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EL ZORRO (VULPES VULPES) EN EL FOLKLORE Y EL HABLA POPULAR DEL CAMPO DE CARTAGENA

RABAL SAURA, Gregorio / SANCHEZ FERRA, Anselmo J.

Publicado en el año 2007 en la Revista de Folklore número 322.

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INTRODUCCIÓN

Pocos animales de nuestra fauna han despertado en el imaginario colectivo un conjunto de tradiciones, creencias y supersticiones tan numeroso y rico como el que se ha generado en torno a la figura del zorro rojo o zorro común (Vulpes vulpes) (1). Además, en pocos casos se ha producido una identificación tan estrecha entre ser humano y animal, convirtiéndose éste en una suerte de espejo en el que se han proyectado muchos de los vicios y conductas reprobables del hombre.

La imagen de este animal que ha llegado hasta nosotros, forjada con la llegada del cristianismo (2) a partir de planteamientos culturales del mundo grecorromano (3), nos lo presenta como un ser astuto (4), falso y embaucador (Marchesini, 2002, p. 85), metáfora del hereje.

Su presencia impregna buen número de parcelas de la cultura tradicional, generando una amplia gama de manifestaciones folklóricas en toda la comarca del Campo de Cartagena, ámbito geográfico en el que centramos nuestro estudio. Como en otras zonas, el zorro ocupa un lugar destacado en muchos de los cuentos de tradición oral como protagonista que encarna la imagen del personaje pícaro, trapacero, astuto, taimado, ladino…, comportamientos que despliega en todos los relatos y que a priori serían suficientes para acabar con éxito las empresas en la que se ve envuelto, aunque el resultado final nos lo muestra esencialmente como un perdedor, como veremos después.

Por otro lado, es una de esas especies animales en las que confluyen los aspectos más negativos junto con otros que pueden ayudar al ser humano en momentos trascendentales en su devenir como especie. Hemos de tener en cuenta que, en la mentalidad de los hombres y mujeres del medio rural, subyace una concepción ambivalente que considera a la naturaleza en todas sus manifestaciones, dotada de poderes intrínsecos (Guío Cerezo, 2002, p. 68) capaces de generar el bien, pero al mismo tiempo portadoras de rasgos malignos que despiertan entre las gentes de nuestros campos miedos y terrores ancestrales. En general, las comunidades rurales han considerado tradicionalmente que algunos animales están vinculados con los poderes más oscuros y perniciosos para el hombre, especialmente con la enfermedad y el infortunio (5). Además, en el caso del zorro, su afición por las aves domésticas de los caseríos diseminados por el campo, sirvió para complementar, desde una perspectiva más material y menos literaria, los aspectos simbólicos forjados y anclados en la memoria a lo largo del tiempo.

Esa dualidad de la que hablamos tiene su manifestación positiva en remedios de medicina popular en los que participan vísceras, pelo, tejidos y fluidos del animal, preparados de los que nos hablan los grandes médicos de la antigüedad y que están presentes también entre las gentes pertenecientes a las clases más humildes (6).

Las páginas que siguen pretenden poner de manifiesto la variedad de manifestaciones de cultura popular en las que el zorro tiene un significado protagonismo.

EL ZORRO: ENTRE LA REALIDAD BIOLÓGICA Y LA INTERPRETACIÓN CULTURAL.

A pocos animales se les ha dotado de una carga simbólica tan amplia, y al mismo tiempo tan pesada, como al zorro. En la cultura occidental ese simbolismo se ha concretado en una serie de tópicos repetidos secularmente que han sido capaces de configurar una imagen distorsionada que oculta los rasgos reales del animal, proyectando en la cultura popular una imagen en gran medida inventada, formada a partir de las necesidades y expectativas del ser humano. El lenguaje popular los formula, les da forma, los materializa y concreta en una rica variedad de vernáculos y términos eufemísticos que se crean para responder a algunos de los prejuicios creados en torno al zorro como entidad cultural. Esos prejuicios son, además, determinantes y suficientes para fijar una imagen que se ha mantenido inmutable durante siglos, como hemos podido percibir en el Campo de Cartagena. En este sentido, el zorro pierde parte de su esencia como especie biológica para convertirse en un producto cultural hecho a medida.

Una de las realidades que ha acompañado al zorro desde siempre es la de ser un animal implacablemente perseguido por el hombre pues, como todos los carnívoros ibéricos, cuadrúpedos o alados, ha encarnado la imagen de alimaña, ser dañino cuya presencia en el medio rural se ha considerado perjudicial, pues atacaba la avifauna doméstica, uno de los recursos básicos en las frágiles economías campesinas. También para los cazadores, puesto que entre las especies silvestres de las que se alimenta se encuentran todas aquellas que tienen un valor cinegético, sobre todo conejos y perdices. Por este motivo, se le ha perseguido utilizando todo tipo de técnicas (7) desde la colocación de trampas, como lazos y cepos, hasta sistemas más agresivos y de mayor impacto medioambiental, especialmente por sus efectos en la cadena trófica, como el empleo de venenos, pasando por su eliminación, sobre todo de las crías dentro de la propia madriguera, utilizando perros especialmente aptos y adiestrados para ello, llamados precisamente en toda la comarca perros zorreros. Aunque las fuentes escritas existentes ponen especial énfasis en la lucha contra el lobo, también encontramos en las ordenanzas municipales referencias relativas a la captura de zorros, cuya caza era generosamente recompensada económicamente (8). Sin embargo, y pese a todos los intentos por exterminar la especie, su presencia a lo largo del tiempo no sólo se ha mantenido sino que incluso en algunos puntos como las inmediaciones de zonas urbanas se ha visto claramente incrementada.

Por otro lado, la baja consideración social que ha acompañado a este animal a lo largo del tiempo, se alentaba desde la propia escuela inculcando en los niños el rechazo y el desprecio hacia la especie. Basta con ojear alguno de los textos escolares de principios del siglo pasado para darse cuenta de cuál era la opinión de la sociedad de la época acerca de este animal. Los rasgos morfológicos y las pautas de su comportamiento más destacadas, aquellas que forjaron su imagen a lo largo del tiempo, se convirtieron en tópicos negativos que se transmitían a los niños desde la más tierna infancia (9).

SUPERSTICIONES Y CREENCIAS

Mencionar el nombre “zorra” se consideraba algo prohibido. Se trata de uno de los tabúes culturales de la zona, pues equivalía a mencionar al mismo diablo por la carga simbólica que acompaña al término, además de acarrear mala suerte a quien lo pronunciara.

Dentro de la costumbre generalizada de usar términos y locuciones eufemísticas para evitar pronunciar su nombre, en Cuesta Blanca indicaban que había que guardarse especialmente de nombrar el rabo, al que en toda la comarca llaman jopo, pues parece que la carga maligna adjudicada a este animal se concentra especialmente en esa parte de su anatomía, por otro lado, la más llamativa. Citamos literalmente la expresión de nuestra informante: “No mentando el rabo, no pasaba ná”. En Las Armeras, caserío situado en las inmediaciones de Roldán, se expresaban en términos parecidos cuando señalaban que era “malísimo nombrar el jopo (rabo) de la zorra…eso no se podía mentar”, creencia que recogimos en otras localidades. Cuando se mencionaba el nombre, debían pronunciarse de forma inmediata expresiones conjuratorias de la mala suerte como “toca hierro” o “toca madera” (10).

Ver cruzar un zorro por un camino o una carretera se sigue interpretando como un signo de mala suerte. También existe la creencia de que, cuando el animal veía a una persona sin que ésta viera al animal, se le erizaban todos sus pelos. Por el contrario, si alguien veía un zorro o le oía, se erizaba todo el cabello (Fuente Álamo) (“Cuando te veía ella y tú no la veías, ella se erizaba y, cuando no la veías y la oías, te erizabas”).

Entre otras cosas, se cree que la zorra se acerca al mar periódicamente a desparasitarse tomando un baño (Campillo de Adentro).

