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LA ORGANOLOGÍA TRADICIONAL EN EL CICLO VITAL. UN ESTUDIO EN EL CAMPO DE MONTIEL (1)

MOYA MALENO, Francisco Javier

Publicado en el año 2007 en la Revista de Folklore número 314.

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En las diversas etapas de la vida por las que atraviesa el ser humano (infancia, adolescencia, edad adulta y vejez) su posición en el mundo, su visión del mismo y su forma de actuar frente a él evolucionan. Los instrumentos musicales tradicionales no son una excepción, la relación de las personas con la organología popular va evolucionando a lo largo de su vida. Aún es más, es posible que uno de los aspectos sociales y biológicos que influya más directamente en la organología tradicional sea el ciclo vital pues los instrumentos musicales utilizados por el pueblo están presentes en cada momento de la vida con una función y unas características muy claras: Lo que para un niño es un juguete en un adolescente se puede convertir en un instrumento de protesta que exhibe con orgullo, para un adulto puede ser un cargo público lleno de honores y para un anciano un doloroso recuerdo del que intenta olvidarse.

La relación existente entre las fases de la vida y el instrumento no se puede considerar únicamente como una serie de compartimentos estancos sin conexión alguna sino que los instrumentos pueden ser vistos como un hilo conductor a través de la existencia, un camino por el que la mayoría de las personas transitaban a lo largo de su vida. Pero el recorrido también se puede realizar en sentido inverso pues, poseedores de un alto poder evocador, los instrumentos tienen la capacidad de retrotraernos años atrás solamente escuchando su sonido. Hoy en día las nuevas tecnologías han provocado que nos olvidemos de nuestros instrumentos pero en épocas no muy remotas muchas personas, si seguían una evolución dentro de los cánones de su tiempo debían pasar necesariamente desde la cuna hasta la tumba por una serie de instrumentos musicales.

La correlación entre instrumento y persona es bidireccional. Tendemos a pensar que es el hombre el que domina y da uso y significado al objeto, la palabra instrumento lo dice todo, es un medio, pero podría no ser siempre así. En efecto, en ciertos momentos es el propio instrumento el que define la personalidad del sujeto en un estadio de su vida.

Vemos un par de ejemplos:

– Un adolescente con un cencerro en sus manos se convierte en una persona que puede hacer temblar a una pareja de viudos, el cencerro le da poder.

– La corneta de postas del pregonero siempre tendrá el mismo significado, será lo mismo la toque quien la toque, pero la importancia social de una persona adulta, su status, sí podía cambiar si iba ataviado con dicho instrumento.

En pocas palabras, el momento de la vida en la que se encuentre el músico afectará al instrumento que elija, a la forma de verlo, a su mismo uso, a él mismo como persona individual y como miembro de una comunidad y a una serie de connotaciones que veremos a continuación etapa por etapa.

