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ANIMALES GUÍAS EN EXTREMADURA (I)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 330.

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I


Por las comarcas de Las Hurdes, Sierra de Gata, Las Villuercas, Los Montes o Los Ibores existen ciertos relatos que suelen tener a médicos o curas por protagonistas. Avisados en la noche de la necesidad de acudir a sanar o dar los últimos sacramentos, y no habiéndoles notificado la localidad del enfermo, montan en el jumento, al que han echado el cabestro sobre el pescuezo, y el animal instintivamente lo conduce hasta la misma puerta del que requirió sus servicios.

Y ejemplos abundan por toda Extremadura acerca del aldeano que se duerme sobre su montura, perdiéndose de sus acompañantes en la oscuridad de las dehesas o de los montes. Y, curiosamente, llega a casa mucho antes que aquéllos por la sencilla razón de que su cabalgadura ha seguido rutas desconocidas o caminos que hasta esos momentos se consideraban intransitables. En este sentido cabe fijarnos en uno de los relatos que se centra en el paso de un animal por determinados puentes con alguno de sus arcos derruidos, y cuyos pilares se unen mediante una viga o una carcomida cimbra que sólo osaría pisarla algún que otro suicida. Apenas difieren los hechos que se narran en relación con los puentes de Alcántara, Alconétar, Almaraz, Berrocalejo o del Cardenal, todos sobre el río Tajo, a los que distintos episodios bélicos cercenaron cualquiera de sus ojos. Como muestra nos fijamos en la narración, muy popular en las localidades del Parque de Monfragüe, acerca del último puente citado, el que en 1450 construyera el entonces obispo de Plasencia don Juan de Carvajal:

“Cuenta una leyenda que, a mediados del siglo XIX, un arriero trujillano que frecuentemente pasaba por el puente en dirección a Plasencia, llegó una noche dormido a lomos de su jaca, justo en la época en que el puente estaba destruido y tan sólo una delgada viga unía las dos partes en que había quedado dividido. Al amanecer, preguntáronle en Villarreal que cómo es que venía de Plasencia, si le esperaban de Trujillo. El arriero les contestó que venía de Trujillo, replicándole los aldeanos que tal cosa era imposible dado el estado en que se encontraba el puente. En medio de la acalorada discusión alguien concluyó bajar al río para hacer la comprobación. El arriero, al ver la viga colocada sobre el abismo por el que había pasado disfrutando de algún feliz sueño, no dio crédito a su hazaña y así fue que continuó camino a Plasencia. Allí, la chiquillería le vio tambalearse sobre la heroica mula, creyéndole borracho, y al ir a burlarse de él, descubrieron que estaba muerto” (1).

Puede ocurrir que el paso sobre el agua no se deba tanto a que el animal se ha convertido en guía indispensable como a un hecho milagroso, razón por la que no se precisa ni tan siquiera recurrir al ruinoso puente. Tal es el relato de Fray Bartolomé de Pozuelo, uno de los aprobantes del libro del Padre Antonio de Trujillo acerca del “Toro de San Marcos” (2):

“Refiérese en la «Crónica» de nuestra provincia de San Gabriel, que como un devoto secular, vecino del lugar que llaman del Hinojal, dos leguas del Pedroso, llevase en un jumentillo la limosna al convento del Palancar, adonde era guardián San Pedro de Alcántara, le cogió la noche en el camino; llegaron al río Tajo sin poder advertirlo por la oscuridad; paróse el jumento, dábale de palos el hombre para que pasase (juzgando era un arroyo que está antes de dicho río), y viendo que no lo hacía, dijo: –«¿Anda, ahora te paras cuando voy á llevar la limosna á Fray Pedro de Alcántara?». Y al articular el nombre del santo, pasaron hombre y jumento sin mojarse, ni aun reparar si habían pasado el río, hasta llegar al convento. Si este milagro hizo Dios por los méritos de San Pedro, aun viviendo mortal en la tierra, al pronunciar su nombre, ¿por qué no será creíble el que amanse un toro á la invocación del nombre de San Marcos, que reina inmortal con Dios en la gloria, no siendo menos los merecimientos de nuestro sagrado evangelista?” (3).

La localidad de Jarandilla se vuelca en devoción a Nuestra Señora de Sopetrán, una Virgen importada desde las tierras de Hita a la que desde hace siglos, se celebra “con gran fiesta y romería el jueves que precede al de Ascensión” (4). La llegada de tal advocación y culto llegó a la villa por medio de una mula soltada a su libre albedrío, a la que el pueblo le había confiado el destino del voto hecho para librarse de una plaga que asolaba sus campos. El corresponsal del geógrafo Tomás López de Vargas Machuca sintetiza el hecho acaecido en 1374 en los siguientes términos:

“… viendo que los humanos medios no bastaban, se congregaron sus vecinos, haciendo voto a Nuestra Señora sin determinar título ni ymajen, púsose el voto de dos arrobas de zera en una mula y seguida de dos comisarios, sustentados milagrosamente, llegaron al monasterio de Sopetrán, que dista 50 leguas en la Alcarria, y postrándose el bruto ante la sagrada ymajen, tocándose las campanas y aviertas las puertas de la hermita, todo milagrosamente quedó libre de dicha plaga, conservándose hasta oi dicho voto y renovándole cada dos años el jueves, antes de la Ascensión del Señor, en cuio día, por la mucha concurrencia de jentes, se hace una especie de mercado o feria” (5).

Más explícita resulta la narración en la pluma de Acedo de la Berrueza, un cronista jarandillano del siglo XVII, a través de la cual podemos ver el caminar de la mula cegada, convertida en animal guía, contraviniendo los deseos incluso de los acompañantes que dan fe de sus pasos, hasta desembocar a la localidad toledana de Hita:

