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EL MITO DE EDIPO EN LA TRADICIÓN CULTA OCCIDENTAL Y SUS INTERPRETACIONES

PRAT FERRER, Juan José

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 303.

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El relato biográfico del héroe griego que mejor ha sobrevivido en la cultura contemporánea, Edipo (1), se ha mantenido en la tradición culta gracias al interés que ha suscitado no sólo entre estudiosos de las lenguas y literaturas clásicas, sino también, y sobre todo, gracias las teorías que los psicólogos desarrollaron sobre el complejo de Edipo. Este relato pertenece a un tipo que tuvo bastante difusión durante la Edad Media y perduró en la tradición oral europea por lo menos hasta más allá del primer tercio del siglo XX, aunque su estudio, a mi parecer, no ha sido tenido en cuenta en la inmensa mayoría de los análisis que se han hecho.

La versión más conocida de las aventuras y desventuras del héroe tebano es la que nos ha transmitido la tradición trágica griega, en especial las obras de Sófocles, Edipo rey y Edipo en Colono, y los Siete contra Tebas de Esquilo y en las Fenicias de Eurípides; también Séneca escribió una tragedia que tituló Edipo. La historia es, a grandes rasgos, como sigue:

Layo, hijo de Lábdaco, heredó el reino de Tebas de su padre muy de niño, encargándose de la regencia Licos, pero otros se apoderaron del reino y causaron su muerte. Layo pudo huir y fue acogido en la corte de Pélope, donde vivió durante algunos años; allí se enamoró de Crisipo, hijo del rey, muchacho de belleza deslumbrante, pero como éste no le hacía caso, acabó violándolo y entonces el príncipe se suicidó. Pélope expulsó a Layo de su reino y lo maldijo. Cuando los usurpadores del poder de Tebas desaparecieron, los tebanos llamaron a Layo para que ocupara el trono.

Layo casó con Yocasta, pero un oráculo predijo que el hijo que naciera sería la causa de muchas desgracias y de la muerte de su padre. Layo entonces evitó unirse a Yocasta, pero ella, despechada y sin saber la causa de su abandono, lo emborrachó y consiguió meterlo en la cama y yacer con él, quedando encinta de esta unión. Cuando nació el muchacho, Layo, temiendo la predicción del oráculo, ordenó que abandonaran al infante en un monte, tras haberle horadado los pies con un clavo y atado con una correa que se pasó por los agujeros para colgarlo como a un animal. El niño de los pies hinchados, éste es el significado de Edipo, fue recogido, contra todo pronóstico, por un pastor, que lo llevó al rey de Corinto, Pólibo, quien, casado con Mérope –a quien otros llaman Peribea–, no había tenido hijos. Estos lo adoptaron y criaron.

Edipo, que crecía aventajando a los demás en inteligencia y hermosura, disputaba un día con otros jóvenes, y un muchacho corintio le echó en cara que no se parecía en nada a sus pretendidos padres. Edipo marchó en busca de una respuesta al oráculo de Delfos y allí se le dijo que no regresara a su patria, pues allí no sólo mataría a su padre sino que también yacería incestuosamente con su madre. Entonces, para evitar esto, y como no dejaba de creer que Pólibo y Mérope fueran sus padres, decidió huir de Corinto.

Mientras, Hera, disgustada por los amores que Layo había tenido con Crisipo, envió a Tebas la Esfinge, monstruo con cuerpo de leona y cabeza de mujer. Esta solía colocarse en un alto cerca de Tebas; cuando veía a alguien, se lanzaba sobre él y le proponía una adivinanza, y si no la acertaba, lo mataba. Layo decidió ir a Delfos acompañado de su cochero Polifontes para hallar una solución. En el camino se encontró con Edipo; Layo le ordenó que se apartase para dar paso a alguien mejor que él; Edipo le contestó que sólo los dioses y sus padres lo superaban. Layo mandó entonces al auriga que continuase su camino; el carro atropelló a Edipo y le dañó uno de sus pies. Edipo, airado, mató al auriga con su lanza y dejó que Layo se enredara en las riendas y muriera arrastrado. Sólo escapó de la matanza un guardia que echó a correr hacia Tebas.

Cuando los tebanos se enteraron de que Layo había muerto, nombraron a Creonte regente del trono de su hermana Yocasta. La Esfinge ya había matado a uno de sus hijos (2), así que Creonte ofreció la mano de la reina y con ella la corona a quien librase a Tebas de tal monstruo. Uno de los enigmas que proponía era: “¿Cuáles son las dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra, que a su vez la engendra a ella?”. Otro enigma, aprendido de las Musas, era “¿cuál es el ser dotado de una sola voz que se apoya sucesivamente en cuatro, dos y tres patas?” (3). Edipo pasó por Tebas; se encontró con la Esfinge, descifró los enigmas, con lo que ella (según algunos, ayudada por Edipo (4)) se precipitó de lo alto de la roca (5). Sabido esto, los tebanos lo tomaron por rey, casándolo con Yocasta. Tuvo de este matrimonio dos hijos, Etéocles y Polinices y dos hijas, Antígona e Ísmene.

Los dioses decidieron castigar este incesto haciendo que los frutos se secaran antes de madurar y que los niños y las crías de los animales murieran en el útero de sus madres. Los tebanos fueron a consultar el oráculo, y este respondió que los males venían porque entre ellos vivía el asesino de Layo. Había, pues, que expulsar al culpable. Edipo, para saber quién era llamó al adivino Tiresias. Éste, al principio no quería revelarle la verdad, pero al final hizo que Edipo se enterara. Yocasta, horrorizada, se ahorcó con un cordón de una de las vigas del techo de su cámara. Edipo se sacó los ojos con el alfiler del broche de Yocasta.

Edipo acabó siendo expulsado de Tebas por Creonte y sus propios hijos no hicieron nada por evitarlo, excepto, quizás encerrarlo para ocultarlo. Sólo Antígona quiso acompañarlo. Marchó maldiciendo a sus hijos varones, diciéndoles que no encontrarían descanso ni vivos ni muertos y que moriría el uno a manos del otro. Vagando, llegó al barrio de Colono en Atenas, donde se refugió como suplicante en el santuario y bosque de las Euménides; allí Teseo le ofreció su hospitalidad. Un oráculo había predicho que el lugar donde estuviese enterrado Edipo sería bendecido por los dioses. Creonte intentó hacer que Edipo volviese, pero éste se negó, pues quería que sólo Atenas tuviera sus cenizas, y allí en Colono, en el bosque sagrado, se despidió de todos y se hundió en la tierra por una grieta. Desde entonces se le rindió culto (6).

No es ésta la única versión de la historia; seiscientos años antes de nuestra era, el relato parece haberse formado de estos y otros elementos, que coexistían creando variantes. En el canto vigésimo tercero de la Ilíada ya se habla del “rey Macisteo Talayónida, que fue a Tebas a la muerte de Edipo y en los juegos funerarios venció a todos los cadmeos” (7); en el canto undécimo de la Odisea, se presenta con mayor precisión la idea de que Edipo siguió reinando en Tebas (8). Pausanias es de la opinión de que Edipo murió en Tebas y de que sus huesos fueron llevados a Atenas, en cuyo barrio de Colono aún en sus días existía la tumba del héroe (9). Según Eurípides en las Fenicias, Yocasta y Edipo murieron después que sus hijos Etéocles y Polinices.

Existe otra versión de Edipo en que el niño es puesto en un cofre y bajado al mar desde un barco. El cofre llega a la playa donde la reina Peribea, esposa de Pólibo, lo encuentra mientras vigilaba a las lavanderas. Se esconde en unos matorrales y finge dar a luz; luego se aparece con el niño ante todas, aunque después a su esposo le cuenta la verdad (10). Por otra parte, la Esfinge, personaje central de uno de los episodios más sugerentes de esta leyenda, aparece por primera vez en Hesíodo, que la presenta como una plaga para Tebas, pero no la relaciona con Edipo.

