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FERNANDO MARTÍN, HACHERO EN LA TIERRA DE PINARES SEGOVIANA

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 334.

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“Da vergüenza encender una cerilla, quiero decir, un verso en una página, ante estos hombres de anchas sílabas que almuerzan con pedazos de palabras”.

Blas de Otero

Fernando Martín Román tiene una voz resuelta y contundente y unas manos enormes, las manos inabarcables de un héroe legendario. Desde joven las fue ahormando en contacto con el astil ovalado del hacha. Sus brazos y su espalda han adquirido una configuración hercúlea tras años y años soportando el peso de la motosierra, los músculos en tensión en las largas jornadas de trabajo en la soledad de los pinares.

Fernando Martín nació en 1960, en Aguilafuente, pueblo de la Tierra de Pinares segoviana, una amplia comarca situada al norte de la provincia de Segovia, en la zona que linda con Valladolid y que se extiende a lo largo de más de setenta municipios, siendo los de Cantalejo, Cuéllar o Coca, algunos de los más representativos.

Aunque Fernando trabaja desde el año 2002 como pescadero en Lastras de Cuéllar, íntimamente se siente hachero, es decir, talador de árboles, hachero como lo fue Deogracias, su padre, como lo fueron sus tíos, los siete hermanos de su padre y como antes lo había sido su abuelo Deogracias. “Vengo de una estirpe de hacheros”, dice con orgullo.

Con catorce y quince años ya se echaba al hombro traviesas de ferrocarril de 80 kilos en un aserradero de su pueblo donde comenzó su vida laboral. Luego, en cuanto pudo, salió huyendo de aquel trabajo que le dejaba el cuerpo tundido; pasó tres años fuera y, a la vuelta, con veinte, se echó al monte. No fue con su padre con quien aprendió los secretos del oficio. Los primeros pasos los dio al lado de “Pericache”, hachero de Aguilafuente, que le enseñó a pelar pinos y a manejar la motosierra.

Aguilafuente y Navalmanzano son los pueblos con más y mejores cuadrillas de hacheros, asegura Fernando. Además de trabajar en los pinares de su tierra, a los hacheros nos han llamado para las grandes cortas de los montes de Valsaín. Pericache me decía que, a la hora de desroñar, había que cortar entre cuero y carne, es decir, entre la corteza y la madera. Por suerte ya no hay que pelar los pinos, una tarea ingrata de la que se encarga la maquinaria de los aserraderos. Para desroñar se requiere mucho pulso, dejar que el hacha navegue en horizontal, con tiento antes que con fuerza. Además había que desroñar pronto porque si a un pino tirado le llueve sobre la corteza, se le azulea la madera y pierde valor en el mercado.

SENTIRSE HACHERO

Fernando se siente hachero antes que nada. Cinco años como pescadero no han debilitado su pasión por el hacha y la motosierra, las herramientas emblemáticas de su oficio. De hecho, en la paredes de su casa cuelgan, como fetiches, fotografías asombrosas, no sólo fotografías propias, al lado de su padre y sus hermanos, también fotos de hacheros norteamericanos del siglo XIX, en las que se les ve trabajando en pleno bosque, talando secuoyas gigantes con el auxilio de tronzadores y hachas.

En esas imágenes pioneras, es tal el contraste entre las dimensiones de los troncos de los árboles y los hacheros, que, inevitablemente, éstos adquieren una proyección épica.

Estas fotos, aclara Fernando, nos las enviaban, a modo de reclamo, las casas norteamericanas que nos vendieron las primeras motosierras. En ellas se ve a los hacheros norteamericanos en plena faena frente a ejemplares imponentes, ejemplares que necesitarían del concurso de diez o doce hombres con los brazos extendidos para poder abarcar su tronco.

Eso es lo que hace memorables estas fotografías: la desproporción abismal entre el hombre y la naturaleza. Fernando las conserva porque se identifica con esos hombres épicos capaces de doblegar unos troncos gigantes; y se siente hachero porque, pese a su nueva condición de pescadero, sigue a ratos perdidos, durante las tardes y los fines se semana, saliendo a trabajar. Todavía me tumbo, un año con otro, los ocho mil pinos. Claro que, en mis buenos tiempos, cuando no hacía otra cosa, entonces el promedio era de veinticinco mil; tirados y desramados, porque del desrame también nos encargamos los hacheros.

Tras nosotros vienen los transportistas, pero la labor del hachero consiste en tirar el pino, desramarle y atozarle, es decir, cortarle en tozas; la longitud de las tozas oscila entre los dos metros y medio y los cuatro metros. Todo depende del uso final y de la rectitud de los troncos. Una vez hechas las tozas, corresponde a los madereros que se quedan con las cortas amontonarlas en hacinas para que los transportistas que vienen detrás de nosotros carguen con ellas hasta los aserraderos.

–Y, en un día, ¿cuántos puedes tirar?

