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EL RETRATO ERÓTICO FEMENINO EN EL CANCIONERO EXTREMEÑO: 5. “A MI NOVIA LE PICÓ”

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 327.

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Nominar a la vagina como boca del cuerpo constituye un “eufemismo popular” que aún se mantiene vigente entre las mujeres adultas, sobre todo cuando acuden a la consulta médica para dar cuenta de alguna pejiguera ginecológica. Este aspecto, indudablemente, no podía escapar al cancionero popular como pone de manifiesto una coplilla entresacada del rico acervo musical de Arroyo de la Luz:

Las mujeres del Casar,
mira que son farrucas,
que ahora comen chorizos
con una boca melluca.

Esta falta de dentadura de la boca, así como las alusiones a su ubicación en el mapa orgánico o a sus “funciones propias” se presentan en el cancionero como expresiones del genital femenino. El primero de los puntos enunciados lo encontramos en una canción de Torrejoncillo:

Yo no sé que comen comen
las tres hijas de Lucía,
que de tanto comen comen
tienen pelás las encías.

En el mismo sentido se orienta otra composición de Zorita, aunque sin incidir en el hecho de comer que, como un referente claro al coito, se exponía en los ejemplos anteriores:

Dos bocas tie mi morena,
dos boquitas diferentes,
de las dos la más bonita
no lleva lengua ni dientes (1).

Dirigidas a otras localidades vecinas, cuales son los casos de Villar de Plasencia y Oliva, en Jarilla trataban de ironizar a sus mujeres mediante las correspondientes puyas que se entonaban, de manera muy especial, en el tiempo carnavalero y en las que la ambivalencia hacía acto de presencia. Esta es un claro ejemplo:

Una vieja del Villar
le decía a una de Oliva:
No tengo dientes abajo
ni tengo dientes arriba.

El significado de la estrofa solo se descubre, ya que sus palabras a simple vista no dejan de ser una simple descripción orgánica, si se pone en relación con los siguientes versos de la cantinela:

Decía una vieja de Oliva
a otra vieja del Villar:
perdí los dientes del coño
camino del carrascal.

Tanto en esas localidades como en otras muchas del norte de Cáceres se refieren a la mujer menopáusica como la mujer que ha perdido los dientes. En este sentido conviene recordar que por esos lugares suelen decir las jóvenes con cierta ironía, aunque mantenga un atisbo de vieja creencia, que la sangre menstruante provine de la caída una muela de la vagina (2).

A las poblaciones de Ahigal y de Palomero, localidades asentada en la comarca de las Tierras de Granadilla, pertenecen estos versos en los que la concreción de la “boca vaginal” viene determinada por su localización:

De las cosas que conozco,
ninguna da más trabajo
que una moza beba agua
con la boquita de abajo.

De entre las canciones que antaño se entonaban con motivo de las faenas en el campo, aún hay en Malpartida de Plasencia quien recuerda una tonada del espigueo, trabajo al que acudían las mujeres vistiendo varias sayas capaces de mantener la “boca” oculta a la lasciva mirada de los segadores:

Las mocitas que espiguean
ya no se agachan
porque no le vean la boca
de la Tomasa.

Como se apuntó anteriormente, la propia función fisiológica es la que indica a cuál de las dos bocas aluden las letras del cancionero. Así que no es posible el equívoco en esta coplilla de Huerta de Ánimas:

Dos boquitas tienen todas
las mocitas de la Aldea:
con la una comen sopa,
y con la otra babean.

El mismo interés comparativo se constata en una cuarteta de El Torno:

Todas las mujeres hacen
lo que hacen las de Jerte,
por una boca lo beben
y por la otra lo vierten.

No precisan de una comparación esclarecedora las siguientes trovillas en las que la vagina viene explicitada mediante una boca que realiza el acto de la micción. Tal es el contenido de una copla de Jaraicejo:

Tiene un par de labios
la tía cochina
con los que manda callarme
cuando se orina.

En el mismo sentido se expresa la letra dialogada puesta en partitura hace pocos años por una murga carnavalera de Navalmoral de la Mata: –

¿Quién me manda que calle?
–Yo te he mandado callar.
–¡Que soy, que estoy meando!
¿Es que no puedo mear?

Al folklore de Garrovillas pertenece una cantinela en la que la vagina, dentro del contexto anterior, halla su sustituto en la boca que micciona:

Me ha dicho el rey de copas
que a la gamberra de espá (3)
le mete a la noche el basto
por la boca de mear.

Es indudable que los elementos fálicos, sobre todo cuando éstos toman un cariz alimentario, van a determinar el contexto erótico de algunas composiciones, en las que la boca una vez más remplaza al genital femenino:

Una vieja y un viejo,
revolcándose en el prao,
la vieja comió el chorizo
que el viejo tenía curao (4).

Por la boca muere el pez,
ya te lo decía yo,
que te lo metí en la boca
y al poco se gomító (5).

Cuando se casa una moza
dicen todas las demás:
¡Quién comer también pudiera
carne magra sin guisar! (6).

El significado de la boca en estos versos de Pinofranqueado se hace patente a partir de la simbólica referencia al embarazo:

Si te vienes por el prado
en el día en que yo siegue,
te voy a meter por la boca
hierba pa nueve meses.

Esta asimilación de la vagina con un receptáculo para la hierba o, en su lugar, para la paja, salvando el tiempo, se recogía igualmente en un proceso inquisitorial de la primera mitad del siglo XVII, llevado a cabo por el tribunal de Llerena contra la “fornicaria” María Rodríguez, de Valencia de Alcántara. La encausada, ante las acusaciones de mantener relaciones con numerosos hombres, alegaba “que las fornicaciones no las tenía por pecado y assi no las confesaba porque si fuera pecado fornicar no le pusiera dios allí la natura y que pues se la puso que no la tenía para metarla paxa (...)” (7).

También sucede que la vagina, en franca contraposición con lo que venimos apuntando, deja de ser la boca, la parte del cuerpo a través de la cual se ingiere, para convertirse en el elemento comestible. A lo largo de anteriores capítulos de este trabajo ya hemos incidido sobre el particular al referirnos a vocablos sustitutivos del sexo femenino (higo, breva, tomate, almeja, castaña…) y aún faltan otros como el consabido caramelo, al que en Torrejón el Rubio y en Santiago del Campo le dedican la oportuna cantinela:

Por encima de las medias
tie mi novia un caramelo,
y yo, como soy goloso,
si no lo chupo me muero.

Que el caramelo se convierta en bombón no tiene nada de extraño, como queda de manifiesto en esta copla de Valverde de la Vera:

La madre que te parió
debió de ser pastelera,
porque menudo bombón
te fabricó entre las piernas.

