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ANIMALES GUÍAS EN EXTREMADURA (II) I.

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 331.

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Cada año, la noche de San Antón, la localidad pacense de Navalvillar de Pela revive su peculiar “encamisá”. Los mozos, ataviados con el traje típico, y montados en burros y en caballos realizan “la carrera”. Consiste ésta en dar tres vueltas al pueblo, pasando por todas y cada una de las numerosas hogueras que han encendido los vecinos a lo largo de itinerario. Los muchachos, que junto al resto del pueblo forman la “infantería” y marchan a pie, portan hachones de gamonita (1). Tal celebración, según los naturales, halla su fundamento en una doble hipótesis. Según la primera, que resulta ser la más divulgada entre los habitantes, hasta el punto de que invariablemente ha sido recogida por los publicistas o estudiosos de la fiesta de la “encamisá”, la celebración trata de rememorar una hazaña bélica que protagonizaron los peleños en tiempos de la reconquista:

“Cuenta la leyenda que al intentar los árabes conquistar el pueblo, sus pocos habitantes montaron a caballo e hicieron una gran hoguera. Querían despistar a los invasores. Comenzaron a dar vueltas por las escasas calles del pueblo armando un gran escándalo. Los moros creyeron que era un gran ejército y los dejaron tranquilos” (2).

La segunda de las teorías, que ya muy pocos conocen en la localidad, toma derroteros míticos cuando informa que las luminarias tienen su razón de ser en el recuerdo anual que los vecinos de Navalvillar dedican a San Antón por haberles proporcionado el fuego que necesitaban con el fin de hacerles la vida más llevadera. Cuentan que los peleños, que morían ateridos de frío por desconocer el fuego, recurrieron a San Antón, que a la sazón hacía vida retirada por aquellos parajes. El santo los escuchó y se propuso remediar el problema, en este caso acompañado de su inseparable cerdo, convertido ahora en un auténtico animal guía. Y fue el cerdo el que corrió en dirección del infierno. Como un demonio guardián lo viera a la puerta, le franqueó la entrada con la lógica idea de dar cuenta de él.

Una vez dentro, el cerdo corrió a sus anchas, sin que los diablos, por más que lo intentaron, lograran echarle el guante. Impotentes y ante los destrozos que el animal estaba causando en el interior del infierno, no les quedó otro remedio que llamar a San Antón para que se llevara a su animal. De esta forma fue como el santo anacoreta penetró en los antros de Satanás y, sin que éste y sus secuaces infernales se percataran, logró meter unas brasas en el hueco de la caña que le servía de bastón. Tras la entrega por el santo del fuego a los peleños, éstos ya no volvieron a temer al frío invierno.

Si en el caso precedente el cerdo nos conduce hasta el fuego, no deja de ser paradójico que el mismo animal se convierta frecuentemente en Extremadura en descubridor del elemento opuesto, el agua. Así se cuenta en Casas de Don Antonio acerca de unos porqueros que van con una piara de marranos camino de la feria de Mérida. Quiere la leyenda que se les terminara el agua y estuvieran a punto de desfallecer, motivo por el cual dirigen sus preces a Santa Eulalia y a ella encomiendan su suerte. Es en ese momento cuando un varrón escapa de la manada y se pone a hozar al lado de una carrasca, a más de un tiro de piedra. Pronto comprueban los caporales que ante los hocicos del cerdo ha emergido un manantial.

Pero no van a ser los descubrimientos de pozos o fuentes normales los que en mayor medida se cuenten en el haber del puerco, sino todo un conjunto de acuíferos que participan de virtudes sanatorias, especialmente de tipo dermatológico. Bastaría con repasar un nomenclátor para darnos cuenta de la gran cantidad de charcas, fontanas o veneros que responden a los sugestivos nombres de “La Guarra”, “La Guarrita”, “La Cochina” o “La Lechona”, y en los que la tradición apunta el descubrimiento medicinal después de que la cerda de rigor (siempre es una hembra) curara sus afecciones tras bañarse en sus aguas, beber de ellas o revolcarse en sus lodos (3).

El aludido origen tuvo la fuente de La Guarra, de Trujillo, localizada en la finca Casa Casco. A su uso ya parece referirse algún documento del siglo XVIII, cual es el interrogatorio de Vargas, cuando apunta que “Parece hay algunas fuentes herrumbrosas cuias aguas se usan para obstrucciones, y desganas” (4). El mismo documento, en relación a la localidad de Valdastillas, señala que “…hay un agua mineral que llaman Fuente Salada, y con efecto lo es lo que dicen sanan varias enfermedades”. Todo apunta a que dicha Fuente Salada no es otra que un manantial que abastece los Baños de la Guarrapa, que estuvieron en uso hasta el año 1966 (5).

La popular fuente de Valdelazura, en Plasencia, no tiene un reconocimiento medicinal tan antiguo, ya que el mismo data del año 1910, fecha en la que un campesino observa que una maltrecha cerda de su propiedad cura de todas sus dolencias luego de bañarse en ese humedal (6).

Los Baños de Salobral, conocidos igualmente por Baños de la Guarrapa, se localizan en el Valle del Jerte, muy cercanos a las localidades de El Torno y Rebollar. También, según la tradición, una lechona es la culpable de dar a conocer el valor de sus aguas o, mejor aún, de sus lodos. Esta hembra, que no tiene fuerzas ni para andar, recobra toda su lozanía después de enfangarse en el cenagal durante varios días. Como en anteriores ocasiones, el guarrero da cuenta del hecho y los vecinos no tardan en imitar a la cerda (7).

Parece ser que estos Baños del Salobral ya fueron utilizados de antiguo, como de hecho lo indican los restos de una villa romana que se alzó en sus proximidades. Por otro lado, no podemos olvidar que en sus cercanías se encontró un verraco, lo que tal vez suponga que la actual leyenda sobre el descubrimiento por parte de una cerda no sea más que la supervivencia de una creencia ya arraigada en el pasado.

El Balneario de El Raposo, en Puebla de Sancho Pérez, participa de los mismos ingredientes anteriores, razón para que recibiera los nombres de La Cochina o La Cochinilla. Igualmente fueron aquí los revolcones en el cieno los que dieron la salud a la cerda, convirtiéndose en un principio, antes de que los humanos hicieran uso directo de él, en todo un sanatorio para los animales con problemas óseos y musculares (8) Es lo mismo que ocurrió en otros baños en los que la cerda fue la que indujo al conocimiento de su virtudes medicinales. Citemos las fuentes de La Guarra (Castañar de Ibor) y La Lechona (Santa Cruz de Paniagua), así como la charca de La Cochina (Villasbuenas de Gata). Tal vez sea esta última, ligeramente acondicionada en los últimos tiempos, la que reciba mayor número de visitantes a remojarse tras embarbascar sus aguas. De sus poderes curativos habla la copla:

El que se quiera sanar
sin gastos de medicina
que se vaya a revolcar
al charco de La Cochina.

Conocido es igualmente que los cerdos, así como otros animales que pastaban en los campos adehesados de Hervás ignoraban las aguas del río Ambroz e, incluso, lo atravesaban para ir a beber a un manantial. Fue así como se descubrió la Fuente del Salugral, posteriormente convertida en balneario y cuyas aguas, recomendadas para las enfermedades del hígado, obstrucciones y problemas dermatológicos, fueron declaradas de utilidad pública en el año 1886 (9).

No sólo los cerdos conducen al dueño hacía valiosos humedales, sino que muchas veces se convierten en auténticos animales guías que lo llevan al descubrimiento de grandes riquezas materiales. Son numerosos los ejemplos acerca del hallazgo por los cerdos de determinados tesoros que hacen nadar en la abundancia a los dueños de las piaras, como bien se cuenta en Santibáñez el Bajo o Valdeobispo. Y tal es el caso que se refiere en torno al campesino alelado de Tornavacas, al que una cerda que hozaba pone ante sus ojos una olla repleta de monedas de oro. Desconociendo su valor, el buen hombre las cose al morral como si fueran medallas. Termina la conseja indicando que la hermana, muy vivaracha, se hace con todo el metal (10).

