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EL COCO Y EL MIEDO EN EL NIÑO

CILLAN CILLAN, Francisco

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 326.

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El miedo es un hecho natural en el ser humano, como en otras especies de animales. Los niños más pequeños muestran sus temores ante los ruidos estrepitosos, la oscuridad, lo desconocido, los animales, la separación de los padres, etc. A partir de los seis años los pesares aparecen ante el daño físico, la enfermedad, el escaso rendimiento escolar, el ridículo… En la pubertad se teme al rechazo de los compañeros, al cómo comportarse, al cómo expresarse… Son temores relacionados con la autoestima. Pero el miedo también es un recurso de autoprotección, que sólo cuando es excesivo se convierte en fobia y puede hacerse patológico; entonces constituye un problema de comportamiento que altera el desarrollo psicobiológico del individuo. Los primeros canguelos que el niño recibe sorprendentemente se dan en el momento íntimo del arrullo y son suscitados por la arrulladora que los utiliza para provocar el sueño. Es un recurso más de los muchos que usa ante la impaciente labor de dormir al bebé, para ello ha creado una serie de figuras a las que evoca cuando el crío no quiere dormir o se resiste a venir el sueño. Estos intermediarios aparecen en las letras de muchas nanas y han sido utilizados generalmente por numerosas culturas, a pesar de que las canciones de cuna son las primeras manifestaciones poéticas y musicales que la criatura recibe. Incluso antes de que se establezca el diálogo entre adulto y bebé, ya aparecerán estos pequeños poemas con música.

De todos los asustadores, quizás el principal y más generalizado dentro de nuestra cultura sea el “coco”. Una de esas figuras a las que recurre la arrulladora para conseguir el fin de las nanas que es dormir al niño. Hemos localizado dos cancioncillas, que contienen dicho ente represor en Puerto de Santa Cruz (Cáceres), localidad situada a mitad de camino entre Trujillo y Miajadas, junto a la autovía Nacional V; aunque por su popularidad bien podrían ser de cualquiera otra población extremeña e incluso hispana. El contenido de ambas es semejante, como podemos comprobar.

Duérmete, mi niño,
que viene el coco
y se lleva a los niños
que duermen poco.

Duérmete, niño,
duérmete ya
que viene el coco
y te comerá.

El niño que se resiste a dormir recibe una hipotética amenaza con la llegada de un ser mítico y arcaico. La conminación es más suave en la primera. Se establece una dualidad entre el cariño (“mi niño”) y la amenaza (“que viene el coco”), entre el amor maternal y el miedo, entre la realidad y la fantasía, polaridad que permanece en el ser humano como la vida misma. Mientras que en el segundo poema la arrulladora se muestra más insistente, más severa, más tajante (“duérmete ya”). Las exhortaciones se repiten, la afectividad recogida en el posesivo “mi” se pierde.

Si seguimos comparando las dos canciones, hay también una gradación entre ambas; más suave en la primera (“Que viene el coco / y se lleva a los niños / que duermen poco”), y más patente en la segunda (“Que viene el coco / y te comerá / o te llevará”). Se contradice esta postura con el amor materno que rezuman otras nanas, pero no olvidemos que el coco es una figura convencional, muy tradicional en el mundo infantil. Surge en la concepción supersticiosa del sueño sometido a fuerzas malignas y ocultas. Se han dado múltiples definiciones de ese personaje mítico. Cobarruvias (1611) dice que “en lenguage de los niños vale figura que causa espanto, y ninguna tanto como las que están a lo escuro o muestran color negro de “cus”, nombre propio de Cam, que reynó en la Etiopía, tierra de negros” (Cobarruvias, p. 330). Goya establece su definición gráfica en el dibujo “Que viene el coco” donde se aprecia el pavor que los niños sienten ante el mito hecho realidad, mientras la mujer parece dialogar con el fantasma. Rodríguez Marín considera que es el “ser imaginario con que se infunde miedo a los niños; así se dice: Más feo que un coco” (Rodríguez Marín, nota 23, p. 514). Antonio Machado y Álvarez (“El folk-lore de los colores” en el Folk-lore Frexnense) afirma que ese ente surge de la oscuridad y es hijo del color negro.

“En el Folk-lore de los colores, bajo el punto de vista mitológico están los verdaderos gérmenes de un mundo de seres intangibles é incorpóreos que han influido, y aún siguen influyendo poderosamente en los destinos de la humanidad: desde el coco y el bú, que vienen á ser como los protozoarios de esta cadena, hasta el diablo (Horno sapiens, L.) último término de ella, todas tienen su origen en la oscuridad y en la sombra y pudieran llamarse, hasta cierto punto, hijos del color negro” (Machado y Álvarez, p. 300).

