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LEYENDAS DEL MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO DE MONTAMARTA (ZAMORA)

ISIDRO GARCIA, Césa Amador

Publicado en el año 2009 en la Revista de Folklore número 338.

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La orden de San Jerónimo tiene España como principal territorio para sus fundaciones; durante los primeros años de existencia surgen rápidamente nuevos monasterios. La fundación de Montamarta se debe a desavenencias internas en el monasterio de Guadalupe, que provocan la salida de uno de los bandos de la casa para crear otra nueva. De esta manera trece monjes emprenden camino hacia tierras zamoranas, lugar de procedencia de uno de los monjes que lideraban el grupo, fundando en 1407 el monasterio de Nuestra Señora de Montamarta.

El nuevo monasterio ocupa durante sus primeros años varias ubicaciones, la primera junto a la ermita de San Miguel y posteriormente en unos peñascos en el río. Ninguna tenía unas condiciones mínimas de habitabilidad, por lo que los monjes buscaron rápidamente un lugar cercano al pueblo.

Todos estos sucesos extraordinarios que narramos a continuación ocurridos en torno a estos primeros momentos de creación del nuevo monasterio no hacen sino aumentar la fama de santidad de los monjes. Las noticias llegan pronto a la ciudad de Zamora y muchas familias nobles comienzan a enviar a sus hijos a formarse al monasterio; no transcurre demasiado tiempo hasta que los zamoranos solicitan su traslado a la capital, ocurriendo éste en 1535.

La orden jerónima cuenta con un cronista excelente en la figura del padre Sigüenza (1). Junto a sus escritos, se conservan además los documentos de la fundación del monasterio (2) y los textos sobre los religiosos importantes del mismo (3). En la actualidad muchos son los autores que dedican sus estudios a la orden. A todos ellos hacemos referencia para otros pormenores históricos (4).

Las leyendas sobre sucesos o habitantes extraordinarios son habituales, y no hay monasterio que no cuente con alguna entre sus muros, personajes o el entorno donde se asientan los edificios. El monasterio de San Jerónimo de Montamarta es un buen ejemplo de ello. Durante los aproximadamente 127 años que los monjes permanecieron en Montamarta antes de trasladarse a Zamora nos encontramos con monjes que andan sobre las aguas, luces que señalan el lugar adecuado para la construcción del edificio o muertes de religiosos en extrañas circunstancias. En este artículo nos centraremos en este aspecto menos conocido, pero que sin duda tuvo una gran repercusión en sus primeros momentos y permite un acercamiento holístico a la historia de la orden de San Jerónimo en la provincia de Zamora.


LOS MONJES SANTOS QUE ANDAN SOBRE LAS AGUAS ç

Uno de los primeros lugares en los que se asentaron los monjes fue un peñasco en el centro del río, sin duda un lugar poco apropiado para vivir, pero cercano a las ideas eremíticas que se relacionaron desde un primer momento con la orden jerónima. El tiempo que permanecieron en la roca fue escaso; pronto las enfermedades afloraron y las jornadas de los monjes se repartían entre el cuidado de los enfermos y la oración. Las leyendas surgen rápidamente en torno a la santidad de estos monjes. Una de ellas narra cómo los clérigos cruzaban andando sobre las aguas del río al volver de predicar, cuando el demonio las hacía crecer para aislar el grupo que permanecía en la ermita (5).

“Salían algunos de ellos a predicar o a enseñar la doctrina por aquellos pueblos comarcanos. Eran toda gente que lo podían hacer… Predicaban con los ojos y con las manos y con toda la compostura y modestia de su trato. Dábanle alguna limosna y aquella traían al convento con mucha alegría. Vieron muchas veces los moradores de aquella tierra (y duró muchos años la fama y no se ha acabado ahora) que, volviendo algunos de estos siervos de Dios de predicar y pedir limosna para el consuelo y sustento de sus hermanos, a la vuelta sucedía haber crecido el río, de manera que no se podía pasar a la peña donde estaba el monasterio, cercado todo de agua con la avenida grande, y los siervos de Dios llenos de fe y esperanza tendían el manto en el agua y pasaban de pies encima sin mojarse un pelo. Quedábanse los hombres llenos de admiración los que los miraban y publicaban la maravilla, diciendo que aquellos hombres eran todos santos…” (6) .

