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EVOLUCIÓN SOCIAL EN LOS PEQUEÑOS NÚCLEOS RURALES DEL SISTEMA IBÉRICO A TRAVÉS DE LOS CASOS DE YANGUAS Y BARBADILLO DE HERREROS

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 335.

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La comunidad autónoma de Castilla y León ocupa un amplio territorio en el que su población se presenta de forma dispersa, con un total de 2.248 municipios que se distribuyen en sus 94.224 Km2. De todos ellos sólo 48 superan los 5.000 habitantes, mientras que 2.121 tienen menos de 2.000 (según el Padrón de 2003), lo que pone de manifiesto un importante peso del ámbito rural. Estas poblaciones con menos de 2.000 habitantes acogían en 1991 al 39% de la población regional (García Sanz, 1998, p. 24), si bien la emigración está haciendo que descienda de forma rápida el número de sus habitantes y en 2004 habían pasado a representar sólo el 28%. De este modo el proceso de concentración de la población en los núcleos principales va aumentando a buen ritmo y acentúa los problemas de las localidades más pequeñas.

El límite de 2.000 habitantes define al grupo de núcleos rurales, pero resulta un número elevado que en muchos casos da cabida a entidades bien dotadas y modernizadas. Este trabajo pretende centrarse en los núcleos que no superan los 250 habitantes. En Castilla y León estos municipios llegaban a 1.051 en 1991. En 2003 se contabilizaron 475 con menos de 100 habitantes y 1.212 con una población de entre 101 y 500 personas. Se trata de un sector muy importante dentro de la comunidad, que representa aproximadamente la mitad de las entidades de población, pero apenas el 13% de los habitantes. Tiene por lo tanto un gran peso en la articulación y gestión territorial de la comunidad autónoma. Esas localidades se encuentran en una situación de especial debilidad y desprotección, afectadas por el descenso de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida e incluso el despoblamiento y la desaparición.

El primer factor importante en estos núcleos es su envejecimiento. La situación no es nueva, sino que viene gestándose desde hace ya medio siglo (Pérez Díaz, 1972). La población de los pueblos marchó en masa hacia las ciudades entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX, afectando básicamente a los nacidos entre 1935 y 1955 (Caballero, 2002, p. 88). La emigración se detuvo en los ochenta y noventa, pero eso no ha impedido que todavía el crecimiento vegetativo siga siendo negativo en los pueblos, por más que ahora sea más importante la llegada de personas que su salida. La causa se encuentra en la estructura de la población por edades, caracterizada por un fuerte envejecimiento que provoca al mismo tiempo una baja natalidad y una alta mortalidad. De hecho buena parte de los que se instalan actualmente en los pueblos son personas de entre 55 y 69 años que retornan a su lugar de origen una vez que han terminado su etapa laboral por jubilación. Entre la población mayor de 65 años en localidades menores de 200 habitantes, el 62,7% vive sin sus hijos, que residen fuera del pueblo (Hernández, 2002, p. 113).

Un segundo aspecto relevante es la menor frecuencia de los matrimonios en comparación con los núcleos urbanos. En ello influye tanto el mencionado envejecimiento como el predominio de los varones sobre las mujeres en el sector de población de 15 a 39 años, en una proporción de 132/100. Así mismo, aunque este sector suma un porcentaje del 30–35% en el conjunto poblacional –que se considera normal–, la población menor de 15 años se encuentra extremadamente disminuida pues sólo representaba el 9% en los núcleos de menos de 250 habitantes en 1991 (García Sanz, 1998, pp. 64–68). Otro tercio de la población es mayor de 65 años y más de la mitad son mayores de 50 (Caballero, 2002, p. 92).

El ámbito rural se encuentra, como podemos apreciar, en un fuerte proceso de cambio (García Sanz, 2003) que aún no ha llegado a su final y que se caracteriza por la ruptura con la sociedad tradicional. Las comunidades casi autosuficientes y autorreguladas perdieron su equilibrio y se hicieron tremendamente dependientes del exterior, lo que condujo de forma inevitable a la emigración y la despoblación. Los que se marcharon establecieron nuevos vínculos sociales con gente de fuera, debilitándose los que tenían con sus paisanos (Velasco, 1997, pp. 122–124).

Al mismo tiempo dentro de los núcleos rurales se ha vuelto necesario reforzar la cohesión interna entre los individuos que permanecen viviendo en ellos. Los mecanismos tradicionales, como cofradías, parentesco amplio y concejo, han dejado de funcionar y no son efectivos; pero a la vez se hace más necesaria la ayuda entre los vecinos que quedan, reforzando su identidad frente al exterior.

