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EL TORO DE SAN JUAN EN CORIA (CACERES)

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 1984 en la Revista de Folklore número 37.

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LA HISTORICA CIUDAD DE CORIA

Lacónicamente describió Ortega y Gasset a esta población extremeña, asentada junto a las márgenes del Alagón. De ella dijo: "es una ciudad inverosímil, torva e inmóvil como un susto en medio de un camino".

Pero antes que el filósofo, acompañado de don Pío Baroja, hollara las calles de Coria, ya la habían pateado vettones y romanos, visigodos y berberiscos. Porque la historia coriana se pierde en la nebulosa de los pueblos prerromanos, en las fronteras de La Lusitania y La Vettonia. Quedan, como recuerdo de aquellos tiempos, dos inscripciones latinas, aparecidas nada menos que en Britannia. Una de ellas, desenterrada en el lugar inglés de Bath, nos dice: "L. ViteXllius (hedera) Ma/ntai F. Tane(i)nus/cives (hedera) Hisp. (hedera) Cauriensis,/eq. alae (hedera) Vettonum c.R./ Am. (hedera) XXXXVI (hedera) stip. (hedera) XXVI/h. (hedera) s. (hedera) e. (hedera)". En esta lápida aparece un caballero, cuyo corcel pisa, con sus pezuños, a un enemigo acurrucado. La otra, que se encontró junto a Brecon-South Wales, se expresa así: "Dis M(anib)us C. Iuli] Cand[idi, Tanci] ni fil(ii), Caur(iensis), eq(uitis) al(ae) Hisp(anorum) Vett[onum c(ivium) R(omanorum)]". Al parecer, estas inscripciones hacen referencia a ciertos soldados mercenarios, caurienses, que formaban parte del "Ala Hispanorum Vettonum civium Romanorum", la cual combatió, al servicio de los romanos, en Britannia durante todo el Imperio.

Más tarde, sería la Caurium romana, a quien menciona Plinio como rebelde a Roma y, posteriormente, estipendiaria de La Lusitania. Sus murallas son fiel testigo de aquella época.

Los falsos cronicones se empecinan en atribuir santos y obispos a Coria desde el siglo IV de nuestra era. Beben en estas mismas fuentes gentes tan doctas como el obispo Galarza, quien en su "Historia manuscrita del Obispado de Coria" (1604), afirma, sin rigor histórico alguno, que el bautizo de Coria como diócesis se debe al Papa San Silvestre, allá por el año 338, bajo el imperio de Constantino Magno.

Como cierta se puede dar la fecha del 6 de noviembre del año 666, en que se celebra un concilio en Mérida, al que asisten doce obispos de Lusitania, entre ellos Donato, de Coria.

No acaban de entrar los moros en nuestra tierra, cuando ya tenemos a un reyezuelo, llamado Zeeth, que se enseñorea, en el 860, de la que ahora se denominará Medina Cauria y de comarcas colindantes. Al poco tiempo, Coria se convierte en waliato independiente. Alfonso VI de León la reconquista efímeramente, no tardando mucho en que "per idem tempus est tradita sarracenis Cauria a malis hominibus qui dicebantur esse se christianis et non erant" volviera a manos del mahometano. Sería en el 1142 cuando Alfonso VII, el Emperador, arrebate definitivamente a los muslines la Medina Cauria: "El Rey,don Alonso, a junio de mil ciento y cuarenta y dos años, creó la ciudad de Coria, y la tomó a partido, y la fortaleció y puso allí su frontera, y andando un día a caza le hirió un jabalí en una pierna y de esta causa se retiró aquel año a Toledo para curarse" (Luis de Mármol. "Descripción de Africa", fol. 165. Granada, 1573).

El 30 de agosto de 1142, Alfonso VII otorga un curioso fuero a la "muy noble y leal Coria" : "Exigen los derechos de la razón que la iglesia de Coria, liberada por la misericordia de Dios de la cautividad sarracena, bajo la cual permaneció mucho tiempo, y restituida igualmente a su dignidad episcopal, sea enriquecida con dignos fueros, honores y heredades". y así, la iglesia de Coria se enriquecería, a lo largo de los tiempos, con recuerdos y reliquias tales como: una espina de la corona del Señor, un puñado de tierra del sepulcro de la Virgen, la cabeza de uno de los mártires de la legión Tebea, un trozo de piedra del Santo Sepulcro, la cabeza de una de las once mil Vírgenes, un trozo de piedra del lugar de la Anunciación y la importantísima reliquia del Santo Mantel, de la que afirman los entendidos -sin decir motivos-, que fue la utilizada en la Sagrada Cena. Vengan de donde vengan tales restos, el caso es que se guardan, como auténticos tesoros, en diversas arquetas de plata, que el curioso podrá observar en la gótica catedral cauriense.

