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EL MARTILLO DE TRAMOYISTA

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 310.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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“Para quien ha tenido un perro
la palabra perro es fiel como la palabra amigo,
hermosa como la palabra estrella,
necesaria como la palabra martillo”.

Juan Carlos Mestre.

Cuando asistimos a una representación teatral, no siempre reparamos en los montajes o decorados que forman parte del paisaje de fondo que la acción de cada espectáculo nos proporciona. Y, sin embargo, esos montajes consiguen crear en el espectador una atmósfera ambiental que contribuye de manera decisiva a resaltar el objetivo que cada obra nos propone.

Hay obras en las que el papel de los decorados, con diez o doce ambientaciones distintas, adquiere gran protagonismo. Sin embargo sólo los actores salen, al final de las representaciones, a recibir el aplauso del público, aunque para el éxito de una representación sea preciso el esfuerzo de otros muchos profesionales, como los de la luz, sonido, sastrería, peluquería o la tramoya, que suelen quedar casi siempre en un segundo lugar.

El propósito de este artículo es en verdad modesto, ya que no fija su atención en ninguno de estos oficios y pretende tan sólo dar a conocer una herramienta singular como es el martillo de tramoyista o martillo de maquinista de teatro, que gozaba de un carácter legendario hasta hace poco para los profesionales.

Sobre la pista de esta singular herramienta me puso Enrique Sánchez, Sánchez (Madrid, 1954) que ejerce de tramoyista desde su adolescencia y tiene, como se verá, un amor especial a su oficio. Él es, además, el autor del dibujo que ilustra este artículo.

La de tramoyista, dice, es una profesión antiquísima que arranca con los albores del teatro, en Grecia, y continúa en los grandes coliseos romanos, extendidos por la cuenca mediterránea en los que se desarrollaban representaciones con un grado de complejidad tal que obligaba a los profesionales a cálculos precisos y a la invención de complicados artilugios mecánicos para el desarrollo de las representaciones. Si la maquinaria fallaba las consecuencias podían ser trágicas, dadas las arbitrariedades de los emperadores. En cierta ocasión, Calígula, irritado por el fallo de los mecanismos, ordenó que los maquinistas fueran arrojados a los leones. Este dato me lo proporciona Enrique, como si todavía pendiera una amenaza semejante sobre el gremio que les obligara a ser puntillosos en extremo.

Hay algo en la forma de actuar de los tramoyistas que recuerda a los prestidigitadores: en cuestión de segundos hacen aparecer y desaparecer de un escenario decorados de dimensiones ciclópeas que, a veces alcanzan hasta 1.000 kilos de peso, sirviéndose para ello de un complejísimo entramado de poleas y contrapesos. Y, todo, bajo la batuta imperial del regidor que, en el escenario, durante las representaciones, actúa como el director de una orquesta sinfónica. Ni actriz o actor principal, ni director; el regidor es el que manda; a él deben obediencia los diferentes oficios que intervienen en una representación.

EL MARTILLO

La herramienta emblemática del tramoyista es el martillo. Hay que pensar que cada decorado puede llevar miles de clavos. Cada obra, en función de los diferentes cuadros o escenas, puede requerir varios decorados. Las grandes obras se montan y desmontan en sus recorridos itinerantes cientos de veces. De ahí la importancia del martillo y de ahí también que, en un rodaje de siglos y con un afán de perfeccionamiento, los profesionales hayan dado pie al desarrollo de una herramienta que es la quintaesencia del virtuosismo.

De hecho, y más allá del valor monetario que pueda alcanzar, sus propietarios, por el hecho de serlo, se saben integrados y reconocidos en una profesión. A veces, antes de contratarles, lo primero que les preguntaban era si tenían el martillo de marras. Enrique Sánchez cree que no habrá más de cuatrocientos en el mundo. Que, por su rareza, es una herramienta que se transmite de padres a hijos y que si tuviera que buscar un equivalente musical se inclinaría por el Stradivarius. Y ello, por una razón: los martillos de tramoyista han dejado de fabricarse. Es más, a estas alturas del tiempo, con el mercado invadido por martillos y destornilladores eléctricos, el clásico martillo de tramoyista ha pasado a ser una rara avis arqueológica, cargada, eso sí, de gran significación simbólica.