Estos hechos ayudaron para que los monjes rápidamente fueran reclamados para que se ubicaran en un lugar más cercano al pueblo para gozar de su santidad. El milagro que estaban esperando no tardó mucho en llegar.

LAS LUCES EN LA NOCHE

El rumor de que los santos monjes buscaban una nueva ubicación para su monasterio hizo aflorar unos sucesos que fueron interpretados por todos como una señal divina para que el edificio se edificara en un solar cercano al pueblo, aunque la realidad nos indica que el solar fue donado por Arias González de Valdés y María Rodríguez Pecha. El agraciado con el milagro fue un vecino que pasaba las noches en el campo vigilando una viña para evitar que le robaran, y varias veces vio aparecer en la oscuridad un cordel de luz que le señalaba un lugar. Al contárselo a los religiosos, estos le dieron la explicación rápidamente: Dios les estaba señalando la ubicación del nuevo monasterio y el hombre les debía de ceder la viña donde aparecían las luminarias.

“Era por mes de septiembre, estaba de ordinario todas las noches en el campo guardando una viña que tenía, porque ni los hombres se la hurtasen, ni las bestias se la comiesen. Vio la medianoche, cuando todo estaba más callado y sosegado, por el contorno de su viña (súbitamente) muchas lumbres, como de antorchas encendidas. Maravillose mucho, tanto que ni sabía si velaba o dormía, si era sueño o antojo. Despabilábase los ojos y hacía reflexiones dentro de si, imaginando siempre que se le antojaba o soñaba. Cesó de allí a una hora poco más el resplandor. Sin decir nada a nadie determinó estar la siguiente noche sobre aviso. Vio lo mismo y entendió claro que la admirable luz significaba alguna gran cosa. De esta forma vio otras muchas noches continuas y lo que más admiración le hacía era que, con ser luz tan grande y extraordinaria, ningún miedo le ponía, antes le parecía que con ella se le alegraba el alma.

“El buen hombre dio en cuenta y entendió que la luz que cercaba su viña era el cordel con que Dios señalaba la planta y el lugar donde sus siervos hiciesen el monasterio. Asentole tanto en el pensamiento esto, que sin duda lo tuvo por cierto. Inspirado de Dios con ánimo de varón santo. Se fue para los religiosos y les dio noticia de lo que había visto tantas veces. Díjoles que nuestro señor le había puesto en el alma que les diese toda la viña y toda la heredad para que fundasen el monasterio y que así desde luego se lo daba, aunque era todo su caudal y su sustento, y con mucha voluntad les hacía plena donación de ella, porque entendía que Dios lo quería así y aquella gran luz que había visto en su heredad era señal del gran resplandor de santidad que dentro de aquella casa había de verse” (7).

EL SERMÓN DE SAN VICENTE FERRER Y LA REPENTINA MUERTE DE FRAY FERNANDO DE VALENCIA

Podemos encontrar referencias a milagros ocurridos en el monasterio dentro de leyendas populares de la ciudad de Zamora, como es el caso de la campana de Vicente Ferrer. La leyenda transcurre en el año 1412, muy cercano a la fundación del monasterio (1407), lo que da una idea de la importancia que rápidamente alcanzó la Orden en la provincia de Zamora.

La historia nos narra cómo San Vicente iba a pasar por Zamora aprovechando un viaje a Salamanca. Ante este acontecimiento, el cabildo mandó una delegación para invitarlo y finalmente la visita tuvo lugar. La comitiva fue recibida con gran interés y fervor, y dado el número de asistentes a sus sermones, estos se llevaron a cabo a las afueras de la iglesia de San Juan al no poder albergar el templo a la multitud; predicó también en la iglesia de San Vicente. Varios milagros ocurrieron en algunos de los conventos más importantes del siglo XV de la ciudad de Zamora como el de Santo Domingo y San Francisco. Entre todos ellos, se intercala un suceso extraordinario en relación a los jerónimos, que por aquellos años no estaban todavía instalados en el casco urbano de Zamora, sino en el pueblo de Montamarta a varias leguas de la ciudad.