Las celebraciones festivas, como las romerías, han sufrido diferente suerte y mientras unas han desaparecido, otras motivan la llegada ocasional de numerosos curiosos ajenos a la comunidad. En cualquier caso, su significado social ha variado.

Un aspecto más a considerar dentro de estos núcleos es la poca presencia de los servicios públicos y los espacios de socialización, que paulatinamente se han venido centralizando en poblaciones mayores. En los núcleos de menos de 200 habitantes sólo se encuentran bares y algún pequeño comercio, en casi ningún caso bancos ni oferta cultural (Hernández, 2002, p. 127). Se han perdido las escuelas, los médicos, los párrocos, los bares y las tiendas, para pasar a tener la mayoría un carácter itinerante. Ahora una misma persona se mueve periódicamente entre varias localidades para brindarles un servicio puntual, por lo general semanal. Ocurre con los centros de salud, las iglesias y la venta de alimentos, ropa y calzado. En el caso de que se necesite algo con urgencia, no queda más remedio que desplazarse a una población mejor dotada, la cabecera comarcal o provincial, si es que se dispone de medio de transporte. Y es que incluso los sistemas de transporte, como las líneas regulares de autobuses, van abandonando y aislando estos núcleos.

Otro cambio se produce en la situación de los pueblos a lo largo del año, debido al enorme crecimiento experimentado por la población flotante, unido al desarrollo del fenómeno del turismo rural. El invierno significa poblaciones casi vacías, mientras el verano y las épocas de vacaciones traen un aumento notable de la población por la estancia temporal de gente, en general, ociosa y dedicada al descanso. La dualidad se reproduce también socialmente, con vecinos que se mantienen atareados en distintas actividades laborales frente a los que están jubilados y a otros que sólo acuden a la localidad en vacaciones. Hace unas décadas los lazos sociales y familiares minimizaban el impacto de estas rígidas separaciones, que se han acentuado al romperse las unidades familiares y de explotación económica tradicionales.

En una provincia como Segovia sólo residían en 1999 el 51,24% de los nacidos en ella, mientras el resto habían emigrado sobre todo a Madrid, Valladolid y Barcelona (Bayón, 2002, p. 32). Esto nos da una idea de la importancia de la salida de población, que generalmente no vuelve al lugar de partida. Una parte de los emigrantes estaría dispuesta a regresar a su localidad de origen, aunque otros se sienten ya integrados socialmente en su comunidad de acogida y prefieren las condiciones de vida y los servicios de su actual lugar de residencia. Elementos que facilitarían su retorno son: contar con una vivienda, el cobro de la pensión de jubilación como fuente de financiación, que el conjunto de la familia apoye el regreso y la existencia de contacto entre emigrantes para potenciar el sentimiento de pertenencia a un colectivo (ibid., p. 108).

En el ámbito económico se aprecia en los pequeños municipios un fuerte peso de la dedicación agrícola–ganadera entre los sectores más envejecidos, así como la permanencia en estas localidades de los habitantes más conformistas y menos emprendedores (Hernández, 2002, p. 129). Otro punto es la importancia de las pensiones en el total de ingresos de estos municipios (Caballero, 2002, p. 107).

En este contexto se encuentra un amplio sector de la sociedad rural de Castilla y León. Las comarcas más envejecidas y afectadas por la despoblación rural se distribuyen en la periferia de la región, en especial en el territorio del Sistema Ibérico (ídem, pp. 103–105), es por ello que vamos a centrar nuestro análisis en esta zona (1).


EL SISTEMA IBÉRICO Y LOS CASOS DE BARBADILLO DE HERREROS (BURGOS) Y YANGUAS (SORIA)

Jiménez Romero (1991, pp. 121–123) estudia una parte de la zona de pinares burgaleses y describe con acierto sus difíciles condicionantes naturales. Se refiere a su relieve accidentado, elevada altitud, clima húmedo y frío, fuertes oscilaciones térmicas, escasez de tierras de cultivo, dominio del bosque y el pastizal –con importancia de los terrenos comunales y concejiles– y una orientación económica hacia la ganadería. Junto a ellos, se encuentran circunstancias sobrevenidas por factores humanos. Observando el mapa de la zona (figura 1) se aprecia la lejanía respecto a las principales vías de comunicación y también a los núcleos con más población, que son los mejor dotados de infraestructuras. En las proximidades sólo destacan Salas de los Infantes, San Leonardo de Yagüe, Ezcaray (éstos con 2.000–2.300 habitantes), Ólvega y Ágreda (con 3.200–3.500 habitantes).