Unamuno (Recuerdos de niñez y mocedad) también considera al “coco” hijo de un mundo tenebroso, y las nodrizas le han creado para gobernar a los infantes rebeldes principalmente ante el sueño.

“El Coco es un personaje extra–natural que ha tenido y tiene en la evolución íntima del espíritu humano mucha mayor parte de lo que se cree. Las sacerdotisas o vestales de su culto son las nodrizas y niñeras.

El Coco es el Espíritu de las Tinieblas, por las que tiende sus invisibles tentáculos, restañando las lágrimas del niño. Es terrible porque amenaza siempre y nunca pega; hace como aquello que cantábamos en un juego: ¡amagar y no dar! Y esto es lo terrible.

Cuando desaparece bajo toda forma y todo nombre, aún queda su aliento, la sombra que le rodea, y desde el más recóndito hondón de la conciencia agita a ésta” (Unamuno, p. 49).

El niño tiene miedo de ese mundo mágico y simbólico de la oscuridad por los peligros fantasmagóricos que encierra, representados en múltiples ocasiones por el cuarto oscuro. La intensidad de lo tenebroso acrecienta las asechanzas.

“El cuarto oscuro es el infierno poblado por la fantasía con toda clase de cocos. En él el niño se tapa los ojos y se vuelve contra la pared para que el coco no le vea. Y ni aun así deja el niño de verle, es decir, ni aun así deja el Coco de ver al niño. Más claro le ve cuanto más oscuro está” (Unamuno, 1998, p. 50).

Federico García Lorca afirma que el “coco” forma parte del mundo infantil lleno de figuras sin dibujar, y su fuerza mágica es su “desdibujo”.

“Nunca puede aparecer, aunque ronde las habitaciones. Y lo delicioso es que sigue desdibujado para todos. Se trata de una abstracción poética, y, por eso, el miedo que produce es un miedo cósmico, un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores, sus paredes objetivas que defiendan, dentro del peligro, de otros peligros mayores, porque no tienen explicación posible” (García Lorca, 1991, p. 289).

El D.R.A.E. lo define como el “fantasma que se figura para meter miedo a los niños” (D.R.A.E, p. 314) (1). Corominas también acepta la definición académica de coco y afirma que es una voz de creación expresiva… que pertenece originariamente al lenguaje infantil, con el significado de “objeto esférico”, “argalla”, “cabeza”, etc. “Fue primero nombre infantil de argalla y otros frutos esféricos europeos, por comparación con los cuales se aplicó al fantasma infantil, y partiendo de éste se bautizó al fruto del cocotero” (Corominas, p. 829). Estos miedos iniciales que la arrulladora infunde en los más pequeños hicieron pensar a Unamuno que

“el primer principio sobrenatural que en nuestra conciencia arraigó fue, pues, un principio malo, tenebroso y amenazador, cuya aparición recuerda el timor fecit deos de Estacio. Más tarde el cuarto oscuro se convirtió en el infierno, y del Coco surgieron el demonio y Dios” (Unamuno, 1998, p. 50).

La costumbre tradicional de asustar a los niños mediante un personaje misterioso se extiende por toda la región extremeña, Europa e Hispanoamérica. El nombre del asustador varía según las regiones y las localidades. Incluso en una misma población puede recibir denominaciones muy diferentes. En Puerto de Santa Cruz se recurre al “bobo”, a “camuña”, al “hombre del saco”, al “tío del sebo”, al “pobre”, al “médico”, a la “bruja coruja”, a la “pantaruja” (2) y a otros personajes variopintos que las nodrizas crean en un momento determinado y que van recogiendo a los niños que no se duermen o se portan mal. “¡Bobo!, ven y llévate al niño que no quiere dormirse”, se oye decir a las madres, cuando aquéllos se ponen rebeldes al sueño. A veces juegan con ellos ocultando su cara tras un pañuelo a la vez que dicen: ¡Bobo! El asombro, que produce en los más pequeño, se transforma en risa cuando la madre de nuevo descubre el rostro y dice: ¡Tras! La “pantaruja” y la “marimanta” entre otros son los entes que sustituyen al coco y asustan al niño en el sur de Extremadura, mientras que en el norte suenan más el “cocu” y el “lobu”. En Barrado (Cáceres) se escucha:

Duermite, niñu,
que vieni el lobu,
y se lleva a los niñus
que duermin pocu.

