asistente. El Velódromo de San Sebastián acogió a unos 8.000 espectadores, el BEC de Barakaldo rondó o superó los 13.000 (en los dos casos pagando la entrada). ¿Cuándo y en qué lugar del mundo se han reunido 13.000 personas para oír cantar versos, poesía y sólo poesía, a capella, tal y cual es tradición en el arte de la improvisación oral de Euskadi? ¡Y durante ocho horas!, desde las 11 de la mañana hasta las 8’30 de la tarde, con la sola interrupción intermedia de dos horas y media para la comida. ¡Y la edad de los asistentes! No podría precisar, pero creo que no menos del 50% eran jóvenes menores de 25 años.

Cuenta, y mucho, la actitud del público en una actuación de poesía oral improvisada. No es –no puede serlo–, desde luego, el público vociferante y bailarín de un espectáculo musical de moda que ahogaría con sus chillidos la voz de cualquier cantante si no fuera por la potencia atronadora de los altavoces. Por el contrario, el público del bertsolarismo asiste sentado, recogido en la concentración, atentísimo a cada uno de los bertsos (estrofas), casi con devoción religiosa, y sólo al final, cuando advierte la gracia del hallazgo poético o el ingenio en el desenlace del tema propuesto, sonríe, o ríe, y aplaude entusiasmado. Una actitud así no es la de un público pasivo, ni siquiera indiferente, sino, muy al contrario, la de un público entendido, seguidor y apasionado. En él se da eso que se llama «comunicación», el prodigio de la performance poética, en la que a una propuesta de uno de los protagonistas de la acción, el poeta improvisador, le sigue de inmediato, como respuesta, la reacción del público para asentir con el aplauso o para discernir, quedando impasible, cuando la propuesta es anodina.

Y luego están los bertsolaris, en los que se ha producido una radical transformación respecto a su condición y a la sociología (edad, procedencia, nivel cultural, sexo, etc.) en que estaban tipificados en la tradición antigua. Los ocho finalistas de esta convocatoria eran todos universitarios, unos licenciados y otros aún estudiantes; la media de sus edades no superaba los 30 años; el mayor, Andoni Egaña, tiene 44 años, y el menor, Amets Arzallus, 21; y entre ellos hay ya una mujer, Maialen Lujanbio (gran conquista, en un mundo que ha estado desde siempre restringido al de los varones).

Pero no sólo es el acto final del Campeonato, que se celebra cada cuatro años. Para llegar a él han tenido que pasar muchas eliminatorias, en las que han participado cientos de bertsolaris aún más jóvenes y han congregado en sus distintas sedes a muchos más miles de aficionados entusiastas del arte de la improvisación oral.

Todo ello demuestra una vitalidad y pujanza del bertsolarismo como nunca las hubo en el País Vasco.Y todo ello requiere de una organización formidable, capaz primero de ofrecer a la sociedad vasca una programación exigente, seria y competitiva, y capaz después de llevarlo a la práctica, de ejecutarlo. Y todo ello lo coordina la Eukal Herrico Bertsozale Elkartea (la Asociación de Amigos del Bertsolarismo), una institución realmente admirable, a la que desde otras asociaciones del verso improvisado (de España, de Iberoamérica y de otros países europeos) miramos como modelo, con el apoyo total, eso sí, de los medios de comunicación y de instituciones culturales, administrativas y políticas. Baste decir que los días inmediatos al Campeonato todos los periódicos provinciales y regionales dedicaron páginas enteras a dar noticias detalladas del acontecimiento, con entrevistas a los propios bertsolaris y a gentes de la organización, y que el mismo día de la final varios periódicos dedicaron suplementos enteros al Campeonato, que repartieron gratuitamente entre los asistentes. Y que la televisión autonómica retransmitió en directo y de manera íntegra la final, lo mismo que varias emisoras de radio. Y que ese mismo día, apenas dos horas después de haber proclamado al campeón, la televisión española del País Vasco emitió un programa resumen, de hora y media de duración, subtitulando los bertsos al castellano.

La organización nos pareció sencillamente perfecta: la entrada del público en el inmenso recinto del BEC, rápida y sin un solo contratiempo; el cumplimiento de los horarios programados, a rajatabla; la disposición del escenario, amplio y diáfano, dejando el protagonismo absoluto a los bertsolaris; el sistema de megafonía, sin un solo fallo; las proyecciones de video sobre la pantalla gigante del fondo del escenario que combinaban primeros planos del bertsolari que actuaba con otras imágenes del escenario, del público o del original y muy simbólico anagrama del Campeonato, llenas de eficacia y de buen gusto; la labor de los presentadores de la final, impecable y profesional; la respuesta del público, ejemplar en todos los aspectos; las atenciones que nos brindaron a los invitados foráneos, exquisitas y llenas de detalles; etc.