El sentido no parece alejarse demasiado de otra canción del Valle del Jerte, aunque en este caso el vocablo “bombón” se refiere al físico femenino en su conjunto, si bien la alusión a la “delantera” no escapa al sentido genésico que venimos exponiendo:

La madre que te parió
tuvo que ser pastelera,
porque un bombón como tú
no lo fabrica cualquiera.

La madre que te parió
tuvo que ser confitera,
y por eso te dejó
tan dulce la delantera (8).

En ocasiones ocurre que las piezas de la repostería como símiles del genital femenino ceden su puesto al recipiente o molde, objetos cóncavos, en el que éstas son elaboradas. Sirva como ejemplo estas cantatas de Jaraicejo y de Aldeanueva de la Vera respectivamente:

Mariquilla, Mariquilla,
la hija de confitero,
es la que más dulce tiene
el molde caramelero.

Una noche en la cocina
decía mi abuela a mi abuelo:
Confórmate con chuparme
el molde del caramelo.

Pero sobre los anteriores productos dietéticos destaca la asimilación de la vagina a la rosca, hasta el punto de que “comerse una rosca” constituye un claro sinónimo de la relación coital. En Santa Cruz de Paniagua se cantan unos versillos centrados en esta asimilación de rosca–órgano genital femenino:

La vecinita de enfrente
mucha hambre es la que pasa
y no se come la rosca
que esconde bajo la saya.

Otro tanto sucede en las vecinas poblaciones de Aceituna y de Villanueva de la Sierra, donde la tonada suele salir generalmente de la garganta de los quintos:

Las mujeres enterizas
tien una rosca con pelos
y los hombres un buen mango
para hacerle el agujero.

Y no escapa al anterior significado otra tonada que aún se puede escuchar en Pasarón de la Vera:

Mi amor me pidió una rosca
un lunes por la mañana.
Yo le dije: Aguárdate
a que acabe la semana.

La petición de la rosca participa de una gran simbología sexual en todo el septentrión cacereño. Los mozos, tras rondar toda la noche, acudían de madrugada a pedir roscas o, en su caso, perrunillas a las casas de las jóvenes, que previamente las habían elaborado para la ocasión. Y era costumbre que se ofreciera en primer lugar la bandeja al mozo por el que la agasajadora tenía sorbido el seso. Si este sencillo detalle del ofrecimiento de la rosca a un mozo determinado muchas veces supuso una declaración o confirmación de una relación de noviazgo, no conllevan menor significado las canciones con las que las muchachas, en el caso de que aguardaran en pandillas, recibían a los propios rondadores:

Mocitos que hacéis la ronda,
mocitos de los galones,
para comeros las roscas,
romperos los pantalones.

La alusión a “comerse la rosca” como referente de la unión sexual también se pone de manifiesto en un remedo de las líricas alboradas que se cantaban a los novios en Garrovillas en la misma noche de bodas:

La novia lleva una rosca
guardadita en su vestido
y esta noche se la come
el que hoy ya es su marido.

La consecuencia de esta ingestión no se hace esperar. Así lo refleja esta copla de Madroñera, en la que la lastimosa mujer se queja del infortunio que le ha traído el darle a comer la rosca al hombre que luego la abandonaría:

Mi amor me pidió una rosca
un domingo en la mañana;
El se fue al comer la rosca
y ahora yo canto las nanas.

Y junto a la rosca, encontramos otros dulces en la repostería extremeña que participan igualmente del significado erótico que venimos enunciando. Así sucede con el buñuelo (gruñuelo), al que se refiere esta coplilla de Pozuelo de Zarzón:

Mi agüela la cocinera
ha preparao un gruñuelo
al que toítas las noches
le clava el diente mi agüelo.

Fue costumbre en Portaje el que cada una de las mozas confeccionara, en las fechas próximas a la romería de la Virgen del Casar, lo que llamaban el bollo mielero, un panecillo ovalado de masa dulce que regaban con un chorro de miel, y cuya comida compartían con los jóvenes del pueblo entre los encinares que rodean a la ermita. El hecho en sí muestra unas connotaciones claramente eróticas que no escapa a los compositores locales. En una de las canciones romeras sobre el particular se patentiza la asimilación del genital femenino con la pieza culinaria, aspecto que se resalta aún más mediante la presencia del elemento fálico que recogen los versos:

Las muchachas de este pueblo
llevan un bollo mielero,
y los mozos un cuchillo
que lo corta por el medio.

La localidad vecina de Torrejoncillo centra su repostería en la fabricación de los coquillos, unas pastas de harina de coco. Es un plato indispensable en las celebraciones que se precien y desde hace décadas se ha convertido en el aguinaldo que se le entrega a todos los acuden a la fiesta nocturna de la Encamisá, sean paisanos o forasteros. Como tantas veces sucede, también en este caso el dulce da pie al consiguiente juego erótico. Así se cuenta que en una celebración familiar no se calcularon bien los coquillos que habían de elaborarse, de modo que éstos se terminaron sin que todos pudieran degustarlos. Con la lógica preocupación el anfitrión se dirigió a uno de los invitados:

– ¡No sabes lo que siento que no hayas comío coquillo!

Éste, sin darle mayor importancia al asunto, contestó:

– No te preocupes, que mi mujer tiene uno guardao y ese no se acaba por mucho que lo relamba.

Teniendo en cuenta este contexto resulta fácilmente interpretable la letra que se canta en Ceclavín:

Muchachu, si tienis jambri
vaiti a Torrejoncillu,
qu’en esi pueblu le comis
a las mozas el coquillu.

En Coria fue costumbre el que los adolescentes de ambos sexos salieran al campo, coincidiendo con la romería primaveral, a dar cuenta, además de otras viandas, de un pequeño hornazo, en cuyo centro clavaban un huevo cocido. Este alimento propiciaba el que los jóvenes se dirigieran a los mozas con frases del tipo de “Muchacha, si se te hace poco un huevo, yo puedo ponerte en el hornazo otros dos huevos y un salchichón”. El sentido erótico que se le da a este alimento, de manera muy especial en esta zona de las Vegas del Alagón, ya hace años lo expusimos en las páginas de un estudio sobre la fertilidad en la comunidad extremeña (9).

Nada tiene de extraño, por consiguiente, que en la ciudad cauriense y pueblos cercanos, más en estos últimos, haya sido muy popular una copla en la que se halla la oportuna sinónima entre la vagina y el hornazo.

Toas las mocitas de Coria
se van a Argeme (10)
con un jornazu pelú (11)
que calao vuelve.

La condición de “peludo” con el que se califica al hornazo resalta su condición sexual, que se potencia aún más cuando aparece la referencia al “calado” en una posible doble acepción de mojado y de penetrado o agujereado. El efecto del calado son los consiguientes “buraco” o agujero, términos que en su conjunto pueden asimilarse a la cavidad vaginal. Así lo confirma la estrofa de Tejeda de Tiétar, en la que también se alude al elemento fálico que constituye el chopo, árbol que los quintos plantaban la noche de San Juan en una de las plazas del pueblo:

El ama del señor cura
tiene un buraco muy hondo
que le ha prestado a los quintos
para que planten el chopo.