Apolodoro de Atenas (h. 180 – d. 120 a. C.), el último de los grandes sabios que enseñaban en Alejandría al parecer también escribió sobre la leyenda de Edipo en la Biblioteca (11) que se le ha atribuido; allí nos ofrece un resumen de la leyenda con variantes menores, aunque interesantes; indica, por ejemplo, que fue Peribea quien bautizó a Edipo por sus pies hinchados debido a que le habían perforado los tobillos con punzones. Otro autor antiguo que escribió sobre Edipo fue Diodoro Sículo, en los primeros libros de su obra histórica también titulada Biblioteca, donde trata sobre los relatos sobre hechos anteriores a la guerra de Troya. También el escritor hispanorromano del siglo I, Higinio, en su obra más conocida, las Fábulas trató la leyenda de Edipo (12).

Existió también la Edipea, poema hoy perdido que narraba la historia del héroe tebano (13). Más tarde, el poeta napolitano Publio Papinio Estacio (45–96) escribió la Tebaida, obra que desarrolla el tema de los Siete contra Tebas. Hubo también una versión medieval de este relato; hacia 1150, Benoit de Sainte-Maure, poeta de la corte de Leonor de Aquitania, escribió el Roman de Thèbes, obra sacada de la Tebaida; en él cuenta la guerra entre Polinices, hijo de Edipo, y sus aliados contra su hermano Etéocles por el trono de Tebas; incluye además las leyendas del ciclo tebano sobre Edipo y Yocasta, y sobre Antígona.

INTERPRETACIONES DEL RELATO EDÍPICO

La explicación de lo irracional motivó gran parte de la investigación de los iniciadores de la folklorística. Los elementos que no tenían sentido, ya fuera en las costumbres y ceremonias como en los relatos, debían presentar un reto al investigador que indefectiblemente buscaba un significado en el pasado, por lo general, el más remoto. El mito de Edipo no podía pasar inadvertido; a partir del siglo XIX y todo a lo largo del siglo XX, se fueron sucediendo diversas y variopintas interpretaciones a este mito, que van desde las alegóricas de la escuela de la mitología comparada hasta las complejas explicaciones psicológicas de los psicoanalistas, además de las históricofilológicas. Veamos las más significativas (14).

El profesor de literatura griega de la Universidad de Pisa, Domenico Comparetti (1835-1927), publicó Edipo e la mitologia comparata (15), estudio del mito en los dialectos neogriegos del sur de Italia y de cómo los conceptos morales se transformaban en motivos narrativos. Comparetti es el único en haber defendido una posición evemerística; consideraba que Edipo había sido un personaje histórico, y que su historia tiene el fondo moral de enseñar el horror que representa el incesto. Consideraba que el episodio de la Esfinge era una adición posterior.

La interpretación naturalista de la escuela de Max Müller, llamada también de la “mitología solar”, está representada en Inglaterra por el historiador y filólogo George William Cox (1827–1902), quien en The Mythology of the Aryan Nations (16) da a cada elemento un significado simbólico: Edipo es el sol, que disipa la nube oscura, representada por la Esfinge. El matrimonio entre el sol y su madre es la aparición del sol en el cielo, del cual nació, una vez que la tormenta había sido vencida. La ceguera final de Edipo representa la puesta del sol, mientras que la ayuda de Antígona son los últimos rayos del sol ya puesto que brillan en el cielo. Para Cox, los mitos “reproducen los cambios más sutiles de pensamiento y expresión y una serie de complicados relatos en los que el orden de los incidentes y las palabras que se dicen han quedado preservados con una fidelidad sin paralelos en la tradición oral de sucesos históricos” (17). El lingüista y mitólogo francés, Michel Bréal (1832–1915) (18), en “Le Mythe d’Oedipe” (19), mantiene, sin embargo, que el parricidio y el incesto son adiciones posteriores a este núcleo, de acuerdo con la hipótesis de que los elementos de una leyenda no se crean de manera simultánea; estos elementos pertenecen a un periodo moralista posterior al inicial periodo naturalista. En la segunda época no se entendió la ceguera en su sentido original, y así el parricidio y el incesto se utilizaron para explicar la ceguera final. El medievalista Léopold Eugène Constans (1845–1916), en La légende d’Oedipe: Etudiée dans l’antiquité, au moyen-âge et dans les temps modernes (20) mantiene también esta misma línea, defendiendo una creación original naturalista con adiciones posteriores de poetas trágicos que utilizaron esta historia para ilustrar la fuerza del destino.

La escuela de Max Müller tuvo su apogeo entre 1865 y 1878; después las explicaciones naturalistas o solares se fueron olvidando tras haber caído esta escuela en el descrédito, debido sin duda a las exageraciones a que llegaron sus miembros. Otras explicaciones aparecerían con la llegada del siglo XX.

El filólogo e historiador italiano Alessandro D’Ancona (1835-1914) fue uno de los primeros que anotó en La leggenda di Vergogna e la leggenda di Giuda (1869) que existían variantes occidentales del mito de Edipo que se podían rastrear en la Edad Media y en la tradición contemporánea en las leyendas biográficas de Judas Iscariote y del papa Gregorio.

El alemán Carl Robert escribió sobre el mito de Edipo y el enigma de la Esfinge en su Öidipus (21), obra en la que intenta llegar al origen de este mito. Robert, que representa la interpretación alegórica, de tan larga tradición en los estudios mitológicos, en su estudio llegó a la conclusión de que en el mito original, Edipo mata la Esfinge sin resolver ningún enigma en una empresa heroica parecida a las aventuras de otros jóvenes héroes griegos, como Hércules con la hidra, Teseo con el minotauro, Perseo con Medusa, y tantos otros. Según Robert, nos hallamos ante la estructura de los mitos arcaicos relacionados con ritos de iniciación, en los que el acto tiene mucho más peso que la palabra. El enigma de la Esfinge es, pues, un añadido posterior, quizá del siglo VI, y bien puede proceder de la Edipea o ciclo de leyendas sobre Edipo. Robert considera que el culto primigenio de Edipo se hallaba en Eteonos, donde Edipo es un héroe ctónico (22). Edipo fue enterrado en la tumba de la diosa de la tierra Démeter, que es su madre original. Así se explica el incesto, ya que los hijos de las diosas de las tierras suelen ser también sus maridos. De aquí saca Robert que cada vez que exista un héroe que se casa con su madre, esta debe ser una diosa de la tierra. Los sufrimientos de Edipo representan los de los dioses del año, que nacen en primavera y padecen y mueren en invierno. El padre de Edipo representa el año viejo, que debe ser aniquilado por su hijo, el año nuevo. Sólo cuando estos seres divinos se convierten en humanos, aparece la idea del crimen, pues el parricidio y el incesto son hechos naturales en las religiones naturalistas.

Los psicoanalistas estudiaron con afán el relato de Edipo, puesto que para ellos es uno de los mejores ejemplos de su teoría de que el folklore contiene las gratificaciones sustitutivas de los deseos humanos, que en el pasado eran libres, pero que con el paso del tiempo han sido reprimidos sin que hayan podido ser eliminados. En el caso de nuestro relato, los deseos son dos: poseer a la madre y asesinar al padre, lo que ha venido a llamarse el “complejo de Edipo” (23). El neurólogo austríaco Sigmund Freud (1856–1939), fundador de la teoría moderna del psicoanálisis, fue quien propuso las bases teóricas de esta interpretación en Totem und Taboo (1912) donde propone un mito etiológico:

Existió en un tiempo un grupo u “horda primitiva” en el que un jefe anciano retenía para sí todas las mujeres, separándolas de sus hijos varones. Los hijos se agruparon y mataron a su padre, cometiendo luego incesto con sus madres y hermanas. Como respuesta a los remordimientos por esta acción, celebraban un rito anual de purificación centrado en el tótem, o imagen paterna (24).