Lo dicho hasta aquí no pasa de contemplar los fenómenos externos, lo que cualquiera medianamente atento podría observar mirando a su alrededor. Pero ¿qué pasa en el escenario, qué hacen los bertsolaris, cómo cantan, de qué hablan, cómo articulan su actuación para que sea evaluada por un jurado que ha de determinar al final un ganador?

En todo ello el bertsolarismo se comporta de modo muy particular, de muy distinta manera al de las otras tradiciones de improvisación poética. Por supuesto que hay gestos o aspectos particulares del bertsolarismo para los que podrían buscarse paralelos aquí o allá, pero como fenómeno global es peculiar y único. Está primero el tema de la lengua en la que cantan, el euskera, que siendo tan incomparable nos priva a quienes no la hablamos de lo que en este caso es esencial: la formulación lingüístico–poética del tema sobre el que se canta. La Asociación de Amigos del Bertsolarismo tuvo con nosotros los invitados foráneos al Campeonato la imprescindible atención de ponernos un sistema de traducción simultánea, pero aún así los valores poéticos de los bertsos se escapan, por el simple hecho de que la poesía no admite traducciones, y menos cuando éstas han de hacerse de inmediato, sobre la marcha, con la necesidad de cortar a veces la frase para dar paso al bertso siguiente. Están después las formas de expresión de los bertsolaris, que atienden a dos cuestiones diferentes, primero a la métrica a la que han de someter sus improvisaciones, de una gran complejidad y de una enorme variación, a diferencia del resto de las tradiciones improvisatorias que lo hacen, básicamente, en una única y prototípica forma: todos los iberoamericanos y los canarios en décimas, los andaluces y murcianos en trovos (quintillas), los gallegos en cuartetas, los de Mallorca en una doble cuarteta, los de Menorca en septillas, etc.; y segundo a la música, para la que los bertsolaris disponen de una repertorio de melodías amplísimo (se han catalogado más de 2.000).

Este aspecto de la música merece comentario añadido, pues es tan particular y tiene tanta importancia en el bertsolarismo: por lo hermosas que son sus melodías, que forman parte del patrimonio general musical del folklore vasco, bien conocido y ponderado por todos; por que se expresan a capella, sin instrumentación alguna, debiendo descansar toda la fuerza poética y comunicativa de los bertsos en la sola voz de los bertsolaris; y por lo buenos cantantes que deben ser éstos (y son excelentes, generalmente). En las otras tradiciones repentísticas el aspecto de la música, y en especial las cualidades cantoras de los poetas, son por lo general bastante más secundarias, quedando amparadas bajo la instrumentación de su propio género folklórico. Y a nosotros nos parece fundamental este aspecto: el poeta improvisador se manifiesta cantando, y por tanto poesía y música deben formar un conjunto armónico en que las calidades vayan parejas. Cierto que las cualidades poéticas suelen ser mucho más apreciadas que las musicales, pero no hasta el punto de dejar éstas en descuido. Esto lo han entendido muy bien los murcianos, habiendo desarrollado un sistema mixto en que cuando a un improvisador no le acompaña la voz se sirve de un «intérprete» que canta los versos que él le va «apuntando». Y luego está la posición y la forma en que los bertsolaris cantan, de pie, casi inmóviles, concentrados, sin gesticulación alguna, mirando al suelo o con los ojos cerrados, y silabeando lentamente sus versos, con una seguridad aplastante, solemnemente, hasta el punto de aparentar un canto ritual.

Está luego el sistema de pruebas al que se somete al bertsolari en la competición, de gran complejidad por la variedad y número de formas, y que estimamos casi como un acto de resistencia. Sin duda que los ocho finalistas del Campeonato, después de haber sobrepasado las eliminatorias previas, son bertsolaris experimentados y completos, que dominan todos los recursos de la improvisación poética. Pero someterse a la final, con la presión que imprime la competición y la responsabilidad de ser en alguna manera representante máximo de un arte tan querido y estimado por el pueblo, ante la presencia de 13.000 personas y la retransmisión en directo por varias emisoras de radio y de una cadena de televisión, y la duración de las pruebas, siete horas sobre el escenario, debe ser una especie de prueba rayana en el heroísmo.

