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Despoblados extremeños: Mitos y Leyendas

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2009 en la Revista de Folklore número 342.

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Por los comienzos del siglo XX Publio Hurtado, en sus Supersticiones Extremeñas,recogía una leyenda sobre un fabuloso dragón, conocido como “el drago” en las estribaciones del sur de la Sierra de Gata, lugares en los que se localizaban sus andanzas. A él se refería en los siguientes términos:

“A la mitad del camino que conduce desde Pozuelo a Santa Cruz de Paniagua, a unos doscientos metros a la izquierda de la vía y en el cerro de la Bardera, hay un enorme peñasco de forma cónica con un apéndice que figura el trozo de un puente, de un solo ojo, que mide tres metros próximamente de elevación por dos de anchura, y de cuya clave pende una enorme argolla de hierro. Subiendo un poco por las sinuosidades de la peña, se ve una caverna medio oculta en las angulosidades de la pizarra, de regular profundidad, denominada El Horno del Drago.

Este drago o dragón era un gigante monstruoso, que tenía la cabeza y brazos de hombre y el resto del cuerpo de basilisco. Cuando sentía hambre, daba unos bramidos tan fuertes, que se oían a dos leguas a la redonda y atemorizaban a los habitantes de la comarca, quienes para aplacarlo llevaban una vaca o varios carneros, que el monstruo mataba y colgaba de la argolla mencionada. Tal presente, que devoraba en crudo, no le duraba más que un día, y al siguiente se repetían los bramos y ofrenda.

Esta voracidad concluyó con la ganadería de la comarca, que entonces empezaba a desarrollarse; y no habiendo reses que engullir, acometió y se zampó a los habitantes de la Alta Extremadura. Cuando dio fin de ellos, bajó a la provincia de Badajoz e hizo lo propio. Luego despobló la Andalucía; y por fin, siempre buscando alimento, pasó al África, de donde no volvió” (1) .

Algunas versiones de la leyenda recopiladas con posterioridad indican que el carnívoro dragón, luego que pasara un tiempo desolando las tierras africanas, regresó a estos lares extremeños, donde murió de inanición al no poderse llevar ya casi nada a la boca. Y apuntan que eran tales sus dimensiones que de sus huesos se hicieron las vigas de prensar de todos los lagares de la comarca (2). Si sorprendentes son la magnitud de tan monstruoso animal y sus aviesas actuaciones, más prodigioso resulta su origen, ya que el mismo fue engendrado mediante el ayuntamiento de la cueva denominada Horno del Drago y la Peña Picuda, una roca de connotaciones fálicas que se halla en sus proximidades (Fig. 1).

Sin embargo, estos aspectos míticos se pretenden que no sean los primigenios y, en tal sentido, no faltan quienes acuden a hipótesis evehemeristas que acaban por hacer del “drago” la derivación de unas simples conjeturas históricas. De tal modo que “Drago” no vendría de dragón, sino de Drágut, “un fiero y descomunal gigante, Capitán famoso de una cuadrilla de bandoleros de increíble valor, crueldad y fiereza, que aterró con sus monstruosidades por algún tiempo la Comarca allá por el año 1080 del Señor, 472 de la Hégira, en aquellos viejos y decadentes tiempos de las banderías moras…” (3).

Es cierto que actualmente la memoria colectiva no guarda el mínimo recuerdo de tal facineroso y, por el contrario, se sigue atribuyendo la despoblación de determinados enclaves de esos entornos, algunos incluso desaparecidos en una época prerromana, a las andanzas del “drago”. No obstante, esto no significa, puesto que de ello existe sobrada documentación, que neguemos el abandono de algunos núcleos de población, de manera muy especial en la provincia de Cáceres, a causa de los repetidos asaltos que sufren sus habitantes por parte de determinadas patrullas de cuatreros. Tal es el caso de Ventas del Caballo, en el término de Cilleros, cuyos habitantes han de huir cuando son testigos de “muchos homicidios y muertes alevosas” (4), por ser el paso “de contravandistas y malechores quando salen y enttran en Porttugal…”(5) y “refujio de ladrones y forajidos”(6). Aunque tal hecho tiene por marco el siglo XVIII, no por ello ha dejado de tomar cuerpo una leyenda que atribuye la huída de los vecinos a los feroces ataques que sufren por parte de “diabólicas” manadas de lobos, que no sólo sacian el apetito en la carne de los ganados, sino que muestran especial predilección por los niños y las muchachas indefensas.

Son lobos igualmente los que configuran el final de la alquería hurdana de Valdelazor, que en sus tiempos formó parte de las llamadas “Cuatro Villas”, junto con Batuequilla, Horcajada y Rubiaco. Esta última localidad acogió a los habitantes de Valdelazor, al igual que en las últimas décadas ha venido haciendo con los vecinos de las otras dos alquerías, prácticamente deshabitadas. La razón del abandono de Valdelazor, según alguna opinión recogida por esa zona del río Hurdano, se debió a una masiva presencia de lobos que atacaban con saña a sus habitantes. Para aseverar tal afirmación recurren al relato, que en muy diferentes versiones se conoce por toda la geografía hispana, del joven que fue devorado por el lobo cuando iba de noche a Horcajada a visitar a su novia. De él sólo se encontraron los restos que quedaron dentro de las botas.

