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ACERCA DE LA CARRERA DEL CABRO, DE MEMBRILLERA: POSIBLES PARALELISMOS

LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 312.

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Con mi total y sincera amistad a Gabino Domingo y, a quienes como él, gastan su energía y su pecunio en beneficio del pueblo que les vio nacer para general disfrute y regocijo, sin esperar nada a cambio.

BREVES DESCRIPCIONES

I.– La Carrera del Cabro

Tiene lugar a finales del mes de octubre.

Actualmente la fiesta se divide en dos partes claramente diferenciadas, aunque, con toda probabilidad, con anterioridad constaría de, al menos, una parte más.

La primera es la propia Carrera del Cabro: en un corral que se tiene por secreto, un grupo de mozos engalana un macho cabrío que se ha alquilado en algún pueblo de la Sierra. Allí lo adornan con mantillas de colores llamativos (rojo sobre blanco, con puntillas), un espejo en el frontal, un pretal lleno de cascabeles, un cencerro al cuello y cintas de diversos colores, así como borlas llamativas en la cornamenta.

Desde la Plaza Mayor, donde espera la ronda y una nutrida concurrencia de espectadores, el que desempeña el papel de alcalde da la orden de soltar al cabro, que corre arrebatadamente acosado por el mocerío, hasta que éste puede hacerse con él y lo conduce hasta el lugar donde se encuentran los músicos, con el fin de seguir un itinerario por las calles del pueblo que siempre es el mismo, a cuyo regreso a la plaza y ya por tercera vez, dicho alcalde pasa lista a los asistentes, sancionando a los que falten, y se sigue corriendo el cabro hasta la hora de la cena.

Aquí da comienzo la segunda parte, que consiste en dar buena cuenta de una caldereta, pero siguiendo cierto ritual. Veamos: sobre las ocho comienzan los preparativos. Se dibuja en el suelo de la plaza un gran círculo en cuyo exterior deben situarse los comensales. A su vez, dicho círculo se divide en cuatro cuadrantes –con capacidad para quince comensales cada uno– y en el centro se coloca el caldero que contiene las patatas o blanco con la carne o negro, y en cada raya divisoria el alcalde y tres concejales. La cena debe transcurrir en completa armonía y seriedad.

La orden del comienzo la pronuncia el alcalde:

– Señores, vamos a empezar. Blanca por mi derecha.

Y salen primeramente los de la justicia, o sea, el propio alcalde y los concejales, cuchara en mano para coger una patata y dejar paso a otros cuatro, uno a la derecha de cada autoridad, sucesivamente. Si el alcalde hubiese dicho: negra a mi izquierda, con el tenedor habría que haber pinchado carne, comenzando por la izquierda.

Después el alcalde tratará de recoger dinero, para sufragar los gastos de la caldereta, multando a los que pisen las rayas, den la espalda al caldero, manchen el suelo, se rían sin permiso, etc.; dinero que recoge el alguacil y deposita bajo el caldero.

En alguna ocasión hemos dicho que esta fiesta nos recuerda a otra, ya desaparecida hace muchos años, conocida como Los aguinaldos de Santa Águeda, que llevaban a cabo los mozos de Ruguilla (1).

También guarda cierto parecido con la celebración de algunas machorras, como la de Valverde de los Arroyos, igualmente desaparecida.

II.– Los aguinaldos de Santa Águeda. Fiesta de los mozos de Ruguilla (Guadalajara)

Comenzaba esta fiesta el día 25 de noviembre, con motivo de la celebración de Santa Catalina, patrona del pueblo, con la reunión de todos los solteros, bajo la presidencia del alcalde de los mozos del año anterior, dándose la bienvenida a los de 15 y 16 años que por primera vez acudían a una reunión de mozos, entrando en dicha comunidad a cambio de una pequeña cantidad en metálico, ya que desde aquel momento se pasaba de ser chaval a ser mozo y, por lo tanto, tener derecho a participar en otras fiestas.

