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EL RETRATO ERÓTICO FEMENINO EN EL CANCIONERO EXTREMEÑO: 1. “SON TUS MUSLOS DOS COLUMNAS”

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 307.

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Numerosas son las canciones, generalmente de ronda, que tienen como finalidad ensalzar más el físico de la mujer que sus cualidades. De entre estas canciones, por lo que respecta a Extremadura, destacan los mayos. Tres de ellos fueron recogidos por Bonifacio Gil en Fuenlabrada de los Montes, Campanario y Villanueva de la Serena. Estos mayos extremeños, cuya titulación general responde a “El dibujo” o “El retrato”, no difieren en cuanto a su estructura de los que se interpretan en otros puntos de la geografía hispana, y su finalidad es la de describir, mediante un alarde de símiles, cada una de las partes del cuerpo femenino. Detengámonos en el que en la noche del 31 de abril los mozos de Campanario dedicaban a sus novias:

Ayudarme, compañeros,
a dibujar esta rosa,
que yo solito no puedo
dibujarla tan hermosa.
¿Por dónde principiaré
a dibujar tu belleza?
Principio por lo más alto,
qu’es tu graciosa cabeza:
tu pelo es madeja de oro
que de que vas a peinarlo
en la silla en que te sientas
forma cortina de ramo.
Tu frent’es cándida y linda,
hecha con tan lindos trazos,
que se parece al botón,
que arroja la flor al campo.
Tus cejas en arqueada
con más vueltas y rodeo
que tien’el Guadalquivir
con todos sus arrodeos.
Manojillos de alfileres
me parecen tus pestañas,
que, cada vez que las miro,
me las clavas en el alma.
Son tus pestañas araña
de trigo rubio y hermoso;
tus cejas, en arqueada;
dos luceros son tus ojos,
que alumbran por la mañana.
Tu nariz fina y delgada
nada puedo distinguir,
si es de perla o de diamante
o de alabastr’o marfil.
Tus labios son dos corales;
tus dientes, menudas perlas,
en diferentes cristales
sale mi amor a cogerlas.
Tienes un hoyo en tu barba,
sepultura de los dos,
que nos estamos muriendo
en la más ciega pasión.
Esos hermosos zarcillos
que cuelgan de tus orejas,
y te dan en los carrillos,
adornan más tu belleza.
Son tus mejillas dos rosas
del rosal de Alejandría,
que siempre van a porfía,
a ver la qu’es más hermosa.
Tu garganta cristalina,
tan cristalina y tan clara,
que, de que vas a beber,
te se va clareando el agua.
Es tu pecho un bello cofre
con una llave dorada:
a un mozo de la cuadrilla
se la tienes entregada.
Son tus brazos remos fuertes,
que los tiras a la mar…
¡quien fuera marinerito
para en ellos navegar!
Son tus manos palmas reales,
y tus dedos, azucenas,
de un aroma delicioso
que yo m’embriago en ella.
Tu cintura pequeñita
anoche te la medí:
con vara y media de cinta
catorce vueltas le di.
Son tus muslos dos columnas,
qu’están sosteniendo perlas,
rosas, claveles y lirios,
jazmines y violetas.
Tienes un pie tan chiquito,
que de que vas por l’arena,
el polvillo que levanta
va oliendo a hierbabuena.
De los pies a la cintura
no te puedo dibujar;
lo que mis ojos no han visto,
no me puedo asegurar (1).

En los anteriores versos vemos que los detalles escriptivos se detienen al llegar a determinada
parte del cuerpo, que se silencia, justificándolo en el desconocimiento del mismo. En otras ocasiones las faltas de concreciones directas vienen condicionadas por el sentido del pudor. Tal es el caso de los postreros versos del mayo de Villanueva de la Serena:

Lo demás de tu cuerpo
yo no lo digo,
porque me da vergüenza
a mí decirlo (2).

También, por lo que respecta a estas sugerentes composiciones, resulta frecuente el echar mano de los respectivos elementos metafóricos que, sin una denominación clara de la zona recreada, tampoco significan una ruptura con la formulación que se viene expresando a lo largo de los poemas. Así lo vemos en “El dibujo” de la última población citada:

Tus muslos son dos columnas
qu’están manteniendo perlas,
flores, lirios y azucenas,
jazmines y violetas (3).

Las plantas, tanto en los mayos como en las múltiples expresiones del cancionero popular extremeño, constituyen uno de los más fáciles recursos de sustitución de los vocablos alusivos a la zona genital femenina. Así nos topamos con la azucena como un claro referente que aparece en los “Divinos Mandamientos”, clásica alborada de boda de Casatejada, en la que se hace al novio receptor de la liliácea:

En el sexto te daré
la flor de las azucenas,
para que vivas muy casto
y no manches la pureza (4).

Es el mismo sentido, aunque salvando las distancias, que evidencian los ripios del cuplé que hace décadas entonara la Fornarina;

Soy jardinera y tengo un huerto,
tengo azucenas y rico jazmín
y quiero que seas mi jardinero
para que riegues mi perejil (5).

Pero también la azucena en la lírica popular de Extremadura, amén de las cuestiones eróticas expuestas que van a mantenerse, se convierte en la expresión plástica de la mujer soltera. En los versos que siguen, recogidos en Cabezuela del Valle, la novia se representa como un “ramo de azucenas” que conducen los padrinos y que entregan al novio, poseedor de la llave (6) para deshacerlo, en clara alusión a la próxima pérdida de la virginidad:

Esta casa es un palacio,
las puertas son de madera,
la novia que va a casarse
es un ramo de azucenas.
La madrina es una rosa,
el padrino es un clavel, l
a novia la llevan presa,
la llave la lleva él (7).

Igualmente los muslos, supuestas columnas del mayo de Villanueva de la Serena, sostienen el lirio. Su inclusión de ninguna de las maneras se presenta de forma casual si nos atenemos al significado que se deduce de la lectura de determinadas composiciones, cual es el romance de Gerineldo, tan popular en las provincias de Cáceres y Badajoz. El joven ha sido sorprendido por el rey en el lecho junto a la infanta, colocando entre ellos la espada como testigo. Cuando, posteriormente, el monarca interroga a su prohijado, obtiene de él una respuesta tan clara como certera:

–¿De ónde vienes, Gerineldo,
tan blando y descolorido?
–Vengo del jardín frondoso
de coger flores y lirios (8).

Esta incuestionable insinuación vulvar nos la encontramos nuevamente, por citar otro ejemplo, en un canto de Fuenlabrada de los Montes, donde el simbolismo de la unión coital se pone de manifiesto mediante la presencia de la perla (atributo de la virilidad) que cae sobre el lirio, receptáculo femenino que es fecundado:

Cayó una perla en un lirio,
la cubrió un rayo de luz;
bajó un ángel del cielo,
y al punto naciste tú
para darme a mi tormento (9).