Según Freud, estas emociones e inclinaciones, que permanecen en la subconsciencia, se mantienen en todas las épocas y persisten como respuesta a los deseos de la infancia. Si se fijan, surge la neurosis. Freud creía que no sería raro encontrar historias del tipo de la de Edipo en cualquier parte del mundo, pues son representaciones simbólicas de conflictos fundamentales en los seres humanos; Edipo, matador de su padre y esposo de su madre, cumple un deseo neurótico infantil. De hecho, para Freud, todos los neuróticos son un Edipo o un Hamlet (25).

La interpretación freudiana, desarrollada en un contexto cultural victoriano y centrada en la represión sexual y sus consecuencias, fue aceptada, en general, por la comunidad científica, pero fue rechazada de plano por los antropólogos, que se esforzaron en demostrar sus errores (26). La afirmación de que la historia viene de un hecho pasado único va en contra de los hechos y de las teorías etnológicas. Freud publicó en su libro los conceptos de “memoria racial” y de “mente grupal”, que son indispensables para admitir la idea de hordas primitivas, cuando este tipo de especulaciones ya habían pasado de moda entre los intelectuales en 1912. Sin embargo, el “complejo de Edipo” sobreviviría, quizá porque en el tipo de sociedad que lo produjo, el amor entre madre e hijo era el único amor instintivo permitido socialmente.

El suizo Carl Gustav Jung (1875–1961), catedrático de psicología de la Universidad Tecnológica de Zurich, desexualizó la líbido; para él, el amor que el niño demuestra hacia su madre nace del hecho de que ella es la proveedora de protección y alimento. Los primeros sentimientos de envidia se centran en el alimento, y sólo más tarde se convierten en eróticos. Por otra parte, si la atracción de un chico hacia su madre se puede llamar “complejo de Edipo”, la de una chica hacia su padre debería llamarse “complejo de Electra” (27).

La idea central de la explicación del mito por Jung es que los parecidos que existen en las formas y en la temática de los mitos de varias partes del mundo, que se presentan en un estado inconexo, deben explicarse como expresiones de un inconsciente colectivo. La psiquis de cada individuo es depositaria de la historia de las experiencias humanas, que quedan impresas en él, formando el inconsciente colectivo. Si queremos comprenderlo, no nos podemos quedar en los sueños; debemos buscar la ayuda de los mitos. Así, el relato del incesto sólo significa el deseo del adulto de regresar a la niñez, cuando gozaba de protección y libertad. Esto es lo que los psicólogos llaman “regresión infantil”, conducta compensatoria que ocurre cuando esta niñez ha sufrido graves carencias y el instinto de supervivencia insta al individuo a completar esta etapa. El relato del parricidio es, por su parte, efecto de la envidia.

El psicólogo austriaco Otto Rank (28) (1884–1939), autor de Trauma der Geburt (29), considera que la historia de Edipo hace referencia al trauma que el nacimiento deja en el ser humano. El relato de Edipo nos muestra los esfuerzos del protagonista por regresar al útero materno. Su ceguera representa la oscuridad intrauterina, y su desaparición final al entrar al otro mundo por la grieta de una roca simboliza el deseo de regresar a la madre Tierra. Para Rank, el útero es el lugar seguro, libre, protector y placentero, y el ser humano pasa el resto de su vida intentando borrar el drama del nacimiento, que lo ha llevado a un mundo de dolor e inseguridad. Rank acepta la idea de Freud de “horda primitiva”, pero le da un nuevo significado: El padre se opone a los deseos del hijo de volver al útero materno penetrando a su madre en el coito. Rank amplía la idea de “complejo de Edipo”, que varía según las circunstancias familiares particulares, con toda una serie de relaciones entre hijos y padre. Responde a la teoría de una lucha elemental por la autoperpetuación que comienza cuando el niño empieza a liberarse de la exagerada dependencia biológica hacia su madre. Rank toma prestada la idea de matriarcado de los evolucionistas del siglo anterior, especialmente Johann Jakob Bachofen (1815–1887) y John Ferguson McLennan (1827–1881), para afirmar la de autoperpetuación y negar la de paternidad (30). De alguna manera, cuando el hombre se perpetúa en sus hijos pierde la inmortalidad. La lucha entre padre e hijo simboliza la lucha del ego individual por mantener su inmortalidad espiritual frente al patriarcado. Layo no quería un hijo; por esto intentó practicar primero la castidad con su esposa Yocasta, y cuando no pudo, quiso destruir al hijo que acababa de nacer. Edipo también lucha contra las implicaciones del patriarcado; no quiere perder su inmortalidad convirtiéndose en padre y encuentra la solución cometiendo incesto con su madre, pues así retiene su eterno yo al penetrar en la vagina de su madre. Pero este compromiso no funciona.

Rank, en su monografía Myth of the Birth of the Hero, de 1909, aplica la teoría freudiana a los mitos heroicos, formando un patrón biográfico basado en el mito de Edipo. Rank, que analizó los patrones biográficos de Rómulo, Hercales, Perseo, Paris, Telefo, Cirto, Karna, Sargón, Gilgamesh, Moisés, Jesús, Sigfrido, Tristán y Lohengrin, encontró que todos estos relatos comenzaban con la dificultad que una pareja de monarcas o dioses tienen para concebir un hijo; una profecía o sueño anuncia el nacimiento, que suele presentar un peligro para el padre de la criatura. El niño es abandonado en las aguas, y es rescatado y amamantado por animales o criado por individuos de clase social baja. Al llegar a su juventud, el protagonista descubre a sus padres, mata a su padre y ocupa el trono. Rank nos presenta en este estudio un deseo opuesto al edípico, el de volver a tener los padres tal como se veían en la infancia: un padre poderoso y distinguido y una madre que era la más hermosa y buena de las mujeres. Respecto al padre, el deseo de regreso se convierte en un deseo de reemplazo, de ahí el parricidio. El incesto es la forma de satisfacer el deseo de regresar al útero (31).

El médico vienés Alfred Adler (1870–1937) se desvía del maestro del psicoanálisis al afirmar que el complejo de Edipo no es ni universal ni sexual; este complejo se forma cuando el niño está tan mimado por su madre que es incapaz de dejar el hogar; por tanto, encuentra placer en poseer y controlar a su madre. Más que deseo sexual, lo que siente es un anhelo de dominar a su madre, lo que va muy bien con su visión de que es el ansia de poder y no el instinto sexual lo que mueve la humanidad (32). Por otra parte, cuando la madre crea en el niño un estado de dependencia por ser ella quien afronta los problemas y no aprende a resolverlos por sí solo, se aferra a quien siempre le ha dado la solución.

Por los años veinte del siglo pasado, el antropólogo polaco Bronislaw Malinowski (1884–1942), en trabajos como “Psycho-analysis and Anthropology” (33) o Sex and Repression in Savage Society (34), se mostraba contrario a la universalidad del complejo de Edipo. Se opuso a Freud al comprobar que la estructura de la familia de la cultura trobriand que estudió se centraba en el hermano de la madre. Así, los elementos de autoridad paterna y monopolio sexual de la madre quedaban repartidos en dos personas. Sin embargo, aducía que en el folklore melanesio se daba el enmascaramiento del odio al tío materno o de los deseos incestuosos entre hermanos (35).