También en el área más septentrional de Extremadura, ahora en término de Mohedas de Granadilla, se localiza el despoblado de Valdefuentes. El fin del enclave, según la información que recabé de un pastor el pasado año, se debió a las grandes cantidades de víboras que hacían insalubres aquellos parajes. Pero la realidad es muy otra, ya que su “ruina tuvo efecto al terminar la guerra de la Independencia, por causa de los bandidos que se abrigan en su corto término” (7).

En Torrejón el Rubio, en pleno corazón del Parque de Monfragüe, muestran el abandonado lugar de La Corchuela (Fig. 2), un caserío que parece despoblarse a consecuencia de los numerosos asaltos que sufre, ya que no en vano tiene “a sus inmediaciones un puerto, que lleva su mismo nombre, muy trabajoso para la arriería por su mal estado, y muy temible por ser frecuentado de ladrones” (8). Para los naturales no son los continuos atracos los que consiguen la huída de sus habitantes, sino las frecuentes desapariciones de niñas, que casi siempre encuentran muertas y desorejadas. Tales crímenes se les achaca a un ser terrorífico con forma de descomunal macho cabrío que echa llamas por los ojos y que por las noches asoma a los riscales para cantar con timbrosa voz:

Yo soy la cabra cabracha
yo soy la cabra cabreja,
que voy buscando muchachas
pa comerle las orejas (9) .

El mismo destino es el que le depara a Diganzales, en el territorio de Granadilla, del que apunta Pascual Madoz que “se despobló hace unos 20 años por efecto de lo frecuentada que era de la cuadrilla de ladrones llamados «Los Muchachos», que dieron muerte a una mujer; tuvo 9 ó 10 casas, de las que sólo existen los solares” (10). Sin embargo, se mantiene la sospecha de que sus moradores daban cobijo a la referida banda, sirviendo al mismo tiempo de confidentes, lo que provocó que, como represalia, fuera arrasada por las tropas enviadas por el Capitán General de Extremadura. Los vecinos se vieron obligados a escapar río arriba y asentarse en lo que luego sería caserío de Arrofranco (11).

Pero no son los datos anteriores los únicos que conforman la opinión popular acerca del fin de Diganzales, ya que también se dice que la pequeña localidad desapareció cuando la totalidad de sus habitantes murieron al beber el agua de un pozo emponzoñado.

Este hecho recuerda la leyenda que se ciñe en torno a Puebla de Enaciados, despoblado de El Gordo. Fundada por los abulenses hacia 1250, acabó convertida en cabeza del señorío del Conde de Miranda. La falta de productividad de sus tierras lleva a sus habitantes a buscar acomodo en espacios más fértiles, cuales son los que rodean a El Gordo y a Berrocalejo. Puebla de Enaciados desapareció por completo en el año 1850. En la plaza de la que fue una próspera villa aún se alza al rollo jurisdiccional y son visibles las ruinas de su iglesia. Pero esta realidad histórica de ninguna de las maneras concuerda con la creencia que se mantiene viva entre los vecinos de la comarca de Campo Arañuelo. Y ésta apunta que todos los habitantes del pueblo fallecieron una mañana por haber bebido de las aguas envenenadas de un manantial, que conserva elementos constructivos romanos y que se conoce con el significativo nombre de “Fuente de los Muertos” (12) (Figs. 3 y 4).

En la llamada Dehesa de Abajo, en el término de Perales del Puerto, se conserva la cabecera, cubierta con bóveda de terceletes, de una majestuosa ermita del siglo XVI dedicada a Nuestra Señora de la Peña, cuya imagen se venera en su iglesia parroquial. Por los finales del siglo XVIII aún era el centro de devoción de toda la Sierra de Gata, ya que hasta este lugar “concurren todos estos pueblos en sus necesidades y sus romerías”(13). No muchas décadas más tarde Pascual Madoz ya constata la ruina de este santuario desde el que se divisa la práctica totalidad de la comarca. Cuentan los lugareños que fue destruido por los franceses, cuando por estas latitudes buscaban el refugio del obispo de Coria don Juan Álvarez de Castro, que sería asesinado en la vecina villa de Hoyos (Fig. 5).

Refiere una tradición que la ermita fue, en sus tiempos, la iglesia de un pequeño pueblo que se alzaba en torno al lugar en el que la Virgen se apareció a unos pastores, en la confluencia de Perales del Puerto, Hoyos y Cilleros. Pero un día todos los vecinos, excepto una anciana que estaba enferma, murieron al comer un guiso comunitario preparado con agua emponzoñada. La mujer llegó hasta Hoyos, donde relató la tragedia. Pero fue tomada por una demente. Lo mismo sucedió en Cilleros. Sólo en Perales del Puerto se prestaron a ayudarla. En agradecimiento la anciana les regaló todas las tierras del viejo poblado, del que ahora era única dueña, a cambio de que le dieran cobijo y conservaran la iglesia de la Virgen de la Peña.

La localidad de Peñuela del Puerto toma su nombre del lugar en el que se localiza: el Puerto de Miravete (Fig. 6). Su situación estratégica la hizo durante siglos un lugar codiciado en momentos de conflictos bélicos. Precisamente durante la guerra de Sucesión, por los principios del siglo XVIII, se constata su ruina y total despoblación.