En la sociedad tradicional, con mayor grado de autoabastecimiento que la actual y organizada en torno a los mercados comarcales, las rutas y caminos no suponían un elemento de marginación tan determinante como lo son hoy. Las zonas de montaña del Sistema Ibérico han acentuado su ubicación secundaria frente a las localidades de la zona del valle del Duero y, sobre todo, del Ebro.

La situación actual es bien distinta a la que existía hace cincuenta años. En toda la zona era importante la trashumancia de ganado ovino, que imponía la separación del hombre y los hijos mayores durante el invierno mientras la mujer y los hijos menores se quedaban en las Tierras Altas. Su declive se inicia en el siglo XVIII y es drástico en la primera mitad del siglo XX. Los rebaños de ovejas se han ido haciendo estantes, permaneciendo algunos ahora todo el año en Extremadura, al tiempo que ha ganado peso el vacuno. La pérdida de población desde los años cincuenta no se ve compensada con la mecanización, sino que se produce el abandono de los campos de cultivo y el descenso de la cabaña ovina, caprina y equina. Antes de la emigración era normal que muchas familias contaran con un pequeño rebaño de 30 a 40 ovejas, cuyo aprovechamiento estaba alejado de la comercialización. En Hacinas (Burgos), Jaime (n. 1941) cuenta que su padre mataba cada año unas seis y las hacía cecina, que “se seca y eso te dura hasta el año”. Su tía Angelines (n. 1923) explica que hoy, sin embargo, esos rebaños han desaparecido y sólo uno de los vecinos mantiene 300 ovejas. De hecho la regresión de la trashumancia aún no ha sido total y en 1989 se mantenían dos rebaños en Burgos y cuarenta y tres en las Tierras Altas (Elías Pastor y otros, 1992, p. 21).

Por el contrario el ganado vacuno se ha convertido en una parte importante de la economía. Se imponen las explotaciones ganaderas extensivas de ganado vacuno, más en la zona burgalesa que en el noreste soriano (López Gómez, 1954; Abella y otros, 1988; Giménez, 1991: p.275). En la agricultura las explotaciones oscilan entre 10 y 50 has., con una escasa mecanización (Rubio de Lucas, 2001, pp. 157–166), destinándose buena parte de la producción al autoconsumo en forma de forraje y pienso para el ganado (Giménez, 1991, p. 345). En Barbadillo y Huerta de Abajo (Burgos) los dueños del bar compaginan éste con el cuidado de unas cuantas vacas. Se mantienen pequeños negocios que constituyen los últimos vestigios de tiempos pasados, como el molino de Castrovido, aún movido con energía hidráulica, regentado por un matrimonio mayor de 65 años y que muele sólo para hacer pienso animal que consumen en los pueblos vecinos. Por otro lado, en Huerta de Arriba cuando llega el otoño, las mujeres mayores recogen endrinas en el monte porque vienen de fuera a comprarlas.

También ha ido ganando peso en las últimas décadas la explotación forestal. La tala de madera empezó a trabajarse de forma sistemática hace unos cien años, en sustitución de la Mesta. El momento fundamental de despegue de su explotación tiene lugar hacia 1945–1950, efectuándose las ordenaciones de montes en esos años y hasta 1958 (ibid., pp. 289–293). Se abandona el procedimiento irregular de tala por entresaca y se pasa a un sistema de ordenaciones, con cortas regulares en rodales sucesivos. La caza ha pasado a ser un recurso económico importante en toda la zona por la presencia de la Reserva Nacional de Urbión y atrae a cazadores españoles y franceses. Ambos recursos son comunales, que repercuten a todos los vecinos y cuyo aprovechamiento se subasta.

La evolución de las explotaciones ganaderas ha llevado a abandonar un tipo de aprovechamiento intensivo, que se basaba en un importante empleo de mano de obra procedente de la propia familia, lo que abarataba los gastos. Desde los años ochenta se dan explotaciones extensivas (Roque, 2007, p. 177). Las dos razones principales son el descenso de población y el abandono de las tierras por parte de los vecinos emigrados, lo que permite al resto disponer de más zonas de pasto. Uno de los casos más llamativos es el de Bezares, un pueblo abandonado cerca de los Tolbaños, hoy convertido él y todos sus alrededores en una granja de vacas sostenida por un par de trabajadores asalariados.

El apartado de los servicios tiene un ejemplo extremo en la localidad soriana de Valdelavilla, que también era un pueblo abandonado y se ha convertido en un gran hotel donde las casas son la infraestructura de alojamiento.

