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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 333.

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De todos es sabido que el invento de un artefacto que grabara y reprodujera el sonido cambió muchos aspectos del mundo musical y alteró definitivamente las normas en el campo de la comunicación verbal. Desde que se patenta el primer aparato en 1877 hay una carrera, a veces desenfrenada, por conseguir los mejores logros, obtener los resultados más asombrosos y satisfacer a un mercado cada vez más numeroso y expectante. Parecería que durante el siglo XX se han producido en ese terreno todos los avances que podrían esperarse del invento y su industria. Hay pocas referencias, sin embargo, a las primeras reacciones humanas. Aquellas que se producen ante la noticia de la invención, el uso de los resultados y la repercusión de los mismos en el ámbito de la comunicación personal. Así como de la fotografía se deriva una discreción y un esmero en los profesionales que trata de disipar las primeras dudas (“se hacen fotografías con sigilo”, “se garantiza el parecido”, etc.) apenas hay noticias sobre las intenciones y conclusiones de los primeros antropólogos o etnólogos que usan los cilindros de cera para captar las voces de sus entrevistados. Muy espaciadamente alguna anotación sobre el miedo de las personas a colocarse ante la bocina por la aprensión de que su espíritu quedara allí aprisionado. Alguna consideración acerca de la incredulidad de las gentes al escuchar su propia voz pensando que sería de otro… Da la impresión de que sustituyen sin preocupación –y sin calcular las consecuencias – su libreta de anotaciones por el nuevo invento. Menos noticias hay acerca de las opiniones de los comunicadores que verían peligrar la existencia de las variantes, de las equivocaciones, de las alteraciones –de la vida, en suma– en la transmisión de su experiencia. La teoría practicada hasta ese momento y aceptada tácitamente durante siglos –dos pasos hacia delante y uno hacia atrás– quedaba en entredicho con la fijación de las versiones, con la captura de las expresiones, con el aislamiento de la realidad que perdía así una de sus más altas cualidades: la posibilidad de corregir y mejorar.