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COSTUMBRES LEONESAS EN TORNO A SAN ANTÓN Y EL FUEGO

RUA ALLER, Francisco Javier

Publicado en el año 2009 en la Revista de Folklore número 338.

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INTRODUCCIÓN

Antiguamente, la festividad de San Antonio Abad o San Antón, como era más popularmente nombrado, el 17 de enero, era celebrada en muchas localidades leonesas, pero actualmente, debido a la disminución de las actividades ganaderas y a la sustitución de los animales por las máquinas en las tareas agrícolas, su festividad ha ido desapareciendo de muchos lugares. Algunos actos que se mantienen actualmente son las misas y procesiones con el santo, los refranes o versos dedicados al protector de los animales (por ejemplo en Las Grañeras), las subastas de cerdos (La Bañeza), partes del cerdo (Astorga) o dulces (Algadefe), la bendición de animales (en muchos lugares), el reparto de panecillos u hogazas (Vega de Infanzones y Castrocalbón) y el encendido de hogueras la víspera (Villademor de la Vega). Otras han desaparecido parcialmente, como las ofrendas del Ramo o el ofrecimiento de simples velas el día de su festividad, durante las novenas o ante alguna petición particular por los animales enfermos. Finalmente, otras son un mero recuerdo, como el empleo del llamado marco o hierro de San Antón, con el que marcaban a los animales ante la aparición de epidemias en el ganado.

Algunas de estas costumbres están(ban) relacionadas con un elemento sacro y purificador como era el fuego, asociado al santo por algún pasaje de su vida legendaria o por el llamado fuego de San Antonio o ergotismo, una enfermedad que desató verdaderas epidemias en la Edad Media y a cuya curación dedicaron sus conocimientos y desvelos los frailes de la Orden Hospitalaria de San Antonio (los Antonianos), fundada en el siglo IX en Sant–Antonie (Francia), en el lugar donde se depositaron las reliquias del santo anacoreta.

EL FUEGO SAGRADO Y LOS PANECILLOS DE SAN ANTÓN

La iconografía más habitual de San Antonio Abad en las iglesias de la provincia leonesa es la de un santo anciano (vivió 105 años), barbado, apoyado en un bastón en forma de muleta u otras formas, con una esquila colgada al cuello, que sirve para ahuyentar a los espíritus malignos y a veces un libro (que indica el carácter sabio de quien fuera considerado “Padre Espiritual” (significado de la palabra “Abad”) de una de las principales corrientes monacales cristianas. Viste hábito largo, cuya forma puede variar, en ocasiones es negro, en relación con la Cofradía Hospitalaria de San Antonio y lleva la Tau o cruz egipcia, que era el emblema de la orden. A sus pies se coloca un cerdo (generalmente de color negro), para indicar que era dominador y protector de los animales; pero también puede estar relacionado con la idea que se tenía de este animal en el mundo antiguo: el cerdo era considerado un ser impuro, relacionado con la suciedad y el pecado. Animal tabú en muchas religiones, era asociado a la imagen del demonio. Satanás muchas veces adoptaba la forma de cerdo negro o jabalí. Por otra parte, en la teología cristiana, colocar animales a los pies de las figuras venía a significar que habían conseguido la perfección y la bienaventuranza, al dominar las fuerzas de la naturaleza y la materia. De manera más simple, este cerdo al lado del santo podía indicar la protección que prestaba San Antonio a todos los animales y, especialmente, al cerdo, base de la alimentación rural.

Más infrecuente es la representación del santo con lenguas de fuego a los pies. Una muestra de la misma se encuentra, dentro de la provincia leonesa, en la iglesia de San Pedro de Villademor de la Vega. No obstante, de acuerdo con algunos estudios, estas imágenes del santo con el fuego eran frecuentes en las iglesias y ermitas situadas a lo largo del Camino de Santiago, por cuanto en varias localidades de esta vía edificaron sus hospitales los Antonianos que se establecieron en la Península Ibérica y donde trataban, entre otras, la enfermedad del fuego sagrado (ignis sacer) o ergotismo, que padecían los peregrinos europeos que hacían el Camino.

