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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2010 en la Revista de Folklore número 343.

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Durante la Cuaresma tenían lugar, en casi toda España, los “calvarios” o Vía Crucis, ejercicios piadosos divididos en catorce estaciones, cantadas o rezadas, que se iban recorriendo dentro del templo o, si el tiempo no lo impedía, a lo largo del camino jalonado de cruces de piedra que separaba la iglesia del cementerio, ermita o humilladero cercanos a la localidad.

La tercera semana de Cuaresma se comenzaba a “cumplir con la Iglesia”, yendo todos los feligreses a confesar y, sobre todo los mozos y mozas, a ser examinados de sus conocimientos de “doctrina” por el cura párroco. El Domingo de Ramos se bendecían las palmas o ramos (de olivo, de encina, de tejo, etc.) que después repartía el mayordomo de alguna cofradía entre la gente para que, colocados a la puerta de las casas, protegieran así a sus moradores de todo mal; en algún caso se utilizarían también, ya hechos cenizas, para la ceremonia de imposición de la ceniza el miércoles citado. El Domingo de Ramos se hacía procesión por la iglesia o por el camposanto anejo (antes de que los cementerios fueran llevados por medida higiénica lejos de las poblaciones) y se solía estrenar alguna prenda de vestir.

El miércoles por la tarde o el jueves empezaban los oficios a los que se convocaba con el toque de la matraca de la torre parroquial (si la había) o con el sonido estridente de las carracas y “carracones” que los monaguillos hacían oir por las calles. La costumbre de las Tinieblas se mantuvo hasta que los muchos y persistentes abusos acabaron con la paciencia de los párrocos: los niños más traviesos se entretenían en clavar al suelo con puntas, aprovechando la confusión y la oscuridad reinantes, el mantón de las señoras mayores que estaban arrodilladas para burlarse luego de ellas cuando pretendiesen, vanamente, levantarse.

El Jueves Santo solía entregar el cura al alcalde la llave del sagrario y realizar, como ejercicio de humildad, el lavatorio de pies a los pobres, a los ancianos o a los hermanos de la Cofradía del Santísimo. El Viernes Santo, se llevaba a cabo la función del Descendimiento, costumbre que ha llegado hasta nuestros días en unas pocas localidades, y que se realizaba con una imagen articulada de Cristo, la cual se iba desclavando cuidadosa y devotamente de la Cruz para colocarla en una urna que hacía las veces de sepulcro; todo el proceso estaba acompañado de oraciones, sermones y el rezo del santo Rosario.

El Sábado de Gloria o, posteriormente, el domingo de Resurrección –y después de la procesión del Encuentro, celebrada con fervor en muchas localidades–, tenía lugar en algún pueblo la función del Judas, en la cual se formaba un “pelele” con trapos, que era quemado o destrozado a tiros tras de lo cual se arrojaban contra el suelo los pucheros y las ollas viejas que se habían recolectado antes entre los vecinos; a la costumbre de acudir la gente a presenciar largas representaciones de la Pasión, de alguna de las cuales pudo desgajarse el episodio del ahorcamiento de Judas, habría que añadir lo oportuno de quemar un monigote que lo representara (a veces se le echaba en la misma hoguera en que ardían los ramos del año anterior).