Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

EL BANDOLERISMO EN LA PROVINCIA DE MADRID (S. XVIII–XIX)

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2010 en la Revista de Folklore número 343.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 343 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


Alejandro Peris Barrio

Entre las causas que dieron lugar a la importancia que el bandolerismo tuvo en España, especialmente en los siglos XVIII y XIX, destacaron las necesidades económicas, la falta de autoridad, la existencia de zonas despobladas y de lugares adecuados para servir de refugio a los malhechores, etc.

En los caminos reales que salían de Madrid se cometían frecuentemente robos a los viajeros que transitaban por ellos, principalmente a los trajinantes que volvían a sus pueblos después de haber vendido sus mercancías en la capital, el gran mercado al que acudían los comerciantes de todos los lugares de España.

Varias dehesas y otros puntos de abundante vegetación servían en la provincia de Madrid de guarida a los ladrones. Los canchales y gargantas de la Pedriza, en la sierra de Guadarrama, fueron magníficos lugares para ocultarse temporalmente tras cometer sus fechorías y para guardar los botines obtenidos. Algunos topónimos nos recuerdan dónde estuvieron esos refugios: Cancho de los Muertos, Mata de los Ladrones, Peñas de los Ladrones, etc.

Madoz, a mediados del siglo XIX, escribió en su conocido Diccionario Geográfico, histórico y estadístico de España, tomo X, p. 550, que el puerto del Paular era peligroso “por lo fragoso del terreno y por el abrigo que en sus espesuras hallan los malhechores”.

El camino real de Burgos estuvo lleno de ladrones que se refugiaban principalmente en la dehesa de Valgallego, en el camino de Torrelaguna a La Cabrera.

Especialmente peligroso por los continuos robos que se realizaban fue el puente de Viveros, muy utilizado por los viajeros que se dirigían a Alcalá de Henares y Guadalajara. Al crear Fernando VI en las proximidades el Real Sitio de San Fernando, el tránsito por este puente se incrementó.

En los alrededores de la venta del Espíritu Santo, también situada en el camino de Madrid a Alcalá de Henares, junto al arroyo Abroñigal, se cometían en el siglo XVIII “insultos, robos y otras maldades”.Ese establecimiento, que dio nombre al actual barrio de Ventas, empezó a funcionar en 1630 pero en 1750 el municipio madrileño acordó cerrar todas las ventas próximas a la corte, porque en ellas se producían desórdenes y muertes debidos casi siempre al juego que se consideraba “causa principal de las quimeras”.

En 1772 un vecino de Madrid pidió y obtuvo licencia real para edificar allí un mesón o parador.

Durante los años que la venta del Espíritu Santo estuvo cerrada, esa zona quedó solitaria y el edificio, en ruinas, sirvió de guarida a gentes de mal vivir que atracaban sin piedad a los viajeros que pasaban por los alrededores.

Había además en la venta un pozo que se consideraba “apto para que si se hiciese alguna muerte en aquel paraje, ocultar el cadáver” (1).

Con el funcionamiento de un nuevo mesón se esperaba “ahuyentar a los malhechores, vagos y malévolos”, pero no se consiguió totalmente.

En los alrededores del puente de San Juan en una zona boscosa próxima a San Martín de Valdeiglesias, se cometían en la primera mitad del siglo XVIII muchos robos.

No muy lejos de ese lugar, en Villa del Prado y pueblos de alrededor, José del Pozo, alias “Chigorro”, al mando de ocho hombres saqueaba a los vecinos hasta que fue apresado y conducido el 1 de diciembre de 1796 al presidio de Ceuta, donde permaneció cuatro años (2).

En la misma época en los términos de Chinchón y Colmenar de Oreja se producían muchos atracos. Cerca de allí, en Perales de Tajuña, siete ladrones robaron en la noche del 7 de enero de 1783 a José Hidalgo, criado de D. Miguel González Barrero, proveedor de pescado de la Casa Real, de 5 a 6 arrobas de esa mercancía que llevaba a palacio, después de golpearle y producirle diversas heridas (3).

Los pueblos situados en lo que era el camino de Castilla sufrieron también el grave problema del bandolerismo. Manuel de Cárdenas, zapatero de 27 años, y Francisco Alonso, jornalero de 26, ambos vecinos de El Escorial, cometieron en esa zona muchos robos. En una ocasión golpearon y quitaron 400 reales a dos panaderos que habían estado vendiendo su mercancía en esa población. Uno de ellos murió a consecuencia de los golpes y su compañero pudo escapar y esconderse entre unas matas.