LA ZORRA EN LOS CUENTOS POPULARES DEL CAMPO DE CARTAGENA

La importancia de la zorra en el folklore oral del área del Campo de Cartagena viene confirmada por su presencia en los cuentos tradicionales. Los datos arrojan evidencias incontestables al respecto que merece la pena que evaluemos.

El elenco de animales salvajes que protagonizan estos relatos es relativamente reducido; entre ellos, el lobo y la zorra son los únicos mamíferos depredadores. Conejo, liebre, erizo y los roedores (rata y ratón) aparecen en distinta medida, compartiendo escena con reptiles como la tortuga, el lagarto y la serpiente (en alguna ocasión se precisa una especie, la víbora), anfibios (sapo y rana), aves (chorlito, cuervo, golondrina, gorrión, grulla, mochuelo, paloma, pistache, riblanca, tordo, totovía) y algunos ejemplares de fauna marina (calamar, delfín, raspallón). La zorra es, con mucho, el animal que aparece con más frecuencia al frente de un mayor número de tipos cuentísticos (más de quince catalogados y tres sin catalogar), sus narraciones son las que resultan más conocidas y de las que poseemos más versiones. Tan sólo le sigue a cierta distancia el cuervo, sin duda por cuanto es el rival por excelencia de la raposa en varios de estos relatos.

El repertorio cartagenero y el de la región en general apenas sabe de otro depredador carnicero; las apariciones del lobo corresponden a tipos muy conocidos, vinculados a un público infantil y, si no reintroducidos, tal vez revitalizados en época más reciente por su difusión a través de otros medios (libro, radio, cine). Es el caso de los siete cabritillos o los tres cerditos, y aún entonces alguna versión tradicional vacila a la hora de decidir si el protagonista es el lobo o la zorra (11). Sin embargo, ignora los tipos que describen la rivalidad entre el lobo y la zorra como Aa-Th. 4 (El zorro finge estar enfermo y el lobo lo carga) o Aa-Th. 15 (El zorro finge ser el padrino en un bautizo y aprovecha sus ausencias para apoderarse del producto que ha acordado esconder en complicidad con el lobo), o hace desaparecer de estos al lobo, como en la versión local de Aa-Th. 30 (El zorro engaña al lobo cuando van a beber agua y este cae al fondo del pozo), reemplazándolo por otro animal, con consecuencias en la narración que examinaremos más adelante. Alguno de estos argumentos sí aparece en el interior de la Comunidad autónoma y así los Cuentos murcianos (Carreño Carrasco, 1993) registran un ejemplar de Aa-Th. 30 anotado en Calasparra y una variante del mismo tipo en Cieza, aunque en este último la rivalidad entre el zorro y el lobo ha sido sustituida por la del zorro y el conejo.

Basta confrontar nuestro acervo con el de otras regiones peninsulares para verificar diferencias respecto a lo que apuntamos. Por ejemplo, la colección leonesa recopilada por J. Camarena tiene también a la zorra como protagonista más repetido, pero el lobo interviene con mayor asiduidad, e incluso algunos textos incluyen al oso (12). Oso y lobo igualmente están bien representados en la colección asturiana de A. de Llano. Incluso en la mitad sur del país, en las serranías occidentales de la Penibética, el papel del lobo es más importante en el cuento tradicional. Aparentemente existe relación entre la pervivencia/extinción de estas especies en las áreas geográficas en las que se han recogido los cuentos y su presencia/ ausencia en los repertorios narrativos correspondientes.

Hasta la fecha hemos localizado en el área del Campo de Cartagena los siguientes tipos de cuentos catalogados en el índice de AarneThompson que tienen a la zorra como protagonista (13):

– Aa-Th. 3 (La zorra se cubre la cabeza con una sustancia para engañar a su cómplice, haciéndole creer que está herida). Aparece combinado con Aa-Th. 225 (Bodas en el cielo) y sólo hemos anotado un ejemplar en Los Dolores:

Pues esto era una vez el compadre cuervo y la comadre zorra, qu’ellos eran amigos pero se guardaban las distancias. Y entonces pues resulta que un día le dice la zorra al cuervo, dice:

–¡Compadre cuervo! ¿Me quiere usté llevar a una boda que hacen los frailes en el cielo?

–Claro, ¿cuándo es?

–Pos yo se lo avisaré. Voy a ponerle el traje rojo a mi hijo Jacintico y nos vamos.

Y entonces pos ella va y le pone un traje colorao a su hijo Jacintico y lo deja allí arreglao y entonces se sube en las alas del cuervo y se suben p’arriba, p’al cielo, p’al cielo, p’al cielo, hasta que llegan a la boda al convento de los frailes que tenían en el cielo. Y el cuervo se creía que iba a entrar, pero la zorra dice:

–¡No, no, compadre cuervo, usté espérese, usté aquí en este agujerico que yo entro y ahora yo le saco comida! Pero la zorra se zampó to lo que había allí, que había gachas, que a la zorra le gustaban mucho, y, cuando se dio cuenta, pos no quedaban gachas, dice:

–¡Uy, madre mía, el compadre cuervo lo que se va a enfadar conmigo! Pues repeló allí un poco en una olla y se puso un pegote en la cabeza y salió:

–¡Ay, ay, ay!

–¿Qué le pasa a usté, comadre zorra?

–¡Ay, compadre cuervo, que los frailes me han dao una paliza! ¡Mire usté por donde me salen los sesos! Qu’eran las gachas que ella llevaba.

Y entonces dice:

–¡Venga, no se preocupe usté, vámonos pa la casa!

–¡Sí, que mi hijo Jacintico estará allí solo! Y se subió en los hombros del cuervo y se bajaron.

Y a los pocos días el cuervo estaba mosqueao, dice:

–¡Comadre zorra!, ¿se viene usté que me han invitao a mí ahora a unas bodas en el cielo?

–(¡Ah, pos me voy a dar otro atracón y me voy!). Voy a ponerle el traje colorao a mi hijo Jacintico.

Y se lo dejó allí arreglaico y con su traje colorao y se fue para el cielo en las alas del cuervo. Pero el cuervo estaba ya un poco cabreao con lo que le había pasao, dice:

–(¡Aquí te la voy a dar yo!)

Y empieza a subir, a volar, volar, volar, volar.

Y cuando iban ya muy alto dice la zorra:

–¿Falta mucho?

–Ya falta poco, ya falta poco. ¿Ve usté el suelo, comadre zorra?

–Sí, sí lo veo, como un margüal.

Y entoces volaba p’arriba, p’arriba, p’arriba.

Y:

–¿Ve usté el suelo, comadre zorra?

–Sí lo veo, como un dedal. ¿Falta mucho?

–¡No, que ya falta poco!

Volando, volando, volando. Y entonces pues dice:

–¿Ve usté el suelo, comadre zorra?

–¡Ay, compadre cuervo, que ya no lo veo, que ya no lo veo!

–Pos ahora lo va usté a ver de un momento a otro.

¡Catapum! Bajó las alas y la zorra p’abajo.

–¡Madre mía! ¡Si d’esta escapo y no muero, no quiero más bodas en el cielo, no quiero más bodas en el cielo!

Y ya cuando estaba llegando vio allí a unos labradores y empezó a darles voces:

–¡Poner sábanas y corchones que viene la Virgen de los Dolores! ¡Por favor, labradores, poner sábanas y corchones que viene la Virgen de los Dolores!

Y entonces pos los labradores pusieron allí sus chaquetas, pusieron sacos, porque se pensaban que ya venía la Virgen de los Dolores de verdá. Pero amigo, cuando llegó la zorra al suelo, pues entonces le embanastaron una paliza que la dejaron allí medio muerta a la pobre (14).

– Aa-Th. 6 (La zorra captura a un ave y esta consigue liberarse induciendo al raposo a hablar).

En Camándula hemos publicado un ejemplar pachequero de Santa Rosalía y en Cartagena anotamos cuatro textos en Isla Plana, El Campillo, Perín y Molinos Marfagones –zona Oeste del municipio–; sirve como secuencia inicial para una versión de Aa-Th. 56 A recogida en Canteras.