En el ámbito de la socialización, tampoco faltan los cambios en los últimos años. Justo (n. hacia 1935) relata que en Tolbaños de Abajo la romería de Vega se celebraba tradicionalmente el primer domingo de septiembre. Sin embargo, venían muchos nacidos en la comarca que vivían en Vitoria y tenían que marchar al día siguiente a trabajar, con lo que se producían muchos accidentes (algunos mortales) en el viaje de retorno por las prisas, el cansancio y la bebida. La situación llevó a cambiar la celebración al sábado, si bien se hizo tras mucho tiempo y muchas reuniones, puesto que los motivos de los que vivían fuera del pueblo no convencían al resto: “para cambiar eso hasta guerra casi hacemos porque no había manera de entrar a la gente de eso en razón”.

El papel de los emigrantes no es completamente pasivo, pues vemos que siguen influyendo en las decisiones que se toman en los pueblos. Su presencia destaca en el caso de Quintanilla de Urrilla (Burgos), donde consiguieron los fondos suficientes y pusieron ellos mismos su trabajo para reparar el tejado de la iglesia durante el mes de agosto de 1994 (ídem, pp. 180–182).

Veamos ahora con más detalle la realidad social de dos núcleos concretos. Barbadillo de Herreros, al sureste de la provincia de Burgos, tenía 148 habitantes según el Padrón de 2004, de los cuales 76 eran varones y 58 mujeres (proporción de 131 por cada 100). En la pirámide de población femenina (figura 2) se aprecia un importante peso de las mujeres mayores de 35 años y la ausencia de niñas, con lo que las posibilidades de crecimiento natural de la población son muy reducidas. Además observamos que la mitad de las barbadillenses son mayores de 65 años y están, por tanto, fuera de la edad laboral. El lugar de nacimiento de las mujeres es mayoritariamente la propia provincia de Burgos, habiendo nacido sólo dos en el extranjero y tres fuera de Castilla y León. Algo similar sucede con los varones, aunque se manifiesta una mayor presencia de varones en los grupos de población en edad laboral. En conjunto se detecta que Barbadillo no es hoy un foco de atracción de población.

Son pocas las mujeres que trabajan en comparación con los hombres (22,4% del sector laboral). Entre ellas predomina el trabajo en el sector servicios, mientras que en los hombres hay un cierto equilibrio entre servicios, industria y agricultura–ganadería (figura 3). Existen un par de bares, un albergue y una casa de turismo rural (La Sierra de la Demanda). Funciona además un Museo de las Ferrerías.

Yanguas se sitúa al norte de la provincia de Soria, lindante con La Rioja. Tenía 128 habitantes en 2004, de los cuales 63 eran varones y 65 mujeres (proporción de 97 por cada 100). La pirámide de población femenina (figura 4) está más compensada que en el caso anterior, pues cuenta con un cierto equilibrio de edades a partir de los 20 años, si bien se nota la escasez de niñas, coincidiendo en esto con Barbadillo. Aquí sólo 33 mujeres son nacidas en la provincia, frente a 32 que proceden de fuera. Predominan las naturales del pueblo sólo a partir de los 50 años, mientras las foráneas representan casi toda la población femenina hasta los 39 años, con lo que corresponden al sector más activo laboralmente. Similar proporción se aprecia en los hombres, con lo que puede decirse que la mitad de los yangüeses son forasteros y han pasado a ser la parte esencial de la productividad.

En la actividad económica se manifiesta un claro predominio del sector servicios, más marcado entre las mujeres. Le sigue, en proporciones parecidas, la agriculturaganadería y la industria, mientras que la construcción es poco significativa y sólo cuenta con trabajadores varones (figura 3). Aquí las mujeres llegan al 34,5% del sector laboral. Existe una fábrica de embutidos, una empresa familiar cuyos propietarios son de La Rioja. Entre los negocios actualmente dedicados a los servicios hay que mencionar dos centros de turismo rural (Los Cerezos de Yanguas y El Rimero de la Quintina) y se han fundado recientemente dos casas rurales (El Mirador de Yanguas A y B). Existe además un bar gestionado por una Asociación y también hay un Museo de Arte Sacro.

La coincidencia más clara es que en las dos localidades se ha producido un fuerte envejecimiento de la población de origen local, acompañada de una ausencia de nacimientos. En principio se trata de pueblos que habrían de estar abocados a la desaparición en unas pocas décadas porque las posibilidades de regeneración y sostenimiento del poblamiento son nulas. Y ello pese a que ambas han manifestado en los últimos años la creación de infraestructuras de servicios orientadas hacia el sector turístico, apoyadas por ayudas económicas de distintas administraciones, como recurso para intentar una reactivación económica.

