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TRADICIÓN ORAL Y LITERATURA (VII). CUENTECILLOS DE FERNÁNDEZ DE VELASCO EN RAFAEL BOIRA

AGUNDEZ GARCIA, José Luís

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 311.

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Belarmino Fernández de Velasco y Pimentel (¿1707–1771?) fue miembro de una familia nobiliaria de gran relevancia en la sociedad española desde tiempos antiguos. Varios de sus miembros también son conocidos en las letras españolas.

En el caso del autor que nos ocupa, la historia de la literatura no ha distinguido especialmente su trabajo. Su composición general pasa totalmente desapercibida, salvo el Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza, que tuvo una mayor relevancia, y debió de ser bastante leído a lo largo de todo el siglo XVIII. No hay mucha diferencia en el tiempo con respecto a la Floresta de Asensio, ni en los moldes empleados. Cabe destacar el empleo que menciona en el título cuando habla de la “curiosidad cortesana”, conectando su obra con las colecciones de antaño, encaminadas al uso del cortesano. Aparecía en 1743 (Madrid, Lorenzo Francisco Mojados); se volvía a editar en 1749 (Madrid, G. Ramírez) como Deleyte de la discreción y facil escuela de agudeza, que en ramillete texido de ingeniosas promptitudes, y moralidades provechosas, con muchos avisos de christiano, y político desengaño, que dividido en ocho capítulos de toda classes de personas, y sexos, publica en reconocimiento obsequioso de la curiosidad cortesana, que lo recogio el Excmo. Señor Don Bernardino Fernández de Velasco y Pimentel. Se reeditaba nuevamente en 1764 (Madrid, Imp. Real de la Gaceta) y una vez más, al menos, antes de concluir la centuria (Madrid, 1770). En el siglo pasado se presentaba la obra en 1932 (Madrid, C.I.A.P. [imp. Galo Sáez]), y poco después, en 1947, era reeditada por Espasa–Calpe, edición que hemos manejado.

Para Boira es una de las fuentes más claras: casi una cuarta parte del Deleite pasó a El libro de los chistes, muchos de ellos, copiados literalmente.

CUENTECILLOS COINCIDENTES CON OTROS AUTORES YA TRATADOS

1. El justo por el pecador (Boira, El libro de los chistes, I, p. 27; Santa Cruz, Floresta, IV, VI, 6) (Fernández de Velasco, Deleite, p. 162).

6. El fin del mundo (Boira, I, p. 67) (Cf. Santa Cruz, IX, I, 15: la reina Isabel: “¿Cuándo ha de parir vuestra mujer?” “Cuando vuestra alteza mandare”) (Fernández de Velasco, p. 94).

13. El registro de necedades (Boira, I, p. 142; Santa Cruz, I, III, 1; Asensio, Floresta, II, II, I, XXII y II, IV, III, II; Timoneda, “Sobremesa”, I, nº 32 [dar dinero al alquimista]) (Medrano, La silva curiosa, II, p. 150: Sabia respuesta de un criado á su señor indiscreto y pródigo [vte. de Timoneda]) (Fernández de Velasco, pp. 112–112: Un criado anotó, como necedad, que el marqués de Priego entregase un dinero a un correo desconocido que iba a la corte. Cuando a la vuelta se confirmó que el dinero había sido entregado en destino, el criado tuvo que borrar al marqués de su lista de disparates, y puso: “Disparate del correo, que dejó de quedarse con ellos”).

24. ¿Quién hallará la mujer fuerte? (Boira, I, p. 239; cf. Santa Cruz, VI, IV, 5; Asensio, III, V, V, XVI) (Fernández de Velasco, p. 145. El filósofo Herminio no se casaba porque a la mujer, si era buena tendría que perderla, si mala, que soportarla; si pobre, que mantener; si rica, que sufrir; si fea, que aborrecer y si hermosa, que guardar).

48. La mujer de Sócrates (Boira, I, pp. 291–292; Santa Cruz, III, I, 14) (Fernández de Velasco, p. 134).

61. Maese Pasquin (Boira, II, p. 67; Santa Cruz, I, I, 5) (Fernández de Velasco, pp. 106–107).

72. Albardas por alabardas (Boira, II, p. 106; Santa Cruz, VII, I, 27) (Fernández de Velasco, p. 76).

73. Lluvia de albardas (Boira, II, p. 119; cf. Santa Cruz, I, VI, 12) (Fernández de Velasco, p. 58).

79. Utilidad de los médicos (Boira, II, p. 178; Santa Cruz, I, I, 1) (Cf. Fernández de Velasco, p. 172. Fueron desterrados los físicos [médicos] de Roma y se pobló en demasía).

93. Dicho de Enrique IV (Boira, II, p. 217; Santa Cruz, II, I, 17) (Fernández de Velasco, pp. 45–46).

181. La nube de saetas (Boira, III, p. 69; Santa Cruz, II, III, 14) (Fernández de Velasco, p. 37).

201. El evangelio de San Juan (Boira, III, pp. 114–115; Santa Cruz, I, II, 9) (Fernández de Velasco, p. 50).

344. El murmurador (Boira, I, p. 65) (Roberto Robert, El mundo riendo, pp. 228–229) (Fernández de Velasco, p. 56).

444. Respuesta de Solís (Boira, III, p. 109; Asensio, II, I, IV, XIII; Roberto Robert, El mundo riendo, p. 15) (Fernández de Velasco, pp. 50–51).

447. La amenaza por defensa (Boira, III, pp. 120–121; Asensio, III, II, I, XV; Roberto Robert, El mundo riendo, p. 29; Timoneda, “Sobremesa”, II, nº 114) (Fernández de Velasco, p. 60).

448. El provisor y el ordenando (Boira, III, p. 122; Roberto Robert, El mundo riendo, p. 430) (Fernández de Velasco, p. 51).

