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D. PEDRO GONZÁLEZ DE ULLOA: ADORACIÓN DEL PODER Y DESPRECIO DEL PUEBLO (S. XVIII)

CERRATO ALVAREZ, Ángel

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 331.

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A Pilar Panero García

Desde mediados del siglo XIX surgió en Galicia una fuerte conciencia por la recuperación de su pasado más genuino. Fue el llamado Rexurdimento que se plasmaría en grupos tan decisivos como Xeneración Nós que prolongaría sus investigaciones a lo largo del siglo XX.

La Xeneración Nós buceó en la lengua, la literatura, la historia, la antropología, la arqueología, la música popular y en sus propios ilustres personajes del pasado. El vehículo de expresión fue su propia lengua, o galego y también el castellano.

Todos citaban a un Padre Sarmiento, a un Padre Feijóo, los dos del siglo XVIII, y encontraron a otro más: D. Pedro González de Ulloa, cura párroco de varias aldeas del Este de la Limia Alta, promovido por los condes y duques de la Casa de Monterrey al que sumaba el título de Alba y un largo etc… La sede de la casa noble residía en el actual castillo y Concello de Monterrey, al pie de Verín, al Este de la Provincia de Orense, lindante con la raya de Portugal.

Era hijo de unos más que humildes campesinos. Nació el año 1714 en la aldea de Xocín, parroquia de S. Martín de Porquería, concello actual de Porqueira. “Nací en casa ahumada”, dejó escrito más que gráficamente. Estudió brillantemente, acaso en los Jesuitas de Monterrey, trabajó asiduamente en el rastreo de campo de los restos y pervivencias arqueológicas de las tierras de sus curatos con sólidas bases científicas de numismática, historia, epigrafía, lingüística y filosofía. Sus hallazgos merecieron ser tenidos en cuenta por el Padre Flórez, el P. Sarmiento y el mismísimo Director de la Real Academia de la Historia. Las investigaciones posteriores no los han desmentido, al contrario. Realizó varios viajes a Madrid para estar al día y le fueron familiares los estudios del P. Feijóo, del P. Mariana y de otros autores.

Murió el año 1790, lo que no fue poco para aquellos tiempos. Dejó escrito en su testamento que sus funerales y el aniversario de su muerte se remataran con 13 curas, lo que no fue mucho, ya que hasta hace poco, y mientras el clero fue abundante, podían verse 13 docenas de curas en el funeral de un parroquiano. También dejó pagadas mil misas por su alma, cosa ya prohibitiva para el pueblo.

Sus nombramientos y sus cambios de curatos se produjeron siempre por orden de Excelentísimo Señor Natural, el conde de Monterrey, y muerto éste, por la Excelentísima Sª Duquesa de Alba, la de los retratos de Goya. Siempre les estuvo agradecido. Evitó sublevaciones y motines de sus fieles contra el “Señor Natural”, cantó las riquezas de la Casa y se postuló para canónigo de Orense, cosa que no consiguió.

Fue un producto de la Ilustración. Se le rescató por sus escritos sobre las posesiones de sus “Señores Naturales” en Galicia, de modo muy especial por las tierras de la Limia Alta y de la Limia Baja. La obra se tituló “Descripción –o Relacion– de los Estados de la Casa de Monterrey en Galicia”. Dio la orden de que el primer manuscrito no saliera del castillo y que se guardase a cal y canto por el temor a las represalias de aquellos que por allí salían. Tan bien y tan a punto se cumplió, que ni el propio González de Ulloa supo dónde podía parar y tuvo que redactar un segundo manuscrito que estaba acabado el año 1777. Éste era el que se conocía. El primero se reencontró el año 1932 en la rectoral de Tintores, parroquia de Verín, custodiado por el cura, que pensó que aquello no merecía la pena el cesto de los papeles. Por Tintores paró el galleguista José Ramón Fernánndez Oxea, que lo rescató para la posteridad. El año 1950, a través del Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos del C.S.I.C. se publicó el conjunto completo con base en el manuscrito del año 1777, con anotaciones del primero perdido y reencontrado, y otras más del propio J. R. Fernández Oxea.

El ilustre arqueólogo gallego actual, Antonio Rodríguez Colmenero, topó con una serie de cartas de D. Pedro González de Ulloa en la Biblioteca Nacional, que publicó en la Revista Lethes, Cadernos culturais do Limia, outono 2001, Nº 3.

Rodríguez Colmenero nos presenta a un autor ilustrado, culto, con métodos de investigación de campo asombrosamente actuales, con una redacción precisa, concreta, puntual, exactamente histórica y centrada en cada uno de los momentos del pasado de las pervivencias arqueológicas que nunca fueron desmentidas.

Hasta ahora, todo muy bien. Pero las puntualizaciones que haré se refieren al aspecto humano del personaje, puntualizaciones extraídas de la publicación completa de Fernández Oxea, –y digo completa, porque circulan extractos por algunos de los concellos citados en la obra–.

A través de la Descripción de los Estados de la Casa de Monterrey así como de las cartas mencionadas, nos encontramos con un personaje de dos caras. Una, la de la vitalmente alagadora y sumisa al poder. Otra, la de la postura despreciativa hacia el campesinado.