También hay diferencias. Mientras Barbadillo mantiene una suave pero inexorable tendencia descendente en su número de habitantes, en Yanguas, que partía de niveles más bajos, se ha producido primero una recuperación y después una estabilización de la población (figura 5). En el caso de Yanguas la llegada de personas foráneas ha producido una relación hombres–mujeres y una pirámide de población más equilibradas, puesto que ha venido a ocupar sobre todo los grupos femeninos en edad laboral y juvenil. Por el contrario, Barbadillo se mantiene como un núcleo estancado, situación que se refleja además en la existencia de parados (3 varones y una mujer en 2004).

Yanguas sería un núcleo rural más dinámico que ha conseguido rellenar el vacío poblacional mediante la llegada de inmigrantes desde otras zonas de España y del extranjero a partir de 1990. Así se aprecia en la pirámide de población femenina de Yanguas (figura 4 y tablas 1 y 2). Pese a que el perfil es muy similar al de Barbadillo si sólo se atiende a la población nacida en la provincia, el panorama cambia notablemente gracias a los inmigrantes.

El cuadro aparentemente positivo de Yanguas debe ser matizado, pues la relación emigración–inmigración es compleja. La recuperación no es total, pues la parte de población que más se refuerza es la que se encuentra en edad laboral, mientras que no se consigue lo mismo en las edades juvenil e infantil. La salida de vecinos continúa en la década de los noventa, en los primeros años con destino dentro de Soria y luego además a otras partes de España. Sin embargo ésta queda difuminada porque a la vez coexiste una activa inmigración, primero desde otras regiones (especialmente fuerte en los años 1996–1999) y desde 2002 también desde otros países. La permanencia de los inmigrantes no es definitiva y se aprecia simultáneamente una emigración casi igual de importante que la inmigración. Esa es la causa de que se haya estabilizado el crecimiento a finales de los años noventa.

La situación es por tanto de una gran precariedad y está sin duda sometida a la disponibilidad de trabajo en la localidad y a la adaptación de los foráneos a la vida en el ámbito rural. Diversos estudios sobre el mundo rural aluden a la desvinculación de los recién llegados con los naturales y las dificultades para arraigarse social, laboral y culturalmente (Camarero y otros, 1991, p. 8). Además la llegada de trabajadores foráneos no asegura la regeneración poblacional, puesto que se sigue estando expuesto a que emigren con posterioridad a su entrada en el mercado laboral, como de hecho suelen hacer a los pocos años. Ello da cuenta del fuerte desapego de estos nuevos pobladores y de los frágiles lazos que se establecen con la comunidad en la que se asientan. Los niños y los jóvenes de la localidad son hijos de inmigrantes que han nacido antes del establecimiento en el pueblo. Los lazos familiares están siempre fuera y los laborales no suelen ser definitivos. Tampoco ayudan al arraigo las escasas formas de vinculación social que poseen las localidades.

Un último aspecto a considerar es la importancia de los recursos comunales en toda la zona, ya sea el uso de pastos, barbechos y rastrojeras y los beneficios del monte. Mientras de los primeros se puede hacer uso directo que suele desarrollarse dentro de la familia –aunque en los años setenta se formó una cooperativa que intensificó su aprovechamiento en Valdelaguna–, la madera se subasta y genera unos ingresos para el municipio (Giménez, 1991, pp. 356–365). El reparto de la suerte de los pinos se encuentra limitado a los naturales del municipio, lo que ha venido produciendo conflictos entre los vecinos nacidos en la localidad, con derecho al reparto, y los nacidos fuera. Disputas entre los vecinos de Vinuesa durante el invierno de 1948 (ibid., pp. 298–300) obligaron hace décadas a reglamentar su disfrute en cada municipio con gran rigidez (ibid., pp. 419–423). Las ordenanzas cierran el acceso a estos recursos por parte de los recién llegados, lo que sin duda supone una fuerte separación en el ámbito económico y al mismo tiempo social.


CARACTERIZANDO A LA POBLACIÓN FEMENINA

En este contexto es importante conocer el mercado laboral para ver cuál es el papel de las mujeres. En las pequeñas localidades que analizamos, situadas dentro de zonas periféricas, el principal aprovechamiento era tradicionalmente el ganadero, puesto que las tierras de cultivo son reducidas y abundan las zonas de pasto y bosque. Los hombres eran los titulares de las explotaciones y quienes ejecutaban estos trabajos. En el mundo tradicional la mujer estaba relegada a colaborar en el cuidado de los huertos y la cría del ganado, pero centrándose en tareas domésticas poco reconocidas (limpieza, cocina, textiles…). En la comarca de Valdelaguna hasta los años ochenta la división del trabajo estaba muy marcada por el sexo, ocupándose los hombres en la agricultura y la ganadería, mientras las mujeres se centran en las tareas domésticas y la huerta, pero sin dejar de colaborar en las labores masculinas (Giménez, 1991, p. 412).

