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LA FUENTE DE LA BELLOTA Y SUS NÚMENES ACUÁTICOS

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 2009 en la Revista de Folklore número 338.

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INTRODUCCIÓN

Emiliana Jiménez Corrales, vecina de la localidad cacereña de Santibáñez el Bajo, murió con ochenta y tantos años hace un par de veranos. Recuerdo perfectamente aquel 16 de agosto, no sólo porque es cuando cumplo años, sino porque, en tal fecha, el pueblo fue zarandeado por un ciclón, que llegó a arrancar tejas, romper toldos de las terrazas, descoyuntar antenas de televisión, sacar de sus raíces a viejos árboles e inundar las partes bajas de algunos edificios. Gracias a que su duración fue de escasos minutos, pero el vecindario se quedó con el susto en el cuerpo. Pues cuando el ciclón estaba en su apogeo, Emiliana Jiménez Corrales –o “Ti Miliana”, como se la conocía en el pueblo– emitió su último suspiro.

Siempre permaneció soltera Emiliana Jiménez, regentando un pequeño bar en la plaza de la localidad, que heredó de su padre: Ulpiano Jiménez, y que actualmente lo administra Luisa Calle Jiménez, sobrina de Emiliana y casada con el “paletu” (así apodan cariñosamente a los hijos del pueblo de Ahigal) Julio Mahíllo Gómez. En sus buenos tiempos, Emiliana tocó el acordeón en el salón de baile de su padre y, luego, ya se refugió en la taberna de la plaza, donde dejó que la vida transcurriera entre los vasos de vino que servía a los clientes.

El hecho de traer a estas páginas la figura de Emiliana Jiménez Corrales es porque ella era un profundo pozo de sabiduría popular. En más de una ocasión, me senté con ella en una de las mesas de la tasca, alrededor de un brasero de picón, y tomé enjundiosos apuntes sobre lo divino y lo humano. De lo mucho que sus palabras contaron, me permito transcribir dos leyendas de corte mítico, íntimamente emparentadas con los viejos númenes que, según creencia popular, habitaban en algunas fuentes. Cierto es que tales leyendas las oí narrar a otros vecinos de Santibáñez el Bajo, pero Emiliana las enriquecía con chispeantes detalles y dábales un sentido nebuloso y fascinante.

EL ENCANTU MANCEBU

“Aquí, en el nuestru pueblu, pa la hoja de Los Olivaris, está la fuenti «La Bellota». Hoy ya cuasi ni se ve, que dicin que ya está tó aquellu llenu de zarzalis. Pos en esa fuenti –que esu lo oí yo contal muchas vecis a otras gentis que ya se han muertu– salía la mañana de San Juan el Encantu Mancebu; salía antis de venil el día, antis de ansomal el sol. La genti iba de antis a cogel agua de esa fuenti que dicían los antiguos que era cumu agua santa. Yo misma he bebíu muchas vecis de la fuenti, cuandu andábamos a campu, pa los olivus o los güertus de pa esa parti. Y dicin que había dentru de la fuenti un Encantu, que era el Encantu Mancebu. Ahora dicin que fue una mañana de San Juan una moza, antis que el día glo55 riara, a pol agua a esa fuenti, y vio que había cumu nadandu un jilu de oru. Ni corta ni perezosa, le echó manu y venga a estiral, venga a estiral, venga a estiral… y, ¡nada!, que el jilu no se acababa nunca. Y ya dicin que tenía jechu un ovillu mu grandi. Pero ella siguió tirandu del jilu y, en estu, que dio en ansomal el sol y ensiguida se alumbró toda la fuenti; se esclareció con los rayus del sol. Y antoncis se oyó cumu un estampío dentru de la fuenti y dicin que se oyó una voz que salía cumu de lo más jondu de la fuenti. Y pol lo que contaban, se oían cumu alaríus de alguien que se retorcía de dolol. Y dicin que dicía:

– ¡Ay desgraciá,

que me has condenao otros cien añus

a esta humedá!