Esta enfermedad, un padecimiento completamente enigmático por entonces, causó verdaderas epidemias desde el siglo IX al XIV en Europa, especialmente en las regiones orientales de Francia, Alemania y Rusia, con consecuencias más temibles, incluso, que la propia lepra. Se presentaba bajo formas muy diversas: en unos casos afectaba a las vísceras abdominales, originando un cuadro doloroso que conducía a una muerte súbita; en otros, los más frecuentes, secaba los miembros (los enfermos presentaban terribles y dolorosas lesiones gangrenosas en dedos, nariz y orejas). Fue denominada fuego de San Antonio, bien porque muchos síntomas recordaban el martirio que había sufrido el santo cuando se fue a orar al desierto (y los demonios le herían cruelmente), o bien porque se extendió la creencia de que el santo eremita era, por voluntad de Dios, el único capaz de curar el fuego sacro, dirigiéndose los enfermos hacia su santuario situado entre Vienne, Grenoble y Valence.

Siglos después se supo que la enfermedad estaba producida por el consumo de pan de centeno contaminado con el hongo Claviceps purpurea (el cornezuelo). Los enfermos del fuego de San Antonio que acudían a los hospitales de los Antonianos eran tratados con los escasos remedios conocidos por entonces: ungüentos de sustancias grasas para las llagas, emplastos hechos de cera, esencia de trementina para la tos, membrillo como astringente y tisanas de diferentes tipos de hierbas. Además se les proporcionaba el “Pan de San Antón”, consistente en unos pequeños panecillos marcados con la cruz Tau y elaborados con harina de trigo, sin fermentos ni sal, los cuales inmediatamente proporcionaban el alivio necesario a los enfermos, al sustituir a los panes de centeno parasitado.

Como recuerdo a estos panecillos terapéuticos, se mantuvo la costumbre de repartir el “Pan de San Antón” durante la festividad del santo eremita. Así, por ejemplo en el Hospital de San Antonio Abad de León, situado inicialmente en el centro de la capital (cerca de la iglesia de San Marcelo) y posteriormente a las afueras (en los altos de Nava), estos panecillos recibieron el nombre de “cotinos” y se repartían, al menos, hasta mediados del siglo pasado durante la festividad del santo, tal y como recuerda la siguiente noticia del periódico La Luz de Astorga, en la sección “Lo que sucede” en la capital de la provincia:

“Mañana celebrará el Hospital Provincial de San Antonio Abad su fiesta patronal con misa solemne y reparto de los clásicos «cotinos» o bollos benditos” (1).

La costumbre desapareció hasta hace algunos años, en que volvió a recuperarse, si bien en un domingo cercano al 17 de enero, tal y como recoge también la prensa local:

“El pan de San Antón cerró el programa de celebraciones por la onomástica del santo, que ayer [13 de enero] bendijo a los cientos de animales de compañía que acudieron a la cita con la protección de su venerado. Panecillos de San Antón, característicos por la ausencia de sal en la receta, por la escasa fermentación y por acompañarse de los sinsabores del frío invernal. Así de forma secular” (2).

Por su parte, este año de 2009, la Asociación San Francisco El Real Extramuros de León recuperó la tradición de la festividad de San Antón en la ciudad, el mismo día 17 de enero, y unió al tradicional reparto de los “cotinos”, el encendido de una hoguera, el sorteo de un lechón y el recitado de los refranes al santo. Todo ello acompañado de un “fervudo” (vino caliente con orégano y miel) (3).

Cerca de la capital, en Vega de Infanzones, se siguen bendiciendo los “panes de San Antón” durante la misa del santo. Los asistentes luego pagan por ellos, dando una limosna, y los llevan para casa. Lo comen las personas y como el pan está bendito, se lo dan a comer a los animales, para que queden de esta forma bendecidos (4). Costumbres similares se practicaban en Bembibre, donde según nos comenta Alonso Ponga en un magnífico trabajo sobre la festividad de San Antón en Castilla y León: “En Bembibre (León) se bendecían unas «bollas» (panecillos de forma vagamente antropomorfa que son típicos de este día) de los cuales comen posteriormente las personas y, finalmente, los animales” (5). En varios lugares de España también se repartían (y se siguen repartiendo) estos panes de San Antón, siendo sustituidos en algunos lugares por dulces como “rosquillas de San Antón” (Las Grañeras, Ciudad Rodrigo y Rosales de Campos, entre otros) (6) o tartas (Algadefe). En la localidad leonesa de Castrocalbón aún hoy se celebra la festividad de San Antonio Abad, con los siguientes actos: asistencia a los funerales por los hermanos difuntos, novena, procesión y banquete, donde cada cofrade recibe una tradicional hogaza de pan bregado (7).