El mismo fondo se constata en una leyenda de Ahigal en la que también el cerdo saca a flote un oculto tesoro, que por ignorancia del porquero pasa a manos del avispado amo:

“Un día el porquero se presentó corriendo a casa del amo totalmente asustado. Le comentó que la piara se iba a morir, porque sufría algo semejante a la “tericia”. Le contó que los guarrapos se habían embarbascado en un charco y, una vez que se les había secado y caído el barro, les había quedado el cuero totalmente amarillo. El buen hombre mandó a su mujer que tranquilizara al muchacho y le obsequiara con un opíparo almuerzo, mientras él acudía a solucionar el problema. ¡Bien sabía el hombre lo que se traía entre manos! En muy poco rato, valiéndose de un caldero, desecó el chinanco y en el fondo encontró la causa del problema: cuatro lingotes de oro del tamaño de los cabrios de un tejado. Contra ellos se restregaban los cerdos y desgastaban con sus costillares. Los guarrapos nunca volvieron a sufrir de “tericia”. La conclusión fue muy simple: los amos aumentaron infinitamente su caudal y el porquero jamás supo que había sido el causante de tan maravilloso descubrimiento” (11).

Al hablar del toro tuvimos ocasión de referirnos a él como un animal guía que conduce hacia el hallazgo, pero al mismo tiempo indicamos que en ocasiones se configura, cuando se lleva a cabo su representación pétrea, en el indicativo del valioso descubrimiento. Lo mismo cabe apuntar en relación al cerdo.

La provincia de Cáceres presenta un amplio muestrario de esculturas de verracos esculpidas en granito. Se trata de una mínima parte de las que existieran otrora, como claramente ponen de manifiesto la toponimia y las leyendas. De su desaparición, como sabemos a través de la estatua de Viandar (12) y de otras muchas del Valle del Jerte, fueron causa los golpes de las piquetas de quienes pensaban encontrar el fabuloso tesoro en sus entrañas o, más corriente aún, dentro de sus pronunciados genitales. A Valdastilla corresponde el siguiente relato al respecto:

“Yo le entendí a mi abuela que el servicio de correos del Valle se hacía a caballo por el camino real. Este servicio tenía una de las paradas obligatorias en el Cerro del Pontón, ahí donde el arroyo del Prado; y en ese sitio había un verraco de esos de piedra y la gente se subía encima, lo pisoteaban, sobre to pa ayudarse a montar en las caballerías. Se decía que dentro de las turmas del verraco, que estaban mu señalás, había escondío un tesoro. Y resulta que un día se encontraron con la piedra toa partía y el animal sin las turmas. Se conoce que algún listo se las había llevao, con el tesoro que tenían dentro” (13).

A Navaconcejo llegó un forastero preguntando por un lugar cercano al cementerio. Había soñado tres veces que allí encontraría una estatua de un verraco que contenía en su interior el consabido tesoro. Y así fue cómo se topó con el animal pétreo, que mostraba una ranura sobre el lomo, ranura por las que habían introducido las riquezas que pasaron a su poder al destrozar escultura. Sólo cuando vieron los trozos de granitos esparcidos por el suelo se dieron cuenta los navaconcejeños de lo cerca que habían tenido el susodicho tesoro.

Al mismo proceder alude una leyenda en torno a un supuesto verraco que se localizaba por las proximidades del Puerto de Rabanillo, en la Sierra de Tormantos. Dentro de él un vecino encontró el codiciado tesoro, tal como le indicara un madrileño de la Puerta del Sol, que había soñado con ello. Sorprendentemente el paisano había acudido a la plaza de la capital animado por otro sueño que le dictaba que allí encontraría una gran fortuna (14). Este relato responde a un arquetipo muy extendido por toda la Península en relación con los animales más dispares, si bien en Extremadura, como en su momento veremos, se vincula especialmente a la cabra y al burro.

Un auténtico animal guía es el cerdo que descubre el camino subterráneo que pone en contacto la localidad de Calamonte con el lago de Proserpina, en las proximidades de Mérida, a través de la Sierra de la Monea. Cuentan los calamonteños, que ahora ignoran la ubicación del gran túnel, que el cerdo llegó al final del recorrido con los ojos comidos por los murciélagos y los mosquitos que atestaban la oscura galería. Es muy posible que la leyenda sea una lejana reminiscencia de los viejos cultos a la diosa ctónica emeritense, a la que se dedicaron sacrificios de animales domésticos. Aunque, por otro lado, debemos tener presente su entronque común con otras narraciones en las que se le atribuye semejante comportamiento al perro, no faltando ejemplos en Extremadura, cual es el caso de El Risco, donde el cánido descubrió el conducto que llevaba del pueblo al río, si bien alcanzó la salida después de haber perdido el rabo y la piel.

El carácter infernal que pudiéramos darle al cerdo de la narración anterior se hace más patente cuando el protagonista es el jabalí. Es un aspecto que se rastrea desde época prerromana en la Lusitania, como ponen de manifiesto, entre otros objetos arqueológicos, los carros votivos de Almorchón (Badajoz) y Mérida. Sobre ambos carruajes marcha un jinete en persecución de un jabalí, en compañía o no de una rehala de perros. Estaríamos ante un jinete que es la representación plástica de una deidad solar que persigue las fieras del mundo subterráneo, simbolizadas por un animal típicamente funerario, como es el jabalí (15). Es posible que esta secuencia de la caza mítica haya pasado a una leyenda que pervive desde hace siglos en aquellos mismos territorios y que tiene por protagonista a don Juan de Sotomayor y Zúñiga, segundo conde de Belalcázar, a quien la persecución de un puerco iba a acarrearle un cambio en su vida.

En una de las viejas crónicas (16) que inciden en el suceso se lee con gran lujo de detalles lo que al conde le acaeciera en los bosques del Bodegón:

“Una tarde haciendo una batería descubrió un ciervo ó javalí fugitivo, que temeroso de su amenazado riesgo buscaba su seguridad en la velocidad de sus plantas.

Siguióle empeñado el conde, y sin atender á apartarse de sus criados, sin prevenir riesgos ni recelarse peligros, trepando montes, saltando breñas y corriendo valles, buscaba ansioso á la fiera, hasta que llegándose ya la noche la perdió y se halló perdido en un páramo y soledad, que nunca hasta esta ocasión había visto.

Perdida la esperanza de la presa, y viéndose solo en tan inculto desierto, empezaron sus cuidados y aflicciones, que, estas son comúnmente e1 logro de las diversiones mundanas, que empezando en gusto acaban en dolores, sentimientos y llantos. Consideraba el yerro de su desvío, el cuidado preciso de sus criados, la imposibilidad de buscarlos sin saber el sitio en que se hallaba, á que ayudaba mucho la oscuridad de la noche, y otras consideraciones que le acometían y zozobraban, y como fuertes cordeles apretaban las vueltas en el potro de su discurso, sus temores, sus recelos y cuidados. Para resolverse con acierto y descansar algo de sus fatigas, dejando el caballo se recostó sobre un duro peñasco, que muchas veces eligen los hombres por su gusto la penalidad que no admitieran para satisfacer sus pecados. Después de varios discursos determinó buscar las casas de su coto atropellando riesgos, pues aprendía el mayor aquel en que se hallaba; abultándole las horrorosas sombras de la noche, más y más cada instante…

Iba á ejecutar su resolución el conde, y de repente se conmovió y estremeció ruidosamente la tierra, y se halló circundado de un volcán de fuego, tan activo y voraz, que parecía quería su furia reducir á. pavesas los montes, y aun consumirlos y tragarlo. Las luces de sus flamas las hacia más formidables un denso y negro humo que mezclado con ellas y todo tarazeado con visos y olor de pestilente azufre, le persuadía era aquel volcán parto del infierno en todos sus indicios. Reforzaba este juicio el oír juntamente lamentables gemidos, tristísimos suspiros, inconsolables llantos y pavorosas voces como de condenados, que con crugidos de dientes y dolorosas lágrimas blasfemaban de Dios; se quejaban de su bondad y sentían mal de su justicia; maldecían á sus padres, á el día en que habían sido concebidos y nacidos, para verse en tan irreparable desdicha; quejándose de sí mismos, de el tiempo perdido y malgastado, y de su ingrata correspondencia á Dios, á sus inspiraciones y beneficios; siendo cuanto veía y oía un retrato del infierno al vivo representado. Entre la suspensión pavorosa, de este horrible espectáculo, bajó una clara voz del cielo que le dijo: «El que no renuncia las cosas que posee, no puede ser mi discípulo», y desapareció la visión” (17).