Siempre fue diócesis Coria. Pero cierto día se cansó el obispo de mirar la corriente del Alagón y se marchó a la capital de la provincia. El pueblo coriano se soliviantó por aquel abandono y, ni corto ni perezoso, garabateó, en la fachada del palacio episcopal, la siguiente: "Se alquila esta cuadra porque se marchó el burro".

Tuvo también mala suerte Coria con el río. En (el XVI, por ejemplo, por motivos de una crecida, el Alagón se apartó de su cauce natural, inventándose uno nuevo, por lo que devino en inservible el viejo puente romano.

La historia sigue, continúa durante siglos, mas no es nuestro propósito recrearnos ahora en los avatares j históricos de Coria. Contentémonos con lo expuesto, que nuestra crónica gira en torno a otra temática: la etnológica, la que rinde culto al dios-toro en las fiestas de San Juan.

ANTECEDENTES DEL SAN JUAN CORIANO

Hay una cara popular, de leyenda, que siempre guardará un núcleo de veracidad, y que Zacarías Manuel Delgado se la relata, en 1956, a Bonifacio Gil, quien la transcribe en su "Cancionero Popular de Extremadura".

"Nos contaban los viejos, como noticias que cogieron de sus abuelos, que era costumbre sacrificar cada año a un mozo (previo solemne sorteo entre los de la localidad), el cual era lidiado ni más ni menos como los toros actuales. Hubo un año en el que correspondió el sacrificio a una poderosísima viuda, quien, para salvar a su vástago de la cruel "diversión", ofreció al pueblo una dehesa de su propiedad, para que, con sus productos, se lidiara un toro. Aceptó el pueblo y pasó la finca a poder del Municipio. Desde entonces se encarga el Ayuntamiento de la organización de la corrida y de proporcionar el toro."

Otras versiones sientan el origen del toro coriano en cierto privilegio concedido por Alfonso VII, El Emperador, a los arrojados habitantes de Coria, que fueron capaces,de bajarle los humos al moro en una batalla acaecida en los llanos de Algodor, a unos cinco kilómetros de la ciudad.

Los que ya se nos vienen como ciertos son los amarillentos legajos del siglo XVII. Se nos cuenta en ellos cómo los mozos de Coria quebrantaban a sabiendas el título VI de las Sinodales, que prohibía correr toros los domingos y días de fiesta si antes no se había oído misa. Y como la mocedad no hacía caso, tuvo que meterla en vereda don Pedro de Carvajal, obispo de origen placentino que se colocó la mitra cauriense. Este personaje, obsesionado por el fiel cumplimiento de las Sinodales pontificias, trasteó con Felipe III, logrando entre los dos que "domingos y días de fiesta mayor no se corriesen toros en coso cerrado, así como en la ciudad con las puertas cerradas, bajo la pena de excomunión y multa de mil maravedís".

Pero poco duró la orden. El día 24 de junio de 1606, Concejo y pueblo, de común acuerdo, quebrantaron leyes e impusieron la costumbre. Hubo toro dentro del recinto amurallado; se cerraron las puertas, y presentes estuvieron corregidor y regidores, que dieron tácita conformidad para el festejo.

Natural era que se cabreara el obispo, a quien le ardía demasiado en las venas la alocada sangre de los Carvajales. Se pidieron cuentas por "correrse y desjarretarse un toro por las calles de la ciudad" y se mandó acudir a juicio a las fuerzas vivas de la localidad. Pero éstas salieron por peteneras, no queriendo cuentas con el clero. Se justificaron con un escrito en el que afirmaban que maldito el caso que hacían los corianos de las bulas papales; que el correr el toro era una costumbre inmemorial y que la .diversión se había hecho con consentimiento y presencia de otros obispos. Y por si fuera poco, añaden que don Pedro de Galarza, al que califican de "obispo insigne, sabio y virtuoso", se regocijó viendo más de dos corridas, ocurriendo una vez que entró un toro en su palacio episcopal, y, en presencia,del prelado, fue lidiado el animal por los canónigos. Para rematar, dicen en su escrito que los breves pontificios aún no han hecho su entrada en España, por lo que no podían tener validez legal.

Mala sombra debía tener el Fiscal eclesiástico, pues corregidor y regidores fueron excomulgados. Sin embargo no cesó el litigio, apelando la ciudad contra la sentencia ante la Chancillería de Valladolid. Pedro Vallejo, que era, a la sazón, corregidor, expone "en nombre de la Justicia y Regimiento de Coria", que, desde tiempo inmemorial, tenían por costumbre correr toros ensogados los días de San Juan, Santiago, Santa Ana y Visitación de Nuestra Señora, siendo consentidores los Prelados, canónigos y clérigos, pues muchas veces éstos llevaban la función taurina a los patios de sus propias casas.