Al igual que iremos viendo con otros muchos vocablos, el lirio se presta a una ambivalencia o doble interpretación, siempre dentro de la temática sexual. Si expuesto ha quedado como referente del genital femenino, de ninguna de las maneras podemos obviar su identificación fálica, posiblemente más arraigada. Su olor y su forma externa, además del poder afrodisíaco que le atribuye la cultura popular, hacen que se le incluya en el ámbito de todo lo que significa el erotismo masculino (10). En este sentido cabe apuntar la oposición lirio-rosa, que vemos reflejada en el cancionero, donde ésta se constituye en el emblema de la belleza y de la fragilidad. El lirio y la rosa, por consiguiente, se presentan como componentes opuestos que se unen en el goce del amor, según apreciamos en esta cancioncilla recogida en Jarandilla de la Vera:

Tú eres la rosa
yo soy el lirio:
¡Quién fuera cordón verde
de tu justillo
para entrar en tu cuerpo
y dormir contigo!

A Aldeacentenera pertenece otra composición en la que nos topamos a la rosa y al lirio dentro de las misma contextualización. Aunque en este caso los vocablos agua y cántaro, merced a su vinculación con la rosa, predisponen a ésta, símil de la mujer o, si se prefiere, de su parte genital, como receptora de los deseos del lirio a la pérdida de la virginidad:

La rosa iba a por el agua,
y le dijo el lirio:
Rosa, rompe ese cántaro,
y vente conmigo.

En el folklore extremeño la rosa (o el capullo) suele convertirse en el prototipo de la belleza femenina y con esta intencionalidad aparece en los epitalamios que los invitados a la boda dedican a la madrina o a la novia:

La madrina es un capullito,
el padrino es un clavel;
la novia es un espejo
y el novio se mira en él (11).

Cuando subiste las gradas
con aquel gran caballero
parecías una rosa
cortada en el mes de enero (12).

Cuando subiste las gradas
con ese vestido blanco
parecías una rosa
cortada en el mes de mayo (13).

El padrino es un clavel,
la madrina es una rosa,
el novio cadena d’oro
que a la novia lleva presa (14).

Junto a la generalización corporal, en el folklore extremeño también encontramos melodías en las que la rosa y el capullo se nos ofrecen como determinantes sexuales. Si la rosa conceptúa al genital de la mujer ya desflorada, el capullo es una clara alusión al que se considera himen intacto. Al último aspecto se refiere esta canción de quintos del Valle del Jerte:

Madre me voy al servicio,
pero no me quiero ir,
porque dejo en Valdastillas
un capullo sin abrir (15).

En el mismo sentido, teniendo como base los anteriores versos, se manifiesta esta otra composición, propia de las rondas, perteneciente a la misma comarca cacereña:

Capullito, capullito,
ya te vas volviendo rosa,
ya se va acercando el tiempo
de decirte alguna cosa (16).

A tenor de lo apuntado, la rosa no podía faltar entre los elementos, metafóricamente enunciados, que sostienen las columnas que constituyen los muslos de la doncella. De este modo lo observamos en una tonada de Torrejoncillo:

Son tus muslos dos columnas
que sobre ellos sostienen
las rosas y los jazmines,
y un pradito con su fuente (17).

Más explícita y directa es esta otra canción de Villa del Campo:

El cura me pidió una rosa
y al cura le respondí:
Si usted quiere una rosa,
cójala de mi jardín.

Desde esta perspectiva el tema infantil de la popular “Adelancha”, no parece tan infantil, puesto que escapa a la manifestación supuestamente inocente y nos regala unas pautas de claro contenido erótico, como se observa en los versos que entresacamos:

–Jardinera, tú que riegas
en el jardín del amor,
de las flores que regaste
dime cuál es la mejor.
–La mejor es una rosa
que verde tiene la hoja (18).

Ya hemos insinuado que el hecho de “abrirse el capullo” conlleva el significado de la desvirgación. Por lo mismo cabe decirse que la acción de “cortar una rosa” es un símil de la penetración vaginal, como se adivina en una desenfadada coplilla carnavalera propia de El Torno:

A pasar el río voy,
si me mojo, que me moje,
voy a cortar una rosa
antes que otro las deshoje (19).

“Deshojar” como sinónimo de desflorar volvemos a encontrarlo dentro de un doble sentido muy propio de este tipo de manifestaciones rondeñas:

En Mayo me dio un desmayo,
en Mayo me desmayé.
En mayo cogí una rosa
y en Mayo la deshojé (20).

El anterior significado que advertimos para la rosa se patentiza con mayor expresividad cuando el genital femenino se oculta bajo la sinonimia de “flor”. Y aunque no falten alusiones a la flor como algo descriptivo de la mujer en su conjunto (21), también, incluso en estos casos, se participan unas claras connotaciones eróticas, cual hallamos en el siguiente canto de boda de Pozuelo de Zarzón:

Una flor te regalamos,
hermosísimo clavel,
no la deshojes tan pronto,
déjala que esté en su ser (22).

Idénticas son las pautas que se marcan en los cantos de despedida nupcial de Guijo de Galisteo y de otros pueblos de la cuenca del Alagón, especialmente dentro de las rondas que se hacen en honor del novio:

Hoy sus padres te regalan
una hermosísima flor,
y a la noche la deshojas
con dulzura y con primor.

Es la misma intencionalidad que se vierte en el estribillo epitalámico que se entona en la localidad jerteña de Tornavacas:

Que te vuelvo a cantar,
que te vuelvo a decir
que el novio se lleva
la flor del jardín (23).

Sin embargo, es el ingrediente sexual el que se manifiesta más profusamente en el cancionero popular. Nos parece muy esclarecedor, en este sentido, el romance recogido en Ahigal, en el que un caballero pretende “cortar la flor” de una joven virgen:

En las vegas de Alagón
a una niña vi,
que con sólo quince años
se regaba su jardín.
Vivía ella sola
sin padre ni madre,
con dos hermanitas
y no tenía a nadie.
Pasó un caballero,
le pidió la flor,
y entonces la niña
le dijo que no.
Y fue el caballero
sin vil compasión
le robó las hermanas
y se las llevó.
Al día siguiente
la niña salió
buscando al caballero
para darle la flor.
Tome, caballero,
la flor que me pide,
pero a mis hermanas
déjelas libre.
Yo no quiero la flor
que ahora me das,
porque esa flor
te la voy a cortar.
La metió en un cuarto,
le cortó la flor,
y a la pobre niña
allí la mató (24)


Idéntico significado nos ofrecen unos pocos versos de otra canción infantil de corro, en esta ocasión recogida en la vecina localidad de Aldeanueva del Camino:

Las flores de mi jardín
no son para un caballero,
que las tengo guardaditas
para el mozo que yo quiero.

Además de las composiciones citadas anteriormente y que encierran un indudable lirismo, lo cierto es que “la flor” como vocablo sustituto del genital femenino se constata con mayor precisión en las canciones de ronda, generalmente de quintos, que proliferan a lo ancho y largo de Extremadura. Lo burdo de bastantes de ellas, hacen que hasta ahora sólo sean objeto de una transmisión oral. Algunos pocos ejemplos ilustran suficientemente:

Cuando me case contigo
y goce de tus amores,
podré decirte que cogí
la mejor de toas las flores (25).