HOGUERAS Y VELAS

Fuego profano y fuego sagrado también se unen en la fiesta de San Antón. El primero está representado por las hogueras que se encienden en las calles o en los hachones que portan los participantes en la fiesta, de lo cual hay numerosas manifestaciones a lo largo de la geografía española, baste mencionar las que se mantienen actualmente en Navalvillar de la Pela (Cáceres), en San Bartolomé de Pinares (Ávila) y en Alfaro y otras localidades riojanas. Asimismo son conocidos estos fuegos en varias poblaciones del Levante y Andalucía, por ejemplo la gran hoguera de Canals (Valencia), los “chisperos” de Níjar (Almería), los “chiscos” de la Alpujarra (Granada), las “lumbres de San Antón” de Jaén y las hogueras de Trigueros (Huelva), donde la fiesta se asocia a las célebres “tiradas”, que consisten en arrojar desde los balcones panes, embutidos, objetos de valor y las tradicionales “roscas”, que son recogidos por los que asisten desde la calle a la fiesta.

En León, no obstante, el encendido de las hogueras durante la festividad de San Antonio Abad no es muy frecuente y son muy escasas las localidades que mantienen esta costumbre. Anteriormente mencioné la hoguera que se ha comenzado a encender en la capital leonesa; los periódicos mencionan también la del barrio astorgano de Puerta de Rey (8) y sin duda, la más conocida es la que se sigue encendiendo en Villademor de la Vega, que data de mucho tiempo atrás, y de la cual pudimos recoger los siguientes testimonios:

“La víspera de la fiesta, los mozos hacían la hoguera delante de la ermita del Cristo, se tomaba mistela, había danzantes y algunos se vestían de Carnaval, por parejas, por ejemplo”.

“Lo que sobraba de la hoguera (los rescoldos) lo llevaban los vecinos para los braseros”.

“A las 12 de la noche (de la víspera de la fiesta de San Antonio) se hacía la hoguera con danza. Había unos birrias con una careta y daban a la gente por las calles. Los danzantes iban por las calles para hacer la fiesta. Cuando se quemaba la hoguera se disfrazaban de Carnaval”.

“Delante de la hoguera echaban las poesías, cada uno iba diciendo unas, como ésta:

Oh glorioso San Antón,
el diecisiete de enero,
lleve la burra al agua
y se me cayó en el reguero.
Me tiró cuatro pedos.
uno para Juan,
otro para Pedro
y otro para el que hable el primero” (9).

Actualmente la fiesta de San Antón en Villademor, como en otros muchos lugares, ha pasado a celebrarse el fin de semana más cercano al día 17 y está unida a la fiesta de la patrona, La Virgen de la Piedad, que se conmemora el fin de semana anterior.