Bien lo entendió la Chancillería, exigiendo a la Curia "que dentro de ocho días se envíe a la Real Audiencia Vallisoletana el proceso eclesiástico original de la dicha causa, para que visto se provea justicia, y entre tanto vos rogamos y encargamos que por término de sesenta días primeros siguientes absolváis a la dicha Justicia y Regimiento de la dicha Ciudad y a las demás personas que sobre la dicha causa tubiereis descomulgadas y alcen las censuras y entredichos que hubiéredes dado y puesto, que en ello nos serviréis". Si el Provisor episcopal no acataba esta orden, ya podía ir preparando diez mil maravedís para la Cámara Real.

Cuentan las malas lenguas que, a partir de este hecho, hubo diversas diatribas entre cabildo y concejo, encontrándose canónigos y beneficiados, más de una vez, cuando acudían a sus cantos, con un toro que hacía guardia por los aledaños de la catedral.

,LOS TOROS DE HOGAÑO

Es el día de Corpus cuando el Concejo elige al Abanderado de San Juan. En tal fecha se daba un refrigerio para las autoridades dentro del Ayuntamiento. Este año, con la nueva corporación, se ha cambiado el refrigerio por un reparto de ponche y gazpacho extremeño a todo el pueblo.

Todo el mundo coincide en que esta práctica se remonta a aquel alférez abanderado que existía en el antiguo corregimiento de Coria. Dedicábase dicho alférez a pasear el pendón de la ciudad en compañía del Cabildo y sus maceros. Uno de los duques de Alba o marqueses de Coria -que los dos títulos ostentaban- decidió que fuera el alférez abanderado el principal promotor de las fiestas.

Entre el abanderado y las peñas, se prepara y se ultima la mojiganga. Son las peñas la cara moderna de la fiesta, pero que han permitido, al asociarse los vecinos, que aumente el número de cornúpetas y que la fiesta se alargue por más días. Hay competencia y rivalidad entre las peñas. Cada cual quiere aportar el toro más guapo y más castizo para el festejo. Se desviven durante todo el año para preparar unos Sanjuanes que causen el asombro de vecinos y forasteros. Cuando lleguen, ya tendrán dispuesto el local de la peña, con sus cubos de sangría, sus tacos de jamón y chorizo de la tierra, sus barreños de gazpacho y sus tinajas de peces escabechados. Cada año aumenta el número de peñas. Sus nombres son pintorescos: "Los Suicidas", "El Zoo", "El Volante", "El 27", "La Rana", "La Junta de Defensa"... Esta última surgió como consecuencia de cierta prensa negra que cayó, cual funesta tremolina, sobre las calles de Caria. Porque hasta el cine llevaron un documental que lo titulaban con el despiadado rótulo de "Coria, la salvaje". Y en la revista "Hombre Moderno" de Toronto (Canadá) volvió a repetirse el mismo rótulo. Pero esta vez el alcalde de Coria no se quedó corto y lanzó a los medios de comunicación cosas así como: "Desde luego, qué paradojas tiene la vida. Quienes matan impunemente por el mero hecho de la "raza", "el color o pigmentación de la piel" o "por treinta monedas de plata" se escandalizan ante el inocente divertirse de unos hombres esforzados, valientes, curtidos por el duro bregar de todo un año, y airean tendenciosa y malévolamente el polo oscuro que en el "arte de lancear a dos morlacos" va implícito".

Nació, pues, la "Junta de Defensa de los Toros de San Juan" para que siguiera la tradición. Pero aquellos amagos extranjeros tuvieron eco oficial, suprimiéndose los soplillos y las banderillas cortas, asuntos de los que ya hablaremos más adelante.

La fiesta-fiesta asoma su zarabanda el 23 de junio por la noche. Ya han corrido mozos y no tan mozos en el encierro. Los cabestros se han echado para atrás, vuelta a la finca. El toro negro, quizás de la dehesa de Monteviejo, a varios tiros de ballesta de Coria, donde sienta sus reales Victorino Martín, va a enchiquerarse en el toril de la plaza mayor, junto al consistorio. Una vez dentro, comienzan los ritos solares. Se va a levantar el "capazu". Se pinchan en un palo ahorquillado las "capacetas" (capachos) que han traído de los lagares del aceite y se los prende fuego. Se retuerce el esparto y las llamas iluminan el azabache de la noche. La bulla, el griterío, la zambra, el ancestro milenario...desorbitan sus energías y contagian el ambiente de algo inusual, extraño, cuasi esotérico.

Toca "Cachicá", el que nunca duerme en los Sanjuanes, su tamboril y sopla con fuerza la flauta de fresno. La copla vieja queda en el aire.

