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LOS SALUDADORES

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2009 en la Revista de Folklore número 339.

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Los saludadores fueron en España curanderos dotados de un supuesto poder que les permitía curar a las personas y animales afectados por el mal de la rabia o hidrofobia, empleando para ello su aliento y su saliva.

Ese don especial para curar la rabia lo tenían por alguna de estas circunstancias de su nacimiento:

– Ser el séptimo hijo, varón o hembra, de un matrimonio si sus hermanos anteriores fueran del mismo sexo.

– Haber nacido en Jueves Santo, Viernes Santo, Nochebuena o el día de la Encarnación.

– Haber llorado en el vientre de su madre y que ésta lo hubiese oído, pero no lo hubiera revelado a nadie antes del nacimiento.

– Ser el mayor de dos hermanos gemelos.

– Haber nacido con el mantillo o bolsa amniótica.

Se consideraban los saludadores familiares de Santa Catalina de Alejandría o de Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, y por eso llevaban grabado en el paladar, en la lengua o en otras partes de su cuerpo el símbolo de ellas, sobre todo el crucifijo o la rueda con la que sufrió martirio aquella santa.

Se creían poseedores no sólo de la virtud de curar con su aliento y su saliva, sino de resistir impunemente la acción del fuego sobre su cuerpo. Podían andar con los pies descalzos sobre una barra de hierro al rojo vivo, meterse en un horno encendido, beber agua y aceite hirviendo y lavarse con ellos las manos.

Para poder ejercer su oficio, los saludadores debían ser examinados por los obispos en sus diócesis respectivas o por el Tribunal de la Inquisición, quienes les proporcionaban una licencia.

A principios del siglo XVII el obispo de Oviedo, Álvarez de Caldas, dio esta orden (1)

“Mandamos que los saludadores sean examinados y no les admita ningún cura o concejo sin nuestra licencia o de nuestro previsor, so pena de excomunión o de mil maravedís”.

En 1663 el visitador eclesiástico que fue a la parroquia de Erenchún (Álava), donde existía una saludadora, mandó (2):

“…damos comisión al cura para que repela y eche del dicho lugar y los demás de este arciprestazgo de Eguilaz donde supiere anda la dicha saludadora, y no la admita a exercer el dicho oficio en que se ocupa hasta que parezca ante el ordinario a ser examinada del dicho oficio…”.

En esa época, los saludadores de los pueblos valencianos necesitaban para dedicarse a realizar curaciones a afectados por la rabia, licencia del arzobispo.

Ambrosio de Montes, muy apreciado por los vecinos de Villa del Prado (Madrid) por su habilidad, había obtenido su licencia del Inquisidor General.

Otras veces eran examinados los saludadores por un arcipreste, un canónigo, un abad, etc.

Con estos exámenes los eclesiásticos comprobaban más que la capacidad del saludador para curar, el que su poder no proviniera de un pacto con el demonio.

En la ciudad de Valencia existieron durante los siglos XVI y XVII examinadores de saludadores, funcionarios públicos designados por las autoridades para juzgar la habilidad de los que aspiraban a ejercer ese oficio. Durante algunos años tuvo ese cargo Domingo Moreno que era a la vez que saludador, artesano fabricante de agujas. Se realizaban los exámenes en presencia de las autoridades municipales y las pruebas consistían en curar a perros enfermos de rabia utilizando la saliva. Los aspirantes apagaban además una barra de hierro y un trozo de plata candentes poniendo la lengua sobre ellos. Superadas estas pruebas y tras prestar juramento, obtenían su licencia (3).

Los ayuntamientos contrataban a los saludadores pagándoles una cantidad de dinero o de trigo para que atendieran a los vecinos y a sus ganados. Si el saludador vivía en otra población se comprometía a hacer un par de visitas al año, casi siempre en primavera y otoño, y cuando se le avisase por haber ocurrido algún caso de rabia.

Otras veces la cantidad fijada en el acuerdo sólo era para pagar las dos visitas anuales y por cada vez más que el saludador fuese llamado, tenían que abonarle un jornal además de los gastos de caballerías, criado, manutención y alojamiento, en caso de que tuviera que hacer noche.

Hubo contratos entre municipios y saludadores que duraron bastantes años.

En 1495 el de Madrid pagaba a Juan Rodríguez de Palacio, saludador de Getafe, un cahíz de trigo al año (4):

“…por desde Nuestra Señora de agosto en un año con salario de un cahíz de trigo, con que sea obligado de venir cada vez que la villa le llamare…”.