Está jesuíticamente agradecido por haber sido nombrado cura de Perrelos (concello de Sarreáus), tal como se puede leer, “el primero que me ha conferido solamente por su bondad y sin mérito alguno mío la Excelentísima Señora Doña María Teresa Álvarez de Toledo, Patrona in sólidum¸de tal beneficio”. Corría el año 1742. Cuando la Marquesa se picó de viruelas, corrió a encargar unas misas cantadas al Santuario de los Milagros, de Baños de Molgas, cosa que cita como currículum.

Se muestra sumiso, obediente o servil con el poder que le mantiene. La dedicatoria del trabajo que hizo para “su señor natural”, encuadra su pensamiento y sus posturas vitales: “A los Exmos., Ilustrísimos y Nobilísimos Srs. Duque y Duquesa de Alba, Marqueses de Villa–Franca, etc, en lo que está dicho todo”. Y poco después dice que acepta el encargo de escribir la “Relación…” porque se lo mandan, que lo hace porque viene de “su soberano precepto”, y sigue,“ con cuantos quiera imponerme su grandeza será siempre mi obediencia imprescindible”, con anotación marginal de “ciega”, “y pronta”, para rematar con expresiones como “grata obediencia mía”.

Nos encontramos con un lenguaje zalamero cuando se refiere a que “bajo esta tosca corteza” encontrará el conde asuntos que no hallará en otros libros y que aún se calla, porque si echa mano de lo que tiene “en su pobre oficina”… Se acoge a “la lince penetración de V.V.E.E., pero si alguna aclaración necesitan, allí estaré con mi corta capacidad para aclararles lo de menos a lo de más”. Su propio escrito es una “obrilla”, una “narración sencilla”, “un papelón”… Les dice que “hagan de ella y de su autor lo que sea de su agrado, al que rendidamente estoy sujeto”. “Todo lo que (la obra) puede tener de lustre es lo que logra por ser de V:V.E.E. este terreno que describo”.

Se dirige a sus “Señores Naturales” con un lenguaje reverencial que va más allá de las formas corteses, retóricas o refinadas tan características de la época. Son permanentes las expresiones como “Señor y mi Dueño”, “Soberano Dueño”, “Señor Natural”, “V.V.E.E.” “Mis Excelentísimos Dueños y Señores”, “Esclarecidísima Casa”, “El Duque mi Señor, que goce de dios”, “su más atento siervo y favorecido capellán”, “que sus E.E. gocen” (de las posesiones que describe a las que llama estados) “por muchos años, hasta que determinen por sólo su gusto heredarlas en los floridos renuevos de tan excelsas plantas. Así lo disponga la Divina Providencia como lo desea… su más favorecido capellán”.

No está exento de cierto despecho y de una indeterminada frustración cuando recuerda a los Condes que “sus gloriosos causantes” –predecesores – “tuvieron regalías que se han perdido”, por ejemplo, haber nombrado “a dos prebendados” (canónigos) “y esto es lo que más siento, porque acaso lograría (yo) alguna prebenda, pues sé leer latín y esto me basta para ser canónigo”. Como se ha señalado, el Conde pasó de él. Es muy posible que le quisiera mejor como cura de aldea, –aunque él mismo, D. Pedro González de Ulloa, le diga, con jesuítica reverencia, que no se sentía apto– que como canónigo y de canónigo a obispo. Cualidades no le faltaban, precisamente, y habría que atarle corto.

La adulación se manifiesta bajo expresiones floridas, típicas también de la mentalidad de la época, cuando recuerda al Conde que visite sus tierras para que vea que sus gentes no son como les pintan y para que los pintados vean que sus señores tampoco son como dicen. Y así le dice: “¿Qué producirán aquellos arbustos que nunca logran ver el sol?”, metáfora que resume las concepciones filosóficas, sociales, ideológicas y religiosas del feudalismo europeo a punto de ser barrido. –De las pinceladas de los vasallos poco bueno podrían sacar sus E.E. De las de sus E.E. los paisanos se confirmarían en lo de siempre–.

Se presenta a sus “señores naturales” como discreto cuando les dice que no cuenta de sus paisanos todo lo que son porque teme “un inmediato peligro” con lo que opta por pintar un cuadro de breves pinceladas, que, a pesar de todo, habrán de disgustar a muchos”. Parece que los temores le vienen de los campesinos, pero de modo especial de sus propios colegas de profesión, a quienes no trata muy bien que digamos. –Ya se comentó que el primer manuscrito se guardó tan bien, que ni él mismo supo dónde paraba, y se tardó 180 años en descubrirse–.

Hasta aquí son conclusiones que se obtienen de la lectura de la dedicatoria del propio autor.

Más allá de lo que son las cortesías obligadas y las retóricas de la época, las expresiones de presentación y de despedida que sen ven en las cartas que Rodríguez Colmenero publicó en la revista Lethes citada, confirman ese comportamiento sospechosamente reverente, sumiso, zalamero, falsamente humilde o servil a secas, al poder establecido.