En una cancioncilla muy extendida por Extremadura el término agujero en relación con la carne nos vuelve a acercar al binomio boca–vagina que expusimos más arriba:

Es un gusto muy a gusto
que tiene toda mujer,
por un agujero reondo
metan carne sin cocer (12).

El juego de acepciones que nos da el citado vocablo lo encontramos del mismo modo en el apartado de la paremiología. De ello da fe la siguiente adivinanza:

Carne con carne,
pelo con pelo,
y en medio se encuentra
el agujero.

Su interpretación, hasta cierto punto forzada pero con cierta lógica, es el ojo, miembro que encontramos en otros enigmas que participan de los mismos conceptos:

Rajao, rajao,
con los pelos a los laos (13).

No hay que olvidar que el ojo o, mejor aún, el ojete es en el cancionero extremeño un símil del propio genital femenino. Sobre este particular son explícitos los versos que se entonan en Torrejón el Rubio:

Tres ojos veo en mi morena,
dos arriba y uno abajo,
que no cierra las pestañas
cuando le meto el vergajo.

De este modo cantan en Casatejada:

Esta quinta no es la quinta
como la del diecisiete,
que a toas las tías le metían
el cañón por el ojete.

Por su parte en Navas del Madroño las tonadillas al respecto nos ofrecen estas letras:

De que llegara la moda
del mete, saca y mete
las mozas están comprando
cerrojos para el ojete.

Y a Serradilla pertenece la entonación de la siguiente rima:

Estando una moza meando
en Casas de Miravete,
un lagarto fue corriendo
y le entró por el ojete.

Pero si nos acercamos a la otra acepción de calado, como sinónimo de mojado, ésta generalmente la encontramos en el cancionero extremeño relacionada con el vello púbico. A Zafra pertenece esta cantinela:

Decía una moza de Zafra
a una de Zalamea
que ella también se moja
los pelitos cuando mea.

Poco difieren los versos anteriores a los que se cantan por los Cuatro Lugares y que tienen por protagonistas a las mujeres de dos de sus poblaciones:

Todas las mozas del Campo
y las mozas de Hinajal
no se libran de empaparse
los pelitos al mear.

Y la argumentación también toma carta de naturaleza al norte del Tajo, concretamente en la poblaciones del Valle del Jerte, donde no es extraño que en los días de fiesta aparezca la rondeña de rigor:

Una niña muy bonita,
por muy bonita que sea,
no dejará de mojarse
los pelitos cuando mea (14).

La fácil rima y el argumento picaresco ha hecho, sin duda, que ésta sea una de las tonadas más populares de Extremadura y que tenga siempre cabida en el cancionero de los quintos. Escasas son las diferencias con respecto a la anterior cantinela, como puede verse, a modo de ejemplo, en esta composición de Ceclavín:

Las mocitas de este mundo,
por muy bonitas que sean,
siempre tienen que mojarse
los pelitos cuando mean.

Y como suele suceder con frecuencia en el cancionero, la creación popular se vale de músicas conocidas para acompañar letras que muchas veces constituyen una parodia del argumento primitivo, aún con muy pocas variantes. Una muestra de cuanto apuntamos la vamos a encontrar en una de las canciones que se entonan por las estribaciones de la Sierra de Gredos:

No hay especie como el ajo
ni fruta como el madroño,
ni mujer que no se ría
cuando la mientan el novio (15).

En Cabrero y en El Torno los dos últimos versos se transforman buscado una orientación netamente erótica:

No hay especie como el ajo
ni fruta como el madroño,
ni mujer con pelo seco
cuando le tocas el coño.

En el retrato erótico femenino el vello púbico se constituye lo mismo en envolvente del genital femenino que en la parte que alude a su conjunto, si bien en ocasiones la separación de ambos conceptos resulta casi imposible. Así sucede, entre otras cantinelas, con éstas que entresacamos al azar:

Una vez que te quise
fue por el pelo;
por el pelo que tenías
en el plumero (16).

Si te se levantara,
yo bien te viera
en debajo la falda
la peluquera (17).

Tate quieto, Martín,
no me toques el refajo;
si te quieres divertir
mete la mano debajo
y tócame el peluquín (18).

Una vieja en un corral
se le miraba y decía:
–¡Qué pelón te vas quedando,
rapacuescos de mi vida! (19).

El motivo de esa queja, la pérdida de vellosidad de la parte íntima, se constata igualmente en una canción jerteña en la que la madre que reprende a la hija que quiere saborear la mieles del goce sexual:

–Madre, me busque usté un novio
que me pica el chapiril.
–Cállate, hija del demonio,
que también me pica a mí
los cuatro pelos del coño (20).

Si bien las canciones más puristas cambian, buscando la casi obligada rima, el genital femenino por el moño, la alusión a este último no deja de interpretarse como una simple sustitución o como una mera metáfora. Es el caso de la trova recogida en La Garganta, en la que el hecho de “tentar el coño” se ha reemplazado por “cortar el moño”, tal vez sin tener el cuenta que el corte del pelo de la mujer constituye un simbolismo de la perdida de la virginidad:

Cuatro piornalegos
de los de primera
cortaron el moño
a una piornalega,
que venía del Guijo
de coger ciruelas…(21).

La consonancia entre ambos vocablos hace que éstos sean recurso utilizado abundantemente en el cancionero erótico, del que no podía ser una excepción el extremeño. Valgan como ejemplos estas pequeñas muestras recogidas al azar:

Aunque pasara la moda
de dejarse suelto el moño,
las señoritas de Cáceres
se hacen trenzas en el coño (22).

El novio le dio a la novia
una cinta para el moño,
y ella le dio su permiso
para desenrearle el coño (23).

Mi agüela encontró una horquilla,
como ya tenía hecho el moño,
con ella se arrecogió
la pelambrera del coño (24).

En la cama está mi novia
con una mano en el moño,
y con la otra manita
se rasca el pelo del coño (25).

La vellosidad íntima, a la que popularmente se le supone una resistencia sin limites, y tal vez por este motivo, fue ingrediente prestigioso en pócimas y recurso utilizado en oraciones conjuradoras, cual aquella del siglo XVII que tenía como único fin asegurar la absoluta fidelidad de un hombre:

Furioso viene a mí
tan fuerte como un toro
tan fuerte como un horno
tan sujeto estés a mí
como los pelos de mi coño (26).

Y esta vigorosidad pilosa parece ser la inspiradora de la tonada que se canta en Alcántara:

Me he fabricado una soga
con los pelos del tu coño,
para tirar de la mula
de las Navas del Madroño.