Estos nuevos mozos eran llamados alguaciles y pasaban a reemplazar a los del año anterior en su cargo durante todo el año, hasta la llegada de otro día de Santa Catalina en que pasaban a ser alguaciles los mozos que habían ingresado de nuevo. Posteriormente se procedía a la elección de tres mozos, es decir, de un alcalde y dos concejales, según edades, que serán los jefes de los mozos durante el año y quienes se encargarán de custodiar los dineros que se vayan allegando, con el fin de hacer frente a los gastos de la fiesta de Santa Águeda.

Dos o tres domingos antes del día de Santa Águeda, el 5 de febrero, el alcalde y los concejales daban orden a los alguaciles para que convocasen a todos los mozos y, entre todos, preparar la fiesta, lo que se hacía el domingo siguiente bajo la presidencia del alcalde. Allí se acordaba la compra de un macho cabrío grande y gordo, con gran cornamenta y muy agresivo. Si en el pueblo no lo había con esas características el alcalde y los concejales salían a comprarlo a cualquiera de los pueblos de los alrededores y, una vez el macho cabrío en el pueblo era encerrado en un corral del alcalde hasta el día 4.

Era condición que si se compraba en Ruguilla, se pagaba en el acto, pero no se harían cargo de él hasta el día señalado que, en un caso u otro, por la mañana los tres mozos de Santa Águeda se ocupaban de lavarlo, aceitando su piel y la barba para que brillase, abrillantando también los cuernos con aceite o grasa.

Por la tarde se requería la ayuda de algunas mujeres para adornar el macho con pañuelos, cintas, cencerros y cascabeles, quedando abigarradamente adornado.

Posteriormente le ataban una soga a los cuernos y lo paseaban por todo el pueblo, encabezando la ronda. A veces era tanta la fuerza del animal que el alcalde y los concejales tenían que sujetarlo con todas sus fuerzas, agarrando la cuerda muy corta, pero dejándola correr cuando la ronda pasaba ante las mozas, tratando de embestirlas, produciéndose las correspondientes carreras y gritos.

Durante la ronda, los mozos van haciendo cuestación de dinero y alimentos.

Una vez recorridas las calles del pueblo, el macho se llevaba al matadero donde era sacrificado y descuartizado, siendo los alguaciles los encargados de subastar sus despojos (cabeza, patas, menudo, piel y cuernos), que se disputaban los vecinos llegando a pagar sumas respetables respecto al valor de lo subastado. Lo recogido iba a engrosar el dinero con que pagar la fiesta.

Después todos los mozos se disponían a cenar dos platos: judías rojas y arroz con las asaduras de la res, ya que la canal formaría la base del banquete del día 5. Tras la cena seguía la ronda y un baile.

El día de Santa Águeda, a primeras horas de la mañana se juntaban todos los mozos bajo la presidencia de su alcalde con el fin de organizar los actos a realizar.

Lo primero que hacían era confirmar el mando a los cargos elegidos y nombrar otros dos o tres mozos para que se encargasen de guisar el macho cabrío en colaboración con un cocinero que buscaban entre los mejores del lugar.

Después, varios mozos más solicitaban la llave de la iglesia al sacristán, volteando las campanas hasta la hora de la misa. Entre tanto, el alcalde y los concejales, vestidos con capa, acudían a casa del cura y éste los recibía dándoles los pertinentes consejos para que supieran guardar el orden, sabiendo utilizar su autoridad simbólica, ya que el concejo y el juzgado, también presentes en esta ocasión, delegaban en ellos su mando (3).

Ya de acuerdo, a la hora de reemplazar a las autoridades efectivas, el cura, el alcalde y los concejales se dirigían a la iglesia y acompañaban al primero hasta la sacristía a fin de que se revistiese para oficiar la misa, mientras ellos ocupaban los bancos reservados a las autoridades.

Transcurría la misa, que era cantada, con toda normalidad y tras la misma acompañan al sacerdote a su casa, desde donde se organiza nuevamente una ronda que comenzaba con una serenata en su honor, hasta la hora en que se les avisaba que la comida estaba preparada.