"Cogi al toru máh valienti
y llévalu a la corría,
que quieru que el pueblu vea
loh toruh que tú me críah.

Y aquí, toritu valienti;
y aquí, toritu galán;
ya soy el de la otra tardi:
¡acábame de matal!".

A 24 CAE SAN JUAN

Antes de que el sol asome por la parte de Morcillo, ya han bajado los corianos al río a lavarse ojos y pies. Hay que espantar la sarna, y nada más profiláctico para ello que las mágicas propiedades que arrastra el agua la madrugada de San Juan.

Y a la tarde a la plaza, que el toro va a salir. Se da la señal y se cierran las "medias-puertas", las de las calles que asoman a la plaza mayor. Antes de lo de "Coria, la salvaje", se colocaban dos largas filas de mozos a la salida del toril, normalmente quince a cada lado, y esperaban, con el corazón acelerado y los labios herméticos, a que el astado irrumpiese por medio de las dos filas. Cuando lo hacía, le llovían sobre el lomo unas banderillas cortas, aderezadas primorosamente por las novias de los que las manejaban. Hay que tener valentía y arrestos para clavar el pequeño palitroque. El toro pasa rozando a los mozos, pega botes y lanza viajes a oriente y poniente. Pero es preciso clavar la banderilla. Pobre del que no lo haga, pues será tachado de cobarde y humillado por sus paisanos.

El bicho negro corre por la plaza. Salen del enrejado los más dispuestos. Hay quiebros y lances. Desde el entablado se azuza, se lanzan gritos y soplillos, que son pequeños dardos que escupen los llamados "trabucuh", al modo de cerbatanas. Los soplillos entran en los magros del toro y lo enfurecen. Los aficionados hacen alardes con sus capotes desteñidos; otros saltan por encima del animal con garrocha o sin ella. Pero la mayoría silba, zarandea los brazos y llama al toro desde detrás de los barrotes.

Pasa un buen rato y suenan toques de campana. Son tres los toques. El escalofrío se encarama por el espinazo. El rumor corre por la plaza: "van a soltal al toru". Se abren las "medias-puertas" y se cierran las cuatro "portonas" de la muralla. El bicho escapa, creyendo encontrar los chaparros de la dehesa, por una de las calles. La gente corre detrás de él; luego, delante. Carreras, sustos, tropezones, sofocos, empujones, el ojo en centinela y las zapatillas ligeras. Verdaderos racimos humanos se cuelgan de rejas y balcones. Trota el morlaco cortando el aire con sus pitones astifinos. Entre susto y susto, las peñas reparten pucheros de ponche para ahuyentar el miedo. Se oyen voces estentóreas: "¡que viene!, ¡que viene!". Siguen las carreras suicidas, los cohetes rastreros dirigidos al toro, la trepa por los enrejados...Hubo veces en que algún malaleche -casi siempre los caciques locales dio corriente eléctrica a los barrotes de sus ventanas y balcones, a fin de evitar que el pueblo "ensuciase" sus nobiliarias mansiones. Y también ocurrió que hubo quien tuvo que aguantar los aguijones de algún que otro avispero, instalado en el intersticio de las maderas o piedras de un balconcete, antes que descolgarse y ser arponeado por unos aguijones peores. Cuando el toro llega a la plazuela de la cate-dral, muchos juegan a hacer escalada por las filigranas de la puerta principal. Pero es peligroso el juego. Y si no, que se lo pregunten a Justo, el mozo de Ahigal, que se abrazó a una de las estatuillas cuando el toro se colocó precisamente debajo de él. El mozo aguantó un rato, pero el toro no se iba. Las manos se le llenaron de sudor y comenzó a resbalar en dirección a los pitones del animal. Cayó encima de su testuz. Del primer golpe le envió contra la vieja puerta; luego le zarandeó dos o tres veces más. Las consecuencias podían haber sido trágicas, pero Justo salió del susto y quedó para contarlo.

Y así toda la tarde, hasta que el sol se vaya para Portugal. Después, limpiándose el sudor pegajoso de junio, se contarán las anécdotas del día, y se hablará de que a fulanito le empitonó y va de camino a la residencia de Cáceres.

Ha caído el primer toro. Un toro -a veces, tres- lo ha hecho vomitar babas sanguinolentas. Enseguida, algún mozo de una peña acudirá presto a cortarle las turmas. Es el mayor trofeo, el símbolo de la virilidad. Otros se conforman con el rabo, que colocarán, como triunfo, en los estantes de su peña. Ya son pocos, pero todavía quedan mozos que mojan los dedos en la sangre del astado y se untan labios y frente. Rito con gran significado, en el que ya profundizaremos en la segunda parte del reportaje.