Y refierin que, pol la cuenta, no se supu más de aquella moza. Na más que, al cabu del tiempu, aparecierun, al aral unus olivus que están mu cerquina de la fuenti, una calavera y los güesus eran de la moza, porque en unu de los deos todavía estaba, enroscau en el güesu, un anillu que era de ella, de la moza, que lo había heredau de su madri. Todu pasó porque aquel jilu de oru era de la melenera del Encantu Mancebu, que dicin que tenía los pelus de oru. Si llega a devanal el jilu antis de que habiera salíu el sol, antonci habría desencantao al Encantu, que estaba encerrao en la fuenti pol culpa de una maldición, que dicían que el Encantu era un príncipi mu ricu, na más que estaba encantao, y se casaría con quien fuera escapá de desencantarlu. Pero la que no lo lugrara, le pasaría cumu a la moza que fue a pol agua antis de glorial el día y no le dio tiempu de devanal tó el jilu, que se la tragaría la tierra y, con el tiempu, aparecieron los güesus y los cachus del cántaru, todu enterrao baju la tierra”.

DESMENUZANDO LA LEYENDA

Ya nos hablaba Mircea Eliade (1) acerca de que el agua es un elemento femenino terrestre: la fuente (fons) y origen (origo) de la existencia. Posiblemente, no es de extrañar, por ello, que por estos pueblos de los septentriones extremeños (y también por otros) se conserven topónimos que hacen alusión a la “Madre del agua”, adscritos a parajes donde proliferan las fuentes o abundan otras corrientes de agua. Concretamente, en Santibáñez el Bajo nos encontramos con el topónimo de “La Madre del agua” en la conjunción de las tierras graníticas con las pizarrosas, entre oscuros robledales y con inmediatos vestigios de factura romana y un enorme peñón de granito en el que se han practicado rústicos peldaños para acceder a su cima. En la base de este batolito, se han recogido fragmentos de cerámicas calcolíticas y un hacha de piedra pulimentada, de las denominadas “votivas”. La abundancia de aguas en este paraje da lugar a toda una profusión de huertecillos de riego, creando un paisaje furibundamente minifundista.

Refiérennos, igualmente, Salvadora Haba Quirós y Victoria Rodrigo López (2) que “el agua conlleva imágenes simbólicas de fecundidad, renacimiento y muerte; fluido que limpia los cuerpos y por tanto, alegoría de la purificación espiritual; representa, asimismo, el devenir porque discurre y aparece con signo femenino asociado a la luna en todas las teogonías, denominándose «la Gran Madre o Vaca nutridora». Desde época paleolítica el conjunto agua–luna–mujer es asimilado como «el círculo antropocósmico de la fecundidad»”.

Volviendo a Mircea Eliade ( Op. cit., p. 211), nos percatamos que este insigne investigador constata, en Inglaterra que, junto a túmulos y monumentos megalíticos, se encuentran fuentes que la población considera como bienhechoras. Ya escuchamos a Emiliana Jiménez decir que los antiguos consideraban el agua de la fuente de “La Bellota” como santa. Pero también esta fuente está a un corto tiro de honda del asentamiento romano de “Cabeza del Moro”, de otro de características prerromanas (posiblemente calcolítico) al sitio de “El Cercao” y de una partida de olivos denominada “El Toconal de Canuto” donde aparecieron, al realizar labores de arada, unos enormes molinos barquiformes, con sus correspondientes molederas. Así mismo, está muy cerca el llamado “Sillón del Moro”, que viene a ser un trabajado cancho de fino granito, exento, al que le han dado forma de majestuoso sillón y que lleva en su parte superior numerosas cazoletas. Más cazoletas se hallan en unos paneles rocosos inmediatos, entre matas de roble. Y a no más de 500 metros se encontraba la “Peña Escrita”, un risco que, según cuentan, tenía un sinfín de extraños grabados. Lamentablemente, fue destruido hace ya bastantes años para emplear su piedra en el cerramiento de un olivar. Hay que reseñar que, en este área arqueológica, aparecen vestigios de dos ermitas (posiblemente, templos paganos cristianizados): una puesta bajo la advocación de San Albín (dentro del término municipal de Santibáñez), toda ella rodeada de vestigios romanos; y otra dedicada a Santa Marina, igualmente con huellas romanas inmediatas pero dentro ya del término municipal de Ahigal, pueblo lindero a Santibáñez, a menos de 3 kilómetros. Esta última ermita se ubica en el “Camino del Tablero”, que, al parecer, conducía desde la mansión romana de Cáparra a Coria, y se levanta a poca distancia del bautizado como “Castillejo”, donde se rastrean indicios prerromanos.