UTILIDADES Y CARACTERÍSTICAS

El último fabricante de martillos de tramoyista en España vivía en Albacete. Se llamaba Manuel y era herrero, es decir, los fabricaba golpeando el acero contra el yunque. Enrique lamenta no conocer el apellido de Manuel que murió hace años, aunque habla de él con una unción especial. Un hombre que sabía hacer un martillo tan singular necesariamente era un genio templando el acero.

–¿Qué características le asignarías al martillo?– le pregunto.

Se queda un momento en blanco, como si recapacitara, antes de arrancarse a hablar: – Trata con mimo la madera.

– Es leve como una pluma.

– Te incita a suplir su falta de volumen con tu habilidad, de modo que te obliga a ser virtuoso.

– Puede clavar cientos de clavos en un tiempo record. Siempre con dos golpes certeros.

– Si no fuera por su ligereza, se te cansaría el brazo.

– Permite montar y desmontar la madera sin dañarla.

– Dentro del mundo del teatro es como un salvoconducto.

El que posee un martillo encuentra abiertas las puertas de la profesión. O las encontraba.

– Sin el astil, si pasas las yemas del dedo por las orejas, suena como un diapasón. Su temple alberga un secreto especial. Dicen que Manuel los fabricaba con bielas de máquinas de vapor de los trenes. Lo cierto es que cada martillo tiene, en efecto, un temple distinto.

– Hablas del martillo con mucho cariño– le digo.

– Es que hay que ser agradecido. Cuando conseguí mi primer martillo es como si hubiera conseguido el carnet de pertenencia al gremio. La herramienta define al artesano. Pero, además, gracias a este martillo, he podido alimentar a mi familia y comprar la casa donde vivo.

– Y tú ¿cómo tienes dos? – El segundo me lo regaló Enrique Calis poco antes de morir; era el tramoyista español que más sabía de zarzuela. Un sabio.

El martillo de tramoyista consta de cinco partes: – Pega. (La parte que golpea al clavo).

– Alma. (El hueco ovalado donde se introduce el astil).

–Orejas. (Sirven para sacar los clavos).

– Cuña. (Ejerce presión sobre el astil y evita que pendule).

– Astil. Es de encina, la madera más resistente y compacta, entre las nuestras; alcanza 45 centímetros de longitud. Cada tramoyista astila su propio martillo, de tal manera que ha de ir rebajando con una lima poco a poco la madera hasta que, al final, sólo al final, entre un poco forzado y encaje a la perfección sin que sufra menguas con el cambio de las estaciones.

El astil sobresale unos tres milímetros sobre la línea del martillo. Y en vez de llevar un corte recto se remata en diagonal para que actúe como palanca, pues además de clavar clavos de 45 y 70 milímetros, los más empleados por los tramoyistas, la otra función esencial del martillo es sacarlos presionando levemente con las orejas.

El astil, me dice Enrique, que ha reflexionado sobre su herramienta tanto como un filósofo sobre el tiempo, es una prolongación del brazo. De ahí que se agarre a diferentes alturas, en función del tipo de clavo con el que se vaya a trabajar.

FINAL Se canta lo que se pierde, que dijo Machado.

Observando a Enrique Sánchez, que va y viene por el mundo con su martillo de la mano como si llevara consigo una mascota inseparable, no parece que esta herramienta singular esté perdida. Presumimos, sin embargo, que tiene los días contados. Pese a que forme parte del anagrama de la profesión. Pero parece claro también que cuando las últimas generaciones de maestros tramoyistas se retiren, el martillo será tan sólo una curiosa antigualla para las venideras, un lejano recuerdo. Y este artículo, acaso, el testimonio que anuncia sin nostalgia su irreversible y paulatina desaparición.