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Indumentaria popular asturiana en el siglo XVI

MENENDEZ DE LA TORRE, Herminia / QUINTANA LOCHE, Eduardo

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 306.

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La indumentaria que se considera hoy como representativa de Asturias es la popular y festiva correspondiente al siglo XIX, ahora bien este modo de vestir es consecuencia de una evolución histórica escasamente documentada ya que los historiadores atendían más bien a los hábitos y costumbres de la corte y de las clases privilegiadas.

Siguiendo el hilo de los cambios producidos en nuestra moda popular podemos remontarnos al siglo XVI, pues las noticias, descripciones, dibujos y grabados de aquella época que afortunadamente nos legaron distintos viajeros constituyen para nosotros unas interesantísimas fuentes documentales.

Laurent Vital, Cronista Oficial del emperador Carlos I, nos dejó uno de los documentos más significativos sobre este tema de la indumentaria, al ir describiendo precisa y minuciosamente la llegada del Emperador a Asturias, y el desembarco en Villaviciosa.

El Emperador llegó a España en septiembre de 1517 para tomar posesión de la corona española como heredero, por la muerte de su abuelo Fernando. Nunca había estado en España pues residía en Flandes. No sólo la corte flamenca era muy rica, el país contaba con una burguesía muy poderosa, una de las más importantes de Europa, que comerciaba con todo el mundo, y el puerto de Amberes era por entonces un emporio cuyo movimiento daba fe de la riqueza y el bienestar de aquella tierra.

Con estas premisas, no es de extrañar lo pobre e inhóspito que les tuvo que resultar al rey y a su comitiva el país en donde desembarcarían diez días más tarde.

Las tripulaciones estaban formadas en su mayor parte por vizcaínos, que querían desembarcar en Vizcaya pero, por error, lo hicieron a un cuarto de legua de Tazones. Como el pueblo era demasiado pequeño para tanta gente, remontaron en lanchas de remos la ría de Villaviciosa. La lancha del Emperador llevaba el pendón de Castilla y gracias a eso no fueron atacados por los asturianos que, al ver tanta gente, creyeron que se trataba de un ataque pirata y no es de extrañar, pues eran cuarenta, las naves que formaban la comitiva real.

Podemos considerarnos afortunados al disponer de una crónica como la que nos legó Laurent Vital, cronista de Carlos I, sobre el aspecto de los asturianos en 1517. Encontramos en ella no sólo la descripción de la llegada, sino también las impresiones de una persona extranjera, completamente ajena a nuestras costumbres, que describe aquello que le llama la atención, lo distinto, pero también lo cotidiano; y, ¿qué es lo que más destaca? pues justamente las cosas que más pueden interesarnos, es decir: el lugar donde desembarca, cómo es de pequeño el pueblo, cómo viven sus habitantes, la pobreza que observa, si son amistosos o no, qué tipo de traje llevan hombres y mujeres, cómo van calzados, qué tocados usan, de qué manera celebran la llegada del Emperador, cómo organizan la fiesta para agasajarlo, etc., etc.

Las descripciones son muy detalladas, a veces resulta curioso que entre en detalles tales como las arrugas que tenían las mujeres en sus medias, pero gracias a esto tenemos una visión bastante aproximada de la indumentaria que llevaban los asturianos del siglo XVI.

El 18 de septiembre uno de los vigías de la nave real divisa tierra y creyendo que estaban en Vizcaya se lo comunica al rey pues éste les había prometido un premio al primero que divisara tierra española, pero el piloto de la nave deshace el error confirmando al emperador que son las costas de Asturias y no las de Vizcaya, y dice el cronista que: “se sentían desilusionados comprendiendo el desacierto en que habían incurrido llevando a tan noble y poderoso príncipe a un país como abandonado e inhabitable y adonde jamás llegó príncipe alguno” (1).

Laurent Vital, al escribir sus impresiones, dice que en estas tierras no se cultiva más de lo necesario para subsistir porque son hidalgos, (y como tales no podían ni debían trabajar el campo) pero a pesar de esta nobleza, son muy pobres y la mayoría van descalzos.

Los hombres dice que eran “con los extranjeros bastante rudos y poco corteses”. Las mujeres: “más corteses y tratables aunque fuesen en general poco o nada agradables” (2).