Todas las quinceañeras
llevan una linda flor,
que cuando un hombre la riega
se convierte en coliflor (26).

La novia lleva una flor
por debajo del refajo,
que el novio la va a cortar
con la punta del carajo (27).

Una forma eufemística para referirse a la pérdida de la virginidad femenina nos viene indicada mediante el símil del pájaro que pica la flor. Lógicamente el pájaro se evidencia como sinónimo del miembro viril (28). En la canción de arada recogida por el citado musicólogo Bonifacio Gil, el gañán niega su culpabilidad en la seducción y consiguiente embarazo de la moza que ahora llora sus cuitas:

Cierto que contigo hablé
y un momento estuve a solas,
y otro pájaro a deshoras
de tu flor había picado;
¿por qué he de ser yo el culpable
de las lágrimas que lloras? (29).

Aunque la temática no sea demasiado infantil, esta canción de niños de Villanueva de la Serena redunda en el mismo sentido al presentarnos a la incauta pastorcita que es abandonada por el “pájaro” que logra catar la miel de “su flor” hasta ese momento inmaculada:

Estando una pastorcita,
sencilla de corazón,
con sus tiernas ovejitas,
recordándole su amor,
vio venir a un pajarito,
y hacia ella se acercó.
Y ella dijo: –¡Qué bonito!
¿Cómo le cogiera yo?
El pajarito era verde
y oscurecido el color.
¡Ay de mí!, si le cogiera,
sería mi diversión.
El pícaro pajarito,
en cuanto picó la flor,
hacia el prado se retira
y burlada la dejó.
Y la pobre pastorcita
a la choza se marchó,
porque ya le hacían daño
los fuertes rayos del sol.
La que de pequeña empieza
a dar prueba de su amor,
suele quedarse burlada,
sin pájaro y sin flor (30).

Desde los anteriores planteamientos se nos antoja comprensible la interrogación que se le plantea al “pajarito” en esta canción carnavalera de Peñalsordo:

Pajarito, tú que entraste
en el jardín del amor,
de las flores que picaste
dime cuál es la mejor (31).

Nos referimos más arriba a la palabra clavel como cualificadora del padrino de la boda, e incluso de propio novio. En este sentido hay que apuntar que el folklore, al igual que hace con “capullo”, no tiene reparos en cotejar al “clavel” como un objeto inequívocamente fálico, algo que se hace patente en esta canción de Calzadilla de Coria:

La novia tiene un pocito,
el novio tiene un clavel;
para que no se marchite
al agua lo va a meter.

Si tenemos en cuenta la asimilación del clavel al falo, al igual que el pino, y el hecho de que la ventana y la puerta, como en su momento vamos a referir, aludan al genital femenino, parece claro que los versos del siguiente canto recogido en La Garganta constituyen la expresión plástica de la unión coital. No obviamos aquí la presencia del verbo plantar, con la carga sexual que conlleva, ni las referencias a la abeja (miembro viril) y a la boquita (32) (vagina):

A tu puerta planté un pino,
a tu ventana un clavel;
en tu boquita una abeja
fabricó un panal de miel (33).

A esta última conceptualización nos aproximan los versos de una cantinela o dictado tópico recogido en Santibáñez el Alto y, al parecer, muy extendido por los pueblos de la Sierra de Gata:

Las mozas de Villasbuenas,
donde otras tienen el coño,
ellas tienen la colmena.

Sin embargo, la inseparable doble acepción del término clavel vuelve a tomar carta de naturaleza en esta ocasión, hasta el punto de convertirse en un vocablo sustituto de parte del cuerpo femenino que la decencia hace que pase por innominada. Y éste es el aspecto que apreciamos en rimas y dictados que proliferan de manera especial por el norte de la provincia de Cáceres, y de los que ofrecemos una escueta muestra:

La muchacha más bonita
de Torre de Don Miguel
en el culo lleva el tiesto
y por delante el clavel (34).

Una moza me pidió
regarle la clavelera.
Yo como un buen mandao
le vacié la regaera (35).

No hay olor que más me guste
que el de la flor del jazmín,
ni clavel que más me guste
que el que esconde tu mandil (36).

En el mismo contexto cabría incluir las estrofas que siguen, ya que la citada planta parece mostrarse una vez más como un claro eufemismo:

Arriba en Piornal,
tengo yo una flor q
ue cuando la tocan,
se baja el olor,
se sube otra vez, y
arriba en Piornal
tengo yo un clavel (37).

Y no otra interpretación queremos darle, aunque ello fuera posible, a la cantinela de Cabeza del Buey, donde la conjunción ventana y clavel se nos muestra bajo el paradigma de lo femenino:

El tiesto de claveles
de tu ventana
hacia Almendralejo
tira las ramas (38).

En ocasiones el cancionero insiste en una redundancia. Así ocurre cuando al clavel, símbolo genésico femenino, se une el huerto, donde éste crece, símil igualmente de su zona erógena:

Tiene mi morena un güerto
todo sembrao de claveles,
donde me paso las horas
sólo hablando de quereres (39).

Llegados a este punto hemos de significar que en las canciones tradicionales de Extremadura las alusiones al huerto y al jardín se muestran de una manera indiferenciada. Incluso ambos vocablos llegan a intercambiarse a tenor de las distintas versiones de la composición. Aunque es cierto que en el jardín, a diferencia de huerto, se cultivan más las plantas relacionadas con el ornato, no es menos real que el uno y el otro son objeto de idéntico tipo de labores, y que lo mismo el huerto que el jardín, tanto en sí como a través de las plantas que en ellos crecen, se convierten en perífrasis del genital femenino. Estamos ante la conocida asimilación de la mujer con la tierra apta para el cultivo, una tierra que es hollada por el arado (miembro viril) que abre el surco o la besana en el “jardín de una niña”, a la que se le arrebata la virginidad. Así lo expresan los versos recogidos en las poblaciones jerteñas de Valdastillas y Piornal:

Aunque soy labrador nuevo
a ninguno tengo envidia;
he de poner la besana
en el jardín de una niña (40).

Aunque soy labrador nuevo
a ninguno tengo envidia,
de echar un surco derecho
en el jardín de una niña (41).

Al igual que el arar la barbechera, también el hecho de que el labrador proceda al riego del campo, ahora el jardín, se constituye como una elocuente metáfora de la cópula en las letras de las canciones extremeñas. De este modo se presenta en la recogida en La Garganta, donde el mozo se queja de no ser él el único regador de su dama:

Yo creí que era yo solo
el que tu jardín regaba,
y ahora veo que son muchos
de tu pozo a sacar agua (42).