MAÑANA DE SAN JUAN

Contextualizando la leyenda narrada por Emiliana Jiménez Corrales, nos encontramos que el hecho mágico que la empapa tiene lugar dentro de una concreta secuencia temporal: la noche de San Juan. Emiliana habla de la “mañana de San Juan”, pero entendiendo por tal la madrugada como parte postrera de la noche ( “antis de venil el día”).

De sobra es conocido el aliento sobrenatural que rezuma la mítica y mágica noche de San Juan, como consecuencia clara de producirse en tal efemérides el solsticio de verano (no exactamente el mismo día de San Juan, sino en torno al mismo; tal vez un poco antes). Y este solsticio del verano, conocido en los antiguos mitos griegos como “puerta de los hombres”, se caracteriza por presentar el día más largo y la noche más corta del año. Los romanos, recogiendo algunas semillas de los griegos, pondrán como guardián de la “puerta de los hombres” al dios Jano. Y de Jano a Juan, poca es la diferencia. Podemos incluso decir que nuestro San Juan Bautista viene a ser como el portero que permite que se abra esa puerta, dando paso a todo un flujo de energías sobrenaturales sobre la Tierra.

Ni qué decir tiene que la cultura cristiana, practicando un interesado sincretismo, logra llevar a su pesebre todo este mundo de creencias solsticiales, cuyos primigenios cimientos hay que remontarlos más allá del mundo griego y romano, ya que hay coincidencias de rituales en ambos hemisferios.

Cierto es que algunos padres de la Iglesia lanzan filípicas contra las prácticas que se mantenían con fuerza en torno al mentado solsticio. Así, San Eloy tronaba, en el siglo VII, contra sus filigreses:

“No creáis en las hogueras y no saltéis cantando, porque todas estas prácticas son obra del demonio. No os reunáis en los solsticios y que ninguno de vosotros dance, ni salte, ni cante canciones diabólicas el día de la fiesta de San Juan, ni de otro santo” (3).

Pero cuando la Iglesia no puede erradicar las creencias consideradas como “paganas”, les echa unas gotas de agua bendita y las acoge en su seno. Con todo, hasta nuestros actuales días han subsistido ritos y mitos por estos septentriones de la región extremeña, como bien ha puesto de manifiesto mi buen amigo y paisano José María Domínguez Moreno (4). Lamentablemente, todo este conjunto de creencias y de ejercicio ritualizado, que en el fondo, ha sido parte consustancial de la cultura tradicional del pueblo, hace un tiempo que comenzó a ser dinamitado, sobre todo a raíz de que el hombre de nuestros medios rurales ha dejado de ser “creador de cultura”, tal y como afirma Félix Rodrigo Mora, también buen colega y camarada mío (5).

