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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2007 en la Revista de Folklore número 320.

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Persona significaba entre los griegos tanto la máscara teatral que permitía emitir la voz con más fuerza gracias a la especie de bocina que llevaba incorporada, como el sujeto singular, concepto este último que habría de servir de base para una de las aportaciones más importantes de la filosofía cristiana en relación con el individuo. Pero en su afán por mantener la pureza de las palabras, los primeros cristianos, que aparentemente confesaban la misma fe, estaban separados por los sonidos: mientras unos hablaban de las tres personas de la santísima trinidad que se unían en un solo Dios otros preferían pronunciar una ousia y tres hipostáseis. La negativa a reconocer que se defendía la misma idea procedía del hecho de que las palabras sonaran de diferente manera. Parece una anécdota, pero sus consecuencias han durado siglos y actitudes similares siguen alimentando, generación tras generación, el error de quedarse en la superficie de las cosas. Mientras los conejos discuten si los que se divisan allá lejos y vienen a por ellos son galgos o podencos –esto es, mientras se aclara si es más importante lo que se dice que cómo se dice– llegan los perros y terminan a dentelladas con la absurda discusión según relata Iriarte en su fábula. Es mucho más importante saber discernir que repetir sin criterio. Mucho mejor formarnos como personas, como individuos, que imitar actitudes gregarias. Muchísimo mejor enseñar sólo a pensar que sólo pensar en enseñar.