El psicólogo alemán Erich Fromm (1900–1980) también escribió sobre este famoso relato. En sus artículos “The Oedipus Complex and the Oedipus Myth” (36) y “The Oedipus Myth” (37) reinterpreta la historia y afirma que es el vehículo que expresa el conflicto entre padre e hijo sobre la autoridad. No está de acuerdo con la interpretación freudiana e insiste que para hacer una interpretación correcta del mito, se debería leer toda la trilogía de Sófocles, Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona. Para empezar, Fromm pone una buena dosis de sentido común; Edipo no mató a su padre por rivalidad, sino porque le impedía el paso en el camino a Tebas; su matrimonio con su madre se realizó porque era parte del proceso de obtención del trono tras haber liberado a Tebas de la Esfinge, no porque la deseara. En efecto, el padre se ha convertido en un obstáculo en el camino y la madre en un botín con el que se gratifica al hijo tras haber realizado una acción heroica. Su conclusión es que el tema que recorre todas estas obras trágicas no es la rivalidad sexual, sino la reacción del niño ante la autoridad de sus padres en una sociedad patriarcal, y los deseos de liberación de la voluntad de conformar su personalidad y comportamiento a los deseos paternos. La hostilidad entre padre e hijo refleja el conflicto entre el sistema matriarcal y el patriarcal, de acuerdo con la teoría de que existió una cultura matriarcal que precedió al régimen patriarcal autoritario. Así, en la primera obra de Sófocles, el conflicto está entre Layo y Edipo; en la segunda, entre Edipo y sus dos hijos, Etéocles y Polinices, y en la tercera, entre Creonte y su hijo Hemón. El problema del incesto soólo aparece en Edipo rey.

Por su parte, el psicólogo británico Roger Ernle MoneyKyrle (1898–1980), que desarrolló su obra por los años treinta, en su libro The Meaning of Sacrifice dice que lo que Freud tenía en mente era que todo hombre hereda una disposición innata, no adquirida, hacia el incesto, que bajo las condiciones de casi todo tipo de organización familiar, lo llevará a entrar en conflicto con su padre (38). Acepta las ideas de Darwin y Atkinson de que el parricidio era algo normal en las hordas primitivas; el hecho de que existan tabúes severos contra el incesto y el parricidio en este tipo de sociedades indica que estos actos existían en tiempos muy antiguos. El hombre primitivo, más emocional e impulsivo que el actual, se comportaría al igual que los primates, que matan a sus líderes cuando estos envejecen. Por otra parte, el sacrificio puede representar la hostilidad hacia el padre, pero también el amor por él y un deseo de preservarlo por medio de la incorporación, o un sentimiento de culpa que lleva a actos propiciatorios.

El folklorólogo húngaro Géza Róheim (1929–1953), que acabó siendo el primer antropólogo psicoanalista, en su artículo “The Primal Horde and Incest in Central Australia” (39) acepta la idea de las hordas primigenias, pero afirma que no es necesario referirse al inconsciente para explicar el mito edípico, éste bien puede proceder de relatos de sucesos contemporáneos. De hecho, Róheim apunta que el tipo de agrupaciones a que se refiere la explicación freudiana ha existido en el centro de Australia, donde había hecho trabajos de campo de 1938 a 1941 (40). Róheim contestó a Malinowski aduciendo que en la sociedad que éste estudiaba, el tío materno no entraba a ejercer su autoridad sino hasta que el niño había cumplido los siete años, con lo que ya se había fijado el complejo de Edipo. También se opuso a los boasianos aduciendo que todo aquel que negara la realidad del complejo de Edipo es que lo sufría de forma reprimida y no resuelta, y lo que debía hacer en este caso era psicoanalizarse; por otra parte, Róheim, que era partidario de la unidad psíquica humana, relacionaba el relativismo cultural de estos antropólogos con el nacionalismo etnocentrista en una época en que el nazismo era una amenaza para Occidente (41).

Otro húngaro radicado en Estados Unidos, el psiquiatra y fundador del Chicago Psycoanalitic Institute, Franz Alexander (1891–1964), no creía que debiéramos considerar que el mito de Edipo es omnipresente; de hecho este relato no se encuentra en sociedades con características diferentes a las nuestras. El único elemento omnipresente es la envidia. El niño se mostrará agresivo con cualquiera que considere un competidor durante su periodo de dependencia (42).

Marie Delcourt en Oedipe ou la légende du conquerant (43) señala el carácter ctónico de la Esfinge, que como monstruo, y según las leyendas arcaicas, nace de la misma Tierra. La Esfinge, que, al igual que las sirenas, domina con sus cantos, inicialmente formaba parte de las imágenes de la madre arcaica, representa después la inversión de las relaciones; se convierte en una madre fálica al ser una hembra que viola a los jóvenes tras haberlos vencido (44). Para Delcourt, la unión de Edipo con su madre puede considerarse como una hierofanía y es parte del acceso al trono por medio del matrimonio (45).

El abogado seguidor de la escuela del psicoanálisis A. J. Levin en “The Oedipus Myth in History and Psychiatry” no cree que la interpretación freudiana sea la mejor. Según él, la atracción que ejerce el Edipo rey de Sófocles en los europeos contemporáneos y que ejerció entre los griegos se debe a otras razones: el resentimiento del niño abandonado. Freud olvidaba que Edipo había sido colgado boca abajo de sus tobillos atados para quedar expuesto y morir de este modo. Este “Pie-hinchado”, que es lo que significa “Edipo” (46), siempre recuerda este hecho y maldice no sólo a su padre, sino también a quien le salvó la vida. Según Lenvin, los griegos no temían tanto el incesto como los crueles impulsos infantiles que permanecen y la crueldad hacia los niños. Alguna de las mejores tragedias griegas, como Medea y Agamenón, versan sobre la crueldad hacia los niños. Levin es, además, uno de los pocos que han notado la existencia de diferentes versiones del mito, como la que cuenta que Edipo fue puesto en una cesta en el agua, u otra que dice que se casó con varias de las mujeres de Layo. Para Levin los griegos antiguos convertían en héroes a aquellos que lograban sobrevivir a pesar del rechazo y de la crueldad a que se veían sujetos (47).

El historiador inglés George D. Thompson, dialéctico marxista, en sus Studies in Ancient Greek Society (48) interpreta la obra de Sófocles al tratar el desarrollo de la esclavitud y el nacimiento de la ciencia en Grecia. Ve la tragedia de Sófocles como la expresión dramática de la ley de los opuestos de Heráclito, que dice que el mundo se sostiene por la lucha y la tensión más que por la fusión y la armonía, como afirmaba Pitágoras. Edipo es lo contrario de sí mismo, de ser marginal pasa a rey y de rey vuelve a ser marginal. El oráculo de Apolo, comparable al fuego de Heráclito, es el elemento que regula el ciclo de cambios que mantiene el mundo y el que causa la caída del héroe. El Edipo de Sófocles se convierte en el símbolo trágico de la voluntad humana que lucha contra fuerzas que no puede ni controlar ni comprender (49).

El gran estudioso de los relatos folklóricos, Stith Thompson (1885–1976), profesor de la Universidad de Indiana, uno de los folklorólogos más importantes de la escuela literaria estadounidense, fue otro de los que señaló, en su obra The Fokltale (1946), que el relato de Edipo ha perdurado en la tradición oral:

Los puntos esenciales que siempre se recuerdan son la profecía de que el joven matará a su padre y se casará con su madre. Se salva tras ser expuesto y es criado por otro rey. La profecía se cumple con resultados trágicos. Este relato parece ser particularmente popular entre los finlandeses y ha sido recolectado varias veces en Hungría y Rumanía, y esporádicamente en Lituania, Laponia y entre los caboverdianos que viven en Massachussets. El hecho de que aún se cuente como un relato tradicional testifica sobre la cercana afinidad de este viejo mito con la tradición folklórica oral (50).

El folklorólogo ruso Vladimir J. Propp (1895–1970) en su Edipo a la luz del folklore (1944) (51), consideraba insatisfactorias las investigaciones anteriores, pues o pertenecían a la desprestigiada escuela mitológica, o procedían de la tradición freudiana, o sólo abordaban la cuestión de las posibles variaciones de la trama; a Propp, lo que le interesa son las raíces históricas del relato folklórico, labor a la que dedicó muchos esfuerzos. En la obra suya titulada precisamente Las raíces históricas del cuento, nos dice:

El argumento del héroe que mata a su padre y se casa con su madre, el argumento de Edipo, surgió como resultado de la transferencia de una actitud hostil hacia el futuro esposo de la hija –el yerno heredero– al hijo heredero y de la transferencia de la función de la hija del rey como transmisora del trono por matrimonio a la viuda del rey. Esta formación no es ni accidental ni aislada, está en la propia naturaleza del folklore (52).

