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APUNTES DE ETNOGRAFÍA DE CILLEROS (II)

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 336.

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Los mitos y los ritos constituyen la expresión de una necesidad colectiva, como la afirmación tácita de que hay algo tan real como desconocido. Así, el huevo ha sido siempre considerado como símbolo de vida, de inmortalidad; de ahí que la ofrenda de huevos pintados, que permanece en las costumbres de algunos de muchos pueblos, haya sido la primitiva ofrenda a los dioses con la llegada de la primavera, cuando la vida brota de nuevo en la Naturaleza.

El mito no es ni más ni menos que un reafirmarse en la realidad última de las cosas. De ahí que el hombre, a lo largo de los tiempos, haya buscado en esa simple metafísica ni más ni menos que la voluntad de ser; mejor dicho: de seguir siendo. El mundo cambia constantemente: muerte y resurrección, plenitud y aniquilamiento, dentro de un ciclo que va purificándose y regenerándose, naciendo de nuevo con esa purificación. Los actos de purificación y de perdón de los pecados, ritos de regeneración al fin y al cabo, están en todas las religiones.

Del mes de abril –segundo del calendario romano y cuarto del Juliano– se ha dicho que deriva del griego aphril, espuma, por estar dedicado a la diosa Venus, nacida de la espuma del mar; o de Aphodite –Venus–. Sin embargo, la etimología que cuenta con más fundamento es la que propone Ovidio, para quien derivaría de aperire, abrir, pues en primavera es cuando se desarrolla la vegetación; de ahí que figuradamente simbolice la juventud y que los romanos representasen este mes como un joven danzando al son de un instrumento tañido por él mismo. Hoy lo simboliza una joven coronada de mirto y vestida de verde, con el signo de Tauro, guarnecido de una guirnalda de violetas y otras flores. Su atributo es un canastillo lleno de frutas.

Pero volvamos a los festejos concretos de Cilleros, pues el primer domingo siguiente al de Resurrección, en abril, tiene lugar la festividad de su patrona: la Virgen de Navelonga, celebración que se inicia con el traslado de la imagen desde la ermita a la parroquia entre cánticos y rezos, que se sigue con un solemne septenario, un rosario de la Aurora por las calles del pueblo con la Virgen y que concluye cuando la Imagen retorna a su santuario, para celebrar en él nueva misa, seguida de besamanto, procesión, ofrenda de flores y subasta de las piernas o brazos de las andas para introducir de nuevo la imagen en la ermita. Luego, en la explanada circundante, carreras de caballos enjaezados, bailes típicos, romería campestre… amenizado todo por una charanga…

Si al tratar de San Blas dije que existía un contrasentido por considerarlo patrón de los cazadores, cuando fue un santo que protegió a los animales, también en lo tocante a la patrona hay algunos enigmas. ¿Cómo un pueblo de tierras adentro, lejos del mar o de cualquier río importante, ha venerado a una Virgen con advocación marinera, pues Navelonga podría traducirse como nave larga? Según la tradición generalizada, la advocación fue introducida en el pueblo cuando unos cilleranos, obligados a servir en la marina española –no se especifica ni fecha ni lugar– salvaron la vida en un naufragio gracias a la intercesión de la Virgen, que se les apareció cuando el desánimo cundió entre ellos. Según otra versión, no servían en la Marina los náufragos que introdujeron su culto en Cilleros, sino que fue sólo uno el náufrago, y que éste venía de América, tras haber hecho fortuna en las colonias. Ahí queda el misterio, pues no hay documentación al respecto. Lo que sí es histórico, pues está documentado por las descripciones que se hacen en el Libro de Visitas del Comendador –Orden de Alcántara– del año 1591, es que en el siglo XVI ni la ermita tenía su actual trazado ni la presente imagen de candelero de la Virgen –probablemente del siglo XVIII– es la sedente que antaño se veneraba. ¿Qué sucedió con la primitiva? ¿Fue dada de baja por hallarse en mal estado? ¿Desapareció? ¿Fue robada? He aquí un nuevo misterio. También se ha pretendido buscar semejanza entre la actual imagen, que lleva al Niño en sus manos, con otra que no lo lleva, al parecer de 1923. Sin embargo, un atento estudio tanto de la corona como de la cara de ambas, como del edificio que sirve de fondo a una de ellas, pone de manifiesto que se trata de dos imágenes distintas.