– Aa-Th. 30 (seguramente contaminado con Aa-Th. 34, puesto que la argucia que emplea el burlón para engañar a su rival es hacerle creer que la luna reflejada en el agua es un queso). De los dos ejemplares anotados, la versión de La Magdalena es confusa, y más coherente que otra que obtenemos en Miranda de una informante de Los Dolores (la que reproducimos). En ambos casos, la zorra se enfrenta al cuervo y no al lobo, como plantea el esquema argumental del catálogo y ocurre en los ejemplares recogidos en otras áreas: Es un zorro y un cuervo que se tenían envidia y se peleaban; cada vez que el cuervo tenía algo iba el zorro y se lo quitaba, dice:

–¡Este lo voy a engañar yo! ¡Al zorro este lo voy a engañar yo!

Y se asomó un día y vió un pozo y vio la luna reflejá en el pozo, y llama al zorro y le dice:

–¡Eh, amigo zorro, ven! ¿Quieres un queso así de grande?

–¡Hombre, pos claro! ¿Dónde está?

–¡Ven que te lo voy a dar! Asoma al brocal del pozo y le dice:

–¿Ves qué queso más hermoso?, pues es para ti solito, para ti solito, pero tienes que meterte dentro.

¡Pom!, se metió dentro el zorro y claro, se ahogó, porque era agua lo que había (15).

– Aa-Th. 33 (El zorro atrapado en el gallinero finge estar muerto. Lo arrojan fuera de la cerca y escapa). A los textos anotados en Puertos de Santa Bárbara y Canteras hay que añadir una versión de un informante de La Murta, caserío situado en la vertiente sur de la Sierra de Carrasco y lindante con el campo de Cartagena pero perteneciente al término municipal de Murcia:

He oido en una que le pusieron una campanica al cuello; entonces al ponerle la campanica ella no puede cazar, porque con la campanica saben por dónde va y si un conejo, que es lo que más cogen, conejos o pájaros, pues en cuanto oyen la campanica pos se ponen alerta a ver lo que es y salen, y entonces claro, termina pasando hambre. Y creo que estaba en el suelo tendía y dice:

–Mira, se ha muerto, vamos a quitarle la cencerra.

Le quitaron el collar y salió corriendo el animal. Eso sí puede ser (16).

– Aa-Th. 56A (El zorro amenaza cortar el tronco de un árbol con su cola y obliga a la paloma o a la urraca a entregarle a sus crías). Disponemos de una espléndida versión tomada a una informante de Canteras:

Esto era una vez una palomica que tenía el nido en lo alto de un pinico. Entonces llegó una zorra que estaba muerta de hambre y le dice:

–Palomica, palomica, si no me echas un hijico, a culazos y a rabazos te tiro el pinico.

Dice la palomica:

–¡No, por favor, por favor, no me tires el pinico, no me tires el pinico!

Dice la zorra:

–¡Venga, tírame el hijico que si no te tiro el pinico!

Entoces la palomica, llorando, llorando, cogió el hijico y se lo tiró a la zorra. La zorra cogió, pah, y se lo comió. Bueno, la palomica venga a llorar:

–¡Por favor, por favor, pobrecico, pobrecico mío!

Total que al día siguiente llega la zorra y le dice:

–Palomica, palomica, si no me echas un hijico, a culazos y a rabazos te tiro el pinico.

Y la palomica otra vez deshecha en llanto:

–¡No, por favor, no me tires el pinico, no te quedes con mi hijico!

–¡Que me lo tires!

Total que la palomica le volvió a echar otro hijico y la zorra se lo comió. La palomica venga a llorar y venga a llorar y venga a llorar.

Entonces pasó por allí un mochuelo y le dice el mochuelo:

–Palomica, ¿qué te pasa?

–Pos que hay una zorra muy mala que viene todos los días y me dice que le eche un hijico.

–¿Y tú por qué se lo echas?

–Porque me dice que si no le echo el hijico, a culazos y a rabazos me tira el pinico.

–Pero bueno, ¿tú eres tonta? Tú la próxima vez que venga la zorra le dices: “Jopo de zorra no corta pino, que lo que corta es el hacha de un buen bilbaíno”.

–¿Y tú crees que con eso funcionará?

–¡Claro que sí!

Total que al día siguiente llega la zorra tan contenta y le dice:

–Palomica, palomica, si no me echas un hijico, a culazos y a rabazos te tiro el pinico…

Entonces la palomica le dice:

–¡Jopo de zorra no corta pino, que lo que corta es el hacha de un buen bilbaíno!

Dice la zorra:

–¡Maldita sea! ¿Y quién te ha dicho a ti eso?

–Me lo ha dicho el mochuelo.

–¡Anda que ya se va a enterar el mochuelo, ya se va a enterar cuando lo pille!

Total que la zorra se puso a buscar el mochuelo, el mochuelo iba volando p’acá, p’allá, hasta que se puso en el suelo. Entoces, cuando se paró en el suelo, la zorra se acercó muy lentamente, cogió, ¡pah!, y lo metió en la boca. Y le dice el mochuelo:

–¡Vaya, ya me has atrapao, ¿eh?!

–Sí.

–Pues esto yo creo que se tienen que enterar, porque yo tengo familia y tengo unos hijicos y se tienen que enterar de que se han quedao sin su padre. Hazme el favor, aunque sea lo último que te pida.

–Bueno, venga.

Entoces dice la zorra:

–¡Mochuelo comííí!

Dice el mochuelo:

–No, pero dilo más alto, dilo más alto porque igual no te oyen porque vivimos lejos.

Total que dice la zorra:

–¡Mochuelo comííí!

Abrió la boca mucho y en ese momento el mochuelo salió volando y le dice:

–¡A otro, pero no a mí! (17).

– Aa-Th.57 (El zorro adula al ave que sostiene un queso en su pico, para que cante y deje caer así el manjar). Contamos con dos ejemplares recogidos a informantes de La Magdalena y Tallante (también pedanías del área occidental del término cartagenero):

Iba la sorra y el cuervo, y el cuervo s’encontró un pan y se subió a lo alto de un árbol y le desía la sorra:

–¡Aquí estoy esperando que caiga!

–Sí.

Claro, al abrir el pico el cuervo pa hablar, pues el pan se le cayó. Dise la zorra.

–¿No te desía yo qu’estaba esperando que tú hablaras? (18).

– Aa-Th. 59 (El zorro rechaza las uvas que no puede alcanzar). Publicamos un ejemplar en Camándula (nº 2) y recogemos otro con un argumento más original de un informante de La Manchica.

– Aa-Th. 60 (El zorro y el ave –siempre el cuervo salvo en la versión anotada a un informante de La Palma que nombra a la grulla– se invitan a comer gachas). Sin duda es el cuento tradicional de animales más conocido en el ámbito que estudiamos; de Torre Pacheco hemos publicado seis versiones, todas combinadas con una segunda secuencia que corresponde a Aa-Th. 225 (Bodas en el cielo), la misma estructura que hallamos en tres textos cartageneros de El Campillo, Perín y La Puebla. Pero también lo encontramos independiente en versiones de Isla Plana, El Carmolí (Los Urrutias) y La Palma.

– Aa-Th.62 (El zorro intenta capturar al gallo haciéndole creer que se ha firmado una paz entre los animales). Disponemos de un ejemplar oído a un informante de Roldán y publicado en Camándula nº 9.

– Aa-Th. 67 (El zorro arrastrado por la corriente del río finge que la aprovecha para llegar a su destino). Conocemos el siguiente texto inédito hasta el momento:

Eso era la zorra que iba andando por un camino y sin querer pos se cayó al río. Y los compañeros qu’estaban por allí pos se reían de ella porque no se podía salir. Ella venga a intentar salir del río, pero no podía salir del río. Y los otros riéndose. Y luego a luego ella, por salvar su honor dice:

–¡Oye, es que yo p’abajo iba! (19).