La misma intencionalidad hallamos en el cancionero de Torrejoncillo, concretamente en aquellas estrofas que, como parodias epitalámicas, los mozos entonaban a las puertas de los novios la víspera de la boda:

Ábrete la puerta, novia,
la puerta de tu jardín,
pa que lo riegue tu novio
como bien te gusta a ti.

¡Qué contenta va la novia,
que contigo va a dormir!;
para que duerma fresquita,
riégale bien el jardín.

Nada de extraño tiene que este tipo de argumentaciones de divertida y doble intencionalidad pase a formar parte de las modas musicales de determinados momentos, como se pone de manifiesto en la letra de un popular cuplé, “La regadera”, que cantara Julia Fons:

Tengo un jardín en mi casa
que es la mar de rebonito;
pero no hay quien me lo riegue
y lo tengo muy sequito…
No se asuste si lo invito
a que venga a trabajar,
porque como es tan chiquito
tiene poco que regar (43).

La totalidad del jardín se sustituye en ocasiones por una de las plantas que se cultivan en él: la albahaca. Es cierto que en las canciones de boda esta labiada acaba por transformarse en un símil de la novia, como bien nos recuerdan estos versos recogidos en Ahigal:

No venimos por el oro
ni venimos por la plata,
que venimos por la novia,
que es ramito de albahaca.

Y en el mismo contexto debemos inscribir estos otros de Galisteo:

A coger los manteles
y los cubiertos de plata
que venimos a ver la novia
que es un ramo de albahaca (44).

Pero no es menos indiscutible que existen ocasiones en las que también la albahaca pierde el significado totalizador y pasa simplemente a convertirse en sustituto genital, aunque siempre en relación con el agua, que le confiere una cualidad fertilizadora. Las rondas de boda son el momento elegido para poner de manifiesto tales conceptos. Así sucede en Guijo de Galisteo:

¡Qué contenta va la novia,
porque mañana se casa!
¡Y que contento va el novio,
que le va a regar la albahaca!

Una curiosa copla de ronda, que hace pocos años cantaban los quintos de Portaje, y que pude escuchar en una de las romerías a la patrona, la Virgen del Casar, incidía sobre el particular en relación con las mujeres de la propia localidad:

En el pueblo de Portaje
hay un arroyo de plata
a donde acuden las mozas
a lavarse la albahaca.

Son numerosas las referencias al huerto como analogía sexual o, si se prefiere, como conexo de la parte íntima femenina. Y muchas veces hasta se potencia tal comparación adicionándoles términos, casi siempre inherentes a la esencia del huerto, que por sí solos enuncian el órgano sexual. Así ocurre con la presencia de “noria” y “perejil” en esta cantinela popularizada por las Tierras de Granadilla:

A la mujer la comparo
lo mismito que una huerta,
que en medio tiene la noria
y el perejil a la puerta.

Y, lógicamente, las alusiones al huerto no faltan en determinadas adivinanzas extremeñas que deducen un marcado sentido sexual, como se observan en los dos ejemplos que siguen:

Se mete en un huerto
negro y redondo,
y en lo caliente
baila como un cachondo (45).

Entré en el huerto
y vi a mi abuela
con el chocho abierto (46).

Mediante algunos de los versos precedentes hemos constatado la significación del huerto como sinónimo del genital femenino y del huerto regado o cultivado como un símil de las relaciones del hombre y de la mujer, algo que abunda en la música tradicional. Sin embargo no siempre el riego se convierte en sinónimo del logro sexual, sino de la simple zalamería, cual nos topamos en esta canción:

Saturnino y Adelaida,
los dos primos se casaron,
pero no se han entendido
y ahora se han separado.
Así que, mozos y mozas,
los que pretendáis casaros
debéis de probar el guiso
por si está soso o salado.
No sea que te suceda
lo que al pobre Saturnino:
tres años regando el huerto,
no ha probado el cebollino (47).

Para los quintos de Mohedas de Granadilla y otros pueblos del norte cacereño es la novia la que testifica la falta de riego de su “huerta” por la ausencia del que hasta ahora sacaba el agua con el cigüeñal o zaque, clara representación del miembro viril:

Dende que se fue el mi Juan,
no m’han regao la huerta,
porque el zaque está parao
y no tiene caldereta.

Esta misma carencia de irrigación, con todo lo que ello supone para la fertilidad en el doble sentido que venimos exponiendo, se manifiesta en otra cantata de Malpartida de Cáceres:

Desde que te fuiste, Pepe,
la huerta no se ha regao,
la hierbabuena no nace
y los nabos se han secao (48).

Desde las anteriores perspectivas nos resultan harto comprensibles los versos de una coplilla rondeña del septentrión cacereño, en la que se constata un curioso juego de simbolismos:

Yo se lo pedí a mi novia
y venía de regar;
ella me dijo: Tunante,
fresco lo quieres pillar (49).

El riego, evidentemente, no siempre se efectúa sobre el huerto en su conjunto, sino que va dirigido a una parte del mismo, sin que por ello pierda su vinculación sexual. Es el caso del romero en estos versos de Ahigal:

Que vengo, que vengo
de regar el romero de mi dama.
Que se le van,
que se le van secando las ramas (50).

Y lo mismo que con el romero ocurre con el perejil, al que se hace mención en algunas coplillas ya citadas, así como en un romancillo de Montehermoso, en el que irónicamente la madre da los oportunos consejos a la hija ennoviada:

Hasta el día que te cases
que naide pueda dicil
que ningún mozo del pueblo
t’ha regao el perejil.

Tomando esta planta en su significado genésico nos topamos con la romancesca “Canción de Ricarda y su amante don Mariano”, otrora repartida como pliego de cordel y muy conocida en toda Extremadura. En sus versos de ínfima calidad literaria se recogen los ya enunciados argumentos folklóricos, que sin duda debieron incidir en su popularización:

–Tengo en mi huerto, Mariano
se me olvidaba decir,
todo el cerco de la fuente
sembrado de perejil.
Si te gusta el perejil, Mariano,
riégale, que él también crecerá,
que es muy buena la frescura;
verás que hermoso estará.
A Mariano le agradó
que Ricarda le acordara
el riego del perejil,
aunque olvidado no estaba (51).

En ocasiones el perejil, aunque no parezca necesario recordarlo, se muestra en el cancionero como un evidente sustituto del vello púbico. De tal modo se constata, a son de ejemplo, en esta cantinela de Madroñera:

Las muchachas de Trujillo
y lo mismo de la Aldea
no se dejan de regar
el perejil cuando mean (52).

El cultivo del campo, sobre el que antes hemos incidido, lo vamos a encontrar nuevamente en un desenfadado romance de Campanario, en los que toman protagonismo la casada, que arrienda su “güerto”, y el cebollinero, que planta en él su “ceboyino”:

Yegó an cá una casada,
casada de poco tiempo:
–Casada, dame posada,
por Dios o por el dinero.
–No está mi marido en casa,
yo dar posada no puedo.
Que quiso o que no quiso,
ayí entró el cebollero.
Dispusieron de cenar
doh perdices y un conejo.
Acabaron de cenar,
trataron de otroh misterio…
De plantar un ceboyino
en lo más hondo del güerto.
A eso de loh nueve meses
dio fruto el ceboyinero.
Le yevan a bautizar,
Juan Ceboyo le pusieron (53).