497. La adulación (Boira, I, p. 29) (Asensio, III, II, II, VIII) (Fernández de Velasco, pp. 42–43).

505. La confesión de un ratero (Boira, I, pp. 53–54) (Asensio, III, I, VI, IX) (Fernán Caballero, Cuentos y poesías… agudezas, ed. de 1859, pp. 186–186; BAE, 140, p. 120; ed. Alcalá, p. 152) (Fernández de Velasco, p. 57).

521. Lo mismo la pena que el delito (Boira, I, p. 116; cf. Asensio, III, II, VI, VI; cf. Timoneda, “Buen Aviso”, nº 53) (Fernández de Velasco, p. 136. Variante de Timoneda y Asensio).

528. Los pasados y los presentes (Boira, I, pp. 199–200; Asensio, II, III, III, VIII) (Fernández de Velasco, p. 98).

533. Los dos sonetos peores (Boira, I, pp. 234–235; Asensio, III, V, III, I) (Fernández de Velasco, p. 85).

537. Gastar con prudencia (Boira, I, pp. 248–249; Asensio, III, III, VII, VI) (Fernández de Velasco, p. 23. Variante política formulada sobre Prudencia, aludiendo a que cierto personaje frecuenta la compañía de dicha dama).

576. El regalo epigramático (Boira, II, p. 40; Asensio, II, III, VII, II) (Fernández de Velasco, p. 109).

580. Criado mentiroso (Boira, II, pp. 97–98; Asensio, III, III, VII, V) (Fernández de Velasco, pp. 75–76).

591. Pregunta necia (Boira, II, p. 178; Asensio, III, VI, I, I) (Fernández de Velasco, p. 83).

592. Una asadura para cada uno (Boira, II, pp. 186–187; Asensio, III, V, VIII, XI) (Fernández de Velasco, p. 176).

601. Embajador sin barbas (Boira, II, pp. 308–309; Asensio, II, II, II, XXV) (Fernández de Velasco, p. 174. Los personajes son aquí el duque de Milán, Federico y los legados del senado de Venecia).

605. La ronda y el loco (Boira, III, p. 138; Asensio, II, V, IV, III; Roberto Robert, El mundo riendo, p. 28) (Fernández de Velasco, pp. 157–158).

606. Necedades de a folio (Boira, III, pp. 183–184; Asensio, II, I, VI, XII) (Fernández de Velasco, pp. 165–166).

617. El sustituto de un condenado á muerte (Boira, III, pp. 212–213; Asensio, III, II, I, IX) (Fernández de Velasco, p. 180).

620. El niño en el senado (Boira, III, pp. 227–228; Asensio, III, VII, VI, II) (Fernández de Velasco, pp. 132–133).

631. El rey jugando (Boira, III, pp. 247–248; Asensio, II, II, I, XXXI) (Timoneda, “Sobremesa”, II, nº 136 [43]) (Fernández de Velasco, p. 28).

652. El gobernador y los forzados (Boira, III, p. 299; Asensio, II, II, III, I) (Fernández de Velasco, p. 88).

658. La réplica oportuna (Boira, I, p. 25) (Fernán, ¡Pobre Dolores!, BAE, 137, p. 394b) (Fernández de Velasco, pp. 138–139).

664. El leñador honrado (Boira, I, pp. 135–137; Fernán, “Las noches de invierno en las gañanías. Cuentos”, en O.C. El refranero…, nº 33, pp. 96–99; variante ampliada en Timoneda, El Patrañuelo, VI) (Fernández de Velasco, p. 47).

678. La confesión de una casada (Boira, I, pp. 283–284; Fernán, “Chascarrillos”, en CPPA, BAE, 140, p. 117) (Fernández de Velasco, pp. 119–120).

686. Caballero sacristán (Boira, II, p. 95; Fernán Caballero, CPPA. Chascarrillos, BAE, 140, p. 116) (Fernández de Velasco, p. 70).

718. Pensamientos (Boira, I, p. 211; Timoneda, “Sobremesa”, II, nº 133 [40]. Sólo la de ir por mar pudiendo ir por tierra) (Fernández de Velasco, p. 126 [las cuatro primeras], p. 172 [las del enfermo, versiones casi idénticas]).

720. Dichos célebres de Sócrates (Boira, I, p. 227; cf. Timoneda, “Buen Aviso”, nº 8) (Fernández de Velasco, p. 139, sobre su ignorancia).

723. La oración de una vieja (Boira, I, pp. 237–238; Timoneda, “Sobremesa”, II, nº 119 [26]) (Fernández de Velasco, p. 122).

744. El hombre afeminado (Boira, III, p. 97; Timoneda, “Buen Aviso”, nº 48) (Fernández de Velasco, p. 150).

748. El juramento de Alejandro (Boira, III, p. 219; Timoneda, “Sobremesa”, II, nº 147 [54]) (Fernández de Velasco, pp. 14–15; otra versión en p. 25).

BOIRA–FERNÁNDEZ DE VELASCO

759. Un caballero instruido. La criada le pide al caballero que le lea la carta. El caballero llora cuando la coge en sus manos. Pensando que la carta trae malas noticias, también llora la criada; igual que el remendón, su enamorado. El caballero explica que llora por no saber leer (Boira, El libro de los chistes, I, p. 24) (Fernández de Velasco, Deleite, p. 79).

760. El abrigo de cristal. Siempre llevaba dos anteojos para presumir de literato. Le pregunta la dama que si duerme con ellos; asegura que, en efecto, los usa como abrigo (Boira, I, p. 44) (Fernández de Velasco, p. 114).

761. La elección de un cuadro. Como un pintor le regala el cuadro que escoja, y siendo ignorante del valor de cada uno de ellos, se las arregla para que el propio pintor revele cuál es el más valioso. Hace que un día un criado le diga al artista que su casa está ardiendo: el pintor sale corriendo temiendo por su mejor cuadro: “¡Ah! mi San Antonio” (Boira, I, pp. 47–48) (Fernández de Velasco, p. 180).