Una vez apresados, Manuel de Cárdenas fue condenado a la pena de horca que se ejecutó el 27 de noviembre de 1797 “a la hora y en la forma acostumbrada”. Francisco Alonso fue sentenciado a diez años de galeras. La mujer de Cárdenas, Manuela, fue absuelta a pesar de que en una ocasión había conseguido facilitar a su esposo una lima con la que pudo serrar los grillos y escapar de la cárcel de El Escorial (4).

También en esos años finales del siglo XVIII los peligrosos bandoleros Manuel Antonio Rodríguez, conocido como “el Rey de los Hombres”, Juan de Nieva, alias “Cabeza Gorda”, Miguel Rubira, Domingo Pacín, Fernando Rodríguez, Jaime Torremocha y Tomás Candamo, tenían atemorizados a muchos vecinos de poblaciones madrileñas con sus fechorías. Sólo en los alrededores de la capital cometieron más de 100 robos a unas 500 personas. Realizaron además muertes, violaciones, maltrato a sus víctimas, fugas de la cárcel, etc. El 18 de marzo de 1792 tres de ellos se enfrentaron a las justicias de Navacerrada y Cercedilla y a más de 400 vecinos y algunos soldados.

En 1799 fueron detenidos, juzgados y condenados Manuel Antonio Rodríguez, Juan de Nieva, Miguel Rubira, Domingo Pacín y Fernando Rodríguez a muerte de horca “con la qualidad de arrastrados y esquartizados que sus cuartos se pongan en caminos públicos y acostumbrados…”.

Los restos de Manuel Antonio Rodríguez se colocaron en palos “para que pudieran ser vistos de todos los transeúntes”,según la costumbre, en el camino de Alcobendas, donde él había cometido muchos desmanes. Los de sus compañeros se expusieron en los de Alcorcón, Venta del Espíritu Santo, Prado Longo y Vallecas, respectivamente.

Se supo poco después que el rey Carlos IV iba a pasar por el camino de Alcobendas y para que no viera un espectáculo tan desagradable, se mandó enterrar los restos del “Rey de los Hombres”.

A Jaime Torremocha se le condenó a que presenciara la ejecución de sus amigos en la horca y a 10 años de presidio en África. Tomás Candamo “en atención a su avanzada edad” tuvo que cumplir también 4 años de prisión en Ceuta (5).

La guerra de la Independencia influyó en el aumento del bandolerismo que se produjo en España a principios del siglo XIX. Hubo partidas de guerrilleros que además de luchar contra los franceses, se dedicaron a robar y extorsionar a los vecinos de las poblaciones que recorrían. Un guerrillero de tanto prestigio como fue Juan Palarea “el Médico”, por ejemplo, que recibió suministros y dinero de las autoridades del pueblo madrileño de Villa del Prado por valor de 216.736 reales, se apoderó también a principios de 1812 de unas valiosas lámparas de plata que adornaban la ermita de la Virgen de la Poveda de ese lugar. Aunque él aseguró en un escrito, que se conserva, que lo había hecho con el fin de evitar que se las llevaran los franceses, lo cierto es que nunca devolvió las lámparas (6).

Una vez terminada la lucha contra los franceses, muchos de los guerrilleros que no fueron incorporados al ejército regular, decidieron hacerse salteadores de caminos pasando de ser patriotas a delincuentes. Algunos de los integrantes de la célebre partida de los Siete Niños de Écija habían sido primeramente guerrilleros. Entre los hombres de José María “el Tempranillo” hubo algunos que habían participado valientemente peleando contra los franceses.

Por lo tanto la actividad de los guerrilleros se confundía frecuentemente con la de los bandidos. Pérez Galdós escribió que “sólo un gramo más de moral” servía para distinguir a unos de otros.

Recién terminada la guerra de la Independencia comenzó su actividad como bandolero Antonio Sánchez, “Chorra al aire”, nacido en Torrejón de Ardoz en 1792, que había sido antes guerrillero en la partida que mandaba el alcarreño D. Vicente Sardina.

Durante unos años tuvo afligidos a los vecinos de los pueblos de San Agustín de Guadalix, El Molar, Pedrezuela, El Vellón, Venturada, Cabanillas de la Sierra, Redueña, Torrelaguna, Talamanca del Jarama, Colmenar Viejo, etc.

Era Antonio Sánchez de regular estatura y robusto y solía actuar solo o acompañado de pocos hombres. Intentaron apresarle en muchas ocasiones los vecinos de esas poblaciones unidos por orden de la Sala de Alcaldes, sin conseguirlo. Supieron una vez que estaba saqueando la ermita de Santa Ana de Pedrezuela y salieron para ese lugar más de 30 hombres armados, pero huyó. Otra vez se enteraron que Antonio Sánchez estaba durmiendo en un barranco del término de El Molar pero cuando llegaron allí bastantes vecinos y algunos soldados, el bandolero ya se escapaba a caballo.