–Un día con otro, entre setenta y ochenta. Claro que hubo un día, cuando era más joven, que me tumbé, agárrate a la silla, doscientos veinte pinos.Lo que más entretiene es el ramaje.

Para tirar un árbol hay que seguir un proceso: en la base del árbol se le hace un bocado en forma de cuña para buscarle la caída. Una vez hecho el asiento ya sabemos que por ahí va a caer, aunque no conviene confiarse. Hay que trabajar con los cinco sentidos puestos. Luego se le da un corte horizontal y si todo va bien el tronco cae por su propia herida. Antes, con el hacha era más difícil. Me decía Gaspar de Lucas, un guarda de La Serreta que ya murió, que había visto tumbar pinos enormes a seis hacheros que trabajaban formando equipo, emparejados de dos en dos, a izquierda y derecha, los seis pegados al tronco. Y lo admirable, me decía Gaspar, es que quedaba el tocón más plano que una meseta. El apego a las cosas bien hechas de la gente antigua. Ese es el secreto.

Fernando se las ha visto sobre todo con el pino negral o resinero. Aunque, puestos a talar, ningún árbol se le resiste. De hecho, ha tumbado choperas kilométricas y también pinos silvestres del pinar de Valsaín. El árbol más grande que ha talado fue un pino albar, en Fuenteolmo de Íscar, que cubicaron en algo más de 15 metros. Un ejemplar imponente, dice. Además de la Tierra de Pinares segoviana, Madrid, Ávila, Valladolid, Burgos, Soria y Zaragoza son algunas de las provincias que ha recorrido en su peregrinaje laboral. Antiguamente, su padre o su abuelo, se pasaban largas temporadas viviendo en el bosque, en alguna caseta, haciéndose allí la comida, una comida monótona, en condiciones precarias. Aquellos debieron ser tiempos muy duros de aislamiento y renuncia que, por suerte, Fernando no ha conocido. El coche y el motosierro han aliviado mucho el trabajo y han permitido volver a casa a descansar cada noche.

OFICIO DURO Y PELIGROSO

El trabajo es duro, entre otras cosas porque se hace fundamentalmente con frío. A veces, cuenta Fernando, hemos trabajado a 15 grados bajo cero en Valsaín. Sólo se pueden talar árboles los meses que tienen erre, entre septiembre y abril. Pero los hacheros sabemos que los meses mejores para que la madera no se abra son los de diciembre y enero. Las vigas cortadas durante esos meses son eternas empleadas luego en la construcción, precisamente cuando el frío es más intenso.

Además de duro, el trabajo de hachero es peligroso. El cuerpo de Fernando es un muestrario de cicatrices. Mira mis manos, esta cicatriz del dedo gordo me la hice en un descuido afilando el hacha. Otra vez, chaflanando un pino, en Cantalejo me rebané la espinilla. Y esta del pecho por una rama que me cayó encima. En una ocasión, en El Cubillo, me cayó un pino en la cabeza por confiarme y me salía la sangre a borbotones. Como una fuente me salía la sangre.

Pero el golpe peor se lo llevó hace tres años en que un pino quedó enganchado en unas ramas y él lo dio por bueno. Siguió trabajando y, en medio de la tarea, aquel pino enganchado se le cayó encima y le rompió dos costillas, dos vértebras y la pierna derecha. Como estaba solo tuvo que ir arrastrándose penosamente hasta el coche. Fue terrible, me dice, como en la guerra. En algún momento me desvanecí por el dolor. Pensaba en el frío de la noche que seguramente no habría aguantado porque aquellos días las heladas eran tremendas. Y lo peor es que nadie en mi familia sabía donde estaba. Pasé seis meses de rehabilitación con un corsé puesto hasta que me repuse. Y, en medio de todo, tengo la suerte de poder contarlo, que una vez, en Los Huertos, tirando chopos canadienses, murió un compañero. Y otra vez, en el Zorroclín, una finca de Segovia, también murió otro compañero que se le cayó un tronco encima. Ya ves que, en este oficio, no faltan tragedias. Y tampoco se me olvida una ocasión, en septiembre, cuando escasea el pasto, que una vaca fue corriendo con ansia, como enceguecida, para comer el ramaje de un árbol que estábamos tirando sin que pudiéramos hacer nada por detenerla y el tronco la cayó encima y la partió el espinazo. Y el dueño tuvo que matarla para que no sufriera. Y, sin ir más lejos, ahí tienes a Santos Díez, buen compañero en el tajo y en el alterne, con el cráneo mellado por una rama de punta que se le cayó encima. Ya ves que los hacheros corremos más riesgos que los trapecistas de circo. Es un oficio duro el que nos ha tocado, un oficio que soportamos porque la vida también ha sido dura con nosotros. Lo dice resignado ante los avatares a los que nos conduce el destino.

AMOR A LOS ÁRBOLES.