Sabido es que la tierra inculta se considera un símil de la mujer no penetrada sexualmente. Se trata de un campo que se mantiene en barbecho, al que rompen la azada o el arado, dejando patente el simbolismo que ya enunciamos. Sobre el particular recalca una coplilla de Puebla del Maestre:

Mi suegra siempre se queja
que no trabajo la tierra,
que le pregunte a su hija
si hago buena cavaera.

Y otro tanto sucede con la tonada, de claro componente sexual, que los rondadores interpretan en Navalmoral de la Mata en llegando las fiestas de carnaval:

Anda diciendo tu madre
que yo de ti me aprovecho,
y es que no sabe que estoy
rebinándote el barbecho.

Conocido es que muchos de los frutos del huerto participan del simbolismo que venimos señalando a los largo de estas páginas. Ahí tenemos la manzana, cuyo significado sexual se hace patente en múltiples manifestaciones folklóricas extremeñas, y desde este punto de vista interpretemos como un ofrecimiento al goce coital las palabras que la moza dirige al pastorcillo en una canción de la que hemos recogido varias versiones:

–Pastor, si vienes a verme
el domingo a la mañana,
para que tú te diviertas
te he de dar una manzana (54).

Si la manzana la consideramos como un vocablo que viene a sustituir a la vulva o a la vagina, no con otra intencionalidad se incluyen en las canciones las alusiones a la breva. Lógicamente el hecho de ingerirla equivale al acto de la coyunda, como se deduce de la siguiente canción muy popular en toda Extremadura:

Yo tuve en tiempos una novia,
la comparé con la breva;
yo la estuve madurando
p’a que otro se la comiera (55).

La aceptación sinonímica de la breva y el genital femenino ha fomentado el que este vocablo prolifere en toda clase de canciones de escasos recursos musicales y literarios. Baste con apuntar que los versos que siguen, que inserto a modo de ejemplo de los muchos que podrían traerse a colación, pueden escucharse en cualquier reunión juvenil separados por el estribillo del “Carrascal”:

La higuera y la mujer
en poco se diferencian,
una da breva en verano,
la mujer siempre la lleva.

Mi novia se entretenía
en debajo de una higuera
esperando que le diera
con el higo pa la breva.

Una vieja se miraba,
se miraba pa las patas,
y con pena se decía:
¡ya tengo la breva lacia!

Por su parte, el higo participa igualmente de una doble calificación sexual, si bien su vinculación con el miembro viril se halla muy minimizada, ya que las canciones al respecto, como la que inserto recogida en Moraleja, brillan por su ausencia:

Entre hombres y mujeres
hay una diferencia;
donde éstos tienen el higo,
ellas tienen la breva.

En consecuencia, este fruto tardío de la higuera se configura de una manera muy especial como sinónimo del genital femenino. Así lo ponen de manifiesto estas coplas de referencia:

Cuando te tiré la breva
te apunté bien al ombligo,
como tuve poco tino,
la breva te dio en el higo (56).

Debajito de una higuera
la novia le dijo al novio:
Echale el diente a este higo,
que ahora lo tengo mieloso (57).

Dame la mano, morena,
para subir a tu nido,
porque quiero ver si duermes
la mano puesta en el higo (58).

Para aceitunas, Ahigal;
para ajos, Palomeros,
y para higos pelúos,
las mocitas de este pueblo (59).

La su novia le decía
cuando él se lo tocaba:
Para pelarme este chumbo,
mete, Paco, la navaja (60).

Puesto que en los anteriores versos la navaja alude claramente al miembro viril, y el chumbo, al genital femenino, queda fuera de toda duda que las referencias a pelar el higo son la manifiesta alusión al acto sexual. Este doble sentido es el que se nos presenta entre los cuadros costumbristas de la zona de Mérida. Antaño, en las romerías de agosto, algunos vendedores acudían provistos de sus mercancías de chumbos y, al acercarse a los corros de mujeres pregonaban los productos al grito de “¿A qué moza le rajo el higo?, ¿a qué moza le pelo el cumbo?”.

La misma exposición equívoca la hallamos en un pequeño cuento muy popular en Extremadura. A una mujer se le muere el marido cuando los frutos se hallan en plena sazón. Puesto que él tenía la costumbre de palpar los higos para ver su estado de madurez y traérselos a su esposa, ésta va a encontrar en este recuerdo el mayor motivo de su llanto:

Maridito, maridito,
ahora que tú te has muerto,
¿quién me va a tocar el higo?

Entre las plantas cultivables no podía faltar la tomatera como alusiva al sexo femenino, y a este caso concreto se refiere esta copla recogida en Puerto de Santa Cruz:

Una mujer de La Cumbre
y otra de Madroñera
porfiaban quién tenía
más grande la tomatera.

Pero más que a la planta propiamente dicha, las canciones encuentran en el tomate el vocablo que ocupa el lugar del genital de la mujer:

Mi abuelo se fue a la cama
muerto de hambre,
pero allí estaba mi abuela
con un tomate (61).

Hasta en ocasiones hallan en él la correspondiente concomitancia capaz de emparejar su jugo con la sangre catamenial, como vemos en esta canción de Tejeda de Tiétar:

–¡Ay, madre, que estoy preñada!
–Hija mía, ¿cómo lo sabes?
–Porque hace más de dos meses
que no me escurre el tomate.

Ya hemos hecho alusiones al campo cultivado dentro del contexto erótico. Por ello no tiene nada de extraño que el quinto que marcha al servicio exprese la pena del tiempo que le queda para abrir de nuevo con el arado los surcos en la tierra que deja. He aquí los lastimeros sones del mozo de Villanueva de la Serena:

Adiós, Villanueva hermosa
Adiós, “Sirena del mar”,
¿cuándo me volveré a ver
rejando (62) en el melonar? (63).

Lógicamente la reja es la sustituta del miembro viril y el melonar es la clara réplica de la vagina, aspecto éste último que se pone de manifiesto en una canción de Arroyo de la Luz: El día que te casaste no dejaste de pensar: ¡Qué poco tiempo me queda pa sembrar el melonar! Si la siembra del melonar en los versos anteriores nos evidencia el hecho de la cópula, lo mismo cabe decir de todas aquellas expresiones populares que refieren las labores de la senara en una sentido más amplio, especialmente en lo que atañe al cereal. Y esta misma proyección la hallamos en lo que concierne a la siega. En numerosas versiones del romance de la Bastarda que conocemos en Extremadura la cópula del segador con la hija del Emperador de Roma se presenta eufemísticamente como el acto de empuñar la hoz para cortar la mies:

–Díga usté, buen segador,
¿puede segar mi senara?
–Esa senara, señora,
¿dónde la tiene sembrada?
–No está en cerro ni está en bajo
ni en callejón ni en cañada,
que está entre dos columnas,
que la sostiene mi alma (64).