762. El valor de un torero. El torero cobarde dice que el toro huye de él. “Si tú oyeras lo que va diciendo el toro de ti”, le replican (Boira, I, p. 50) (Fernández de Velasco, p. 93).

763. El rey y el cura de aldea. Felipe II se hospeda en casa del cura y le pide que le adivine tres ideas. El cura aventura: la reina estará preocupada, la perdiz que se guisa estará tierna, me hará obispo, pues habiéndome hallado como cura no sería bien que me deje como tal. Le nombró obispo de Tuy (Boira, I, pp. 50–52) (Fernández de Velasco, pp. 20–21).

764. El loco por la pena es cuerdo. Diciendo que es Jesús Nazareno, le apalean. “¿Qué no hubieran hecho conmigo diciéndoles quien era?”, confiesa el pobre loco al centinela nocturno (Boira, I, p. 60) (Fernández de Velasco, p. 158).

765. La memoria del estómago. Los criados no quieren que el obispo coma, por no convenirle: le dicen que ya ha cenado. Pide que le sirvan una segunda cena (Boira, I, pp. 70–71) (Fernández de Velasco, p. 57).

766. El uso de condenarse. La señora lujuriosa se justificaba ante el confesor diciendo que era el uso, a lo que agregaba él que también lo era el irse al infierno (Boira, I, p. 74) (Fernández de Velasco, p. 57).

767. El reparto del hambre. Como no puede dar más que hambre a los perros, lleva más perros para que así les toque a menos (Boira, I, pp. 81–82) (Fernández de Velasco, pp. 89–90).

768. El rey levantando un burro. El rey, Alonso V de Aragón, ayuda al campesino a sacar el burro y el saco del fango. Esto le hizo popular (Boira, I, pp. 87–88) (Fernández de Velasco, p. 34).

769. El derecho de los hermanos. Sólo entran los hermanos y parientes convidados (a la iglesia de S. Diego) de la cofradía del Santísimo Sacramento. Un muchacho quiere entrar, pues siendo su padre hermano, él debía ser sobrino del Santísimo Sacramento. (Boira, I, p. 98) (Fernández de Velasco, p. 157. Referido al loco Juan García).

770. La paciencia de un filósofo. Sócrates no denuncia a quien le propinó un puntapié, pues de igual forma tendría que hacer con un mulo si le cocea (Boira, I, p. 144) (Fernández de Velasco, p. 144 y pp. 153–154).

771. El adulterio de Esparta. Tan difícil es hallar adulterio en Esparta, como hallar un camello con un cuello que llegase desde un río a otro (Boira, I, p. 148) (Fernández de Velasco, p. 129, variante).

772. Los criados del rey. Quevedo le dice al rey, Felipe IV, que tiene dos criados infructuosos, como el álamo; preguntando el Conde–duque que si él mismo es uno, Quevedo contesta que ambos (Boira, I, p. 156) (Fernández de Velasco, p. 159. La anécdota es idéntica, salvo la alteración de personajes: el truhán Manuel de Gante que hace la observación al patriarca Guzmán).

773. El hijo filósofo. El hijo demuestra al padre lo que le ha enseñado el filósofo Zenón. Cuando el padre se irritó, calló condescendientemente. Al fin, le explica que eso es lo que había aprendido: a sufrir pacientemente la cólera y mal tratamiento de su padre sin quejarse de la injusticia (Boira, I, pp. 194–195) (Cf. Fernández de Velasco, p. 30: Dionisio el Mayor de Sicilia, despojado de su corona, increpado por un soldado que decía que qué le había enseñado Platón: “Harto me enseñó, pues me enseñó a sufrirte”).

774. Una indirecta del padre Cobos. El bienhechor, D. Mateo, no quiere ser nombrado en el sermón. El predicador, al terminar, dice que omite el nombre de quien costeaba la festividad de la Virgen, “porque lo publica el sagrado Evangelio del día: secundum Matheum” (Boira, I, p. 197) (Fernández de Velasco, p. 64).

775. El emperador y el poeta. El emperador Augusto le entregó al asiduo y ramplón poeta unos versos a cambio de los que recibía. El poeta los alabó y entregó al emperador la única moneda asegurando que merecería todo cuanto tenía. El emperador le recompensó (Boira, I, pp. 198–199) (Fernández de Velasco, p. 131).

776. La sombra del asno. Ante la indiferencia de los jueces en la defensa que Demóstenes hacía de uno que condenarían a muerte, éste cambió el tono y contó el cuento del amo que alquiló el burro y negaba su sombra al alquilador que alegaba que pagó por el asno y su sombra, dado que no pueden separarse. Ante el cuento, los jueces prestaron atención. Demóstenes afeó su conducta por prestar más atención a un cuento que a la vida de un hombre. El reo fue absuelto (Boira, I, pp. 202–203) (Fernández de Velasco, pp. 125–126).

777. Santa Teresa y las elecciones. La santa pide en oración un docto varón, que convenía para el provincialato; al ser elegido otro, le explican que los frailes no quieren lo que conviene (Boira, I, pp. 203–204) (Fernández de Velasco, p. 182).

778. Los adornos exagerados. Como se adorna con trajes extraordinarios, el marido le dice que le causa devoción, pues no se viste, sino que se reviste (Boira, I, p. 206) (Fernández de Velasco, p. 118).

779. Lo que significa ventana. El orador afea la conducta de las que se dejan ver en ventanas y balcones, pues, al fin, ventana significa Ana en venta (Boira, I, p. 206) (Fernández de Velasco, p. 64).

780. El canónigo y el ladrón de trigo. El canónigo reprocha al pobre que haya robado, cuando lo podía haber pedido; no obstante, le dice condescendiente que lleve el trigo para los hijos hambrientos; pero que le devuelva el costal, porque le hace falta (Boira, I, pp. 208–209) (Fernández de Velasco, p. 59).