El símil al que nos referimos más arriba entre la boca y la vagina parece haber contribuido a la inspiración de diferentes composiciones que se recogen en el cancionero de Extremadura, en las que el vello púbico se plasma bajo la forma de un supuesto mostacho:

Las mocitas de mi pueblo
ya se afeitan el bigote
que le sale sobre el labio
de la boquita de Roque (27).

Una mujer fue al barbero
(a) que le afeitase el bigote
y el barbero le afeitó
el mírame y no me toques (28).

Todas las mujeres tienen
en la barriga un calvote,
y un poquito más abajo,
un sargento con bigote (29).

Conocido es que el cancionero extremeño, generalmente en el apartado de los retratos, suele recurrir a los astros como referentes de los ojos de la mujer. Y, por otro lado, estos mismos elementos celestes se empleen en ocasiones como sustitutos del sexo femenino, sobre todo si nos percatamos, como ya vimos anteriormente, que también el ojo ha servido en ocasiones como símil de la vagina. Elocuentes resultan los versos que se cantan en Marchagaz:

¿Qué dicen que tienen, madre,
la mozas de Palomero?
En donde acaban las patas
llevan prendido un lucero.

En este mismo contexto se inscriben las coplas con las que el mozo despechado de Serradilla cantaba a la que tuvo por novia:

Aunque te casas con otro
y me has dado calabazas,
antes que él yo te vi
el lucerito del alba.

El lucero se transforma en astro rey en la localidad de Peraleda de San Román:

¡Cuánto calienta el sol
en los meses veraniegos!
Más calienta el sol de Sole
con sus rayitos de pelo.

Con la envoltura pilosa precisamente juegan al equívoco una serie de populares adivinanzas muy extendidas a lo largo y ancho de la comunidad extremeña, así como alguna que otra cancioncilla. Apuntamos entre las primeras:

Redondo redondo
como una tortilla
y tiene pelos
por las orillas (30).

Tan grande como un reloj
y tiene pelos alrededó (31).

Senagüillas colorás,
jugón verde,
cuatro pelillos
en el andergue (32).

De entre las tonadas entresacamos un par de ellas, en concreto las que se cantan en Navalmoral y en Casas de Millán respectivamente:

Una niña asustadita
le decía a su mamá:
Me crecen pelitos negros
alrededor del brocal.

Y la su madre le dijo
con mucha idea
que los suyos fueron negros
y ahora pardean.

La mujer del sacristán
tiene bien ganado el cielo
porque lleva un breviario
adornadito de pelos.

En el mismo contexto se han de incluir los versos que los quintos de Garrovillas entonan en las fiestas estivales:

Las mocitas cacereñas
se han mercado en Torremocha
el bote de la pintura
y los pelos de la brocha.

La mocitas cacereñas
se han mercado en Mirabel
el bote de la pintura
y los pelos del pincel.

Las mocitas cacereñas
se han mercado en El Arquillo
el bote de la pintura
y los pelos del cepillo.

La sustitución de la vagina por el bote nos acerca indudablemente a la también sustitución de sangre catamenial por la pintura, como se constata a través de una serie de composiciones populares, cual es la que ya en su momento citamos como recogida en Aldeacentenera y algunas otras que insertamos a modo de ejemplos:

La mujer que a mi me pinte
de pintura colorá,
me la mando a la botica
a comprar el aguarrás (33).

A una mujer con el mes,
que bailaba un son brincao
se le arremangó la falda
y le vi lo colorao (34).

Llegados a este punto nos parece necesario apuntar de manera sucinta, ya que no es un aspecto que nos ocupe en este momento, que la menstruación halla múltiples denominaciones en el habla extremeña, que lógicamente han transcendido al cancionero:

Una moza con el mes
mientras la lana lavaba
como tanto se agachó
dejó al aire una semana.

Y un cabrero que venía
arreando el su rebaño,
a voces decía: Este mes
tiene más días que un año (35).

Yo se lo pedí a mi novia
y me contestó llorando:
Esta semana no puedo,
porque tento el ringu–rango (36).

De que se apagó el candil
le dijo la novia al novio:
Saca esa mano de ahí,
que te mancha el zorongollo (37).

Esta claro que en los ejemplos recogidos más arriba las cerdas de los útiles pictóricos responden a un símil del vello íntimo femenino, que se contextúa al relacionarlo directamente con un elemento fálico. Tal sucede en estas cantinelas de las Tierras de Granadilla:

Debajo de tu mandil
hay un hace de tamoja,
y sólo te falta el mango
para que hagamos la escoba.

Una mujer se decía
un día que estaba meando:
A este escobón que yo tengo,
¿cuándo le pondrán un mango?

En otra ocasiones la pilosidad, sin ningún tipo de alusiones, se constituye como un componente más del simbólico miembro de la virilidad:

Debajo de una olivera
estaban Gloria y Manuel;
cuando Gloria abría el bote
Manuel mojaba el pincel.

Esta cancioncilla de Villa del Campo halla su equivalente en otra de Arroyomolinos de la Vera, en la que se observa una clara asimilación entre los pelos púbicos y las tiras de bayeta empleadas para el lavado del suelo:

Todas las mujeres llevan
en el ombligo una mona
y más abajito el cubo
pa retorcer la fregona.

A tenor de las tonadillas que hemos venido exponiendo queda claro a qué tipo de “cabellera” se refieren las siguientes coplas entresacadas de un largo repertorio que nos ofrece el cancionero popular extremeño:

Todo el mundo te daría
si me lavas el pañuelo
y luego me lo tendieras
en la mata de tu pelo (38).

Tienes las trenzas muy rubias
porque te las quema el sol,
y por eso los pelitos,
negritos negritos son (39).

Todas las mujeres son
como un saco de melones:
todos son altos y bajos
y pelos en los rincones (40).

Dime tú, morena mía,
¿quién te ha peinado ese pelo?
Me lo peinan mis amores,
porque yo no me los veo (41).

Las mocitas de mi pueblo
se miran en el espejo
y dicen unas a otras:
Qué largos tengo los pelos.

Los últimos versos, recogidos en Casas del Monte, nos acerca al espejo, un elemento de claro simbolismo erótico en Extremadura. Es en el espejo donde se refleja la oculta belleza de la mujer, que se pone de manifiesto a través de la cantinela de Baños de Montemayor:

Tengo celos del espejo
porque te mira desnuda.
Desnuda me mirarás
la noche que ya sea tuya.

Sin embargo no podemos olvidar que el espejo es también un símil de la novia que ha conservado su pureza hasta el matrimonio, algo que suele escucharse en algunas estrofas de los epitalamios, cual es el caso de la recogida en Ahigal:

Antonia sé que te llamas,
que me lo dijo el padrino,
y no encontrarás en el pueblo
espejo más cristalino.

En el mismo sentido se expresa esta otra tonada nupcial:

La madrina es un capullito,
el padrino es un clavel;
la novia es un espejo
y el novio se mira en él (42).