– Aa-Th. 120 (Dos animales se retan a ver quién ve salir primero el sol). Hemos registrado un ejemplar de un informante de Los Martínez del Puerto, aldea próxima a Torre Pacheco, pero que pertenece al término municipal de Murcia. Aparece combinado con Aa-Th. 225 (Bodas en el cielo):

Eso era el cuervo y la zorra que se apostaron a ver cual veía salir el sol antes y claro pos el cuervo se puso allí en lo alto de una piedra y mirando p’allá, hacia el Este, y la zorra dijo:

–(¡Pos no, pos yo ya verás!)

Y entonces se puso de culo.

–¿Cómo te pones de culo pa el sol?

–¡Lo veré antes que tú!

Claro, el cuervo mirando p’allá y el cuervo no veía el sol, pero la zorra qu’estaba mirando pa la montaña, vio el sol reflejándose en la cima y le dijo:

–¡Compadre!, ¿has visto el sol salir?

–Yo no.

–¡Pos míralo dónde lo tienes! Yo lo’stoy viendo hace rato.

Pero después se la metió el cuervo a la zorra y dijo:

–¡Comadre, tal día t’invito a una boda al cielo!

–¡Venga, vale! ¿Cómo?

–¡Tú no te precupes! Tú t’espatarragas encima mía y yo navegando p’arriba, p’arriba llegamos hasta el cielo.

Y na, s’espatarraga:

–¡Vamos p’al cielo, comadre! Y na, y p’arriba, pin-pan, pin-pan, pin-pan.

–¡Comadre!

–¡Quée!

–¿Cómo ve usté la tierra?

–¡Buuh, como una era!

Pin-pan, pin-pan, pin-pan, p’arriba, p’arriba:

–¡Comadre!, ¿cómo ve usté el suelo?

–¡Buh, como un margual!

–¡Pos vamos p’arriba a ver si llegáramos!

Pin-pan, pin-pan. Y cuando ya dijo, dice:

–¡Como un duro!

–¡Comadre, prepárate que me voy sagudiendo las pulgas!

Y se puso a sagudirse y claro, al sagudirse, la zorra perdió el control y cayó. Y cuando venía p’abajo dice:

–¡Pastoras y pastores, poner mantas y cobertores que cae la Virgen de los Dolores!

Y cuando llegó, plas, se pegó el zapatazo, y cuando cayó vieron qu’era la zorra, que no era la Virgen lo que caía (20).

– Aa-Th.122A (El zorro busca su desayuno y se ve frustrado en episodios sucesivos que le enfrentan con la yegüa, la cerda y los carneros). Hemos publicado una versión en Camándula nº 10, pero nos consta que la secuencia en que la yegua cocea a la raposa tras pedirle que le extraiga el clavo de la pezuña, existe en el área como texto independiente –Aa-Th.122J).

– Aa-Th. 124. Es el popular cuento de los cerditos y el lobo/zorro. En la colección de Torre Pacheco publicamos dos versiones (nº 31 y 32). En Cartagena registramos un ejemplar aparentemente mutilado que sólo conserva la secuencia del planteamiento y la del desenlace, idéntica por cierto a Camándula nº 30 y que guarda notable similitud con un texto de la colección jumillana de Pascuala Morote que se combina con Aa-Th.30. Quizás nos encontramos ante una variante o subtipo consolidado en la tradición folklórica de la región.

– Aa-Th. 135A* (La zorra tropieza con un instrumento musical y comenta que ese no es momento para bailar). Sin duda otro de los tipos más difundidos; al ejemplar publicado en la colección de Camándula (nº14), debemos añadir seis versiones cartageneras recogidas en Pozo Estrecho, Perín, La Aljorra, Los Dolores y Torre de Nicolás Pérez.

– Aa-Th. 225 (Bodas en el cielo). Ya hemos visto que es el más popular junto con Aa-Th. 60, con el que funciona como segunda secuencia en nueve de las versiones que hemos reunido. Además lo encontramos independiente en Cartagena en tres textos de Puertos de Santa Bárbara, Isla Plana y El Carmolí/Los Urrutias, respectivamente, y en combinación con Aa-Th. 3 en el ejemplar de Los Dolores que ya comentamos más arriba.

– Aa-Th. 774M. Se trata de un texto muy interesante, en primer lugar desde el punto de vista morfológico, por cuanto para el índice tipológico no corresponde a la categoría de los cuentos de animales sino a la de las andanzas por la tierra de San Pedro. Tal y como se describe en el esquema argumental, el apóstol debe transmitir un mensaje cuyo contenido tergiversa, debido al estado de embriaguez en que se encuentra. Por otro lado, es un tipo muy poco frecuente en la tradición folklórica española, o al menos las encuestas no lo han registrado apenas, si exceptuamos el recogido por A. Quintana y que pertenece al área lingüística del catalán; es la única referencia bibliográfica que apunta el Catálogo de Camarena y Chevalier (21), motivo por el que nos parece oportuno añadir aquí el ejemplar cartagenero:

Se junta el perro, se juntan tos los alimales, el burro, el pollo, el pavo, se juntan tos ahí, pos na, en cuadrilla, dise:

–¡Oye, vamos a ver, vamos a pedirle a San Pedro onse meses de vendimia y uno de rebusca! Eso lo inventa la sorra.

–Bueno pues sí, sí.

En fin, tal, en fin. Y por qué no, pos la sorra en el camino pos ve un gallinero y se hincha a comer y los otros siguen. Bueno, y ya pos, cuando la sorra s’espabila, venían los otros de vuelta, dise:

–¡Ya me l’an metío!

–dise

– ¿Qué habeis quedao con San Pedro?

–Pos na, onse meses de rebusca y uno de vendimia (22).

Además de estos, el repertorio incluye algunos tipos sin catalogar o recientemente catalogados por Camarena y Chevalier. Así:

– J. Camarena y M. Chevalier [59 A] (La zorra pide luz para alumbrar sus rapiñas en el huerto; descubierta por el guarda implora que vuelva la oscuridad). Contamos con un ejemplar de un informante nacido en La Unión; el texto se encadena con un desenlace que es Aa-Th. 135A*:

La sorra tamién pos le gusta mucho la uva y va, pues empiesan relámpagos, venga relámpagos, y ella a comer.

–¡Señor, clarines! ¡Señor, clarines!

–Pa ver las uvas

– ¡Señor, clarines!

Pero a to esto pues al surrío pos va el guarda y la oye. ¡Bem!, le pega un escopetaso y dise:

–¡Señor, escurines, escurines!

Y pasa por la barraca, que había la guitarra del guardia, y la toca casualmente, dice:

-¡Pa bailar venimos! (23).

– Asociado con este tipo parece el argumento de un cuento anotado en Puertos de Santa Bárbara en el que la zorra confunde los disparos con los relámpagos del rayo:

La zorra sale por la noche en busca de comida pa los sorricos. Ella por la noche es cuando sale y los sorros pos se quedan en su casa, donde ellos los tienen. Y desía uno de los cachorros:

–¡Mamá! ¿Donde vas?

–¡Válgame Dios! ¿A donde voy? Pos voy a buscaros comida. Vosotros estaros aquí, no los vayais que yo vengo.

Pero bueno, ya sabes tú lo que pasa, que angunas veces no la ven y otras veses la ven. Y una de las veses que la vieron cómo se llevaba las gallinas, y empesaron a pegarle tiros y nada, salió cortando, y los hijos la vieron con una polvareda venir, disen:

–¡Mamá! ¿Qu’es lo que te pasa?

–¡Uy hijo mío! ¡Que me pegaban cada llampaso! (24).

– Aunque existe un tipo próximo catalogado por Camarena y Chevalier ([62A]), el argumento de los tres textos que anotamos en Camándula sobre los zorrillos que interpretan la polvareda que levanta la zorra perseguida por los galgos como el pago de sus rapiñas (nº 11 al 13), parece suficientemente bien definido como para constituir un subtipo al que proponíamos numerar como [62B].