781. Desear la palabra. La esposa le dice al marido, que amaba a otra, que quisiera verle casado con aquella para que no le pareciera lo mismo, como a ella no le parecería — 149 — bien cómo estaba tratando a la esposa (Boira, I, p. 214) (Fernández de Velasco, p. 118).

782. La justicia de Marruecos. El propio judío acusador tendrá que ejecutar la sentencia: deberá cortar un pedazo de carne de una onza exacta del denunciado. Advertido de que si corta de más morirá y si de menos se le cortará a él lo que falte, se vuelve atrás en las acusaciones (Boira, I, pp. 214–216) (Fernández de Velasco, p. 178).

783. El jubón del rey Católico. Como oyera el rey Católico que un traje costaba un sentido, comentó: “¡Ah! Buen jubón, que me has roto tres pares de mangas” (Boira, I, p. 224) (Fernández de Velasco, p. 17).

784. Los sabios aman. Una joven le preguntó a Zenón si los sabios también amaban; contestó el filósofo que muy desgraciadas serían las hermosas si estuviesen en manos de los necios, que no saben amar, sino aborrecer (Boira, I, p. 224) (Fernández de Velasco, p. 28).

785. Felipe II y su favorito. D. Diego de Córdoba leía un libro al rey que, acostado, quería dormir. Pensando el favorito que ya dormía, cerró el libro y se marchaba.

El rey le advirtió que aún no se dormía, a lo que confesó que él sí (Boira, I, pp. 225–226) (Fernández de Velasco, p. 102).

786. La prudencia de una nuera. Dado que el suegro no la acepta, en una ocasión se halló ante él, se arrodilló y le rogó: “—Señor, si V. E. niega la mano á su hijo porque se ha casado mal, debe dármela á mí porque me he casado bien”. El suegro la recibió con cariño (Boira, I, pp. 228–229) (Fernández de Velasco, pp. 121–122).

787. Zapatero a tus zapatos. Apeles exponía sus obras, y se ocultaba para oír los comentarios. Un zapatero criticó el calzado de una figura. Apeles lo corrigió. El zapatero, envanecido, quiso seguir con las críticas, pero el pintor le sugirió que no pasase del calzado, que lo demás no le competía (Boira, I, p. 231) (Fernández de Velasco, p. 139).

788. La censura de unos versos. El principiante lee unos versos a Quevedo, que preguntó por su significado. Explicado éste, Quevedo respondió: “Pues si V. lo quiso decir así, ¿por qué no lo dijo?” (Boira, I, p. 233) (Fernández de Velasco, p. 85).

789. La fé de erratas. Dedicó una obra al gran señor, que la desestimó. Pero tuvo éxito después. En la segunda edición puso la dedicatoria en la fe de erratas (Boira, I, p. 234) (Fernández de Velasco, p. 175).

790. Los paréntesis. El conde quiere saber qué son los garabatos de los renglones: “Las rayas de los paréntesis”. Replica: “Ya he dicho á V. que no quiero correspondencia con mis parientes” (Boira, I, pp. 236–237) (Fernández de Velasco, p. 165).

791. El chocolate en miniatura. La jícara que le sacaron era tan pequeña, que pidió que le trajeran más de lo de la muestra que le habían dado (Boira, I, p. 237) (Fernández de Velasco, p. 170).

792. La fealdad de Simónides. Convidado a comer, los criados le tuvieron por otro criado inferior, y le pidieron que rajase leña. Al verlo el anfitrión, le preguntó qué hacía, a lo que contestó: “Pagar la pena de mi fealdad” (Boira, I, pp. 238–239) (Fernández de Velasco, p. 144).

793. Mujeres heróicas. Teniendo Conrado III cercada una plaza del duque de Baviera, las mujeres pidieron que las dejase salir con lo que pudiesen llevar en hombros. Concedido, sacaron así a los hombres (Boira, I, p. 239) (Fernández de Velasco, p. 36).

794. Los frenos trocados. Como el sastre había preparado algunos reglamentos, Enrique IV pidió que el chanciller se presentase para hacerle un traje (Boira, I, p. 249) (Fernández de Velasco, p. 47).

795. El tocinero en el palco. No se ha percatado de si la comedia ha sido en prosa o en verso, porque el palco estaba un poco lejos y no veía muy bien (Boira, I, p. 256) (Fernández de Velasco, p. 164. Alababa un provinciano todas las cosas que le habían deslumbrado en la comedia en Madrid. Cuando le preguntaron por el verso, dijo que no había salido).

796. El ciego y la luz. Llevaba una luz el ciego para que los tontos no tropezaran con él (Boira, I, p. 293. Repite el título y tema en II, pp. 271–272, en verso, “Un ciego en Lóndres habia” [de Calderón, La cisma de Inglaterra, jorn. 1, esc. 6]) (Fernández de Velasco, p. 167. Esta versión, evidentemente, es la primera señalada en Boira).

797. El loco y nada. Un loco repetía mirando al Guadalquivir: “¡Nada, hombre! ¡nada, hombre!” La gente se agolpó a su lado y le preguntó qué pasaba, a lo que respondió con la misma cantinela (Boira, II, p. 17) (Fernández de Velasco, p. 157, referido a Juan García).

798. Carlos V y Sto. Tomás de Villanueva. Yendo a predicar en los Agustinos de Valladolid el santo, fue requerido por el rey, pero se excusó diciendo que debía predicar. Lejos de enfadarse el rey, esperó gustoso a que terminase su tarea para recibirlo (Boira, II, p. 43) (Fernández de Velasco, p. 9).

799. Ignorancia aprovechada. Decomisó ropa en el puerto de San Sebastián D. Pedro Pantoja. Parte tenía R (dijo que iba para el rey), parte P (para él, Pantoja), parte I (para Isabel, su esposa), S (para su secretario). Enterado el rey, perdonó a Pantoja por cómo había engañado a los mercaderes, pero le advirtió que “no lo haga otra vez” (Boira, II, pp. 50–51) (Fernández de Velasco, pp. 101–102).