El 9 de junio de 1816 robó él solo a varias personas en los Reales Bosques de El Escorial. Unos días después, el 2 de julio, fue capturado en Quijorna por el alcalde, Manuel Cristóbal, el regidor, Manuel Romero, y dos vecinos de la villa, Rafael Redondo y Manuel Ontiveros, y encerrado en la cárcel. Como ésta carecía de seguridad para tener en ella a un bandolero tan peligroso, pidió el alcalde a un comandante que estaba en Villanueva del Pardillo que enviara soldados para la conducción del preso a la Real Cárcel de la Corte.

A pesar del valor que demostraron el alcalde y los vecinos de Quijorna al enfrentarse a tan temido bandolero, la Sala de Alcaldes reprendió a aquél por no haber comunicado a ese organismo la detención de Antonio Sánchez (7).

Tantos fueron los atracos sufridos a principios del siglo XIX por los vecinos de Galapagar, Torrelodones y los de otros pueblos de los alrededores, que el cura párroco de aquella villa, D. Antonio Rufino Muñoz de la Torre, recurrió el 4 de marzo de 1817 al consejo de Castilla pidiendo que se pusiese remedio a aquella grave situación (8):

Esta se dirige señor a dar parte a V. E. de los continuos y diarios robos que desde esa corte a este mi curato de Galapagar y mi anexo Torrelodones acontecen, con especialidad desde Las Rozas hasta un término de una legua llamado el Caño de Moros y en otro sitio llamado Gallineras, donde refugiados los salteadores por la estrechez del camino real y guarecidos de las peñas y maleza que a la izquierda del camino les franquea asilo, no hay día que no cometan sus atroces atentados con toda clase de transeúntes y pasajeros. ¡Qué dolor!, resentida mi alma de ver llegar a esta villa de Galapagar continuamente pasajeros robados, despojados de sus haberes, sin ropas, dineros, ni caballerías; unos heridos, otros tiroteados que pudieron salvar su vida por casualidad y llenos de ignominia; no puede menos de ponerlo a la alta penetración de V. E. para que tomando las medidas más adecuadas, se remedie tanto mal como acontece.

El mismo día que envió este escrito el cura párroco robaron a cinco personas, entre ellas al herrero del pueblo y al alcalde cesante de Navalquejigo.

Unos días después, el 30 de ese mismo mes y año, la Capitanía General de Castilla la Nueva redactaba un escrito firmado por D. Francisco de Eguía, estableciendo unas medidas extraordinarias para luchar contra los malhechores (9):

El crecido número de ladrones y malhechores que por desgracia inundan la provincia de mi mando, me obligan a tomar medidas extraordinarias y capaces de contener los excesos que diariamente se cometen por esta clase de gentes.

Por el artículo VII de ese documento se permitía a los arrieros y carreteros usar un arma para su seguridad “por lo que de ningún modo serían detenidos ni incomodados…”.

Para velar por la seguridad en los caminos se crearon partidas que estaban relacionadas entre sí, en los pueblos donde con mayor frecuencia se cometían robos: Navalcarnero, Valdemoro, Vallecas, Alcobendas, Torrejón de Ardoz, Galapagar, Torrelodones, Guadarrama, Colmenar Viejo y Valdemorillo.

El indulto concedido por Fernando VII en 1828 permitió salir de las cárceles a muchos ladrones, aumentando por lo tanto el número de robos en toda España.

El 11 de noviembre de 1829 diez hombres armados robaron a bastantes personas en la Dehesa Parda de Guadalix de la Sierra y lugares próximos. Unos años después ese sitio seguía siendo un refugio importante para los bandoleros (10):

Además posee un territorio llamado la Dehesa Parda que convendría mucho a la felicidad de aquellos vecinos repartir en suertes en beneficio de los propios. La mayor parte está poblada de grandes espinos, entre los cuales se están ocultando los ladrones que roban a los pasajeros que transitan por el camino real de Burgos, lo que en aquel caso no podría suceder.

Durante las guerras carlistas, especialmente en la primera (1833–1839), los seguidores del llamado Carlos V utilizaron también la lucha de guerrillas para enfrentarse con los partidarios de Isabel II. Muchos de esos facciosos carlistas fueron verdaderos bandoleros que, refugiados en lugares apropiados, se dedicaron más que a luchar contra los liberales, a saquear las poblaciones próximas a sus refugios.