Tampoco en el caso de Peñuela del Puerto se quiere ver la destrucción de la aldea como causa del inmediato despoblamiento, ya que la leyenda marca otros derroteros. Un prisionero aprovecha una noche que es conducido por el Puerto de Miravete para escapar de los guardianes que lo conducen a Trujillo. Corre hacia Peñuela y llama a todas las puertas solicitando un refugio, pero nadie le abre, así que se ve en la necesidad de ocultarse en una pocilga. Por la mañana lo descubre el dueño de los cerdos y lo delata a los soldados que han llegado indagando acerca de su paradero. Mientras era de nuevo apresado maldijo a los pobladores de Peñuela por su falta de caridad, y poco tardaron en comprobar que la maldición había surtido efecto. Aquel mismo día todas las aguas habían criado un verdín que las inutilizaba para el consumo de las personas y de los animales. De este modo se vieron obligados a asentarse en lo que hoy es Casas de Miravete.

Los castigos que dimanan del anatema lanzado casi siempre por algún peregrino o persona ajena a la comunidad destacan en Extremadura como uno de los ingredientes que obligan al desalojo de un pueblo, cuando no provocan su ruina o la muerte de todos o de casi todos sus habitantes.

Es el caso del despoblado del que hoy es testigo la vieja y solitaria ermita de Nuestra Señora de Torrealba, en el término de Torremocha. Hasta la entonces próspera villa de Torrealba o Torralba llegó un obispo extranjero buscando posada. En el medio de la noche, y sin que la leyenda profundice en los motivos, fue alevosamente asesinado por los vecinos de la localidad. Antes de morir el prelado lanzó la correspondiente imprecación y el castigo divino no se hizo esperar. Por la mañana, según una de las versiones de la leyenda, el pueblo y sus tierras se vieron invadidos por una plaga de langostas, sólo comparable a la de Egipto, que provocó el éxodo de sus habitantes. Dicen otros, como es el caso del canónigo pacense Tirso Lozano Rubio, que “en castigo Dios envió una plaga de culebras, serpientes y sabandijas que ahogaban á su moradores en la cama; por lo cual sus habitantes dejaron el lugar y poblaron á Torremocha, Valdefuentes, Benquerencia y Botija” (14).

La Cebailla responde al nombre de una alquería de Las Hurdes, en el concejo de Caminomorisco y próxima a Cambrón, que desapareció por la tempestad enviada por una pobre que pedía limosna y no fue socorrida (15). En esta comarca norteña nos topamos con un peregrino que llega a Riomalo de Arriba, donde le azuzan los perros y lo apedrean, a pesar de que una mujer se enfrenta a los que usan la violencia. En agradecimiento el peregrino ruega a la bondadosa señora que salga del pueblo y se refugie con su familia y hacienda en la cercana cueva de Valdecerezo. Al poco de penetrar en la gruta se desata una lluvia torrencial que arrasa toda la alquería (16).

También un peregrino, que en este caso conduce una vaca, propicia la desaparición de Casitas de Valverde, una localidad situada a medio camino entre Ahigal y Cerezo. La vaca del enigmático peregrino se atolla en el cieno del arroyo que pasa a escaso trecho del pueblo. El hombre pide ayuda y, puesto que todos los habitantes están divirtiéndose con motivo de una boda, sólo una familia acude a socorrerlo. El peregrino, en premio a su buena acción, les entrega un zurrón lleno de comida y les ruega que no regresen al pueblo hasta el atardecer. Cuando a la puesta del sol vuelven a sus hogares se encuentran una estampa dantesca. Todos los vecinos han muerto al ingerir la sopa de la boda, a la que había caído una salamandra. Los cuatro supervivientes, huyendo del horror, abandonaron Casitas de Valverde y buscaron otro asentamiento, en el sitio que hoy ocupa Ahigal (17). Tal suceso quieren verlo en el pueblo como un castigo divino, asegurando incluso que el peregrino no era otro que el mismo Jesucristo.

La desaparición de La Rocasquero, un pequeño núcleo que se alzaba entre Nuñomoral y Asegur, es el resultado de un manifiesto acto de desobediencia. El zahorí de la localidad, ese personaje que atesora la sabiduría acumulada por sus ancestros y que vela por la conservación y cumplimiento de las leyes o códigos comunitarios, ordena a sus vecinos que no osen comerse una descomunal anguila que han pescado en una poza del río, ya que se ha convertido en letal por sus relaciones con un bastardo. Puesto que nadie le hace caso, sólo el zahorí se salva de la muerte (18).

En otras ocasiones en los despoblamientos no inciden tanto los castigos por lo que se consideran unas malas acciones como unos hechos naturales a los que no ponen remedios las advocaciones religiosas que debieran considerarse sus protectoras. Es el caso de Berzocana, localidad situada en la Sierra de las Villuercas. Por estas latitudes dice la leyenda que fueron hallados los restos de los santos Fulgencio y Florentina, hermanos a su vez de San Leandro y San Isidoro de Sevilla, que actualmente se siguen venerando en la iglesia de la localidad. Tal descubrimiento tuvo lugar en tiempos de Alfonso XI, cuando habían transcurrido varios siglos desde que fueran escondidos en aquellas fragosidades por los cristianos fugitivos de Andalucía ante la acometida de los agarenos.

Es tradición muy antigua, puesto que ya es recogida en un documento fechado el 25 de julio de 1592, en el que Andrés Martín Baramonte, vecino de Berzocana, declara que cuando “hallaron las dichas reliquias quisieron edificar esta villa un poco más arriba que es un lugar fragoso donde las dichas reliquias aparecieron y por temor de bivoras situaron la dicha villa mas abajo en la iglesia parroquial en la cual están las dichas reliquias” (19). Queda claro que, en contra de lo que se pudiera esperar y como se pone de manifiesto en una localidad próxima, cual es el caso de Guadalupe tras la aparición de la Virgen por esas mismas fechas, nada hicieron los santos hermanos para mantener la población que entonces tomaba cuerpo en torno al lugar en que se hallaron sus reliquias, el conocido hoy como Olivar de los Santos. Una cruz de piedra levantada en el año 1223, llamada Cruz del Olivar (Fig. 7), es el único recuerdo de la primitiva población abandonada y reedificada más abajo “por temor de las bivoras” (20).