Pero en mayor medida abundan las canciones en las que el espejo se convierte en un sinónimo del genital femenino. Así lo enuncian en Ceclavín:

Mi abuela tiene un espejo
que no es de cristal ni plata,
al que se arrima mi abuelo
para mirarse la calva.

Partiendo de la anterior asimilación, lo lógico, como en efecto sucede, es que el hecho de romper el espejo, de empañarlo o de mirarse en él un extraño haya de relacionarse indiscutiblemente con la pérdida de la virginidad. Tal sentido lo encontramos en un rito de las bodas, que hasta el primer tercio del pasado siglo tenía su vigencia en Ahigal y en otros pueblos de la comarca de las Tierras de Granadilla, en el que se conjugaban la sexualidad y la fertilidad del nuevo matrimonio. A la puerta de la iglesia, momentos antes de la celebración de los esponsales, se le mostraba a la novia un espejo para que se viera la cara de soltera por última vez. Posteriormente lo tiraba al suelo, augurándose de los trozos que se hiciera el número de hijos que tendría el nuevo matrimonio. Las canciones alusivas el acto incidían en el símil de las roturas del espejo y del himen de la desposada:

El espejo se rompió,
morena, en diez peazos;
prepárate, morenita,
p’aspichal con diez cornazus.

El espejo te rompimos
a la salía del casorio;
el otro espejo que ties
te lo va a romper el novio.

Dentro del cancionero extremeño no faltan las rondeñas en las que el mozo despechado proclama las íntimas relaciones que mantuvo con la novia que ahora la deja por otro, recurriendo a la metáfora del espejo que rompió o que sirvió para mirarse:

Aunque te vayas con uno,
aunque te vayas con ciento
no olvides que en tu espejito
yo me miré el primero (43).

Me han dicho que no me quieres
y que te vas a casar;
no era así cuando el espejo
te lo rompí en el pajar (44).

Se cuenta en Jarilla acerca de una joven pudiente que fue abandonada por un mozo de su mismo estatus cuando ésta le comunicó su embarazo. La familia procuró salvar la deshonra de su hija, animándola a simular el enamoramiento hacia un criado de la casa que tiempos antes había mostrado una querencia hacía ella. Al mozo le extrañó tan repentino cambio, puesto que nunca antes sintió interés hacía él y ahora le animaba a un rápido casamiento, y poco tardó en averiguar la causa de tal proceder. La musa popular puso en boca del joven la correspondiente cantata:

Tú eres rica y yo soy pobre,
soy pobre y soy honrao,
y que te limpie el espejo
el que lo haya empañao.

En Aldea del Obispo las comparsas de los quintos entonaban el martes de carnaval las “Coplas de la Edelmira”, una canción que, dicen en el pueblo, tiene una base real, si bien su letra encierra la paradoja, que es comprensible por cuanto venimos apuntando, de que cuando el espejo se rompe son más los que acuden a mirarse en él:

Edelmira, Edelmira,
ya te lo decía yo,
si no guardas el espejo
puede ser tu perdición.

Edelmira, Edelmira,
en tu espejo de oro y plata,
ten cuidado quien se mira.

Edelmira lo rompió
en la fiesta de su pueblo
y ahora quiere pegarlo
con cola de carpintero.

Edelmira, Edelmira,
en tu espejo de oro y plata
ahora todos se miran.

Este simbolismo del espejo, lejos de su función utilitaria, ha sido destacado por algunos autores en relación con el que adorna la clásica gorra de las mujeres de Montehermoso y que constituye todo un alarde de la pureza de la soltera que lo luce. Bastar con una sola cita: “…. la joven doncella lleva un espejo circular en la parte frontera del sombrero pajizo, en señal de virginidad. La casada lo lleva roto como correspondencia a que su virgo se ha quebrado; la viuda lleva la gorra carente de este espejo” (45).

El aspecto simbólico que se hace patente en algunas piezas de la indumentaria extremeña, en este caso el del mandil, también ha sido objeto de análisis, aunque atendiendo a un supuesto carácter apotropaico o protector de la virginidad de la núbil o garante de la fidelidad de la mujer casada. Así lo apunta María Ángeles González Mena: “El mandil que llevan algunos trajes cacereños es también un elemento simbólico. El delantal es de gran tamaño, cubriendo casi toda la parte delantera, cuadrangular y ligeramente ornado. El mandil es pequeño, con formas redondeadas y mucha ornamentación; generalmente de tejidos ricos, terciopelo o raso de seda, que en otro tiempo fueron de rusel. Esta pieza ha sido tomada como símbolo de la virginidad y fertilidad, representando al huerto cerrado, y protegiendo a la mujer joven hasta su matrimonio y a la casada, de peligros contra su fidelidad de esposa y madre” (46).

Este carácter defensivo que a la mujer le proporciona el uso del mandil se constata a través de algunas canciones, en lo que los vocalistas solicitan el permiso de la mujer para acceder a la parte que éste protege, es decir, a sus genitales, enunciados bajos los más dispares vocablos: racimo, barbechera, forrajal, posada o tintero. No vale en estos casos la violencia, sino el consentimiento:

Debajo de tu mandil
escondes un buen racimo,
déjame comer las uvas,
porque no me gusta el vino (47).

Debajo de tu mandil
tienes tierra barbechera;
deja que meta el arado,
que es tiempo de sementera (48).

Debajo de tu mandil
tienes un buen forrajal;
si tu me dejas que entre,
me lo voy a merendal (49).

Debajo de tu mandil
pasaría un año entero,
si allí me dieras posada
en verano y en invierno (50).

Debajo de tu mandil
llevas un tintero lleno:
deja que moje la pluma,
que soy secretario nuevo (51).

En una de las muchas coplillas anticlericales que asoman en el cancionero extremeño al abad escribiente no se le interpone el mandil que le dificulte, como le sucediera al secretario, el recargar en el frasco de la matrona:

El señor cura del pueblo
tiene la maldita maña
de meter siempre la pluma
en el tintero del ama.

En ocasiones el deseo del acceso a la parte vedada viene acompañada de la oferta de compra de los oportunos favores. Así lo vemos a través de una canción de Vadecaballeros:

–Cinco duros ha costado
la tela de este mandil.
–Veinticinco doy yo
si lo que tapa es pa mí (52).

O simplemente regalando un mandil del que se ha eliminado su poder protector por cuanto permite la directa comunicación con la parte íntima femenina. De esta manera se presenta en una curiosa copla en la que el agujero puede responder a un simple sinónimo de la abertura vaginal:

Si yo tuviera tres reales
como tengo dos y medio,
te compraría un mandil
con un agujero en medio (53).