Poco después, también de caza por el bosque de “Zixara”, junto a Herrera del Duque, fue sorprendido por una tempestad y, buscando refugio, se separó de los monteros. Un enorme rayo abrazó una gran cantidad de terreno, quedando intacto el sitio que ocupaban él y su caballo. Al día siguiente profesó en Guadalupe, tomando el nombre de Fray Juan de la Puebla de Alcocer y llegando a ser el fundador de las Santa Provincia de los Ángeles, de la Orden Franciscana (18).

También es un conde, en este caso nominado como de Coria, que algunos identifican con determinados personajes de la Casa de Alba, y un jabalí los protagonistas de una leyenda hagiográfica de Pescueza. El puerco, que ha sido herido de una lanzada por el caballero, corre perseguido por la jauría hacia unos espesos matorrales. Cuando el conde llega hasta donde cree que yace el jabalí supuestamente muerto se encuentra con una sorprendente visión. Los perros están tendidos en círculo en torno a una imagen de San Antón oculta entre los matojos. A la vera del santo permanece acurrucado el jabalí, sin mostrar señal alguna de herida. La reacción del conde no se hace esperar: manda construir una ermita al santo anacoreta en la que entroniza la imagen hallada por medio del animal guía.

Aun salvando las distancias no guarda grandes diferencias la anterior narración con otra fábula conservada en Cabezuela del Valle y que responde a una leyenda sobre sus orígenes. En los perdidos siglos de la Edad Media, en plena campaña de reconquista, un monarca castellano se distrae con el ejercicio de la caza por los ribazos del río Jerte, a la sazón muy crecido, en compañía de sus nobles. En una de las batidas tratan de acorralar a un jabalí entre la arboleda y los zarzales que crece en los aledaños del agua. Pero pronto se dan cuenta de que su esfuerzo ha resultado inútil en todo punto, ya que ven que el animal, sin saber cómo, ha pasado a la otra orilla y mira desafiante a los cazadores. En un intento de explicarse la fuga del puerco cortan parte de la maleza y descubren un sólido puente, puente que el jabalí había utilizado para ponerse a salvo. Viendo la importancia de este paso y creyendo oportuna su defensa, el rey decide la fundación en sus cercanías de una población, la actual Cabezuela del Valle (19).

II.

En nada difiere el descubrimiento del puente de San Lázaro, en Plasencia, del citado anteriormente. Sin embargo, en este caso es un ciervo el que se vale del puente oculto tras la maleza para cruzar el río y ponerse a salvo de los cazadores (20).

Es cierto que la ausencia de ciervos en Extremadura, pese a las repoblaciones actuales, ha sumido en el olvido la tradición que lo identifica como animal guía. No obstante, aún se conserva alguna leyenda, como es la que se relaciona con la vieja ermita de San Gil, en Cuacos, a la que se han trasvasado relatos que la historia localiza en otros lugares muy lejanos. Cuentan los veratos que en el lugar conocido como “Las letras” moraba este santo, totalmente retirado de los placeres del mundo y en continua oración. Su único contacto con el exterior era una cierva que cada mañana acudía a donde el eremita para que éste se proveyera de su leche. Cierto día un gran señor de Jarandilla fue siguiendo los pasos del animal con el ánimo de darle caza. Y siguiendo sus pasos se tropezó con Gil ordeñando a la cierva, que mostraba una total placidez en la puerta de su choza. Admirado de la santidad de Gil el caballero jarandillano le construyó una ermita en la que vivió hasta su muerte.

También a estas tierras cacereñas, concretamente al mítico enclave del Puente de Mantible y Castillo de Alconétar, han venido a parar numerosos hechos de la crónica que escribiera el arzobispo Turpín acerca de la historia de Carlo–Magno y de los Doce Pares de Francia (21). Y, por supuesto, por estas latitudes también tuvo por marco el suceso recogido en el capítulo XLIII de la citada historia: “Cómo Ricarte de Normandía pasó el río Flagor milagrosamente mediante un ciervo blanco que le guió”. Uno de los anónimos viajeros que recorren Extremadura en el siglo XIX nos va a informar de cómo la leyenda se mantiene viva entre los habitantes ribereños del río Tajo. Tras recoger de boca de un barquero su particular versión de la leyenda sobre Galofre, guardador del Puente de Mantible, sobre la infanta Floripes o sobre el malvado Fierabrás, apunta en relación con el tema que nos ocupa:

“Nos dijo también el barquero, que río arriba y á corta distancia se hallaba el vado del Ciervo, que lleva también este nombre con arreglo á la crónica, y donde el caballero Ricarte, huyendo de los infieles se encomendó á Dios, y vió muy luego venir hacia él un ciervo blanco que le salvó…” (22).

Y aguas abajo, en Alcántara, también se mantiene la leyenda, cual si fuera una historia acaecida por estos lares, de cómo un ciervo dictará el futuro al que luego se conocería como San Julián el Hospitalario. No difieren los sucesos de los que recogen otras narraciones del oeste peninsular (23). Estando de caza por las proximidades del río Erjas, cerca de Portugal, y habiendo disparado un dardo certero contra un ciervo, el animal se revolvió para espetarle al cazador: “Mal me sienta el morir por quien ha de matar a sus padres”. Julián, con el fin de escapar a la profecía, huye a tierras portuguesas, donde contrae matrimonio con una rica mujer. A la vuelta de una cacería Julián mata a sus padres, que han dado con su paradero, al confundirlos con su mujer y un amante, ya que aquélla los ha acogido en su casa y acostado en su propio lecho.

Viendo cumplida la profecía y con total arrepentimiento Julián se retira, en compañía de su esposa, a cumplir la penitencia que él mismo se ha impuesto junto al entonces derruido puente de Alcántara. En ese lugar ayudará a pasar a los peregrinos de un lado al otro del río Tajo. Cuentan que en recuerdo de tal hecho los alcantarinos le dedicaron el templo romano que Julio Cayo Lacer edificara a la entrada del puente.

III.

Cual ocurriera en el caso del Conde de Belálcazar con el jabalí o el ciervo, en Ahigal será una cabra la que en la oscuridad de la noche lleve a los quintos hasta las mismas puertas del infierno:

“Iban los mozos de ronda y por la calle de las Escalaveras sintieron berrear una cabra, que imaginaron que era de tía Cristeta la Guardiña… La idea de los quintos era meterla en el puchero y mezclarla con patatas. No sé si porque los quintos estaban un poco pellejos, el caso es que la cabra de tía Cristeta les dio un requiebro y se alejó de ellos algo así como cincuenta palmos. Los quintos la perseguían y la cabra, requiebro tras requiebro, los iba dejando en ridículo. Ahora que llego, ahora que me escabullo, el caso es que la cabra que suponían de tía Cristeta la Guardiña los fue sacando del pueblo. Los quintos tras la cabra iban campo a través, y burla burlando, llegaron y se vieron metidos entre unos jarales de Vega Jerrero, poco menos que a media legua. Y lo que era peor, habían perdido de vista a la cabra de tía Cristeta… De pronto cientos de cabras surgidas de entre los jarales rodearon a los mozos emitiendo, en lugar de balidos, enormes carcajadas, al tiempo que emanó del suelo un insoportable olor a azufre” (24).