Propp estudia el mito de Edipo como un tipo de relato doble en el que tras el final tradicional en matrimonio y ascensión al trono, se produce una segunda salida y una apoteosis final del héroe. Del mito de Edipo sólo nos quedan versiones literarias, pero, gracias a los datos que nos aportan otros relatos tradicionales, se pueden vislumbrar las alteraciones que se hicieron, por ejemplo, en las tragedias de Sófocles. Se puede deducir, por ejemplo, que el motivo del pie hinchado y las cicatrices que llevaba desde el nacimiento seguramente fueron las señales que hicieron que Yocasta lo reconociera como hijo. En casi todos los relatos es una señal que lleva desde el nacimiento, ya sea un mechón de pelo o las cicatrices de alguna herida, o bien algún objeto que fue depositado en la caja donde encontraron al infante, o incluso la misma caja. Esta señal en el relato de Edipo deberían ser los pies hinchados que le dan nombre o las cicatrices que le quedarían de habérsele agujereado los tobillos antes de abandonarlo; sin embargo, el motivo del daño sufrido en sus pies no tiene importancia alguna en el Edipo rey de Sófocles, que se concentra en el descubrimiento del incesto y del parricidio que ha cometido. Lo que en los cuentos tradicionales sucede en una o dos frases, en la tragedia de Sófocles es un largo proceso que ocupa toda la obra.

Propp señala diversos componentes en este relato: profecía, matrimonio paterno, alejamiento (abandono del infante), educación, fuga, parricidio y matrimonio, primera apoteosis (subida al trono), revelación (el protagonista se entera de los crímenes que ha cometido) y apoteosis final (nuevo alejamiento penitencial y peripecias que llevan a la glorificación).

Cabe señalar que, según Propp, las versiones más primitivas del cuento carecen de la profecía:

El cuento, igual que la realidad histórica, conoce dos modos de transmitir el trono: el primero es el del rey al yerno, a través de la hija. La princesa es la transmisora del poder. Esta es la situación de conflicto que conduce a la muerte del reinante y al matrimonio de la hija transmisora del trono. Éste es el segundo modo: el trono se transmite de padre a hijo, sin ningún conflicto […]. Transfiriendo el antiguo conflicto a las nuevas relaciones, surge el caso de Edipo, conservado también en el cuento. El sucesor no es el yerno, sino el hijo. Conservándose el conflicto y su paso a las nuevas relaciones, el sucesor mata al que reina, el hijo mata al padre. Más aún: en el antiguo orden, si el rey no tiene hijos, se elige un nuevo rey o quien transmite el poder es la viuda del rey. Conservando el matrimonio con la mujer que transmite el trono y transfiriéndolo a una nueva situación, el mito crea el tema del matrimonio con la viuda del rey, madre del sucesor: el hijo casa con su madre. Pero como este caso se halla en contradicción con la moral social, se inserta la involuntariedad de la acción y se conserva, además, el antiguo orden de cosas, según el cual el sucesor es un forastero (53).

El folklorólogo ruso, que se muestra contrario a la tesis de Robert que considera a Edipo como una representación del año nuevo, se fija en los diversos modos en que se desarrolla la penitencia que llevará al protagonista a una segunda apoteosis del héroe. En los relatos de la Europa oriental se da el tema de la penitencia en un po— 80 — zo; por ejemplo, en uno sobre el santo popular Andrés de Creta, el protagonista hace penitencia en un pozo que se estuvo cavando durante siete años sin que se hallara agua. Otras veces es una fosa. A veces la forma de señalar que ha llegado el perdón, y con él la santidad, es que el pozo poco a poco se va llenando de tierra, así que a los treinta años ya está del todo lleno y el protagonista puede salir. Una variante del pozo es la gruta o celda donde se encierra al protagonista para después tirar la llave al agua, o también la roca con grilletes de la isla solitaria donde cumple su penitencia Gregorio. La aparición de la llave en la barriga del pez es el anuncio de la apoteosis. Puede ser que el protagonista esté vivo; entonces llega a ser papa; pero si está muerto, se muestra su apoteosis a través de la santidad. Este es el caso de Edipo, que tras castigarse con su ceguera autoimpuesta, desaparece hundiéndose en la tierra; su tumba será sagrada y protegerá la ciudad que la posea. Propp se fija, pues, en el sufrimiento del protagonista como fuerza central de la trama. El cristianismo seguramente encontró atractivos el culto basado en el sufrimiento y la apoteosis final del héroe y permitió que el mito perdurara en los relatos tradicionales. Cabe decir que la repercusión de la obra de Propp en Occidente fue tardía, pasarían unos treinta años antes de que su fama se extendiera por los países europeos y americanos, gracias a su famosa obra Morfología del cuento.

El mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904–1987) trabajó la mitología comparada, estudiando el papel que la religión y el mito han desempeñado en las diversas culturas. Influido principalmente por Jung, pero también por Bachofen y Frobenius, Campbell desarrolló la teoría de que todos los mitos y relatos épicos se encuentran relacionados en la psiquis humana, y que son manifestaciones culturales de la necesidad de explicar realidades cósmicas, sociales o espirituales. Edipo representa para Campbell a aquel que, como héroe salvador, primero mata al padre tirano y libera las energías vitales, pero como, siguiendo a Jesucristo, el padre y el hijo son la misma cosa, al sacrificar al padre se sacrifica a sí mismo y con este sacrificio redime al mundo. Los psicoanalistas mantenían que cada hombre de un modo inconsciente mata a su padre y se casa con su madre todo el tiempo, y es que la carne es un mar de impureza; el héroe, como Gregorio Magno, nace en el incesto y vive en el incesto; es la penitencia lo que al final lo salva (54).

Otro mitólogo, el novelista y poeta británico Robert Graves (1895–1985), escribió The Greek Myths, una antología de relatos sacados de la mitología griega en los que incluye las variantes principales de los relatos e intrepretaciones muy personales que muchas veces sirven para repetir sus ideas, ya expresadas en su primer tratado mitológico, La diosa blanca (55), sobre la encarnación de la gran diosa madre original y del rey ofrenda en diferentes mitos, pero sin ofrecer ningún dato sólido que justifique estas ideas. Carecemos de elementos escritos o arqueológicos que apoyen estas ideas; lo que sí parece cierto es que la religión de los invasores se superpuso a la local de los pelasgos.

El reconocido escritor freudiano George Devereux (56) (1908–1985), sin abandonar la idea de complejo de Edipo, afirma en su artículo “Why Oedipus Killed Laius: A Note on the Contemporary Oedipus Complex in Greek Drama” (57) que, dentro de la tendencia griega de presentar los defectos del carácter bajo la forma del Hado, el tema homosexual es quizá un elemento mucho más importante en el relato. Aduce como pruebas la maldición del rey Pélope sobre Layo, por haber violado a Crisipo. Pero el mismo Pélope había sido raptado por Poseidón, que lo convirtió en su amante. El padre de Pélope era el rey antropófago Tántalo a quien por un lado odiaba, y a quien se sometía sexualmente, como demuestra su devota piedad filial. Para Devereux, el combate en el camino entre Edipo y Layo tenía motivaciones homosexuales. Lo que realmente quería Edipo era ocupar el puesto de su padre, aunque lo considerara un agresor sexual, de ahí el incesto. Finalmente lo privó de su espada (castración) y de su cinturón (feminización).