El hecho de que la Iglesia se decidiera a colocar la festividad de San Juan Bautista en las inmediaciones del solsticio de verano, tiene que ver mucho, igualmente, con lo que nos relata San Lucas en su Evangelio. Afirma este evangelista que María, la madre de Jesús, al poco de su Anunciación, fue a visitar a su prima Isabel cuando ésta se encontraba en el sexto mes de su embarazo. De aquí que se fijara la festividad de San Juan Bautista, recordando su nacimiento, en el octavo mes de las kalendas de junio, seis meses antes del nacimiento de Cristo. Curiosamente, es toda una rareza que la Iglesia decidiera colocar la efemérides del Bautista en el día de su nacimiento, cuando se tenía por costumbre celebrar el dies natalis de los santos coincidiendo siempre con el día de su muerte.

Con la experiencia acumulada en reciclar antiguos cultos paganos, la Iglesia, a través de San Juan, como bien apunta Julio Caro Baroja (6), es muy probable que sustituyese y unificase, siglos atrás, los diferentes númenes acuáticos.

“EL ENCANTU”

Pensamos que fue el cura Segundo García García (6), allá por 1955, el primero que, en lo que se refiere a la comarca cacereña de Tierras de Granadilla, dio a conocer el mundo mágico en torno al numen denominado “El Encantu”. Nuestro clérigo, natural del pueblo de Ahigal, nos describe la leyenda del “Encantu” que habita en el llamado “Pozu Cinojal”, dentro de los términos del mentado pueblo de Ahigal, no muy lejos del casco urbano y de la carretera que conduce a la ciudad de Plasencia. Dicha leyenda tiene grandes semejanzas con la que nosotros analizaremos en estas páginas. El suceso ocurre también en la mañana de San Juan, antes de salir el sol. Pero, en esta ocasión, la moza corta el hilo de oro que apareció enrollado en el cántaro que introdujo en la fuente. Y, entonces, apareció “El Encantu” echando lumbre por los ojos y con el afán de echar mano a la moza, la cual huye y traspasa un regajo, límite simbólico que no le era permitido atravesar al “Encantu” y, de esta manera, la moza logró salvarse. El final de esta leyenda la emparenta con otras que hemos recogido en la cercana comarca de Las Hurdes, como “La Mora del peine” (Rivera–Oveja), “La Mora de la Zambrana” (El Castillo), “La Mora de la fuente Los Reñales” (Nuñomoral), etc. En nuestra leyenda, la relatada por Emiliana Jiménez, en cambio, la moza perece de manera misteriosa, al asomar los primeros rayos del sol, siendo absorvida por el negro de las tinieblas y arrebatada a la claridad (lucha de fuerzas antagónicas). Y vayan ustedes a saber si la calavera y los huesos que aparecieron al arar unos olivos, no pertenecerían a algún hallazgo arqueológico, pues ya vimos que todas esas inmediaciones de la Fuente de la Bellota se encuentran plagadas de vestigios del pasado. Cuando el pueblo no sabe dar respuestas a ciertos hechos, es muy lógico y normal que, con el tiempo, todo se rodee de un halo nebuloso y legendario.

Constantino Cabal (7) nos dice –valga el ejemplo– que, en Asturias, son las “xanas” las que viven en el interior de las fuentes:

“En el fondo de muchas de sus fuentes tienen las xanas un hilillo de oro. Quien lo devane todo sin soltarlo, al final saca la xana desencantada y feliz (…)” (p. 249, Op. citada).

Y en otra página del mismo libro, refiérenos:

“Las xanas y las hadas, que vienen a ser lo mismo, en otras partes las llaman con frecuencia de esta suerte: las encantadas, las princesas, las moras, las damas, las dueñas, las señoritas…”.

“Luego las encantadas, las princesas, las moras, las damas, las dueñas, las señoritas… que se encuentran en Asturias, son todas hadas o xanas, y es error considerarlas como entidades míticas diversas”.