800. Calumnia vencida. Quería que la vacante de sargentía la diese el duque de San Germán, que gobernaba Cataluña, a un amigo; pero éste tenía que dársela al capitán más antiguo. Le recordó que era hombre cobarde. Por eso, dijo el duque, “porque no hay con qué premiar al que ha sabido resistir veinte años el miedo” (Boira, II, pp. 53–54) (Fernández de Velasco, p. 101).

801. Viajero agudo. Un hombre reparó en una casa distinta a todas: “¿Si se habrá hecho en este país?” (Boira, II, p. 54) (Cf. Fernández de Velasco, p. 160. Alababan en Écija la fábrica del puente, aseguró: “Pues aquí se hizo”).

802. Las cuatro PP. Pedro Pascual, Primer Presidente, según puso un lisonjero al presidente de una Audiencia de Indias. Alguien interpretó: “Pobre, Pretendiente, Prepara Paciencia” (Boira, II, pp. 55–56; cf. Floresta, III, VI, 7) (Fernández de Velasco, p. 100).

803. Novia rica, joven y hermosa. N. Cabeza de Vaca vino a pretender desde Flandes. El Conde–duque le propuso apartarse de la guerra y casarse con cierta señorita. El de Flandes dijo que prefería ser Cabeza de Vaca en Villarrobledo (su patria chica) que cabeza de toro en Corte. (Boira, II, p. 56) (Fernández de Velasco, p. 100).

804. El príncipe y su ayo. Discutiendo el príncipe D. Baltasar con su ayo sobre lección, pidieron su parecer al Conde–duque, que huyó del compromiso con la excusa de no tener anteojos y no poder leer. Pasó el rey y dio la razón al ayo, sin conocer el tema de discusión. El príncipe comentó: “Tampoco lleva anteojos” (Boira, II, p. 69) (Fernández de Velasco, p. 13).

805. Emperador soldado. El propio Carlos V, pasando revista, se mezcló entre los soldados como “Carlos de Gante, soldado de la compañía del señor Antonio de Leyva”. Así honró a la compañía (Boira, II, pp. 79–80) (Fernández de Velasco, p. 22).

806. Decreto agudo. La superiora se sintió agraviada por Sor Juana Inés de la Cruz, que le dijo: “Calle, madre, que es tonta”. Por ello escribió una queja al sabio arzobispo, que a su vez apuntó al margen del billete: “Pruebe la madre superiora lo contrario y se le administrará justicia” (Boira, II, p. 96) (Fernández de Velasco, pp. 70–71).

807. El cardenal y el aldeano. Un aldeano le preguntó a fray Francisco de Cisneros sobre la indumentaria que llevaba. Este le explicó cómo unas vestiduras representaban al cardenal y cómo el bastón, al capitán general que era. El aldeano quiso saber dónde iría el fraile en el caso de que el demonio se llevase al cardenal y al capitán general (Boira, II, pp. 96–97) (Fernández de Velasco, p. 71).

808. El salario de un criado. Ante el juez, el señor se negaba a pagar al criado por los seis años que había estado con él alegando que lo único que había hecho era andar tras él. El juez ordenó que, ya que nada ha sido andar detrás, que el caballero fuese seis años tras el criado. Éste pagó en el acto (Boira, II, p. 97) (Fernández de Velasco, pp. 74–75).

809. Razón de más (verso). “¿Mis años? Tengo cuarenta,”. Diez años después, volvió a decir que tenía cuarenta años; porque no era hombre de palabra mudable (Boira, II, p. 108) (Fernández de Velasco, p. 116).

810. Felipe IV y su cochero. El cochero le pidió a Felipe IV que bajase del coche por lo malo que estaba el camino, a lo que su majestad se negó. Volcando el coche el cochero manifestó su agrado. El rey le preguntó que de qué se alegraba, a lo que explicó: “De que V. M. no se haya lastimado” (Boira, II, p.154) (Fernández de Velasco, pp. 168–169).

811. Nobleza de corazón. El criado le dice a Carlos V que se halla por allí cierto personaje indeseable; cuando vuelve a informarle otra vez, el rey dice que mejor es que advierta al indeseable de la presencia del rey (Boira, II, p. 178) (Fernández de Velasco, p. 1).

812. La comida de un muerto. Decía el enfermo que había fallecido, y se negaba a comer. El médico urdió que otro, amortajado, se fingiese muerto también. Después de platicar ambos “muertos”, el fingido pidió de comer, asegurando que los muertos así hacían: convenció al enfermo (Boira, II, p. 238) (Fernández de Velasco, p. 174).

813. La primera casa (verso). “Mi casa, dices, mujer,” es la primera de la villa: “Si empieza á contar por ella” (Boira, II, p. 300) (Fernández de Velasco, p. 93).

814. Un cómico de afición. El poeta había escrito para la comedia: “Rabió de celos (Aparte)”. El cómico se empeña en decirlo todo para respetar la voluntad del poeta: “Rabió de celos aparte” (Boira, III, p. 28) (Fernández de Velasco, p. 77).

815. Poder de la educación. Ante la opinión de Zopiro, Sócrates reconoce ser estúpido, borracho y licencioso, pero por nacimiento, puesto que por el estudio de la filosofía ha corregido su perverso natural (Boira, III, pp. 53–54) (Fernández de Velasco, p. 128).

816. El padrino (verso). “Un torincantano un dia”. El padrino hirió accidentalmente al propio apadrinado en un lance con el toro. El apadrinado pregunta que si le apadrina a él o al toro (Boira, III, pp. 67–68) (Fernández de Velasco, p. 92).

817. La Semana Santa de Sevilla. Debiendo Felipe IV ir a Sevilla en octubre, uno de los capitulares que discutía los festejos apropiados propuso que hiciesen una Semana Santa, ya que era conocida en todo el mundo (Boira, III, p. 76) (Fernández de Velasco, p. 161).