“Un monje valenciano del vecino convento de Montamarta fue a pedirle al Prior que, antes de que abandonase Vicente la ciudad, le gustaría escucharlo, pues ya no volvería a presentarse una ocasión semejante. El padre le contestó que sus huesos no aguantarían un viaje de tres leguas por caminos pedregosos en la destartalada carreta del convento, por lo que le recomendó que se retirase a su celda y allí escuchase a su espíritu. Cual no sería el estupor del anciano monje cuando a las cinco de la tarde, hora en que comenzó el sermón en la plaza Vicente Ferrer, la voz del santo le llegó nítida, como si le hablase desde la misma celda donde estaba arrodillado. Al acabar con lagrimas en los ojos, fue a dar cuenta al prior del prodigio que le había sucedido, quedando grabado dicho prodigio en los anales del convento” (8).

Algunos aspectos llaman nuestra atención en la narración, como la calificación del monje como valenciano. Posiblemente haga referencia a fray Fernando de Valencia (9) cabeza del grupo que parte de Guadalupe (10), natural de Zamora y regidor de la ciudad antes que monje jerónimo. Por aquellos años era prior fray Alfonso de Medina, uno de los compañeros con los que partió del monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Algunos años después del milagro y debido a la enfermedad de fray Fernando de Logroño, a la sazón prior de Montamarta, es nombrado nuestro fray Fernando de Valencia como cabeza de la comunidad contra su voluntad exclamando: “¡Triste de mi, que no siendo aún hábil para el remo me fían el gobernalle!”. Su mandato duró poco; fue elegido por la tarde y tras concluir la misa de la mañana con muchas lágrimas y devoción admirable, murió, quedando todos admirados por la humildad que había hecho pedir a Dios no cumplir este mandato. En su sepultura pusieron: “Aquí yace Frai Hernando de Valencia, fundador de este monasterio, el cual falleció en el mes de noviembre del año mil e cuatrocientos y veinte y cinco años. Decid Pater noster. Amen” (11).

Los ecos de este milagro quedaron reflejados en una de las jambas del monasterio de Santo Domingo de la ciudad de Zamora de la siguiente manera: “Oír a Vicente intenta /un monje de Montamarta / pero le impide que parta / la obediencia más atenta. / Tómalo Dios por su cuenta, / y Ferrer así lo allana, / que aunque hay desde la ventana tres leguas, lo oye a su gusto, / pues siempre percibe el justo / la voz de Dios muy cercana”.

LAS MUERTES DE LOS MONJES FEDERICO ENRÍQUEZ Y FRAY JUAN DE POZUELO

No sólo fue extraordinaria la muerte de fray Fernando de Valencia que comentamos anteriormente, algunos de otros moradores del monasterio murieron en extrañas circunstancias. Una de las muertes que llaman la atención es la de fray Federico Enríquez, hijo de Enrique Enríquez de Mendoza y María Teresa de Guzmán, primeros condes de Alba de Liste, patronos del monasterio y principales benefactores del mismo. Los hechos ocurrieron bajo el priorato de fray Francisco de Toro, que aceptó en el monasterio a Federico Enríquez con el temor de las represalias de su padre, al no tener su consentimiento. La reacción del conde ocurrió pronto, pidió al Obispo de Zamora poderes para entrar en el monasterio y llevárselo. Cuando lo encontró le rasgo las ropas y lo vistió de seglar. El conde temeroso de que su hijo regresara al monasterio lo mandó vigilar y alejarse de cualquier religioso; así pasaron dos años. Pasado este tiempo llegó la semana santa, fue a la iglesia el Jueves Santo y llamó a uno de sus criados de confianza y le confesó “mira que te encargo y te conjuro de parte de Dios que cuando yo haya finado, sin que des a nadie parte de ello, tomes mi cuerpo y lo lleves al monasterio de Montamarta y digas a mi padre prior y a todos mis padres y hermanos que pues no tuve dicha de ser su compañero en vida, que me reciban en muerte y me tornen a vestir lo hábitos que con tan contra mi deseo me rasgaron del cuerpo” (12). Tras decir esto se postró en el altar, donde estuvo hasta Viernes Santo, y en el momento en que acabaron de cantar la Pasión murió. El criado cumplió lo que su señor le había dicho y el Sábado Santo entró con el cuerpo de Federico en la iglesia del monasterio a la misma hora y el mismo día que su padre lo había sacado, para enterrarlo.