Simplemente, lo que ocurre es que por esta zona no es una “Encantada” la que se esconde en la humedad de las aguas, sino un “Encantu”, de signo claramente masculino. Cierto es que la inmensa mayoría de los númenes que se esconden en fuentes y regatos de muchos puntos geográficos, son de signo femenino. Incluso por las comarcas del norte extremeño. De aquí que un eminente investigador como Fernando Flores del Manzano (8) nos diga lo siguiente:

“Con los romanos, las fuentes y arroyos se poblaron de seres mitológicos, como las náyades, ninfas que personifican la divinidad del manantial. Por eso, en los manantiales de la serranía altoextremeña habitan todavía doncellas que se peinan con peines de plata, esperando a los mortales que se acerquen a sus aguas para ofrecerles infinitos tesoros. Son la herencia de aquellas clásicas ninfas, a pesar de que ahora lleven el nombre de «Moras»”.

Y “Moras” son las que guardan grandes tesoros y caudales en el interior de covachas y abrigos rocosos en las cercanas comarcas del Ambroz, Sierra de Gata y Las Hurdes. También quedan descendientes de las antiguas ninfas por otros pueblos de Salamanca (9), al igual que por otras demarcaciones, y la norma general es que sean mujeres que esperan ser desencantadas, aunque siempre se malogre el asunto, bien por falta de pericia del desencantador o por no cumplir determinados requisitos que dicho desencantador desconoce.

Ponernos a desmenuzar, aquí y ahora, por qué en algunos de estos pueblos de la antigua Tierra y Villa de Granadilla el numen adopta la fisonomía de un “Encanto Mancebo” y no el de una bella doncella, sería meternos en demasiados berenjenales. Algunos –tal vez– hasta hablarían de estructuras patriarcales o matriarcales o traerían a colación otras profundas filosofías. Pero dejémoslo estar. Conformémonos con que nuestro numen estaba encarnado en un mozo guapo y apuesto, que gastaba larga cabellera de oro y sufría, dentro de la humedad de la fuente, el maleficio que alguna mala hechicera (o hechicero) le había echado.

RELACIONES DE FELIPE II

En un pequeño libro, manuscrito, que encontramos entre los muchos papeles, desordenados y tirados a la buena de Dios, en lo que fue la factoría de “El Jordán” (creada en tiempos de Alfonso XIII), en la población de Nuñomoral (comarca cacereña de Las Hurdes), pudimos leer ciertas notas que habían sido sacadas de las Relaciones Topográficas de los pueblos de España que mandó hacer el rey Felipe II y cuyos originales se conservan en El Escorial. Pues menciónase en estas notas al lugar de El Cerezo, pueblo situado a escasa distancia de Ahigal y Santibáñéz el Bajo. De hecho, leemos lo siguiente:

“A la otra pregunta dicen que los lugares comarcanos a éste son Mohedas, que está media legua, Santibáñez, Higal y Guijo, a una legua y poco más, y El Casar, y a la parte del poniente, El Bronco y Santacruz de las Cebollas, y al septentrión, a corta distancia, los lugares de Palomero y Marchagaz (…)”.

La descripción del lugar de El Cerezo la realiza un clérigo llamado Diego Martín, al parecer cura párroco en aquel entonces del mencionado lugar. Este párroco se sirvió de dos vecinos: un tal Juan Hernández Viejo, de 62 años de edad, y otro cuyo nombre es ilegible, aunque parece rastrearse el apellido de Rodríguez, “de sesenta años, poco más o menos”. Las declaraciones llevan fecha de 5 de febrero de 1575.

Curiosamente, nos topamos con unos párrafos bastante interesantes:

“…ay un pozo muy antiquísimo que se llama el pozo Cinojal; tiene cinco estados de hondo; hase hallado a esta parte y hablan muchas escrituras y compromisos antiquísimos; este pozo está en tierra alta y es el agua muy buena (…)”.