Y a todo ello ha de ponérsele poesía. La poética que gobierna el bertsolarismo, al menos hasta donde yo he podido captar, es muy distinta del repentismo cubano, por ejemplo, que pone los valores literarios y tropológicos por encima de los otros muchos aspectos que puede tener el arte oral de la improvisación. En el bertsolarismo predominan los aspectos argumentativos, la originalidad en la consideración del tema propuesto, la lógica del argumento expuesto por el poeta. Por ejemplo, uno de los temas que se le propuso a una pareja de bertsolaris fue que imaginaran un diálogo entre un árbol recién plantado y el palo que había de servirle de rodrigón en los primeros años de su vida. El tema nos pareció a nosotros original y muy sugerente, pues permitía una controversia entre lo nuevo y lo viejo, la vida y la muerte, etc., y hacia esas consideraciones se dirigieron los bertsos de Jon Maia y de Maialen Lujanbio, que eran los bertsolaris en cuestión. A nuestro juicio dijeron cosas bellísimas, como que la muerte (el palo) servía de sostén a la vida (el árbol), y que a cambio el árbol le regalaría las flores que cayeran de sus ramas, y cosas por el estilo. En el descanso del mediodía comenté yo con otro bertsolari experimentado (que había sido nada menos que campeón en una convocatoria anterior) lo mucho que me había gustado aquella poética visión de Jon y de Maialen, pero él me la echó por tierra diciendo que habían fallado en parte de la argumentación porque la propuesta del jurado era la de un árbol «recién plantado», y éste no podía tener ya flores.

Noté en el comportamiento del público del BEC de este año una actitud bastante diferente a la que había advertido en 1997. Aquí se reía más, comentaba más, aplaudía más. Y se emocionaba. Bien sé que por mi desconocimiento del vasco no estoy capacitado para un diagnóstico que pretenda ser el verdadero, pero interpreté que esta actitud del público estaba directamente motivada por el tipo de bertsos que hacían los bertsolaris, mucho más cargados de ironía, con un sentido del humor que antes no advertía, con una visión más ecléctica de los temas, menos solemne y trascendente, más abierta a la duda o a la versatilidad. Si esto fuera realmente así se estaría produciendo un cambio importante en la poética del bertsolarismo, más tendente ahora a dar opinión que a crear opinión (porque la del bertsolari es una voz que se oye con mucha atención, que crea conciencia crítica), más próxima a la visión tolerante que a la doctrinal, más cargada de liberalidad, de inteligencia más fina, más sutil. Y en ello no me cabe la menor duda de que han tenido que ver la visión y la actitud que Andoni Egaña tiene de la vida y del propio bertsolarismo. Siendo Andoni el bertsolari actual más importante del País Vasco, habiendo sido anteriormente tres veces el campeón de Euskadi, el prestigio que tiene entre las nuevas generaciones de bertsolaris, de edades muy jóvenes y abiertos por naturaleza a la renovación, se ha traducido en un cambio de pensamiento y de poética que se manifestaron de manera muy notable en la final de este Campeonato. Pero el maestro sigue siendo maestro, y sus seguidores no han llegado todavía a su altura. Por eso consiguió Andoni Egaña su cuarta txapela de campeón.

Fue un hermoso espectáculo. A él asistieron familias enteras, juntos padres e hijos, de todas las edades; grupos de amigos mayores, hombres y mujeres; pandillas de jóvenes de ambos sexos, mezclados o por separado, algunos con los nombres o los retratos de sus favoritos en sus camisetas; una sociedad entera, sin fisuras ni vacíos generacionales ni de ningún otro tipo. Era evidente que lo pasaban bien; se reían, aplaudían, comentaban, y respetaban en un silencio absoluto las sucesivas intervenciones de los bertsolaris. Allí pudimos ver un acto dialógico completo. ¿De qué tipo? ¿Literario, musical, ideológico, de pensamiento? Cada uno podrá calificarlo de manera diferente, pero para mí fue, por encima de todo, un verdadero acto poético. Un tipo de poesía oral, improvisada y cantada a la que no estamos muy acostumbrados, y hasta es posible que desconocida por muchos, pero que continúa viva y que sigue cumpliendo la alta función de producir emoción. Nada menos.

Viendo aquello, sintiéndome yo mismo parte activa de lo que acontecía, valorando en tal alta medida el valor cultural que encierra el arte de la improvisación oral cantada, gozando de aquel soberbio espectáculo, no pude menos que acordarme de un aserto que leí una vez de Yehudin Menuhin y que he hecho mío en multitud de ocasiones similares, porque se ajustaba plenamente a lo que ocurría en el BEC de Barakaldo: «La civilización no consiste sólo en construir rascacielos y en hacer coches; la verdadera civilización está allí donde un pueblo se reúne para cantar y recitar versos en su propia lengua»