Una última vuelta por las peñas y...en cata de la cena. Nadie es forastero en Coria. Algunos se meten para la andorga buenas raciones de "burrancu" (pequeños borriquillos de meses) y vino del Pedroso junto a una de las portonas. Brincan las charangas por la plaza de La Cava. No para "Cachicá", el tamborilero.

"San Juan le dici a San Pedru:
-cielitu lindu, vamuh al toru.
y San Pedru le contéhta:
-cielitu lindu,
vaiti tú sólu."

A esperar el toro de la madrugada, el bravo y negro toro que se confunde con la brava y negra noche coriana. A las cuatro le darán rienda suelta. La cornamenta desafía a las estrellas. El toro-toro es el dios y señor de Coria durante el solsticio de verano. Cuando llegue San Pedro y Coria muestre su antiquísima feria, la roja sangre coriana volverá a soñar otra vez con los próximos Sanjuanes.

DESMENUZANDO EL RITUAL

No vamos a hablar ahora del fondo mágico que encierra la noche de San Juan, fiesta cíclica coincidente con el solsticio de verano. y no vamos a hablar porque sería generalizar demasiado y nos iríamos muy lejos. Hablemos del toro-toro de nuestras fiestas, de su ritual, de su hipotético significado. y ¿acaso existe otra fórmula mejor para ello que la de ir desmenuzando elementos? Pues comencemos.

1. LA VERSION POPULAR

No deja de tener un particular y extraño encanto la leyenda sobre la viuda coriana que sacrifica una dehesa en vez de su hijo. Yéndonos mucho por las ramas, podíamos. buscarle un trasfondo a este relato en consonancia con los sacrificios humanos que practicaban los lusitanos y que nos cuentan los textos clásicos.

Conjeturemos así d episodio:

a) Coria se encuentra a caballo entre vettones y lusitanos. Ptolomeo no la da como vettona, pese a que ciertas inscripciones -tal y como vimos en la primera parte- bautizan con el patronímico de vettones a los corianos. Como las fronteras no estaban muy claras y se encontraban sujetas a numerosos vaivenes en épocas prerromanas, lo más normal es que Coria pasara de unas manos a otras, según circunstancias.

b) Había por costumbre en Coria el realizar un sorteo anual, por ver quién era el mozo que debería ser sacrificado. Relación guarda ello con los cultos sangrientos que practicaban los lusitanos. Así, Estrabón nos cuenta que acostumbraban a examinar las vísceras sin separarlas del cuerpo, sacando adivinaciones palpando las venas del pecho. Tito Livio nos habla también de las inmolaciones humanas que realizaban estos pueblos con motivo de firmar las paces. Y Plutarco nos refiere, asimismo, cómo un procónsul de la Ulterior, llamado Publio Graso, quiso castigar a los bletonenses (pueblo lusitano) porque hacían sacrificios humanos en honor de sus dioses. Tales sacrificios se repetían como consecuencia de la muerte de algún importante personaje, tal como Viriato, en cuya memoria -y según Appiano- fueron inmoladas muchas víctimas humanas mientras el cadáver ardía en una gran pira y otros soldados simulaban combates en su derredor .

Es significativo el hecho del "sorteo", que bien podíamos entroncarlo con la democracia asamblearia que existía entre .los lusitanos. Solían éstos elegir jefes y otros cargos en asambleas populares, respetándose globalmente la elección, y ello a pesar del clasismo existente.

c) La viuda de la leyenda era rica; poseía una dehesa. Parece llevarnos esta cita a lo que ha dado en llamarse "capitalismo lusitano". Según se deduce de varios autores clásicos (Dion Casio, Varrón, Diodoro, Appiano...), en Lusitania se practicaba un frecuente bandolerismo, consecuencia de la mala: distribución de la propiedad de la tierra. Existían auténticos terratenientes y auténticos indigentes.

d) Es muy significativa la trilogía viuda-hijo-toro, la cual guarda paralelismo con el romancero popular, cuya versión más conocida es el romance salmantino "Los mozos de Monleón", aunque existen coplas más viejas sobre el mismo tema, tales como "Diego Gil", "La Enamorada" y el romance extremeño "La maldición de la madre". El transfondo mítico de estos romances, así como la leyenda coriana, podrían muy bien relacionarse con ciertos ritos fecundadores, donde el toro es el núcleo central de la ceremonia.

Sobre el asunto,de Alfonso VII (derrota del moro en los llanos de Algodor y posterior privilegio concedido a los corianos), bien creemos que sea fruto tal cuestión de algún erudito, quien, buscando posiblemente un origen al toro de San Juan, se sacó de la manga esta historia, plasmándola con su pluma en cualquier legajo. Más tarde, por un fenómeno de culturización, pasaría al pueblo, que la iría transmitiendo generación tras generación.