Pero lo que le llama poderosamente la atención es la manera de vestir de las mujeres y nos lo cuenta así: “Los hombres, las mujeres casadas y las muchachas jóvenes van ordinariamente sin calzas, no se si es la costumbre o porque el paño les resulta demasiado caro…

…Las mujeres de esas comarcas van sobriamente vestidas de paño delgado, y las más de las veces sus trajes no son más que de tela y su atavío y adorno de cabeza son extraños, y tan altos y largos que en el tiempo pasado solían ir las damas y damiselas con sus altos tamboriles, y no son tales; pero sus adornos están hechos como respaldos y cubiertos por debajo de tela, bastante a la moda pagana. Sus adornos son penosos y muy pesados de llevar por la gran cantidad de tela que emplean, que les cuesta tanto como el exceso de sus vestidos. En mi opinión, no sabría comparar mejor esos adornos que como a esas aldeanas que se han cargado sobre sus cabezas ocho o diez pértigas con bandas de tela cubiertas con un trapo, o como si una mujer se hubiese plantado sobre su cabeza, una gran cesta de cerezas: tan altos y anchos por encima son esos adornos. Van allí las mujeres, como los hombres, la mayor parte del tiempo sin calzas: y si las llevan, son anchas y rojas, llenas de pliegues, a causa de que no llevan ligas. He visto algunas que llevaban altas botas, como hasta media pierna, y creo que a la mayor parte de esas mujeres no les hace falta peine ni cordeles para atar sus cabellos, porque debajo de esos adornos está todo lleno de negras y grises horquillas; también las mujeres y las jóvenes son poco o nada hermosas; parecidamente las muchachas casaderas van allí pobremente vestidas, la mayor parte con telas o un delgado jubón sin mangas y con el pelo corto, y la mayor parte de ellas tienen las orejas agujereadas; pero en los días de fiesta, cuando van a divertirse, llevan a un tiempo cruces pequeñas de plata pendientes y otras chucherías a gusto suyo; llevan alrededor del cuello, a manera de argolla, paternostes de azabache, a veces de ámbar o coral; también llevan cordones llenos de nudos para dar lustre a sus pechos morenos, de cuyos collares cuelgan y sujetan gran cantidad de chucherías y otras menudencias; los días de trabajo van con los pies descalzos y arregladas más sobriamente, por lo cual no se muestran tan guapas como si se arreglasen mejor” (3).

Prosigue después el rey viaje desde Colunga a Ribadesella y nos cuenta Vital: “y fue allí donde por primera vez vi a las mujeres, ataviadas con los adornos de tan extraña manera; porque parecía que se hubiesen plantado sobre sus cabezas fárragos de cosas o golillas, o, hablando más clara y honestamente, esas cosas con las que los hombres hacen los niños y es el más endiablado adorno de mujeres que jamás se haya visto; porque así como las locas se encasquetan el gorro hasta las orejas y por encima de la forma y pelo ponen una cabeza de un gallo, que les llegue hasta debajo de la frente, así las mujeres casadas de esta provincia llevan un adorno de tela blanca o crepé hecho a manera de golilla, con un palo de grosor de medio palmo de vuelta, tan rizado y cosido sobre su cabeza, que el extremo de esa linda golilla íbales a descansar cerca de la parte superior de la frente. Pero las más gentiles y guapas llevaban el palo tan firme, rígido y estirado, que habían de cuidar mucho el tener la cabeza erguida, y era el extremo de otro color de tela que el palo; de tal modo, que, cuando los palos de sus golillas eran de tela blanca, ponían el extremo de tela amarilla, y «ex inverso » el palo amarillo y la cabeza blanca; y no hay manera, siendo la primera vez, cuando no se está acostumbrado, de que esos adornos no hagan recordar la dicha gentil golilla” (4).

“Las mujeres solteras, en cambio, llevaban el pelo corto, mientras que las viudas llevaban las tocas desmochadas, es decir sin aquellos altos adornos” (5).

En cuanto a los hombres cuenta cómo llegó una compañía que después de desfilar y hacer escaramuzas para distraer al rey: “se pusieron sobre los riñones dos largos jubones con altos gorros, sin calzas, con la espada al costado, los cuales sin agarrarse por las manos, bailaban lo mejor que podían, y cantaban tanto y cuanto; luego agitaban los dedos, y golpeando sus zapatos el uno contra el otro, hacían ruido a su manera” (6).

