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PESTE NEGRA Y MENTALIDAD POPULAR, A PROPÓSITO DE UNA LEYENDA LEONESA Y DE BOCCACCIO

MARTINEZ ANGEL, Lorenzo

Publicado en el año 2007 en la Revista de Folklore número 318.

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En una localidad de la montaña leonesa llamada Colle existía, al menos hasta mediados del siglo pasado, una leyenda que explicaba el hecho de que la localidad estuviese dividida en tres barrios distintos en razón de que, por causa de una peste, se habían edificado las casas separadas para evitar el contagio (1).

La leyenda, cuyo análisis vamos a realizar a continuación, es de gran interés, en opinión de quien esto escribe. En primer lugar, porque achaca un hecho geográfico como la dispersión del hábitat a una peste. Este término en sí no tiene necesariamente que identificarse con la enfermedad de igual nombre, pues ha sido utilizado para designar epidemias en general. Pero tampoco debe descartarse que, en efecto, sea un recuerdo de aquella terrible mortandad que sufrieron las tierras de la submeseta norte en 1348 (2). Es sabido, por diversas fuentes, cómo afectó a lugares como Sahagún (3) (núcleo de singular importancia durante la Edad Media), pero apenas hay noticias referidas específicamente a la ciudad de León. Sin embargo, la ausencia de noticias puede resultar, en sí, un posible indicador de que algo pasaba. Nos explicaremos mejor. En un fondo documental tan rico como el de la Catedral de León se conservan diez documentos del año 1346, dieciséis del siguiente y sólo uno de 1348 (4). Algo debió pasar que explique esto. Y no es la única institución leonesa en la que sucede algo parecido (5). Podemos pensar en la simple casualidad de que se perdiesen diplomas en varios centros a la vez, o en que algún suceso ocasionase que las realidades que normalmente originan la documentación disminuyesen ostensiblemente. Coincidiendo esto con el azote de la Peste Negra parece razonable, al menos, plantearse esta hipótesis, pues la citada epidemia ocasionaría una disminución evidente de la población (tanto por mortandad como por emigración ante el miedo al contagio) y la consecuente merma de actividades de todo tipo. Y, aunque hubo más epidemias de peste, lo cierto es que la del mencionado año fue la más grave de la Edad Media. Siendo esto así, no sería extraño que fuese la que más se hubiese fijado en la mentalidad popular, perpetuándose su recuerdo gracias a la tradición oral.

El segundo elemento de la leyenda que vamos a analizar sería el de la dispersión de las casas como manera de evitar la enfermedad. Es claramente propio de la mentalidad medieval, lo que se puede comprobar sencillamente mediante la lectura de un pasaje del Decamerón de Giovanni Boccaccio:

“Y es allí [en el campo], a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanta más raras que en la ciudad son las casas y los habitantes” (6).

No se trata, en efecto, de que en las zonas rurales no hubiese contagios (ciertamente tanto estas pestes como otras circunstancias produjeron gran número de despoblados tanto en la Península Ibérica como en Europa en general en el siglo XIV), sino que el hábitat disperso hacía que los efectos de la epidemia fuesen menores que en las ciudades. Y, de igual manera que hicieron estos personajes de Boccaccio huyendo de Florencia, así debió suceder en León, migrando una parte de sus habitantes a otros lugares (7). ¿Significa esto que pudo llegar población al pueblo de Colle? ¿Cabría pensar que por esto pudo haber un aumento de las edificaciones para albergar a esas personas?

Esto nos lleva a la tercera parte de la leyenda. ¿Se hicieron los tres barrios separados por la razón que indica la leyenda? Nuestra respuesta tiende a ser negativa, en cuanto que uno de los mismos, concretamente Muriellos, aparece mencionado en documentación anterior a la Peste Negra de la que nos estamos ocupando (8). Empero, por la razón anteriormente aducida, no sería descartable que sí significase ese suceso un reforzamiento de la tendencia a la creación de un hábitat relativamente disperso, bien por la llegada de gentes huyendo del ámbito urbano (siendo el más cercano a Colle el de la ciudad de León), bien por la aplicación práctica de la mentalidad anteriormente mencionada.

Como conclusión, la leyenda que nos ocupa resulta ser, en realidad, el recuerdo de un hecho histórico, como una epidemia (quizá, aunque no podemos asegurarlo, la misma Peste Negra de 1348), y la única manera en la que la gente del medievo podía intentar evitar su contagio (9), y todo esto aplicado a la explicación de un hábitat rural relativamente disperso, que probablemente no tenga su causa en la enfermedad citada, aunque no es descartable cierta influencia, como hemos razonado anteriormente. Y no queremos finalizar sin preguntarnos cuántas leyendas tan interesantes por su contenido, de utilidad para el estudio tanto de la cultura popular como de la historia, habrán desaparecido en el proceso de pérdida de nuestro patrimonio cultural tradicional.