2. EL MITO y EL RITO

Bien es verdad que no tenemos la suerte de manosear manuscrito alguno anterior al XVII y que trate sobre el toro de Coria. Pero ya nos dice el Concejo en su escrito dirigido al obispo -año de 1606- que "correr el toro era una costumbre inmemorial".

Y claro que debía serlo, pues hay documentos apergaminados en otros pueblos del norte extremeño donde se nos da buena cuenta de este tipo de corridas. Así, el Códice del Monasterio de El Escorial (años 1221-1284) nos habla del festejo llamado "el toro nupcial", que se celebraba en Hervás (Cáceres). Era un rito de bodas, donde el novio debía realizar quiebros y lances a un toro hasta satisfacer a la novia. Acababa el acto con la colocación de un par de banderillas, preparadas de antemano por la novia, sobre la cruz del bicho negro.

Alfonso X el Sabio nos muestra, en sus famosas "Cántigas a Santa María" (concretamente la 144), cierto episodio acaecido en Plasencia en el siglo XIII. Aparece ilustrado con partituras musicales y viñetas coloreadas. Comienza así la cantiga:

"De vila el toros tragen mandou
para sus Vodas el un, apartou
Dellos el más bravo que mando correr..."

Resumiendo el asunto, podemos contarlo así: "En la ciudad de Plasencia habitaba un varón justo y piadoso, muy amante de la Virgen. Cierto día, se casó un caballero de la ciudad, el cual, para celebrar con todo rumbo sus bodas, mandó correr un toro bravo en la plazuela donde vivía el varón justo y piadoso. He aquí que este varón sale de casa, pues lo reclama un amigo clérigo. Nada más salir, le embiste el toro. El clérigo pide a la Virgen protección para su amigo. Se produce el milagro. Santa María ha logrado que el toro se arrodille y camine detrás del santo varón, sin hacerle daño".

Se podrían traer más referencias históricas, como las de La Zarza de Granadilla, Casas del Monte, Galisteo..., en algunas de las cuales se nos cuenta, también, la costumbre de espurrear la sangre del toro sobre el umbral de la casa donde vivía la novia. Pero, en fin, vayamos a buscar la entraña del rito y del mito, que es lo que nos interesa.

A BODAS HUELE EL TORO

A ojos vista está el arcaico origen nupcial que tiene el toro por tierras de Extremadura. Nuestro toro de San Juan no se puede desligar de tales motivos, de su estrecha relación con antiguos rituales inherentes a los casorios.

Si nos preguntáramos el por qué del dúo toro-boda, habría que examinar la exuberante fecundidad de que fue dotado el toro en las civilizaciones más antiguas. Pastores sumerios serían los que comenzaron a seleccionar el ganado bovino, castrando a algunos machos, que irían destinados a las faenas del campo (bueyes) .Los no castrados (toros), se erigirían en símbolos de fecundidad, en animales sagrados dotados de una aureola genésica fuera de lo común. De aquí lo de "tiene el toro que joder por él y por el buey".

Por tierras del Nilo, el buey Apis o toro sagrado, al arribar a Nilópolis, asistía a una ceremonia fecundante. Cientos de doncellas mostraban sus vientres ante él esperando recibir sus influjos generadores. Numerosas culturas antiguas relacionaban muy directamente a sus dioses fecundadores con el toro. A Indra, por ejemplo, se le llama "Sahasramushka", que es lo mismo que llamarle "el toro de la tierra de los mil testículos". Estos dioses, que también son divinidades de las tormentas (el trueno es semejante al mugido del toro), se encuentran en hierogamia con la diosa madre o diosa Tierra, a la que se representa, en más de una ocasión, como una vaca. En el santuario más antiguo conocido, que es el de Tell-Khafaje, aparece la imagen del toro junto a la de la diosa madre.

En nuestra extensa piel de toro (hasta adopta la forma de la piel de este animal nuestro relieve) quedan recuerdos de otras épocas. Nárranos Estrabón que abundaban sobremanera los toros en la antigua Hispania. Y Diodoro (IV, 18, 3) afirma que desde la época de Gerión eran sagrados los toros entre los hispanos. No iría descaminado el geógrafo griego, pues depósitos de huesos de tales bóvidos aparecen en grandes cantidades junto a Numancia. Las cerámicas polícromas del mismo lugar también nos pintan toros y danzas. Y qué decir sobre la llamada "cultura de los verracos", donde las toscas esculturas de toros y cerdos hablan de la sacralidad de estos animales por parte de vettones y otros pueblos prerromanos...