Por la tarde se jugaba a los bolos y se tiraba la barra.

Ya por la noche, los mozos reunidos, procedían a la cena, pero acompañados por el cura y las autoridades verdaderas, a las que cedían la presidencia.

Señala García Sanz que esta fiesta comenzó a declinar hacia 1936 por culpa del precio que alcanzaba el ganado cabrío y termina señalando que son (eran) muy raras las fiestas de hombres con motivo de la celebración de Santa Águeda (4), afirmando contundentemente:

“Me atrevo a opinar que la fiesta de LOS AGUINALDOS DE SANTA AGUEDA podría ser de origen ibérico y como un homenaje de la gente madura a la juventud prometedora y viril y como un ensayo para elegir nuevos jefes de tribu y familia, en cambio, las fiestas de mujeres a que aludo, cuyo prototipo y más pura puede ser la de Zamarramala, podría ser un homenaje a la hermosura y fecundidad de la mujer por antiquísimas tribus” (5).

ELEMENTOS COMUNES

Salvo en las fechas de realización de cada una de las fiestas descritas, la primera a finales de octubre y la segunda comenzando el 25 de noviembre (Santa Catalina, patrona de Ruguilla), pero celebrándose efectivamente el 5 de febrero (Santa Águeda), los actos principales que se realizan guardan, como puede verse, tan acusado paralelismo que, en algunas ocasiones, llegan a convertirse en coincidencia.

Es evidente que en la fiesta actual de Membrillera hay un elemento que se supone, pero que en Ruguilla está presente constantemente. Se trata de la existencia de un mocerío que representa a una especie de ayuntamiento ficticio durante determinado espacio de tiempo. En la Carrera del Cabro aparecen las figuras de los mozos y destacando de entre ellas, las del alcalde, los dos concejales y el alguacil. Personajes que vemos constantemente en los Aguinaldos de Santa Águeda, y que, en realidad, son los que llevan el peso de la fiesta en ambos lugares, dado que en ambos casos son los encargados de desplazarse a comprar o alquilar (en el caso de Membrillera) un macho cabrío que cumpla con los requisitos que deben exigírsele, de ser “grande y gordo, con gran cornamenta y muy agresivo” y guardarlo a escondidas o en un corral del alcalde (de los mozos) para en el momento oportuno, limpiarlo y engalanarlo debidamente y dar con él vueltas por las calles del pueblo, acosándolo y dejándolo acosar, acompañado por la ronda y los mozos, con su alcalde a la cabeza, que va pasando lista e imponiendo multas económicas (Membrillera) o recogiendo aguinaldos (Ruguilla) con los que contribuir a los gastos de la fiesta, hasta la hora de la cena, consistente en Membrillera en patatas con carne (que allí reciben la denominación de blanco con negro), y en la que se sigue cierto rito que de no cumplirse por los comensales les obligará a que paguen la correspondiente multa en metálico que se encarga de recoger el alguacil y que deposita debajo del caldero.

Es decir, que en Membrillera, actualmente al menos, el macho no se sacrifica y se devuelve a su dueño, no sucediendo lo mismo en el caso de Ruguilla (antes de 1936), en que el animal era sacrificado y en la cena se comían dos platos: judías y arroz con las asaduras de la res, quedando la canal para la comida de la fiesta propiamente dicha de Santa Águeda, que tenía lugar al día siguiente, o sea, el 5 de febrero. Seguían, después de la cena, la ronda y un baile en el que todos podían participar.

Como puede verse en la descripción anterior de la fiesta de los mozos de Ruguilla, la fiesta en que se sacaba el macho tenía lugar el día anterior de Santa Águeda, ya que este día estaba más bien destinado a hacer sobresalir a los mozos del lugar, especialmente al alcalde y a los concejales de los mozos, que con el permiso de las autoridades efectivas, desempeñaban los cargos del concejo y la justicia durante algún tiempo. Parece que en este momento los mozos demuestran esta autoridad cedida temporalmente a través del acompañamiento que hacen al cura desde su casa hasta la sacristía, para que se revista y oficie la misa, en la que ellos ocuparán los bancos que corresponden a la autoridad real y de una cena a la que no invitan, generalmente, más que a las autoridades civiles y eclesiástica, cediéndoles la presidencia (6).