“Sucedió, pues, en tiempo de los antiguos de aquella provincia de la Vera, y particularmente la villa de Jarandilla, se vió perseguida por algunos años de la calamidad de un gusano, que llaman oruga, que al desabotonar la flor, y echar los árboles sus hojas, las roía, y los dejaba perdidos, para no llevar fruto ninguno en mucho tiempo. Vióse la villa afligida, y determinó acudir al cielo, para que por medio de la Divina Providencia se remediase aquella necesidad, procurando aplacar la ira de Dios con plegarias, ruegos y oraciones, y vertiendo mucha sangre de sus cuerpos, hacían procesiones muy largas; y viendo que por los pecados del pueblo no se aplacaba su enojo, determinó la villa, nó sin divino acuerdo, que se pidiese entre los vecinos de ella una limosna, como se acostumbra en semejantes ocasiones, y de lo que se sacase de ella se comprase cera, y se ofreciese á una Imagen de devoción, para que por su medio, pidiendo á Dios misericordia, cesase aquella plaga. Hízose así, y al tiempo de ofrecerla hubo algunas disensiones entre los vecinos de la villa, sobre á qué Imagen de devoción de las que la villa tiene se había de ofrecer la dicha cera; y Dios, que para mayor gloria suya lo determinaba así, permitió que por entonces no se concordasen: y para quitar disensiones y contrarios pareceres, se resolvieron en que se cargase una mula con la cera, y en medio de la plaza, á vista de todo el pueblo, la tapasen los ojos, y así tapada, la diesen al rededor tres vueltas, hechas y deshechas, y después, descubriéndola los ojos, la dejasen ir á su voluntad á donde su natural instinto la llevase. Salió la mula de la villa, y á vista de todo el pueblo que la seguía, comenzó á caminar sin poderla detener, tomando la vereda del camino real que va para Madrid. Bien quisieran los naturales que se encaminara por la parte de alguna Imagen de devoción de las que están en la jurisdicción y comarca de la villa; mas como voluntad de Dios no era esa, y los vecinos se cansasen de seguilla, dispusieron, viendo que la mula no quería parar en parte ninguna, que dos honrados hombres de los que iban en el acompañamiento la siguiesen fuese á donde fuese á parar a su albedrío; y así, pues ya parecía más obra de Dios que de hombres, dejasen la cera á la Imagen más cercana, en donde la mula parase… Llegó, pues, la mula á emparejar con la ermita de San Clemente, que está media legua de la villa, y hace calle al camino real, y allí quisieran los que la seguían que parara; mas como la guiaba otro encubierto y verdadero guiador, cogió la vuelta por detrás de la ermita, que hace una trochecilla, y con más acelerado paso siguió su vereda. Caminó otras dos leguas adelante, y hizo frente al Sagrario de la suntuosa ermita de Nuestra Señora del Cincho, imagen de grande devoción por los muchos y grandes milagros que hace cada día en toda la tierra, y tampoco fué posible, por más que la careaban hacia allá, el querer pasar allí. Caminó hasta llegar al río Tiétar, que está otra media legua más adelante, y llegando á sus orillas, se arrojó á las aguas, que por ser en Mayo no iban muy crecidas, y lo mismo hicieron los que la seguían. Viéronse confusos, y no sabían qué hacer; porque como habían salido de su casa (no sabiendo el secreto que Dios tenía encubierto) sin prevención ninguna de sustento, quisieron volverse a sus casas; y aunque lo determinaron, pensando que caminaban hacia allá, se hallaron á la vista de la Corchuela. Eran buenos cristianos, y ya Dios inspiraba en sus corazones que aquélla era más obra divina que humana; y así, se determinaron á no la dejar hasta ver en lo que paraba, pues era fuerza que la mula se cansase y descansasen ellos. Ya la hambre los rendía, y la vergüenza de pedir limosna los empachaba. Llegaron, pues, á la Corchuela, lugar pequeño y de poca vecindad, á donde está un Santocristo muy devoto y milagroso; y siendo así que el camino real entra por medio del lugar, no quiso la mula entrar por él, sino por de fuera, donde se puso á pacer en un pequeño pradillo que la necesidad le ofreció para su alivio á la orilla de un arroyo que pasa por allí… Era, como queda dicho, por el mes de Mayo, y para dar alivio á su cuerpo descansaban algún rato de la noche en los prados, á donde también la mula se apacentaba, porque jamás fué posible querer la mula entrar en poblado ninguno, si había trochas ó algunas sendas por defuera por donde pudiese caminar.

El convento de Nuestra Señora de Sopetrán, que es donde está la santa Imagen, es de monjes del Orden del glorioso Padre San Benito, y está algo, aunque poco, distante y apartado del camino real; y así como la mula llegó á encarar con la puerta de la iglesia del convento que mira al mismo camino, se apartó de él y de carrera se fué allá, y como, por estar los religiosos en silencio, la tenían cerrada, comenzó la mula á dar cabezadas en la misma puerta de la iglesia, como diciendo que la abriesen, y allí se postró en el suelo á modo de arrodillada; que aun á los irracionales, y más cuando son guiados por su Criador, no les falta el instinto natural que Dios les dió para obrar.

(…) Conoció el Abad que aquel era un grande milagro que aquella santa imagen de nuestra Señora de Sopetrán había obrado en aquella santa casa, porque no tenían ni se hallaba cera para poder decir misa en el convento, por ser el año estéril” (6).

Desde aquella fecha todos los años la localidad de Jarandilla renovaba el voto de las dos arrobas de cera, que directamente una comisión de vecinos, acompañada del clero y siguiendo un ritual establecido, llevaban hasta el convento de Hita. Aunque la tradición apunta los castigos que devinieron contra las propiedades de los jarandillanos un año que olvidaron llevar la ofrenda, lo cierto es el voto se mantuvo hasta que la Virgen de Sopetrán tuvo su propio santuario de Jarandilla, allá por las postrimerías del siglo XVII.

La imagen del Cristo del Amparo de la localidad de Jerte aparece envuelta por una aureola milagrosa, no siendo el prodigio menos importante el que da origen a la ermita que se constituye como centro de su devoción y en el que juegan su papel los animales que guían el carro que transporta su imagen.

La leyenda insiste en que los jerteños consiguen reunir dos talegas de oro, la cantidad suficiente para igualar el peso de la imagen de un crucificado que deseaban adquirir. Era la cantidad estipulada por su dueña, una viuda de Losar de la Vera, que había heredado la talla de su marido con la promesa de no desprenderse de ella. Puesto el Cristo en el plato de una balanza, bastó con depositar en el otro trece monedas para equilibrarse el peso. Los ahora legítimos dueños colocan la imagen sobre un carro tirado por un par de mulas y emprenden el camino hacía Jerte. Los vecinos lo esperan jubilosos a la entrada del pueblo, por lo que todos son testigos de un nuevo prodigio. En un llano próximo a las primeras casas las mulas se detienen y ambas caen fulminadas. La muerte repentina de los dos animales es interpretado como un signo de la divinidad que quiere recibir culto en ese mismo lugar. Al instante se levanta la ermita y las mulas son enterradas en el atrio. Antaño, aseguran los jerteños, el 16 de julio, festividad del Cristo del Amparo, la piedras del suelo rezumaban sangre que provenía de las mulas enterradas en tan sagrado lugar (7).

Las mulas, en este caso los mulos, que transportan una imagen y que con su forma de actuar propician una devoción en un lugar determinado nos la topamos en la localidad hurdana de Pinofranqueado, en relación con Nuestra Señora de la Encina, una Virgen que no está exenta de tintes dendolátricos. Cuentan algunos lugareños que esta talla había recibido culto, al lado de otro icono de Nuestra Señora de los Angeles, en el convento franciscano que se levantaba por las tierras de la alquería de Ovejuela, junto al nacimiento del río al que esta advocación le da nombre.

Sin especificar los motivos ni ceñirlo a un tiempo concreto, algo normal en este tipo de leyendas, la imagen de Nuestra Señora de la Encina sale del convento de los Angeles en dirección a una “ciudad importante”. Al llegar a la capital del concejo, Pinofranqueado, los mulos que la transportan se detienen a la sombra de una encina, sin que las amenazas y los palos consigan que den un paso más. La tozudez de los animales es interpretada nuevamente como el designio divino de que Nuestra Señora, que desde ese instante será conocida bajo el apelativo de la Encina, quiere seguir siendo la protectora de estos parajes hurdanos. Lógicamente, también en esta ocasión, le construyen un templo en el que sigue recibiendo culto (8).

En Valverde del Fresno se habla de un Cristo, el que actualmente se venera en el humilladero de la localidad, que llevaban hacia Portugal en un carro de mulas y que sus dueños, no se sabe por qué razones, decidieron dejar aquí. Posiblemente estamos ante los restos de una leyenda del tipo de las enunciadas anteriormente.

El viejo convento franciscano de Nuestra Señora de Montevirgen recrea una leyenda que aún se mantiene vigente por las localidades pacenses de Acehuchal y Villalba de los Barros. También va a ser una mula la que con su actuación determine la adscripción de la deidad a un determinado lugar y convenza de la inutilidad de su traslado. En estos términos lo recoge una crónica franciscana del siglo XVI:

“(…) En este sitio apareció una imagen de Nuestra Señora sobre un pilar, y queriendo llevar la dicha imagen a Çafra la pusieron sobre una mula la qual rebentó luego, y la imagen fue buelta a hallar en el pilar (…)” (9).

Puebla del Maestre venera en su iglesia parroquial las conocidas como Santa Reliquias, traídas por el conde de la Puebla, antiguo señor de este enclave y dueño de inmensos predios en la comarca, en el siglo XVIII. Acerca de ellas el bachiller don Franciso Páes señalaba:

“(son) seis reliquias de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con su auténtica, a saber: una espina entera, un signum vía, un poco de cordel, un poco de púrpura, otro de esponja y otro de la Sábana Santa, en que fue envuelto el cuerpo de Jesús, y todas inclusas en un decente relicario, que lo donó a esta parroquial el Conde Calabrelo, como señor que entonces era de este pueblo” (10).