Quienes cuentan esta historia suelen concluir que la cabra guía en cuestión era el mismo diablo que había tomado aquella apariencia para atraer a los mozos a sus dominios. Un suceso semejante se relata en Ceclavín, donde la persecución de la cabra llevó a los mozos en la oscuridad de la noche hasta los Canchos de Ramiro. También aquí la cabra no era otra que la encarnación del demonio. Tal personificación se hace patente en múltiples leyendas repartidas por toda la comunidad y que por lo general responden a un arquetipo (25).

La leyenda referida más arriba acerca del verraco del Puerto de Rabanillo nos la encontramos en Santa Cruz de la Sierra, ahora en relación con la cabra. Resultó que un pastor de la localidad soñó de manera reiterada que su suerte estaba en la Puerta del Sol de Madrid y hasta tal lugar se encaminó. A la espera de que le llegara la soñada fortuna no dejaba de andar de un lado a otro. Tantos paseos llamaron la atención de un madrileño, que se le acercó para preguntarle acerca de su continuo caminar. El santacruceño, tras contestarle que todo se debía al sueño fabuloso, recibió la respuesta de su interlocutor: “Yo he soñado que en un pueblo de Extremadura hay un cabrero que tiene una cabra blanca que se acuesta en sobre una lancha, y que debajo de esa lancha se esconde un tesoro”. Rápido comprendió que se refería a una de sus cabras que tenía esa costumbre, de modo que volvió al pueblo, cavó debajo de la lancha y halló el tesoro de marras (26).

También la ceaja señala el tesoro en este relato que presenta mínimas variantes con el anterior:

“Un tal tío Cano, de Ahigal, se soñó que en la plaza de Cáceres iba a encontrar un tesoro. Aparejó el burro y, con la boina, la cachimba y la gariboña, llegó a la capital, tomando asiento a la sombra de la torre de Bujaco. Allí pasaba los días y las noches, siempre en vela y sin que el preciado tesoro llegara a sus manos. La presencia del ahigaleño tío Cano llamó la atención de un cura, canónigo de Santa María, que no tardó en dirigirse al paisano:

– ¿Qué hace aquí todo el santo día sentado, hombre de Dios?

– Pos fíjise, siñol cura, que m’he soñáu que me voy a encuentral un tesoru aquí mesmu.

El bueno del cura intentó convencerlo de que no había que hacer caso a los sueños, porque él mismo, durante tres noches seguidas, también había soñado sobre un lugar en que se hallaba escondido un tesoro. Le dijo que ese lugar estaba en un pueblo que se llama Ahigal, más allá de Plasencia, y que el tesoro se ocultaba debajo de un cancho junto a una cueva; que al lado de ese cancho crecía una gran encina y que en él tenía la buena costumbre de echarse a la sombra una cabra blanca de un señor que se llama tío Cano.

No esperó ni lo que tarda en darse un suspiro para montar en el burro y arrearlo para Ahigal. Como el canónigo le había indicado, el tesoro estaba en su huerto, exactamente debajo del cancho en el que la cabra blanca sesteaba y sobre el que tío Cano se comía la merienda. De este modo tío Cano se convirtió en el cabrero más rico del pueblo” (27).

En una leyenda de Caminomorisco es igualmente la cabra o, mejor aún, el cabrón el que permite dar con el correspondiente tesoro que se oculta en el subsuelo de la Sierra de las Suentes. Cuentan que a un pastor que anda con su rebaño por entre aquellos riscales le sale un duende al encuentro para decirle:

Debajo del macho cojú,
está la cueva del moro,
y allí están enterrados
ricos y grandes tesoros.

No tardó en apartar al macho y cavar en el sitio que éste tenía por cama, descubriendo al instante una cueva, en la que penetró y encontró un gato de oro (28).

Cabras son igualmente, aunque en este caso pintadas, las que informan acerca del tesoro oculto en los intrincados parajes de Las Batuecas, según la opinión recogida en las alquerías cercanas de Las Hurdes, creencia de la que ya se hizo eco por los principios del siglo XX algún que otro erudito: “(…) Hay que llegar hasta las pinturas rupestres, al sitio donde están pintadas las cabras, y el potro que se le cae la baba… y donde se le cae la baba al potro está escondido el tesoro” (29). Otro tanto ocurre por el Regato de las Chivas, en Torrecilla de los Ángeles. En una peña los moros, convertidos casi siempre en protagonistas de las fantásticas ocultaciones, dejaron grabada la correspondiente cabritilla, así como una llave y un cerrojo, elementos que indican la localización del tesoro y que resultan de difícil interpretación para quienes han iniciado la búsqueda de las ignotas y sorprendentes riquezas. Ya advierte la copla sobre el valor de la trascripción:

Aquel que descifre
el letrero del moro,
comerá con cuchara de plata
y arará con reja de oro.

Otras veces son las propias cabras, ahora en representación escultórica, las que guían hasta el tesoro que pueden esconder ellas mismas en su interior. Así ocurría con una vieja cabra granítica, con cuernos retorcidos, que permanecía estática entre las ruinas de la antigua ciudad de Cáparra. De ella se decía que tenía la cabeza llena de oro macizo. Menos visible, aunque el pueblo mantenga la seguridad en su existencia, se nos presenta el carnero de oro que aguarda al osado buscador dentro de un pozo que se abre en el patio de armas de la derruida fortaleza de Trebejo. Y otro tanto sucede con el macho cabrío o borrego que el conde de Siruela, en los postreros siglos de la Edad Media, escondió dentro de su propio castillo. El animal se oculta bajo una piel de oro. Aunque muchos lo han buscado con enorme interés nadie hasta el presente ha dado con el paradero. Mayor atracción puede tener para los buscatesoros la cabra con sus crías, todas de oro, que desde los tiempos de los moros permanecen en alguno de los pasadizos del castillo de Eljas. Los intentos para su localización siempre resultaron vanos, por más que algunos no dudaron en recurrir a los correspondientes zahoríes, que únicamente pudieron atestiguar que por allí continúa el aurífero rebaño a la espera de pastor.

Aunque la historia, tomando como base una arraigada tradición, incide en que el nacimiento de la localidad jerteña de Piornal se debe a grupos de ganaderos venidos de la localidad abulense de Zapardier de la Ribera (30), que por allí sentaron sus reales, la leyenda marcha por otros derroteros. En ella se cuenta que fue un cabrón el que descubrió un pueblo abandonado y oculto entre la maleza, que al instante comienza a repoblarse:

“Hace ya muchos siglos que había un pastor con sus cabras por la sierra. Una tarde, un macho se encaramó a un montecillo lleno de piornos para ramonearlos. La casualidad quiso que un cuerno tropezase con una campana, que empezó a sonar. El pastorcillo se alarmó y dio cuenta a otros compañeros que andaban por aquellos montes. Entre todos se dispusieron a limpiar de matas aquel montículo y poco a poco fue apareciendo la torre de una iglesia y unas casillas y chozas más.

Era señal de que aquel sitio había estado poblado anteriormente y, en vista de ello, los pastores decidieron quedarse a vivir allí. Construyeron sus casas alrededor de la torre” (31).

Si en el caso precedente es un macho cabrío el que lleva a los pastores al conocimiento de una vieja población, en Valdecaballeros va a ser la piel de este animal la que conduzca al reconocimiento salutífero de las aguas medicinales del que luego serían los Baños de Valdefernando. Todo sucedió en el año 1920, cuando el vecino Manuel Jiménez metió en aquellas aguas una piel caprina con el único objeto de remojarla. Al volver al día siguiente vio sorprendido que el pellejo estaba totalmente pelado. La noticia se propagó y, con ella, la virtud de aquellas aguas, que vienen utilizándose con fines terapéuticos desde los primeros momentos (32).