En una carta de finales del año 1752, dirigida a D. Agustín Montiano Luyando, presidente de la Real Academia de la Historia, se presenta como investigador de “reducidísimo ingenio, cura aldeano por singular merced de mi Excelentísimo Señor, Duque de Huescar, conde de Monterrey”. Al presidente de la Real Academia de la Historia le trata de “Señoría Ilustrísima, Providente dignísimo”, y le pide a continuación que publique lo que le envía. Para dar más énfasis a su petición le cuenta qué trabajos ha pasado por “algunos parajes que sólo una vez, o dos, pisan las fieras, ganados o pastores”. –Los hallazgos citados no están en parajes tales, pero importaba impresionar–.

Le ruega que dé órdenes para que se legalicen “algunos monumentos de que tengo noticia, que los remitiré a la verdad y a la crítica… para estar libre de los asquerosos insultos de muchos vulgares”; y se despide: “sentiré que este ánimo mío no tenga aceptación en el de Vuestra Ilustrísima, pero aunque sea despreciado como me merece, ni por eso dejo de ofrecerme a vuestra disposición… su más dedicado capellán…”.

Fue contestado a vuelta de correo pidiéndosele que remitiese a la Academia todos los datos que tuviese acumulados. Su alegría debió de ser grande. Pero según Rodríguez Colmenero no pudo enviar lo que se le pedía porque nuestro D. Pedro González de Ulloa andaba fastidiado de la vista. Respondió a últimos de enero del año 1753. Entre las cosas que decía eran: “certifico ingenuamente a V.S.I. mi temor en aceptar la comisión de su venerable súplica que para mí es precepto soberano. Acéptola, no obstante los ladridos disonantes de cuantos llegaren a saber de mi ocupación, bien fundado en mi ineptitud para asunto aún del menor tamaño… Repítese al arbitrio de V.S.I. su más favorecido capellán…”.

Tuvo que esperar a 1759 para enviar una tercera nota dando cuenta del descubrimiento de un miliario de Maximino al norte de la Villa de Ginzo de Limia –actualmente Xinzo de Limia–. Tras los estudios epigráficos e históricos del miliario y de otros restos, declaró que por allí pasaba una calzada romana, que Ginzo de Limia fue la Cívitas Limicorum nombrada en las fuentes, asertos increíbles para aquellos años confirmados por los descubrimientos posteriores y las excavaciones científicas de finales del S. XX.

Otro aspecto asombroso fue la metodología descrita en la nota enviada para la clasificación, las medidas, la datación, el desciframiento de las letras y de los nombres, para la ubicación, etc. metodología que ya quisieran para sí muchos de los equipos arqueológicos oficiales en trabajos urgentes de campo.

Pero en la nota enviada al Director de la Real Academia de la Historia, se queja de que cobra poco y de que las escasas ganancias le impiden hacer más investigaciones. Se encuentra, además, con otro problema: el rechazo del paisanaje. “Si vuestra Señoría supiese cómo me silban y torean mis paisanos…”. Le pide que le envíe una autorización escrita para investigar los restos arqueológicos “para desengañar a muchos tontos” y demostrarle que él no andaba como ellos desenterrando tesoros encantados y escondidos, y cuenta que le sucedió que halló una piedra al pie de una ermita con letras romanas; copió lo que pudo, volvió a los pocos días y halló que el pueblo había removido todo y derribado casi toda la ermita. Habían encontrado dos calaveras “tan vacías como sus huecas cabezas”. Y se despide “quedando yo pronto para obedecerle en cuanto me mande…, su rendido capellán y siervo…”.

A través de la “Descripción…” encontramos frases, laconismos, expresiones variadas que ahondan en ese sentido reverencial hacia el poder de “su dueño”. Todos los párrocos de los estados son excelentes porque están puestos por “mi Excelentísimo Dueño”. “Nada hay que censurar en ellos, sino es que sea en el mismo que dicta este papelón”.

Resulta que no son tan excelentes. De un cura de Flariz –entre el valle de Verín y la línea de la Limia Baja, en el actual concello de Monterrey– cuenta que éste, sí, éste es un santo. Remata que eso honra al Duque, y sigue “oh, si todos fuesen como el referido”. En otro lugar cuenta la astuta manera de enriquecerse que los curas habían inventado a raíz de la paga que los vivos tenían que hacer por los funerales de los muertos. Tiene sus dudas sobre los curas de las montañas de Riós –entre Verín y La Gudiña–, y anota: “los curatos que componen esta jurisdicción son muy pingües, y los curas que son y serán deben de ser prácticos y escogidos, y aún así, ayude dios”. Otros curas huían de las parroquias de escasos haberes, como en Golpellás –concello de Calvos de Randín–, sin casa rectoral, con habitantes pobres y, además, litigantes, y causó asombro que un cura hubiese aguantado allí ¡20 años! Tiene sus dudas y sospechas de los milagros de S. Benito de Allariz, “con quien tienen una gran fe las mujeres estériles que quieren no serlo… bien entendido que el santo no se muestra liberal sino con quien contribuye algo para su templo. Dios me entiende”. Se queja de que muchos curas pasan del pueblo y de que el pueblo pase de los curas, y de que las iglesias que están fuera de las poblaciones no se libran de ser salteadas, robadas y expoliadas con frecuencia más que asidua.