Una década más tarde, William N. Stephens en The Oedipus Complex: Cross-Cultural Evidence (58) presenta la opinión de que en muchas sociedades primitivas o antiguas, un largo periodo de postparto en que las relaciones sexuales tradicionalmente estaban prohibidas causaban un resentimiento del padre hacia el hijo y a la vez servían para que se estrecharan los lazos entre madre e hijo; por otra parte, los ritos de iniciación sirven para reemplazar el lazo con la madre por otro paterno.

El filósofo francés René Girard (1923- ) se aleja mucho de la explicación freudiana, prefiriendo la explicación ritual; en La violence et le sacré (59) (1972), estudió el rito del sacrificio y su relación con los mitos, sobre todo los que se obtienen de las tragedias griegas Edipo rey, Ayax o Medea. Para Girard, la víctima expiatoria de la tragedia no procede ya del mito –la tragedia es en sí contraria al mito y al rito– sino que es una metamorfosis de una violencia recíproca anterior con hondas raíces en la sociedad, que encuentra su salida gracias al drama. El mito de Edipo refleja una sociedad que busca remedio para sus males, de los que no conoce la causa, y este remedio es el chivo expiatorio. Edipo, niño deforme salvado de la muerte, extranjero liberador de Tebas de la Esfinge, es la víctima ideal; no hay mejor candidato que aquel que sobresale del grupo por tener características diferentes. El parricidio y el incesto no son más que las razones que se crean para justificar la ira popular que sobre él cae. El ritual hace que la víctima del sacrificio se convierta en el rival de todos y se le atribuye la violación de todos los tabúes. La comunidad se une, pues, ante un enemigo común. Después del sacrificio, la víctima puede convertirse en el padre ancestral que ha permitido su propio sacrificio por el bien de todos y que ha establecido leyes que precisamente regulan aquello de que se le ha acusado (60).

El sociólogo francés Claude Lévi-Strauss (1908–1990) supo integrar las teorías marxistas y del psicoanálisis al estructuralismo y era de la opinión de que la sociología tradicional había cometido el error de fijarse sólo en los términos y no en las relaciones entre ellos. Lévi-Strauss explicaba el incesto como la perversión de la estructura familiar, que se basa en tres tipos de relaciones familiares:

una relación de consanguinidad, una de alianza y una de filiación; dicho de otra manera, una relación de hermano a hermana, una relación de esposo a esposa, y una relación de progenitor a hijo (61).

Cada una de estas relaciones impone unas obligaciones y unos derechos diferentes en muchos aspectos. Por otra parte, Lévi-Strauss es de la opinión de que cada mito se debe definir por el conjunto de todas sus versiones. En el caso de Edipo y según su método de análisis, que dispone los mitemas, o elementos constitutivos del mito, no en una mera en sucesión lineal, sino en columnas, como una partitura musical en la que varias voces suenan a la vez; la ausencia de ciertos motivos en la versión homérica respecto de la trágica, no altera la estructura del mito, y por tanto no es necesario buscar la estructura primitiva o auténtica, según han pretendido los estudiosos del mito. Para Lévi-Strauss, el mensaje del mito se encuentra en su estructura, y el contenido es sólo un vehículo de la estructura (62). Para estudiar el mito de Edipo, que para él comienza con el relato de Cadmos, Lévi-Strauss presenta las relaciones de parentesco en desequilibrio, bien porque hayan sido sobreestimadas (búsqueda de Europa, raptada por Zeus por parte de Cadmos, matrimonio de Edipo y Yocasta, entierro de Polinices por Antígona en contra de la ley) o porque hayan sido subestimandas (matanza de los Espartoi entre sí, muerte de Layo por Edipo, muerte de Etéocles por Polinices) y coloca estos mitemas en dos columnas. Otra columna se forma con la matanza de los monstruos (del dragón de la fuente de Ares por Cadmos y de la Esfinge de Tebas por Edipo). La última columna de esta “partitura” se forma con el significado posible de los nombres del abuelo, padre y nieto (Lábdaco, el cojo; Layo, el zurdo –o el torcido–; Edipo, pie hinchado), que muestran una dificultad en andar derecho (63).

Lévi-Strauss afirma que el mito que nos ocupa se refiere a la contraposición de dos ideas: el deseo de un surgir autóctono del hombre frente a su conocimiento del nacimiento por la unión de los dos sexos. El nombre del héroe, Edipo, como el de Lábdaco o el de Layo, representa lo ctónico, ya que los dioses que nacen de la tierra o no pueden caminar, o lo hacen de manera muy torpe. Para Lévi-Strauss, la Esfinge, como el dragón, es un ser ctónico cuya muerte es necesaria para que el hombre viva.

Lévi-Strauss también ve una correlación entre el enigma y el incesto, pues si uno une términos irreconciliables el otro hace lo mismo con personas. Este tema ya lo había tratado años antes en “The Structural Study of Myth” (64). El profesor de filología clásica de la Universidad de Zurich, Walter Burkert (1931-), publicó, también en 1972, Homo Necans: Interpretationen altgriechischer Opferriten und Mythen (65), donde, como había hecho Girard una década antes, estudia el sacrificio ritual como producto de la encrucijada en que se encuentra el cazador o el ganadero que mata animales para su sustento y placer, y al quitar la vida a un ser vivo, se siente culpable. El ser humano no es depredador por naturaleza, sino que éste es un comportamiento adquirido. La caza es una actividad masculina que se ha practicado en grupos o hermandades, es una forma de dirigir el instinto agresivo de los machos en celo hacia otra dirección. Esto se hace por medio de una preparación que incluye la abstinencia de relaciones sexuales y otros ritos, como el sacrificio real o fingido de una doncella. Tras la caza viene un periodo de celebración que incluye la licencia sexual y la reconstrucción simbólica del animal sacrificado por medio de ritos. Se crea, pues, una estructura tripartita: preparación, muerte y fiesta. Esta estructura pasa después al sacrificio ritual y a las fiestas agrícolas. En el sacrificio, se añaden ritos, como el que denomina “comedia de inocencia”, que consiste en que la víctima cargue con la culpa de su muerte o que muera por voluntad propia. Como parte de las celebraciones después de la matanza, se producen los juegos de competición, que Burkert llama Agôn; sirven para ritualizar el instinto agresivo de dominación.

La estructura tripartita de los sacrificios crea las estructuras triples de festividades: renunciación (sacrificio simbólico de una doncella), acto de matar (regicidio simbólico, parricidio, infanticidio) y renovación. Estas tríadas reflejan la disolución de un orden, el caos y el restablecimiento del orden, como se puede ver en las celebraciones del año nuevo. En la disolución del orden se producen prácticas anormales para la comunidad, como son la abstención de ciertos alimentos o de relaciones sexuales, la extinción de fuegos, el cese de la actividad laboral o la clausura de templos. El rito de la muerte y comunión toma a veces una forma simbólica en la que la sangre se ve sustituida por el vino, como en la festividad griega de la Anthesteria. El restablecimiento del orden muchas veces se hace coincidir con un nuevo amanecer. Esta renovación a veces toma la forma de expulsión o de castigo de un culpable; tras la expiación de la culpa entrará el nuevo orden. A veces entra en juego el papel simbólico del mar: los dioses nacen en el mar o regresan de él; el chivo expiatorio regresa como un nuevo dios. La restitución puede tomar la forma de boda entre la víctima del sacrificio, que ha regresado, y una diosa-reina. Las comidas de estas celebraciones suelen consistir en cereales, legumbres u hortalizas hervidas, comidas que no proceden de actos agresivos. Las competiciones deportivas se hacen entre jóvenes, con lo que se afirma la nueva vida por medio de la acción a cargo de la nueva generación.

Si consideramos las dos tragedias de Sófocles, vemos que Edipo sufre una mutación; del chivo expiatorio cargado de culpa del Edipo rey se pasa a la víctima sagrada del Edipo en Colono. Burkert ve que existe una afinidad entre el chivo expiatorio griego y la víctima del sacrificio de la cruz en el cristianismo. Edipo es un ser ambivalente, despreciado y venerado a la vez (66). Edipo representa el concepto de pharmakos, una persona que la ciudad mantiene a sus expensas y que está destinada a ser sacrificada en una festividad o en tiempos de crisis para la ciudad. El pharmakos acepta su destino y se abandona a él. A veces no es sacrificado, sino que es marginalizado, convertido en un ser maldito. Así ocurre también con Cam, el hijo de Noé (67).