Durante la segunda mitad del siglo XX las posibilidades se ampliaron en parte para las mujeres, aunque sin poder acceder a trabajos en la construcción, la minería, las bodegas y la elaboración de harinas, por ejemplo (Camarero y otros, 1991, p. 48). Estos cambios no impidieron que, por razones laborales y sociales, emigrara en su momento un mayor número de mujeres. La reestructuración del sector agrario en las últimas décadas del siglo XX introdujo una mayor mecanización y redujo el número de agricultores. En este contexto las explotaciones agrícolas y ganaderas suelen ser heredadas por el varón, quedando la mujer relegada a funciones de ama de casa y tareas subordinadas o complementarias. Las jóvenes que deseaban trabajar en algo que les estimulase y por lo que recibiesen una remuneración justa no tenían otra salida más que emigrar, puesto que el campo no les daba un trabajo así (García Sanz, 1999, p. 104).

De este modo hemos llegado a una realidad en la que la mayoría de localidades tienen una pirámide de población femenina con su base truncada, como hemos apreciado claramente en el caso de Barbadillo. Aquí el mercado laboral no ha evolucionado (figura 3). No se debe sólo a la emigración. Predominan claramente los trabajadores varones, con un cierto equilibrio entre los tres sectores de ocupación y una presencia escasa de mujeres. Además en el sector primario, el tradicional, no aparece ninguna mujer. En el conjunto de la zona burgalesa las mujeres se centran en negocios de turismo rural, mientras que los hombres se encargan de empresas chacineras, ganaderas, madereras o textiles (Roque, 2007, p. 184).

Los pueblos que analizamos reflejan el importante descenso de la población ocupada dentro de las explotaciones agrarias. Datos de 1989 manifestaban un peso dominante de este sector, que en Yanguas ocupaba a 24 personas (cuatro de ellas contratadas, el resto propietarios y familiares) y en Barbadillo a 146 (dos contratados y el resto propietarios y familiares). En 1999 habían desaparecido los asalariados fijos y sólo quedaban trabajando las familias propietarias de las explotaciones: nueve personas en Yanguas y diecisiete en Barbadillo. En 2004 la situación se mantenía igual en la primera localidad, mientras que en la segunda había seguido descendiendo hasta ocho personas (todos varones). La ausencia de trabajo agrícola femenino en Barbadillo sería una manifestación de la sociedad tradicional, en la que el varón lleva el peso principal y la mujer, encuadrada dentro del orden familiar, se limita a colaborar con el marido o el padre en tareas que no se han tecnificado. Similar relación con la tradición refleja la ausencia –o casi– de mujeres en la construcción.

No obstante, en el caso de Yanguas se identifica una modernización. Para un monto total de habitantes parecido (148 en Barbadillo frente a 128 en Yanguas en 2004), cuenta con más población activa y también es mayor la ocupación femenina: 36 varones junto a 19 mujeres, frente a 38 varones y 11 mujeres en Barbadillo (46 y 35 por ciento de la población femenina entre 20 y 64 años, respectivamente). En ambos núcleos la población femenina sólo tiene un peso considerable dentro del sector servicios (aunque siempre con menor presencia que los varones). La mayor polarización de Yanguas hacia estas actividades favorece la ocupación de las mujeres.

Junto a este panorama meramente numérico y estadístico hay que colocar la realidad cotidiana de unas comunidades vivas. La situación de cambio en los núcleos rurales ha obligado a la paulatina desaparición de comportamientos seculares y a importantes modificaciones en la sociedad. En el caso de las mujeres se ha reducido el tiempo dedicado a trabajos cotidianos que antes ocupaban casi todo el día, como el abastecimiento de agua, el lavado de la ropa, la preparación de la comida, el cuidado de los niños, la costura… (Méndez, 1988). El panorama de la población femenina es ahora muy distinto a como fue con anterioridad. Hemos caracterizado a las mujeres presentes hoy en las pequeñas localidades dentro de cuatro grupos, según sus edades.

Las mujeres mayores han nacido casi todas en el pueblo o llegaron a él por matrimonio con un vecino. Pasaron ya la edad laboral y su vida transcurre en condiciones de bastante soledad, sobre todo entre las viudas. Las que tienen hijos pueden disfrutar de compañía en fiestas, verano y algunos fines de semana, cuando la familia se reúne. Los hijos además procuran en general que no pasen el invierno solas en el pueblo y las llevan a la ciudad con ellos fundamentalmente desde finales de octubre o el día de los Santos hasta marzo.