Parece que las mujeres llevaban con disgusto aquellos tocados debido a su gran coste, por la gran cantidad de tela que se necesitaba, y a la incomodidad de su uso, sobre todo en tiempos calurosos. Hasta tal punto que pidieron a Laurent Vital su mediación para solicitar del rey el cambio por otro tipo de adornos: “Hablando de esa materia, el rey y los señores se echaron a reír, diciendo que los adornos resultaba alegres y nuevas maneras, y que cuando los viesen en Brabante, Flandes o en sus alrededores se reirían mucho” (7). Ante su insistencia, parece que les recomendó paciencia hasta que lo pusiera en conocimiento de sus consejeros de Castilla.

Sabemos que no sólo sufrían las asturianas aquellos incómodos atavíos sobre sus cabezas, pues también en Cantabria, País Vasco y Francia llamaron la atención de los escasos viajeros de otros países, que en la misma época los visitaron, y tendrán que transcurrir más de 150 años para que las mujeres se vieran libres de tan engorrosos tocados, pues todavía en el siglo siguiente, el año 1661 hay un “expediente promovido a instancia de Pedro Gurrea y Melchor Díaz de Posada vecinos del valle de Celorio, solicitando que se reformaran los tocados de las mujeres de aquel valle por su gran coste y perjuicios que se seguían a sus haciendas, por ser cortas sus facultades para hacer estos gastos y porque era motivo de envidia para las demás; que dichas tocas se habrán de reformar como las que se usaban en la villa de Llanes, por cuanto las mujeres casadas de Celorio las traían largas de veintiuno a veintidós varas de lienzo fino sin tejeduría de seda y que cada una tenía por lo menos tres”. De todo esto quedó el siguiente dicho que llegó hasta nosotros: “Las mujeres de Posada, como gastan tanta ropa, parecen abregantines navegando viento en popa” (8).

Y veinte años más tarde visita el obispo la parroquia de Santa María de Viabaño en el concejo de Parres el 19 de octubre de 1685 y dice: “Otrosí manda su merced, que por cuanto está informado, las mujeres llevan monteras a la iglesia y mientras los oficios divinos las tienen en la cabeza, se las quiten; entrando pena de 10 reales por la primera vez aplicados para las luminarias del Santísimo, y por la segunda vez el cura les evite y de aviso al tribunal” (9).

Parece claro que a lo largo de este siglo ¡por fin! las asturianas habían conseguido librarse de aquellos famosos tocados que tanto impresionaron a Vital y usaban tan sólo la toca barbillera y una sencilla montera.

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NOTAS

(1) Juan Uría Riu, p. 206.

(2) Juan Uría Riu, p. 238.

(3) José Antonio Mases, pp. 68 y 69.

(4) José Antonio Mases, p 71.

(5) Juan Uría Riu, p. 245.

(6) José Antonio Mases, p. 73.

(7) José Antonio Mases, p 71.

(8) Matías Sangrador y Vítores, p. 308.

(9) Herminia Menéndez y Eduardo Quintana, p. 19.

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BIBLIOGRAFÍA

BERNÍS, Carmen: Indumentaria española en tiempos de Carlos V, Instituto Diego Velázquez del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1962.

Habits de femmes de diverses countrés (Bibliothéque Nationale de Paris), probably early 16th c

MENÉNDEZ DE LA TORRE, Herminia y QUINTANA LOCHÉ, Eduardo: La Indumentaria Popular en la Ribera del Sella. Siglos XVIII y XIX, Edit. Federación Española de Agrupaciones de Folklore, Murcia, 2002.

MASES, José Antonio: Asturias vista por viajeros románticos extranjeros y otros visitantes y cronistas famosos. Siglos XV al XX, Volumen primero…, Ediciones Trea SL., Gijón, 2001.

SANGRADOR Y VÍTORES, Matías: Historia de la administración de justicia y del antiguo gobierno del Principado, Ed. Silverio Cañada, 1988.

URÍA RIU, Juan: Estudios de Historia de Asturias, Edit. Silverio Cañada, Gijón, 1989.