No nos llama ahora tanto la atención el poder de estas reliquias para favorecer los cultivos como la leyenda que las envuelve en relación con su traslado hasta Puebla del Maestre. Al igual que en el caso precedente, también la mula que las transporta cae muerta en lo alto del puerto desde el que se divisa el caserío (11). Esta muerte venía a significar el plácet para que los objetos de la pasión de Cristo tuvieran eterno cobijo en la localidad. También aquí una encina se convierte en testigo del prodigio, que cada año se hace patente por medio de las bellotas que nacen con la imagen de las reliquias “pintadas” en su caparazón (12).

A la entrada de Ahigal se levanta, en lo que aún es Cordel de Merinas, la ermita dedicada al Santísimo Cristo de los Remedios. A pesar de que existe una amplia documentación acerca del santuario y de la imagen, la leyenda va por otros derroteros. Una mañana unos campesinos encuentran una mula cargada con un gran baúl al lado de un regato. Suponen que el animal transporta los hatos de algunos pastores trashumantes que transitan por aquellos lugares y que deben estar cerca. Al regreso, con la puesta del sol, se sorprenden de que el animal permanezca estático y dan cuenta del hecho a la justicia local. Aquí sucede lo esperado, ya que responde al conocido arquetipo. Tratan de llevar el animal hasta una cuadra para que pase la noche, pero éste no se mueve por más que lo intentan. Por último deciden abrir el cajón por si dentro encuentran algo que los oriente acerca de su dueño, y lo que descubren es la imagen de un Cristo. Como pasan los días y nadie reclama deciden construirle una ermita en el mismo punto en que se detuvo la mula.

El cristo de la Bien Parada o Biemparada, que actualmente se custodia en la iglesia de Abadía y que antaño se veneró en el convento franciscano erigido a dos kilómetros de la población, está envuelto con los velos de lo prodigioso. La leyenda, ya recogida por escrito en el siglo XVIII, habla de la llegada milagrosa a estos parajes bañados por el río Ambroz:

“Su principio y etimoloxía fue aver venido dicha ymagen de Christo con la cruz no crucificado en ella, sin saverse de dónde, por la corriente de la aguas de un río que pasa inmediato a los 2 lugares espresados y collegio y paró en el sitio donde está el collegio, y se dice vino con la cruz enarbolada en alto por el río avaxo, hasta el dicho sitio que paró, cuyo prodixio es uno de los muchos que ay en quadros de esta santa ymagen en el collegio” (13).

Pero los procesos desamortizadores iban a dar al traste con la vida monacal y a acarrear la ruina de ese emporio de arte y espiritualidad. Cuenta una leyenda recogida en la localidad que el milagroso Cristo, en cuyo haber se contaban interminables portentos, fue reclamado por la cercana villa de Hervás, muy vinculada a los franciscanos del citado monasterio. Con el fin de transportarlo hasta aquella localidad se colocó en un carro tirado por dos mulas. Pero al pasar junto a la iglesia de Abadía, ambos animales reventaron y, aunque luego engancharon otras mulas, resultó imposible mover la imagen. Ello fue considerado como un deseo del Cristo de la Bien Parada de no quererse alejar del lugar al que había llegado siglos antes arrastrado por las aguas.

Otra leyenda, en este caso recogida en la vecina población de La Granja, hasta cierto punto en poco difiere de la referida. Sin tener en cuenta el interés de Abadía por el Cristo de la Bien Parada, representantes de Granadilla, Hervás, Baños de Montemayor y Béjar, se reúnen en la noche para discutir acerca de los derechos que cada localidad tiene sobre la imagen, habida cuenta de que sus guardianes franciscanos han de exclaustrarse. Al no llegar a un acuerdo deciden atar la talla sobre los lomos de una mula, a la que previamente han cegado, bajo el compromiso de quedar en propiedad de la parroquia de cualquiera de estos pueblos al que la acémila se dirija. Suelto el animal a su libre albedrío, éste escapa raudo en dirección a Abadía. Cuando los cuatro comisionados la alcanzan quedan sorprendidos al ver cómo la mula permanece de rodillas a la puerta de su iglesia de Santo Domingo. Nada pudieron objetar, ya que este comportamiento del bruto era la más clara manifestación de los designios de la divinidad.

No se llega bien a comprender, a no ser por la intención de eliminar rivalidades, el interés que a Hervás le atribuyen la anteriores leyendas pora hacerse con el Cristo de la Bien Parada, ya que esa localidad cuenta en su haber con la imagen del Cristo del Perdón a la que se le imputa toda clase de milagrerías. Entre ellas no es la menor el haber sudado sangre entre los días 17 y 19 de mayo de 1717, sangre que aún se exhibe como reliquia en unos corporales y que en su momento sirvió para sanar “cojos, tullidos, ciegos y varias calenturas, y diversas enfermedades…” (14).

Pero lo que realmente nos interesa es el origen de esta imagen del Cristo del Perdón que se custodia en el antiguo convento de los Trinitarios Descalzos y que participa de los mismos parámetros que venimos enunciando: la presencia de unos animales guías, que la leyenda no determina. Cuentan que en 1670, poco tiempo después de construirse el monasterio, los frailes, que se hallaban en oración de completas, se alarmaron al sentir unos fuertes golpes en la puerta del templo. Cuando salieron al exterior hallaron un carro, ya desprovisto de animales de tiro, cargado con una imagen envuelta en resplandores de luz. Se trataba de un Cristo arrodillado sobre el globo terrestre (15).

II

No es una mula como en los casos precedentes la que nos topamos en relación con el Cristo del Humilladero de Azuaga, sino a un humilde pollino. Apuntan las viejas informaciones, avaladas por los múltiples exvotos (16), que esta “Efigie que se lleva el cordial afectto y devoción de todo estte vecindario, por los muchos veneficios que ha recivido en todas las necesidades que ha recurrido a su divina proteccón y por los muchos milagros que ha obrado mandados por Real Provisión de Su Majestad y Señores del Real Concejo de las Ordenes de 1743 a los 14 de julio” (17).

Sabido es, según la leyenda, que los milagros del Cristo del Humilladero comienzan en el momento de su fortuita llegada a Azuaga. Y es fortuita por la sencilla razón de que el destino era otra innominada localidad. Así se cuenta que un hombre adinerado encarga a un prestigioso escultor la imagen más bella jamás imaginada de un Crucificado. Dos años tardó el tallista en ejecutar su trabajo. Con la obra colocada sobre un burro, el comprador inicia el viaje hacia su lugar de origen. Como se le echara la noche encima a su paso por Azuaga, decide pernoctar en un mesón. Cuando al amanecer va a emprender el camino se encuentra que el asno portador ha muerto. No le da mayor importancia al suceso e inmediatamente adquiere otro jumento, en el que coloca la divina carga. Pero, apenas dados unos pasos, el animal también revienta. La conclusión es evidente: el Crucificado quiere permanecer en Azuaga. Y de este modo acaba siendo entronizado en la ermita construida ex profeso sobre el mesón en el que había acaecido el prodigio.

El burro como animal guía, en este caso alejado de aconteceres religiosos, lo hallamos en relación con los consabidos tesoros que abundan a lo largo y ancho de las tierras extremeñas. Como ejemplo nos detendremos en una leyenda de Ahigal que nos presenta a un rucio, conocido como el “burro del tesoro”, propiedad de un hortelano que cultivaba su suerte por los aledaños del molino de Tío Juan Panaero. Su casi única ocupación consistía en dar vueltas a la noria con la que su dueño regaba la parcela. Cuando luego de terminar su labor, el agricultor le hacía bajar del altillo del pozo y le despojaba de las gafas de cuero para que campeara a sus anchas, que nadie crea que el animal descansaba un instante, sino todo lo contrario. Movido por una especie de impulso celestial se iba a un extremo del huerto y, como si continuara en la noria, comenzaba a dar vueltas en torno a un cancho.