Sus ocupaciones, lastradas por la edad, se reducen sobre todo a la cocina, la limpieza, la compra y a veces el cuidado de un huerto. Mantienen hábitos de la sociedad tradicional, como la separación de los espacios de relación social. Su tiempo de ocio se desarrolla dentro de la casa o en la calle, junto a la casa (donde se habla, se cose o se juega a las cartas a la brisca y el guiñote). Se conserva así algo del comportamiento antiguo. En Hacinas nos cuenta Ángeles, hablando del pasado, que “por ejemplo en esa cocina, ahí a hilar lana, el lino, el cáñamo. ¡Ah! Y otras veces había por ahí en la calle también (…). Otras veces venían a casa todas las vecinas y allí en la cocina todas alrededor, la una hilaba, la otra hacía jerséis, la otra calcetines”. También aprovechan el tiempo de compra o de espera del médico para la charla con sus vecinas (Sabate, 1992, p. 154). Son las que conservan los conocimientos de la vida tradicional y saben quiénes son los vecinos del pueblo y buena parte de sus descendientes, por alejados que estén ahora y ocasionales que sean sus visitas. De hecho se preocupan por saber cuál es el parentesco de todos los que pasan por la localidad.

Las mujeres de entre 40 y 60 años, generalmente casadas, están marcadas por su situación en edad laboral y la presencia de hijos. La mayoría han nacido también en el pueblo o, aunque procedan de otras provincias, conocen bien el mundo rural. Son las principales sustentadoras de la vida en el pueblo, puesto que ejercen de vínculo de unión entre las mayores y los más jóvenes, representados por sus hijos. Su arraigo en el pueblo y su actividad laboral les han colocado en una posición esencial para el sustento de los lazos sociales. La mujer del dueño del bar de Barbadillo, por ejemplo, ayuda a atenderlo porque tienen además vacas y el hombre compagina las dos tareas.

Mantienen el vínculo con la tradición, aunque de un modo latente. Algunas de estas mujeres conservan el conocimiento de costumbres y labores tradicionales, como el uso del telar o la memoria de canciones y cuentos, pero sólo lo ponen en práctica de forma ocasional porque no tienen oportunidad ni tiempo para ello. Constituyen el último eslabón de unión con el mundo tradicional y por su edad marcan el momento de la ruptura a mediados de los años sesenta.

El siguiente bloque lo forman las mujeres de entre 20 y 40 años. Son las que se sitúan en edad de tener hijos y suman un bloque menor que los anteriores, puesto que casi todas las nacidas en familias locales emigraron hace años y son pocas las que quedan. Se trata de un sector de la pirámide poblacional muy disminuido, salvo en aquellos núcleos más dinámicos donde se ha incrementado con la llegada de mujeres venidas de otras zonas de España y del extranjero. De éstas, las españolas suelen tener estudios superiores y procedencia urbana.

Las foráneas y algunas locales son las que establecen negocios orientados a una demanda nueva, básicamente del sector servicios: restaurantes y bares, casas rurales, tiendas y talleres de objetos artesanales, por ejemplo. Pero también pueden instalar fábricas de productos alimenticios, como quesos, miel o conservas. Otras se instalan en el pueblo llevadas por su condición de funcionarias al servicio de la Junta de Castilla y León (en departamentos de protección medioambiental, por ejemplo) o de organismos gestores de programas de ayuda a zonas rurales deprimidas. Las extranjeras suelen dedicarse a trabajos como el pastoreo y empresas agrícolas. Algunas forasteras tenían alguna vinculación anterior con la localidad y otras llegan por matrimonio, pero no es raro que un acercamiento casual por razones laborales o el asentamiento previo de algún conocido sea lo que determine su traslado.

Estas mujeres pueden formar parte de una familia o no, de hecho muchas llegan al pueblo con la familia ya constituida. Su condición de forasteras hace que lleven una vida diferente de las mujeres mayores. Sus necesidades son distintas y están en buena medida vinculadas a la vida fuera del pueblo: salidas a la capital provincial o comarcal para dar satisfacción a inquietudes sociales y culturales y traslados a sus lugares de origen para reencontrarse con la familia. Cuando sus negocios son de servicios suelen tener que realizar frecuentes viajes para abastecerse, para conocer nuevos productos, para gestionar ayudas o subvenciones y para promocionarse en ferias. Dentro del pueblo usan los bares como lugar de ocio más que las mujeres mayores, compartiendo el espacio con los hombres.

Las inmigrantes de este grupo, como ya hemos referido anteriormente, pueden no llegar a adaptarse. La imagen que tienen de la vida rural cuando llegan a la localidad donde se asientan es muchas veces estereotipada porque no conocían bien la zona ni cómo se vive en ella. Otras veces pueden ver que no logran llevar a la práctica sus ideas, al chocar con el aislamiento o no poder integrarse en la sociedad rural. En esos casos no es inusual que terminen emigrando de nuevo y abandonen el pueblo.