59 En un comentario que hace la persona que transcribió estas Relaciones, cuyo nombre no aparece en el librito, se plasman estas líneas:

“…según oí decir a algunos vecinos del Cerezo, este pozo sirve en estos años para la provisión del consumo del agua, y dicho pozo está en un paraje que le dicen «Los Millaeros», donde refieren que hubo población antigua, contando además que en el dicho pozo hay encerrado un encanto que espera la mañana de San Juan, antes de salir el sol, para ser desencantado, y cuentan muchas leyendas sobre este pozo (…)”.

Concerniente al posible contexto arqueológico de este pozo, en la copia que se hizo de las Relaciones leemos también:

“A la decimosexta pregunta declararon que alrededor de este pueblo ay muy muchos lugares que an sido poblados antiguamente y se han hallado muchas piedras de cantería labradas y muchos sepulcros antiguos y en ellos se han hallado hombres armados embalsamados en los dichos sepulcros y en otras ollas de carbones llenas, y pidras escritas, y un canto está en Los Hoyos con letras muy antiguas moriscas que no se pueden leer (…)”.

Más adelante, observamos lo siguiente:

“…dizen que cerca deste lugar se conosció un arco de cantería y que al redor hubo muy grande población y edifizios de casas y que an sacado muchas piedras de casas fuertes que tenían las puertas de hierro según que en los quiziales de las piedras se a visto, y que no saben cómo ni por qué se despoblaron (…)”.

Ciertamente, estamos ante otro lugar mitificado, donde al igual que ocurre con la “Fuente de la Bellota” y el “Pozo Cinojal” de Ahigal (curiosamente llamado de la misma forma que el de El Cerezo), aparece un contexto claramente romano, a juzgar por los vestigios que se desparraman por las inmediaciones. No obstante, a tenor de nuestras conversaciones mantenidas con vecinos de Palomero y El Cerezo, la memoria sobre seres mitológicos encerrados en los pozos y en las fuentes, está muy diluida y tan sólo alguna que otra persona, ya muy entrada en edad,evoca muy difusamente lejanos recuerdos que oyó contar a sus mayores, referentes a que “era peligroso acercarse la mañana de San Juan, antes de gloriar el día, al Pozo Cinojal, porque salían cosas malas de aquellas aguas”. Algunos vecinos nos hablaron de brujas, y otros de demonios, aunque un vecino de Palomero, Julián Sánchez Mohedano, nos habló sobre “el Encantu de la mañana de San Juan, que salía babeandu jilus de oru si alguna moza s’atrevía a il a cogel la flol del agua al Pozu Cinojal en esa mañana”.

COLOFÓN

Hemos dejado puestas algunas piedras de ese edificio mágico que alberga la mañana de San Juan y sus conexiones con las aguas de los pozos y las fuentes, concretamente deteniéndonos en la llamada “Fuente de la Bellota”. Lógicamente, si el investigador o el curioso se acerca por estos pueblos, se encontrará con que estos textos etnográficos, cargados de realismo mágico, ya sólo se conservan en gente muy anciana: los últimos informantes de un mundo que se medía y se pesaba por cómputos muy diferentes a los de hoy en día.

Esta leyenda del “Encantu Mancebu de la Fuenti la Bellota”, que se concatena con aquella otra de “La tienda del Encantu” y que veremos en algún próximo número de la Revista de Folklore, también es recogida por la novelística moderna, en una de sus muchas versiones y enmarcada en tierras leonesas (10). Pero lo cierto es que, al menos en lo que a nuestra zona se refiere y, por extensión, a toda Extremadura, raro es el niño o el joven que conoce alguna leyenda de su propio pueblo.

Una modernidad mal entendida se ha cargado prácticamente la aureola de realismo mágico que rodeaba a nuestras comunidades rurales y, exceptuando aquellas comarcas donde el sentido de identidad está muy arraigado (lo que no quiere decir que se miren el ombligo), el resto de las demarcaciones territoriales, insertas en el ámbito rural, van a la deriva, caminan desnortadas, intentando tan sólo ser una mala copia de lo que se programa en las grandes y medianas urbes, como ocurre con el carnaval, los rituales de la festividad de Todos los Santos o los propios del ciclo navideño.