NACIMIENTO

En el momento de nacer, los instrumentos musicales ya están presentes en la vida de las personas quienes, en muchas ocasiones, parecen estar predestinadas a uno u otro en concreto. El hecho de venir al mundo en una familia determinada ya define de una manera muy alta que instrumento tocarás en el futuro, son numerosísimos los ejemplos en los que vemos cómo los instrumentos se heredan de padres a hijos, creándose sagas de músicos populares que tienen un gran sentido de autoconciencia para perpetuar la misma función y mantener el nivel de prestigio y reconocimiento que ostentaron sus progenitores y antepasados (recordemos que en muchos pueblos hay personas que aunque no fueran músicos profesionales son recordadas públicamente por su gran afición por la música y buen hacer con algún instrumento). Al mismo tiempo es una alegría y casi una necesidad trascendental para los padres que algo tan importante y tan enraizado en su pulso vital y personal se perpetúe y permanezca a través de sus vástagos. Así vemos en un ejemplo más entre otros muchos casos cómo el tiplillo, conocido en otras regiones bajo el nombre de guitarro, un instrumento que por sus características destaca dentro de la rondalla (mucho más en Albaladejo donde cumple una función ritual) se pasa en numerosas familias de padres a hijos. Del mismo modo si naces en Villahermosa en una familia ligada durante generaciones a la Hermandad de Jesús tendrás muchas posibilidades para, en algún momento de tu vida, tocar la bocina o bozaina. Del mismo modo que se daba (y todavía ocurre) esta “imposición” paterna que te llegaba al nacer también encontramos ejemplos de cómo influía lo que los sociólogos han venido a llamar la familia extensa, es decir toda la familia, entendida de una forma más amplia a como hoy en día la concebimos ya que este modelo familiar, hoy prácticamente desaparecido en nuestra sociedad, incluía un mayor número de personas con un alto grado de cohesión e interacción.En función de qué instrumento había anteriormente en tu casa podías tocar uno igual que reforzara los ya existentes (v.g. en la actualidad hay dos hermanos que tocan el tambor en Albaladejo y curiosamente durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX también fueron otro par de hermanos los encargados de tañer este instrumento) u otro que complementen los que ya tocan tus familiares de más edad: me es muy cercano, entre otros muchos, el caso de una familia en la que los dos hermanos mayores tocan la bandurria y la guitarra respectivamente y cuando le llegó al pequeño el momento “eligió” el laúd, completando así la tríada del folklore actual campo montieleño. El caso más extremo de esta influencia familiar lo hayamos en Villanueva de los Infantes donde durante los años 50 del siglo pasado se llegaron a formar verdaderas rondallas y orquestas de baile popular constituidas casi por “clanes”. Otro ejemplo paradigmático lo encontramos a día de hoy en la localidad de Villanueva de la Fuente en una familia en la que todos, padres, hijos, tíos o sobrinos, tocan algún instrumento y entre ellos solos se bastan para animar cualquier fiesta.

INFANCIA

Durante esta etapa que dura desde el nacimiento hasta los 13 ó 14 años en la que comienza la adolescencia se produce la formación de los niños en un proceso de aprendizaje y preparación para la vida adulta oculto frecuentemente bajo la forma de juegos y la imitación a los mayores. En consonancia a este desarrollo se utilizan distintos instrumentos de manera diferente. Hemos encontrado cinco modelos.

A) Instrumentos propios de los niños de menor edad (de 3 a 10 años): Suelen estar fabricados con los materiales que da la tierra y por lo general son tan fáciles de construir como de romper. Dentro de este apartado entrarían pitos y silbatos hechos de plantas (centeno, trigo, calabaza) o huesos (albaricoque), el amapól, carajillo, etc… Aunque en la mayoría de las ocasiones los instrumentos sólo representan un juego y distracción infantil se recuerda en pueblos como Albaladejo que en carnavales salían grupos de chiquillos que formaban conjuntos instrumentales con todo tipo de pitos tratando de emular los ritmos y melodías de los adultos. Aquí el instrumento se convierte ya en un puente hacia estadios posteriores.

B) Instrumentos en “estadio de infantilización (2)”: Proceso que pueden llegar a sufrir todo tipo de manifestaciones tradicionales, incluidas canciones y bailes. Consiste en la adopción por parte de los niños de dichos elementos a modo de juego o juguete cuando los adultos han dejado de utilizarlo por causas de desarraigo, modernidad, etc. Suele permanecer de forma simplificada y representa el último refugio antes de desaparecer. Esto ocurre ahora mismo con instrumentos como la zambomba y la pandereta que son más frecuentes de ver como un entretenimiento infantil que en manos de adultos que es como se conservan en otras zonas de la península y lo que siempre fueron en el Campo de Montiel. Otro ejemplo de infantilización es la dulzaina encontrada en Ossa de Montiel, un tubo de latón sin orificios laterales, con la forma y dimensiones de la dulzaina que se conserva en zonas cercanas, afinado en el mismo tono y que sin duda fue un juguete para niños antes que este instrumento se olvidara por completo.

C) Instrumentos de percusión: Con cierta frecuencia descubrimos niños que tocan instrumentos de percusión que hacen una función de acompañamiento y relleno rítmico y los tañen en compañía de sus familiares al tiempo que aprenden el repertorio, diferencian los distintos palos y se preparan para pasar a otro instrumento más “adulto”.

Este caso era lo usual (como comprueban los estudiosos de la dulzaina (3)) en el dúo dulzaina–caja puesto que el futuro dulzainero solía aprender con su padre, su tío u otro familiar como percusionista antes de formar su propio dúo, entonces ya de titular del instrumento melódico.