A pocos kilómetros de la anteriormente citada localidad de Eljas se alza, en plena sierra, la ermita de la Divina Pastora. En ella se venera una imagen barroca de Nuestra Señora, a cuyos lados retozan varias ovejas y corderos. El conjunto, según la información recogida en mi última visita al santuario, no es más que la expresión plástica de una vieja leyenda. La misma especifica que un pastor que cuidaba su rebaño por los parajes del término observó que, a corta distancia de donde se encontraba, un grupo de corderos saltaba en círculo. Como ya la tarde caía llamó a los animales con sus silbos al tiempo de azuzarle los perros, pero los animales parecían ajenos a sus requerimientos y a los ladridos. Cuando se acercó para ver la causa del comportamiento de una parte del rebaño salió de dudas. Los borregos triscaban alrededor de una imagen de la Virgen.

Cuando en el año 1907, a instancias y buenos oficios de Monseñor Eusebio Obregón Baile, a la sazón párroco de aquella localidad de la Sierra de Gata, se erigió dicha ermita (33), consideraron oportuno entronizar en ella, bajo la advocación de la Divina Pastora, una antigua talla que se custodiaba en la parroquia y en torno a la cual se había fijado la leyenda.

El anterior hallazgo y otros muchos casos de apariciones hemos de incluirlo dentro del conocido como “ciclo de pastores”, que hallan su mayor difusión entre los siglos XI y XIV. El “inventor” generalmente es un pastor joven, cuyo estatus carece de relevancia en su comunidad, hasta el punto de no ser el dueño del ganado ni de las tierras en que éste campea. Él no suele investigar acerca de la localización de la imagen (34). Podría decirse que es el rebaño, al que sigue en su búsqueda de mejores herbazales, el que propicia el hallazgo. Un ejemplo de ello es la aparición de Nuestra Señora de Belén, en Cabeza del Buey. Unos zagales van en pos de sus ovejas hasta unas fontanas. Mientras aquéllas beben, uno de los muchachos hace lo propio, viendo reflejada en el agua la imagen de una bella señora. La visión se repitió en varias ocasiones, siendo en algunas de ellas también observada por sus compañeros. Poco tardaron en comprender que la que se reflejaba en las cristalinas aguas era el rostro de una Virgen que les sonreía desde lo alto de una encina que con su copa cubría toda la fuente. Como prueba irrefutable del milagro los capubovenses siguen mostrando las bellotas de esa encina, en cuya corteza se vislumbra una figura triangular que identifican con su Virgen de Belén.

Esta leyenda, aunque no es ahora el momento de proceder a su análisis, nos recuerda paralelas manifestaciones populares, como aquella que refiere el “Romance de la infantina” acerca del cazador que se tiende bajo una encina para descansar:

El tronco era de oro,
las ramas de plata fina.
En la cogolla más alta
había una hermosa niña,
que con su mata de pelo
toda la encina cubría…
Y entonces vio el caballero
que era la Virgen María (35).

La presencia de los rebaños guías la constatamos en múltiples leyendas religiosas a lo largo y ancho de Extremadura. Son los casos de Nuestra Señora de los Remedios (Hornachos), Nuestra Señora de Altagracia (Garrovillas de Alconétar) (36), Nuestra Señora de la Coronada (Villafranca de los Barros) (37), Nuestra Señora de la Estrella (Los Santos de Maimona) (38), Nuestra Señora de la Luz (Alconchel), Nuestra Señora de los Antolínez (Guijo de Galisteo), Nuestra Señora de los Milagros (Bienvenida) (39), Nuestra Señora de los Remedios (Fregenal de la Sierra) (40), Nuestra Señora de Piedra Escrita (Campanario), Nuestra Señora de Soterraño (Barcarrota) (41), Nuestra Señora del Consuelo (Logrosán), Nuestra Señora del Puerto (Plasencia), Nuestra Señora del Salor (Torrequemada) o Nuestra Señora de Carrión (Alburquerque) (42). Y, como excepción a tantas vírgenes, también los rebaños están presentes en las apariciones de San Bartolomé (Llera) o de Santa Quiteria (Nava de Santiago).

Curiosa es una de las leyendas, aunque no la más conocida, que se mantiene en torno a Nuestra Señora de la Luz, en el antiguo Arroyo del Puerco. Es la propia Virgen la que se hace pastora y se da a conocer como tal cuando cuida los rebaños de Leticia, una doncella cristiana que ha sido encarcelada por oponerse a su casamiento con el pagano conde Pelagio.

“El segundo día de Pascua los criados del conde irrumpieron en su presencia para comunicarle que el rebaño de Leticia era cuidado por una anciana desconocida de nombre María, que había devuelto la vista a un escudero llamado Sixto; manifestando al conde que, cuando iban a apresarla para traerla a su presencia, les había sido imposible hacerlo, porque sus pies habían quedado clavados, a la vez que la anciana les aconsejaba: «Arrepentidos los quiere Jesús. Decid al conde que, si no da libertad a Leticia y a su familia, quedará ciego hasta quo no haga cristiano».

Enfurecióse el conde, mandó matar a María y al rebaño, quedando ciego al instante, como la anciana había profetizado. El conde, postrado de rodillas, dijo entonces: «Señor, creemos en Ti», recuperando al instante la vista.

Sacó a Leticia de su prisión, casó con ella, celebrándose los esponsales bajo la encina sagrada, que se abrió en el acto, apareciendo sobre ella una mujer muy bella que dijo: «Seguid, buenos cristianos, la religión de Jesús. La anciana María soy yo. Yo seré vuestra patrona que os protegerá en las desgracias»” (43).

IV.

Enemigo acérrimo de rebaños y pastores es el lobo, un depredador ampliamente representado en el folklore de Extremadura, incluso como animal guía. Se cuenta por la zona más septentrional de Extremadura que San Pedro de Alcántara dormía una plácida siesta por los parajes de Vega Jerrero, en el camino de El Cerezo a Ahigal. En sus proximidades pastaba el pollino, cargado con las alforjas repletas de viandas que había recaudado como limosna y aguardando a que el franciscano descansara lo suficiente para emprender la marcha hacia los montes de la vecina población de Santa Cruz de Paniagua, donde hacía vida eremítica. El sueño impidió que el santo se diera cuenta de cómo un lobo saltaba sobre el cuello del burro, que al instante caía desgañotado. Despertó San Pedro cuando el lobo arrastraba con sus fauces al pequeño asno. No se inmutó el fraile, sino más bien llamó mansamente al artero animal y éste acudió sumiso a tenderse a sus pies. Luego le colocó sobre los lomos la carga que hasta ahora transportaba el jumento y lo conminó a caminar delante de él hasta su destino. Lo importante de este relato estriba en que el lobo se internó por rutas desconocidas, guiando al santo por caminos más cortos y mejores.

En el caso precedente, como observamos en múltiples hagiografías (San Francisco de Asís, San Herve, San Froilán…), vemos un claro caso de imposición del taumaturgo sobre las fuerzas malignas que se encarnan en el lobo. Más no siempre en la tradición extremeña el lobo es la personificación de todo lo diabólico, puesto que vemos que en ocasiones se convierte en un claro aliado de los hombres. Ejemplos abundan al respecto.

Apunta una leyenda que en Deleitosa la criada de un cura dio a luz a dos niños y para ocultar su pecado mató a los recién nacidos y los enterró en la soledad de los campos con la ayuda del sacerdote progenitor. Aquella noche unos lobos sacaron los dos cuerpecitos y con sumo cuidado los transportaron en sus fauces hasta la misma puerta de la casa rectoral, para que todos conocieran el horrendo infanticidio y a sus autores. Otro relato de Torrequemada, de argumento clásico, nos habla de un asesinato cometido en las proximidades del río Salor y de cómo la víctima es enterrada para ocultar el sangriento delito. El crimen acarrea el castigo divino traducido en una gran sequía que trae la esterilidad a las tierras de la comarca. Se hacen rogativas a Nuestra Señora del Salor para que ponga fin al estado calamitoso. Mas para que esto ocurra tienen que sucederse unas series de acontecimientos con los lobos como protagonistas. Estos devoran al homicida cuando una noche, tras la novena, regresaba al pueblo desde la ermita. Seguidamente los animales desentierran el cuerpo asesinado y lo llevan a rastras a las proximidades del santuario. Al día siguiente fue encontrado y recibió cristiana sepultura. Sólo cuando todo esto se hubo realizado las nubes volvieron a descargar sobre los campos resequinados (44).