(Flores del Mazo, p. 118)

En Santibáñez el Bajo (Cáceres) el asustaniños es la “mariquintana”:

Si el mi niñu no se duermi llamo a la Mariquintana,
pa que se lo llevi lejuh
de la su cama

(Barroso Gutiérrez, p. 194)

Rodríguez Marín considera que en Extremadura entra a formar parte de ese mundo mítico la “manita–tuerta”. Los niños utilizan como conjuro para exigir alguna golosina que come otro, invirtiendo la mano hacia el codo y torciéndola de un modo especial, la siguiente formulilla, convencidos de que les otorgarán lo que piden por el miedo que infunde la “manita–tuerta” (Rodríguez Marín, nota 122, p. 536):

Manita–tuerta
Llega a tu puerta.
Si no me lo das,
Al infierno te vas (3).

(R. Ma., p. 155)

El Bachiller de Osuna afirma que “el bú, el duende, el cancón etc, son otras tantas entidades míticas que comparten con el coco, el moro, los judíos, la mano negra, etc, la tarea de asustar a los rapaces” (Rodríguez Marín, nota 23, pp. 514 y ss.). En Guadalcanal (Sevilla) es el Cancón.

Duérmete, niño chiquito,
Mira que biene’r Cancón,
Preguntando e puerta en puerta
Cuál es er niño yorón.

(R. Ma., nota 22, p. 514)

En Olmedo (Valladolid) se alarga la estrofa con un pareado de rima aguda donde al asustador se le ordena de forma despectiva que se marche, mientras el niño recibe el calificativo de “hermoso”.

Duérmete, neñu hermoso,
Que viene el coco
Y se lleva a los neñus
Que duermen poco.
Y a la ron, ron
Márchate, cocón (4).

(Krüger, p. 64)

Lorca ve esa diversidad de figuras que comparten la misión de asustar a los críos en las diferentes regiones españolas: el “bute” y la “marimanta” son andaluzas… En el Sur, el “toro”, la “mora”, la “reina mora”…; en Castilla, la “loba”, la “gitana”…, y en Burgos la “aurora”… (García Lorca, 1991, pp. 288 y ss.). Una nana andaluza incluye uno de esos personajes sin que el recolector indique procedencia exacta.

Duérmete, niño chiquito,
mira que viene la mora
preguntando puerta en puerta
cuál es el niño que llora.

(F. Ca., p. 374) (5)

Gabriel Celaya recoge una variante que tiene por personaje represor a la “reina mora”. No indica tampoco de dónde procede.

Duérmete, niño, en la cuna
que viene la reina mora
preguntando por las casas
quién es el niño que llora.

(Celaya, p. 270)

En ocasiones se considera que el ente misterioso está muy próximo y desea llevarse al niño si no se duerme, y es la arrulladora quien le libra de él, mandándole que se vaya.

Anda vete, morito,
a la morería,
que mi niño no entiende
tu algarabía.

(F. Ca., p. 373)

En Madrid sinónimo del coco es la “carcamora”.

Duérmete, niño,
Que llora, llora;
Duérmete, niño,
Que viene la “carcamora”.

(Fraile Gil, p. 19)

Una de las características de la tradición oral es la mutabilidad. Esto puede haber sucedido en esta nana que pertenece igualmente a la provincia de Madrid, aunque el amedrentador cambia de nombre, pero la fonética es muy similar.

Duérmete, niño de cuna,
Que viene la “cancamona”
Preguntando casa en casa
Quién es el niño que llora.

(García Matos, p. 112)

Mientras que en Olmedo del Rey (Cuenca) con amenaza evidente se canta:

A dormir que viene el lobo
y si no, viene la loba,
preguntando de casa en casa,
cuál es el niño que llora.

(Cerrillo, 1992, nº. 2)

El lobo en las nanas es un ser amedrentador, sin embargo, en los primeros juegos infantiles suele ser identificador. Recordemos el juego de “los cinco lobitos” con el que las madres o nodrizas entretienen a los bebés con el movimiento de la mano (6). La fiera se identifica con los dedos. He escuchado una nana, que no me atrevo a decir su procedencia, en la que el lobo recibe un trato más afectivo, aunque se le dé el calificativo de “malo” y en la que la arrulladora aparece como protectora.

Vete ya, lobo malo,
que el nene duerme.
Márchate despacito,
no se despierte.

Unamuno afirma que análogos al coco para él fueron el “papua” y la “marmota”. “Era ésta una cabeza de cartón –según supe después– para ensayar sombreros de señora, colocada sobre un armario de un cuarto oscuro, junto al cual jamás pude pasar sin terror” (Unamuno, 1998, p. 50). En la Montaña alavesa a los “desobedientes y revoltosos se les conmina con el coco, las brujas, los enemiguillos, el lobo, la zorra, el morroco” (López Guereñu, p. 147). Otros asustadores propios del País Vasco son el “momuya”, el “inguma”, el “onentzaro”…

Onentzaro begui gorri
¿Nun arrapatudek
arrai hori?
Zurriyolako arroketan
bart arantzeko amaiketan (7).