Del mismo modo sorprende un tanto, puesto que su carácter de taumaturgo salta a la vista, que San Antón Abad, el que fuera patrón de la parroquia, no manifestara su poder protector contra la plaga de víboras que asoló la localidad de Redondilla, haciendo huir a todos sus habitantes. Estos fugitivos del “pueblo viejo” se instalaron a media legua de sus lares, fundando la actual Garganta de Baños (21).

También son las víboras las que obligaron al abandono de la alquería de Selganao, en el valle del Ladrillar, cuyos vecinos dieron lugar al nacimiento de Las Mestas. E idéntico comportamiento debieron tener los habitantes de Jambrina, otro núcleo próximo a Cabezo, ante los ataques continuos que sufrían personas y animales por parte de escorpiones y “víboras blancas”, contra las que nada podían la farmacopea y los efectivos conjuros de los hurdanos.

No fueron las alimañas sino la abundancia de hormigas e insectos lo que ocasionó el total abandono de Valdepalacios, pueblo matriz de Logrosán, del que afirman los viejos documentos que distaba “poco más de una legua”. Apunta al respecto Mario Roso de Luna:

“Sea por las condiciones del terreno ó por las escasas agua, ó bien, como dice la tradición, por el crecido número de hormigas y otros insectos que pululaban por aquella zona, es lo cierto que el primitivo pueblo de Valdepalacios, que comenzó allí á fundarse á raíz de la reconquista, hubo de ser trasladado al actual ó absorbido por él, recibiendo éste por antonomasia el nombre de lugar sano, lucus sanus, de donde por corrupción se formó después, Lugarsan, Lugurusan ó Logrosán” (22).

El mismo investigador y teósofo aporta otra leyenda sobre el origen de su pueblo natal, anterior a Valdepalacios y surgido como consecuencia indirecta de una de las escaramuzas de la Reconquista:

“En uno de tales encuentros la hueste cristiana pareció llevar la peor parte siendo derrotada en las inmediaciones de San Cristóbal cayendo gravemente su jefe, natural de Guadalupe. Escapó éste y pudo refugiarse en un matorral de escobas y helechos que rodeaba a una límpida fuente donde lavó sus heridas y apagó su sed.

Sin duda el agua fría de la fuente, obrando como sedante y cicatrizante poderoso, hubo de poner al guerrillero en vías de curación, y curado ya se unió a sus gentes, ponderando las excelencias de la fuente en que logró sanar.

Pasó el tiempo; comentáronse por unos y por otros las virtudes de la fuente; hablóse del sitio en que aquél jefe logró sanar y el sitio de logrosanar fue conocido por todos los contornos. Vino después la poderosa lima del tiempo y por síncope o contracción el uso suprimió la terminación -ar, de ligerísima cocofonía, y quedó así constituido el nombre de Logrosán” (23).

La presencia de las hormigas que, como hemos visto, indujeron al éxodo de Valdepalacios, es la causa más común de cuantas tienen que ver en el resurgir de los despoblados en Extremadura. En algunas ocasiones la plaga de estos insectos se compagina con otros elementos nocivos. Así sucedió en la poblado de San Antón, una localidad que se levantaba en el berrocal de Trujillo, en cuyo abandono tuvieron tanto que ver las hormigas como el repentino envenenamiento de las aguas de sus pozos.

Al referirnos al Pueblo de Enaciados apuntamos el fallecimiento de todos sus vecinos al beber el agua de la “Fuente de los Muertos”. Sin embargo, existe una leyenda menos conocida que la anterior en la que se apunta que el éxodo masivo tuvo lugar cuando aparecieron unas hormigas blancas que se comían a todos los niños.

También es una plaga de hormigas, que hacen gala de una ferocidad sin límite, la que convierte en despoblado a Hijovejo, en el término de la localidad pacense de Quintana de la Serena. Una parte de los vecinos de este lugar, conocido por su alto valor arqueológico, “pereció al rigor de las muchas y grandes y benenosas ormigas” (24) y los supervivientes se vieron obligados a huir hasta Quintana, no sin antes haber prendido fuego a sus hogares.

En el Campo Arañuelo proliferan los despoblados en los que las hormigas, casi sin excepción, se convierten en las causantes del éxodo de sus habitantes. Tal es el lugar de La Anguila, dentro de los límites del actual Serrejón. Algunos datos acerca de él se recogen en un Interrogatorio promovido por la Real Audiencia de Extremadura, que se contesta en el año 1791 en los siguientes términos:

“Unicamente ay en esta jurisdicion un despoblado que por documentos de los oficios consta estubo poblado con el nombre del lugar de la Anguila, anejo a esta villa y aunque no se sabe la causa de su despoblazion se dice fue por plaga de hormigas avrá cosa de un siglo y su terreno y haciendas estan comprehendidas en esta jurisdicion y señorio, y no se contempla necesario su restablecimiento” (25).