Este carácter purificador del lobo se hace aún más patente en una leyenda de la localidad de Valle de la Serena. Existe en ese lugar la costumbre de ofrecer cada año a Nuestra Señora de la Salud una cabra virgen. Para los vallejos esta curiosa donación tiene su origen en tiempos remotos, cuando los pastores del pueblo “se ayuntaban con sus reses hembras, y procreaban no sé que monstruos vivientes, de tales y cuales condiciones, que hacían estos y otros daños, de los que los libró la santa imagen, por lo que le ofrecieron luego los fieles la cabrita no tocada del bestial pecado”.

La Virgen se apiada de los arrepentidos pastores del Valle de la Serena y hace el milagro de atraer hacia el término municipal una manada de lobos, que son los que aniquilan a los monstruos nacidos por causa de este delito contranatura (45).

En otras ocasiones, como sucede en Olivenza, el lobo conduce al descubrimiento de una causa criminal. Tal hecho lo encontramos con motivo del asesinato de un buhonero por dos jóvenes en el camino de Alcochel. Desde lo alto de la Sierra de las Puercas unos lobos presencian el homicidio, y el buhonero los pone por testigo ante sus verdugos. Estos disponen todo de forma que parezca que el desgraciado fue víctima de la furia de los lobos. Pasan tres años y los jóvenes asisten a la romería de la Virgen Nuestra Señora de los Santos. Durante la misa se escuchan unos fuertes aullidos y uno de los mozos, en voz baja y con sorna, le dice a su compañero: “– Compadre, que nos reclaman los testigos de la muerte del buhonero”. Las palabras fueron escuchadas por el hijo del asesinado, que siempre dudó de las extrañas circunstancias del fallecimiento de su padre, y los criminales fueron detenidos (46).

En poco difiere esta leyenda de otras que se enmarcan en Montehermoso. Cuando aquí se comete el asesinato son los testigos unos mirlos que pasan volando sobre la escena del crimen. El descubrimiento tiene lugar durante las fiestas de Nuestra Señora de Valdefuentes, cuando los homicidas hacen un comentario acerca de unos mirlos que han venido a posarse en el tejado de la ermita (47).

Al igual que hemos visto con otros animales, también al lobo lo encontramos en Extremadura como anunciador de ocultas riquezas. Tal sucede con el tesoro que en Villasbuenas de Gata se localiza en el lugar conocido por El Púlpito de los Lobos, y que todavía por los años finales del siglo XIX trajo en jaque a los ilusos habitantes de los contornos (48). Aunque en este caso también el depredador impide que la fortuna sea alcanzable para los mortales. Y ello se debe, al decir de los vecinos del pueblo, a que un lobo siempre permanece acechante y sus continuos aullidos petrifican y matan a quienes tienen la osadía de acercarse por sus inmediaciones.

Interesante resulta constatar que en diferentes acontecimientos el lobo, más que guiador, se convierte en guiado y no precisamente por alguno de sus congéneres, sino por personas que, en razón a diversas circunstancias, han adquirido hábitos lobunos. Tales son los casos recogidos en Garrovillas y en Alcuéscar (49). En la primera de las poblaciones nos topamos con una mujer que está sola por los ribazos del Tajo en trances de dar a luz, siendo observada por siete lobos. Cuando la hija nace, uno de los lobos corta con los dientes el cordón umbilical y se lleva a la criatura sin que la madre, a causa de su estado, pueda impedirlo. La niña crece en compañía de los lobos y con el tiempo llega a ser obedecida por éstos, de los que aprende todas las costumbres.

En Alcuéscar es una joven soltera la que, para salvar su honor, lleva a su hija recién nacida al campo y la coloca debajo de un almendro. La infeliz madre pide a Dios que se apiade de su niña, que inmediatamente es recogida y adoptada por una manada de lobos. Crece entre ellos, adquiere su costumbre y su lenguaje y anda a cuatro patas. Un sorprendente instinto la lleva a impedir que los cánidos amigos ataquen los rebaños del pueblo. Con el tiempo acaba emparejándose con el lobo mejor dotado.

En lobo guía, aunque por castigo divino, se convierte el cura encargado de la ermita de la Cruz Bendita, de Casar de Palomero, sita en lo alto del Puerto del Gamo. Como estuviera diciendo misa de rogativa previa a una batida, vio que un gamo perseguido por un grupo de lobos entraba y salía a toda velocidad del santuario repleto de cazadores. Aunque era el momento de la consagración no tuvo reparos para expresar en voz alta la envidia que le daban los lobos que iban tras la presa. En ese instante el sacerdote quedó convertido en lobo y desde entonces, siempre seguido por sus perros, a los que guía por montes y valles, no deja de correr tras un fantasmagórico gamo. Dicen que sólo recobrará su forma humana cuando dé caza a la pieza y luego se encuentre con un cura celebrando misa.

A escaso trecho de este santuario, ya en término de Marchagaz, se localizan las ruinas del convento franciscano de desierto puesto bajo la advocación de San Marcos. En este lugar, sito en las abruptas pendientes de la Sierra de Altamira, fue custodiada durante la Guerra de la Independencia, concretamente entre los años 1809 y 1812, la imagen de la Virgen de Argeme, patrona de Coria, para evitar su profanación por parte del ejército francés que se había enseñoreado de la ciudad episcopal. Mas cuando llegaban noticias de que los galos merodeaban por la zona, un fraile de San Marcos, fray José de Coria y Ponce, tomaba la pequeña talla sobre sus hombros y ascendía por la ladera (50) hasta alcanzar la más que recóndita Cueva del Misterio, donde la ocultaba. Sólo él sabía de su existencia. Cuentan que unos lobos hacían guardia cuando la imagen era dejada en aquellas soledades y que estos mismos lobos, como no pudiera acompañarlos fray José, guiaron desde el convento hasta la cueva a quienes acudieron a por ella, una vez que el peligro amainó, para devolverla a su ermita de Coria.

V.

Si en el caso precedente son los lobos los que conducen a la boca del antro, es una serpiente la que señala el camino de salida del siniestro pasadizo del castillo de — 10 — Trevejo. Siguiendo la dirección que le marca una gran culebra que se desliza ante él, un caballero cautivo logra escapar de la galería subterránea que le sirve de prisión y que en el pueblo conocen como Lapa de la Sierpe.

La toma del baluarte de Montánchez se debe también a una serpiente que muestra a los cristianos el camino que han de seguir para llegar al corazón de la fortaleza defendida por los almohades. Estando un sábado acampados junto a la fuente del Trampal una enorme serpiente, cubierta su cabeza con una mata de pelo, atravesó por medio de las mesnadas cristianas sembrando el pánico entre los caballos ya dispuestos para el ataque. Antes de que pudieran imaginar la serpiente había desaparecido de su vista. Los caballeros siguieron su rastro entre espesos y altos matorrales y no tardaron en dar con su guarida. Era ésta un amplio túnel que comunicaba directamente con el castillo. Y fue por este pasadizo por el que penetraría un grupo de los más aguerridos cristianos para tomar la fortificación. Sorprendentemente no encontraron rastro ni nunca supieron de la fabulosa culebra peluda que los había guiado hacia la victoria. Cuenta la leyenda que se trataba de una núbil princesa agarena que, cual Melusina, cada día final de semana tomaba forma de serpiente, aunque conservando su cabeza humana, y por el recóndito pasadizo bajaba hasta la fuente del Trampal a peinarse los dorados cabellos. Al considerarla culpable de la derrota su padre, el caíd, maldijo a la virgen mora, que desde aquel fatídico día vive transformada en sierpe bajo las huras del castillo. Sólo la noche de San Juan recobra su forma de mujer y se la ve pasear sobre las almenas portando en la mano una vela encendida (51).