Unos años después seguía sin haber saludador en Madrid, y decidieron sus autoridades pagarle el alquiler de una casa al de Alcobendas para que se fuera a vivir allí (5):

“Acordaron los dichos señores, que porque en esta villa no hay saludador y se daba salario al de Alcobendas y se avía d’enbiar por él cada vez quera necesario y se viene a bevir a esta dicha villa, Juan Garçia, saludador, el qual no pide, salvo que la dicha le dé una casa en que more e gela pague que le davan e dieron para el alquiler de la dicha casa, 500 maravedís por un año”.

El concejo de Lagrán (Álava) pagaba a una saludadora en 1605, de acuerdo con el contrato hecho con ella, dos fanegas y media de trigo al año que entonces valían 42 reales (6).

El municipio de Jaén pagaba en 1630 a un saludador 24 reales.

El saludador que contrató el ayuntamiento de Hernani (Guipúzcoa) en los años de 1635 a 1643, percibía 50 reales anuales por visitar la villa una vez en marzo y otra en septiembre (7).

Estas diferencias de salarios dependerían, lógicamente, del número de vecinos de cada población y de las cabezas de ganado que tuvieran que ser atendidos. Así, por ejemplo, a mediados del siglo XVIII, según el Catastro de Ensenada, en el pueblo madrileño de Cabanillas de la Sierra, con sólo 41 vecinos, pagaban a un saludador 45 reales al año mientras que en otros con mayor número de habitantes como Chinchón, Guadarrama y Moralzarzal les daban a los suyos 400, 130 y 100 reales respectivamente.

Cuando el saludador era un niño, el acuerdo se firmaba con su padre. En 1711 había en Oyón (Álava) un niño de 14 años llamado José Ruiz que tenía, según su padre, gracia gratis data para curar la rabia. Fue contratado por el municipio de Berredo (Álava) por 30 reales al año, más los gastos, para que les asistiese en “todas las ocasiones que subzediese penuria de dicha enfermedad”. Acudiría “con toda puntualidad y solo avisso de palabra o escrito” (8).

Aunque siempre utilizando su aliento o su saliva, los saludadores de las distintas zonas de España empleaban procedimientos diferentes para curar.

Cuenta Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española, que los saludadores que él conocía cortaban pedacitos de pan con la boca y mojados con su saliva, los daban al ganado aquejado de la rabia para sanarlo.

También se empleaba el pan mojado con saliva para las personas.

Otros saludadores escupían al enfermo o a los alimentos que iba a tomar.

Los había que embadurnaban los labios del enfermo con saliva y luego le echaban el aliento por toda la piel de su cuerpo.

Fue frecuente que el saludador echara agua en una vasija y escupiera en ella. Luego miraba al fondo atentamente y decía ver al perro y conocer si tenía la rabia. Si era así y había mordido a un animal, le soplaba y escupía en la herida. Si se trataba de una persona, le chupaba primero la mordedura y luego la escupía también.

En pueblos de Toledo, según Ismael del Pan, el saludador pedía un vaso de agua y después de hacer beber a la persona enferma de rabia, mojaba él sus labios durante un rato y con disimulo echaba en el agua un poco de saliva, que quedaba en el fondo del vaso. Esa era la baba hidrófoba que el saludador o saludadora enseñaba diciendo que el enfermo quedaba libre de la enfermedad. A esto se llamaba “sacar la baba” (9).

Había personas que creían que si un saludador mojaba un dedo en su saliva estando en ayunas y hacía una cruz en la herida de una persona mordida por un perro rabioso, se curaba.

Otros saludadores pretendían curar echando sobre la herida de la persona mordida, la ceniza que resultaba de quemar los pelos del perro que la había causado.

Cervantes cuenta en La Gitanilla cómo a un herido le aplicaron pelos de los perros que le habían mordido pero fritos en aceite, aunque previamente le levaron las mordeduras con vino y le pusieron también romero verde mascado.

Algunos saludadores untaban la herida del enfermo con sangre del perro rabioso que la había hecho.

Un saludador de Dos Aguas (Valencia) citado por Seijo Alonso, hacía brotar de la herida de la persona mordida una gota de sangre que recogía en una tela blanca que hubiera sufrido muchos lavados y por su color sabía la gravedad del mal. Después lavaba la herida con una hierba de un monte cercano, que probablemente era la betónica. En Jijona (Alicante) una saludadora empleaba la hierba llamada “albarsán”. Antes chupaba la herida y “saludaba” un frasco de alcohol o vino con los que la limpiaba después (10).

Se aplicaban también ajos machacados, pero tenían que haber sido sembrados el día de Nochebuena y recogidos antes de la salida del sol tras la noche de San Juan.

Los saludadores estuvieron en general socialmente bien considerados, y muchos de ellos gozaron de buen prestigio por su gracia para curar la rabia.