Los huidizos moradores de La Anguila, señala la conseja, dieron lugar al nacimiento del pueblo de Serrejón, al que más tarde llegarían los habitantes que residían en los aledaños de lo que actualmente son las ruinas de la ermita de Santiago (Fig. 8), en el camino de Almaraz. También éstos se vieron obligados a alejarse de sus hogares ante el acoso de la correspondiente plaga de hormigas contra la que no tuvieron medios para enfrentarse.

Los restos de la iglesia San Sebastián son los que pregonan la existencia de la antigua localidad de Torviscoso, en las proximidades de Navalmoral, y que antiguamente perteneció a la campana (26) o concejo de la Mata. Al igual que en los casos precedentes, las hormigas redujeron a cenizas las casas y corrales del pueblo. Idéntico fue el fin de otro despoblado sito en tierras de Peraleda, concretamente Santa María de la Mata (Fig. 9), cabeza del antiguo concejo, al que pertenecían los deshabitados lugares de Valparaíso, Malhincada y Malhincada de Arriba (27). De estas antiguas localidades se cuentan leyendas que responden a idéntica argumentación.

Similar destino tuvo la capital de la otra campana del Campo Arañuelo, la villa de Albalat. Viejos documentos de finales del siglo XVIII recuerdan que ya por aquella fechas era población “del todo arruinada y sólo vestigios se observan. Es tradición, que por una continuada plaga de hormigas fue destruida, siéndole forzoso a sus habitadores abandonarlo” . Buen número de ellos hallaron acomodo en las Ventas de San Andrés, posteriormente conocidas como Casas de Miravete, lugar al que antes o después, según dijimos, también fueron a parar los huidizos vecinos de Peñuela del Puerto.

Igualmente se dice que las hormigas pusieron fin al pueblo de Campillo, situado en el término de Belvis de Monroy. De este modo se alude a tal creencia en el anteriormente citado Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura:

“Por tradición biene de bastante tiempo a esta parte y aún consta de algunos papeles antiguos había un pueblo de corto número de vecinos, aldea de esta villa, nominado Campillo en esta jurisdición, que por causa de las ormigas le desampararon sus moradores; el qual pueblo se hallaba en la comprensión de la espresada Dehesa del Campillo, la que oi goza dicho Excelentísimo Señor y no se advierte necesidad ni utilidad de bolberle a poblar” (29).

Sin embargo esa afirmación de ninguna de las maneras la compartían los ilustrados de la época, como se refleja en el texto que el mismo documento recoge bajo el epígrafe de “Reparos y advertencias a la respuesta de la villa de Belvis”, donde se exponen las que se consideran causas del despoblamiento de Campillo y de otras localidades extremeñas:

“Las verdaderas ormigas que han aniquilado esta y otras poblaciones en la provincia son los adehesamientos, los ganados trasumantes apoderados de ellos, la peste del siglo catorce, la decadencia de la agricultura y otros vicios dela constitución; cada dehesa repartida entre pequeños propietarios pudiera contener una población de hombres y sólo contiene una población de obejas, en ella pudiera haver hombres, ganados y labranza, y apenas ay mas que ganado y éste inútil a la provincia” (30).

Al sur del Tajo y asentado a las márgenes del río Gualija se conservan escasos restos de lo que fuera el pueblo de San Román, del que dice la tradición que fue fundado por este santo, del que tomó su nombre, cuando aún estas tierras formaban parte del Imperio Romano. En sus proximidades son visibles oquedades en el terreno, supuestas minas que trabajaban sus habitantes. La prosperidad de San Román se vio alterada cuando un día invadió el pueblo una plaga de gigantescas hormigas rojizas que manifestaban hábitos carnívoros. De ellas se decía que atacaban con saña a los niños indefensos para vaciarles las cuencas de los ojos.

Contra esta plaga no sirvieron los medios naturales ni los divinos (rogativas a su patrono, conjuros, oraciones, sortilegios…), de manera que los vecinos optaron por quemar sus viviendas y emigrar. Sin embargo, su destino no fue muy lejano, ya que se detuvieron a poco menos de media legua, en el lugar donde se alzaba una ermita rodeada de perales, dando lugar al origen de una nueva entidad de población, en cuya denominación no olvidaron sus raíces: Peraleda de San Román (Fig. 10).

No muy alejado del antiguo San Román, aunque sito a la orilla del río Ibor, se localiza el despoblado de La Avellaneda. De él se conserva su iglesia, a la que cada año, llegado el mes de mayo, se lleva procesionalmente al milagroso Cristo de la Avellaneda, que actualmente se venera en Castañar de Ibor, y en cuyos alrededores se celebra una multitudinaria romería. El abandono de la vieja localidad, de la que se tienen noticias desde el siglo XIII, parece que se debió a la presencia de los mosquitos que propiciaban el estancamiento de sus cercanas aguas y que provocaban grandes epidemias de paludismo. Sin embargo la tradición señala que el éxodo fue motivado por la llegada cada verano de una plaga de grandes hormigas que destruían las viviendas, arrasaban las cosechas, atacaban al ganado y mataban a los niños tras comerles los ojos y la boca al menor descuido de sus madres.

Buscando un enclave más sano, los vecinos se desplazaron hasta casi dos leguas y se asentaron en la majada conocida por Chozas del Castañar, a la vera del viejo camino de Guadalupe, que con el paso del tiempo pasaría a llamarse Castañar de Ibor (Fig. 11).