El escudo de los Duques de Alburquerque, entre otros elementos heráldicos, recoge una serpiente, que algunos consideran dragón, saliendo de una cueva (52). Teniendo en cuenta lo incongruente de la leyenda con respecto a la historia, apunta aquélla que la labra de tal motivo tiene su razón de ser en un hecho mítico. Atraído por los silbos de una serpiente el que luego sería señor de la villa encuentra el pasadizo por el que penetra y se hace con el control del castillo, mas no sin antes poner en fuga al reptil que trata de impedir su entrada (53).

Menos acertados estuvieron los pastores que guardaban sus rebaños por la zona de la alquería hurdana de Casarrubia, ya que sufrieron el correspondiente castigo por hacer oídos sordos a los requerimientos de una gran culebra que tenía su habitáculo en el Charco de la Serpiente, uno de los remansos del río Jurdano. La serpiente de la fábula reunió a todos los cabreros para decirles que se marcharan con los ganados de aquellos lugares porque al día siguiente se producirían un diluvio que anegaría todo el valle. Uno sólo hizo caso al aviso. Los demás, que hicieron oídos sordos, murieron ahogados junto a sus animales (54).

El morir por ahogamiento fue el fin que aguardó a otro pastor de la misma comarca por desobedecer a la culebra que lo había enriquecido mediante la entrega de los correspondientes tesoros que custodiaba en una cueva que tenía como habitáculo. Un día la serpiente le dijo:

“Si quieres cogé más tesoros, me tienes que llevá a bebé a Boca Oveja, a donde desemboca el río de los Angeles en el río Alagón”. De buen grado aceptó el cabrero, pues no en vano ya soñaba con nuevas fortunas, y llevó hasta el lugar, cruzando la sierra que separan los valles del Caminomorisco y Malvellido, a la serpiente metida en un saco. También portaba todos sus caudales. Llegados al río la serpiente le pidió que, antes de darle un nuevo tesoro, la metiera hasta el centro de la corriente, donde el agua estaba más clara, pues era allí donde le apetecía apagar la sed. Y al tiempo le indicaba que dejara los dineros en la orilla. Pero no escuchó este último requerimiento, de modo que colocó el saco lleno de monedas en el hombro y se metió en el río, de forma que el peso de los dineros hizo que se hundiera en la profundidades. Fue así como el cabrero perdió vida y hacienda (55).

Serpientes que con su sola presencia nos indican la realidad de un tesoro abundan en Extremadura (56). Tal era el caso del áspid que moraba en el laberinto de túneles que recorren la ciudad de Plasencia y a cerca de la cual interroga a sus lectores el historiador Alejandro Matías Gil: “¿No os han hablado también de una serpiente, de larga y rizada melena, que se guarecía entre las ruinas y los caminos subterráneos que dicen que desde El Berrocal conducían a La Fortaleza?” (57). En muchas ocasiones esta serpiente cumple con el papel de feroz guardiana de las riquezas que han puesto bajo su custodia. Así lo vemos en la Cueva de Riscoventana, de la alquería de El Castillo. La tinaja de oro que había en su interior estaba custodiada por una gigantesca serpiente que sólo se alimentaba de ganados.Quienes se apoderaron del botín debieron cumplir con un ritual conjurador que los librara del temible reptil (58). También en Las Hurdes la serpiente no sea más que una metamorfosis de la malévola y mítica jáncana, que bajo aquella apariencia defiende de los intrusos las cuantiosas riquezas que atesora dentro de sus cuevas (59).

Refiere una leyenda que en el lugar en que San Magno, un enigmático monje benito discípulo de San Galo, fundara un convento en los altos siglos de la Edad Media por las proximidades de Garganta la Olla no se veía ningún tipo de serpiente. Fueron maldecidas y expulsadas por el santo, e ignoro si el anatema sigue teniendo vigencia. La razón de tal comportamiento se debe a que San Galo era buscado para martirizarlo, no se sabe bien si por arrianos o musulmanes, y una serpiente le indicaba a los perseguidores el lugar de su escondite mediante silbidos o colocando en puntos visibles trozos de tejidos arrancados del sayón del anacoreta.

Todo lo contrario sucede con la ermita de Santa Ana, en Guijo de Granadilla, actualmente situada dentro del mismo núcleo de población y en cuyo interior, hasta no hace muchos años, era corriente encontrarse camadas de culebras. Esta querencia del reptil hacia ese espacio sagrado viene avalada por la correspondiente leyenda.

Cuando el pueblo aún no era pueblo, unos pastores que andaban con sus rebaños por aquellos campos corrieron tras una descomunal serpiente que, ante sus ojos atónitos, les acababa de engullir una oveja. Siguiendo su rastro entre matojales y arboledas llegaron a un pequeña covacha que se abría al lado de un pozo. Allí estaba la serpiente enroscada y mostrando un aspecto de total docilidad. Pero el reptil no estaba solo, ya que a su lado se hallaba una imagen de Santa Ana a la que el animal servía de guardián. Los pastores se hincaron de rodillas frente a la Madre de María y antes de salir de su asombro la serpiente había desaparecido. Nunca más volvió a saberse de ella. En aquel lugar se le erigió una ermita a la que hoy es patrona de la localidad (60).

VI.

No es una sierpe, sino una pareja de palomas blancas la que atrae la curiosidad de unos pastores de El Cerezo. Cada mañana observaban cómo las aves se acercaban sin la mínima precaución a los rebaños y, ya al pardear, emprendían el vuelo en la misma dirección. Una tarde deciden seguirlas para averiguar su refugio y se topan que éste no es otro que una derruida construcción en un altozano, oculta por unas espesa arboleda. Se introducen entre las ruinas y no encuentran rastro de las palomas. Lo que hallan en su lugar es una pequeña imagen de la Virgen con el Niño en brazos. La noticia corrió entre los paisanos, que no tardaron en reconstruir lo que había sido una antigua ermita, en la que veneraron a Nuestra Señora bajo la advocación del Teso. Actualmente la vieja imagen se custodia dentro de la iglesia parroquial, si bien una copia de la misma se ha colocado en un nuevo santuario erigido a esta Virgen en un lugar muy alejado de donde estuvo el primitivo.

Como en el caso precedente, será también una paloma el animal guía en la invención de la Virgen de la Antigua, en Villarta de los Montes. Apunta la leyenda que en el lejano siglo XIV los vecinos de esta población y los de la limítrofe Puebla de Don Rodrigo se sorprendieron de la extraña aparición de una paloma blanca sobre unos cerros que se alzan más allá del puente romano. Un pastor de Villarta decidió ir en su busca y no tardó en encontrarla, aterida de frío, en el tronco de una encina. La metió en el zurrón, la llevó a casa y, cuando pretendió sacarla para dársela a sus hijos, la paloma había desaparecido. Al día siguiente el ave estaba en la misma oquedad del árbol. Al igual que en otros relatos, la escena se repitió dos veces más. En la cuarta ocasión en lugar de la paloma, lo que el pastor encontró fue una imagen de la Virgen. Aunque una versión de la leyenda refiere el hecho de que al coger por última vez la paloma se oyó una voz del cielo en estos términos: “Yo soy la Madre de Dios y quiero que en este lugar se me levante una ermita”. Y así se hizo, dejando en el altar en memoria del milagro el tronco de la encina (61).

También nos encontramos que es una paloma la que, mediante una extraña forma de proceder, cambia la decisión tomada por los vecinos de Baterno. Nada más llegar al pueblo el milagroso cuadro de la Virgen de la Soledad, conocida con el nombre de Nuestra Señora del Fuego, hecho que sucede en el año 1690, comienzan las obras de la construcción del templo. No debía ser el lugar del agrado de Nuestra Señora, por cuanto que una paloma no sólo hace acto de presencia y deshace con su pico las obras iniciadas en el santuario, sino que al mismo tiempo señala el punto agreste donde éste debe levantarse (62).