Tal proceder llamó la atención del hortelano en el sentido de creer que el animal se había vuelto majareta de tanto girar en la noria. Considerándolo una simple curiosidad no tuvo mejor idea que contarlo un domingo en la taberna, sin prestar atención a que un mulero, de Dios sabe dónde, no quitaba oídos del relato y hasta se atrevió a preguntar por el lugar exacto del suceso. Esa fue su perdición. Cuando el lunes volvió a la faena del huerto, comprobó cómo el cancho había sido removido y junto a él se amontonaban fragmentos de una gran tinaja. El mulero había dado con el tesoro, porque sabía interpretar el lenguaje del burro, algo que escapaba al intelecto del hortelano. El nuevo rico, tratante de jumentos, antes de abandonar estos lugares dejó muestras de su agradecimiento colgándole al pescuezo del animal un fardel lleno de pienso y colocando sobre el primer canjilón de la noria una moneda de oro.

Y un burro guía es el que conduce al noctámbulo hurdano de Caminomorisco a la vera de un corro de brujas que danza a los compases que le marca un zángano (brujo) golpeando, a modo de tambor, una colmena de corcho. Las escucha luego que hablan de acudir seguidamente a la bodega de un convecino a dar cuenta del vino que guarda en sus tinajas. La actuación del burro sirvió para poner a salvo el morapio (18).

Las ermitas que hoy se alzan en los campos extremeños son una mínima parte de aquellas que hasta hace varias centurias eran reflejo de una expresión de la religiosidad popular. La documentación es precisa al respecto, al tiempo que cada vez lo son menos las ruinas que testifican su existencia. Aunque se puede rastrear en la mayoría de las ocasiones las causas de la desaparición de estos lugares de culto, en los que, en contra de lo que se cree, poco tuvieron que ver los procesos desamortizadores del siglo XIX. No siempre la historia coincide en su totalidad con las creencias mantenidas por el pueblo. Por no salirnos del tema que nos ocupa, vamos a detenernos en algunos ejemplos en los que el fin del enclave religioso se le achaca a la “fuga” de la imagen, siempre una virgen, para buscar un sitio más propicio para ser venerada. En estos paseos la virgen en cuestión se vale del consabido jumento.

Nuestra Señora de la Argamasa tuvo su ermita a la vera del Alagón. Cuentan que una noche el santuario fue arrasado por una crecida del río. Pero la Virgen pudo salvarse al tener la precaución de montarse sobre un pollino que la condujo hasta la iglesia de Santa Catalina, de Riolobos, donde actualmente se sigue venerando. Y aseguran que ello fue así porque en el camino quedaron grabadas las huellas del animal que la transportara.

También dejó el rastro de las herraduras el burro que montó la Virgen de la Oliva, dejando atrás la ermita que se levantaba en el término de Segura de Toro, para dirigirse a un lugar que nadie sabe, donde recibiera el culto que merecía. Lo contrario sucedió con la vecina localidad de Cabezabellosa, a la que arribó a lomos del borrico, del que ella misma se había proveído, la conocida como Virgen del Castillo. Dicen que había escapado del actual despoblado de Romanejos, en las proximidades de El Torno, entonces una próspera localidad, cuyos vecinos la tenían olvidada. Por supuesto que no erró en el cambio Nuestra Señora del Castillo, ya que los bellosos la tienen en gran estima.

Menos acertada estuvo la Virgen de la Portera, que fue objeto de culto en un santuario que, al decir de los estudiosos, pervive de los tiempos paleocristianos (19) o visigodos (20). Apuntan en Garciaz, en cuyo término se ubica lo que queda de la vieja ermita, hoy convertida en establo, que la Virgen, ante el olvido de los garcieños, opta por hacerse un hueco en la misma iglesia del pueblo. Una mañana de invierno el sacristán, que con las primeras luces del alba acudía a tocar las campanas, encuentra la imagen a la puerta del templo resguardada por un borriquillo que estaba tendido a su vera y que, como lógicamente se supuso, le había servido de transporte. El portento debió suponer una reanimación del culto a Nuestra Señora de la Portera, aunque no debió durar mucho tiempo, ya que la imagen acabó en un lóbrego rincón. Es posible que la Virgen no hubiera errado si se dirige a la vecina Herguijuela, ya que hace unos años fue adquirida por su párroco y hoy ocupa un lugar prominente dentro de la iglesia de esa localidad.

Hemos visto en algunos de los casos precedentes que las huellas grabadas en el suelo se convierten en la prueba que sostiene la leyenda. Incluso en algunos aledaños de las ermitas extremeñas la imaginación cree ver las improntas de las herraduras, no del asno que utiliza la titular para poner tierra por medio, sino de la misma burra que montara la Sagrada Familia en su huida a Egipto. Indudablemente un largo trecho los guió el animal para librarse de la inquina de Herodes. Por los mediados del pasado siglo los vecinos de Ahigal distinguían con nitidez las marcas de las pezuñas en las proximidades del Puente de la Dehesa, lugar donde la Virgen se había manifestado en múltiples ocasiones. Otro tanto ha ocurrido en torno a la vieja ermita de Nuestra Señora del Fresno, en Granja de Granadilla, y de Nuestra Señora del Puerto, en Plasencia.

Por su parte en Garrovillas, frente al santuario de Nuestra Señora de Altagracia, no faltan devotos que dan por seguro que en una pila excavada en un canchal a flor de tierra fue donde bebió la errática burra cuando sobre sus lomos conducía a San José, a la Virgen y al Niño.

III

Mayor importancia si cabe son aquellas huellas atribuidas a míticos caballos. Entre éstos hemos de citar el jamelgo que montaba, que no dirigía, Santiago, ya que era el propio caballo el que conducía al apóstol entre el fragor de la lucha que dirimían agarenos y cristianos en las tierras de Extremadura. Nos encontramos ante un auténtico animal guía. Una huella de la pisada del blanco caballo santiaguista, bautizada como “Pie de Santiago”, se observa marcada en una peña de las estribaciones del Calvitero, cuando tuvo a bien participar en la batalla de Vega Escobar, en los términos de Tornavacas (21), al lado del Conde de Castilla Hernán González. El clérigo tornavaqueño don Miguel Rodríguez en el año 1786 no aludía a la pisada en cuestión para testificar la presencia del apóstol en la referida batalla, sino al hecho de que la iglesia de Santiago de Aravalle está dedicada al Matamoros “por averse aparecido en la batalla, según se dice sobre un caballo blanco, en cuia figura se venera el santo apóstol en la relacionada yglesia del lugar de Santiago, del que es annexo con los demás lugares referidos el de Casas del Puerto de Tornavacas” (22).

Pero no fue Santiago el único luchador de la corte celestial que tomó partido en esta batalla. El mismo clérigo al referirse al topónimo “Pie de los Santos” testifica que tal denominación tiene una razón de ser:

“por la tradición que hai de haver baxado por él algunos particulares sanctos, prottectores de Castilla, a la batalla en aiuda de los christianos en la que el heroico conde dio a los moros, y se dice que premeditando los vecinos de Tornavacas que en hechar a los moros de la tierra consistía su bien o mal esttar, acordaron junctar ttodo su ganado bacuno, de lo que ha sido y es abundante el pays, y que poniéndolo en las hastas luminarias o velas encendidas conducirlo en noche oportuna al puerto arriba, para que siendo visto de la morisma, ésta se sorprehendiese de terror, pánico y espantada hiciese, lo que tuvo el éxito deseado y con mandar tomar las bacas se vino a quedar el pueblo con el nombre de Tornavacas, cuio hecho debió de agradar tanto a quel héroe valeoso que otro tal hecho por Annival en los Apenninos, montes de Yttalia, desagradar a los cónsules romanos, que pasar no puedo con menos la acción que en conceder por armas a la villa una baca con dos velas atadas a las hastas, Ylumina dio mea terruit turbas ataurorum sarracetorumque fugere fecit” (23).