El último grupo es el de las mujeres menores, hasta 20 años, en edad de formación y con dependencia familiar. En muchos núcleos rurales este sector ha desaparecido por envejecimiento de la población. En otros se mantiene gracias a la llegada de inmigrantes, aunque suelen ser niñas nacidas antes del traslado a la localidad. Su ocupación principal es asistir a los centros de enseñanza, que no están instalados en estas pequeñas localidades, por lo que es necesario desplazarse a lugares mayores donde se reúne a los niños de varios pueblos.

La falta de centros de enseñanza favorece en buena medida la paulatina desvinculación con el núcleo rural de procedencia, puesto que el distanciamiento va tendiendo a ser mayor según se va pasando a niveles educativos superiores: primaria, secundaria, bachillerato y universidad. Así mismo se imponen en los niños modelos de vida urbanos, sobre todo a través de los programas educativos y de los medios de comunicación.

Conforme van creciendo, su futuro se ve marcado por la falta de perspectivas laborales y la ausencia en sus pueblos de grupos de socialización. Esto último se ve solventado temporalmente en verano con la llegada de otros jóvenes, pero sólo durante el breve periodo de vacaciones escolares. Tampoco abundan los lugares de diversión e interrelación para los adolescentes, más fáciles de encontrar en las ciudades.


CONCLUSIÓN

Los núcleos rurales no han dejado aún el proceso de despoblación que comenzaron hace casi cincuenta años. Su final parece depender de la mejora de las posibilidades laborales y de la creación de nuevos medios de socialización, campo en el que las mujeres son las más desfavorecidas. Las explotaciones agrícolas y ganaderas siguen dejándolas al margen, como ocurría en la sociedad tradicional, y han de hacerse empresarias y buscar su sustento en nuevos negocios vinculados al sector servicios, si quieren evitar la emigración. En este sentido el riesgo es grande (pese a subvenciones y ayudas económicas) por tratarse de comarcas en regresión económica, mal comunicadas y con posibilidades de crecimiento muy limitadas.

Se aprecia en estas localidades dos mundos distintos conviviendo sobre un mismo espacio. Mientras el mundo tradicional se extingue a medida que mueren las personas mayores, la inmigración desde otras zonas se presenta en apariencia como el único medio de evitar la desaparición de los pueblos. Mala solución parece para un mundo rico en conocimientos y prácticas que no llegará a las presentes generaciones si no se salva la actual brecha entre los mayores de cuarenta años, de origen local, y los pocos menores que hay en estos núcleos, inmersos en una cultura distinta. Ya hoy la única forma de volver a tener niños en estos pueblos pasa por la instalación y el arraigo de matrimonios jóvenes foráneos.

La pérdida de población de los pueblos solucionada en parte por los inmigrantes llegados desde otros países da un resultado que dista de parecerse a la configuración de la sociedad tradicional. Los vínculos de la población nueva son diferentes y crean un nuevo marco que nada tiene que ver con lo anterior. De hecho los pueblos se convierten más en lugares de trabajo que de relaciones sociales, puesto que son muchas las diferencias que separan a los naturales de los recién llegados: arraigo a la tierra, formación, edad, vínculos familiares e incluso creencias o la mera desconfianza.

La situación exigiría devolver a los oriundos (especialmente a las mujeres, madres y abuelas) el protagonismo como transmisores de valores y conocimientos a los hijos. Seguramente sea demasiado tarde para pretender recuperar la continuidad con el pasado. Parece inevitable el abandono de muchos pueblos en pocos años y su conversión en amplias explotaciones agrícolas y ganaderas extensivas o en pueblos–hotel o pueblos–escuela, como ya está ocurriendo, donde los trabajadores contratados son foráneos y su estímulo básicamente económico. Por su parte, los hijos de los naturales del lugar se convierten en meros transeúntes, visitantes de temporada que sólo buscan descanso y olvidar el ajetreo diario.

La ruptura familiar y la llegada de foráneos, desconectados de lo local, obliga a buscar maneras nuevas e imaginativas para asegurar la participación de los recién llegados en los esquemas tradicionales. O quizás haya que olvidar el pasado y empezar a estudiar los nuevos lazos de los inmigrantes con las comunidades que les acogen.

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NOTA

(1) Buena parte de los datos incluidos en este trabajo se han beneficiado de varias estancias en las comarcas leonesa de La Cabrera, en la burgalesa de Tierra de Pinares y en la soriana de Las Tierras Altas entre los años 1999 y 2001. Los datos estadísticos se han tomado de la página web de la Junta de Castilla y León http://www.jcyl.es/sie/.

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