Se complace en la descripción de las rectorales –o casas parroquiales–. La gran mayoría están conceptuadas como buenas o muy buenas, “de mucho buque”. Otras, la minoría, las clasificó como malas. A juzgar por las que aún quedan en pie, fueron verdaderos pazos, rodeadas de buenos diestros, de buenas arboledas, y de buenas aguas que tanto se complace en cantar. Pero se calla que a algunas no les falta el orificio por debajo de la ventana por donde el cura encañonaba la escopeta para disuasión de atracadores. Hoy día son un contraste insultante frente a la humildad de las casas campesinas antiguas que aún quedan en pie. Casi todas las rectorales están hoy día abandonadas, arruinadas, poco recuperadas. Todo un patrimonio del pueblo que se hunde y se destruye ante la más completa indiferencia de la iglesia oficial. Toda una bofetada al pasado.

Después de hacer la relación de todos los antecesores –que llama causantes– del condado–ducado de Monterrey y varios etc., cita a los que viven en su tiempo “que gobiernan su rico patrimonio con el acierto que es notorio. Quiera el cielo dilatar su preciosa vida para la felicidad de sus leales vasallos que todos se la desean colmada de toda prosperidad. Amén”. Como se verá más adelante, no todos eran de tal parecer.

Le gusta copiar una y otra vez los documentos reales de Juan II de Castilla, que fue de los más espléndidos con la Casa. Allí se aclaran las posesiones, las donaciones, los títulos, los pleitos, las adquisiciones o las transmisiones. ¡González de Ulloa se muestra como un buen perro guardián!

También prestó una ayuda impagable a la Casa cuando los habitantes de Perrelos, Piñeira Seca, Solveira y otros del mismo entorno en los actuales concellos de Xinzo de Limia y de Sarreáus, se amotinaron –“dios guarde a los que lo movieron”–, contra sus dueños naturales por exigir a los campesinos que pagasen los impuestos atrasados. González de Ulloa los apacigua, y al final “les perdonaron casi todo lo que debían de atrasado y les hicieron notable rebaja”. La vuelta al redil le llenó de orgullo.

Por los alrededores de Ganade –también del concello de Ginzo– se llegó al increíble acuerdo de pagar la fanega de centeno “a 15 reales, año estéril o año abundante”. Y “lo que se contribuyó por razón de vasallaje… se llevó por cada respectivo concejo a la contaduría de Monterrey. Por este auténtico tratado y ajuste han quedado para siempre aseguradas las rentas de la Casa sin temor de revoluciones y litigios quiméricos entre los señores y los vasallos…”. Lo cuenta como un gran acontecimiento, quizá para curarse en salud, ya que de allí era él.

Le atrae el fasto, los apellidos y la buena posición de las familias no nobles, pero de abolengo, de las tierras de los “estados” que describe. Nos cuenta sus profesiones, sus posesiones, si viven fuera del lugar, con quién emparentaron… “los ricos se crían con demasiada delicadeza y los pobres con demasiada miseria… contra ellos no se atreven los jueces y sí sólo contra los pobres”. Eso es todo.

No perdona a los jueces, –sobre quienes recayeron las diatribas de todas las épocas–. Son los que se llevan la palma de las críticas más duras: “buscan (el título) de jueces despreciando el de justos…, muchos de los arcontes sacrifican a los pobres patricios –el patricio o petrucio, era el anciano jefe natural de la familia gallega–, al ídolo de la avaricia…, los candidatos pretendientes para obtener (el puesto de jueces), se visten de zamarra, cayado y honda… mas después que logran lo que pretenden, se transforman en leones, lobos, y tigres”. Y cita al P. Feijóo para cubrirse las espaldas. Pero todo quedó en eso.

“Pone su Excelencia corregidor, alcalde mayor, escribano de número, procuradores y ministros que con sus empleos lo pasan tan lindamente”. Eran el estrato entre la Casa y el campesinado. En la introducción les pone a todos a parir, era un poco el gusto de la época, pero nada más. Si en su momento llega a decir que el foco estaba donde estaba, sus días se hallarían contados, había que nadar y guardar la ropa.

Son sabidos los litigios, luchas y guerras entre el poder civil y el poder religioso por cuestiones de territorios, fronteras e influencia. Ganceiros –en el concello de Lobios, en la Baja Limia–, por ejemplo, pertenecía al “Duque mi Señor Excelentísimo”, pero el obispo de Orense era el que nombraba al cura, y González de Ulloa insiste en que a pesar de todo, el cura era vasallo de “mi Exmo. Señor”. En otra ocasión cita el caso de una aldea, y pequeña, que era de jurisdicción hasta de cuatro “señores”. Si lo cita es porque se teme que se subleven por tener que pagar el pato de los cuatro.

Fernández Oxea nos presenta a González de Ulloa como hombre preocupado por desterrar esa mala imagen de los gallegos “como leyenda negra que sobre Galicia venía pesando desde muchos cientos de años antes”. La realidad es que de los escritos se obtienen no unos datos que destierran y mejoran esa imagen, sino una visión amarga y dura. No se destierra ningún mito, al contrario, se le engorda. No es de recibo que se recupere a un personaje de la galleguidad, como González de Ulloa, y se haga de él un icono, cuando vio y soportó al pueblo, de dónde él venía, como un elemento ignorante, sumiso y obediente al poder del “señor Natural”, conde de Monterrey, duque de Alba y otros etc., y sumiso, obediente o pasota al poder clerical delegado, a su vez del “señor natural”.