( Caro Baroja, p. 104)

Del miedo a la oscuridad, a lo desconocido, a lo que no se puede ver, nace toda clase de fantasma, de seres imaginarios, tantos como la mente humana es capaz de crear. En Cantabria es el “milano”. En Palencia se recurre al “sacamanos”, un ente que baja por las chimeneas de las casas y se lleva a los niños que no quieren irse a la cama a la hora de dormir. En Asturias además de invocar al “bus”, al “papón” (8)… también se arredra a los niños con el “cocu”, por desviación fonética local.

Duérmete, neñu, –¡ora!, ¡ora!–
Duérmete que viene el cocu
A llevar a toos ñeños,
Los ñeños que duermen pocu.

(Masera, nota 26, p. 206)

Una de las poetisas del siglo XX que más ha penetrado en el alma infantil es Gloria Fuertes, con el humor que la caracteriza recoge varios de esos asustadores en su poema “¿Quién llegó?”, donde da una visión clara de estos primeros miedos infantiles, que fácilmente se irán superando.

Llegó vestido de azul
¿Quién llegó?
– El Bú.

Llegó con un traje rojo.
¿Quién llegó?
– El cojo.

Llegó y asustó a Maruja.
¿Quién llegó?
– La Bruja.

Llegó muy poquito a poco.
¿Quién llegó?
– El Coco.

Llegó tosiendo con asma.
¿Quién llegó?
– El fantasma.

No asustaros de la Bruja,
ni del Coco del lugar,
Ni asustaros del fantasma,
Que sólo quieren jugar.

(Fuertes, 1973, p. 26)

Si ahondásemos en el origen de estos entes represores, tal vez encontrásemos sus raíces en tabúes relacionados con la muerte. Es significativo que el milano cumpla esa función represiva cuando sabemos que junto con el cuervo son aves de mal agüero en muchas zonas rurales. Tejero toma de Menéndez–Ponte, p. 59 la siguiente nana:

Milano negro que vuelas
sobre el techo de mi casa.
¡Vete, milano! que al niño
le estoy cantando una nana.

(Tejero Robledo, p. 225)

La relación entre sueño y muerte también se da en otras nanas. Los angelitos, tradicionalmente son los que vigilan a los niños incluso durante el sueño en la cultura cristiana. Las oraciones infantiles lo recuerdan: “cuatro esquinitas tiene mi cama / cuatro angelitos la guardan…” (9). Pero “marcharse con los angelitos” o “irse al cielo” es una metáfora muy popular para designar la defunción de una persona. En algunas canciones de cuna paradógicamente se les invoca para que se lleven a los niños que no se quieren dormir.

Angelitos del cielo
venir cantando
y llevarse a este niño,
que está llorando.

(Cerrillo, 1994, nº 34) (10)

Mientras que en otra nana, que su recolector no indica procedencia, el drama se establecería si el niño no se durmiera, pero la arrulladora se adelanta en el diálogo lúdico y ordena que no vengan los angelitos porque ya se ha dormido.

Si este niño no se duerme,
Venga un ángel y lo lleve.
–No vengas, angelito, no,
que este niño se durmió.

(Tejero Robledo, p. 223) (11)

Pero los entes celestiales también pueden ser invocados para que ayuden al niño a dormirse, como sucede en esta nana portuguesa.

O meu menino tem sono,
Tem soninho, quer nanar;
Venham Anjinhos do Céu
Ajuda-lo e embalar (12).

(Krüger, p. 70)

Unamuno considera que el coco es el caballero de la muerte en el poema “El coco caballero”, que se ha de llevar a su hijo enfermo. Así al referirse a ese ser tenebroso dice:

Mírale como viene montado
caballero en su jaca lijera, (sic)
caballo con alas
que corre… que vuela…

Y termina con la siguiente estrofa:

Caballero en la jaca con alas
se vino y le lleva
montado a la grupa,
se vino y le lleva
volando, volando, volando
mi niño… ¡mi prenda! (13).

(Unamuno, 1966, pp. 304 y ss.)

Gloria Fuertes, por lo contrario, piensa que el coco sólo se lleva a los niños que no quieren vivir. Por eso anima al niño que ha nacido muerto a que viva en una conmovedora nana.

Vívete, niño, vívete
que viene el Coco
y se lleva a los niños
que viven poco.

(Fuertes, 1996, p.147)

La arrulladora disculpa al bebé cuando comprende que no puede dormirse y acusa al coco de ser el responsable. La afectividad, como tantas otras veces, viene dada por el diminutivo.

Este niño no puede dormir.
El cocquito no le deja,
que le tiene agarradito
de los pies a la cabeza.

