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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 325.

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Que San Antón es el patrono de los animales lo sabemos casi todos, pero la razón por la que en la iconografía popular aparece frecuentemente con un cerdo o un jabalí a los pies, nos la trata de explicar Blas Antonio de Ceballos en un curioso trabajo titulado Flores del yermo, pasmo de Egipto, asombro del mundo, sol del occidente, portento de la gracia: Vida y milagros del grande San Antonio Abad, publicado en Madrid en 1779: “El poner a sus pies un animalillo de cerda se tiene por tradición antigua, que los catalanes fueron los primeros que le pintaron así, a quienes imitaron todos hasta hoy, por haber curado milagrosamente el santo en Barcelona un ceboncillo cojo y contrahecho recién nacido. Otros autores dicen que es para enseñar a los rústicos la urbanidad y devoción que deben tener con San Antonio, pues les enriquece curando sus ganados y preservando de la muerte a sus brutos. Por esta razón en el reino de Francia y en otras muchas partes crían en las piaras un ceboncillo y le señalan con una campanilla, para que se conozca que está ofrecido al santo, y es tan grande la estimación y aprecio que hacen de ellos que si acaso por desgracia hurtan alguno sienten más su pérdida que si les faltasen otros muchos”. Ceballos se extiende en otras consideraciones sobre el origen de la Orden, muy antigua (según Luis de Urreta de la Orden de Predicadores sería del año 360 y fundada por el Preste Juan) y muy vinculada a los principales caminos de peregrinación en Europa y Santos lugares, la cual tuvo una Encomienda mayor en Castrojeriz y casas en Salamanca, Medina del Campo, Toro, Benavente, Segovia y Valladolid, sólo por mencionar algunas. La Orden funcionó como tal desde que Honorio III la confirmó como verdadera religión y tomó a sus maestres y hermanos bajo su protección, hasta que fue suprimida, al menos en España, por una Bula de Pio VI en 1787. La costumbre de que los demandaderos que pedían para los hospitales llevasen la Tau en el pecho o una campanilla con la misma cruz, hizo muy populares durante la edad media a todos los hermanos de las casas de San Antón, que vestían hábito negro con la Tau azul en la parte delantera. Ellos se encargaron de popularizar en el medio rural la costumbre de que un cerdo, con la campanilla señalada con la Tau tuviese el privilegio de poder entrar en cualquier corral durante todo el año, decidiéndose su suerte el 17 de enero, o bien por sorteo o bien adjudicándoselo al propietario del primer corral que visitase el marrano la mañana de ese día. Los antonianos se habían especializado en atender a enfermos de peste, de lepra y otras enfermedades, pero principalmente a los enfermos de ergotismo, también llamado fuego sacro o fuego de San Antón, que sobrevenía por ingerir el ergot o cornezuelo, toxina que contaminaba el centeno y a veces también el trigo y la cebada. Esta fue la razón por la que se popularizó la costumbre de ofrecer al santo el peso de los hijos en harina o en pan, para evitar que les afectase esa enfermedad, que se traducía en alucinaciones, temblores y muy frecuentemente en gangrena por la necrosis de los tejidos. De ahí derivó la tradición de hacer panecillos antropomorfos de cebada, centeno o trigo que vinieron a denominarse finalmente panecillos de San Antón.