818. El baúl de ébano. La mujer pide justicia al conde de Lemos, pues ha dejado depositadas unas joyas en un cofre en casa de su vecino, que se niega a reconocerlo. El conde llama al vecino, le pide su rosario y manda a un criado a casa del hombre para que pida a la mujer el cofre, por necesitarlo el marido. Al ver el rosario, la mujer entrega el cofre. El conde devuelve el cofre a la mujer diciendo que todo ha sido una broma del vecino, para restar gravedad al asunto (Boira, III, pp. 76–79) (Fernández de Velasco, pp. 107–108).

819. Pontífice pobre. Alejandro V fue poseyendo menos cuanto más se acercaba al papado por las limosnas que daba (Boira, III, p. 79) (Fernández de Velasco, p. 55).

820. La casa del pobre. Apremiado el pobre porque el rico pretende reparar la pared medianera, apila leña en su casa y le dice al rico que la va a quemar, éste dice que él sólo correrá con los arreglos, pero que no queme su casa (Boira, III, pp. 79–80) (Fernández de Velasco, p. 177).

821. El sermón del Padre Hipólito. Dice en el sermón del monasterio que ha leído el título y los méritos que se ha dado a todos los que le han precedido en aquel acto, y que a él no le han puesto ninguno, y que por ello se niega a predicar, y así bajó del púlpito (Boira, III, pp. 80–81) (Fernández de Velasco, pp. 68–69).

822. Cuando quise no quisiste. Cuando los jonios quieren pactar con Ciro, habiéndose negado antes, éste les recordó la anécdota del músico que con música quiso sacar los peces del mar sin lograrlo; echó las redes, los sacó a la arena y les dijo al verlos saltar que no bailasen entonces cuando no lo habían hecho con música (Boira, III, pp. 82–83) (Fernández de Velasco, p. 21).

823. Un portugués valiente. El caballero portugués Pedro Vázquez Magallanes agasajó a la esposa del duque de Osuna en sus propias tierras, después la acompañó hasta una plaza fronteriza del duque. Cuando la duquesa dejó la plaza, el portugués la cercó y tomó (Boira, III, pp. 87–88) (Fernández de Velasco, p. 99).

824. Método silogístico. En la disputa entre un agustino y un jesuita, el primero dice que el otro da una en el clavo y ciento en la herradura. El jesuita dice que porque no tiene el pie quieto (Boira, III, pp. 92–93) (Fernández de Velasco, p. 73).

825. La sed y el agua. A Artajerjes le parece un delicado licor el agua hedionda que debe beber sediento tras una batalla (Boira, III, p. 95) (Fernández de Velasco, pp. 37).

826. El embajador y el cortesano. Explicó al cortesano del sultán que su monarca, Felipe II, le había mandado a él, lleno de cicatrices, para que recordase las cuchilladas que les habían dado en Lepanto (Boira, III, pp. 95–96) (Fernández de Velasco, pp. 105).

827. La falta de licencia. Para justificar su partida, cuando le preguntan que por qué se fue sin la licencia del rey, dice que no pudo llevarla porque no se la dio (Boira, III, p. 96) (Fernández de Velasco, p. 84).

828. Poco agua para mucho fuego. Para probar el ardor amoroso que manifiesta el joven portugués, las damas le dicen que se arroje al estanque; replica que es poco agua para tanto fuego (Boira, III, p. 96) (Fernández de Velasco, p. 93).

829. La piel de raposa. Le reprochaban a Lisandro que no siempre usase del valor como su ascendiente Hércules y recurriese a la astucia. Explica que cuando la piel de león es corta, le viene bien añadir otra de raposa (Boira, III, pp. 96–97) (Fernández de Velasco, p. 44).

830. Herrar en domingo. Felipe II pide licencia al cura para herrar la mula un domingo que iban de viaje (Boira, III, p. 108) (Fernández de Velasco, p. 24).

831. El general Lepanto. El predicador cree que Lepanto fue un general (Boira, III, pp. 108–109) (Cf. Fernández de Velasco, p. 66).

832. Efecto de la adulación. Sabiendo Juan XXIII que un orador lo adula, reconoce que aún siendo mentira lo que dice de él, le agrada (Boira, III, p. 109) (Fernández de Velasco, pp. 72–73).

833. Despejo de un soldado. Todos, incluso el rey, reparan entre risas en los puños que lleva un caballero en la audiencia. Se dirige al Rey: “Suplico á V. M. se sirva pasar los ojos por ese memorial como los ha pasado por mis puños…” (Boira, III, p. 109) (Fernández de Velasco, pp. 169–170).

834. La muerte y el sacristán. Rememorando las famosas palabras del padre Avellaneda en los sepelios reales en El Escorial (“¡Oh muerte, cuán cruel eres, pues no preserva el furor de tus iras cetros, diademas ni majestades!”), un cura del lugar repitió la imprecación sustituyendo el objeto del furor por los sacristanes (Boira, III, pp. 110–111) (Fernández de Velasco, p. 65).

835. Chocolate agua. Después de servirle el chocolate, piden agua: ofrece su jícara (Boira, III, pp. 119–120) (Fernández de Velasco, p. 170).

836. El emperador hortelano. Diocleciano se retiró voluntariamente de la vida pública y renunció nuevamente a ella cuando le pidieron que volviera: prefería ser hortelano a emperador (Boira, III, pp. 138–139) (Fernández de Velasco, p. 16).

837. Los azotes y la escuela. Se niega a ir a la escuela porque el día anterior han azotado al niño que estaba a su lado, y es necesario huir del riesgo tan cercano (Boira, III, p. 139) (Fernández de Velasco, p. 176).

838. Las polainas nuevas. El loco sevillano Juan García dice que hay buenas nuevas: sus polainas (Boira, III, pp. 139–140) (Fernández de Velasco, p. 159).