–¿Qué me quiere esa señora?
¿Qué me quiere que me llama?
–Lo que quiero, segador,
que me siegues la cebada.

–¿Esa cebada, señora,
dónde la tenéis sembrada?
–No está en alto ni está en bajo,
en una oscura cañada.

–Esa cebada, señora,
no está para mí segarla,
que es pa duques y marqueses,
señores de la real sala.

–Siégala tú, segador,
que será muy bien pagada (65).

Por si alguna duda quedara de la ubicación de la tierra que ha de segarse, más explícitos resultan estos versos del romance de Piornal:

–No está en lago, ni está en bajo,
tampoco está en tierra llana,
que se cría en la frescura,
debajo de mis enaguas… (66).

Las mismas connotaciones sexuales de la siega las vemos reflejadas en unos versos de canciones de ronda que se entonan por el cacereño Valle del Jerte:

Yo se lo pedí a mi novia
cuando venía de la siega,
y ella me dijo: –Amigo,
traes la joce cortaera (67)

Y tampoco escapan a las coplillas anticlericales que suelen llenar los aires festivos por las poblaciones del Valle del Alagón:

El señor cura del pueblo
ya no siega las besanas,
que le ha dado por segar
la forrajera del ama.

Y, por supuesto, se halla presente en esta burda tonada de Casar de Palomero:

El segador extremeño
se da tal maña
que a la novia le siega chocho
con la guadaña.
Y como el hombre es tan fino,
cuando suelta la guadaña,
remata con el hocino.

El seto se hace sustituto del cereal y, por ende, del genital femenino, en la “Copla de cestero”, al igual que la podadera se convierte en recambio de la hoz o la guadaña, manteniendo su vinculación con el miembro viril. Los paralelismos argumentales con la Bastarda saltan a la vista:

Y en tiempo de Cuaresma,
me jui pa Toledo,
con las jerramientas
pa jacé los cestos.
llegué al pie un convento,
y salió una monja envuelta en un velo:
–Oiga usté, buen hombre,
oiga usté, cestero,
¿me quieri podá un seto que tengo?
–Me diga la madri
cómo es esi seto, q
ue vaiga aguazando l
os mis aparejos.
–El seto está verde,
oreado y fresco;
está en tierra jonda
de mu buen tempero,
y no se preocupi,
pol los aparejeos,
que la podaera
entrará pa endentro (68).

Amén del huerto o el jardín, el prado o campo no cultivado se presta a constituirse en la voz que suplanta el sexo de la mujer. Es a este herbazal al que acude el toro, símil de la virilidad, en esta canción de Las Hurdes:

Debajo de tu mandil
tienes un campo florío,
y yo como buen torito
al pastizal he venío.

Y son éstos los campos en los que crecen multitud de flores y, por supuesto, otras plantas no cultivables, entre las que se encuentran los cardos, a los que el cancionero también les da una contextualización de marcado carácter sexual. Vulva y cardo se confunden en los versos populares, al modo de los que se entonan en Holguera y en Cañaveral respectivamente:

Me asomé a tu corral
y vi que estabas meando,
no sabía que las mujeres
usaran para eso un cardo.

Al venir de romería
te metí la mano,
y me hice daño en los dedos,
me pinchó un cardo.

No debe sorprendernos que en relación con el cardo nos topemos una vez más con la oportuna ambivalencia. Al carácter femenino de las dos pequeñas composiciones anteriores se enfrenta su propia esencia viril, aspecto éste que se constata en la vieja poesía culta. A ello alude uno de los villancicos del Cancionero de Pedro de Rojas:

El amor de la viuda
por mi casa y puerta acuda,
que no hay peligro ni duda
si la pica sólo un cardo.
¡Ay Dios, quién hincase un dardo
en aquel venadito pardo (69).

Igualmente en la colección Poesía erótica del Siglo de Oro (70) vemos cómo el cardo se muestra con un cariz sexual. En una de las composiciones, la protagonista, que va a buscar en San Juan el trébol del primer amor, se encuentra con el dolor que provoca el amor consumado:

Estábase el cardo, c
ardo corredor,
cubierto de trébol,
falso engañador;
al pasar la niña
sus dedos picó
y corrió la sangre,
¡ay, Dios, qué dolor!
Trébole oledero, amigo,
Trébole oledero, Amor.
“Que dirá mi madre,
que riñe por dos,
si me ve la sangre
en el camisón?
Cerraráme en casa
para hacer labor,
y hablaré por torno,
como en religión” (71).

La picazón que el cardo produce, o en su caso la espina, conlleva a la insinuación del acto sexual, como se remarca en estos versos populares:

¡Ay, mezquina,
que se me hincó una espina!
¡Desdichada,
que temo quedar preñada! (72).

Otra planta que crece silvestre, el tomillo, es tomada en “El retrato” que se cantaba en Portaje como referente de aquella parte innominada que vimos en las descripciones de la mujer que constituían los mayos:
Y por fin hemos llegado
a la mata del tomillo,
la que siempre que la huelo
doy en perder el sentido.

Parece que la supuesta similitud del tomillo con el sexo femenino está más en relación con el vello púbico que lo envuelve, aspecto éste que también busca su recurso en otra planta campestre cuyas hojas aciculares encuentran cierta analogía con la zona pilosa. Es el caso de la esparraguera, a la que se refieren algunas de las coplas que entresacamos:

Aunque no llueva en verano
y venga seco el otoño
fresquita siempre tendrás
la esparraguera del coño (73).

Un año que no hubo otoño,
invierno ni primavera,
a una mujer en el coño
le nació una esparraguera (74).

Idéntico planteamiento sugiere el empleo de la palabra “esparto” en determinadas canciones de Extremadura, aunque en este caso más que a la planta, puesto que en estas tierras no es objeto de atención, se refiere a un derivado de la misma, el estropajo, por la burda comparación que se le hace con el pubis. Son los que siguen versos recogidos en Alcuéscar y Piedras Albas, respectivamente:

Por encima de tus rodillas
se extiende un campo
en donde el seronero
corta el esparto.

Una zarceña en el baile
bailaba pegaba saltos,
se le subieron las faldas,
y le vimos el esparto.

El campo más alejado o lo que es igual, el monte también halla su recreación en el cancionero extremeño desde el prisma de lo erótico en relación con la mujer. Conocida es la metáfora acerca del pino “florido y hermoso”, que pretenden “cortar” los mozos del pueblo. La imposibilidad de la tala, como exponente de la pérdida de la virginidad de la mujer, que se patentiza en el árbol montaraz, es reflejada en bellas composiciones, entre las que entresacamos la que suele entonarse en Valdastillas y en Garganta la Olla:

Aquel pino que está en el pinar
florido y hermoso,
a cortarle quisieron entrar
cuatro buenos mozos.
A cortarle quisieron entrar,
pero no pudieron.
A cortarle quisieron entrar
mi amor el primero (75).