(Celaya, p. 264)

El “papâo” o el “papau” desempeñan el papel de intimidación en Galicia y en Portugal. Rodríguez Marín toma una cantinela de F. Adolpho Coelho (Revista d’etnologia e de glottologia, fac. IV, p. 162) donde aparece esa figura.

O papâo, vae–te embora
De cima d’esse telhado;
Deixe dormir o menino
Um somninho descançado (14).

(R. Ma., nota 23, p. 514)

En algunas “cantigas de ninar” se invoca al “côca” o “coco” como ente represor infantil.

Vai–te Côca, Vai–te Côca,
Prá cima do telhado
Deixa dormir o menino
Un soninho sossegado (15).

(Souto Maior, p. 2)

Leite de Vasconcello (Cancóes nº 127) aporta esta otra nana donde la arrulladora cambia el tono amenazante por el de protectora un vez más.

O Papào, vae–te embora,
tirara–te dàí:
menino bonito
nào é para ti (16).

(Masera, p. 210)

Eduardo M. Torner (Lírica hispánica) toma de Leite de Vasconcellos (Tradições… p. 298) otras nanas con dicho personaje (Martínez Torner, p. 156). En Marruecos son los “yernún“ (genios) los entes represores infantiles. En América, en el entorno de la negritud, el coco es el “diablo blanco”.

El término “coco” mantiene el significado de redondez en la canción de cuna francesa.

La petit poulette blanche
Qui couche dans la grange,
Elle a fait un petit coco
Pour l’ènfant quei va fair dodo (17).

(Krüger, p. 68)

En la Toscana (Italia) la “Nanna oh” introduce semas de negrura y nocturnidad al señalar la figura del hombre negro y de la bruja como entes asustadores de los infantes.

Ninna nanna, ninna oh!
Questo citto a chi lo do?
Lo darò a llòmo nero
che lo tenga una anno intero.
Lo darò alla befana
Che lo tenga una settimana.
Ninna nanna, ninna oh!
questo citto a chi lo do?
Lo darò alla sua mamma
che lo metta a far la nanna! (18).

Lorca afirma que en Alemania es “una oveja la que viene a morder al niño” que no quiere dormir (García Lorca, 1991, pp. 288 y ss.). Sin embargo, hemos contactado con varias personas de diferentes países que en la canción de cuna del mundo anglosajón no se recurre a seres amedrentadores para provocar el sueño de los más pequeños. Personajes muy distintos suelen aparecer en este tipo de canciones. En Alemania oímos:

Eia (aia) popeia (popaia)
Was raschelt im Stroh.

(Krüger, p. 77)

Pero una nana muy popular en lengua inglesa habla de caída profunda, como en un abismo, propio de los sueños infantiles, que sin duda debe provocar cierto temor en la mente de los críos.

Rock–a–bye baby, in the tree top
When the wind blows
The cradle will rock
When the bough breaks
The cradle will fall
Adn down will come baby
Cradle and all (19).

En Inglaterra existen otros cantos para controlar las pesadillas infantiles y aliviar el miedo. Cuando reinan las tinieblas y algo maligno acecha se recurre a un santo enigmático, patrón de pueblos y ciudades (20), vencedor del dragón y salvador de la doncella.

S. George, S. George, our ladies knight,
He walkt by daie, so did he by night.
Untill such time as he her found,
He hir beat and he hir bound,
Until hir troth she to him plight,
She would not come to him that night.

(Porcar Saravia, p. 96)

Esos miedos iniciales ya se provocaban en la América precolombina. Tejero considera que ese origen tenían “el hojarasquín del monte”, “el mohán de las aguas”, “la patasola” y otros invocados en Colombia (Tejero Robledo, p.224). Pero también existió el “kuku”, ser diabólico y feroz equivalente al demonio y al coco, entre los esclavos negros llevados a América; en Cuba era “el bicho u ogro” junto con el “cocorícamo”; en México, el “kukui” o “kookooee” entre los Zacatecas y Michoacán principalmente… Los colonizadores españoles llevaron sus amedrentadores que aún se conservan. De origen colombiano es esta nana:

Duérmete Ramoncito
duérmete que ya,
que ya viene el coco
y te comerá.
Y si no te come
te llevará,
y si no te come
te llevará
para una casita
que en el monte está (21).

En Puerto Rico el ser mítico amedrentador de infantes es el “cuco”, como se expresa en esta seguidilla de rima asonante en ú–o.

Duérmete ya er niñito,
Que viene el cuco
Y se lleva a los niños
Que lloran mucho.

(R. Ma., nota 23, p. 514)

El asusta–niños de Honduras, entre otros, es el “coyote”, como se dice en una nana en la que la madre se muestra una vez más protectora del infante y le advierte que debe estarse quietito para que el coyote no le oiga moverse, sabedora de que de ese modo llegará más pronto el sueño.