839. El sacrificio. Los agoreros le dicen a Alejandro que, por el bien de su empresa, debe matar al primero que vea al día siguiente. Vio a un labrador con su burro; se hicieron los preparativos para sacrificar al labrador, pero éste objetó que a quien primero había visto fue al burro, pues él iba detrás, por lo que a la bestia correspondía ser sacrificada. Así se hizo (Boira, III, pp. 141–142; Timoneda, “Buen Aviso”, nº 39) (Fernández de Velasco, p. 129).

840. El médico despejado. Un duque quiso bromear a costa de un conocido médico: le dijo que tenía una enfermedad que le obligaba a comer cosas delicadas que se convertían a los dos días en algo mortificante. El médico le aconseja que coma paja y cebada, con lo que le sucederá como a los jumentos, “que los conservan y arrojan, aún después de la digestión, limpios, puros y sin hediondez” (Boira, III, pp. 151–152) (Fernández de Velasco, pp. 167–168).

841. El almuerzo. La superiora ordenó a Santa Teresa que comiese una tortilla con jamón, pues ya se estaba excediendo en la regla de la abstinencia. “Dios, obediencia y jamón, sea muy enhorabuena”, exclamó la santa (Boira, III, p. 163) (Fernández de Velasco, pp. 181–182).

842. Los libros y los caballos. Teniendo el cardenal D. Pascual de Aragón una magnífica librería, que no usaba, reprochó a su hermano D. Pedro que tuviese una tan gran cantidad de caballos que no montaba (Boira, III, p. 164) (Fernández de Velasco, p. 49).

843. Discreción de una mujer. Sabiendo Carlos V que Francisco I de Francia pretendía hacerse con el castillo de Milán, envió una misiva desconcertante a Antonio de Leiva, misiva que sólo la mujer de este supo desentrañar: no tenía que entregar el castillo (Boira, III, pp. 178–179) (Fernández de Velasco, pp. 120–121).

844. El general y el centinela. Este último repetía durante su vigilancia: “Ellos han de venir”. Intrigado el duque de Feria, gobernador de Milán, le forzó a explicar la expresión: el cabo a relevarle, el calor que se lleve el frío y otro capitán general que pague mejor (Boira, III, pp. 181–182) (Fernández de Velasco, p. 91).

845. Decir y hacer. Discutiendo la forma de estorbar los socorros franceses que acudían a Cataluña durante la sublevación, D. Juan de Austria pidió pareceres. D. Enrique de Benavides se atrevió a sugerir que se entrase en el puerto y se quemasen las naves; le preguntaron que si se atrevería; aseguró si se había atrevido a decirlo que era lo más, se atrevería a ejecutarlo. Como lo prometió, lo hizo (Boira, III, pp. 182–183) (Fernández de Velasco, pp. 102–103).

846. Visitas á cuenta de visitas. El pobre estudiante prometió al doctor pagarle las visitas si le sanaba. Al recuperarse comenzó a visitar al doctor cuando éste no estaba en casa. Al hallarlo en la calle, el doctor le dijo que ya se daba por pagado con tanta visita, pero que fuese a ver si el boticario, “que también es acreedor, recibe sus visitas, como moneda corriente, á cuenta de sus medicinas” (Boira, III, pp. 186–187) (Fernández de Velasco, pp. 170–171).

847. El caballo de Santiago. Ofreció su caballo al santo si volvía sano de la guerra. Como fue así y no quería desprenderse de su buen caballo, fue al templo y depositó en el cepillo mil reales para comprar el equino al santo; pero cuando salió de la iglesia, el caballo se negó a caminar: volvió al cepillo y depositó más dinero: así varias veces. Cuando el caballo arrancó llevando a su amo, éste se dirigió al santo reprochándole que otorgase barato sus favores, pero que vendiese los caballos tan caros (Boira, III, pp. 203–204) (Fernández de Velasco, pp. 177–178).

848. Dos cuestiones en una. Estando Fr. Bernardino en su celda con cierto duque, observando éste la vida de privaciones del religioso, reparó en que sería una burla muy pesada si después de tantos sacrificios se condenase. El fraile le replicó que también sería una burla pesada si, después de la vida tan regalada como había llevado el otro, fuese al cielo (Boira, III, pp. 204–205) (Fernández de Velasco, p. 58).

849. La reconciliación de César. Rufo, antiguo enemigo de César, se rebajó ante el emperador para evitar represalias, y pidió perdón. César le recibió con los brazos abiertos, y Rufo pidió alguna merced como muestra del perdón. César le concedió lo que le pidiese: pidió una fuerte suma. César aseguró que procuraría no enemistarse con Rufo, ya que perdonarle le costaba tan caro (Boira, III, pp. 214–215) (Fernández de Velasco, pp. 12–13).

850. Pastor de ovejas. Para injuriar un cardenal al futuro Pío V, le preguntó que por qué no seguía guardando ovejas, a lo que contestó: “Porque no eran mías las que guardaba, sino de mi padre” (Boira, III, p. 220) (Fernández de Velasco, p. 59).

851. Los ídolos mentirosos. Los jueces sometieron a un ladrón al dictamen de los ídolos: unos dijeron que era ladrón y otros que no. Los jueces lo soltaron y llegó a ser rey de Egipto. Con su poder recompensó a los ídolos que habían proclamado que era ladrón y mandó destruir los templos de los oráculos que habían juzgado que no era ladrón, por mentirosos y encubridores (Boira, III, pp. 220–221) (Fernández de Velasco, pp. 16–17).

852. Un gobernador en América. Un gobernador español en una provincia americana dictó una orden contra un joven demasiado bullicioso, desterrándole a quinientas leguas durante mil años. El joven pidió el tiempo apropiado para preparar tan largo destierro, el gobernador le concedió cien años (Boira, III, pp. 221–222) (Fernández de Velasco, pp. 73–74).