Juan G. Atienza (Los santos imposibles, pp.154–155), al hablar de la advocación marinera de algunas Vírgenes, comienza preguntándose qué significa “ser marino” y escribe que en primer término, el hombre de mar; el marinero que se coloca bajo la advocación de un determinado santo o de una determinada imagen de la Virgen María. E igualmente –dice– significa “el maestro–dios–venido –de–otra–parte”. Pero lo curioso es que las advocaciones de los marinos no son, al mismo tiempo, santos marineros. Lo son, en cambio, Santa Marina, a quien algún estudioso quiso relacionar con una Venus marinera grecolatina y cuya vida real –o, al menos, reconocida como tal– nada recuerda a circunstancias marineras, salvo su nombre. A la par, es santa marinera Santa Clara, que tampoco tuvo que ver nada, que se sepa, con la vida del mar. Sí tiene que ver, en cambio –y es idea lanzada por Caro Baroja, que Atienza cita–, con la voz marinera que significa claridad en tiempo de tormenta o con la palabra que también para los marineros atestigua y designa la Osa Menor. Y también es patrona de marineros otra imagen femenina: la Virgen del Carmen. Y Atienza se pregunta por qué, precisamente, tantas imágenes femíneas, si no es por una transposición de la divinidad femenina, que, en la más antigua mitología, “personificaba la acción y el aprendizaje de las ciencias y de la sabiduría que detentaban en grado máximo Lug (1) los seres procedentes del mar”. En este caso, en la elección del patronazgo por parte de los hombres del mar –continúa citando la idea de Caro Baroja– ha influido el nombre de recuerdo marinero de la santa. Pero también, insiste –en el caso concreto de ciertas advocaciones marianas– “su calidad de herederas y representantes sacralizadas en puntos geográficos muy determinados del interior; puntos que son, en la mayor parte de los casos, centros religiosos y geográficos a un tiempo, desde donde la prehistoria se habían concentrado los cultos y las iniciaciones”. Y yo me pregunto: ¿Tendrán algo que ver las tumbas excavadas en roca –tal vez pertenecientes a un núcleo romanizado con posible perduración en la época visigoda– que se hallan en las proximidades de la ermita con el culto a una Virgen con denominación marinera? ¿O hubo bajo la actual edificación un lucus sacrum romano anterior a la primitiva ermita, sacralizado luego por la Iglesia Católica con la erección de un edificio religioso propio? Sin embargo, cabe otra posibilidad: que la actual Navelonga –nave larga– sea en realidad una deformación de NAVA LONGA, nava larga, entendiendo la voz nava –muy frecuente en la toponimia– como llanura cercada o flanqueada, a veces, de montañas, que es el perfil que se divisa desde la ermita si se mira hacia el pueblo. Además, los cilleranos mayores, cuando se refieren a la patrona, no dicen sólo la Virgen de Navelonga, sino la Virgen de la Navelonga, que da más sentido geográfico que religioso al término. Dos topónimos de estructura y significado semejante se ubican en la provincia de Ávila: Navaluenguilla –municipio situado al sur de la provincia, en los majestuosos parajes montañosos del Parque Regional de la Sierra de Gredos– y Navaluenga, ubicado en la vega del Valle del Alberche, en la cara norte de las estribaciones de la Sierra de Gredos. Curiosamente, ambas localidades tienen como patronas a Vírgenes: Nuestra Señora de Los Leones –Navaluenguilla– y Nuestra Señora de Los Villares, Navaluenga.

En carta personal –10–5–90– el profesor D. Antonio González Cordero –después de analizar los datos y los esquemas que le envié sobre las tumbas excavadas en la roca– me decía que aún no había visitado el lugar, pero que intuía que se trataba de un núcleo romanizado con posible perduración en la época visigoda. Y añadía: “No me extrañaría encontrar restos de alguna ermita de este período, máxime si tenemos en cuenta que la sierra del lugar recibe el nombre de Santa Olalla; o lo que es lo mismo, de Santa Eulalia, santa de gran predicación desde el siglo VI, cuyo culto se extendió rápidamente por Extremadura y que su topónimo en arqueología suele coincidir con el emplazamiento de un templo o basílica”.

Este profesor volvió a tratar el tema de los restos visigodos en otra carta posterior –05–06–90–, diciendo que era bastante probable que bajo la ermita de la Virgen de Navelonga –o en sus inmediaciones– hubiera algún edificio visigótico, y que –por el contrario– resultaba muy difícil que fuera construido alguno en la sierra, pues cuando él la recorrió no encontró ningún resto que indicara lo contrario; es decir, la existencia de ruinas de una antigua iglesia o basílica dedicada a la joven mártir emeritense.

En uno de mis trabajos de campo con personas mayores de Cilleros, una de ellas –nonagenaria– me aseguró que cuando ella era joven recordaba haber visto en la sierra algunas canterías labradas, posiblemente pertenecientes a una ermita, ya entonces totalmente derruida. Si los recuerdos de esta persona le son fiables –y no hay razón para dudarlo, pues a pesar de su avanzada edad mantiene una lucidez y una agilidad envidiables– dicha ermita debería de ser antiquísima, pues ni en el más antiguo de los libros de visitas de la Orden de Alcántara se hace alusión a ella. Aunque, tal vez, las canterías de referencia pudieron ser transportadas al lugar donde mi paisana las vio para emplearlas en alguna construcción campesina que no llegó a efectuarse o bien pertenecían a la ermita del Espíritu Santo o de la Cruz –ubicada en la ladera de la sierra– donde se administraban los últimos auxilios espirituales a los condenados al cadalso, ejecución que se llevaba a cabo en el Cerro de la Horca, inmediato al municipio. De dicha ermita no quedan restos.