Rurrú, niñito
Cabeza de ayote,
Estate quedito
Que ahí viene el coyote.

(Krüger, p. 82)

Brasil tiene sus entes tenebrosos infantiles, el “tutu” y el “bicho–pap©o” equivalen al “pap©o” y al “cuco, coca o coco” portugueses. Las esclavas encargadas de criar y amamantar a los niños trasmitían las canciones que aprendían de los colonizadores. V. Cabral recoge una nana con asustador propio, pero el tema, procedente de la metrópolis, e incluso las palabras se repiten en múltiples sones.

Tutu vá sèmbora
para cima do telhado,
deixa o nhonhô
dormir sossegado (22).

La antigüedad y universalidad de estos cantos se pierde en la oscuridad de los siglos. Tal vez desde que el hombre primitivo acunaba a sus hijos en la oquedad de un tronco de árbol o formaba una especie de cuna con ciertas hojas previamente preparadas, ya los dormía a son de nanas. Zumthor considera que es un acto universal. Cada pueblo conserva la denominación propia para la canción de cuna: en Portugal, “cantigas de ninar”; en Francia, “berceuse”; en Italia, “cantilena ou nanne”; en Rumanía, “cantec de legan”; en Rusia, “kolybetnaia piecnh”; en Polonia, “kalebka”; en Suecia, “lula”; en Inglaterra y EE. UU., “lullabye”; en lengua tamil, una de las múltiples hablas de la India, al arrullo se denomina “thalaatu”; en Filipina, “oyayi”; en Batanga, “huluna”; en Japón, “komoriuta”…

Rodrigo Caro localiza estas cantinelas entre los griegos y romanos. Horacio (lib. I, epist. 1) las denomina “cantarcillos de los muchachos”. Persius Flaccus, poeta eligiaco, también acredita su existencia en el siglo I de nuestra era. Magnus Ausonius, poeta y preceptor de Graciano, recomendaba a Sexto Petronio en el siglo IV que acostumbrase a sus hijos a oír las canciones de sus amas, entre las que estaban las propias de cuna. San Jerónimo las considera “niñería o cosa de poca importancia”. Quintiliano afirma que Crisipo inventó cantos para amamantar a los muchachos (Caro, II, pp. 247 y ss.) (23).

Autores consagrados de la lengua castellana recogen la figura del “coco” desde épocas muy antiguas. Eduardo Martínez Torner localiza en el Cancionero de Antón de Montoro [(mediados del s. XV). Ed. por E. Cotarelo y Mori. Madrid, 1900, nº XCIX] una respuesta de Alonso de Jaén a Antón de Montoro donde aparece dicho término:

A los niños “cata el coco”
dicen cuando piden pan…

(Martínez Torner, p. 87)

Idea que se repite a través de los tiempos en diferentes ocasiones. Con el significado actual el vocablo debió alcanzar gran popularidad durante el siglo XVII. El Lazarillo de Tormes en el “Apartado primero” narra cómo el hermanastro de Lázaro se asusta de su propio padre, que era de color, y le considera el “coco”.

“Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e a mí blanco y a él no, huía dél, con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: “¡Madre, coco!” (Lazarillo, p. 27).

García Matos recoge en la población de Carabaña (Madrid) una canción de cuna que recuerda esa anécdota.

Duerme el niño en la cuna / y dice su madre:
– Calla, que viene el coco. / Y era su padre.
(Coco, coquito; / coco, no vengas,
mira que no es tuyo / ni un pelo siquiera).

(García Matos, 1951, p. 109)

Rodríguez Marín toma de Quevedo (Entremés del niño y Peralvillo de Madrid) el siguiente pareado.

Dame la bolsa, y quitárete el moco.
Dame la bolsa, coco, coco, coco.

(R. Ma., nota 23, p. 515)

Gonzalo Correas compara al “coco” con el “espantajo”, y pone la siguiente nota explicativa ante la frase “Es el coco; es el espantajo”:

“Como suelen con algún espantajo, o coco, espantar y meter miedo a los niños; de aquí se toma que queriéndose uno defender y poner miedo, o freno, a otros, pone por delante un poderoso, un estorbo, un no sé qué y cosa que refrene, y a esto llaman el coco, o espantajo” (Correas, p. 575).

La escritora contemporánea Isabel Escudero ha creado una nana donde se especifica claramente que es lo que las nodrizas desean de los niños con respecto al coco.

¿Sabes tú, niño,
que quiere el coco?:
que tengas miedo
(ni mucho ni poco).