Malinowski había señalado la variante matrilineal en la que el tío materno desempeña el papel asignado al padre en otras culturas; esto lo llevó a la conclusión de que diferentes tipos de familia y de sistemas de parentesco generan estructuras diferentes de lazos y conflictos emocionales. ttipat K. Ramanujan (1929–1993), profesor de la Universidad de Chicago de origen indio, era de la opinión de que este mito en la India puede funcionar de forma opuesta al mito griego: el hijo no desplaza a su padre para obtener a sus madre, sino que la madre desplaza a la mujer de su hijo; el hijo es asesinado por el padre o al menso se ve obligado a someterse a él. Ramanujan afirma que en el mito de Parvati, Siva y Ganesa, aunque el mito es prácticamente el mismo, la perspectiva ha cambiado, el relato se narra desde la perspectiva materna, la madre forma pareja con el hijo y es el padre quien envidia esta relación erótica (68).

El terapeuta de niños gravemente perturbados y educador interesado en los cuentos populares, Bruno Bettelheim (1903–1990), fue el creador de técnicas terapéuticas llamadas “proyectivas”, que dieron lugar a los talleres de cuentos en los que se verbaliza afectivamente y se interpretan los relatos presentados; publicó una obra que bien pronto se hizo famosa, The Uses of Enchantment (69), donde consideraba que de los cuentos maravillosos “se puede aprender mucho más de los seres humanos y sobre las soluciones correctas a sus dificultades en cualquier sociedad, que a partir de cualquier otro tipo de historias al alcance de los niños” (70). Para Bettelheim, los cuentos enfrentan al niño con los conflictos humanos básicos al plantear de forma breve un problema existencial. La atracción que el protagonista ejerce sobre el niño es lo que lo lleva hacia la moralidad, más que el temor al castigo o el hecho de que al final de los cuentos venza la virtud sobre el vicio (71). En esta obra, no exenta de erudición, estudia e interpreta el material inconsciente que encierran los cuentos más conocidos, su relación con las fantasías infantiles y su valor educativo (72). Respecto al mito de Edipo, al que dedica todo un capítulo (73), es de la opinión de que las acciones edípicas son primero cometidas por los padres y después repetidas por los hijos; así comienza este ciclo con el relato de Tántalo, que sirvió a su hijo Pélope en la cena que preparó para los dioses, aunque estos lo resucitaron y castigaron al padre. Bettelheim resume toda la cuestión en una frase: “el amor sexual hacia el hijo del sexo opuesto es tan destructivo como el temor de que el hijo del mismo sexo sustituya y supere al progenitor” (74). En esta serie de amor y odio, Pélope también mata a su padre y a su suegro Enómao; uno de los hijos de Pélope, Atreo, mató a los hijos de su hermano Tiestes, y se los sirvió en una cena; Layo mandó matar a Edipo y después Edipo mató a Layo; los hijos gemelos de Edipo se mataron entre sí, y el exceso de amor de Antífona por uno de ellos le causó la muerte. La condena de muerte que Creonte decretó contra Antígona destruyó también a su propio hijo Hemón. El remedio a toda esta tragedia habría sido que los progenitores hubiesen aceptado a sus hijos como sus sucesores naturales y no como rivales ni como objetos sexuales.

Lowell Edmunds, profesor de lenguas clásicas de la Rutgers University, escribió varios libros en los que trata el tema de Edipo: Oedipus: The Ancient Legend and its Later Analogues (1985), The Sphinx in the Oedipus Legend (1981), y junto con Alan Dundes editó Oedipus: A Folklore Casebook (1983). En esta obra se buscan los motivos y temas de este relato en el folklore universal de todos los tiempos. Según Edmunds, que en parte sigue a Propp, el poder que ha ejercido este relato, que procede de un modelo mítico de sucesión real de Grecia y Oriente Medio, se ve con claridad en el número de variantes, traducciones o adaptaciones que presenta, en la literatura y en el folklore de los países de tradición occidental. La tragedia de Edipo tal como la conocemos no es más que una de las muchas variantes antiguas que existieron de este relato. Esto lo sabemos por los fragmentos que se encuentran en los poetas griegos (75). El móvil del relato se presenta en las tradiciones antigua y moderna ya como un castigo o maldición, ya como una premonición u oráculo; en la primera variante, el nacimiento de Edipo se presenta como un castigo por haber violado Layo a Crisipo: Pélope, el padre de Crisipo lo maldijo diciendo que nunca tuviera un hijo, pues el hijo que tuviera lo destruiría. Otra tradición da el nacimiento de Edipo como resultado de los oráculos que revelaban su trágico destino. Edmunds es de los que creen que el episodio de la Esfinge es una adición posterior al relato original.

En la última década del siglo XX y en la primera del XXI, el mito de Edipo no ha dejado de interesar a investigadores y pensadores. El profesor de la Universidad de Rice en Houston, Jean-Joseph Goux, que había dedicado sus esfuerzos a estudiar a Marx, Freud y el simbolismo del dinero, publicó en 1990 Oedipe philosophe (76), que trata sobre el Edipo rey de Sófocles, primero en relación con los patrones míticos y rituales de iniciación, usando como instrumentos de análisis las funciones indoeuropeas designadas por Dumézil, y luego en relación con el pensamiento occidental. El rito de paso de la coronación tiene tres fases: la primera es una prueba relacionada con la fertilidad, la segunda, con las virtudes guerreras, y la tercera con el conocimiento y aceptación de lo sagrado.

El mito de Edipo se separa del patrón biográfico del héroe, representado por Perseo, Jasón y Beleforonte, en tres aspectos: incesto, parricidio y la solución del enigma de la Esfinge. En el monomito, el héroe es enviado a la aventura por un rey, que actúa como el maestro de la iniciación, mata a un monstruo femenino con ayuda sobrenatural, recibe la sabiduría mística y se casa con una princesa para acceder al trono. Jasón, por ejemplo, siembra los dientes del dragón, vence a los Espartoi que nacen de estos dientes y consigue el vellocino de oro. Edipo, en cambio, comete incesto pecando así contra las leyes de la fertilidad, mata a su padre pervirtiendo las virtudes guerreras y mata a la Esfinge no con la ayuda de los dioses, sino con su inteligencia y sin ayuda, lo que equivale a un comportamiento impío. Frente a la aceptación de la sabiduría tradicional, representado por el héroe tradicional, se contrapone el sujeto racional que representa Edipo. El pensamiento occidental a partir de Descartes, al igual que hizo el héroe tebano, ha contrapuesto la razón al pensamiento tradicional. Pero Edipo, al final, integra la sabiduría tradicional al aceptar lo que dice el oráculo y dar comienzo a un culto en Colono, acabando de este modo su vida de peregrinación. Así Nietsche, con su Dionisos y Freud con el subconsciente muestran los límites de la razón y una inclusión de la otra sabiduría en el desarrollo intelectual humano.

Pietro Pucci, en su libro Oedipus and the Fabrication of the Father, estudia a los autores que han analizado el Edipo rey, intentando contestar la pregunta que sirve de fundamento a su investigación, la figura del padre y su significado. El concepto de padre, al contrario que el de madre, sólo es aplicable a los humanos; así que no se debe buscar su significado en la semilla fecundadora, sino que es preciso encontrarlo en el concepto de logos, que lo explica. Gracias al logos, el padre adquiere significado y funciones: El padre es concebido como la fuente de bienes y la inspiración moral del hijo, pues le proporciona origen, continuidad, autoridad y legitimidad (77). En cuanto al mito de Edipo, Pucci nos hace notar el hecho curioso de que la muerte del padre hace que parezca que los oráculos quedan invalidados; así la muerte de Layo hace que a los ojos de Yocasta no se cumpla el oráculo del parricidio; la muerte de Pólibo hace lo mismo a los ojos de Edipo (78).