– Por último debe incluirse en el Catálogo el tipo del zorro al que su pareja le recrimina la ausencia y responde lamentándose del castigo que ha sufrido (la castración). Es un relato del que publicamos una versión en Camándula (nº 15) y hemos recogido otra en Cartagena, en el Llano del Beal. De su difusión por la Comunidad murciana da pruebas el ejemplar de Sangonera la Seca reproducido en los Cuentos murcianos.

Para el análisis de estos cuentos hemos resuelto contrastar el repertorio del Campo de Cartagena con el de otra área en la que los encuestadores hayan procedido con criterios semejantes a los que nosotros empleamos, esto es, restricción del trabajo de campo a un espacio reducido y recopilación exhaustiva y sistemática. Creemos que así debe ser posible observar el comportamiento de un lenguaje universal como es el cuento tradicional, y su adaptación a las condiciones históricas, económicas y ecológicas de la comunidad que lo maneja. El trabajo de J. A. del Río y M. Pérez Bautista en la Sierra de Cádiz reúne a nuestro juicio las condiciones adecuadas para realizar la comparación, independientemente de que, en su caso, el criterio de acotación del espacio investigado sea el geográfico y en el nuestro el político administrativo (25).

En primer lugar abordaremos la cuestión del género del animal. En los cuentos tradicionales murcianos el zorro aparece caracterizado casi sin excepción con el género femenino. Las catas realizadas en otros municipios como el de Cehegín revelan datos similares. Incluso los sustantivos y locuciones, eufemísticas o no, con que los narradores designan al animal en los relatos (comadre, Virgen de los Dolores o Virgen de las Gallinas, María o María Sánchez), insisten en su esencia femenina. La única contradicción a esta regla aparece cuando el argumento la fuerza, esto es, en los textos protagonizados por la pareja.

En líneas generales el repertorio gaditano mantiene esta caracterización, aunque parece algo matizada. Así, de entre unos cuarenta relatos protagonizados por el animal, al menos en seis el narrador se refiere al zorro en masculino llamándole de esta forma (nº 16, 18 y 74), o con algún sustitutivo del mismo género como raposo (nº 22) o hopón (nº 42). Solamente en dos de estos textos la presencia del macho se explica por un argumento de conflicto de pareja (nº 15 y 80). Más allá de la precisión, no parece que debamos colegir de aquí ninguna consecuencia que cuestione la preferencia, también en este área, por atribuir al zorro una condición femenina, cualidad que a la luz de la consideración de una cultura misógina ancestral no hace sino reforzar otros aspectos asociados tradicionalmente con la zorra: la astucia y la malignidad.

Más significativas parecen las discrepancias entre los tipos presentes en uno y otro espacio y particularmente la forma en que se desarrollan los argumentos, la manera en que se combinan los protagonistas y en ocasiones cómo se disponen las estructuras de los relatos.

Vaya por delante que los cuentos tradicionales de animales plantean una dialéctica agonística, un combate entre dos rivales que se resuelve en la mayor parte de los casos mediante el ingenio, empleando el modelo de inteligencia práctica clásico, la metis, que no sólo no desdeña sino que aprovecha y valora positivamente el engaño (26). De ahí que la zorra se presente, a priori, como la candidata perfecta para ejercer el papel del burlador, el trickster del folklore anglosajón (27), la versión del pícaro en el mundo animal; y en la medida que encarna al pícaro debiéramos esperar que sus combates se resolvieran con el triunfo de la raposa, como por otro lado ocurre en el plano humano con los equivalentes antropomorfos de la personificación de la astucia, Perul, Quevedo o Jaimito. Sin embargo la narrativa de tradición oral presenta un panorama más complejo.

Efectivamente, la colección de la Sierra de Cádiz reúne numerosos textos en los que la zorra sale airosa de su enfrentamiento con rivales más poderosos (28), casi siempre el lobo, alguna vez el león y el hombre; sólo en una ocasión derrota al cuervo. Por el contrario pierde contra los más débiles, el conejo, la pipita (pajarita de las nieves), la cigüeña, el cencerrón (pájaro), el gallo y la gallina, la perdiz, la rana, el sapo, la tortuga y la hormiga. El balance no es positivo para la raposa, sólo en doce ocasiones obtiene la victoria, en tanto que al menos en veintidós es vencida o se comporta torpemente. Con todo, aún mayor es el descalabro que sufre la zorra en los cuentos estudiados en el Campo de Cartagena, donde sólo se sale con la suya en alguna de las secuencias iniciales de relatos complejos en los que en el desenlace recibe el castigo que anula su efímero triunfo (asociaciones de Aa-Th. 60 y otros tipos con AaTh. 225), o en versiones probablemente corruptas como la de Aa-Th. 30 recogida en La Magdalena y a la que aludíamos en líneas anteriores, en la que paradójicamente la víctima de la zorra es el cuervo, un animal con alas que difícilmente puede, como quiere el argumento de nuestra informante, quedar atrapado en el fondo de un pozo. La versión del mismo tipo anotada en Los Dolores coloca a la zorra en su lugar de perdedora.

Ya lo advertíamos al enumerar los tipos existentes en la zona, y al insistir ahora parece reveladora la ausencia de aquellos en los que la zorra se enfrenta al lobo. En la serranía de Cádiz AaTh. 4 está bien documentado, en combinación con Aa-Th. 5 que implica una segunda secuencia en la que el lobo pretende vengarse del engaño previo y resulta doblemente burlado. Pero además, tipos que en Cádiz tienen como rival del raposo a un animal más fuerte (Aa-Th. 30: zorra/lobo), presentan en el campo de Cartagena un opositor destinado a vencer, según la ecuación de Almodóvar (Aa-Th. 30: zorra/cuervo). La sustitución del lobo por el cuervo como antagonista tiene importantes consecuencias para la interpretación del relato al relegar a la zorra al papel del vencido.

Justamente al contrario parece que ocurre en el área gaditana; aquí en el cuento nº 8 el lobo es engañado doblemente por la zorra: en la primera secuencia, correspondiente a Aa-Th. 30, cuando el lobo queda atrapado en el fondo del pozo y semiahogado, en la segunda cuando la raposa se disfraza para evadirse de las represalias de su enemigo. Los autores identifican este último episodio como el tipo Robe 74*E, descrito en la clasificación como “el conejo se disfraza para engañar a su rival”, por lo que la sustitución producida, conejo-zorra, resulta favorable para la última.

Igualmente, la estructura de los cuentos más complejos que combinan más de una secuencia e incluso más de un tipo, abundan en la insistencia de la narrativa pachequera y cartagenera para condenar a la zorra. En todas las versiones de Aa-Th. 60 publicadas en Camándula y en todas las cartageneras salvo una, la primera secuencia muestra el engaño de la zorra al cuervo y en la segunda la venganza del ave, de manera que el cuervo gana si el tipo aparece independiente, y si está combinado con el de bodas en el cielo gana dos veces. Es más, en la única versión en la que el narrador, tal vez por un fallo de memoria, hace al cuervo anfitrión en la primera secuencia, la devolución subsiguiente del engaño por parte de la zorra queda compensada al asociar a continuación el tipo 225 que acaba con el cuervo arrojando a su rival en pleno vuelo.

La evidencia de lo que parece una obsesiva estrategia del repertorio del Campo de Cartagena por hacer de la zorra víctima, evidencia en absoluto constatable en la Sierra de Cádiz, resulta ser una de las más notables singularidades que distinguen nuestro acervo de aquél. La combinación de la omisión de ciertos tipos, la sustitución de algunos protagonistas y la disposición de la estructura secuencial de los relatos complejos parece coherente con un propósito decidido. Sin embargo esto nos enfrenta con una contradicción a la que ya aludíamos antes y que podríamos formular en estos términos: ¿cómo conciliar la plena condena folklórico-narrativa de la zorra, encarnación de la inteligencia astuta, de la habilidad artimañosa, de esa metis clásica que en el ámbito rural tradicional ha sido hasta hoy extraordinariamente apreciada? Los cuentos de pícaros y los de respuestas ingeniosas son buena muestra de la importancia que la mentalidad subyacente concede a esta capacidad intelectual desvinculada hasta cierto punto de la lógica racional o de los condicionamientos éticos y que basa su validez en los resultados.