Extremadura cuenta con otros clavijos, en los que igualmente el caballo guía de una manera certera a Santiago para que éste ejecute la ira divina contra la morisma. La batalla milagrosa tiene por escenario las faldas de la Sierra de Dios Padre. En medio de la refriega los cristianos, que estaban extenuados, se vieron alentados por una visión que se presentaba ante sus ojos:

“(una) potentísima luz que envolvía, cual un nuevo Sinaí, al monte situado en sus cercanías, el que hoy llamamos de Dios Padre y antes de Santa Cruz. En su centro se notaban dos figuras: un gran Señor y un jinete. Rodeado de resplandores vieron al jinete cabalgar sobre su caballo blanco y con una espada alentadora en la mano. Ante su mirada atónita, el caballo saltó prodigioso y cayó en el lugar de la pelea, dejando grabada sobre una peña la forma de la pezuña con que tocó por primera vez el suelo. Desde entonces hasta tiempos muy recientes señalaban el lugar de la que fue definitiva victoria y la marca agigantada de la herradura. Todos los viejos lo recuerda y maldicen el cercano día que volaron con dinamita la peña para construir la carretera” (24).

También el caballo se convierte en guía en Cabeza la Vaca. No sólo es portador del apóstol Santiago, sino que al mismo tiempo propicia el descubrimiento de una fuente con aguas terapéuticas, luego conocida como “La pisada del caballo”, que da origen al arroyo de Los Linos:

“Tras la batalla (de Tentudía) las huestes sarracenas derrotadas y en huida, se ven acosadas por el ejército cristiano capitaneado por el Apóstol Santiago. Los restos del ejército musulmán emprenden su dramática retirada al abrigo de la topografía del terreno, donde son frecuentes las quebradas y barrancos, llegando así hasta el que se conoce hoy con el nombre de Martín Gil, por cuyas escabrosas profundidades discurre e1 arroyo de Los Linos, a la sazón seco sufriendo, también, el ejército cristiano las penalidades del calor y de la sed. Llegado un momento, los perseguidores desfallecen mostrándose incapaces de continuar el hostigamiento para culminar la victoria. En medio de esta situación desesperada el caballo que monta el Apóstol Santiago pisa, fuertemente, una roca y desde sus entrañas brota, al instante, un raudal de agua limpia, fresca y ferruginosa… con la que saciar la sed y restañar las heridas del combate.

Desde entonces la fuente vierte sus aguas al arroyo de Los Linos y junto a ella perdura la pisada del caballo grabada en la roca. Esta leyenda y la huella, clara, de lo que parece ser la herradura de un caballo inspira el nombre de la fuente” (25).

Ocasiones no faltan en las que el apóstol Santiago cede su puesto al mítico Roldan, que la leyenda y hasta la antigua historiografía lo posiciona acompañado de todos sus caballeros por los aledaños de Las Hurdes (26), tras una segunda victoria de los moros sobre don Rodrigo en la fabulosa batalla de Segoyuela, en las proximidades de Tamames. En contra de lo que cabría esperarse, no encontramos a Roldán buscando el enfrentamiento contra los moros:

“(…) el mismo sobrino de Carlomagno, entablaba batalla con Bernardo Carpio, un personaje del romancero castellano, quien, a través de los campos salmantinos, habría perseguido a Roldán hasta las cercanías de Tamames. En su huída, éste galopó, hasta llegar a una fuente de aguas medicinales, donde él y su caballo se detuvieron para saciar la sed. Al arrodillarse para beber en la fuente, Roldán dejó marcada, sobre una roca su huella, como también dejó el caballo la de sus propios cascos. Luego, el paladín prosiguió cabalgando, internándose pronto en la sierra, sin poder ser alcanzado por sus perseguidores” (27).

En esta huida quiere la tradición que el caballo conduzca al desfallecido paladín de la Tabla Redonda por los riscales de Las Hurdes hasta alcanzar las proximidades de la cueva del Morro del Moro. Ya a salvo de sus enemigos, el caballero desenvaina la espada y da una lanzada sobre la roca, brotando al instante un chorro de agua. Tal manantial pasaría a los siglos venideros con la denominación de Fuente de Roldán (28).

Son caballos igualmente los animales que algunas leyendas salmantinas convierten en conductores del paje y de la doncella de la Casa de Alba, que huyen de las iras del Duque, hasta los parajes de Batuecas, en otros tiempos nombre genérico de la comarca de Las Hurdes. Y también los jamelgos ayudarán a poner campo por medio a los asustadizos visitadores de las tierras recién descubiertas:

“Un hombre y una mujer de la familia del señor Duque de Alba se hallaban enamorados; y por huir de las iras del señor Duque, no teniéndose por seguros en España, se habían ido á unas montañas distantes de Salamanca como á 12 leguas, que por su aspereza no habían sido penetradas por ninguno de sus vecinos, más que de ellos; y subiendo estos tales por aquellas montañas pareciéndoles que habían llegado al cielo, descubrieron un valle, y en él á unos hombres sin cultura ni ornato de cuerpo, y de lenguaje no reconocido, si no es por algunos términos semejantes á los tiempos de los Godos, idólatras como judíos, aunque habían hallado algunas cruces algo perdidas su forma; y que dando noticia por la sierra de lo que habían descubierto, se juntaron algunas gentes de la familia del señor Duque de Alba con armas, habían penetrado y atravesado por los montes y sierras en dirección á aquel valle; y que cuando penetraron en las montañas y se acercaron á tal valle, tuvieron que huir á uña de caballo por temor á aquellos seres humanos del todo desnudos, y que se mantenían de bellotas y castañas que produce el terreno” (29).

De entre los viejos romances que aún se entonan en Extremadura destacamos aquel que participa del contexto que venimos analizando y que, sin variantes reseñables en su argumentación, responde a los títulos de “Los dos hermanos”, “La morita”, “La mora cautiva” y otros. En ellos vemos cómo el hermano o el padre se deja llevar por el caballo que va a saciar su sed a la fuente o al río, donde encuentra a la bella agarena que se declara cristiana y que no duda en huir con él montada a la grupa. Al final la joven se reconoce como hija o hermana del rescatador. Así lo recogen los postreros versos del romance de Arroyo de la Luz:

–Lloro porque en estos montes
mi padre a cazar venía,
y mi hermano Bernabé
de compañero traía.
–¡Lo que oigo, Virgen Santa,
lo que oigo, madre mía!,
pensando traer una novia
traigo una hermana querida (30).

Más interesante desde el punto de vista que venimos tratando resulta el desenlace de la composición escuchada en Marchagaz:

Se han montado en el caballo,
que pa España los traía,
y en el medio del camino,
la mora que se reía.
–¿De qué te ríes, niña linda?
¿De qué te ríes, mora mía?
No te rías de mi caballo,
que por los montes nos guía.
–No me río de tu caballo,
que por los montes nos guía,
porque me río de esta tierra,
porque toda ella es mía.
–¿Cómo se llaman tus padres?
–Mi padre se llama Elías
y tengo un hermano pequeño
que se llama Zacarías.
–¡Por el Dios que está en los cielos
y la Sagrada Familia,
que fui en busca de una novia
y traigo una hermana mía.

Una leyenda de tintes románticos nos presenta Alvar Núñez de Castro requiriendo de amores a Margarita de Narbona, viuda del infante don Pedro de Castilla, que al frente de un grupo de aguerridos caballeros se han refugiado en la fortaleza de Granadilla, sitiada por los Infantes de la Cerda, sus enemigos. Ante la traición que trama Alvar, es la propia Margarita la que hiere por la espalda a su pretendiente. Atravesando un pasadizo, Núñez de Castro aún tiene tiempo de montar en un caballo antes de perder el sentido. Y este caballo sorteando todos los peligros que halla a su paso conduce al moribundo al convento franciscano de Abadía, donde puede confesar antes de entregar su alma. Fue Alvar Núñez de Castro enterrado junto al altar mayor, si bien cada noche abandona la sepultura para cabalgar sobre un negro caballo por los alrededores de la amurallada Granadilla que quiso abandonar a su suerte.

