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LAS NIÑERAS DE MADROÑERA

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luís

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 325.

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Madroñera es un municipio cacereño situado entre la meseta trujillano–cacereña y las agrestes sierras de Las Villuercas. Su término está atravesado por los ríos Almonte y Magasca y en él alternan paisajes adehesados con terrenos dedicados a cultivos y a olivares. No se conoce la fecha exacta de su fundación, aunque puede detectarse presencia humana en sus proximidades desde la Prehistoria, como atestiguan ciertos grabados rupestres descubiertos en el valle del río Tejadilla, y las estelas decoradas de la Edad del Bronce halladas en su demarcación.

Los primeros datos fiables sobre la existencia histórica de esta localidad aparecen a partir del siglo XIII, tras la conquista de Trujillo por el monarca castellano–leonés Fernando III, en 1232. Igualmente aparece mencionada en el Libro de la Montería, (p. 106) de Alfonso XI, donde se dice que “La Madroñera es buen monte de osso en yuierno”. En 1558, el Obispo de Plasencia, don Gonzalo Gutiérrez de Vargas Carvajal, compró el lugar a Felipe II por 392.000 reales, y muerto aquél al año siguiente, se hizo cesión de la adquisición a don Alonso Ruiz de Albornoz, Regidor de la ciudad de Trujillo y primer señor de la villa.

El nombre del lugar es un claro fitónimo derivado de madroño, arbusto o arbolillo de hasta cuatro metros de altura, de la especie Arbustus, perteneciente a la familia de las Ericáceas. Tal vez de origen prerromano, esté emparentado –según Antonio M. Castaño (1)– “con el tipo MOROTONU, que designa la fresa (2) o el arándano en leonés y gallego, y el madroño en varios lugares”. Su gentilicio normativo es madroñeros. Y según Fernández de Oxea (3), popularmente se les conocía como porreros, chocolateros golosos y uñas largas. Lo de chocolateros golosos no necesita explicación; lo de uñas largas tal vez hiciese referencia a una pasada afición por lo ajeno de sus naturales y lo de porreros, lo mismo podía hacer referencia a hombre calmoso, comodón, que no es fácil asustarle, porreto, que a una persona bruta, porrúa, que a un sujeto pesado, molesto o porfiado, porra, que a porrada, necedad, disparate, que a porrear, insistir con pesadez en algo, que a porrería, necedad, tontería, o tardanza, pesadez. Y un dicho tópico reza: “Madroñera, gente recia”.

En relación con la Virgen de Soterraña, patrona de la localidad, cuenta la leyenda que –en una fecha indeterminada entre los siglos XVI y XVII– se apareció sobre una roca situada frente a la ermita Vieja –de su advocación– a un pastor que andaba por los lugares apacentando ganado. Sorprendido por una inesperada tormenta –de nieve y granizo, según cuentan– el pastor pidió auxilio y protección a la Virgen, que acudió en su ayuda y le brindó refugio en la cueva existente en la misma roca. Es tradición que cada cual se lleve del lugar un trocito de pizarra que, al tirarlo al propio tejado, protege de las tormentas y, por ende, de rayos y centellas.

Según una página web de la localidad, el traje típico de la mujer es refajo o pollera de cien colores o rosas naturales de lana, faltriquera, jubón de terciopelo negro o raso, mandil bordado con hilos o lentejuelas, medias caladas de hilo y como aderezos, pendientes de candil, del chozo y de relámpago, y en el cuello venera o galápago. Y en el hombre, camisa blanca con tiranas, chaleco negro, pantalón hasta la rodilla, también negro, sujeto con los madroños abajo, y arriba con la faja; y medias caladas de color blanco.

En su trabajo Costumbres cacereñas, Fernández de Oxea (4) recoge una antigua fiesta conocida por los madroñeros como “de las Niñeras”, porque el día 24 de diciembre de cada año “lo más selecto de la juventud femenina” del lugar (p. 81) se convierte en niñeras del Niño Jesús; tradición que, según me informan desde el Ayuntamiento, sigue vigente a día de hoy.