Fernández Oxea es hijo de esa mitología cultural y victimista del rexurdimento que se explotó y se explota, salvo honradas excepciones, por intelectuales de salón que no vivieron como pueblo, no rompieron el cascarón del problema, no entraron a fondo en el alma social de su propia historia y de su propio pasado.

Tampoco González de Ulloa profundizó en los por qués de la situación que describe. Al revés. Acudió a las explicaciones generales de la maldad humana, –de la que estaban ausentes los componentes de la Casa– y de la ignorancia del pueblo. No entró a explicar el caldo de cultivo social, económico, cultural o religioso que explotaron las ambiciones y las maldades que el ser humano dice que lleva. Y pasó de largo de la otra cara de la moneda que también lleva el ser humano: la justicia, la lucha por la igualdad, la indignación de los de abajo por el desenfreno de la vida de los de arriba y por la explotación del poderoso de los recursos de la Naturaleza que son de todos, las ansias de paz o el odio a la guerra.

El cobro despiadado de impuestos, las fastos, los líos, las luchas, las guerras o las devastaciones del poder que sufre el pueblo, ésos sí que fueron debidos a la ambición, a las estructuras que la mantuvieron impune y a la eliminación de todo aquello que lo rechazara, pero que no se citarán con nombres y apellidos como las verdaderas causas.

Y no es que no existiera a la altura del siglo XVIII una clara conciencia de crítica radical de las estructuras sociales, religiosas, culturales o científicas que eran las que hacían que la maldad o la ambición innata del ser humano florecieran a sus anchas. ¡Al contrario! El pueblo percibe muy bien dónde estaba la raíz de sus males, tal como me confesaba un viejo pedáneo: “aquí, los problemas nos venían por los túzaros de los ricos.” González de Ulloa vivó metido en la miope y tradicional visión de la intervención divina en la Historia. Hasta las heladas y los pedriscos serán “suaves castigos por nuestros pecados”.

El pueblo gallego, como tantos de la geografía nacional de otras épocas, no tuvo muchas letras oficiales, exactamente pocas o ninguna, pero gracias a él, se conservó la lengua, la arquitectura popular, los oficios, una sabia y respetusosa comunión con la Tierra, con el Bosque, con el Agua, con los animales, con los diversos nichos ecológicos que el “progreso” actual han destruído. El pueblo creó y vivió una rica y profunda comunidad de intereses en los trabajos y en los oficios. El pueblo conservó y renovó su prodigiosa música y una tradición oral secular de mitos, leyendas, refranes, poesía y romances. El pueblo transmitió a través de supersticiones y creencias, todo un entramado humano vital con las fuerzas de la Naturaleza que representaron hondos sentires de la vida humana.

La descripción que hace de los campesinos no tiene desperdicio. Por supuesto que son vasallos. Esto, que quede claro. Y como anuncio de lo que vendrá, en la breve introducción de seis párrafos que hace de las gentes de los estados de su señor natural, cinco y medio de esos seis están dedicados a una descripción agresiva y violenta de las gentes, acabando con los caciques que lo resumen todo. Los habitantes de su Señor “…son arrojados, altivos, iracundos, agrestes, etc… temerarios, tardos, indeterminados y ledos” –alegres con la alegría del tonto–, “hay gran número de rudos… varios doctores clandestinos, estos forman centuria, éstos son la causa de cuantas quimeras y disensiones se suscitan. No hay para ellos paz cuando no hay entre los vecinos guerra, no hay para ellos razón que valga habiendo algún vislumbre de interés”.

El cuadro se prolonga a lo largo de la obra. Están explotados por jueces y demás, y también por mercaderes, recaudadores, traficantes de ganado, arrieros, prestamistas… sin embargo, la apreciación que le merecen esos campesinos pobres, es de “ínfima clase de gentes, que además son pleiteantes en lo civil y en lo criminal… son haraganes y zánganos, son ignorantes y zoquetes…”.

Condena la bebida, la celebración de las ferias en los domingos y hace una referencia velada a los desmadres de los fiadeiros.

¡Y qué decir del cumplimiento dominical y festivo! Asisten a misa sin intención. Después, unos siguen con sus labores y otros se van a la taberna de donde salen “tan borrachos como cubas”. En la taberna se celebran, además, las reuniones con el pedáneo para solucionar los problemas del ganado de otras aldeas o de otras parroquias que pastan fuera de los límites acordados, las multas que se les imponen y el cobro de estas multas. Era de rigor el regar la asamblea con sus buenos grolos de viño. “Y allá… ¡Jesús!”. A los de estas reuniones les llama “gentes de la Edad del Bronce”. Las reuniones las consideró tales desmadres que se fue a la justicia de La Coruña y logró que se celebrasen en otro lugar, “oh, la que hubo cuando se les hizo saber”.

Se fustiga la actitud moral de los padres: los hijos les chantajean; padres e hijos, ni caso de lo que el cura dice en el sermón; sólo se preocupan del ganado, hasta tal punto que el padre será capaz de salir a media noche a buscar la vaca que no aparece, ¡pero salir a buscar de noche al hijo a la hija por zonas sospechosas!… A esto lo llama “libertad o libertinaje con que se cría la clase inferior de estos paisanos”.