(Escudero, p. 76)

El miedo tiene un carácter transitorio y evolutivo, cambia con el desarrollo del niño. Forma parte de su ser personal y está en función de la edad, el sexo y el medio socioambiental en el que se desenvuelve el infante. La amenaza que se establece hacia los más pequeños se deshace y se convierte en juego, ironía, ilusión ante la figura irreal del coco si se reclama con exceso su presencia.

Con decirle a mi niño
que viene el coco,
le va perdiendo el miedo
poquito a poco.

(Cerrillo, 1992, nº. 30)

Entonces el nene comprende mejor su inexistencia, y la arrulladora deja de usarlo y cambia ese ente por otro, o establece nuevas estrategias que produzcan la sorpresa o el asombro. Rodríguez Marín coloca dentro de las rimas “jocosas y satíricas” una cantilena donde se aprecia claramente el desgaste de dicha figura.

Ya no dicen las madres
“Que viene el coco”;
Que esta voz a los niños
Asusta poco.
Si el caso apura,
Le dicen: Calla, niño,
Que viene el cura (24).

(R. Ma., p. 7295)

En otras ocasiones el adulto tranquiliza al infante frente al miedo que le pueden ocasionar otros fantasmas creados en su mente con nanas como esta:

Duérmete, mi niño,
duérmete sin miedo,
aunque silben los aires,
gruñan los perros.

(R. Ma., p. 20)

Incluso, a veces, se rechaza la presencia del coco y se requiere algo más alegre para dormir al rorro, como ponen de manifiesto estos versos.

Las mujeres de la sierra,
para dormir a sus niños,
en vez de llamar al coco,
le cantan un fandanguillo.

(B. V., 3, p. 42)

Y como en las coplas muy repetidas, el pueblo crea la parodia para conseguir la extrañeza en el receptor, según Jakobson, y provocar la mofa. De Garganta la Olla (Cáceres) procede la siguiente nana:

Las mujeres de la sierra
para dormir los chiquillos
en vez de cantar el coco
le arrean con un ladrillo
y le duermen poco a poco.

En conclusión, podríamos afirmar que durante la infancia se experimentan diversos tipos de miedos. La mayoría son transitorios, de intensidad leve y específicos de una determinada edad. Uno de los primeros temores infantiles, como hemos podido ver, es a la oscuridad y a lo desconocido y está representado por el “coco”. Lo provocan las personas adultas a los más pequeños para conseguir fines muy puntuales: dormirlos, apaciguar el llanto, atraer su atención… Posteriormente aparecerán otros pánicos, suscitados a veces por los mismos niños, con asustadores muy distintos: “la bruja coruja”, “el hombre del saco”, “la manita tuerta”, “el tío del sebo”, etc. Son canguelos al desarraigo, al abandono familiar, al daño físico e incluso a la muerte violenta. Desde muy pequeño oye hablar, por lo tanto, de entes extraños, desagradables a su sensibilidad. Estos personajes en ocasiones son asociados a elementos diversos de la vida cotidiana: el cuarto oscuro, el pasillo de la casa, determinada persona… El ambiente que le rodea determina varios de esos recelos. Se producen así aprendizajes erróneos, que a nuestro modo de ver se superan con facilidad cuando el crío descubre que son seres ficticios.

En las nanas se han incluido algunos de los amedrentadores a la vez que se establece la dinámica de asustar/espantar o de tensión/liberación. No obstante, ni las intimidaciones ni la conminaciones del adulto suelen ser contundentes a pesar del tono imperativo que predomina en muchas de las canciones de cuna. Sin embargo, la medrana ante situaciones extrañas o peligrosas hasta cierto punto es normal, pues refuerza los vínculos maternos o con las personas mayores y reduce el riesgo infantil. Se educa al niño para que pueda protegerse de los peligros que acechan tanto a su integridad física como psicológica, pues la ausencia de miedo produciría estados desadaptativos.

A otros muchos intermediarios recurre la arrulladora en su empeño por dormir al bebé, cuando éste se resiste al sueño. Unos pertenecen a la religión: Dios, ángeles, vírgenes, santos; otros proceden del mundo animal: gallo, gallina, pájaro; algunos son elementos de la naturaleza: sol, luna, estrellas; pero éstos serán objeto de otro estudio.

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NOTAS

(1) La misma definición se da en la edición décimo quinta de 1925.

(2) El “pobre” era el mendigo que antaño iba pidiendo de puerta en puerta cubierto de harapos, y causaba miedo en los más pequeños por su aspecto. El “médico” provocaba pavor cuando era el encargado de poner las inyecciones u otras prácticas dolorosas en las localidades rurales. El “hombre del saco” es muy popular en toda España y en Hispanoamérica, aunque recibe diferentes nombres: “home de sac” en Cataluña, “hombre de la bolsa” en Argentina, “viejo del costal” en México, “sacoman” en la zona del spanglish en EE.UU.

