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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 332.

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El año 1877, Edison culminó un sueño largamente acariciado por el ser humano: grabar y reproducir su propia voz. La suerte hizo que fuese considerado por la historia el inventor del fonógrafo aun cuando el francés Charles Cros hubiese presentado antes (18 de abril de 1877) a la Academia de las Ciencias de París, un pliego que no fue abierto hasta diciembre del mismo año dando ventaja de ese modo al americano. Lo cierto es que el camino de inventores y científicos en busca de un aparato que fuese capaz de imitar la voz humana antes de poder grabarla, almacenarla y reproducirla, fue tan largo como interesante. En ese recorrido podríamos encontrar autómatas, cabezas parlantes o instrumentos que pretendían no sólo producir sonidos similares a los emitidos por la laringe del individuo sino sorprender, entretener, deleitar y facilitar la ejecución de melodías a cualquier mortal sin necesidad de ser músico avezado. Son conocidos los precedentes del barón húngaro Wolfgang von Kempelen con su Fonoautófono (1788), el checo Robertson con su Fonoaugon (1810) o el barón francés Leon Scott de Martinville con su Fonoautógrafo (1857). El siglo XIX fue el siglo de las patentes de inventos mecánicos y un período de transición hasta culminar con el Fonógrafo de Edison y el Gramófono de Berliner.

Las ferias y las exposiciones eran el lugar adecuado para presenciar todo un singular panorama de invenciones cuya finalidad era crear expectación pero también obtener algún jugoso contrato que amortizara los gastos de la patente y de la fabricación del aparato: “En la ultima exposición de electricidad de París, llamó mucho la atención una lámpara araña cantante. El concierto que producían las llamas en los tubos de cristal era tan agradable como el producido por el órgano más perfecto”. Para los que piensen que poner precio a la música “enlatada” es producto del siglo XXI, está dedicada la siguiente noticia de un diario nacional: “En la capital de Inglaterra, por el módico precio de dos reales y medio, puede oirse un trozo de ópera sin ir al teatro. Una compañía industrial ha establecido en sitio céntrico de Londres una colección de teléfonos a los que puede aplicar el oido durante un cuarto de hora todo el que pague aquella cantidad. Estos teléfonos tenían en origen la utilidad de dar a conocer resultados electorales”. Desde luego, las dificultades para hallar patrocinador eran cosa de los neófitos solamente. Los inventores establecidos se podían ya permitir el lujo de proponer las cosas más inútiles: “El célebre Edison ha inventado un reloj parlante destinado a ser uno de los más interesantes ornamentos de una casa. A una determinada hora se oye una voz que dice «es la hora de almorzar» o «es la hora de comer» o «son las doce », etc. A media noche dice la misma voz: «señores, es hora de recogerse». Como puede suponerse, la base del nuevo invento es una nueva y felicísima aplicación del fonógrafo”.