Pudiera pensarse que tras un talador como Fernando se esconde un arboricida. Y nada más lejos de la verdad. Fernando aprecia los árboles hasta el punto de haber urdido trampas para salvar la vida de alguno. Cada corta la señala el ingeniero con la ayuda de los guardas del pinar que marcan el tronco con un “chaspe”, es decir, un hachazo en la corteza en el que ponen un número correlativo. Luego, esa corta se le asigna al maderero que más dinero mete en un concurso donde concurren varios. La tarea del hachero consiste en tirar los pinos que tienen el chaspazo hecho.

En cierta ocasión, recuerda Fernando, estaba de cuadrilla con un hachero viejo y nos marcaron un pino grandioso, uno de esos ejemplares únicos que llamamos “resalbos” y que otros llaman “macarenos” por un pino célebre de Peñafiel, un albar, acaso el más grande de toda la región. Nos daba una pena tremenda tumbar un pino con aquella planta, nos entró una congoja muy grande porque aquello era un crimen, posiblemente uno de los pinos más elegantes que yo haya visto. El caso es que mi compañero, perro pícaro y viejo, cajeó el chaspe con corteza de otro pino, clavó la corteza con clavos negros para disimular. Y así lo salvamos. Porque a los hacheros nos gusta el pinar y somos los primeros que disfrutamos ante uno de esos resalbos viejos.

Un momento malo para un hachero es cuando se ve obligado a tirar un pino que le han marcado y se encuentra rodeado de pinos pequeños. Caiga donde caiga sabe que es inevitable que el pino haga daño, es decir que se lleve por delante a otros.

Una vez, relata Fernando con pesadumbre, en la Pradera del Pozo Cejo, en Hontalbilla, no se me olvidará nunca, al tumbar un pino, me llevé por delante diecisiete pimpollos. Una catástrofe. Pero es que aquel pino, miraras donde miraras, estaba rodeado de retoños.

Ese amor por los pinos le lleva a Fernando a distinguir varios tipos: el “esgallado” o “ladero” que es el pino con el tronco torcido o que ha crecido ladeado; el pino “resalbo” o pino padre, los grandes patriarcas del pinar; el pino con “respaldar” que son los que, en Valsaín, tienen una cara teosa; el pino “chamoso” que es el que está podrido; cuando a un pino le salen setas es que está chamoso; los pinos “ramancones” son los que tienen unas ramas desproporcionadas para su tronco; el pino “almuerdaguero”, que es aquel que tiene mucho muérdago; y, el recuento rápido por los distintos tipos de pino, termina en la “pina” que, según dice Fernando, es como una malformación de la naturaleza. La pina suele ser achaparrada, como si estuviera contrahecha; además no da piñas.

LAS HERRAMIENTAS Y EL FUTURO

El tronzador, herramienta tradicional de los hacheros antiguos ha sido sustituido por la motosierra, que es ahora la herramienta primordial. Pero sigue utilizando el hacha de dos bocas, el hachilla, las gafas para evitar que le entre la viruta en los ojos, los punteros de cortar cadenas, las tenazas para quitar las hojalatas de los pinos, las porras o mazos.

Fernando me muestra el hacha de dos bocas con orgullo. Fíjate, me dice, en el filo. Es acero puro. Está calzado por Félix Herrero, así se llama el herrero de Navalmanzano, uno de los mejores calzadores de herramientas que he conocido. Gracias a él el trabajo, en medio de su dureza, resulta más llevadero.

Presumo que el oficio de hachero tiene los días contados. Unas máquinas potentísimas hacen ya la tarea de los hacheros. En un tiempo meteórico arrancan, desraman y desroñan los pinos. Como tantos oficios también éste pasará a mejor vida. Fernando es, por ello, uno de los últimos representantes de este oficio abocado a morir. Como dijo Machado, se canta lo que se pierde.

Llevamos más de una hora charlando en el salón de su casa, rodeados de fotos, de herramientas, de recuerdos que se entrecruzan. Es un domingo por la tarde. Isabel, su mujer, ha permanecido sentada en un segundo plano, aunque, de cuando en cuando, le ha apuntado algún dato. Al despedirme, inevitablemente, tengo un recuerdo hacia tantos y tantos hacheros anónimos que trabajaron en esta vasta planicie arbórea; ellos tuvieron en el pinar no sólo su lugar de trabajo, también de sus sueños; y pese a los miles y miles de pinos talados, nos legaron un bosque magnifico, un bosque que en otro tiempo enriqueció a una comarca y que sigue siendo, pese al momento de decadencia resinera, la seña más nítida de la identidad de esta tierra.

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NOTAS

Fotos: Martín López.

Como complemento de este artículo, remito al lector interesado por los trabajos sobre acarreo de leñas en los montes, al magnífico libro de Juan Andrés Saiz Garrido, “Los gabarreros de El Espinar”, Edición del autor, El Espinar (Segovia), 1996.