Los que hemos conocido (y de ello no hace tanto) cómo toda la tribu educaba e instruía a los niños, muchachos y mozos, nos duele ver cómo ahora, cuando alguna persona de edad intenta mediar en la conversación con algún cuentecillo o historia de gran sabor tradicional, los jóvenes no hacen ni caso, respondiendo, con un chabacano tuteo, con frases como: “corta el rollo, tío, que nos vas a hacer abrir la boca”. Así que estas personas maduras, que se sienten desautorizadas y minusvaloradas, cada vez se arriman menos a las cuadrillas de mozalbetes y dejan que se vayan con viento fresco a los centros sociales y casas de cultura que se levantaron, de unos años a esta parte, en nuestros pueblos, donde lo único que hacen es sentarse horas y horas ante un ordenador y entretenerse con los jueguecitos de última moda. Y los cientos de libros que se encuentran en las estanterías, sólo sirven de adorno y para que, día tras día, vayan acumulando polvo. Y no sólo esto, sino que nuestros niños y jóvenes han perdido todo su contacto con su entorno natural; ya no conocen ni los nombres de los pájaros que alegran los campos de sus pueblos, ni sus plantas, ni los parajes donde se encuentran las viejas minas, los vestigios de “cuando el moro”, las antiguas construcciones pastoriles, las umbriosas pozas del río, las curiosas formaciones geológicas o las covachas del monte. El desarraigo es total dentro de sus mismas comunidades. Y a ello, que todo hay que decirlo, contribuyen unos poderes públicos carentes de imaginación, llenos de complejos y faltos de inteligencia, que queriendo ser más modernos que nadie, pretenden convertir nuestros pueblos en aberrantes urbes, que a la postre, devienen en algo insustancial, o dicho en plan castizo, “en ná, ni en chicha ni en limoná”.

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NOTAS

(1) ELIADE, M.: Tratado de Historia de las Religiones. Morfología y dialéctica de lo sagrado, Madrid, 1981.

(2) HABA QUIRÓS, Salvador y RODRIGO LÓPEZ, Victoria: “Creencia popular y naturaleza: La pervivencia del antiguo culto a las aguas en la Provincia de Cáceres” en Antropología Cultural en Extremadura: Primeras jornadas de Cultura Popular, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1989.

(3) San Eloy fue obispo de Rouen (Francia) y son famosos sus sermones, en donde se ataca a la superstición, a la creencia en maleficios, lectura de naipes o de las manos. Fomentó el realizar la señal de la cruz cada vez que la persona se sintiera tentada por el diablo.

(4) DOMÍNGUEZ MORENO, José M.ª: “La noche de San Juan en la Alta Extremadura”, Revista de Folklore, n.º 42, Valladolid, 1984.

(5) RODRIGO MORA, Félix: Naturaleza, Ruralidad y Civilización, Editorial Brulot, Madrid, 2008. Este autor, acostumbrado a bucear en las antiguas comunidades rurales, ha escrito atinadas páginas, de gran calado sociohistórico, sobre el desmembramiento de las viejas colectividades, carcomidas por las corrientes liberales de añtaño y el falso modernismo de hoy en día.

(6) CARO BAROJA, Julio: La estación del amor, Madrid, 1979.

(7) CABAL, Constantino: La Mitología asturiana: los dioses de la vida, G. H. Editores, S. A., primera edición, Gijón, 1987.

(8) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1998.

(9) GRANDE DEL BRÍO, Ramón: “Sobre el culto a las aguas”, Revista de Folklore, n.º 15, Valladolid, 1982.

(10) MATEOS DÍEZ, Luis: La Fuente de la Edad, Colección Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1992. El autor nos habla de las “Cristalinas”, unos númenes acuáticos semejantes al “Encantu” de la Comarca de Tierras de Granadilla.