Un caballo condujo a Núñez de Castro hacia su arrepentimiento y también va a ser un caballo el que, en Santa Cruz de Paniagua, haga salir de su ateismo a un Capitán de los Tercios, que no duda en burlarse en la misma mañana de Viernes Santo de Fray Pedro de Alcántara que hace oración ante un crucificado:

“–¡Basta ya, frailecillo, que hasta mi caballo se impacienta! ¿No lo veis? ¡Humillarme yo ante ese palo, todo un Capitán de los Tercios de Flandes! Eso se deja para los borreguitos como vos –remató el burlón Capitán.

Y tras la cual, intentó seguir su camino. Tiró al caballo de las riendas, picó espuelas una y otra vez, increpólo airado, duramente, con una horrenda blasfemia, pero no logró moverlo, arrancarlo de su sitio, al que parecía clavado.

Pero de pronto, el animal dio un relincho, enderezó las orejas, bajó la cabeza, y por un extraño y superior impulso dio unos pasos hacia adelante y doblando los remos delanteros se precipitó de rodillas hasta el Oratorio, obligando en el impulso al Capitán a caer también de hinojos, rendido y humillado, ante la Cruz y el Cristo, cuyos brazos abiertos, milagrosamente se alargaron y tierna y amorosamente en su torno se cerraron y en un abrazo lo recibieron.

El suceso levantó un clamoroso fervor de Fe en el pueblo, de milagro se le catalogó; y el bravo y bizarro Capitán de los Tercios de Flandes en un manso y dócil corderito de la mano de Fray Pedro se convirtió.

…Y arrepentido de por vida, creyente ya, murió de viejo, sin más familiar que aquel de la Santa Iglesia, que como buena Madre lo recibió y por hijo lo adoptó, en cuyo favor ante Eclesiástico Notaria testó, mandando que a su muerte todos sus bienes fuesen vendidos y con su producto por el Obispo y el Cura Rector de la Villa se procediese a la erección en aquel lugar de un Templo en honor del Cristo de las Batallas, por ésta, la más singular que él había librado, que habría de llevar el nombre que al Oratorio famoso le diera el frailecito aquél, que por sus méritos llegaría un día a ser San Pedro de Alcántara…” (31).

IV

El anterior constituye el único caso del caballo que de alguna manera participa en la erección de un santuario. Contrasta, indudablemente, con la proliferación de acontecimientos en los que el toro se convierte en causante de una devoción, generalmente de tipo mariano. Aunque en algún momento levantaremos un mapa de enclaves relacionados con la tauromaquia religiosa en Extremadura (32), ahora nos detendremos en leyendas concretas en las que el cornúpata colabora en el hallazgo de la imagen a la que, a partir de ese momento, se le va a rendir culto.

Sin embargo, podemos toparnos con algunos relatos, como el que alude a Nuestra Señora de los Santos, de Aldeacentenera, en los que el animal no participa del descubrimiento, sino de su propagación, si bien su argumento lo suponemos como una derivación de la que debió corresponder a sus orígenes. Esta imagen, una talla de vestir de la segunda mitad del siglo XIV, que se venera en una ermita próxima al pueblo (33) fue antaño honrada en el cerro del Bote (34), dentro de la vecina dehesa de los Santos, sitio al que aún acude la juventud de gira en la festividad de Todos los Santos a dar cuenta de las castañas asadas, los coquillos y los cerandillos.

Dicen que un vaquero que cuidaba las reses del marqués de Risel en la citada dehesa cierto día observó que unos espinos habían florecido, siendo pleno invierno, y se acercó a observarlos lleno de curiosidad. La sorpresa fue mayúscula cuando se percató que dichos espinos rodeaban una imagen de la Virgen, que en aquel preciso instante tomó la palabra para pedirle la construcción de una ermita. El caporal acudió al pueblo para dar cuenta del prodigio y de manera inmediata los vecinos eufóricos comenzaron las obras del santuario en el que cobijar la talla encontrada. Y en esos momentos va a ocurrir otro hecho milagroso. Un toro bravo escapa de la vacada y arremete contra el joven, que apenas tiene tiempo para alcanzar un pedregal y pedir protección a la Virgen que se le había manifestado. También al pedregal asciende el toro, con la suerte de colar una de sus patas por una de las rendijas de la roca, quedando inmovilizado. Hay quien apunta que quedó clavada sobre la dura roca (35). A los terribles bramidos acudieron el resto de los vaqueros, que pudieron poner a salvo al apurado colega. Como muestra del portento aún se ve sobre el cancho la huella marcada por la pezuña del toro (36).

A tenor de lo señalado anteriormente, hemos constatado una versión de la leyenda, prácticamente olvidada por los naturales de Aldeacentenera, que participa del contexto que venimos exponiendo. La fiereza del toro hace que el vaquero se refugie en el canchal, donde va a encontrar la imagen de la Virgen, y por cuya intercesión el animal queda apresado (37).

No es bravura sino docilidad la que muestra un toro que pasta en la dehesa de los Paniagua, en el término de la localidad verata de Gargüera. El animal llamó la atención del vaquero, por cuanto que diariamente se alejaba de la manada en una dirección invariable. Una tarde, atraído por la curiosidad, sigue los pasos del bruto y observa que éste permanece reclinado, cual si hiciera guardia, ante la pequeña imagen de una Virgen que él mismo había desenterrado al escarbar a los pies de un árbol. La talla, del siglo XIII, recibiría culto bajo el nombre de Nuestra Señora de la Torre, nominación que recibe del baluarte que junto a la ermita había levantado la familia de los Paniagua, repobladores del alfoz de Plasencia, al que estas tierras pertenecían.

Curiosamente se conserva otra versión de la leyenda que cuenta la invención de la Virgen de la Torre como un hallazgo que tiene por protagonista a un labriego que ara por aquellos parajes con una yunta de bueyes, lo que pone el hecho en relación con otros casos extremeños a los que posteriormente nos referiremos.

En el santuario pervivió su culto hasta los comienzos del siglo XIX y en él celebraban romería los vecinos de Gargüera y de Tejeda el segundo y el tercer día de Pascua de Resurrección respectivamente. La fuerte devoción hacia esta Virgen en el segundo de los pueblos se hacía patente a través de una pujante cofradía entre cuyas propiedades se contabilizaban “Resses Bacunas” que pastaban por los aledaños de la ermita.

No es extraño que la propia Virgen, cuando el santuario amenaza ruina, opte por trasladarse a Tejeda, desapareciendo una y otra vez de la iglesia de Gargüera, donde la había puesto a buen recaudo quienes se consideraban sus legítimos dueños. Estas repetidas fugas nocturnas y apariciones mañaneras en el templo de Tejeda fueron postreramente consideradas como testimonio del deseo de Nuestra Señora, por lo que se decidió que esta localidad fuera la custodia de la imagen (38).

Grandes parecidos guarda la leyenda de Nuestra Señora de la Torre con la de la Virgen de Cabezón, incluida la rivalidad entre dos pueblos que, en cierta medida, se disputaban su pertenencia. Es Nuestra Señora de Cabezón una imagen de la segunda mitad del siglo XIII y la ermita que la acoge, también de origen medieval, sufrió una total remodelación en el siglo XVII y épocas posteriores (39).

Cuentan que un vaquero de Holguera cuidaba los ganados de un rico propietario de Cañaveral en la dehesa de Cabezón, del término de este pueblo, en las proximidades del Puerto de los Castaños, donde otrora existiese una villa y un castillo templario (40). También aquí el mayoral fue atraído por la querencia que uno de sus toros mostraba hacia un lugar lleno de malezas muy cercano a un manantial de aguas salutíferas. Instintivamente buscó entre los rastrojales, topándose al pronto con una imagen de la Virgen María. Como el vaquero la llevara a su pueblo, pronto supieron de ello en Cañaveral y la reclamaron bajo el alegato de haber aparecido en su socampana. La disputa no se hizo esperar. Para poner fin al enfrentamiento se acordó que la propia Virgen decidiera el arbitraje. Y así fue como el pastor rogó a Nuestra Señora que mostrase públicamente su preferencia y ésta le manifestó que el deseo se expresaba en el fruto que llevaba en su mano: una lima. La decisión estaba clara, habida cuenta de que el pueblo era conocido como Cañaveral de las Limas.