853. La perdiz de San Nicolás. Enfermo, el prior le ordenó que comiese una perdiz, pese al voto que tenía hecho de no comer carne. El santo no sabía qué era mayor pecado: romper el voto de la carne o el de la obediencia; pidiendo ayuda a Dios, la perdiz asada recobró vida y se fue volando. Un fraile, narrando en el púlpito el milagro, se admiraba más de que un prior mandase a un fraile comer una perdiz (Boira, III, p. 224) (Fernández de Velasco, p. 62).

854. Un consejo de loco. El loco aconsejó al visitante de la casa de locos de Leganés que nunca creyese a nadie de ligero; al rato se volvió y le dio una bofetada por no haber seguido su consejo, pues se había fiado de él (Boira, III, pp. 241–242) (Fernández de Velasco, pp. 163–164, localizado en Toledo).

855. Las muertes de plata. Un estudiante se vistió de máscara con un ropaje salpicado de muertes de plata y una letra que advertía que una debía a Dios y las demás, al platero (Boira, III, p. 252) (Fernández de Velasco, p. 176).

856. El juicio guardado. El caballero que visitaba la casa de locos de Zaragoza le pedía a Dios insistentemente que le guardase el juicio. Un loco le da un bofetón diciéndole que tome ejemplo de él, a quien se lo había guardado durante veinte años y no se lo había vuelto hasta ese instante (Boira, III, pp. 262–263) (Fernández de Velasco, p. 158).

857. El prisionero romano. Un prisionero de Aníbal obtuvo permiso para ir a Roma tras jurar que volvería. Cuando salió de la prisión volvió fingiendo haber olvidado algo y diciéndose que con aquel gesto ya había cumplido su promesa de volver. Llegado a Roma y, enterado el Senado, devolvió el prisionero a Aníbal por parecerle infame y poco edificante la treta (Boira, III, p. 265) (Fernández de Velasco, pp. 24–25).

858. Agesilao y Apeles. Cuando Agesilao visitó a su enfermo amigo, le dejó una bolsa de dinero bajo la almohada. Cuando Apeles la vio dijo que su amigo era un ladrón, porque robaba las almas (Boira, III, p. 266) (Fernández de Velasco, p. 146).

859. Estilo modelo. El predicador dijo un sermón inspirado en los cohetes disparados la víspera, en el que nadie entendió nada por intentar un lenguaje pretendidamente culto, absurdo y disparatado: “Viéronse gallardetes de penachería fulgurante…” (Boira, III, p. 267) (Fernández de Velasco, pp. 66–67).

860. Las oraciones de Demóstenes. A Cicerón le gustaban los sermones de Demóstenes más largos; “porque tiene tanto de bueno como de mucho” (Boira, III, p.
273) (Fernández de Velasco, p. 130).

861. Leer sin fruto. Leía libros sin provecho, así es que el librero le dijo que pensase que el huevo cuanto más cocido, más duro (Boira, III, p. 273) (Fernández de Velasco, p. 78).

862. La lamprea. El mayordomo no consiguió convencer a santo Tomás de Villanueva para que se quedase con una lamprea que le había costado seis reales, por mucho que le hizo ver que un arzobispo bien podía hacer ese gasto. Replicó el prelado que los bienes del arzobispado eran de los pobres, que él sólo tenía la administración (Boira, III, p. 277) (Fernández de Velasco, pp. 189–190).

863. La vajilla de plata y la de barro. El provincial, visitando un convento pobre, al ver que allí habían dispuesto vajilla de barro y cubiertos de madera, ordenó a los frailes de su comitiva que lo sustituyeran por su vajilla de plata. Terminada la comida, el prior quiso dar una lección de humildad al padre provincial y pidió que tuviesen cuidado de que no se mezclasen las vajillas de los unos con las de los otros (Boira, III, pp. 277–278) (Fernández de Velasco, p. 55).

864. El veinte y cuatro y el jurado. El veinte y cuatro y el jurado fueron comisionados por la ciudad de Sevilla para hacerle una petición a Felipe IV. Como el primero no acertase con las palabras con que empezar la causa, el jurado lo hizo diciendo que Sevilla enviaba “un veinte y cuatro y un jurado para que, en caso de turbarse el primero, hable el segundo, como lo haré yo, si V. M. lo permite”. Y expuso la causa con brillantez (Boira, III, p. 294) (Fernández de Velasco, p. 86).

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BIBLIOGRAFÍA

AGÚNDEZ GARCÍA, José L.: “Tradición Oral y Literatura”, Revista de Folklore, 288 (2004), pp. 194–207; 290 (2005), pp. 62–72, 302 (2006), pp. 57–72.

BOIRA, Rafael: El libro de los cuentos, colección completa de anécdotas, cuentos, gracias, chistes, chascarrillos, dichos agudos, réplicas ingeniosas, pensamientos profundos, sentencias, máximas, sales cómicas, retruécanos, equívocos, símiles, adivinanzas, bolas, sandeces y exageraciones. Almacén de gracias y chistes. Obra capaz de hacer reír a una estatua de piedra, escrita al alcance de todas las inteligencias y dispuesta para satisfacer todos los gustos. Recapitulación de todas las florestas, de todos los libros de cuentos españoles, y de una gran parte de los extranjeros, Madrid, Imp. Miguel Arcas y Sánchez (“Biblioteca de la Risa por una Sociedad de Buen Humor”), 1862, segunda edición, 3 tomos.

FRADEJAS LEBRERO, José y AGÚNDEZ GARCÍA, José L.: “Tradición Oral y Literatura”, Revista de Folklore, 302 (2006), pp. 57–72.

FERNÁNDEZ DE VELASCO Y PIMENTEL, Bernardino: Deleite de la Discreción y Fácil Escuela de la Agudeza (1743), (“Austral”, 662), Buenos Aires, Espasa–Calpe, 1947.