Esto último lo podemos apreciar a través de algunas otras tonadillas en las que el delantal se constituye como la voz sustituta de la vagina, o al menos guarda una relación con la zona erógena de la mujer por cuanto que la rotura de aquél viene a significar la pérdida de la virginidad. En este contexto cabe interpretar la canción de Baños de Montemayor que Bonifacio Gil trasladó al pentagrama:

Cuántas hay en este pueblo,
que se tienen por doncellas…;
y tienen el mandil roto,
de mirar a las estrellas (54).

Lo mismo cabe indicarse de la jota ahigaleña que recogiera García Matos y de las distintas versiones de la misma que se extienden sobre todo por la parte más septentrional de la provincia de Cáceres:

Mocito, báilala bien,
no la rompas el mandil,
mira que no tiene otro
la palomita infeliz (55).

El interés porque el mandil quede intacto, lo que equivale a mantener intacto el virgo de la joven, es lo que mueve a la madre a pedir a su hija que se aleje del que pretende “llevarla al huerto”. Así se explicita en esta letra de Santiago del Campo:

Mi madre me dice
que no vaya al huerto
porque el hortelano
me dice “te quiero”;
mi madre me dice
“no tienes que ir”,
porque el hortelano
me rompe el mandil.

En una canción de Tornavacas el huerto y el hortelano se transforman en molinero y molino, al tiempo que el mandil halla su sustitución en la saya, sin que por ello el trasfondo deje de ser el mismo:

Mi madre no quiere
que vaya al molino,
porque el molinero
se mete conmigo;
se mete conmigo,
no quiere que vaya
porque el molinero
me rompe las sayas (56).

Otro tanto sucede cuando son las bragas las prendas que se citan en el cancionero:

La noche que veáis la ronda,
mocitas, quedaos en casa,
que a la que cogen los quintos
luego le rompen las bragas,
que a la que cogen los quintos
luego le pasan la raya (57).

Conviene recordar que en el habla popular extremeña el termino “romper las bragas” equivale al ayuntamiento carnal, que en la copla precedente se reafirma aún más con el hecho de “pasar la raya”. El propio cancionero recoge la raya como sinónimo de la vagina:

Todas las mozas de Hornachos
en la fuente Los Remedios
mojan y peinan el quiqui
con una raya en el medio.

Pero la raya como línea de los versos anteriores se hace límite o frontera, aunque manteniendo idéntica sinonimia. Así se nos presenta en una conocida rondeña:

Todas las mujeres tienen
en la barriga un peral,
y un poquito más abajo
la raya de Portugal (58).

Dentro de este mismo contexto no es extraño el toparnos en el cancionero extremeño con definiciones de la vagina por medio de determinados enclaves o espacios geográficos, de los que presentamos varios de los muchos que podrían traerse a colación:

Todas las mujeres tienen
en la barriga una “y”,
y un poco más abajo
la entrada a Valladolid (59).

Todas las mujeres tienen
en el ombligo una noria
y cuarta y media más abajo
el arco de la Victoria (60).

Tienen las portajeras
un hueso en la rodilla
y algo más escondía
la Triana de Sevilla (61).

Una mujer se cayó
dentro de la Fuente Blanca,
así que se refrescó
la plaza de Salamanca (62).

Las vecinas de Alburquerque
van a la fuente Tiñosa
para curarse los males
del Pilar de Zaragoza (63).

No hay mujer en este mundo
con quince años al moño
sin que le empiece a picar
una cosa de Logroño (64).

Curiosamente el elemento abstracto que supone el vocablo “cosa”, cuando se habla del físico de la mujer se concretiza como un sinónimo de la vagina, y tal es el significado que se recoge tanto en el habla popular como en el cancionero. Ilustrativos resultan estos trovos que se entonan en muy distintas localidades:

Moreno, barre la puerta,
que yo no puedo barrer;
tengo la falda royía
y la cosa me se ve (65).

Las mujeres que se casan
llevan el ajuar que sea
y un trapito pa ensecarse
la cosa por la que mean (66).

Como sé que te gustan
las aceitunas,
por la cosita que meas
te meto una (67).

¡Qué bien que estás en la cama,
vigilada por tu hermano!
¡Qué bien que te estás tocando
una cosa con la mano! (68).

Se cuenta en Torrejoncillo que un matrimonio de recién casados se dio tanto al sexo que el marido acabó muriendo extenuado. A la mujer, que no por ello perdió el ánimo ni la alegría, se le metió en mente casarse de nuevo, aunque, visto el final del cónyuge, los solteros escapaban de ella como alma que lleva el diablo. Tal suceso dio pie a una jota que se bailaba por los aledaños de la ermita de San Sebastián, al calor de la hoguera que se encendía la víspera de su fiesta:

Con la viuda Remolona
nadie se quiere casar,
que al su hombre lo mató
con una cosa rajá.

Tal vocablo entra igualmente en el juego de las adivinanzas de corte picaresco que se rastrea en el folklore extremeño, donde la “cosa” conduce al inevitable equívoco:

Gordo y largo
lo quieren las mozas
y con un pinchazo
se rompe la cosa (69).

Fui a la plaza,
compré una moza,
le levanté la falda
y le vi la cosa (70).

Por las Tierras de Granadilla la cosa se convierte en “coseta”, hasta el punto de constituirse en el vocablo más utilizado como sinónimo del genital femenino. A él aluden unas coplas que se cantan por la práctica totalidad de sus poblaciones:

El cura, el sacristán
y también los monaguillos
echan mano a la coseta
por creer que es un cepillo.

La madrina ha regalado
a la novia una peineta,
para prender la mantilla
al moño de la coseta.

Amén de las anteriores cantinelas, la misma palabra la encontramos en esta misma comarca, concretamente en la localidad de Ahigal, como remate del cuentecillo del “duende mamón”: Una madre, despertada por el llanto que emite su hijo acunado junto a su cama, lo toma a oscuras y lo acuesta con ella. El lloro cesa en el momento que se comienza a ingerir la leche de la teta materna. Poco tiempo pasa cuando la mujer siente un mordisco en el pezón, momento en el que el supuesto niño pega un salto de la cama y echa a correr mientras canturrea:

Te toqué la coseta,
te bebí la leche
y te mordí la teta.

Cuando la sorprendida mujer enciende el candil, se percata de que la cuna está vacía y al instante comprueba que su hijo duerme plácidamente en el escaño de la cocina.

No es precisamente el sueño lo que invade a la mujer de la copla de Trujillo:

Ya sé que estás en la cama,
pero dormidita, no;
ya sé que tienes la mano
donde el pensamiento yo.

La relativa inconcreción de la anterior tonada no se hace menos patente en los versos que se cantan en Puerto de Santa Cruz:

Cuando Adán vio a la mujer
se puso todo contento
de que llegaba a rascársela
con la punta de los dedos.