Esta relación del toro–aguas–imagen mariana la encontramos en la Virgen del Puente de la Dehesa, en Ahigal. El hijo del vaquero de la Dehesa del Valverde acude cada día, en plena canícula, al lado de unos toros que tienen la extraña costumbre de trepar a unos canchales que se alzan en la orilla del arroyo del Palomero. En este lugar la Virgen se le aparece para indicarle que bajo ese suelo se hallan su imagen y los caudales suficientes para construir una ermita.

Un toro, aunque de manera muy distinta, es el que marcará el punto exacto en el se edifique la ermita de San Blas en Malpartida de Plasencia. Se celebró en el pueblo una capea y, a falta de talanquera, pusieron, cual si fuera un barrote más, la imagen del santo obispo de Sebaste. Y el toro, no exento de olfato artístico, corrió hacia la talla y le arreó tal topetazo que la lanzó largo trecho por los aires. El lugar en que aterrizó la religiosa estatua fue considerado por el pueblo como el idóneo para erigir una ermita en su honor, que no tardó en construirse (41).

En múltiples ocasiones nos encontramos toros, aunque sean toros encantados y transformados en piedra, los que se convierten en animales guías que anuncian la presencia de un tesoro. Y puede ocurrir que hasta el mismo toro no sea otra cosa que una descomunal pieza aurífera, aunque en estos casos casi siempre aparece oculto en pasadizos y cuevas de difíciles o imposibles accesos. Tal es el caso del toro que se localiza en el sitio de la Hoya, junto a los Riscos de Villavieja, en Casas del Castañar. Lo mismo ocurre con el que se oculta en el supuesto túnel que, en Tornavacas, une la llamada Casa del Obispo con la iglesia; a la entrada del antro, apunta la conseja, una inscripción da cuenta de los peligros que acechan al buscador: “El primero morirá; / el segundo lo verá” (42).

La plaza de Segura de Toro acoge una gran escultura de granito prerromana que representa un toro. Hallándose en el antiguo emplazamiento fue destrozada a golpes de marra con la intención de desprender la capa de cantería que, según la creencia popular, era poco menos que la piel que cubría la auténtica estatua de un bóvido de oro.

Madoz, al referirse a las antigüedades segureñas ya citaba al “corpulento toro de piedra berroqueña, perfectamente trabajado, el cual está caído sobre el lado derecho; un berraco o cerdo de la misma piedra, que hoy forma parte de la pared de un huerto” (43). Sobre el lado descubierto dicen algunos que se leía el enigmático letrero: “El que me rodee del otro lao / será afortunao”. Los buscadores de fáciles riquezas consiguieron invertir la gigante escultura, encontrando en otro letrero la explicación del precedente: “Ahora que estoy volteao, / me quedo más descansao”. Tal chanza fue la causa de que los burlados paisanos destrozaran la imagen.

Un emblemático prado del Monte de Ahigal lleva el sugerente nombre del “Prao del Toro”. Hace años me contaron que el motivo de tal denominación venía a cuento de que en este lugar antaño se encontraba la escultura de un morlaco en piedra granítica. La misma fue destruida en su totalidad para rescatar el tesoro que llevaba dentro. Y quién me lo contó aseguraba que las piedras fueron a parar a la pared del cercado.

Plasencia conserva la leyenda del “toro del tesoro”, adscrito a uno de sus parajes más singulares:

“¿No habéis oído referir que en ese edificio del Berrocal había un toro encantado, que conservando su forma estaba convertido en piedra, y con un letrero en las astas que decía: A donde mira el toro está el tesoro?” (44).

Idéntica frase lapidaria existe en Pasarón de la Vera en relación a su desaparecido toro pétreo que, según las informaciones locales, se hallaba en el Cerro del Verraco.

V

Hemos visto cómo el toro, prototipo de la fuerza viril, es capaz de descubrir e incluso extraer de la tierra la imagen religiosa, símil de lo femenino. No ocurre así con el buey, toro castrado, que ha de proveerse de elementos de simbolismo fálico que sustituyan su potencial genésico. Tal hecho ocurre con el arado que arrastra la yunta de bueyes y cuya reja penetra en la tierra. En todo caso la yunta, más que ser guiada por el gañán, es ella la que guía al labrador para propiciar los oportunos descubrimientos. Los ejemplos son elocuentes.

La iglesia de San Esteban, de Plasencia, sufre un robo sacrílego en la noche del 5 de mayo de 1813. Tal acto lo ejecutan dos ladrones, quienes sustraen un copón lleno de hostias consagradas y lo ocultan dentro de un hoyo que practican en una huerta cercana. El acta notarial levantada en aquellos días apunta que a la mañana unos bueyes que araban en dicha huerta “se quedaron clavados delante del copón y no hubo fuerza humana que los moviera, hasta que no fueron recogidas las Formas Sagradas y trasladadas procesionalmente a la catedral, hecho que sucedió tres horas después” (45).

El Cristo de la Capilla, de Orellana la Vieja, fue encontrado por los parajes de la Sierra de San Pedro, y a no más de una legua de la localidad, por un labrador que preparaba la tierra para la sementera. El hecho se recuerda en los versos de una de sus populares jotas:

El pueblo Orellana tiene
un orgullo bien fundado,
el Cristo de la Capilla
se lo encontraron arando.

También roturando, en este caso un robledal de su propiedad, en el sitio de Fuente Moral, entre el convento de San Bernabé y Villavieja, un vecino de Casas del Castañar localizó una imagen de la Virgen. El hecho se apunta como acaecido por las primeras décadas del siglo XX, señalándose al mismo tiempo que la mariana talla continúa en poder de los herederos, que no se desprenden de ella por nada del mundo (46).

Acerca de Nuestra Señora de la Piedad, de Almendralejo, existen varias versiones de su invención. La primera de ellas señala que hace varios siglos unos labradores golpearon con sus azadas la imagen sepultada de una Virgen, que temiendo ser destrozada por nuevos mandobles exclamó “¡Piedad! ¡Piedad!”. Repuestos de su sorpresa, los labriegos desenterraron la talla. Llevada para su custodia a casa de uno de ellos, la Virgen desapareció durante la noche para volver al sitio donde se encontró, dando a entender la adscripción a aquel lugar y su interés porque se le erigiera una ermita (47).

La otra versión de la leyenda, que entronca con nuestra argumentación, apunta que los gritos emitidos por la Virgen tuvieron lugar cuando la imagen fue enganchada por la reja del arado que tiraba una pareja de bueyes (48). Tal milagro tuvo como fecha la de 1507, cuando se roturaba la zona que ocupa el actual santuario, donde se asegura que existían ruinas enterradas de un templo anterior (49).

Con la llegada de los árabes a la Península unos clérigos sevillanos se ven en la obligación de huir, para evitar su profanación, con los restos mortales de San Fulgencio y de Santa Florentina, hermanos de San Isidoro y de San Leandro. Su destino, al igual que la leyenda indica con respecto a la Virgen de Guadalupe, eran las montuosas tierras de Las Villuercas y en concreto las proximidades de la actual localidad de Berzocana. En una información firmada, en el año 1592, por el párroco Ambrosio Sánchez se afirma que “los dichos cuerpos vinieron en un sepulcro a manera de arca grande de piedra de aliox… y es tan grande… que se tiene por milagro siendo tan pesada haber con ella podido pasar tan montosa y áspera tierra como ésta… los cuales dichos cuerpos se dice que estaban depositados en la iglesia parroquial que se dice San Juan de la Palma de la ciudad de Sevilla…” (50).