Catalina de Cardona fue una famosa saludadora al servicio de Felipe II y de personas de la nobleza.

A principios del siglo XVIII, José Méndez, saludador de Villa del Prado, estuvo exento, como los nobles y eclesiásticos, de pagar la mayoría de los impuestos durante años.

El Ayuntamiento de Ibahernando (Cáceres) tomó el acuerdo en sesión plenaria celebrada el 21 de enero de 1894, de animar a los ayuntamientos de los pueblos limítrofes a fin de que todos unidos pagaran a un hombre para que sustituyera en el servicio militar a Felipe Cancho, saludador, porque era “de gran utilidad a esos pueblos” (11).

Por el contrario, otras muchas personas consideraron a los saludadores como unos embaucadores que se aprovechaban de la ignorancia de las gentes.

El canónigo salmantino Pedro Ciruelo escribió a mediados del siglo XVI fuertes críticas contra los saludadores (12):

“…para encubrir la maldad, fingen ellos que son familiares de San Catalina o de Santa Quiteria y que estas santas les han dado virtud para sanar de la rabia …y así con esta fingida santidad traen a la simple gente engañada tras sí…”.

Quevedo en Los Sueños sitúa a los saludadores en el infierno “condenados por embustidores”.

Feijoo en el discurso primero del tomo tercero de su Teatro crítico universal, arremete duramente contra los saludadores descubriendo las trampas de que se valían para poder pisar barras de hierro al rojo, meterse en un horno, etc. Cita el fraile benedictino varios fracasos de saludadores que habían elegido ese oficio para vivir sin trabajar, como aquél que decía que “con soplar los días de fiesta ganaba lo que había menester para holgar, comer y beber toda la semana”.

Los saludadores que empleaban sólo el poder de su aliento y su saliva para sus curaciones, sin pactar con el demonio, no fueron perseguidos por la Iglesia. Hubo incluso un clérigo saludador en Ariniz (Álava) en 1629.

Algunos de ellos fueron condenados por la Inquisición pero sólo por carecer de licencia o tenerla falsificada, como aquel individuo de Jaén que decía tener título de saludador y al ser procesado en 1776 declaró que se lo había hecho un catalán por cuatro reales (13).

Otros muchos saludadores ejercieron a la vez de ensalmadores, conjuradores, santiguadores, etc. Entre ellos estuvo un saludador manchego, séptimo hijo varón, que actuó de santiguador para intentar curar sin éxito a la reina Mariana de Austria, madre de Carlos II, el cáncer que padecía en 1696. Durante nueve días, por la mañana y por la tarde, santiguaba a la enferma, signándola con un crucifijo y repitiendo cada vez: “Yo te santiguo, Dios te sane”.

Todos esos saludadores que empleaban en sus ceremonias oraciones cristianas, persignaciones, estampas religiosas, etc., fueron perseguidos y castigados.

Rodrigo de Narváez, saludador de Jaén, fue juzgado por la Inquisición en 1572 debido a que “por la invocación que tenía de los demonios decía cosas por venir y acertaba en ellas… y miraba las manos y decía lo que entendía de las rayas…” (14).

Las Constituciones Sinodales del Obispado de Pamplona de 1590, ordenaban que no se consintieran a aquellos que aplicaban “falsas palabras por vía de medicina”.

Gaspar Navarro, canónigo de la Iglesia de Montearagón (Toledo), aconsejaba a los vicarios generales y obispos que antes de dejar curar a los saludadores en sus diócesis, vieran si lo hacían porque tenían gracia gratis data o si era por pacto con el demonio.

En Aragón fueron castigados muchos saludadores por dedicarse también a la hechicería.

Isabel Gil, vecina de Mira del Río (Cuenca) no sólo era saludadora a mediados del siglo XVIII, sino que se dedicaba también a santiguar y conjurar los ganados de los pueblos próximos al suyo, por lo que fue procesada y castigada (15).

Hacia mediados del siglo XVIII el número de saludadores farsantes y pícaros aumentó de tal forma, que se les prohibió ejercer sus actividades por las autoridades civiles y eclesiásticas.

En Guipúzcoa las Juntas Generales mandaron en 1743, que las justicias de los pueblos impidieran a los saludadores hacer curaciones y ensalmos.

El Real Despacho de 24 de diciembre de 1755 ordenaba:

“Que de aquí adelante no se paguen de los efectos de la República maravedís algunos a ningún saludador por salario ni en otra forma, so pena de que lo contrario haciendo, se cargará a los capitulares como a particulares”.