En realidad el planteamiento de nuestros cuentos no cuestiona la metis puesto que de ella se sirven los adversarios de la zorra para vencerla. Lo que se rechaza con contundencia es el animal mismo, la zorra es lo que repugna en el imaginario del cuento popular de este área; ahora se nos torna más significativa su casi unánime identificación femenina por las connotaciones negativas que esta condición sexual arrastra para la cultura misógina tradicional. El papel del animal en el plano narrativo refuerza también la significatividad del número abrumador de eufemismos empleados para designarla. Todos estos factores apuntan a destacar el carácter maligno de la raposa.

No es que semejante percepción sea diferente en otras partes del país, pero lo que demuestra la confrontación de los repertorios murciano y gaditano es que en el primero existe un indiscutible subrayado, una radicalización de la aversión que la zorra produce y que quizá pueda explicarse precisamente por la ausencia de depredadores de mayor tamaño. La extinción del lobo la ha llevado a un primer plano del enfrentamiento entre el hombre y los animales que le disputan la primacía en el nicho ecológico que los dos comparten; sus depredaciones en el corral, relativamente insignificantes en relación con las agresiones lobunas, alcanzan desde entonces el nivel de principal amenaza y el folklore, en su función de lenguaje plástico que se adapta a las condiciones cambiantes de la sociedad que lo maneja, refleja así las nuevas circunstancias.

Pero la evaluación conjunta de todos los elementos considerados nos lleva a pensar que la explicación es más compleja y que, más allá de una realidad simplemente ecológica, aún sin descartarla, el peso de la valoración negativa de la zorra en el folklore de esta comarca debe relacionarse con la pervivencia de la imagen cultural que desde antiguo la convierte en personificación del mal.

EL ZORRO EN EL HABLA POPULAR DEL CAMPO DE CARTAGENA

En el habla popular del Campo de Cartagena se manifiesta de un modo más rico y variado la impresión que el zorro ha dejado a lo largo del tiempo en nuestra cultura. En el vocabulario de C. García Cotorruelo (1951), encontramos un numeroso conjunto de términos y locuciones que, con carácter eufemístico más o menos explícito, ha usado la población campesina para referirse a la zorra. Otros autores de vocabularios posteriores se han hecho eco de algunos de esos nombres, todavía vigentes como hemos podido comprobar.

En la entrada zorra Corominas (1989, p. 113) establece una clasificación válida, que seguimos y ampliamos en parte, que permite encajar los cambios constantes de denominaciones que de forma indirecta recaen sobre este mamífero.

A.- Nombrada mediante nombres propios, verdaderos apodos según Corominas (1989, p.113) (29). Los términos que hemos recogido en esta categoría son todos femeninos y aluden a distintas advocaciones (30) de la Virgen y a otros nombres de mujer. En cualquier caso, a excepción del término María, ninguna de ellas aparece reflejada en los repertorios consultados.

María (31) (La Puebla) María Antonia (Campillo de Adentro).
María Dolores (Isla Plana).
María Teresa (Campillo de Adentro).
Trinidá (Campillo de Adentro).

Podemos establecer como subcategoría, los términos que aluden a la Virgen y a alguna santa.

Virgen del Carmen (Isla Plana).
Virgen de los Dolores (Campillo de Adentro).
Santa Teresa (Campillo de Adentro).

B.- A través de términos que aluden a sus rasgos físicos más visibles y destacados. Entre ellos destaca sobre cualquier otro su llamativo rabo a partir del cual se han originado varios vernáculos.

El raposo (32). Es uno de los términos normalizados (33) que encontramos en los principales repertorios y vocabularios de toda España. Nosotros lo recogimos en Canteras de boca de un pastor.

La rabosa (Cuesta Blanca) y su variante la raposa (Canteras, Cuesta Blanca, Fuente Álamo). Al igual que la forma masculina, tiene una amplia difusión por toda la geografía española.

La matula. Aparece recogido en el DRAE (34) como sinónimo de torcida, mecha de velones, candiles, velas, etc. El término matula (Campillo de Adentro) se encuentra en la comarca granadina de Guadix (Alcalá Venceslada, 1999, p. 394). La variante matuna aparece incluida en los vocabularios de García Cotorruelo (1951, p. 175) y de Molina Fernández (1991, p. 206). La motivación semántica establecida por González Elvira (2004, p. 641) está relacionada con el hecho de comparar la cola de la zorra con la mecha de velas, candiles, etc.

C.- Aquellos nombres que hacen referencia a cualidades morales asociadas a pautas de comportamiento concretas del animal. Hay que recordar que pocos animales han gozado de una calificación tan extensa de atributos y cualidades propias del ser humano.

Carpintera (Isla Plana). No aparece citado en ninguno de los repertorios y vocabularios consultados. Creemos que pertenece al campo semántico de palabras como carpinte (Alcalá Venceslada, 1999, p. 136) o carpinteárselas (35), término recogido en el vocabulario de Gómez Ortín (1991, p.112) y mencionado también por Ruiz Marín (2000, p. 152). El significado de esta última podría tener relación con la habilidad de este animal de buscarse la vida, de prosperar aprovechando cualquier recurso alimenticio a su alcance, cualidad que vemos representada en muchos cuentos de tradición oral recogidos en el campo de Cartagena.

La pulgosa (Cuesta Blanca). Término relacionado con la abundancia de este tipo de parásitos entre su tupido pelaje (36).

Truhana (Campillo de Adentro (37), Isla Plana). Vernáculo que aparece en el repertorio de García Cotorruelo (1951, p. 191) recogido en la misma localidad; en el palabrero de Molina Fernández (1991, p. 323) y en el de Serrano Botella (1997, p. 353).

Zorro-a (38). Se trata del vernáculo más común, la forma académica por excelencia, conocida en todas las pedanías y diputaciones, en muchas de las cuales es el único vernáculo conocido y usado, siempre en su forma femenina como un claro ejemplo de discriminación sexista y actitud misógina fijada en el lenguaje. No obstante, aunque ambos géneros tienen connotaciones peyorativas en el lenguaje, es el femenino el que tiene una carga más hiriente. Recordemos que zorra es uno de los muchos zoónimos usados para denominar a una prostituta.

D.- Nombres que aluden a instituciones propias del ser humano como las relaciones familiares.

Comadre (39). Ninguna de las acepciones del DRAE lo identifica como sinónimo de zorro. (Canteras, Cuesta Blanca, Fuente Álamo, Isla Plana, Puertos de Santa Bárbara). Lo encontramos en García Cotorruelo (1959, p. 160), citando además la locución comadre del monte, anteriormente mencionado por Acevedo (1932, p. 58).

Comadreja: (Canteras, Fuente, Álamo. En Cuesta Blanca también lo documentamos acompañado del artículo, la comadreja). Es uno de los casos de sinonimia referida al mundo animal tan frecuentes por otro lado en todo el vocabulario natural. La definición del DRAE del término comadreja se refiere exclusivamente a la especie Mustela nivalis. Lo recoge García Cotorruelo (1951, p. 160) en la Peña del Águila.

La señorita (Cuesta Blanca). García Cotorruelo (1951, p. 187) recoge señora, señora del monte (Galifa) y señorita del monte (Perín). La señorita del rabo (40) largo: (Cuesta Blanca). Expresiva forma en la que se combinan un término de carácter antropomórfico, junto a otro de carácter morfológico que hace inconfundible al animal.

E.- Otros términos de carácter eufemístico.

Reina de las gallinas (El Albujón, La Puebla). Aparece en el contexto de un cuento popular.

Perrica del monte (41) (Cuesta Blanca, Puertos de Santa Bárbara). En este caso se establece cierta identificación formal con el perro, el cánido doméstico, añadiendo como elemento diferenciador el ámbito en el que habitualmente vive y desarrolla sus actividades.

Virgen de las gallinas (La Puebla). También aparece en un cuento popular.

Virgen del monte (Puertos de Santa Bárbara).