D) Instrumentos “puente”: Serían aquellos instrumentos que tocan niños de más edad, ya preadolescentes entre los 10 y 14 años y que están presentes en otras etapas de la vida pero en los que ya se empiezan a iniciar los pequeños acompañando y repitiendo lo que hacen sus familiares.

Suelen ser guitarras, laúdes u otros instrumentos viejos o en mal estado con los que van adquiriendo destreza, conociendo el “oficio” y preparándose para en la adolescencia dar el salto y empezar a tocar solos o en rondallas con su grupo de amigos.

E) Instrumentos de liderato: Son instrumentos que se utilizan también dentro del grupo de preadolescentes para empezar a buscar el liderato del grupo. Un ejemplo de este curioso uso de los instrumentos lo vemos en el pueblo de Alcubillas durante “la noche de los reyes”, fiesta ya desaparecida. Los niños salían la noche del 4 al 5 de enero por los caminos tocando cencerros para hacer llegar a los Reyes Magos hasta el pueblo. Pero al final el objetivo verdadero de este acto era conseguir el liderato del grupo para así, cencerro en mano, guiar la expedición y escoger los caminos por donde debían pasar Sus Majestades de Oriente.

ADOLESCENCIA

Aunque la adolescencia hoy en día se pueda considerar casi un estado mental es un término que encaja bastante bien con la figura del mozo, joven de entre 13 y 20 años aproximadamente que ha pasado la infancia, trabaja y se puede ganar la vida por sí mismo pero que todavía permanece soltero, no ha formado aún su propia familia y no tiene el status de persona adulta. En esta etapa se produce una búsqueda de la identidad personal que deriva en la reafirmación social y en la necesidad imperiosa de encontrar su lugar dentro del mundo adulto. Durante dicho proceso los instrumentos musicales han jugado siempre un papel destacado como herramientas para llamar la atención del sexo opuesto, el reconocimiento de sus iguales y el respeto de los mayores. Al tiempo que se forma la personalidad de una manera definida el adolescente se va decidiendo por un instrumento u otro tras, en numerosos casos, haber pasado por varios durante la infancia y la primera adolescencia.

En el Campo de Montiel una de las primeras oportunidades (y ciertamente ineludible) que tenía el mozo para demostrar su nuevo status tras abandonar la niñez era “blandir” su instrumento dentro de una rondalla con su grupo de iguales y tomar parte activa en los galanteos en ronda bajo los balcones y celosías de la novia o en las esquinas y plazuelas por donde pasaban las mozas (4). Los instrumentos comunes a todas las rondas actuales de la comarca son guitarras, bandurrias, laúdes y castañuelas y puntualmente se pueden encontrar arrabeles y tiplillos en Villahermosa y Villanueva de la Fuente, acordeones (hoy cromáticos y hasta los años 60 del siglo XX diatónicos) y flautas traveseras en Infantes o platillos, panderetas y panderos en Villanueva de la Fuente y el Bonillo. Con anterioridad a los años 60 se podían encontrar en las rondas de adolescentes una mayor diversidad de instrumentos como el requinto, huesera, violines, ocarinas, cítaras y almireces. Estas rondas que antaño eran formadas únicamente por mozos hoy en día pueden ser mixtas o incluso exclusivamente femeninas sin existir apenas diferenciación entre los instrumentos tocados por uno u otro género. Las rondas de mozos, con sus características particulares, se solían prolongar poco más que mientras éste permaneciera soltero, es obvio que una vez que el objetivo principal se cumplía ésta carecía de función y se abandonaba el instrumento, aunque no son raros los casos de permanencia por afición extrema. Estas rondallas también salían con la participación de adultos en carnavales, mayos y rondas aguilanderas por pascuas incluyendo instrumentos típicos como turutas (mirlitones) y zambombas.