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NOTAS

(1) Agradecemos esta información a Luisa Ángel Rodríguez, madre del autor del presente artículo, a quien tantas informaciones de cultura tradicional debe. Mencionamos esta leyenda en “Estudios sobre aspectos culturales medievales del noroeste peninsular” (en prensa).

(2) Puede verse una relación de las epidemias sufridas en el siglo XIV en VALDEÓN BARUQUE, Julio: “Crisis y recuperación (Siglos XIV-XV)”, Historia de Castilla y León, I, Madrid, 1993, pp. 489-697, concretamente pp. 502-504.

(3) MARTÍNEZ LIÉBANA, Evelio: “Muerte y miseria en el Sahagún bajomedieval. La Peste Negra y otras mortandades en la villa de Sahagún y en el dominio del monasterio de San Benito”, Tierras de León 87-88, (1992), pp. 157-171, concretamente pp. 161-162.

(4) Datos obtenidos de la consulta de MARTÍN FUERTES, José Antonio: Colección documental del archivo de la Catedral de León, XI (1301-1350), León, 1995.

(5) No se conservan documentos de 1348, ni tampoco de algunos años posteriores, en la documentación de instituciones como, verbigracia, el monasterio benedictino de Santa María de Carvajal (ubicado en el citado momento a las afueras de León), y lo mismo cabe decir por lo que se refiere a la parroquia de Nuestra Señora del Mercado (DOMÍNGUEZ SÁNCHEZ, Santiago: Colección documental del monasterio de Santa María de Carvajal (1093-1461), León, 2000, e ÍD.: Colección documental de los Bachilleres de San Marcelo y de las parroquias de Ntra. Sra. Del Mercado, Valencia de Don Juan y Valderas, León, 2001).

(6) BOCCACCIO, Giovanni: Decamerón, Edición y guía de lectura Anna Girardi. Traducción Pilar Gómez Bedate, Madrid, 2006, p. 70, correspondiente a la primera jornada.

(7) Así actuaron, por ejemplo, en una epidemia de comienzos del siglo XVI (remitimos al respecto al trabajo citado en la nota 1).

No queremos dejar de resaltar las numerosas similitudes que el Decamerón permite descubrir entre costumbres y mentalidades de las Penínsulas Itálica e Ibérica durante la Edad Media. Mencionaremos sólo dos, a modo de simple ejemplo. La primera, referida al lugar de enterramiento de los fallecidos sin reconciliarse con la Iglesia. Así, en la novela primera de la primera jornada del Decamerón se dice (o. c., p. 83): “Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro”. Esto recuerda algo anterior, referido a León, como el lugar donde fue enterrado el líder albigense de León, llamado Arnaldo, “en un lugar muy sucio y servía de muladar” (MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: Historia de los heterodoxos españoles II, Valencia, 1963, p. 240, citando a Juan de Mariana). Datos similares aparecen por toda Europa. La segunda se refiere a la presencia de árboles cercanos a lugares de culto. Dice así la novela segunda de la octava jornada (o. c., p. 241): “Digo, pues, que en Varlungo […] hubo un valeroso sacerdote […] que aunque leer no supiese mucho, sin embargo, con mucho bueno y santo palabreo, los domingos al pie del olmo recreaba a sus parroquianos”. En la edición citada que utilizamos hay una nota a pie de página de la traductora que dice: “Las iglesias campesinas suelen tener a uno de los lados un gran olmo: allí debajo, en el verano, se reúnen los campesinos a su sombra…”. Ante la presencia también en muchos pueblos de León de esta asociación iglesia-árbol, nos preguntamos si la primigenia razón de esto cabría buscarla en la cristianización de los árboles, máxime si recordamos que había zonas del noroeste peninsular donde las comunidades iban a realizar la misa junto a los mismos incluso a finales del siglo XV (MARTÍNEZ ÁNGEL, Lorenzo: “Reflexiones sobre el paganismo y la cristianización”, Medievalismo. Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales, 8 (1998), pp. 19-33, concretamente p. 29).

(8) MARTÍNEZ ÁNGEL, Lorenzo: “Historia medieval de la zona entre Colle y Primajas I”, Tierras de León 87-88, (1992), pp. 115-134, concretamente pp. 121-122.

(9) El mismo Boccaccio escribió (o. c., pp. 56-57): “Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a otros los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) […] Y para curar tan enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna”.