La transformación de la Virgen en paloma para mostrarse a los humanos, como hemos visto en los casos anteriores, proliferan en el folklore extremeño (63). Sirvan como ejemplo estas conocidas estrofas de rondas y alboradas: De los cielos baja una paloma y en el santo tempo se vino a parar, el rosario traía en el pico, para que se rece por todo el lugar.

De los cielos baja una paloma
y en el santo tempo se vino a parar,
el rosario traía en el pico,
para que se rece por todo el lugar.
De los cielos baja una paloma
y a Santo Domingo se vino a parar,
y advirtió que en el pico traía,
las cincuenta rosas del santo rosal.
Por cima de la corona
del que la misa decía,
revolea una paloma
y era la Virgen María.
Por cima de la corona
del que la misa cantaba,
revolea una paloma
y era la Virgen Sagrada.

Incluso la paloma llega a suplantar, cual sucediera hace pocos años en Zafra, la cabeza de Nuestra Señora de la Candelaria. Recogieron en crónica periodística el hecho que levantó la lógica expectación. Un día la imagen de la Virgen apareció decapitada y una paloma ocupó el lugar de la cabeza hasta que, al cabo de los días, se encontró la parte de la escultura robada y fue repuesta.

Aunque tampoco falta la leyenda en la que la paloma puede ser interpretada como el propio Espíritu Santo que viene guiar sobre la denominación de un determinado enclave. Así sucede en una pequeña población pacense fundada por pobladores de Puebla de Alcocer y Esparragosa de Lares. Discutían entre los recién llegados sobre cuál sería el nombre que debieran imponer a la nueva aldea y la solución llegó de una manera poco menos que milagrosa. El sacerdote paseaba por el campo y una paloma vino a posarse en su mano. Quiso cogerla, pero el ave voló hacia las ramas más altas de un olivo cercano. La escena se repitió en cuantiosas ocasiones, hasta que el clérigo llegó a la conclusión de que estaba ante la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Lógicamente el pueblo fue bautizado como Sancti–Spiritus y delante del olivo se construyó el altar de la iglesia (64).

Por Cancho de la Paloma conocen en Tornavacas a una losa, sita en la dehesa de Las Salamancas, junto a la que dicen que se halla un tesoro. Muchos son los que han excavado por los alrededores, sin que el éxito les haya acompañado. Aseguran que el fracaso en la búsqueda se debe a que alguien se adelantó y se hizo con la fortuna. La realidad del tesoro quedaba confirmada que el hecho de que una sisella hacía extraños movimientos sobre esta piedra, en la que se posaba de manera reiterada, aunque otros sostienen que la localización lo marcaba un petroglifo en el que se representaba la figura del ave.

VII.

Los grabados animalísticos guiando al iluso buscafortunas hacia el lugar en que se encuentra el tesoro son cuantiosos en la región, de manera muy especial en la zona más septentrional de la provincia de Cáceres. Las representaciones aluden a las clásicas “pajaritas”, término que integra a cualquier tipo de ave, y, en menor medida, a los gatos. La mirada de un minino retratado en un canchal próximo a la ermita de la Virgen de la Peña, en Perales del Puerto, marca el punto exacto en el que los moros de la comarca ocultaron sus riquezas. El “tesoro del moro Juan” lleva siglos escondido en las sierras de Gargantilla, bajo la mirada pétrea de un gato esculpido en una roca. Hasta la fecha nadie ha dado con el felino, indispensable para descubrir el tesoro, a pesar de que tenía la fabulosa facultad de maullar la noche de San Juan. En otros lugares no se encuentra el susodicho gato porque éste ha desaparecido, sin que los causantes de tal desaparición supieran de su significado, como ocurriera en Ahigal (65).

Las clásicas gacetillas y libros de tesoros que vieron la luz entre los siglos XVII y XIX dan pelos y señales sobre el particular (66). He aquí algunas de sus citas, en los que se tiene al gato como protagonista o guiador del tesoro escondido por los intrincados campos de la Sierra de Gata:

“En el término de Santibáñez se hallará un gato pintado y enfrente un ave de rapiña. Entre los dos hay tres tinajas, una de oro, otra de plata y otra de alquitrán o veneno” (67).

“En la Sierra del Gato se allará pintado en un penado con el rabo rescado y mano lebantada mostrando adonde está el tesoro en el mismo penado”.

“En la Sierra de Jalama junto a Sn. Blas el Biejo está un gato echo a pico en una piedra pequeña y a nuebe pasos adelante acia el oriente a la profundidad de un hombre está un gran tesoro” (68).

En la localidad de Eljas la creencia en los tesoros ocultos y en su descubrimiento merced a la intercesión gatuna está sumamente arraigada, y no faltan motivos para ello:

“porque varias veces algunos afortunados han dado inconscientemente con el gato, pasando en un periquete de un estado indigente a la opulencia, con el hallazgo de tesoros; citándose, entre otros, a un revendedor de paños de Torrejoncillo, llamado Dionisio Martín; a un Francisco Ramos, apodado el Chochero, y a un Francisco Rolán, a quienes la loca Fortuna escogió por favoritos” (69).

Menos suerte que los anteriores tuvo el vecino de Portezuelo que por las postrimerías del siglo XIX se topó en el castillo de Marmionda con el ladrillo que tenía el correspondiente gato dibujado, debajo del cual, según la tradición secular, debería encontrarse el tesoro. Se hicieron concienzudas excavaciones pero el esperado tesoro no apareció (70). Pero no sólo la imaginación de los portezoleños ha volado hacia la fortaleza de Marmionda, sino también hacia la finca de Macailla o Macaela, donde se suponen enterradas grandes ollas repletas de monedas y alhajas por las proximidades de unas ruinas que algunos suponen de origen visigodo. No es en este caso un gato, sino una gallina de carne y hueso la que marca el lugar exacto del tesoro. La coplilla así lo confirma:

Macaela, Macaela,
¡cuánto oro y plata en ti queda!
Si una gallina escarbara,
¡cuánto oro y plata en ti hallara! (71).

Es cierto que hoy los lugareños no tienen fe en dar con las susodichas riquezas por la sencilla razón de que ya hace muchos años pasaron a un boticario de Torrejoncillo, que hasta ese lugar de la Macailla acudió una noche de luna llena con todo un gallinero. Las gallinas se encargaron de poner al descubierto todo el oro y la plata, como reza el dicho que con cierto aire de resignación o desencanto también se escucha en Portezuelo como broche a los versos anteriores:

Y una gallina escarbó,
¡y el tesoro que encontró!

En ocasiones ocurre, como ya hemos visto a lo largo de este trabajo, que las gallinas no son tanto buscadoras de tesoros como tesoros en si mismas. Es el caso de la pollada de oro que, en la noche de San Juan, aparece junto a determinados acuíferos vigilada por la aurífera pita.

Es la misma pollada que en la mítica noche picoteaba entre las arenas del Alagón extrayendo pepitas de oro, como bien sabía un orive de Ceclavín que sólo dio cuenta de ello en el lecho de muerte. Su hijo, no conforme con la cosecha de granos que les proporcionaba la pollada, pretendió sin éxito cazar los animales, razón por cual el “prodigio” desapareció para siempre. El premio también se le niega a los que aguardan al solsticio para hacerse con la granja que asoma y se esfuma entre los riscales sobre los que se asienta el castillo de Santibáñez el Alto:

Desde el fondo del castillo
en la noche de San Juan
salen pollitos de oro
pa quien los pueda cazar (72).

Un gallo contribuye, aunque de forma indirecta, a la delimitación de los límites de dos poblaciones que se disputan un determinado territorio. Así ocurrió, según la leyenda, a la hora de dirimir el co