En la fecha señalada, las mozas solteras se reúnen en la iglesia, donde el sacerdote les entrega una imagen del Niño Jesús. Y ya en el atrio, entonan el primer villancico.

Desde el portal, María,
envía al Niño,
a dar las buenas tardes
a sus ministros.

Portando la imagen, y ataviadas con el traje típico local y luciendo sus mejores galas, las niñeras recorren las calles del pueblo haciendo sonar constantemente sus panderetas, adornadas de madroños o cintas.

De trecho en trecho, parte de las jóvenes se reúnen para cantar los villancicos heredados de sus ancestros, mientras otro grupo entra en las casas próximas y reclinan la imagen sobre los lechos de las mismas.

Tenga usted buenas tardes,
que ahora venimos
a pedir aguinaldo
para este Niño,
lindo y hermoso,
a pedir aguinaldo
como nosotros.
Luego continúan calle adelante:
Cuando por el Oriente
baja la aurora,
caminaba la Virgen
Nuestra Señora.
Del Oriente al Poniente
y del Levante
bajan tres Reyes Magos,
Niño, a adorarte.
San José, como esposo,
pide posada,
para la Virgen pura
que va cansada.
San José, carpintero,
la Virgen, teje,
y el Niño hace canillas
de seda verde.
Es la mejor limosna,
para este Niño,
una conciencia limpia
de todo vicio.
A tu puerta está el Niño,
no le despidas,
que en el corazón tiene
quien lo reciba.
Los poderosos tienen
ricos palacios;
el Redentor del mundo
un triste establo.
Aunque venimos tarde
no vamos solas,
que el Hijo de María
va con nosotras.
Dale la limosna
si se la has de dar,
que está su Madrecita
sola en el portal.
Si pides corazones,
Divino Niño,
si pides corazones
te daré el mío.
Esta noche a las doce
nace el Mesías,
para dar a los hombres
felices días.
El poder de este Niño
se ha de conocer,
el pedir aguinaldo
antes de nacer.
Tienes unos ojitos
llenos de gloria,
y los míos te piden
misericordia.

En el domicilio de cada niñera, y en la de la mayordoma, las jóvenes son agasajadas con dulces típicos y licores para reponer fuerzas, pues suelen llegar fatigadas de “tanto andar, reír y cantar” (Oxea, p. 82). Y sucede que como son numerosas, cuando alcanzan los domicilios de las últimas ya no pueden probar bocado. Una vez terminado el callejeo, tornan a la iglesia, donde devuelven al sacerdote el Niño Jesús y el caudal recaudado, que el párroco destinará al culto de la Virgen del Rosario, imagen a la que pertenece el Divino Infante. A la vez que entonan un último villancico: ¡Adiós!, niño chiquito.

¡Adiós!, niño chiquito.
¡Adiós!, lucero.
Hasta el año que viene,
si no me muero.
Y si me muero,
Divino Niño,
te pido que me lleves
al cielo empíreo.

Por último, el párroco les obsequia con un nuevo refrigerio.

La fiesta termina con un baile que organizan las novicias; es decir, las que salieron por primera vez.

“Es tan tradicional –concluye De Oxea–, tan simpática y alegre esta fiesta, que la añoran las viejas, esperan impacientes su llegada las jóvenes y las pequeñas desean pase el tiempo para poder ser niñeras del Niño Jesús”.

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NOTAS

(1) P. 194.

(2) Recuérdese que el fruto del madroño es similar a la fresa.

(3) P. 400.

(4) Según D. José Ramón, la descripción de esta fiesta se la debía a la gentileza del Maestro Nacional de Madroñera por aquel entonces, D. Vicente Jiménez Sánchez.

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BIBLIOGRAFÍA

CASTAÑO FERNÁNDEZ, Antonio M.: Los nombres de Extremadura, Editora Regional, Mérida, 2004.

FERNÁNDEZ DE OXEA, José Ramón Y.: *Costumbres cacereñas”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, tomo VI, cuaderno 1, Madrid, 1950.

*Nuevos dictados tópicos cacereños”, Revista de Estudios Extremeños 3 y 4. Badajoz, 1949.

LIBRO DE LA MONTERÍA: Editado por dennos p. Seniff, Madison, 1983.