En los aledaños de esos territorios, aunque metido en la comarca de Las Villuercas, nos encontramos el despoblado de Torrejón, en el término de Roturas y adscrito al concejo de Cabañas del Castillo. En los motivos de su desaparición, por los principios del siglo XVIII, vemos una falta de coincidencia entre las opiniones oficiales y las que el pueblo mantiene como verídicas. Entre las primeras citamos el informe de 1791, redactado por el párroco y abad de Rotura, don Santiago Vivas y Muñoz:

“…hay en este término del pueblo un territorio llamado Torrejón, en el que hubo vecinos, pero sin parroquia y acudían a las funciones de iglesia a esta parroquia de Roturas y aún hoy hay en este pueblo sujetos antiguos que conocieron vecinos en él, yo me persuado que la causa de su despoblación sería el quebrantamiento de tener el trabajo de venir a este pueblo a oír misa, que dista de él un buen cuarto de legua, hoy aquellas que fueron casas son huertos y propiedades de estos vecinos de Roturas” (31).

No obstante estos condicionantes religiosos que existen para el clérigo son olvidados por la tradición, que mantiene que el despoblamiento de Torrejón se debió a la consabida plaga de hormigas que reducía a la miseria a los habitantes del viejo villorrio.

Casi en el vértice en el que confluyen los limites de las comarcas de la Penillanura Trujillana, los Ibores y Las Villuercas, y rayano al citado concejo de Cabañas del Castillo, se localiza Adeacentenera. En su término se ubica el despoblado que se conoce como Egido de Centenera, una localidad que tuvo su mayor auge durante los siglos XV y XVI (Fig. 12). En este tiempo se constata una fuerte emigración hacia tierras americanas (32), éxodo que se agudizará al entrar en crisis su forma de vida derivada de la trashumancia. La construcción del puente de Albalat sobre el río Tajo acorta el camino para las grandes ganaderías ovinas, con lo que se eliminaba el paso por el Egido de Centenera (33). A principios del siglo XVII los pocos vecinos que quedaban buscan un nuevo acomodo dentro de las tierras del Marqués de Risell, dueño de extensos predios en la comarca, para el que trabajan como colonos, dando vida a un minúsculo núcleo de viviendas entonces ya llamado Aldeanueva y que, tras la llegada de los nuevos vecinos, sería nombrada Aldeanueva de Centenera. Se trata de la actual Aldeacentenera. Como recuerdo de su pasado aún permanecen visibles en el Egido de Centenera un pozo, los restos de un tejar, las huellas de algunos edificios y una ínfima parte de los muros de la iglesia (34).

Estos hechos, como ocurrió en los casos precedentes, han sido borrados del recuerdo de los habitantes de Aldeacentenera, que, por el contrario, mantienen viva la leyenda que alude a la despoblación del Egido. La misma responde a los arquetipos ya enunciados: los vecinos huyen de una plaga de hormigas que destruían las viviendas, atacaban a las personas y provocaban la muerte de los más pequeños (35).

También la leyenda se convierte en “historia” en el caso de Piñuela, un despoblado que descubrimos en el parque de Monfragüe, puesto que las hormigas gigantes vuelven a ser aquí las que provocan la huida masiva de sus habitantes. Y sin embargo, a pesar de que la memoria colectiva ya no lo tiene presente, la Guerra de la Independencia fue la que se convirtió en causante de su destrucción (36).

Más al norte, ya metidos en el Valle del Jerte, nos encontramos las huellas de otras poblaciones en cuya desaparición intervienen narraciones legendarias que se superponen a los propios hechos históricos. Es el caso de Asperilla (Fig. 13). La presión ejercida por los terratenientes de Plasencia sobre sus habitantes obligó a muchos de ellos a la búsqueda de nuevas tierras más alejadas de la principal ruta a Castilla, lo que devino en el nacimiento de Casas del Castañar. Con posterioridad, ya por los finales del siglo XVIII, los pocos vecinos que aún malvivían en Asperilla se marchan igualmente al ver convertido el ya diminuto poblado en una guarida de bandoleros (37).

Pero en Casas del Castañar la razón que atribuyen a la desaparición de Asperilla es muy distinta. Todo se debió a la invasión de las hormigas. Es la misma causa que dan en Valdastillas sobre el ocaso de Ojalvo, un pujante pueblo nacido en el siglo XIII y que se constituyó en la capital de la campana de su nombre. En su despoblación fueron claves unos factores semejantes a los enunciados para Asperilla. Valdastillas y Casas del Rebollar acabarán absorbiendo a sus habitantes (38). Pero acerca de Ojalvo, además de la plaga de hormigas, gozan de cierta popularidad las creencias de que el abandono del lugar de debió a una epidemia de paludismo que diezmaba la población y al hecho de que, en un indeterminado momento, el núcleo fuera arrasado por una crecida del río Jerte (39).

También la presencia de una devastadora plaga de insectos se le atribuye a la despoblación de Malpartida, localidad que se hallaba en el término de Galisteo. Sin embargo, no faltan opiniones que hacen que el final de Malpartida se deba a un accidente meteorológico, aspecto éste que ya se documentaba por los postreros años del siglo XVIII:

“…en este término sólo ay un despoblado con el término de Malpartida, que aún se reconocen los vestigios de su yglesia; no se save la causa de sus destrucción, sólo se ha oído fue un aire muy fuerte que bino en el día de San Gernónimo, su terreno quedó pasto común de la jurisdizión y su lavor al señor de este estado, y por estar inmediato a esta villa y sitio descubierto y sin monte, no conzepatúan ay nezesidad de su reparazión” (40).