(3) Una variante es la Mano Negra que se da en Asturias, Cadiz y en otras regiones españolas. La Mano Negra en Andalucía era una organización clandestina que se dedicaba a distorsionar e incluso a asesinar, se decía, a los poderosos.

(4) Procede del Folk.Lore de Burgos, p. 40, según Krüger, nota 424.

(5) La arrulladora también ordena al niño que se duerma para que el ente mítico no le vea llorar en otra variante procedente de León: “Duérmete, niño chiquito, / Antes que venga la mora / Porque anda de casa en casa / Por saber qué niño llora” (Masera, p. 210).

(6) CILLÁN CILLÁN (2003) pp. 96 y ss. Se hace un estudio extenso de este juego.

(7) “Onentzero (de) ojos encarnados / ¿dónde cogiste / ese pez? –En las rocas de la Zuriola / anoche a las once”. Se decía a los chicos que Onentzero era un gigante de cara tiznada, ojos rojos y aspecto feroz, que se introducía en las casas por las chimeneas. En Zurriola era el “hombre del caso” que iba recogiendo a los niños que se portaban mal y se los llevaba.

(8) Otra variante del occidente asturiano dice así: “Era sí, era non, / que te comerá el papón, / que tua madre vay na misa / ya tou padre nel sermón”. El papón es un gigante con boca enorme, ojos de fuego y estómago de horno ardiente” (Cabal, p. 167). En Cataluña es el “papu”.

(9) Algunas nanas también contemplan esa situación protectora: “Para que se duerma mi niño / la Virgen le está cantando. / Y para que no se despierte / un ángel le está velando” (Cerrillo, 1994, nº 64). “Ya se duerme mi niño, / los ojos cierra, / y el Ángel de la guarda, / su sueño vela” (Cerrillo, 1994, nº 47).

(10) Cerillo, 1987, p. 172.

(11) Lo toma de TRAPERO, M. (1990): “Cantos de cuna”, Lírica tradicional canaria. Madrid, Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias. p. 62.

(12) “Mi niño tiene sueño, / tiene sueñito, quiere dormir. / Vajad angelitos del cielo / ayúdale a arrullar”.

(13) Algunas nanas de tradición oral recogen igualmente el momento trágico de la muerte del hijo pequeño: “En los brazos de su madre / el pobre niño murió; / creyéndose que dormía, / le cantaba el arrorró. / La madre junto a la cuna / a su hijo enfermo dormía, / cantándole el arrorró / mientras el pobre moría”. (Menéndez –Ponte, p. 51).

(14) Papao, vete enseguida / por encima de ese tejado; / deja dormir a mi niño / un sueñito descansado”.

(15) “Vete coco, vete coco / por encima del tejado / deja dormir a mi niño / un sueñito descansado”. Otra versión que toma Masera de Galicia, según Sneider: “Tipología”, nº 14 a, dice así “O, ó, ó, / MoÁa do telhado, / deixa-me o menino / dormir sossegado” (Masera, p. 212).

(16) Papao, vete enseguida, / tírate de ahí, / mi niño bonito / no es para ti”.

(17) La pollita blanca / que duerme en la granja, / ha hecho un huevito / para el niño que se va a dormir.

(18) “Ninna nanna, ninna oh! / ¿Este bambino (o chico) a quién lo doy? / Lo daré al hombre negro / que lo tenga un año entero / Lo daré a la bruja / que lo tenga una semana. / Ninna nanna, ninna oh! / ¿este bambino a quién lo doy? / Lo daré a su mamá / que lo cante una nana”.

(19) “Mecer al bebé, en la copa de un árbol, / cuando sople el viento / la cuna se mecerá. / Cuando se rompa la rama / la cuna caerá / y hacia abajo irá el bebé / cuna y todo”.

(20) San Jorge es patrón de Inglaterra, Rusia, Portugal y Cataluña; y de ciudades como Cáceres.

(21) VALERI MANERA (1984): “Zechino dòro”, tratta dal 27º, ha traducido esta nana al italiano. “Dormi piccino, / dormi che poi / che poi viene l’orco / e ti mangia / e se non ti mangia / ti porta / in una casetta / sulla montagna”. http://www.nenanet.it/favole.

(22) Tutu, vete enseguida / por encima del tejado, / deja al niñito / dormir sosegado”.

(23) CILLÁN CILLÁN,2003, pp. 32 y ss. Se hace un estudio más completo.

(24) He escuchado otra nana que procede del sur de Toledo y dice: “Duérmete, niño llorón, / porque en la alameda / hay un fraile con capuchón / y al niño se lleva”.

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