Sin embargo, no se nos escapa que en las cantinelas anteriores se está aludiendo a los genitales de la mujer, a los que también se refiere otra letrilla de Santibáñez el Bajo, en el que la quica (crica), uno de los sinónimos de la vagina, se convierte en la parte corporal objeto del restregón:

Decía la pastora
rascándose la quica:
Cada una se rasca
donde le pica.

Tras lo anterior es fácilmente interpretable esta rondeña del septentrión extremeño:

En el baile bailando
dijo Marica:
Cada uno se rasca
donde le pica (71).

En ocasiones, barajando el recurso del rascado, se alude a la zona erógena de la mujer mediante su localización a partir de una referencia a otra parte del cuerpo:

A mi novía la picó
una pulga en la rodilla,
y pronto la pico yo
un poquito más arriba (72).

A mi novia le pico
una pulga en la rodilla.
¡Cuándo será el día que la pique yo
cuarta y media más arriba! (73).

Si una mujer se pone
con los dos brazos en jarra
es que quiere que le rasquen
las cuerdas de la guitarra (74).

Más puede suceder, cual es el caso de la siguiente ronda jerteña, que el instrumento acompañante, la guitarra, se mute en baile o canción sin perder el significado de genital femenino:

Una puta me lo daba,
otra me lo estaba dando,
y otra me estaba diciendo:
–Yo tengo mejor fandango (75).

Al igual que la rodilla, la barriga y, más concretamente, el ombligo, suelen servir como punto indicativo de la zona innominada. Los ejemplos abundan sobre el particular:

Me gustaría ser pijama
para acostarme contigo
y saber lo que tienes
debajo del ombligo (76).

Todas las mujeres tienen
en la barriga una guinda,
y un poquito más abajo
donde se mete la minga (77).

Toda mujer rica y pobre
tiene un lunar en el chocho
y cuarta y media bajando
la mojama del bizcocho (78).

La hija de la estanquera
fue a decirme a mi casa
que debajo del ombligo
ella tenía una petaca
para que guardara el puro (79).

Llevan puesto en la barriga
las de Segura de Toro
un letrerito que dice:
Por aquí se va al tesoro (80).

Es indudable que el tesoro se configura en el habla popular extremeña como uno de los sinónimos de la vagina que cuenta con una mayor extensión y aceptación. Y, por consiguiente, es lógico que tal vocablo se registre en el cancionero. Tal es la referencia que se recoge en Fuenlabrada de los Montes:

Por ti querría ser pirata,
no por el oro ni por la plata,
sino por el tesoro
que tienes entre tus patas (81).

En Almaraz se conservan algunas letras de un supuesto romance en el que se narra la relación amorosa y la posterior boda de una pareja de desigual condición económica. En él se alude a la dote que cada uno de los contrayentes aporta al matrimonio:

El novio, como era rico,
muchas monedas llevaba;
y la novia, como pobre,
un tesoro entre las patas.

Tal es el tesoro que el quinto teme que puedan “robarle” a su novia mientras que él lucha en las tierras africanas:

Adiós, pueblo de Almoharín,
no le temo el ir al moro,
lo que temo es que a mi novia
alguien le robe el tesoro.

Ese “robar”, que igualmente se transforma en “perder”, supone un claro simbolismo de la consumación del acto sexual:

De tanto enseñarlo a uno,
de tanto enseñarlo a otro,
a la puta de mi abuela
le robaron el tesoro (82).

Una mocita lloraba
caminito de Gargüera
por no encontrar el tesoro
que había perdido en la era (83).

En Logrosán se refiere una conseja que habla de un tesoro para cuya localización sirven como pautas orientativas dos árboles. Una copla alusiva al mismo solían entonarla los quintos en vísperas de su marcha al servicio militar:

¡Adiós, Logrosán hermoso,
no te volveré ya a ver!
Entre dos “alcorniquitu”
un toro de oro dejé (84).

No es necesario apuntar que los quintos de esa localidad vociferaban estos versos dentro de un contexto erótico, como de hecho viene a confirmalo otra cantinela en la que los mismos mozos retrataban a la mujer valiéndose de algunos de los elementos que conforman los versos anteriores:

Son tus piernas arbolitos
los que sostienen un arco
donde sus hojas esconden
el tesoro más preciado.

Puede ocurrir que en ocasiones el tesoro se empequeñece y no pase de ser una simple moneda, aunque sin perder por ello el significado sexual al que nos venimos refiriendo. Este contexto es el que ofrece una de las canciones que los mozalbetes de la comarca de Navalmoral de la Mata entonan dentro de los autobuses en sus excursiones escolares:

Las chavalas de mi barrio
usan bragas de hojalata;
porque una moneda de oro
tienen debajo guardada.

Los chavales de mi barrio
todos van con abrelatas
para robarle a las chicas
la moneda de las bragas.

En poco difiere ese sentido del que nos ofrece una trova que hace años se escuchaba en Villanueva de la Sierra:

Las mujeres de este pueblo
al afilador de Gata
le pagan con un doblón
que llevan entre las patas.

Y una moneda no deja de ser el as, aunque en este caso sea el as de oro, que encontramos en una de las más populares canciones festivas de la comunidad extremeña, y donde el símil del genital de la mujer se manifiesta con mayor claridad al ponerlo en relación con el símbolo fálico que significa el cuerno del toro:

A la Remolona
la ha cogido el toro,
le ha metido el cuerno
por el as de oro.

A pesar de lo apuntado, no deja de ser curioso que algunos informantes interpreten los versos anteriores relacionando el as de oro con el orificio anal en lugar de con la vagina. Indudablemente no ocurriría así con la letra de esta canción de Ahigal, en la que se pone, puntualizándolas, “cada cosa en su sitio”:

La moza que a mi me gusta
es muy rica y elegante:
por detrás tiene una mina
y un tesoro por delante.

Al igual que la mujer en su conjunto, y no sólo la zona erógena, puede ser definida como un tesoro, en una rondeña del Valle del Jerte vemos que aquélla pasa a identificarse con una mina, sin duda a partir de la asimilación de la cavidad vaginal con la cavidad que se abre en el suelo. Indudablemente el barreno participa de un claro simbolismo fálico:

Anoche soñaba yo
que tu cuerpo era una mina
y estaba echando un barreno
entre tus piernas divinas (85).

____________

NOTAS

(1) El trabajo de Joaquín Díaz titulado Santa Apolonia y los dientes a la luz de la tradición puede resultar sumamente esclarecedor para comprender el significado sexual de la dentadura.

(2) Marchagaz me refería un anciano que en la antigüedad “las mujeres tenían dientes en las dos bocas: en la de arriba y en la de abajo. Un día una mujer se quedó dormida y fue una culebra buscando en dónde meterse y se metió por la boca de abajo. Cuando la mujer se despertó vio que la tenía dentro y que sólo enseñaba la cola. Entonces la agarró y tiró de ella, pero las escamas de la culebra se engacharon a los dientes. De manera que al tirar tan fuerte, con la culebra salió toda la dentadura. Desde entonces las mujeres están mellucas”. El mismo informante apuntaba que en su infancia se tenía por cierto que a las mujeres les salían dientes en la vagina al cumplir los catorce años.