De tiempos históricos, queda, en nuestro solar hispano un eco de corrida nupcial, acaecido en Ávila en el 1080, por motivos de los casorios entre el infante don Sancho de Estrada y doña Urraca Flores. En León, volvemos a encontrar, en el 1114, otro acto semejante cuando tocan a las bodas de una hija de don Alonso VII, el Emperador. y el fuero de Tudela, fechado en 1122, refiere los desaguisados ocasionados por los toros que "fueron traídos por razón de bodas o nuevo misacantano". O sea, que las bodas de los curas también se celebraban corriendo toros. y hasta debía de haber bastantes clérigos que se lo montaban por todo lo alto dando muletazos. Por ello, ciertos Papas -sin sangre íbera en sus venas, claro está- pusieron coto a estos "excesos". La bula "De salute Gregis" (1517) sanciona a los que asistan a lidias y encierros con pena de excomunión y se avisa, además, que "no se dispensará sepultura eclesiástica a quienes murieran por obra de pitones". Pero maldito el caso que hicieron los españoles a tales sentencias, por lo que el Papado se tuvo que contentar con prohibir el toreo a los curas; asunto que se cumplió a medias.

Si en cierto modo los novios necesitan que el toro les transmita los poderes fecundantes, no concuerda muy bien el mito con los curas, a no ser por aquello de "si el cura no tiene mujer, el que la tenga la ha de poner". y es que los curas toreaban, vamos que si toreaban. Si no llega a ser por Fernando VII, todavía estarían los curas de Arnedo con el capote en las manos. Porque en ese lugar riojano, al llegar San Marcos, se corría el toro junto a la ermita del santo, siendo el primero en entrar en lidia el cura; después torearían el resto de las fuerzas vivas del municipio.

Vamos desbrozando obstáculos, y ya parece que el carácter fertilizante, genésico y viril que rodea al toro se nos viene con toda su fuerza. Por algo, en León, aún seguían, en el siglo XVI, las solteras bailando unas extrañas danzas delante del toro muerto. Hasta la magia contaminante hace su aparición en torno al mito del toro; y, por ello, Plinio nos cuenta que la sangre de un toro negro y bravo provoca en la mujer el "taedium veneris". Medicina común ha sido por nuestras aldeas perdidas el aplicar hiel de novillo a ciertas dolencias de la matriz. Hoy aún siguen los quintos, en algunos pueblos extremeños, cortando las gandumbas a los becerros que se llevan a las capeas, para comerlas en hermandad, posteriormente.

ELEMENTOS RITUALES DEL TORO DE SAN JUAN

Habría que preguntarse en primer lugar: ¿Cómo se corría antiguamente el toro de San Juan? ¿Se corría suelto o ensogado? Ya vimos cómo el corregidor Pedro Vallejo explica, ante la Chancillería de Valladolid, que "desde tiempo inmemorial, tenían por costumbre correr toros ensogados los días de San Juan, Santiago, Santa Ana y Visitación de Nuestra Señora". En el siglo XVII, por lo tanto, el toro de Coria iba enmaromado. Pero el asunto de las maromas no debió de satisfacer mucho a los corianos. Antes de que llegara la prohibición de correr los toros de tal guisa (orden de 5 de febrero de 1908, dada por el ministro de la Gobernación, el Sr. De la Cierva), nos encontramos con una descripción de la fiesta, realizada, en 1903, por don Zacarías Manuel Delgado. Leyendo sus líneas, se ve claramente que la mojiganga taurina era semejante a la de hoy en día. Los corianos no esperaron a que el ministro de la Gobernación viniese vetando el ensogamiento; ellos lo suprimieron antes.

Y a buen seguro que, antes del XVII, también dejarían al toro suelto. Nos guiamos, al hablar así, por la viñeta que aparece ilustrando la cantiga 144 del rey Sabio, que ya detallamos más arriba y que nos describe el suceso de Plasencia. En esta miniatura (siglo XIII), se observa a un toro corniveleto que aparece suelto dentro del recinto amurallado. Diecinueve personajes, encaramados en una balaustrada, lo citan y le arrojan dardos.

Juega baza importante en este festejo el rito -ya desaparecido- de colocar las chatas banderillas al astado a su salida del toril. Ha supuesto esta ceremonia la pervivencia de los ritos nupciales de los que nos habla el Códice Escurialense del siglo XIII. Su significado aparece claro: las banderillas, fabricadas primorosamente por las novias, suponen la arteria que transmitirá el poder fecundante del toro al novio y, a través de éste, a su prometida, verdadera receptora de la fuerza genésica del dios-toro.