Se unen a los tránsitos anteriores los de otros monjes de la comunidad, que si bien, no son de personajes tan conocidos o importantes en la historia del monasterio, sí lo son sus extrañas visiones antes de la muerte. Este es el caso de fray Juan de Pozuelo o Juan de Puelo, que murió bajo el priorato de fray Fernando de Logroño. Se encontraba el monje en su celda una noche, vigilia de la Epifanía, cuando despertó con grandes dolores en la garganta y temblores en todo el cuerpo. Tal fue la angustia que golpeó en la pared de la celda contigua y le pidió que llamara al prior para que le viniese a confesar.

Pensaron que su muerte estaba cerca y tenía alucinaciones, cuando de repente recobró el sentido, se frotó los ojos con las manos y dijo:

“Vengo de la otra vida, donde fui llevado cuando fray Nicolás leía la Pasión.

– Pues decidnos, hijo, lo que allá vistes.

– Cuando vistes, padre –respondió–, que me transporté y perdí el habla, me hallé en un palacio muy grande. Estaba allí nuestro Señor Jesucristo sentado en un glorioso trono y a su lado la Gloriosa Virgen, Nuestra Señora, y Nuestro Señor me hizo señal que fuese para él.

– ¿Visteis otra cosa? Preguntó el prior.

– Respondió que no” (13).

Pero las visiones del monje no acabaron allí, posteriormente desfilaron delante de sus ojos el mismo demonio en forma de un murciélago grande y negro, con los dientes afiladísimos, que ocupaba toda la celda; y santos como Santa Águeda y otros a los que había tenido devoción y que habían venido a su muerte. Pasó ante él, el mismísimo San Jerónimo, y los otros monjes le preguntaron que como era posible que entraran tantos santos en una celda tan pequeña, llegando incluso a sugerirle que si las once mil vírgenes habían pasado por allí; a lo que el afectado contestó que no irían hasta el momento de su muerte.

Tras responder a las dudas de sus hermanos, el monje se incorporó y comenzó a rezar, se quitó la camisa y pidió la mortaja; una vez vestido con la túnica se tumbó sobre una manta en el suelo. Cogió el escapulario y se cubrió la cara, acto seguido hizo señal de que le ataran los pulgares de los pies como a los muertos y cruzó las manos sobre el pecho. Así estuvo un tiempo tumbado hasta que la cara se le encendió como una brasa, lleno de alegría. En ese momento levantó la mano e hizo la señal convenida para avisar que las once mil vírgenes venían a acompañar a su alma y los religiosos comenzaron a cantar el “Te Deum laudamos, te Dominum confitemur”.

Permaneció todavía en el suelo más de dos horas con un frío terrible, cuando dijo que lo llevaran a morir al coro. Los hermanos, ante el temor de que se les muriera en brazos, no lo trasladaron. Se hizo de día y los monjes comenzaron los oficios, al acabar la misa a las ocho de la mañana murió, “fue su muerte, como he dicho, en enero, día octavo, y en domingo, que es la octava y a la hora octava, todas buenas señas de la eternidad que entraba a gozar el año 1447” (14).

La orden jerónima permaneció en la provincia de Zamora hasta la exclaustración de 1835, dejando tras de si no sólo importante patrimonio artístico material, sino también patrimonio inmaterial en estas narraciones y otras que pertenecen a otros monasterios de la orden, pero eso es otra historia.

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NOTAS

(1) SIGÜENZA, José de: Historia de la orden de San Jerónimo, Estudio preliminar de Francisco J. Campos y Fernández de Sevilla, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, Valladolid, 2000.

(2) A.H.N., Pergaminos 399/12 bis. (2 de marzo de 1407). Licencia para fundar Montamarta autorizada también por el Obispo de Zamora dando medio año para fundar un nuevo monasterio. Véase ISIDRO GARCÍA, César Amador: La construcción y destrucción del monasterio de san Jerónimo de Zamora, 1535–1835, Trabajo de Grado. Universidad de Salamanca. Departamento de Historia del Arte y Bellas Artes. Salamanca, 2008. Inédito.

(3) A.H.N., Clero, Códices 1175 B. Relación que hace de religiosos importantes del monasterio tras su creación.