En el Título VIII, artículo 24 de las Ordenanzas judiciales y políticas del Principado de Asturias de 1781, se mandaba:

“A los saludadores como gente ociosa, ignorante o mal instruida en la doctrina cristiana y perjudicial a sus vecinos, que simple o vanamente confían en la eficacia de sus oraciones, deben los jueces perseguirlos por todos medios…”.

El castigo para estos saludadores era de seis meses de prisión, pero saldrían de ella los días festivos a oír misa y ser instruidos en la doctrina cristiana.

En el artículo 25 del mismo título de las Ordenanzas, se exponía:

“A los que admitan en su casa estas gentes o se aprovechen de sus vanas oraciones y supuestas gracias, se les condena en dos ducados de multa por cada vez que lo hagan”.

Tres años después el obispo de Oviedo, González Pisador, comunicaba (16):

“Item por quanto estamos informados que diferentes personas fingiendo tener la gracia de saludadores andan vagas por nuestro Obispado, dándose a este modo de vida con seducción de los pueblos y gente sencilla… mandamos a todos los curas que no permitan en sus parroquias a semejantes saludadores y a éstos que no usen en manera alguna de dicho oficio y fanatismo, so pena de excomunión mayor…”.

A pesar de estas órdenes siguieron existiendo saludadores hasta principios del siglo XX.

A fines del XIX había repartidos por diferentes barrios madrileños unos 300, de los que más de la mitad eran mujeres (17).

En la segunda década del siglo XX en algunos pueblos del suroeste de la provincia de Madrid, utilizaban todavía los servicios de saludadores para curar a sus ganados.

No hay duda de que entre los saludadores hubo muchos embaucadores y farsantes, pero también otros que supieron curar la rabia sobre todo los que además de soplar y untar con su saliva, emplearon el alcohol, el vino o ciertas hierbas para limpiar y desinfectar las heridas.

Fray Martín de Castañega que estudió estos temas, reconocía en 1529 la gracia que tenían algunos saludadores para curar (18).

El mismo Feijoo opinó que “posiblemente entre millares de saludadores haya alguno que tenga gracia gratis data curativa de la rabia”.

Aunque la credulidad e ignorancia de la mayoría de las personas era grande en siglos pasados, no creemos que hasta el punto de, con los pocos recursos económicos que en general tenían, pagar durante años a una persona, proporcionarle gratuitamente una vivienda, eximirla del pago de impuestos, etc., si no hubieran apreciado alguna curación en ellos o en sus ganados.

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NOTAS

(1) ÁLVAREZ DE CALDAS, Juan: Constituciones sinodales del Obispado de Oviedo,Valladolid, 1608, Libro V, Título VII.

(2) LÓPEZ DE GUEREÑU, G.: “Brujas y saludadores”, Homenaje a D. José Miguel de Barandiarán,Tomo II, Bilbao, 1965.

(3) LÓPEZ TERRADA, M.ª Luz: Las prácticas extraacadémicas en la ciudad de Valencia durante los siglos XVI y XVII,Valencia, 2002.

(4) CASTELLANOS, José Manuel: El Madrid de los Reyes Católicos, Madrid, 1988, p. 67.

(5) Libro de Acuerdos del Concejo madrileño,Tomo V, p. 290, Madrid 24–7–1514.

(6) LÓPEZ DE GUEREÑU, G.: Op. Cit., p. 166.

(7) AGUIRRE SORONDO, A.: “Los saludadores”, Cuadernos de Etnografía de Navarra,número 56, 1990, p. 314.

(8) LÓPEZ DE GUEREÑU, G.: Op. Cit., p. 169.

(9) PAN, Ismael del: Folklore toledano, Toledo, 1932, p. 97.

(10) SEIJO ALONSO, F. G.: Curanderismo y medicina popular, Alicante, 1974, p. 209.

(11) OSUNA, J. M.: Los curanderos, Barcelona, 1971, p. 74.

(12) CIRUELO, Pedro: Reprobación de las supersticiones y hechicerías, Salamanca, 1547, Parte III, capítulo VII.

(13) SÁNCHEZ PÉREZ, J. A.: Supersticiones españolas, Madrid, 1948, p. 266.

(14) ORTEGA RUIZ, A.: Magas, brujas y hechiceras en la Loma durante el siglo XVI, Universidad Internacional de Andalucía.

(15) CIRAC ESTOPAÑÁN, S.: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, Madrid, 1942, p. 63.

(16) GONZÁLEZ PISADOR, A.: Constituciones sinodales del Obispado de Oviedo, Madrid, 1784, p. 297.

(17) HOYOS SAINZ, L.: Manual de Folklore, Madrid, 1985, p. 228.

(18) CASTAÑEGA, Martín de: Tratado de Supersticiones y hechicerías, Madrid, 1946.