Murieron las banderillas, pero siguen los "soplillos". En el siglo XIII, también los utilizaban. La viñeta de la cantiga es bien llamativa al respecto. Se observa en ella cómo tres rehiletes han sido arrojados contra el toro. Uno de ellos ha hecho blanco y se ha incrustado junto a una oreja. Ahora los rehiletes se han transformado en pequeños dardos, fabricados con alfileres, que se lanzan al bicho por medio de unas cerbatanas llamadas "trabucuh". No se busca herir al animal, sino hacer que se encrespe, que se enrabie y acometa con mayor fiereza.

La muerte del bicho implica la culminación del ritual. Hoy, es el tiro de fusil el que acaba con él en cualquier plazuela. Antes, y según la crónica de 1903, recibía una muerte más rumbosa y menos macabra. Siempre había algún valiente que, estoque en mano, le hacía doblar las rodillas. Nada más caer, acude presto el mozo a llevarse las turmas, la bolsa seminal donde se concentra todo el potente poder fecundador.

Quien la consiga, se erige en auténtico triunfador de la fiesta; ha alcanzado, nada más y nada menos, que el tesoro más preciado de la divinidad fecundadora: el receptáculo donde acumula y guarda el elixir mágico de la vida. Ahora es el mozo el dios, el que mayor virilidad posee de toda la concurrencia; por eso levanta los brazos y pasea, triunfante, mostrándolas a todo el mundo, las abultadas turmas del toro sacrificado. Habrá otros que impregnen sus dedos con la sangre roja, tremendamente roja del astado, y se colorean labios y frente. También así ejercerá su influjo la fuerza generadora del toro.

Nadie quiere quedarse sin recibir parte de los efluvios que irradia el astado de San Juan. No hay mejor remedio contra la esterilidad. Por ello, ahora, después de que la muerte -no eterna, sino temporal- nubló lOs ojos del dios-toro, habrá que comulgar, en fraternal ágape, con su carne.

Cada peña come de su toro, del dios negro que, henchido de fuerza y bravura, vino a enseñorearse y.a fecundar las calles de Coria. Huele a totemismo la postrera ceremonia. Se devora al dios con fruición. Es una auténtica comunión. Ya pueden los corianos darse por satisfechos. Se han alimentado, a conciencia, con la sangre y la carne de su principal deidad. Los poderes del dios-toro (sacrificado para que siga el ritmo de la vida) han pasado a los descendientes de los rebeldes lusitanos y vettones.

A ESPERAR OTROS SANJUANES

Tupidos han quedado los corianos de sexualidad y fuerzas fecundantes. Muchos serán los que, en esta noche, llamen a Eros a gritos. No hay mejor fecha para transmitir los poderes que prestó el dios-toro y rendir, así, culto ala fecundidad, veneración y acatamiento a los atributos divinos de la prepotente y negra fiera. La orgía erótica se desata. Y el dicho popular cabalga cálidamente por los rincones de Coria: "la que sanjuanea, marcea".

En Coria la vettona y lusitana, la árabe y la cristiana, aún permanece el vestigio arcaico de la fiesta del toro. No se contaminó el ritual. No degeneró en corrida caballeresca como en tantas y tantas villas y ciudades. No le gustaría a los Alba, dueños y señores de estas tierras, alancear toros desde un caballo. No me atrevería a jurarlo, pero tal vez sea Coria el lugar de nuestras Españas donde con más fidelidad y con más apasionamiento se conserva el mito y el rito del toro, del dios negro de la fecundidad y la tormenta.

Pero aquí, por estos campos extremeños, debió acunarse, más que en parte alguna, el sagrado misterio del toro. Referencias históricas hay muchas. Son siempre los pueblos extremeños los que ganan. Nuestros toscos toros de piedra, labrados en los berrocales de nuestra penillanura extremeña, parecen adquirir vida en esa " Vaca-Moza" de Montehermoso, en e] "Toro de Andas y Volandas", en la "Vaca-Morena" de Orellana la Vieja, en la "Vaca-Antruejo" del Señorío de Granadilla, en el "Toro de San Marcos" de Brozas y Casas de don Gómez, en tantas y tantas de nuestras capeas y -¡Cómo no!- en la grandiosa fiesta del Toro del San Juan coriano.

El esotérico atavismo de esta vieja raza no ha perdido su furor fecundador. Por eso, Cachicá, el tamborilero, cierra las fiestas con la significativa tonada de "La Remolona", síntesis de lo que fue, es y seguirá siendo la conmemoración en torno al dios-toro de la cívitas cauriense.

"Debaju del tu mandil,
tienih el lechu floríu;
y yo, cumu un toro bravu,
al tu reclamu he veníu.

A la Remolona la ha cogíu el toru
y la ha metíu el cuernu pol el ah de oru.
A la Remolona la ha vueltu a cogel
y la ha metí u el cuernu pol allí otra vé".

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BIBLIOGRAFIA

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