Los testimonios recogidos sobre esta festividad merecen algunos comentarios. En primer lugar destaca el carácter festivo comunitario, con la reunión de los vecinos en torno al fuego, en una fecha en la que la gente del campo tenía más tiempo libre, por cuanto las condiciones meteorológicas limitaban sus tareas, y servía para reforzar los lazos de vecindad. Tampoco debemos pasar por alto la presencia de disfraces alrededor de la hoguera, y esto es así por cuanto la fiesta de San Antonio Abad está próxima a los Carnavales, tal y como reflejan algunos refranes: “Por San Antón, mascaritas son” (Ciudad Rodrigo), “Las niñas de poco seso, por San Antón comienzan el Antruejo”(Tierra de Campos) y en general, “Por San Antón, carnestolendas son”. Es interesante también destacar el hecho de que la gente recoja los rescoldos de la hoguera para llevarlos a sus casas y emplearlos en el encendido de los braseros, una utilidad doméstica que pudo tener un significado más profundo en sus orígenes, y que está relacionada con prácticas similares que se realizaban en otros países de Europa, tal y como refiere Frazer a propósito de los fuegos de Cuaresma, del primero de mayo o incluso del solsticio estival (10). Finalmente, debemos recordar que las hogueras de San Antón son una manifestación más de los fuegos del solsticio de invierno, que se encienden no sólo durante la Navidad, Reyes y San Antón, si no también durante La Candelaria, San Blas y otras festividades de santos de devoción más limitada, tal y como recuerdan varios folkloristas (11).

El fuego sagrado relacionado con San Antón lo constituían las velas que se llevaban al santo el día de la fiesta; alumbraban durante toda la misa y luego se dejaban en la iglesia. Hemos encontrado distintas manifestaciones a lo largo de la provincia. La información más repetida era que “el que quisiera le ponía la vela a San Antón, ese día la llevaba a la iglesia y se le pedía por el gocho” (12). En Valdefuentes del Páramo, por ejemplo, nos comentaron lo siguiente sobre esta costumbre: “Le llamaban San Antonio de enero; el día de la fiesta, que no se dejaba de trabajar, se llevaba una vela a la iglesia y se la ponía junto al santo para pedir por los animales y se dejaba en la iglesia hasta que se apagaba o la quitaban” (13).

En Vega de Infanzones, el 17 de enero se engalanaba al santo, que estaba en la ermita de la Vera Cruz (lo vestían con túnica o capa), las gentes llevaban velas a la iglesia, que bendecía el sacerdote durante la misa y se dejaban alumbrando en unos armazones de madera, cerca del santo. El domingo siguiente se retiraban y se llevaban para las casas. A ese domingo lo llamaban “San Antonín” (14).

En Solana de Fenar, el día de San Antón se preparaba un ramo que llevaba 13 velas (6 a cada lado y una mayor, rizada, en el medio). Lo portaba un mozo, que era el quinto de ese año, lo llevaba a la iglesia antes de la misa acompañado por unas mozas, las cuales cantaban el Ramo, una de cuyas estrofas era la siguiente:

“Este ramo que llevamos,
lleva una vela mayor,
que se lo regalamos las mozas
el día de San Antón” (15).

En Las Grañeras todavía hoy se ofrece un ramo de roscas con dos o tres velas al santo; además cuando alguien tenía un animal enfermo ponía una vela a San Antonio y dejaban encendidas las velas durante la novena al santo (16).

EL MARCO DE SAN ANTÓN

En algunos pueblos leoneses se conservó la costumbre, hasta hace algunas décadas, de marcar a los animales (vacas preferentemente) con el llamado hierro o marco de San Antón, cuando surgían algunas epizootias. Era una forma de librarles de la enfermedad que estaban padeciendo, una práctica que entraría dentro de lo que Frazer consideraba el “fuego de auxilio”, necesidad o urgencia, el cual encendían los campesinos en muchas partes de Europa, en ciertas ocasiones, como eran las épocas en las que los rebaños se veían atacados por enfermedades epidémicas. En su forma más pura, estos “fuegos de auxilio” los constituían las hogueras que se encendían por fricción de dos piezas de madera y en cuanto las llamas comenzaban a extinguirse, se hacía pasar por las ascuas a los animales enfermos (17).

Del marco de San Antón he podido recoger tres testimonios en la provincia leonesa: en Villacidayo, en Valdepolo y en Lugán. Afortunadamente en uno de estos lugares (Valdepolo) conseguimos fotografiar uno de ellos, en Lugán tan sólo encontramos las marcas producidas por el hierro de San Antonio en las puertas de las cuadras y en Villacidayo sólo permanecían los recuerdos de aquel uso que llegó a tener el hierro hace algunas décadas.