El ofrecimiento de “cortar el árbol” como manifestación del coito lo encontramos, aunque no en relación con el pino, sino con el chopo, en una canción recogida en Huélaga:

Anda diciendo tu madre
que yo para ti soy poco;
iremos a la alameda
y cortaremos un chopo
a la altura que ella quiera (76).

Por último, en lo que atañe a la denominación del genital femenino mediante el recurso al léxico de carácter vegetal, destacamos el fruto del castaño como uno de los más utilizados símiles. En ello, indudablemente, ha influido la idea de semejanza que a nivel popular guardan la castaña y la vulva. Las tonadas al respecto ilustran en demasía:

Las mocitas de Pescueza
tiene tan buena maña,
que usan cardos de burros
pa rascarse la castaña (77).

Arrepañando castañas
en el suelo te agaschaste;
nunca pensaba yo ver
una castaña tan grande (78).

La mujer que va a castañas
ya no se pone en cuclillas,
pa que no vean la que esconde
por cima de la rodillas (79).

A la sombra de un castaño
una mocita lloraba,
que nadie quería pelarle
el erizo y la castaña.

Como el llanto le escuchara
un pastor desde el camino,
al intante le peló
la castaña y el erizo.

La mocita ya no llora
cuando se va al castañar,
porque siempre acuden mozos
al asunto de pelar (80).

Y terminamos recordando el sentido ambivalente que encierra el aludido término. Se cuenta que un vendedor de castañas, hurdano para más señas, que acudía las vísperas de los Santos a Ahigal y se colocaba en los portales de la plaza, solía vociferar mientras que asaba algunas en un recipiente:

¡Acuyil, muchachitas!, ¡que sos caliente las castañas!

¡A ver, muchacho!, ¿a quién no le gusta llevarse a la boca unas catañitas?

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NOTAS

(1) GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, Tomo I, Excma. Diputación, Badajoz, 1961 (Segunda Edición), pp. 59-61.

(2) GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, pp. 151-152.

(3) GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, Tomo II, Excma. Diputación, Badajoz, 1956, p. 105.

(4) GUTIERREZ MACIAS, Valeriano: “Por la Geografía Cacereña: Casatejada”, en Revista de Estudios Extremeños, Badajoz, 1963, Vol. XIX, III, pp. 551-552.

(5) Cit. ESLAVA GALÁN, Juan: Un jardín entre olivos. Las rutas del aceite en España, RBA Libros, Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía, Barcelona, 2004, p. 98.

(6) Queremos hacer notar el significado fálico de la llave.

(7) Estribillo de la alborada de boda. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, Cultural Valxeritense, Jaraiz de la Vera, 1996, p. 194.

(8) Casar de Cáceres. Melodía 29. GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres (Lírica Popular de la Alta Extremadua. Vol. II), Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Barcelona, 1982, pp. 213-214. Versión de La Garganta: MAJADA NEILA, Pedro: Cancionero de la Garganta, Institución Cultural “El Brocense”, Diputación Provincial de Cáceres, Salamanca, 1984, pp. 169-170. Versión de Campanario: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 37. Otras: Huertas de Ánimas, Madroñera, Puebla de la Calzada y Santiago de Carbajo: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, pp. 17-18 (musical). Herrera del Duque: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, II, pp. 20-21. GUERRA IGLESIAS, Rosario y DÍAZ IGLESIAS, Sebastián: “Romancero de Piornal”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, Fregenal de la Sierra, 1999 (nº 13, enero-junio), pp. 173174 (dos versiones). Don Benito: GARCÍA MATOS, Ramón: “Romances y cuentos de la emigración (Primera aproximación a partir de una encuesta en tierras de Cataluña)”, en Revista de Folklore, 123, tomo 11, 1 (1991), p. 100. Torrequemada: BARRIOS MANZANO, Mª Pilar y JIMÉNEZ RODRIGO, Ricardo: “Fuentes y metodología para el estudio de la música de tradición oral en Extremadura. Un núcleo del llano cacereño. Música y tradiciones populares en Torrequemada”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, pp. 19-20 (Fregenal de la Sierra, 2004). Monográfico, pp. 331-332.

(9) “Cayó una perla en un lirio”: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, II, p. 107.

(10) TEIJEIRO FUENTES, Miguel Angel: Lope de Vega, Belardo y su huerta. La mágica pervivencia de una tradición, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1993, p. 70.

(11) Cabezuela del Valle. Alborada de boda. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 195. Ibahernando: GUTIÉRREZ MACIAS, Valeriano: “El paso del folklore de unas parcelas a otras”, en Revista de Folklore, 40, tomo 4, 1 (1984), p. 131 (Cambia capullito por rosa). GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “La canción del soldado extremeño”, en Antropología Cultural en Extremadura. Primeras Jornadas de Cultura Popular. Asamblea de Extremadura, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1989, p. 632. Torrequemada: BARRIOS MANZANO, Mª Pilar y JIMÉNEZ RODRIGO, Ricardo: “Fuentes y metodología para el estudio de la música de tradición oral en Extremadura. Un núcleo del llano cacereño. Música y tradiciones populares en Torrequemada”, p. 299 (rosa por capullito).

(12) Piornal. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 186.

(13) El Torno. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 188.

(14) Tornavacas. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 187.

(15) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, pp. 109-111.

(16) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 156.

(17) A la fuente y al prado nos referiremos posteriormente.

(18) Moraleja. GONZÁLEZ TOBAJAS, Ángel J.: “Cantos tradicionales de Huélaga y Moraleja (Cáceres)”, en Revista de Folklore, 218, tomo 19, 1 (1999), p. 66.

(19) El Torno. Canción carnaval. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 203.

(20) JIMÉNEZ PRIEGO, Teresa: “Retazos de Folklore Extremeño”, en Revista de Estudios Extremeños, 1973, vol. I, p. 120. Cit. MAJADA NIELA, José Luis: Ser quinto en Extremadura, Fundación ONCE. Madrid, 1988, p. 138. Majada no cita la procedencia.

(21) Cabe apuntar, en este sentido, los cantos a la novia que se siguen interpretando en Ahigal, entre los que encontramos estos versos: Cuando del altar bajaste con tu lindo enamorado blanca flor me pareciste cortada en el mes de mayo.

(22) Pozuelo de Zarzón. GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres, p. 275.

(23) Tornavacas. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 187.

(24) Para que no tuviera dudas sobre el particular, el propio informante me clarificaba el significado de los versos con estas palabras:“el jardín eran las partes de la niña…, y la flor, ya sabes lo que es la flor”.

(25) Torrejoncillo.

(26) Malpartida de Plasencia.

(27) Coria.

(28) En su momento veremos cómo también el pájaro se presenta como referente del genital femenino.

(29) GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, II, p. 188. El “pájaro” lo vemos reflejado en la tradición extremeña de una forma que responde tanto al genital femenino como al miembro viril.

(30) Romance de “El pájaro y la flor”. Villanueva de la Serena.

GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 92.

(31) GARCÍA GALÁN, Alejandro: “Costumbres de un pasado próximo que ya son historia: Las fiestas de San Antón y San Sebastián en Peñalsordo-Capilla”, en Revista de Estudios Extremeños, XLII, III (Badajoz, 1986), p. 612.

(32) Plantar como sinónimo de copular aparece frecuentemente en el habla popular de Extremadura. Lo mismo sucede con el verbo picar. De la mujer embarazada se dice que “ha sido picada por una avisp a (o por una abeja)”.

(33) MAJADA NEILA, Pedro: Cancionero de la Garganta, p. 70.

(34) Villasbuenas de Gata.

(35) Navalmoral de la Mata. Posteriormente aludiremos a las connotaciones sexuales del riego en relación con la mujer.

(36) Mohedas de Granadilla.

(37) Navaconcejo. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 126.

(38) Cabeza del Buey. GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 53 (musical). Se canta en San Juan y San Pedro, con el pandero.

(39) Cantar de ronda. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 157.

(40) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 224. Valdastillas.

(41) CALLE SÁNCHEZ, Angel; CALLE SÁNCHEZ, Feliciano; SÁNCHEZ GARCÍA, Germán y VEGA RAMOS SATURIO: Entre La Vera y El Valle. Tradiciones y folklore de Piornal, Institución Cultural “El Brocense”. Jaraiz de la Vera, 1995, p. 281.

(42) MAJADA NEILA, Pedro: Cancionero de la Garganta, p. 84.

(43) DÍAZ, Lorenzo: La España alegre. Ocio y diversión en el siglo XX, Espasa Calpe, Madrid, 1999, p. 151.

(44) Galisteo. GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres, p. 281.

(45) La solución sería “El ajo en la sartén”. BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “Compendio de adivinanzas de la Alta Extremadura”, en Revista de Folklore, 45, tomo 4, 2 (1984), pp. 97-99. Anteriormente publicado en Revista de Estudios Extremeños, XXXVII, II (Badajoz, 1981), pp. 456-461, bajo este título: “Acerca del saber paramiológico de la Alta Extremadura”.

(46) Solución: “La granada abierta”. Herrera del Duque. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan; ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 18 (Fregenal de la Sierra, 2001), p. 28.

(47) MAJADA NEILA, Pedro: Cancionero de la Garganta, p. 93.

(48) GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “Notas sobre Malpartida de Cáceres”, en Revista de Folklore, 84, tomo 7, 2 (1987), p. 213.

(49) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(50) Canción de ronda. GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres, p. 245.

(51) Pie de página: “Madrid. Imp. Universal. Trav. de San Mateo, 10”.

(52) Constatamos igualmente alusiones a la belleza femenina mediante el sugerente símil del “perejil en el huerto”, a lo que alude la siguiente composición: Eres más hermosa, niña, / que la nieve no pisada, que el perejil en el huerto / y el trébol en la cañada. MERCHÁN TORRALVO, Luis (Dirección): Enciclopedia de la Vera y Sierra de Gredos, Volumen I, Ediciones La Vera, Madrid, 1994, p. 153.

(53) Campanario. GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 23.

(54) Campanario. GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 67. Otra versión de Almendral: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 67 (musical). Otra versión de GARCÍA: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 70 (musical). Otra de Villar del Rey: GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, p. 78 (musical). Es interesante una versión de Herrera del Duque, donde el pastor rechaza las propuestas de la pretendiente campesina (?): GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, II, pp. 114-115. Los versos postreros de Herrera del Duque nos reafirma en el carácter sexual, cuando el pastor es invitado a recrearse en el vello púbico de la mujer: –Fíjate en mi cinturita / y en mi matita de pelo; y también en mi hermosura. / –De Dios te venga el consuelo.

(55) GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “Cuestiones populares de la Vieja Extremadura”, en Revista de Folklore, 171, tomo 15, 1 (1995), p. 101.

(56) Torre de Santa María.

(57) Serradilla.

(58) Zalamea de la Serena.

(59) Santa Cruz de Paniagua.

(60) Garrovillas.

(61) Torremenga.

(62) Arando.

(63) RODRÍGUEZ MOÑINO, Antonio: “Diccionario geográfico popular de Extremadura”, en Revista de Estudios Extremeños, vol III, 1965, p. 406. Cit. MAJADA NIELA, José Luis: Ser quinto en Extremadura, p. 94.

(64) Villanueva de la Serena. GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura, I, 45. Don Benito: GARCÍA MATOS, Ramón: “Romances y cuentos de la emigración (Primera aproximación a partir de una encuesta en tierras de Cataluña)”, en Revista de Folklore, 123, tomo 11, 1 (1991), p. 104.

(65) Pozuelo de Zarzón. GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres, p. 221. Otra versión de Piornal: CALLE SANCHEZ, Angel: Tradiciones y folklore de Piornal, p. 360. (Existen algunas variantes: “cebada” por “senara”, así como el final). Otra: Valle de Santa Ana: CANTONERO CHAMORRO, Manuela y otros: “Literatura de tradición oral en el Sudoeste extremeño: romances”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 18 (Fregenal de la Sierra, 2001), pp. 119-120 (dice “senara”).

(66) GUERRA IGLESIAS-DIAZ IGLESIAS: “Romancero de Piornal”, p. 191.

(67) Cantar de ronda. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(68) El Correo Hurdano, 30 (Julio, 2003), p. 23. (Informante: Paulino Iglesias Martín, La Dehesilla).

(69) Cit. TEIJEIRO FUENTES: Lope de Vega, Belardo…, p. 154.

(70) Ed. P. Aliezu, Y. Lissorgues y R. Jammes, Barcelona, Crítica, 1984.

(71) Cit. TEIJEIRO FUENTES: Lope de Vega, Belardo…, pp. 156-157.

(72) TEIJEIRO FUENTES: Lope de Vega, Belardo…, pp. 151-152. Joaquín Díaz, en su trabajo sobre “El agua como excusa poética y legendaria en la cuenca del Duero”, (Revista de Folklore, 127, tomo 11, 2 (1991), pp. 9-10), plantea idéntico simbolismo, trayendo a colación populares dichos: “Mentir hija, pero no tanto / que la zarza no pica tan alto”, “Ojo con las zarzas de los caminos que conducen a la fuente, porque manchan la camisa de sangre”.

(73) Casillas de Coria.

(74) Ceclavín.

(75) GARCÍA MATOS, Manuel: Lírica popular de la Alta Extremadura, Unión Musical Española, Madrid, p. 68. Garganta la Olla. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, p. 101, Valdastillas. También se cantan distintas versiones en Torrejoncillo, Ahigal o Marchagaz.

(76) GONZÁLEZ TOBAJAS, Ángel J.: “Cantos tradicionales de Huélaga y Moraleja (Cáceres)”, p. 67.

(77) Cachorrillas.

(78) Casares de las Hurdes.

(79) Hervás.

(80) Baños de Montemayor.