En las proximidades de Navaconcejo se asentaba la localidad de Peñahorcada, ya documentada en el siglo XIII, de la que también se dice que fue anegada por las aguas del Jerte (41), teniendo igualmente en común con el resto de los despoblados de la comarca otra leyenda que habla de su desaparición por la invasión de las hormigas que arruinaban sus casas (42). Sin embargo, todo apunta a que fue el auge que Navaconcejo adquirió por los finales de la Edad Media, en detrimento de Peñahorcada, lo que atrajo hasta el nuevo núcleo a los habitantes de la vieja población. Su iglesia, luego convertida en ermita, se arruinaría hacia 1746, fecha en la que se traslada a Navaconcejo la imagen románica de la Virgen de la Peña, que en Peñahorcada habían tenido por patrona (43).

Como colofón nos referimos a otro pueblo que hubo de pasar por las mismas vicisitudes de los enunciados más arriba, sufriendo la correspondiente plaga de hormigas antes de deshabitarse y dar vida a una nueva población. Se trata de Villanueva, un municipio que se sitúa en el extremo más oriental de la Sierra de Gata. Su primitiva ubicación estaba en el sitio de Los Llanos, junto al arroyo de la Degollá.

Tras la invasión de los devoradores insectos los habitantes del Malpartida de los Llanos, que éste era el nombre del pueblo, buscaron acomodo a una distancia de tres kilómetros, dando nacimiento a una nueva localidad que sería bautizada como Villanueva de la Sierra (44).

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NOTAS

(1) HURTADO, Publio: “Supersticiones Extremeñas. IV: Encantamientos”, en Revista de Extremadura. Órgano de las Comisiones de Monumentos de las dos provincias. Cáceres, Año III, número XXV, Junio 1901, pp. 313–314.

(2) SIMÓN ARIAS–CAMISÓN, Mario: Historia lírica y amorosa de Santa Cruz de Paniagua y de su culto y santuarios de Dios Padre. Gráficas Sandoval. Plasencia, 1990, p. 200. FLORES DEL MANZANO, Fernando: Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura. Editora Regional de Extremadura. Gráficas Romero. Jaraíz, 1998, p. 85.

(3) SIMÓN ARIAS–CAMISÓN, Mario: Historia lírica y amorosa de Santa Cruz de Paniagua, pp. 199–200.

(4) LÓPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: La Provincia de Extremadura al final del siglo XVIII. Asamblea de Extremadura. Mérida, 1991, p. 57.

(5) Interrogatorio de la Real Audiencia. Extremadura a finales de los tiempos modernos. Partido de Alcántara. Asamblea de Extremadura. Mérida, 1993, p. 416.

(6) Interrogatorio de la Real Audiencia. Extremadura a finales de los tiempos modernos. Partido de Alcántara, p. 427.

(7) MADOZ, Pascual: Diccionario histórico-geográfico de Extremadura (1846). Ed. Publicaciones del Departamento del Seminario de la Jefatura Provincial del Movimiento. Cáceres, 1953. Tomo IV, p. 221.

(8) MADOZ, Pascual: Diccionario histórico-geográfico de Extremadura (1846),Tomo II, p. 273.

(9) La relación de esta cabra con la Cabra Montesina de los cuentos populares salta a la vista. Es tal animal en Extremadura, al igual que en otras áreas hispanas (Aragón, Casilla y León…), una especie de ogresa cuyo relato sirve para asustar a los niños.

MARTÍN SÁNCHEZ, Manuel: Seres míticos y personajes fantásticos españoles, p. 355. Rodríguez Pastor: ( Cuentos populares extremeños y andaluces, p. 357) recoge una versión en la que la Cabra Montesina, que es vencida por una hormiga, también entona su canto:

Yo soy la cabra montesina / del monte Montepiná
ér que pase de esa raya / me lo trago de un tragá.
¡Bieeeaa!

(10) MADOZ, Pascual: Diccionario histórico-geográfico de Extremadura (1846). Ed. Publicaciones del Departamento del Seminario de la Jefatura Provincial del Movimiento. Cáceres, 1955. Tomo II , p. 237.

(11) JESÚS IGLESIAS, Manuel Jesús: “Un curioso documento sobre el lugar de Cambroncino”, en, El Correo Jurdano, 2 (Abril, 2002), p. 4.

(12) A la vera de la fuente fluye el llamado Arroyo de los Muertos, por creerse que a sus orillas cayeron fulminados todos los vecinos.

(13) LÓPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: La Provincia de Extremadura al final del siglo XVIII, p. 342.

(14) Historia de Montánchez. Badajoz (Tip., Lit., y Encuadernación de Uceda Hermanos), 1894, p. 285.

(15) BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “La «Hurdanización» de una leyenda con trasfondo clásico: El Peregrinu”, en Revista de Folklore, 245, tomo 21, 1 (2001), p. 160.

(16) BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “La «Hurdanización» de una leyenda con trasfondo clásico: El Peregrinu”, pp. 147–148.

(17) DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “Casitas del Valverde, entre la historia y la leyenda”, en Revista Ahigal,25 (marzo, 2006), pp. 20–21.

(18) BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “La «Hurdanización» de una leyenda con trasfondo clásico: El Peregrinu”, p. 151.