El marco de Villacidayo aparece citado en el trabajo de María Campos y José Luis Puerto sobre las fiestas de la comarca de Rueda, publicado en 1994. En él se menciona un hierro que terminaba en cruz, existente por entonces en la iglesia del pueblo, el cual tenía el siguiente uso: “Como San Antón es el patrón de los ganados cuando alguna enfermedad o epidemia se extiende entre el mismo (vacas, cerdos, etc.) se marcaba a cada animal en las nalgas con el marco de San Antón (Villacidayo), calentando para ello el hierro, que se haya depositado en la iglesia, a fuego vivo”. Los mismos autores mencionan la existencia de marcos similares en pueblos cercanos como Vega de Monasterio y Valdepolo, que se utilizarían con los mismos fines curativos; el de Vega de Monasterio era un hierro terminado en A (18).

Catorce años más tarde, en la encuesta que realicé en Villacidayo, nuestra informante nos proporcionó los siguientes datos sobre el hierro de San Antonio y su uso hace ya varias décadas, tanto en Villacidayo como en Carbajal, una localidad cercana:

“Cuando había epidemia se marcaba a los animales con el hierro de San Antonio, que el alcalde era el encargado de guardarlo. Se decía «hay gripe en las vacas» y entonces se juntaban todas en la plaza y el alcalde u otra persona las marcaba con ese hierro. Las vacas al sentir el dolor se esberrizaban todas” (19).

A escasos kilómetros de allí, en Valdepolo, pudimos encontrar el marco de San Antonio y fotografiarlo, gracias a la amabilidad de su propietaria. Es el que se muestra en una de las fotos de este artículo. No es muy grande, tendrá unos cuarenta centímetros de longitud, con mango de madera y barra de hierro terminada en cruz griega, de unos cuatro centímetros cada brazo. Al parecer este hierro lo mandó hacer la madre de nuestra informante cuando se desató una epidemia en el ganado vacuno, hará unos cuarenta o cincuenta años, tal y como nos comenta:

“Fue una epidemia grave, se morían dos ó tres vacas diariamente, entonces alguien dijo: «¿por qué no hacemos el marco como lo hacían antes?». Y se hizo y ese se pasaba de uno a otro, de casa en casa, para que fueran marcando las vacas y así quitarles la enfermedad” (20).

Por esos mismos años parece que emplearon por última vez un hierro de San Antón en otra localidad leonesa, Lugán, cerca de Boñar, en las orillas del Porma. Así nos lo refirieron:

“Se usó para el ganado cuando tenía gripe [glosopeda], la boca de las vacas se llenaba de ampollas, hará unos cuarenta o cincuenta años, ahora desapareció la costumbre. Se calentaba y se marcaba en las ancas. Se encontraba en una capilla. Era redondo con una cruz en el medio, lo iban pasando por las casas y con él marcaban el ganado” (21).

No encontramos el hierro como tal, pero sí las marcas que con él se practicaban en las puertas de las cuadras. Otro vecino de la localidad nos comentó la razón de tal costumbre:

“Era el marco de San Antonio el Gochero, con él marcaban las cuadras cuando terminaba la obra, se pedía al abad [de la Cofradía de San Antonio Abad, existente en el pueblo] el hierro y se marcaban las puertas. También marcaban el ganado. Ese hierro… yo creo que desapareció, ya no me acuerdo de él” (22).

De esta manera, al grabar las puertas de las cuadras con el hierro santo se creía que los animales se verían protegidos de las enfermedades o incluso de algún “mal de ojo” producido por las brujas. Con una finalidad similar, en varias localidades del Páramo leonés lo que se aplicaba a las puertas de las cuadras, o incluso de las viviendas, era una herradura candente, a fin de que quedara impresa su huella, lo cual serviría para alejar a los espíritus malignos que causaban las enfermedades del ganado (23).

La herradura, como se sabe, es un símbolo de la suerte y un amuleto protector contra el Mal. La explicación de sus virtudes puede estar, por una parte, en la creencia antigua de que el hierro es metal de influencias benéficas y por otra, en el simbolismo religioso ancestral que encierra la herradura, por su semejanza con el creciente o media luna, representación de la divinidad (24).

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NOTAS

(1) La Luz de Astorga, 16 de enero de 1957.