Se citan las cárceles que existen por varios de los estados de la Casa. Considera que algunas son poco seguras y añade que “debieran serlo”.

González de Ulloa insiste en la pobreza campesina. De los de Flariz –concello de Monterrey– dice que “tienen muchas sobrecargas ”,con lo que no pueden pagar suficientemente al cura” –ahí le duele – “con lo que le privan de practicar la caridad”.

Las sobrecargas les vienen de los impuestos, pero lo primero que cita de cada población de los “estados” para que “sus señores naturales” lo tengan bien en cuenta, es el valor global que se puede obtener de esa población –que suele llamar curato– y los impuestos que se recogen en concepto de patronato, arcedianato y beneficios. Se citan con las cantidades concretas que se recogen. Los impuestos se llevaban a la Casa o se guardaban en las paneras que la Casa tenía en los pueblos, y se duele de que los jesuítas montaron las suyas por su cuenta a espaldas del ducado. Cuando el campesinado se sublevó contra los impuestos y los recaudadores de los impuestos, “que dios perdone a los que lo movieron”.

Había otros impuestos que también cita: los que se pagaban al Obispado de Orense, los que se pagaban a los conventos de Allariz, Celanova, Salamanca o Zamora, los que se pagaron a los jesuitas de Monterrey hasta que fueron barridos por el Papa y pasaron a la Casa. El pueblo tenía otros de obligado cumplimiento: la paga por los funerales, por el voto de Santiago, por fábrica de la Iglesia, por bulas, por maquilas aquellos campesinos que no tenían molino propio o familiar, –muchos hacían la molienda en el molino del cura-–, más los descritos años antes en el Catastro de Ensenada.

Había, además, que mantener la estructura burocrática impuesta por su “señor natural”, cuyos miembros ya se citaron y que “tan lindamente viven” –por estar puestos por quien les pone–. Habrá que imaginarse el lío que suponía cuando eran varios los “señores” que intervenían en un solo pueblo. González de Ulloa cita el caso de Baldriz –concello de Cualedro– pequeña parroquia “como presentación de tres o cuatro señores particulares”. La aldea de Silvaescura,–parroquia de Vilar de Lebres, concello de Trasmiras–, tenía cinco vecinos y el propio González de Ulloa se escandaliza que los impuestos se los repartan entre dos curas.

Las casas de los campesinos no tenían chimeneas, y las que las tenían eran de gentes bien, que vivían del campo, pero extrañas al trabajo del campo. Los techos de las casas de los campesinos eran de paja de centeno –el popular colmo– o de lajas de pizarra. Ambas estructuras podían aún verse por aldeas y pueblos hace no muchos años, y aún cuelgan restos desvencijados. Ambas situaciones las considera expresiones de gentes pobres, hasta tal punto que para dar a entender que algunas de las casas rectorales no son de las de “mucho buque”, cita su “techo pajizo”, las llama “chozas pajizas”, “casas lóbregas”, situación perfectamente extrapolable a las viviendas de la gente del pueblo. De él mismo dice que nació “en casa ahumada”, y de S. Francisco Blanco nacido en Tameirón, concello de La Gudiña, crucificado en Japón el año 1597 a los 27 años, dice que vio “la reducida casa en que ha nacido” (1).

Las gentes pasaban necesidades, claro que sí, pero no se preguntará, como se dijo, cuáles serían las causas últimas. Como caso hasta chocante para él, cuenta que los campesinos de los alrededores de la Torre de Pena –concello Ginzo de Limia– asaltaban el edificio señorial abandonado, y se hacían con hierros para transformarlos en herramientas. El cura no se cruzó de brazos y también se hizo unos morillos para el fogón.

Hay territorios que se salvan de la chamusquina. Son las gentes de las sierras de Verín, Riós, y la Gudiña. Los de Riós son los mejor parados, pero tienen un problema, los caciques. Otras gentes bien vistas son las de las tierras de Santa Baia de Chamusiños –concello de Trasmiras–, y las tierras por donde nació: las de Porqueira, Ganade y Sabucedo. También le caen bien las gentes de la parroquia de Baltar –concello de Baltar–. Los de Ginzo de Limia no están mal vistos como trabajadores, pero no soporta el aire que se dan de hidalgos rancios y además, pobres.

Pero la medida que utiliza para la clasificación de unos y de otros, es un tanto sospechosa. Por lo que dice de los de Covas –concello de Os Blancos – parece que la clasificación va en función de la obediencia a la clerecía. Covas y sus alrededores están pintados como uno de los territorios más pobres. De estas gentes dice que tienen que emigrar a Lisboa “de donde vienen tan espadachines que esgrimen contra el mismo cielo, cuanto más contra su cura” (2).

No se cita escuela ninguna para el pueblo (3).

Cito una serie de textos no exhaustivos, pero sí significativos, que nos dan idea de lo que pensaba nuestro G. de Ulloa acerca de las gentes de los “estados” de su señor. Excluyo la cita de la página para hacer más fluida la lectura. Omito así mismo los lugares por aquello de no herir susceptibilidades actuales en los muchos de los pocos que lo lean.

Son vasallos. Esto, que quede claro. ¡Pero qué vasallos!