OTROS ASPECTOS A TENER EN CUENTA: LAS MACHORRAS.

A) A modo de ejemplo puede servirnos la descripción que de la machorra de Valverde de los Arroyos hace José Fernando Benito (7).

Primeramente conviene saber que al grupo de mozos se le denomina ronda y tiene al frente un alcalde y que el de las mozas se llama bando y su autoridad la ostenta la mayorala. Y la elección del alcalde, anual, tenía lugar en una cena que se celebraba en la posada de los mozos, la víspera del día de Todos los Santos.

El treinta y uno de octubre por la tarde se mataba una res menor, primala o andosca machorra, o sea no preñada, seleccionada previamente por los mozos y a la que se dejaba encerrada hasta su sacrificio, entrando aquí las mozas en una especie de juego provocativo, que pretendía potenciar las relaciones entre mozos y mozas, consistente en tratar de encontrar el corral donde habían encerrado a la machorra y dejarla escapar. Una vez sacrificada la res, su asadura servía para la cena, durante la que se elegía al nuevo alcalde. Como señala F. Benito de forma tan poco democrática, ya que el alcalde saliente, levantado el porrón, decía:

–“Fulano, que cumplas con salud” bebiendo seguidamente. Así, el recién nombrado alcalde, procedía al nombramiento de los demás componentes de su ayuntamiento: dos rondistas, dos cocineros, un escanciano y un candilero. Después, en un baile se daban a conocer a las mozas los nuevos cargos y una cencerrada.

El día de Todos los Santos se comía la machorra y a lo largo de la comida se admitían a ronda todos los mozos que lo solicitasen (de 17 ó 18 años) mediante el pago de la correspondiente cuota en vino o dinero. Ello significaba el paso de mozalbete a mozo.

Finalizada la comida se rondaba por el pueblo a modo de llamada para el baile que se iba a iniciar, con lo que se daba por concluida la machorra.

Aquí, como queda a la vista, no se hace correr a la machorra, sino que solamente hay una cena y una comida. En la primera se elegía al nuevo alcalde que a su vez procedía a la elección de los componentes de su gobierno y, en la segunda, a la entrada de nuevos mozos a la ronda. Nada de engalamientos del animal, que además, en este caso, vemos que es hembra (aunque en Valverde de los Arroyos, los mozos mataban cualquier res, macho cabrío, cordero, etc., cuando no había machorra disponible, manteniéndose el nombre de la fiesta).

B) Sin embargo, en el pueblo soriano de Quintanilla de Tres Barrios, una junta de mozos encabezada por el alcalde ajustaba la compra de una oveja –machorra, que se sufragaba a escote, para en la noche del treinta y uno de octubre –víspera de los Santos– soltarla por las calles, ataviada con cencerros y una enorme zumba, siendo acosada por los mozos a los que terminaba por rendirse para ser degollada (8). De la res se aprovechaba casi todo, pues se vendían la piel, las patas, la cabeza y, a veces, las tripas, dado que el almuerzo solía consistir en asadura con pisto, mientras que la comida se componía de un primer plato de potaje a base de garbanzos, patatas y repollo y de segundo una caldereta de carne, al igual que la cena.

Esquema en el que seguimos viendo los grupos moceriles, encabezados siempre por el alcalde que se encargan de la adquisición de la machorra que, después de ser corrida por las calles del pueblo, servirá de alimento.

Aunque, curiosamente aquí la fiesta tiene lugar por la noche y el día anterior al de Todos los Santos.