(2) LÓPEZ, R.: “Benditos animales”, en Diario de León, 14 de enero de 2008.

(3) SUÁREZ, H. L.: “¡Qué viva San Antón!”, en Diario de León, 17 de enero de 2009, p. 6.

(4) Informó María del Sagrario Cristiano, de Vega de Infanzones (julio, 2008).

(5) ALONSO PONGA, J. L.: “Manifestaciones populares en torno a San Antón en algunas zonas de Castilla y León”, en Revista de Foklore, nº 2, 1981, pp. 3–10.

(6) Informó Lourdes Lozano, de Las Grañeras (julio, 2008) y datos de ALONSO PONGA, J. L. op. cit.

(7) DOMINGO, A.: “Una cofradía con rebaño y pan bregado”, en Diario de León, 18 de enero de 2008.

(8) “La cofradía de San Antonio Abad celebra su fiesta anual”, en Diario de León, 20 de enero de 2007.

(9) Informaron Javier Rodríguez, María Cruz Morán, José Luis Morán, María del Carmen Martínez y José Chamorro, de Villademor de la Vega (julio, 2008).

(10) FRAZER, J. G.: La rama dorada.Fondo de Cultura Económica. México, 2ª edn, 12ª reimpresión, 2003, pp. 691, 697 y 701. Así por ejemplo respecto a los rescoldos recogidos en las hogueras del solsticio de verano, en la Alta Baviera (Alemania), nos dice el autor: “Muchos labradores en ese día apagaban la lumbre de su hogar y lo volvían a encender por medio de tizones y brasas cogidos de la hoguera”. Dichos tizones servían para proteger las casas de los rayos y si se esparcían por los campos aumentaban la fertilidad de los cultivos, sirviendo además, para facilitar el crecimiento del ganado.

(11) Ver por ejemplo DE HOYOS SAINZ, L. y DE HOYOS SANCHO, N.: Manual de Folklore, Manuales de la Revista de Occidente, Madrid, 1947, p. 186 y TABOADA CHIVITE, X.: Ritos y creencias gallegas, Gráficas Magoygo, A Coruña, 1982, p. 244. Este último autor habla de las hogueras que se encendían en Galicia en las festividades de San Mauro (15 de enero), San Antón y La Candelaria.

(12) Informaron Emeterio Escapa (Lugán) y María Cruz Morán (Villademor de la Vega). Datos recogidos en julio de 2008.

(13) Informó María Luisa Garmón, de Valdefuentes del Páramo (junio, 2008).

(14) Informó María del Sagrario Cristiano, de Vega de Infanzones (julio, 2008).

(15) Informó Julia González, de Solana de Fenar (julio, 2008).

(16) Informó Serapia Mencía, de Las Grañeras (julio, 2008).

(17) FRAZER, J. G.: Op. cit., pp. 717–720.

(18) CAMPOS, M. y PUERTO, J. L.: El tiempo de las fiestas. (Ciclos festivos en la comarca leonesa de Rueda). Excma. Diputación Provincial de León, León, 1994, pp. 40–43.

(19) Informó Amor Barrientos, de Villacidayo (julio, 2008).

(20) Informó Eusebia Solís, de Valdepolo (julio, 2008).

(21) Informó Milagros Díez, de Devesa de Curueño (julio, 2008).

(22) Informó Emeterio Escapa, de Lugán (julio, 2008).

(23) RÚA ALLER, F. J. y RUBIO GAGO, M. E.: La piedra celeste. Creencias populares leonesas, Excma. Diputación Provincial de León, León, 1986, pp. 179–180. De forma similar, en la Montaña de Boñar, las herraduras se clavaban en las puertas para impedir el paso de las hechiceras o de [a] los males que pudieran producir. Asimismo, se solían colocar en las chimeneas de las viviendas, por ser éste el lugar por donde se suponía que penetraban las brujas.

(24) Para mayor información sobre la superstición de la herradura y su representación en determinadas rocas de la provincia leonesas, ver: RÚA ALLER, F. J.: “Piedras de ferradura”, en Diario de León, 15 de noviembre de 1985, p. 32.