(19) LIBRO que contiene / los ynstrumentos auten / ticos de la aparición vida / y milagros que han obrado / los gloriosos cuerpos de los seño / res San Fulgencio y Santa Flo / rentina. Patrones de este Obispa / do de Plasencia. Compulsose / de Orden y mandato del se-ñor Licenciado / Don Alonso Moreno Montes Cura / Rector de esta yglesia de Señor / San Juan Baptista. Año de 1719. (Berzocana. Archivo parroquial. Códice en 104 hojas manuscritas. 0’31 x 0’22 metros). Tales documentos fueron ordenados por mandato de los obispos placentinos D. Pedro Ponce de León y D. Juan Ochoa de Salazar, abarcando desde 1572 al 1593.

(20) HERNÁNDEZ DÍAZ, José: Berzocana (Sus Reliquias y la Iglesia Parroquial). Institución Cultural “El Broncense”. Cáceres, 1980, p. 12.

(21) MAJADA NEILA, Pedro: Cancionero de la Garganta. Institución Cultural “El Brocense”. Diputación Provincial de Cáceres. Salamanca, 1984, pp. 16–17.

(22) ROSO DE LUNA, M.: Logrosán. Legajo histórico (1898). Inst. Cultural “El Brocense”. Imp. Gexme. Trujillo, 1982, p. 55.

(23) ROSO DE LUNA, M.: Logrosán. Legajo histórico, p. 50–51.

(24) Interrogatorio de la Real Audiencia. Extremadura a finales de los tiempos modernos. Partido de La Serena.Asamblea de Extremadura. Mérida, 1995, p. 259.

(25) Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Plasencia. Asamblea de Extremadura. Mérida, 1995, p. 707.

(26) En la Edad Media se designaba con este nombre a un territorio que ocupaba una serie de pequeños asentamientos alrededor de una aldea de mayor entidad y cuya campana de la iglesia obedecían todos. En Extremadura hay varias: Campana de la Mata, Campana de Albalat y Campana de Ojalvo.

(27) DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “Las campanas en la provincia de Cáceres: Símbolo de identidad y agregación”, en Revista de Folklore, 96, tomo 8, 2 (1988), pp. 183–184.

(28) LÓPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: La Provincia de Extremadura al final del siglo XVIII, p. 143.

(29) Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Plasencia, p. 131.

(30) Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Plasencia, p. 133.

(31) Interrogatorio de la Real Audiencia. Extremadura a finales de los tiempos modernos. Partido de Trujillo.Asamblea de Extremadura. Mérida, 1996, p. 97.

(32) En la gesta americana alcanzaron cierto renombre tres vecinos de la localidad: Pero Alonso, Martín Barco de Centenera y Alonso Álvarez de Pineda.

(33) PLAZA RODRÍGUEZ, Andrés Ignacio: “La familia Calderón en Aldeanueva de Centenera”, en Actas de los Coloquios Históricos de Extremadura, 2005.

(34) MURILLO–DE QUIROS, María: “Ruinas de un pequeño templo y una imagen románica en Aldeacentenera”. Del Egido pudo venir a Aldeacentenera la talla de la Virgen románica que se custodia en la iglesia.

(35) GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “Por la geografía cacereña. Visión de Aldeacentenera”, en Revista de Estudios Extremeños, XXXIV, II (Badajoz, 1978), p. 275.

(36) PULIDO, Fernando J.: Andar por El Monfragüe. Libros Penthalon. Madrid, 1991, p. 80.

(37) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Historia de una comarca altoextremeña: El Valle del Jerte. Institucion Cultural «El Brocense». Excma. Diputacion Provincial. Cáceres, 1985, p. 272.

(38) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Historia de una comarca altoextremeña: El Valle del Jerte, pp. 20 y 269.

(39) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura.Editora Regional de Extremadura. Gráficas Romero. Jaraíz, 1998, p. 260. En la respuesta al interrogatorio que hiciera en 1791 la Real Audiencia de Extremadura se lee lo siguiente: “Se dice bulgarmente aber abido en este término un despoblado con el nombre de San Martín de Ojalbo, del que no tenemos escriptos, ni se sabe con certeza por dicha razón si a este pueblo los antiguos le darían el mismo nombre”. Interro, partido de Plasencia, p. 855.

(40) Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Coria. Asamblea de Extremadura. Mérida, 1994, p. 212.

(41) Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Plasencia, p. 614: “… se dice que se le llevó una crecida del Río Xerte”.

(42) FLORES DEL MANZANO, Fernando: Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura, pp. 259–260.

(43) GARCÍA MOGOLLÓN, Florencio: Imaginería Medieval Extremeña. Esculturas de la Virgen María en la Provincia de Cáceres. Editorial Extremadura. Cáceres, 1987, p. 24. El hecho de la existencia de este despoblado, tal vez por intereses manifiestos, fue negado en su momento por los responsable políticos de Navaconcejo, que en su momento declaran: “No hay despoblado alguno ni hay memoria de haberle habido, pues aunque ha querido suponerse uno nominado Peñahorcada, éste resulta haber sido una hermita de campo con el título de Nuestra Señora de Peñahorcada, cuya imagen y alajas se hallan hoy en la iglesia parroquial de esta villa”. Interrogatorio de la Real Audiencia… Partido de Plasencia, p. 528.

(44) SIMÓN ARIAS–CAMISÓN, Mario: Historia lírica y amorosa de Santa Cruz de Paniagua y de su culto y santuarios de Dios Padre, p. 51. PAULE RUBIO, Ángel: Villanueva en un presente histórico. Caja Duero. Salamanca, 2003, p. 113.