EXPLICACIÓN FINAL

En fin, sirvan estos sencillos ejemplos para ofrecer al lector una somera idea de lo interrelacionadas que pueden estar fiestas de este tipo, en las que se encuentran distintos elementos que, si aparecen en unas, pueden no hacerlo en otras, aunque considerando casi siempre que suelen estar constituidas por elementos diversos que se han venido ajustando y adaptando con el paso del tiempo, hasta el momento actual en que, en ocasiones, casi siempre, es muy difícil poder establecer los procesos que se han venido siguiendo a lo largo de esta evolución a que nos referimos.

Aquí, al menos, quedan patentes varios elementos: el grupo moceril, a modo de ayuntamiento temporal; el animal que se persigue engalanado y/o se enseña por las calles del pueblo acompañado de una ronda; la petición de dinero y alimentos, y los posteriores ágapes, cena y comida, en base a la propia carne del animal sacrificado.

Posiblemente, en otra ocasión, ampliemos estos datos con otros más referentes a grupos de mozos, encargados de representar la autoridad del pueblo, tanto civil como religiosa.

Pero no queremos dejar pasar esta oportunidad que nos da pie para dejar constancia de lo que son las “fiestas de mozos”, que tal es la denominación que reciben estas agrupaciones tan ampliamente difundidas por toda la geografía nacional. Atienza indica, a propósito, como ya creemos que ha quedado suficiente manifiesto, que:

“Las fiestas de mozos coinciden con lo que podríamos llamar un cambio de estado de la adolescencia a la madurez. Sus protagonistas son los muchachos que han llegado a la edad de enfrentarse con circunstancias vitales que les habrán de convertir en responsables de su propio futuro o que les habrán de alterar los hábitos infantiles entre los cuales ha discurrido su vida. Estas circunstancias se han reducido, hasta ahora, a una por la que, en teoría, debían pasar todos los miembros masculinos del colectivo: el servicio militar, sólo sustituible por la carrera eclesiástica o por el matrimonio. Esa transformación equivale a lo que en las sociedades primitivas suponía el rito de paso que exigía un proceso iniciático que prepararía a esos adolescentes para asumir las responsabilidades de la edad adulta”.

Y pone un ejemplo sobre los rasgos generales de tales ceremonias, la que se celebra en Morón de Almazán (Soria) (9).

Pues bien, dicha fiesta tiene lugar el día 5 de febrero (en esto coincide con la que ya hemos visto de los mozos de Ruguilla), y los mozos reivindican sus derechos de forma semejante a como los solicitan las mujeres en otros lugares. Una solicitud de independencia a los representantes del mundo oficial. De modo que constituyen un ayuntamiento con su alcalde –el de mayor edad– y sus alguaciles, que ejercen durante tres días (en este caso), teniendo derecho, que ejercen, de mantener el orden, para lo que se valen de la consabida imposición de multas, por los motivos más peregrinos (como hemos visto que sucede en la cena de Membrillera), con las que forman un fondo común que servirá después para la adquisición de viandas de las que darán buena cuenta en un festín (o varios) a los que únicamente asisten ellos.

En realidad, durante estas fechas, los mozos se iban de sus casas para vivir en comunidad en un lugar determinado, generalmente una casa deshabitada, en la que podían actuar con total libertad, obedeciendo exclusivamente las normas establecidas por el alcalde y los demás mandatarios (concejales), a modo, ciertamente de nuevo proceso, actualizado en este caso, de rito de iniciación, que les daba entrada al mundo adulto. Por lo tanto, todos comían en común los alimentos que ellos mismos habían preparado, comida en la que se seguían las pautas que marcaba el alcalde y que solían acabar al mismo tiempo que se acababa el dinero. Luego había un baile general (10).

De todas formas, como queda patente, esta explicación corresponde única y exclusivamente al grupo moceril. Sin embargo nada hemos dicho acerca de la existencia –compra o alquiler, actualmente – de un macho cabrío.