“Casi todos los que habitan en ella son gentes de pocas facultades, aunque cogen de todos los frutos, trigo, centeno y vino al que son muy afectos y por esto muy ardientes”. “Gentes altaneras en demasía”. “No muy hacendados pero muy astutos”. “Son los parroquianos poco cultos, pero dóciles al suave freno”. De otra parroquia alaba el sometimiento a los curas, y de otra dice “si no les contiene la afable privación y dan en empinarse, más vale dejarles hasta que vuelvan de por sí”.

Acepta muy mal el carácter de las gentes limítrofes de ambas fronteras. Es una fijación. No pierde ocasión de lanzarles remoquetes y chascarrillos.

“Los parroquianos son mohinos, mufiños en portugués… en la misma calle habitan unos en territorio español; los de la otra, en Portugal. Y todos vaciados en el mismo molde”. Dice a continuación que seguirá describiendo lo mismo cuando tenga que visitar las poblaciones raianas. De los habitantes de una de estas poblaciones dice: “en un lugar cercano a… que se llama… una acera de casas es de gallegos y de portugueses la otra. Es excusado otra señal para saber lo que son”, y de otra parroquia: “sus parroquianos, y perdónenme, a cual más ruines”. Con todo, alguna población se salva, por ejemplo, San Cristóbal –concello de Monterrey– de los que dice: “son simbólicos y geniales con los de Flariz” –a quienes había tratado de cultos–, “y aunque cercanos a la raya con Portugal, no son mohinos como los otros”.

“Los habitantes de uno y otro…” –lindantes con la raya–, “son genízaros, indómitos y montaraces. Para defensa y apoyo de sus regalías no hay catalanes ni vizcaínos que les igualen”. Lo que no dice G. de Ulloa es que por allí metían mano el monasterio de Celanova, el obispado de Orense, la Cámara de Castilla y el Capitán General de Galicia. Entre los cuatro nombraban a los jueces, a los curas, a los escribanos y a los recaudadores.

Varias poblaciones raianas gozaban de independencia total de los poderes españoles y portugueses. Era el famoso Coto Mixto, república independiente que desapareció en la segunda mitad del siglo XIX. González de Ulloa no admite que puedan escapar al Coto Mixto “donde la justicia ordinaria no pude castigar”.

“Los moradores de esta parroquia no son de los más bravos”. “Los parroquianos, con estar tan encima de los portugueses, no son de los más inquietos, aunque son espantadizos y azogados” (pecado que les viene por trabajar en las minas de estaño cercanas al pueblo). Al lado de estos vivían otros, diseminados en varias parroquias y aldeas, que luchaban por una medida justa de las ventas del vino y del impuesto del mismo vino que tenían que pasarle al conde de Monterrey. Se sublevaron contra los administradores. Los administradores, cuatro hermanos, “hicieron los mayores esfuerzos para pacificar a los litigantes…Pero se han ido al otro mundo sin lograrlo”.

Sospecha de todo cuando dice: “en la Cumbre del Larouco, rica en aguas y pastos, se juntan en buena paz y armonía los pastores de Portugal y Galicia. Ergo…”. No aclara las dudas, insinúa.

Una aldea del concello de Ginzo era la única que ponía juez por su cuenta. González de Ulloa toma el método a cachondeo, se burla del proceso y se ríe de los resultados. (pp., 180–181–182). Por lo que se ve, sólo es bueno aquello que viene del “señor natural”.

De un conjunto de parroquias lindantes entre sí, dice: “es un lugar solo, y sus parroquianos no son tan ginebrinos como los antecedentes, aunque… hay poco que escoger”. “Los moradores de esta parroquia pueden cambiarse pelo por pelo con los de…” (la anterior).

“Los parroquianos son menos agrestes que los antedichos” (los de las dos anteriores).

“Los parroquianos de… son altaneros, pero otros hay peores”. “Los parroquianos de…” (junto a los anteriores) tienen mucho de incultos por el poco trato con otras gentes, no son malintencionados, y a todos y a cada uno, sobre el apellido propio se debe de añadir el de montesinos… ni más ni menos que los tártaros, según se pintan… y del mismo talante son los de…”.

De los habitantes de unas tierras de paso de Galicia a Verín y de Verín a Castilla dice que “son ladinos… legistas y muy inmediatos”. Por muy inmediatos parece indicar una serie de cualidades poco recomendables como para cruzarse con ellos; o bien que las cualidades de unos se les ha pegado a otros.

El uso del vino le trae frito, pero suele tomárselo con resignación. De los habitantes de una parroquia dice: “es escasa el agua, cuya falta suple con vino conducido de fuera”. Le gusta hacer este tipo de chistes. ¿Escucharía alguna vez los muchos chistes del pueblo sobre los curas?, que no son pocos, precisamente. Porque el uso del vino, aún entrado el siglo XX, fue un lujo sólo permitido en las fiestas, en las romerías y en los trabajos comunitarios para muchos gallegos de estas tierras.

Se rasga las vestiduras por los asaltos que se hacen a las rectorales alejadas de los pueblos. Pero poco pensaba en los asaltos permanentes del poder civil y clerical a los haberes de los campesinos.

“Los parroquianos… tienen más de cerriles que de mansos y (son) comúnmente pobres”. Estos serían pobres, pero no cerriles (4).