Un carácter especial tenía la ronda de quintos, que se constituía en una autentica prueba iniciática, un rito de paso que tras ser superado por los mozos al dejar el pueblo por primera vez y abandonar a los suyos durante una larga temporada para ir al servicio militar, suponía la transformación en adultos, con lo que ello conllevaba (casarse, responsabilidad, prestigio…). Las quintas tenían varias levas y cada una tenía su momento para salir y lucir sus instrumentos. En cuanto conocían el destino se echaban a la calle durante varios días con pañuelos de colores sobre los hombros (Infantes) y comenzaban con sus rondas en las que para hacerse notar y llamar la atención predominaban instrumentos más bien ruidosos tales como cencerros de todos los tamaños, cascabeles, platillos con los cordones y madroños puestos por las madres o novias e incluso colleras de mulas con cascabeles gordos o campanillas. Con tales instrumentos se dedicaban a pasear por las calles y casas de familiares, amigos y autoridades para recibir comida, bebida o pedir dinero. Estos mismos instrumentos tenían un propósito de denuncia burlona cuando se tañían en las puertas de la casa de parejas de “moral dudosa” tales como viudos o ancianos. En estas cencerrás se llegaban a incluir como instrumentos cacerolas, piedras y palos entrechocados. Las rondas de quintos también llevaban a cabo otras actividades que eran verdaderas pruebas rituales, como la plantá de la encina (Alcubillas) o robar carros y llevarlos a los lugares más insospechados.

En la Torre de Juan Abad (5) hasta hace 60 años los quintos todavía exhibían como trofeos grandes bombos y panderetas que fabricaban con los pellejos de los perros que ellos mismos “cazaban”. Cuanto más grande era el instrumento, más grande era el animal matado y mayor el orgullo del músico. Esta curiosa costumbre guarda un claro paralelismo con ritos presentes en tribus africanas. Pero en estas y otras rondas (Albaladejo) no todo era ruido y escándalo, había momentos en los que intentaban que siempre hubiera, y si no los contrataban, instrumentos melódicos como bandurrias, laúdes o guitarras con las que acompañaban canciones de despedida en las casas de las novias y en las calles hasta el amanecer.

Durante el largo tiempo que los mozos permanecían en el servicio militar (que ha variado a lo largo de la historia) estos conocían a personas de diferentes orígenes y entraban en contacto con otras tradiciones convirtiéndose el cuartel y su entorno en un centro de transmisión y fusión cultural. A su regreso al pueblo llevaban cantares, coplillas, bailes y también instrumentos de muy diversos lugares, luego la consolidación de varios factores (prestigio de la persona, entorno económico, tiempo…) eran los que decidían si estos llegaban a integrarse plenamente e.n la tradición local (caracolas utilizadas por los pastores), en sólo momentos puntuales (una corneta usada en la vida castrense traída por un mozo de Alcubillas que durante muchos años se utilizó en murgas de carnaval) o se quedó en una foto curiosa y anecdótica (micro–banjo probablemente llegado por la guerra de Cuba).

A mediados de los años 70 las rondas de quintos del Campo de Montiel comenzaron a derivar en gamberradas y comilonas, desvinculadas de cualquier aspecto organológico. Hoy en día, a pesar de haber desaparecido el servicio militar obligatorio, en algunos pueblos se siguen juntando los quintos de cada año en la búsqueda de un rito de paso que confirme su mayoría de edad. Es por esta misma razón por lo que casi todos los adolescentes de la comarca con independencia del sexo pasan por alguna ronda musical, con sus guitarras, laúdes, bandurrias y castañuelas, más allá de sus inquietudes musicales y sus habilidades como instrumentistas; estas se siguen formando hoy en día aunque sea una o dos veces al año, perpetuando la tradición y los roles de las personas y sus instrumentos.

ADULTOS

Llegada la edad adulta (periodo que puede transcurrir entre los 20 y los 60 años dependiendo de la época) las personas entraban en un punto clave en su relación con el instrumento. En un gran número de casos dejaban de tocar, o al menos de forma pública y continuada al poco del matrimonio o cuando llegaban los hijos pero si pasado este punto seguían unidos a su instrumento prácticamente se podía asegurar una relación por el resto de sus días. Pasada ya la edad de llamar la atención, el adulto siente deleite, sin estar aún exento de cierto orgullo, cuando ya sea en fiestas privadas de amigos y familiares o en bailes públicos, toca acompañando el cante y el baile de los suyos y se sabe una parte central del evento, sobre todo en épocas pasadas cuando la única música posible era en directo.