El mitólogo Jean-Pierre Vernant (1914– ) ha puesto de relieve que tras el desastre que supuso la Primera Guerra Mundial, se despertó en Occidente un gran interés por el mito, que hasta entonces, al contraponerse a la razón y a la realidad, se había definido de modo negativo como una ficción irracional y por tanto absurda; ahora, el pensamiento racional y científico debe enfrentarse al absurdo e intentar comprenderlo. En Mythe et tragédie en Grèce ancienne combinó el análisis económico con el antropológico y el intelectual en el estudio social. Vernant se preguntaba si se pueden aplicar los mismos criterios de análisis a los mitos griegos, que son literarios, y a los recogidos por etnógrafos y antropólogos, que pertenecen a la oratura (79). L’univers, les dieux, les hommes: Récits grecs des origines (1999) es una vuelta a relatar los antiguos mitos griegos. En el prefacio de este libro, Vernant nos presenta el estado de los estudios sobre mitología en los años setenta del siglo XX: “Después de Dumézil y de LéviStrauss, la fiebre de los estudios mitológicos se había apoderado de un puñado de helenistas, del que formaba parte, y nos habíamos lanzado a la exploración del mundo legendario de la antigua Grecia” (80). Explica también la labor del mitólogo ante la variabilidad del mito:

Mientras una tradición legendaria oral permanece viva, es decir, influye en la manera de pensar de un grupo y en sus costumbres, esa tradición cambia: el relato permanece parcialmente abierto a la innovación. Cuando el mitólogo anticuario la encuentra en sus postrimerías, ya fosilizada en textos literarios o doctos, como en el caso griego, cada leyenda exige de él, si quiere descrifrarla correctamente, que su investigación se amplíe paso a paso: de una de esas versiones a todas las demás, por ínfimas que sean, sobre el mismo tema, después a otros relatos míticos próximos o lejanos, e incluso a otros textos pertenecientes a sectores distintos de la misma cultura –literarios, científicos, políticos, filosóficos– y finalmente a narraciones más o menos similares de civilizaciones alejadas (81).

Su intención al escribir esta obra no fue otra que repetir lo que ya venía haciendo: narrar de nuevo los mitos, no ya de forma oral, como él mismo solía hacer con su nieto, sino por escrito, pero con la idea de que en el acto de comunicarlos, estos sigan vivos en la tradición. De este modo, en el capítulo dedicado a Edipo, “Edipo a destiempo” (82), nos ofrece su versión del mito. Para Vernant, el núcleo más importante del relato es el enigma de la Esfinge, que presenta el destino de los descendientes de Labdaco. Los tres estadios del hombre deben ser sucesivos. Edipo es una criatura inestable y ambivalente; no debería haber nacido, pues la estirpe tenía que haber acabado con Layo, pero es el heredero legítimo; escapa a la muerte a que estaba condenado, es un exiliado que vive en su patria, ha alterado las etapas del desarrollo humano al ser esposo de su madre y hermano de sus hijos. Al morir, esta criatura maldita acaba siendo la benefactora de Atenas, y al descender a lo hondo de la tierra acaba situada en las regiones olímpicas. Vernant concluye afirmando que la solución al enigma de la Esfinge no era otra que el propio Edipo.

Finalmente, el profesor de la Universidad de California, Carlo Ginzburg, piensa que las mutilaciones que Edipo sufre en los pies en los varios relatos legendarios tienen que ver con ritos de iniciación del chamanismo. Considera que la Esfinge es un animal mortuorio (83). Por su parte, Benjamin Kilborne, en su artículo “Shame and the Tragic Situation” (84), se centra en el estudio psicoanalítico de la ceguera de Edipo, castigo que se impone como resultado de su sentimiento de vergüenza al verse fracasado humanamente y como rey. Según Kilborne, Edipo no quiere ver la manera en que los demás lo ven a él. En un nota a pie de página, Kilborne se maravilla de la ceguera de Edipo predicha por Tiresias, “que sabía pero que no podía ver” (85); curiosamente, frente a él está el rey tebano que veía pero no podía saber y que acabará cegándose.

Como podemos ver tras este repaso, el mito de Edipo se ha visto sometido a múltiples interpretaciones, muchas de ellas fuertemente influidas por la teoría psicoanalítica que se desarrolló en la época victoriana y que construye una alegoría sobre las relaciones, siempre conflictivas, del niño con sus padres en su más tierna infancia. Cuando se acercaba la mitad del siglo veinte, se desarrolla una línea interpretativa que busca los orígenes históricos del mito en lo ctónico y en las ideas del matriarcado y de la Magna Dea; pero a principios de los años setenta aparece otra línea que intenta explicar el mito a través del ritual del sacrificio y del concepto del chivo expiatorio. Finalmente, a partir de los años noventa, en épocas post-estructuralistas, se ha desarrollado una línea de interpretación que tiene en cuenta los ritos iniciáticos en que el personaje de Edipo se muestra como una criatura inestable que pervierte el sistema a base de contradicciones, pero que al hacer esto, de algún modo lo beneficia. Casi todos los estudios hechos sobre este mito, adolecen de dos carencias; por un lado, salvo muy pocas excepciones, no tienen en cuenta la tradición folklórica, rica en variantes, del parricida y el incestuoso inocentes, y por otro, se centran en la búsqueda de los orígenes, históricos o psicológicos del relato, dejando de lado una interpretación hecha a partir de los resultados del análisis comparativo de las versiones.

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NOTAS

(1) Tipo 931, según la clasificación Aarne-Thompson.

(2) Este era Hemón, que en otras tradiciones se presenta como el prometido de Antígona, y que muere cuando ésta es castigada con la pena de muerte por haber desobedecido la ley de Creonte que prohibía enterrar a uno de sus hermanos.

(3) La respuesta al primer enigma era “el día y la noche”, la del segundo, como se sabe, “el hombre”.

(4) En algunas representaciones, aparece Edipo ahogándola con sus manos o degollándola.

(5) Otra tradición, que refleja la poetisa Corina, afirma que Edipo también mató a la raposa de Temnenos; según una versión antropomórfica, la Esfinge era la capitana de una cuadrilla de bandoleros.

(6) Cf. Graves, R. (1990), II, pp. 9-12.

(7) Homero (2000), p. 465. La cita parece indicar que Edipo murió en batalla.

(8) Homero (1999), p. 151. Al igual que Homero, Esquilo y Eurípides, sólo dicen que los dioses se enteraron del incesto.

(9) I, 28, 7. Pausanias (1994), p. 159.

(10) Esta versión es la que presenta Higinio, y parece que tenía cierta popularidad, pues apareció en un vaso hallado en Tanagra, en él también se ve a Mérope a orillas del mar cuando recogía a Edipo.

(11) En el libro III. Apolodoro (1985), pp. 149-151.

(12) Números 66 y 67.

(13) En este poema se narraba que Yocasta descubrió que Edipo era su hijo porque éste, en un viaje para hacer un sacrificio a los dioses, le mostró el lugar donde había matado a Layo y el cinturón que le había quitado. Pero en ese momento ella no dijo nada a Edipo.

(14) Para algunas de estas interpretaciones sigo a Lessa, W. (1956).

(15) Comparetti, D. (1867).

(16) Cox, G. (1870), 1, pp. 222-223.

(17) Apud “The Origins of Folklore” en Fiske, J. (2004).

(18) Bréal nació en Baviera, pero su familia, judía de origen francés, se mudó a Francia a la muerte del padre, cuando Michel tenía cinco años.

(19) Bréal, M. (1877).

(20) Constans, L. (1880).

(21) Robe