“Los parroquianos son muy otros ahora de lo que antes eran, bien que el ejemplo del pastor no les ha quitado a algunos la braveza”. “Los habitantes… son de muy buena masa, aunque algunos mal fermentados”. Algo de bufonada tiene esta afirmación, bufonada que aplica a sus colegas, los frailes del monasterio enclavado en el pueblo de los mal fermentados: “el monasterio dícese que ha sido antiguamente monasterio dúplice, de monjes y de monjas. ¡Qué santa compañía!”. No muy lejos encuentra a los de otras dos parroquias, “aunque pobres… fogosos y se necesita más maña que fuerza para regirles… son rozagantes y tienen sus resabios”.

Para rematar la visión de las gentes del campo, vaya la descripción de una romería gallega del siglo XVIII. “En La Trepa” –Fumaces e a Trepa, concello de Riós– “hay una nueva capilla con advocación a la Virgen de los Dolores… La hizo el cura anterior al actual… Vienen diariamente gentes de Portugal y de otras partes, pero la fiesta mayor se celebra el 8 de spt. Se hacen frecuentes milagros, de los que algunos he sido testigo ocular. La romería se hace como casi una feria. Júntanse en éste y otros lugares, así hombres como mujeres de todas las edades… Concurren a ésta y a otras romerías tales, gaiteros, tenderos, arrieros, en suma todas las clases… Al día siguiente, podrá creerse que, a no ser la suma clemencia de Dios, ocultaría el sol su rostro por no ver los desafueros que se cometieron durante su ausencia… Llega la hora de comer, y, haciendo del campo una mesa, traga cada cual lo que puede, (y) se acaba pronto para concurrir a ver las danzas que se forman en varios corrilos… y se arman mil quimeras de palos, cuchilladas y golpes de que, a veces, resultan muertes. Asista o no… la justicia no puede remediarlo porque ni se hace caso de ella, ni (ella) puede acudir a todo, y hasta puede salir con la ropa chamuscada… Los individuos, so capa de devoción, pierden el alma, la honra y la hacienda… No me engaño si afirmo que no se hallarán días, lugares ni ocasiones en que se cometan más ofendas contra dios y contra la república… Esta romería es retrato o copia de cuantas se hacen en esta provincia, y acaso en todas”, de las que sólo se salva, según el mismo G. de Ulloa, la que se hace en San Mamede de Sobreganade.

Y como colofón, jamás se le hubiera ocurrido describir el ritmo de vida de sus “señores naturales”. Pero la historiografía ha dejado escrito este veredicto de uno de los condes de Monterrey del siglo XVII: “La limpieza de manos seguiría siendo un ideal de la Administración de Olivares, si bien más honrado en la infracción que en su cumplimiento. El propio Olivares acumularía honores, cargos y mercedes a través de los años, y algunos de sus parientes, sobre todo su cuñado, el conde de Monterrey, se haría famoso por las ganancias que consiguió” (5). González de Cellorigo, famoso arbitrista, cuando habla de la nobleza en general de finales del siglo XVI fue más gráfico, más duro y más contundente: aquella nobleza vivía como fuera del orden de la naturaleza.

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NOTAS

(1) En A cantería: un oficio a extinguir, Vigo, AGCE, 2004, intenté demostrar las funciones y los grandes valores de un patrimonio popular tan esencial como la arquitectura del pueblo. En algún número de la Revista de Folklore publiqué así mismo el sentido de un techo de paja de centeno. Y en Vellos traballos counitarios do mundo labrego, Vigo, Editorial AGCE S.L, 2007, me propuse sacar a la luz los profundos valores humanos del trabajo, y del trabajo en común, de las gentes de las aldeas.

(2) De Covas cita el famoso foxo, el pozo a donde se conducía al lobo. Es uno de los más impresionantes de Galicia y del Norte de Portugal. Nada se dice del sentido de actividad comunitaria que suponían las batidas para los pueblos de los alrededores. Si cita el foxo es porque la Casa nombraba “el montero mayor” pero el pueblo pasaba de tales nombramientos.

(3) Cuando Fernández Oxea comenta la publicación de G. de Ulloa, ya en el siglo XX, dice “…también se conserva la casa de los Penín” –Ganade, Ginzo de Limia– en buen estado, dedicada en parte a escuela de niñas y a vivienda para la maestra, y lo demás a pajar y a cuadra” (p. 169, nota 287).

(4) Aseveración desafortunada y nefasta. De una aldea de la parroquia a la que aquí se refiere, se hizo un estudio antropológico por los años 80 del siglo XX. Loureses, antropología de una parroquia gallega, Mandianes de Castro, Manuel, 1984, acerca de las relaciones ancestrales de los hombres con la Tierra, el Hábitat, el Pasado –no necesariamente cristiano–, la organización social y de hombre a hombre… que se ha convertido en un modelo de investigación y de búsqueda de las profundidades del ser humano. Se ha traducido a varios idiomas. El protagonista es el pueblo, con las cualidades aquellas que todos los González Ulloa del mundo nunca fueron capaces de asimilar.

(5) ELLIOT, J. H.: El Conde-Duque de Olivares, Editorial Crítica, Barcelona, 2ª Edición, 1990, p. 122.