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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 303.

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Cuando hablamos de la capacidad de algunos especialistas en tradición oral, de su facilidad para convencer, de su facultad de conectar con un auditorio, estamos hablando de una actividad específica –la de usar la voz para comunicar convincentemente– tan importante como la de crear poesía o música, aunque rara vez se describan sus cualidades o se mencionen sus secretos. Para triunfar en ese oficio es tan determinante sentir como decir bien lo que se siente y no es ocioso saber que esa comunicación llega a ser tan personal que, en muchos casos, caracteriza y perpetúa el estilo del cantor. Frecuentemente leemos en la poesía de los trovadores la expresión “al son de…”, costumbre que ha perdurado hasta nuestros días en los que todavía se recuerda a determinados artistas e intérpretes que han dejado sus nombres ligados a fórmulas interpretativas.

No sabemos exactamente cómo se cantaba el Ritmo Teutónico a la memoria del rey Luis ni de qué forma se interpretaba la Secuencia de Santa Eulalia pero sí se puede intuir qué sentían quienes usaban la voz para comunicar tales poemas. Porque hay algo, evidentemente, que coincide en ese tipo de cantores especializados que a lo largo de tantos siglos se encargó de la transmisión de una temática y un repertorio bien variados. Es algo que sin esfuerzo podríamos detectar en diferentes intérpretes y que los encuadra en una categoría especial y no académica: la eficacia de su voz, especialmente preparada para comunicar. Sabemos que el uso de la expresión oral lleva consigo varios pasos: selección del tema, organización de los pensamientos que se quieren transmitir, combinación adecuada de las palabras para que formen frases especialmente gratas o atractivas y finalmente transformación del aire en sonido para insuflar una fuerza especial a todo aquello. Canalizar una energía puliéndola y confiriéndole un sentido no implica el uso de las convenciones fonológicas, articulatorias o sintácticas que componen un idioma sino que se sitúa a otro nivel en el arte de comunicar. La voz transmite entonces un contenido sentimental, no sólo una palabra. Esa facultad vocal es la que colocaría en un mismo plano interpretativo a una especialista española en romances, a un chamán siberiano o a un narrador africano de historias. Todos esos especialistas no emiten mecánicamente sino con una intención y con una decisión que transmiten seguridad y confianza precisamente por usar la naturalidad en vez de la afectación, la sencillez en vez de la exageración, la concentración en vez de la dispersión. No estamos hablando de contenidos sino del soporte sobre el que esos contenidos se transmiten. Las ondas sonoras, que hacen vibrar al tímpano y cuyo eco se transforma en impulsos eléctricos que llegan posteriormente al cortex auditivo, suelen ser seleccionadas por el oyente según su procedencia, su volumen y su tono. De modo que un sonido adecuado a la finalidad que se pretenda no es necesariamente un sonido bello, pero sí debe ser proporcionado al intento.