La tradición es recogida en el ramo que se canta en honor de estos santos en su fiesta de agosto:

Por la pérdida de España,
huyendo de la tiranía,
los trajeron a esta tierra
los clérigos de Sevilla.

Detrás de un berezo cano,
como se ve en su capilla,
depositaron gustosos
aquestas santa reliquias

Cerca de seiscientos años
estuvieron escondidas,
hasta que el Señor dispuso
que fueran aparecidas (51).

Y las reliquias aparecieron junto a la Oliva de los Santos hacia el año 1340. Y una vez más la clave estuvo en la reja del arado que tropezó y desenterró el arca de piedra que contenía los sagrados restos de Fulgencio y Florentina, santos que no tardarían en convertirse en patronos de Berzocana y de la diócesis de Plasencia.

En un altozano que araña el río Alagón, desde el que se divisa la ciudad de Coria, sita a no más de una legua, se venera la Virgen de Argeme, a la que algunos documentos bautizan como Arageme. La actual imagen, que ha sufrido a lo largo del tiempo ciertos “atentados restauradores”, se fecha entre los finales del siglo XII y principios del XIII (52). Curiosamente es en la última de las fechas cuando se fundamenta la leyenda de su descubrimiento, en el que interviene, según las versiones, una pareja de bueyes o un solo buey, en éste caso llamado Geme. Un ejemplo del relato de los hechos, puesto que muchos existen sin apenas variantes esenciales, es el que sigue:

“(…) un moro –siervo de labor de algún cristiano acaudalado– labraba los cerros que enmarcan nuestra vega. Su buey se llamaba «Geme». El arado quedó aprisionado en un enorme peñasco y por más que el labrador animaba a su buey (¡ara, Geme!) el esfuerzo resultaba inútil. Decidió entonces remover la piedra y descubrió bajo ella una imagen celosamente escondida. Creyó el buen moro haber encontrado una preciosa muñeca y cuando, al anochecer, volvió contento a su casa, seguro de traerla entre sus aperos, la muñeca había desaparecido. Pero aún se sorprendió más al comprobar al día siguiente que la muñeca ocupaba de nuevo su escondrijo. E1 prodigio volvió a repetirse y decidió entonces participarlo a las autoridades cristianas, quienes reconocieron en aquella pequeña imagen a la Madre de Dios y levantaron en ese lugar un diminuto santuario, que la piedad de los fieles agrandó en tiempos sucesivos” (53).

Si en algunos de los casos precedentes podía suponerse que los bueyes son protagonistas de un azar, ocasiones existen en las que la yunta de bóvidos se comporta de un modo que sólo es posible entenderlo mediante disposiciones divinas, convirtiéndose en auténticos animales guías. Un caso concreto lo encontramos en Casatejada en relación con su Virgen de la Soledad.

Cuenta la leyenda que una imagen de Nuestra Señora había sido adquirida por una familia pudiente placentina y hacia Plasencia la llevaban en una carreta de bueyes siguiendo el Camino Real desde tierras toledanas. A su paso por Casatejada una momentánea lluvia torrencial convirtió la ruta en un pantano. Aunque el tiempo amainó al cabo de los días y el suelo se secó, nadie conseguiría que los bueyes dieran un solo paso más. Tal comportamiento fue considerado por los vecinos como un claro signo de que la Virgen quería permanecer junto a ellos y de que deseaba una ermita en el mismo punto en que se detuvo la carreta.

Los relatos que se ciernen en torno al Cristo del Humilladero, de Navaconcejo, participan de la misma argumentación anterior, si bien se le añaden elementos que recuerdan a los referidos para el jerteño Cristo del Amparo.

Un ricachón de Plasencia hizo el regalo de un Cristo al pueblo de Tornavacas, a donde lo envió en un carro al que había enganchado la mejor pareja de bueyes. Al llegar con la carga a Navaconcejo, paso indispensable, los animales se detuvieron en seco ante un viejo árbol que casi sombreaba las primeras casas del pueblo. Y por mucho que los azuzaron los carreteros, los animales no pudieron dar un paso y cayeron reventados ante el insufrible esfuerzo. Enterados los tornavaqueños acudieron con tres yuntas nuevas, pero el final fue el mismo para ellas. Unicamente así comprendieron unos y otros que el crucificado quería permanecer para siempre en Navaconcejo.Y en la ermita que levantaron en el lugar en el que se produjo el milagro los paisanos siguen cantando una copla que rememora la efemérides:

A Tornavacas le llevan,
de aquí no quiso pasar,
por eso le obsequian tanto
las gentes de este lugar.

No muy alejado de la anterior leyenda es el argumento de la que se ciñe en torno al Cristo de la Viga, de Valencia de las Torres. También una yunta de bueyes se encargaba del transporte de un crucificado hacia un indeterminado pueblo de la comarca de La Serena. A su paso por Valencia las ruedas de la carreta se atascaron en un lodazal, haciendo imposible cualquier movimiento. Con gran esfuerzo de los vecinos, que se valieron para ello de una enorme viga, lograron poner a flote el carruaje. Cuando parecía que todo había concluido y que los animales emprenderían de nuevo el camino, éstos se negaron a seguir. Era la prueba evidente de los designios de la divinidad, que optaba por quedarse en Valencia de las Torres. En recuerdo de tal acontecimiento los valencianos bautizarían a la imagen con el nombre del Cristo de la Viga (54).

La Virgen de la Oliva, en Serrejón, tomó su nombre de la finca de la Oliva, en la que tuvo su ermita. Cuando este santuario, enclavado a varios kilómetros, amenazaba con caerse, la imagen fue traída al pueblo, haciéndole un hueco en la ermita de San Antonio. Ahora no se repitió el milagro que algún siglo antes había sorprendido a los serrejoniegos. En aquella ocasión habían buscado para la Virgen un habitáculo dentro del núcleo urbano y fueron a buscar a la imagen con los correspondientes bueyes. Y los animales al alcanzar el Humilladero se hincaron de rodillas, sin hacer caso a las voces ni a los aguijonazos. La interpretación resultaba fácil: Nuestra Señora de la Oliva quería regresar a su vieja ermita. Y allí volvió hasta que la incuria del tiempo y el abandono de los lugareños aconsejaron a la Virgen olvidarse de la antigua decisión.

En la iglesia de San Pedro, de Garrovillas, se venera la imagen del Cristo de las Injurias. Se trata de una talla del siglo XV, que tuvo su primitiva ermita de la dehesa de Villabuena, en término de Portezuelo. En ese lugar, al decir de Fray Joseph de Santa Cruz, “es tradicion que apedrearon a la santa imagen unos obstinados y vanos observadores de la ley Mosayca, de que se ven en la imagen algunas señales” (55). Tras esta profanación el Cristo fue llevado Garrovillas, con la lógica protesta de los vecinos de Portezuelo, que al verse privados de una propiedad que consideraban suya recurrieron al Tribunal de la Inquisición de Llerena. La justicia, por no dar la completa razón ni a unos ni a otros, dictaminó que el afrentado Cristo quedara custodiado en el convento franciscano de San Antonio, sito a las afueras de Garrovillas (56). Y allí permaneció hasta el abandono del monasterio a causa de la desamortización.

Si la historia se ha escrito en los términos expuestos, la leyenda toma otros derroteros. Luego de llevarse a cabo la referida profanación y para evitar nuevos ultrajes la talla del Cristo de las Injurias fue colocada sobre una carreta conducida por una pareja de bueyes, a los que dejaron en completa libertad para elegir el camino que deseara. Los animales se dirigieron en dirección a Garrovillas y, una vez alcanzado el pueblo, se negaron a seguir avanzando (57).

El Cristo de la Agonía, de Calzadilla, es uno de los crucificados más populares de Extremadura. En el arraigo de su devoción, que trasciende fuera de los límites de la comunidad, tienen mucho que ver las leyendas que recrean sus milagros, entre los que destaca la llegada al pueblo con el concurso de unos animales guías. De