Ante mi sugerencia de que bajo la actual ermita de Navelonga pudo haber un templo o lucus sacrum dedicado a alguna deidad local o romana anterior a la actual advocación –argüía para ello la proximidad de las tumbas, la existencia de lo que parecía una calzada romana en el camino que conducía a la ermita y la lejanía de ésta del pueblo– el profesor Cordero decía que eso era más difícil, pues en ningún archivo quedaba constancia de que en Cilleros se hubieran encontrado inscripciones romanas, “cosa rara, pues las hay por toda Extremadura”. Mis conocimientos sobre restos romanos hallados en el término de Cilleros son posteriores a la correspondencia que mantuve con este profesor. Desde entonces, al menos un ara de granito rojo dedicada posiblemente a dos deidades indígenas de nombre ilegible y un cupa de la primera mitad del siglo I después de Cristo, han aparecido en las proximidades de la localidad. Claro que esto no quiere decir que bajo la ermita de la Virgen de Navelonga haya existido un templo o lucus sacrum como yo insinuaba. El misterio, pues, continúa.

La celebración de una fiesta dedicada a San Marcos –el segundo de los cuatro evangelistas, discípulo de San Pedro, primer obispo de Antioquia y mártir en Egipto, Marcos, nombre latino derivado de Marte–, debió de llevarse a cabo en Cilleros en tiempos pasados, como lo sugieren el hecho de que existiese una ermita a él dedicada en el Pozo de las Eras, o de la Era, o que aún perdure algún topónimo alusivo al santo, como el conocido por Sitio de San Marcos. Sin embargo, esta devoción desapareció tiempo ha, como se presupone por los pocos bienes que según el libro de visitas de 1619 tenía ya la ermita entonces, pues –especifica el visitador– las limosnas recogidas por el mayordomo durante la fiesta anual ofrecida al santo en abril, no alcanzaban ni para reparar la fábrica ni para pagar las misas que en ella se decían, por lo que el culto fue desapareciendo poco a poco hasta no quedar recuerdo de él, toda vez que la ermita debió derruirse con el tiempo.

La fiesta de San Marcos se celebraba el 25 de abril, y se correspondía exactamente con otras muy populares en la antigua Roma, llamadas Rubigalia o Rebigalia que –como Julio Caro Baroja dice (2)– estaban destinadas a preservar a los trigos de la roña –robigo o rubigo (3)–, de la que los latinos habían hecho una divinidad: Robigo o Rubigus. En otros lugares esta fiesta se relacionaba con la ganadería. En Cilleros no ha quedado constancia del culto y los festejos, pero posiblemente debió ligarse a la agricultura y, especialmente, al poder que parecía tener el santo sobre la lluvia.

Al menos eso se deduce del estribillo de la siguiente canción, que aún se canta en Cilleros en tiempos de sequía:

Agua, María,
agua, San Marcos,
pa que se rieguen
todos los campos.

Agua, Jesús Nazareno,
agua, Nazareno mío,
que se secan las cebadas,
los centenos y los trigos.

Agua, María...

La Virgen de Navelonga
y la Virgen del Rosario
le están pidiendo a Jesús
el rocío soberano.

Agua, María...

Hasta los niños de escuela
te vienen a pedir agua,
porque nosotros, pecadores,
no podemos alcanzarla.

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NOTAS

(1) Personaje de la mitología celta irlandesa, héroe del pueblo de Danan, y experto en muchas artes, a quien se le atribuye la invención de la música, de la arquitectura, de la medicina –se decía que inventó una caldera que resucitaba a los muertos introducidos en ella–, de los juegos, e incluso de una lanza que actuaba a distancia… ¿Un rayo láser? Para algunos mitólogos sería el arquetipo de un Legues, dios celta europeo, que dio nombre a ciudades como Lyon –Francia– o Eliden, ciudad de los Países Bajos, en la Holanda meridional (2) Ritos y mitos equívocos, p. 77.

(3) Roña. Nombre de diversas enfermedades de las plantas, ocasionadas por diferentes clases de ácaros y de hongos.

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BIBLIOGRAFÍA

ATIENZA, Juan G.: Los santos imposibles, Plaza Janés, Barcelona, 1977.

CARO BAROJA, Julio: Ritos y mitos equívocos, Istmo, Madrid, 1974.