(4) MATEOS GÓMEZ, Isabel; LÓPEZ–YARTO ELIZADE, Amelia; PRADOS GARCÍA, José María: El arte de la Orden Jerónima. Historia y Mecenazgo,Madrid, 1999. RUIZ HERNANDO, José Antonio: Los monasterios Jerónimos españoles,Obra Social y Cultural, Caja Segovia, 1997. VVAA.: La Orden de San Jerónimo y sus monasterios. Actas del simposium. Real centro universitario Escorial–María Cristina. Madrid, 1999. Tan sólo hace alguna referencia el texto de PASTOR, Fernando: Guía bibliográfica de la Orden de San Jerónimo y sus monasterios, Fundación universitaria española. Madrid, 1997. TORMO Y MONZÓ, Elías: Los Gerónimos. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción del Excmo. Sr. D. Elías Tormo y Monzó. El día 12 de enero de 1919. Contestación del Excmo. Sr. D. Gabriel Maura y Gamazo, Conde de la Montera,Imprenta de San Francisco de Sales, Madrid, 1919. VVAA.: Studia Hierominiana, VI Centenario de la Orden de San Jerónimo, Rivadeneira, Madrid, 1973. REVUELTA SOMALO, José María: Los Jerónimos, una orden religiosa nacida en Guadalajara, Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana, Guadalajara, 1982.

(5) “Sacaba aquel río de madre muchas veces (el demonio), o para que los de fuera no tornasen con el socorro de las limosnas o los de dentro no saliesen a buscarlas, creciese el hambre y la desconfianza”. SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 204.

(6) SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 204.

(7) SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 205.

(8) VENTURA CRESPO, Concha y FERRERO FERRERO, Florián: Leyendas Zamoranas, Semuret, Zamora, 2001, p. 206.

(9) Es de señalar que el apellido Valencia hace referencia a la localidad de Valencia de Campos (actual Valencia de Don Juan), no a la ciudad.

(10) Ninguno de los otros monjes nombrados en la licencia de fundación del monasterio aparece con un apellido Valencia, siendo la mayoría de los mismos toponímicos. Fray Fernando de Valencia, Pedro de Ampudia, Juan de León, Alonso de Zamora, Benito de Zamora, N. de Zamora, Juan de Toledo, Fernando de Mucientes, Alonso de Sevilla, Guillén de Jerez, Martín Vizcaíno, Juan de Sevilla y Alonso de Medina.

(11) FERNANDEZ DURO, Cesáreo: Memorias históricas de la ciudad de Zamora, Madrid, 1882, Tomo II, p. 30.

(12) SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 538.

(13) SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 528.

(14) SIGÜENZA (2000): Tomo I, p. 532.

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BIBLIOGRAFÍA

FERNANDEZ DURO, Cesáreo: Memorias históricas de la ciudad de Zamora, Madrid, 1882.

ISIDRO GARCÍA, César Amador: La construcción y destrucción del monasterio de San Jerónimo de Zamora (1535–1835). Trabajo de Grado. Universidad de Salamanca. Departamento de Historia del Arte y Bellas Artes. Salamanca, 2008. Inédito.

MATEOS GÓMEZ, Isabel; LÓPEZ–YARTO ELIZADE, Amelia; PRADOS GARCÍA, José María: El arte de la Orden Jerónima. Historia y Mecenazgo, Madrid, 1999.

PASTOR, Fernando: Guía bibliográfica de la Orden de San Jerónimo y sus monasterios.Fundación universitaria española. Madrid, 1997.

REVUELTA SOMALO, José María: Los Jerónimos, una orden religiosa nacida en Guadalajara. Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana. Guadalajara, 1982.

RUIZ HERNANDO, José Antonio: Los monasterios Jerónimos españoles, Obra Social y Cultural, Caja Segovia, 1997.

SIGÜENZA, José de: Historia de la orden de San Jerónimo. Estudio preliminar de Francisco J. Campos y Fernández de Sevilla, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, Valladolid, 2000.

TORMO Y MONZÓ, Elías: Los Gerónimos. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción del Excmo. Sr.

D. Elías Tormo y Monzó. El día 12 de enero de 1919. Contestación del Excmo. Sr. D. Gabriel Maura y Gamazo, Conde de la Montera, Imprenta de San Francisco de Sales, Madrid, 1919.

VENTURA CRESPO, Concha y FERRERO FERRERO, Florián: Leyendas Zamoranas, Semuret, Zamora, 2001.

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VVAA.: Studia Hierominiana, VI Centenario de la Orden de San Jerónimo, Rivadeneira, Madrid, 1973.