Las cosas no están muy claras, pero nos atreveríamos a señalar que su origen está en las antiguas fiestas Lupercalias, que se solían celebrar alrededor del día 17 de febrero con el fin de proteger los ganados y que solían comenzar con el sacrificio de un macho cabrío, con cuya sangre se manchaba la frente de los participantes. Plutarco apunta en sus escritos que la piel del animal sacrificado se cortaba en tiras que los asistentes convertían en látigos con los que fustigar a los curiosos (11), de donde, al parecer, proceden algunas “botargas”.

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NOTAS

(1) LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: Fiestas Tradicionales de Guadalajara, 2.ª ed. Guadalajara, Diputación de Guadalajara, 2001, p. 133. LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: Guadalajara, Fiesta y Tradición, Guadalajara, Editorial Nueva Alcarria, S.A., 2005, p. 358.

(2) GARCÍA SANZ, Sinforiano: “Los aguinaldos de Santa Águeda. Fiesta de los mozos de Ruguilla (Guadalajara)”, Actas do Primer Congreso de Etnografía e Folklore (Braga, Portugal, 1951), Lisboa, 1953. Vol. III. GARCÍA SANZ, Sinforiano: Su obra. Notas de Etnología y Folklore, Madrid, Casa de Guadalajara en Madrid, 1996, pp. 73–86.

(3) Cuando García Sanz escribió este trabajo, a los mozos ya no se les entregaba la vara de la justicia, aunque antiguamente se hacía y eran ellos las autoridades del pueblo, cuidando siempre que las autoridades efectivas no se sintieran humilladas, “si bien en tiempos más remotos el mando si que fue efectivo, pues la entrega de insignias por la autoridades se hacía con todo respeto en el ayuntamiento y llegaba a durar, el mando y la fiesta, hasta ocho días”. GARCÍA SANZ: Ob. cit., p. 78.

(4) Indica que “en Amurrio (Vizcaya), el día de Santa Águeda, grupos de mozos ataviados con blusas y portando largas varas, recorrían las casas del pueblo pidiendo aguinaldo con cantares alusivos y haciendo corro, mientras cantaban, en los portales. También Resurrección María Azkue en su libro “Euskaleriaren yakinza (Literatura popular en el País Vasco)”, Madrid, 1935, p. 286, cita otras manifestaciones moceriles por Santa Águeda”. GARCÍA SANZ: Ob. cit., p. 85.

(5) GARCÍA SANZ: Ob. cit., p. 85.

(6) Mozo, “en el sentido popular designa a la persona todavía no casada que ha pasado ya de la pubertad. Normalmente se designa así al que ya ha sobrepasado los diecisiete años, pero en el contexto social español hay una referencia constante al hecho –en el caso del mozo– de haber cumplido o no el servicio militar obligatorio. Como resulta obvio, mozos y mozas son los protagonistas más entusiastas de la mayor parte de las fiestas, aún de aquellas de las que no son protagonistas reconocidos. Son ellos y ellas quienes les dan vida y quienes, en un momento determinado, configuran su sentido y aportan el toque auténticamente festivo a la celebración. En cualquier caso son los que mueven la fiesta desde sus inicios…” ATIENZA, Juan G.: Fiestas Populares e Insólitas. Costumbres y tradiciones sorprendentes de los pueblos de España, Barcelona, Ediciones Martínez Roca, S.A., 1997, p. 325.

(7) BENITO, José Fernando: “La Machorra de Valverde de los Arroyos”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 6 (1988), pp. 41–43.

(8) TORRE GARCIA, Leopoldo: “La Machorra en Quintanilla de Tres Barrios (Soria)”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 6 (1988), pp. 44–47. En esta fiesta el alcalde, cabeza visible, se erigía antaño en verdadero protagonista del grupo en el que no podía faltar el teniente de alcalde y los sumisos alguaciles.

(9) ATIENZA: Ob. cit., pp. 290–291.

(10) ATIENZA: Ob. cit., pp. 170–171. Véase RUIZ VEGA, A.: La Soria Mágica: fiestas y tradiciones populares, Soria, El Autor, 1985.

(11) ATIENZA: Ob. cit., p. 312.