(3) Sota de espadas.

(4) Arroyomolinos de la Vera.

(5) Portaje.

(6) Mohedas de Granadilla.

(7) A.H.N.: Inquisición, Leg. 1987. Exp 32, s/f. Cit. HERNÁNDEZ BERMEJO, M. A. y TESTÓN NÚÑEZ, I. M.: “La sexualidad prohibida y el tribunal de la inquisición de Llerena”, en Revista de Estudios Extremeños, XLIV, III (Badajoz, 1988), pp. 638–639.

(8) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte, Cultural Valxeritense, Jaraiz de la Vera, 1996, p. 151.

(9) Cultos a la fertilidad en Extremadura, Editora Regional, Mérida.

(10) Ermita de la Virgen de Argeme, patrona de Coria, situada a unos cuatro kilómetros.

(11) Peludo.

(12) La cancioncilla, con mayores o menores variantes, ha sido recogida como adivinanza. Su resultado es el anillo. BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “Compendio de adivinanzas de la Alta Extremadura”, en Revista de Folklore, 45, tomo 4, 2 (1984), pp. 97–99.

(13) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 18 (Fregenal de la Sierra, 2001), p. 28. Herrera del Duque.

(14) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 176.

(15) MERCHAN TORRALVO, Luis (Dirección): La Vera. Guía Turística. Ediciones La Vera. Madrid, 1993, p 122. GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “Antropología popular. Datos para un cancionero de Piornal”, en Revista de Folklore, 250, tomo 21, 2 (2001), p. 120.

(16) Ahigal.

(17) Garrovillas y Navas del Madroño.

(18) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Unas notas sobre el folklore obsceno”, en Revista de Folklore, 236, tomo 20, 2 (2000), p. 63. Valdecaballeros.

(19) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Unas notas sobre el folklore obsceno”, p. 62. Villarta de los Montes.

(20) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 175. La versión por él recogida presenta la siempre recurrente sustitución del genital femenino por el moño.

(21) GUADALAJARA SOLERA, Simón: Lo pastoril en la cultura extremeña. Institución Cultural “El Brocense”. Excma. Diputación Provincial. Cáceres, 1984, p. 129.

(22) Arroyo de la Luz.

(23) Villa del Campo.

(24) Casar de Palomero.

(25) Morcillo.

(26) ESLAVA GALÁN, Juan: Historia secreta del sexo en España, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1996, p. 221.

(27) Santa Cruz de Paniagua.

(28) Ahigal.

(29) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 175.

(30) (La calva. Fuenlabrada de los Montes). RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, p. 20.

(31) (La coronilla del cura. Castilblanco) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, p. 21.

(32) (La amapola. Fuenlabrada de los Montes) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, p. 27.

(33) Hoyos.

(34) La Cumbre.

(35) Santiago del Campo.

(36) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(37) Ahigal. Zorongollo es un plato típico cuyo principal ingrediente lo constituyen pimientos rojos.

(38) Arroyo de la Luz.

(39) Perales del Puerto.

(40) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 172.

(41) El Torno.

(42) Cabezuela: FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 195. Ibahernando: GUTIÉRREZ MACIAS, Valeriano: “El paso del folklore de unas parcelas a otras”, en Revista de Folklore, 40, tomo 4, 1 (1984), p. 131 (Cambia capullito por rosa). GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “La canción del soldado extremeño”, en Antropología Cultural en Extremadura. Primeras Jornadas de Cultura Popular, Asamblea de Extremadura, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1989, p. 632. Torrequemada: BARRIOS MANZANO, Mª Pilar y JIMÉNEZ RODRIGO, Ricardo: “Fuentes y metodología para el estudio de la música de tradición oral en Extremadura. Un núcleo del llano cacereño. Música y tradiciones populares en Torrequemada”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, pp. 19-20 (Fregenal de la Sierra, 2004), p. 299 (rosa por capullito).

(43) Talaveruela.

(44) Cañaveral.

(45) GONZÁLEZ MENA, M. Ángeles: “Funciones y simbolismos de las artes textiles populares cacereñas”, en Revista de Estudios Extremeños, XLVI, I (Badajoz, 1990), p. 40.

(46) GONZÁLEZ MENA, M. Ángeles: “Funciones y simbolismos de las artes textiles populares cacereñas”, p. 39.

(47) Casas de Millán.

(48) Guijo de Coria.

(49) Torrecilla de los Angeles.

(50) Villasbuenas de Gata.

(51) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(52) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Unas notas sobre el folklore obsceno”, p. 62.

(53) Navalmoral de la Mata.

(54) Cancionero Popular de Extremadura, Tomo I. Excma. Diputación, Badajoz, 1961 (Segunda Edición). Tomo II. Excma. Diputación. Badajoz, 1956, p. 155.

(55) GARCÍA MATOS, Manuel: Cancionero Popular de la Provincia de Cáceres (Lírica Popular de la Alta Extremadura. Vol. II), Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Barcelona, 1982, p. 320.

(56) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 234.

(57) Serradilla (58) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(59) Plasencia.

(60) Aldeacentenera.

(61) Pescueza.

(62) Ahigal.

(63) Alburquerque.

(64) Mohedas de Granadilla.

(65) Acehuche.

(66) Ceclavín.

(67) Hernán Pérez.

(68) Casatejada.

(69) El pendiente. BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “Compendio de adivinanzas de la Alta Extremadura”, pp. 97–99.

(70) La lechuga. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Mª Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Adivinanzas extremeñas”, p. 28. BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “Compendio de adivinanzas de la Alta Extremadura”, pp. 97–99.

(71) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 173.

(72) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 175.

(73) PEDROSA, José Manuel: “Canciones y romances de Navaconcejo del Valle (Cáceres): repertorio profano”, en Revista de Folklore, 160, tomo 14, 1 (1994), pp. 126–141, p. 132.

(74) Zorita.

(75) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 175.

(76) Fuenlabrada. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Unas notas sobre el folklore obsceno”, p. 62.

(77) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 177.

(78) Ahigal. Al contrario de en otros muchos lugares de Extremura, el chocho no es sinónimo del genital femenino, sino de ombligo.

(79) Fuente del Maestre.

(80) Aldeanueva del Camino.

(81) RODRÍGUEZ PASTOR, Juan, ALONSO SÁNCHEZ, Eva y ORTIZ BALAGUER, Carlos: “Unas notas sobre el folklore obsceno”, p. 62.

(82) Campo Lugar.

(83) Arroyomolinos de la Vera.

(84) GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “La canción del soldado extremeño”, p. 632.

(85) FLORES DEL MANZANO: Cancionero del Valle del Jerte, p. 175.