Durante la edad adulta, en la que ya había unos recursos económicos más amplios es normal que el músico se compre un instrumento nuevo, de mayor calidad o que incluso se decida por adquirir otros instrumentos más caros y difíciles de conseguir como pueden ser el violín o el acordeón.

La madurez también era el momento en el que se formaban grupos y rondallas semiprofesionales que aparte de mantener la tradición tocando en las fiestas de ciclo anual eran contratados en los bailes del domingo y en el vermú (cuando no estaban prohibidos). En los pueblos más grandes, como Infantes, en los que existían varias orquestas de este tipo se enzarzaban en rivalidades y competiciones que les llevaban a perseguir una perfección técnica y de ejecución en el instrumento por lo que todavía son recordadas. Buscaban nuevos repertorios que fueran la última moda (pasodobles, mazurcas o polkas) y los adaptaban a los instrumentos existentes (ocarinas, bandurrias, hueseras…). Del mismo modo, en una edad en las que la reputación y la posición social se cuidaban mucho y en unos años (postguerra) en los que se intentaba escapar del atraso, se consideraba de prestigio entre los músicos el sustituir los antiguos instrumentos populares (flautas de caña, percusión tradicional y acordeones diatónicos) por otros más modernos y “civilizados” (flautas traveseras de metal, saxofones, baterías y acordeones cromáticos). Dentro de estos músicos semiprofesionales había algunos que prácticamente podían vivir de su instrumento entre los bailes en los que eran contratados y dando clases a los más jóvenes. Estos eran los maestros que solían dirigir las rondallas, afinaban los instrumentos, realizaban las partituras o transcripciones en cifra de las canciones nuevas y daban las entradas para empezar. Dentro del mundo adulto encontramos también la figura del multi–instrumentista, persona (que solía coincidir con el maestro) muy valorada socialmente que era capaz de tocar casi todos los instrumentos de la ronda (en Villanueva de los Infantes Jesús Ordóñez o Mariano “el Cabrito”).

ANCIANOS

En la vejez, periodo de la vida que actualmente se puede considerar entre los 65 años y la muerte, aunque evoluciona al ritmo de la esperanza y la calidad de vida, la relación con el instrumento es una consecuencia de toda una vida y la suma de las etapas anteriores. Por lo general aquellas personas que mantuvieron un contacto estrecho con el instrumento llegados a la edad adulta, siguen muy vinculados a él mientras le acompañen las fuerzas pues para ellos es un símbolo de una vida, es un recuerdo de su brillantez, y cuando lo tocan rememoran las épocas de juventud, las noches de ronda de sus tiempos mozos… y por supuesto está el placer intrínseco de hacer música. Son muchos los casos dentro de nuestra comarca en los que ancianos hasta unas semanas antes de su muerte tocaban regularmente su instrumento bien en su hogar en solitario, en reuniones con sus antiguos compañeros de rondalla o con ocasión de alguna otra que acudía por mayos a tocar a su casa. Era entonces cuando el abuelo no podía aguantar estar como un mero espectador, pedía que le sacaran sus castañuelas o su guitarra y empezaba a tocar con ellos.

Tampoco faltan los casos inversos en los que hayamos personas que al jubilarse aprenden a tocar (o vuelven a coger) aquel instrumento que tanto les gustaba pero que por causas de trabajo y tiempo no pudieron hacerlo. Así, hay pueblos (La Torre de Juan Abad) donde principalmente por problemas de emigración y desarraigo la mayor parte de los jóvenes no han continuado la tradición y las únicas rondallas que quedaron eran de ancianos que retoman su actividad musical. En estos últimos 5 años que de nuevo se está despertando el interés por la tradición no es raro ver codo con codo a jóvenes y mayores en la misma rondalla.

Por otro lado los ancianos cerraban el círculo de la vida cuando cumplían una función que la sociedad contemporánea de internet y las telecomunicaciones les está negando: la de enseñar a los más jóvenes la tradición transmitiéndoles sus conocimientos adquiridos a su vez de sus mayores siguiendo el ciclo generación tras generación. El primer recuerdo que guardan muchas personas del Campo de Montiel sobre instrumentos está ligado a sus abuelos, con quienes aprendieron a construir carajillos, pitos y otros instrumentos infantiles o con los que podían pasar las veladas invernales escuchándoles tocar la zambomba y cantar aguilanderos y romances. Desafortunadamente, a comienzos del XXI, este hilo conductor de la tradición se mantiene en muy pocas familias de la comarca como consecuencia de la desestructuración del modelo familiar tocando muchos de los niños de hoy en día los instrumentos comprados en los bazares de todo a 1 .