Bicha (Cuesta Blanca, Isla Plana, Puertos de Santa Bárbara). Se trata de un vernáculo compartido con una de las denominaciones que se dan en toda la comarca a las diferentes especies de serpientes.

El DRAE define el término bicha en su segunda acepción como una forma de nombrar al diablo, la bicha, mientras que la tercera lo define como un término coloquial “entre personas supersticiosas” para nombrar a la culebra, “porque creen de mal agüero pronunciar su nombre”.

OTROS TÉRMINOS RELACIONADOS CON EL ZORRO

En la bibliografía regional encontramos otros términos eufemísticos para nombrar a la zorra.

Guilopa. Aparece en García Soriano (1980, p.141) y en Gómez Ortín (1991, p. 225) con varias acepciones, una de ellas zorra.

Tunanta. Citado por García Cotorruelo (1951, p.191) en el área de Perín) y también por Molina Fernández (1999, p. 324). Aunque no la hayamos recogido en nuestras encuestas su aparición en el vocabulario de García Cotorruelo lo convierte en término plenamente cartagenero.

Es bien conocida la afición de la zorra por los frutos del campo. En el Campo de Cartagena, en otoño, se alimenta de higos secos llamados zorrillos en Campillo de Adentro.

También constituyen un nutritivo alimento en la dieta otoñal, los dátiles de zorra (García Cotorruelo, 1951, p. 163), o dátiles zorreros. Se trata de los frutos del palmito (Chamaerops humilis), pequeña palmera que tiene en las sierras cartageneras uno de sus óptimos ecológicos en la Península, precisamente en aquellas zonas en las que el zorro resulta abundante aún. En este caso, el palmito encuentra en la zorra un buen aliado que contribuye a la dispersión de sus semillas.

CONSIDERACIONES FINALES.

La realidad biológica no se puede obviar por muy arraigados que estén en la mentalidad popular los condicionantes culturales que sustentan la imagen del zorro. Es, ha sido, una especie tan común y tan relacionada con el hombre que es imposible disociarla de la evolución sociocultural de la población rural de esta comarca. Es precisamente esa imagen cultural cargada de simbolismo la que, en parte, sirve de estímulo para buscar fórmulas que permitan mantener al zorro inserto en el entramado ecológico-cultural de la sociedad rural, respondiendo así al principio de clasificación tan importante entre las comunidades tradicionales para aprehender el medio animal y vegetal que les rodea sin traicionar las creencias y tradiciones que el grupo ha mantenido desde tiempo inmemorial. Para ello, se buscan términos sustitutivos e indirectos que eviten el posible maleficio que supone tropezarse con un zorro o mencionar siquiera su nombre. Es el eufemismo la herramienta lingüística usada en el habla coloquial para tal fin. Pero ¿hasta qué punto el eufemismo en el habla actual se ha objetivado y ha quedado desprovisto de cualquier otra connotación, o, por el contrario, sigue empleándose como resultado vivo de una creencia o superstición previa sobre la cual se generan los diferentes términos?

Elena Pezzi (1984, p. 24), a partir de la documentación del término gandano en el Atlas Lingüístico Etnográfico de Andalucía, recoge una reflexión a tener en cuenta a la hora de enfrentarse a un estudio dialectológico relacionado con especies animales o vegetales que, como en el caso que nos ocupa, tienen una inserción cultural en las comunidades rurales que va más allá del simple aprovechamiento material o del mero conocimiento como especie. Siguiendo a D. Manuel Alvar, indica que “No siempre es fácil saber hasta qué punto una determinada designación es eufemística o está ya aclimatada en la lengua como término desprovisto de connotaciones supersticiosas”. Y plantea una cuestión a tener en cuenta desde un punto de vista metodológico: “En este mapa, aceptamos como denominaciones objetivas o neutras todas aquellas que espontáneamente nos fueron facilitadas, mientras que aparecen en la lista «designaciones eufemísticas» las que surgieron cuando insistíamos con una nueva pregunta «pero ¿cómo le dicen cuando no se le quiere llamar por su nombre?»”. La dificultad, planteada a la hora de estudiar este tipo de designaciones, se centra en determinar si el hablante hace uso de ellas de modo consciente, o si al perder las motivaciones a partir de las cuales fueron generadas, el hablante, una vez generalizadas, ya no las percibe como tales (González García, 2004, p. 637).

En nuestras entrevistas, no planteamos la distinción entre denominación objetiva y designación eufemística. Podrían considerarse como objetivas al surgir de forma espontánea cuando se inquiere sobre los nombres del zorro. Todas pertenecen al habla coloquial de cada pedanía y caserío estudiados y todas participan al mismo tiempo de la intención primigenia con las que fueron creadas. Al mismo tiempo, el informante conoce las motivaciones que subyacen al nombre o nombres que nos aporta, sin que sea necesario por nuestra parte insistir con una pregunta que pretenda clarificar la respuesta que queremos obtener, distinguiendo de este modo los términos eufemísticos. En algunos casos, los propios informantes aportan como dato previo el hecho de que “nunca la mentaban por su nombre”. Conocen por tanto la motivación, el tabú ancestral, la superstición folklórica que provoca como consecuencia directa la búsqueda de formas sustitutivas. Si, de modo involuntario era nombrada, inmediatamente se sospechaba que la mala suerte acompañaría a la persona al día siguiente:

“Huy, mal día mañana” (42).

El mismo entrevistado de forma natural y con la carga cultural que sus palabras encierran, nos está dando implícitamente la significación que el término tiene para él, de la que por otro lado participan también sus convecinos. Un contenido sostenido por la tradición que de forma espontánea aflora a través de la entrevista. La objetividad se habría producido como consecuencia de las transformaciones que se han producido en el medio rural, desvirtuando los aspectos simbólicos que hacen del zorro un elemento cultural de carácter maligno, no un animal que lucha por su supervivencia.

Esto se apoya en aspectos muy diversos que no sólo tienen que ver con la superstición o con el bagaje cultural que el inconsciente colectivo atesora desde hace milenios, sino también con el profundo conocimiento que estas comunidades tienen del entorno ecológico que las rodea. Del zorro, en concreto, conocen sus itinerarios y querencias a la hora de desplazarse; diferencian sus ladridos según el sexo del animal y el periodo del año en que su comunicación sonora es más audible, especialmente durante el periodo de apareamiento; conocen los procesos básicos que caracterizan la biología de esta especie, especialmente aquellos que tienen que ver con la alimentación, la reproducción y los cambios que a lo largo de las estaciones sufre su pelaje; y por último, reconocen el modo de actuar de una zorra en un gallinero, diferenciándolo en detalle del de otro carnívoro.

El mecanismo lingüístico y psicológico que subyace a los términos conocidos para nombrar al zorro, permitió a las comunidades rurales durante siglos satisfacer una necesidad que salvaguardara la tradición, manteniendo una peculiar forma de acercarse a este animal que prioriza aquellos aspectos más negativos, característicos de su imagen simbólica acuñada desde los bestiarios del cristianismo primitivo y medieval. A partir de esta estrategia universal, se fueron creando términos y locuciones significativas que en cada zona permitían referirse al animal sin pronunciar su nombre. En el Campo de Cartagena esa variabilidad es amplia y digna de ser puesta de manifiesto si tenemos en cuenta la extensión del área estudiada y los cambios socioculturales acaecidos con especial intensidad en las últimas décadas.

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NOTAS

(1) El zorro común es un mamífero de pelaje espeso de color rojo amarillento a pardo rojizo en su parte superior, mientras que en la inferior presenta una coloración de gris clara a blanca. La punta de la cola es frecuentemente blanca. Los cachorros recién nacidos presentan una coloración gris pizarra. Alcanza un metro de longitud, con un peso de hasta diez kilos, aunque lo común es que su peso oscile entre los tres y los siete kilos. Está ampliamente distribuido por Europa, Asia y Norteamérica. En España se dan tres subespecies: la subespecie nominal el zorro rojo septentrional (Vulpes vulpes vulpes), el zorro rojo ibérico (Vulpes vulpes silacea), caracterizado por su coloración tricolor a base de tonos grises, rojizos y amarillentos; y el zorro rojo europeo (Vulpes vulpes crucigera). Muchos autores cuestionan esta clasificación. (Grupo de Carnívoros Terrestres/SECEM. Página consultada OnLine el 20-09-06). Es una especie que desarrolla su actividad más intensa con la llegada del crepúsculo. Ocupa todos los hábitats: zonas agrícolas, áreas forestales superando en altura los límites del bosque, zonas de matorral bajo, etc. También podemos encontrarlo en poblaciones y áreas urbanas, llegando incluso a vivir en el interior de las ciudades. En cuanto a su alimentación, se trata de un mamífero omnívoro, cuya dieta está compuesta por pequeños mamíferos, pájaros, insectos y lombrices, carroña, frutas y bayas. Curiosamente los ejemplares más grandes se suelen encontrar entre aquellos que viven y se alimentan en los vertederos urbanos. Es un animal solitario a excepción del periodo de apareamiento. No obstante, el zorro mantiene un contacto constante con otros congéneres mediante las marcas odoríferas (heces y orina) con las que delimita su territorio. Una vez producido el apareamiento, la hembra tras unos sesenta días de gestación, da a luz entre cuatro y siete cachorros, llegando de forma excepcional a diez u once, a los que amamanta entre siete y nueve semanas, alcanzando la edad de autosuficiencia alrededor de los cinco meses (Richarz, 2003, p. 112).

(2) Es, sin duda, una de las figuras centrales en el bestiario del cristianismo, equiparable con el lobo al que se asocia en el imaginario popular de muchas culturas europeas.

(3) En Roma se consideraba al zorro como un demonio del fuego. En las celebraciones anuales dedicadas a la diosa Ceres, se perseguían por los descampados zorros con teas atadas a la cola para proteger los trigales de posibles incendios. Así mismo, la protección de la casa contra posibles embrujamientos, se realizaba clavando en la puerta de la vivienda una estrella de mar impregnada con sangre de zorro (Biedermann, 2004, p. 491). Plinio, (2002, p. 101) establece que es la astucia, cualidad identificada posteriormente por el Cristianismo como uno de los rasgos que mejor definen al Maligno, el rasgo que convierte al zorro en un animal de mal augurio. Opiano (III, p. 450) incide en el carácter astuto del animal, al que califica como ”La más astuta entre todas las bestias agrestes… de corazón belicoso; y, muy sabia…”, astucia que agudiza cuando el hambre aprieta, pues “…cuando llega el frío y carece de comida, y las vides se muestran desnudas de uvas, entonces ella trama una mortífera artimaña de caza y captura con engaños aves y crías de liebres.”, o para escapar de trampas y cazadores, “pues ella es hábil…por su astucia y también hábil para romper cuerdas, y aflojar lazos, y escapar de la muerte por medio de sutiles artimañas” (IV, pp. 448 y ss.). En parecidos términos se expresa Claudio Eliano al señalar que las zorras “alcanzan cotas insuperables de malignidad y truhanería”, cualidades aplicadas como recurso para devorar los panales de una colmena (IV, p. 39), para conseguir romper la cerrazón del acorazado erizo y cazar a las incautas avutardas (VI, p. 24), urdiendo engaños para conseguir atrapar a la huidiza liebre (XIII, p. 11), o para medrar junto al hombre habitando con él en el interior de las ciudades, desplegando incluso toda clase de zalamerías para ser aceptada como animal doméstico (XVII, p. 17).

(4) Este y otros rasgos con los que se caracteriza al animal parten de un planteamiento previo según el cual se trata de argucias, tretas y subterfugios propios de un animal de débiles fuerzas, que despliega para buscar la comida y el sustento y para salvar el pellejo en situaciones de peligro. Los bestiarios medievales forjaron la carga simbólica y moral que ha acompañado a este animal en nuestra cultura a lo largo del tiempo. El Fisiólogo (2000, p. 40) inaugura esta tradición, señalando que “es un animal tremendamente astuto y taimado”, citando como ejemplo de tales cualidades el ardid de fingirse muerta acuciada por el hambre, para atrapar a las aves de rapiña que descienden a devorarla creyendo que se trata de una carroña. Simular estar muerto para atrapar a su presa, es una estrategia característica de Satán (2000, p. 194) quien se hace el muerto ante los vivos para engañarlos, atraerlos y perderlos en el pecado. Los repertorios y diccionarios de símbolos reproducen la imagen estereotipada y simple forjada durante el Medievo. El zorro representa la inteligencia, la malicia, la hipocresía, la maña y la picardía (Cooper, 2000, p. 194); la astucia dañina (Chevalier, 1999, p. 1090), pérfida (Cazenave (ed.), 1996:, pp. 572-573) y malvada (Marcchesini, 2002, p. 85) actitudes que desde los primeros momentos el Cristianismo califica como inferiores identificándolas, según Cirlot (1969:, p. 485), con las tretas del adversario. Desde el extremo Oriente hasta Europa el zorro ha sido un animal al que se le ha adjudicado un carácter satánico. La propia coloración de su pelaje de color rojizo, recuerda al fuego, lo cual le incluye junto a otros animales, en el séquito del diablo (Biedermann, 2004, p. 491).

(5) Y. Guío Cerezo (2002, p. 68). Encontrarse con animales de color negro como un gato, un abejorro o un cuervo, o escuchar en la noche el sobrecogedor canto de una lechuza o un mochuelo, fue durante mucho tiempo el anuncio de muerte, de desgracias cercanas e ineludibles. En este caso, la creencia reiterada de forma incontestable, forja imágenes zoológicas plenamente vigentes. A otros animales se les adjudica la responsabilidad de ser los causantes directos de padecimientos físicos que, durante décadas, afectaron a las comunidades campesinas. Recordemos el temor que se tenía a los perros transmisores de la terrible rabia. El propio zorro, debido a su abundancia, su amplia distribución y su capacidad para vivir en zonas pobladas, es el transmisor más importante de esa enfermedad. Además, es transmisor del equinococo, cuyos estadios evolutivos en el hombre pueden producir graves enfermedades e incluso la muerte. (Richarz, 2003, p. 112). Otros, como la cabra o la serpiente, han participado de esa misma consideración, pero al mismo tiempo han sido considerados por el hombre como aliados en su lucha contra la enfermedad.

(6) En el mundo hispano árabe, el Libro de las Utilidades de los Animales (1980, p. 49), recoge un buen número de utilidades que se pueden extraer del zorro.

“Su carne, caliente y seca, si se cuece con aceite, eneldo y sal, y se hace sentar en su salsa a quien tenga dolor articulatorio, le cura de su reuma. Y si se frota con la grasa que queda arriba de la salsa a las articulaciones de quien padezca dolor articulatorio, lo cura, y resuelve la solidificación y complejidad que sucede en las articulaciones.

Cuando se da su grasa como pomada para la gota, va bien. Echada a gotas en el oído dolorido, calma su dolor…Y si se untan con ella las extremidades en los viajes, impide el frío y la opresión que se manifiesta en invierno.

Si con la sangre de zorro se unta la cabeza, ello es útil para la calvicie, la tiña y la progresiva caída del pelo.

Su bilis, disuelta en miel, mezclando con ambas alcaravea y tomada con agua caliente, va bien para el dolor de costado. Si se mezcla con ella amoníaco y se disuelve con agua de coles y lirios, y se administra a quien tenga elefantiasis tres días al mes (uno cada diez días) y se priva de vinagre, de desplazamientos y de tener relación sexual. Le produce un claro beneficio. Disuelta en agua de cáscaras de almendra cruda y extendida sobre los sitios de la lepra, cambia su color y la cura. Echada como colirio al ojo, sienta bien para el principio de catarata.

Colgando un colmillo de zorro al niño que tenga terrores nocturnos, deja de tenerlos. Los dientes del lado derecho del zorro si se cuelgan a quien tenga dolor en el oído derecho, le son útiles, haciendo el mismo efecto los dientes de la parte izquierda para el oído izquierdo.

Cuando un