Por último hay que señalar que los instrumentos musicales ocupan un lugar importante en la relación que mantienen los hombres con la muerte. Por un lado se puede destacar una utilización del instrumento como señal de luto y duelo ante la defunción de un ser querido. Esto pasó, por comentar un ejemplo, en Alcubillas en los años 20 del pasado siglo cuando Juan Manuel “El Minero”, uno de los últimos tiplistas del lugar, tiró el instrumento a la basura en señal de duelo por la muerte de su madre. Otra forma parecida de duelo eligió un veterano guitarrista en Infantes cuando al fallecer, ya anciano, un buen amigo y compañero de rondalla de toda la vida enfundó su guitarra y decidió no volverla a sacar pues su uso, que siempre estuvo vinculado de una forma u otra a su compañero, le traía recuerdos demasiado dolorosos.

Pero en el Campo de Montiel también encontramos varios casos bien diferentes en los que ni siquiera la muerte puede separar a las personas de sus instrumentos pues hay constancia de algunos ancianos que tras toda una vida vinculada a la música tradicional decidieron emprender su último viaje junto a su instrumento dejando como última voluntad que éste fuera enterrado junto a ellos.

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NOTAS

(1) La ubicación y extensión del Campo de Montiel se puede definir desde los puntos de vista Geográfico e Histórico. Por un lado el Campo de Montiel es una unidad geográfica bien definida consistente en una altiplanicie al sur de la meseta manchega que comprende la parte sur oriental de la provincia de Ciudad Real y parte del sur occidente de la provincia de Albacete. Sus límites geográficos son al norte Argamasilla de Alba y la llanura manchega al sur Sierra Morena y el sistema Penibético, al oeste el Campo de Calatrava y al este la Sierra de Alcaraz y la llanura manchega. La extensión es de 3.300 Km2 aproximadamente siendo su altitud media de 850 metros con una inclinación hacia el este donde llega a sobrepasar los 1.100 metros de altitud (El Ballestero).

Desde el punto de vista histórico el Campo de Montiel se identifica con el área de la altiplanicie (y fuera de ella las poblaciones de Castellar de Santiago, Torrenueva y Membrilla) que controlara desde la Reconquista la Orden de Santiago siendo su centro administrativo y principal capital Montiel y a partir del S. XVI Villanueva de los Infantes. Sus dimensiones han variado en función de las disputas seculares que mantuvieron los dos núcleos más pujantes de épocas pasadas, Montiel y la ciudad de Realengo Alcaraz que anexionaron y desgajaron villas y pueblos, pero siempre manteniendo un centro y una unidad en torno de Montiel y Villanueva de los Infantes. A pesar de la adaptación de los partidos judiciales al modelo de provincias homogéneas y autosuficientes de 1833 propuesto por Javier de Burgos la identificación plena del partido de Infantes y el Campo de Montiel se consigue a través de la pervivencia de la Comunidad de Pastos del Campo de Montiel. Este desbarajuste que agravó la confusión entre áreas políticas y geográficas se mantiene en la actual configuración de mancomunidades basadas más en los intereses partidistas que en la coherencia geo–administrativa. Para realizar este estudio no hemos incluido “otros” Campos de Montiel que, bien por ignorancia o por razones político–turísticas, se han creado recientemente en zonas de Albacete sin basarse en criterios sólidos, históricos o fisiográficos.

(2) CARO BAROJA, J. (1956b): “A caza de Botargas”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, XXI (3–4), CSIC, Madrid, pp. 273–292.

(3) JAMBRINA LEAL, A. (2003): La Figura del Músico en el Contexto Actual de la Tradición.

(4) ECHEVARRÍA BRAVO, P. (1951): Cancionero Musical Manchego, CSIC, Madrid, p. 122.

(5) ECHEVARRÍA BRAVO, P. (1951): Cancionero Musical Manchego, CSIC, Madrid, p. 124.