En los montes de Alamín, al norte de la provincia de Toledo y cercanos a la de Madrid, por ejemplo, la facción de Lago se dedicó a saquear a los vecinos de los pueblos de las proximidades incendiándoles sus casas y realizando otros desmanes. Las autoridades de varias de esas poblaciones tuvieron que defenderse poniendo vigías en las torres de las iglesias y tapiando las entradas a sus lugares.

En esos años el camino de Madrid a Carabanchel se evitaba utilizarlo por las noches por la gran cantidad de bandoleros que en él existían.

En los años 30 del siglo XIX surgieron en Madrid varios bandoleros pertenecientes a familias de buen nivel económico. Ellos optaron, sin tener necesidades, por vivir en el mundo de la delincuencia con sus sobresaltos, persecuciones, cárceles, etc.

Entre ellos estuvieron Luis Candelas, Francisco Villena, Pablo Santos, Mariano Balseiro, Ramón y Antonio Cusó, etc. Destacaron principalmente los tres primeros.

Luis Candelas “el bandido de Madrid” nació en 1806 en la calle del Calvario del barrio de Lavapiés. Hijo de un hábil ebanista, pudo realizar estudios y llegó a ser funcionario de Contribuciones pero prefirió otra vida más desordenada.

Sus primeros actos delictivos fueron asaltos a viajeros a las afueras de Madrid. Posteriormente realizó otros hechos que le hicieron tristemente célebre y que fueron muy comentados en el Madrid de aquella época. Solía emplear disfraces y nombres falsos y frecuentar los lugares más elegantes de la capital.

En una ocasión robó 8.000 duros en una espartería de la calle de Segovia. Otra vez fueron 40.000 a un sacerdote que vivía en la de Preciados número 57. Llegó también a robar a la modista de la reina que residía en la calle del Carmen número 32 una importante cantidad de dinero en metálico y vestidos, sedas, etc. (11).

Al magistrado oidor de la Real Audiencia, D. Pedro Alcántara le robó el reloj de plata que llevaba en el bolsillo, y luego consiguió con engaño y habilidad que la esposa de aquél le entregara otro de oro. Al mismo oidor le robó Luis Candelas en su casa fingiendo ser un vendedor de pájaros, lo que le permitió que le dejaran entrar a ella.

El robo más curioso sin duda fue el que realizó Luis Candelas en una tienda de ornamentos religiosos de la calle Postas, también de Madrid. Para eso vistió de obispo a un pobre hombre al que ordenó que permaneciera callado y él se hizo pasar por su secretario. Entraron en el establecimiento y el “obispo” se sentó en una silla y se quedó adormilado mientras Luis Candelas y sus ayudantes iban cargando en el carruaje en que habían llegado, muchos objetos de valor. Finalmente se fueron a toda prisa dejando allí al “obispo” que cuando fue despertado por el dueño de la tienda explicó lo que había pasado.

Fue detenido Luis Candelas en una ocasión y encerrado en la cárcel del Saladero, que estaba en la plaza de Santa Bárbara de la capital, para que permaneciera en ella cuatro años pero se fugó a los pocos días de estar allí.

También escapó de una cuerda de presidiarios que iban camino de África, abriendo el candado que llevaba puesto con la hebilla de su cinturón.

Fue detenido otra vez el 18 de julio de 1837 y luego juzgado y condenado a la pena de muerte que se ejecutó el 6 de noviembre siguiente, sin que la reina gobernadora María Cristina le concediera el indulto que el bandolero le había pedido alegando que nunca había cometido delitos de sangre.

Francisco Villena, hijo de un sastre de la calle madrileña de Huerta del Bayo, fue amigo y cómplice de Luis Candelas desde pequeño y perteneció también a la banda de Mariano Balseiro, con quien se fugó en una ocasión de la cárcel del Saladero donde ambos estaban presos.

El delito más comentado de cuantos cometió Paco “el Sastre”, como se le llamaba, fue el hacerse pasar por cochero del marqués de Gaviria, intendente del Palacio Real, apoderarse de sus dos hijos en el Colegio de las Escuelas Pías de San Antón de la calle Hortaleza de Madrid, donde estudiaban, y llevarlos al Canto del Tolmo, en la Pedriza, para pedir 3.000 onzas de oro de rescate. Allí fueron rodeados él y sus cómplices por un grupo de soldados del Regimiento de la Reina Gobernadora, pero “el Sastre” pudo huir.

Poco tiempo después fue detenido en la plazuela del Rastro de Madrid, condenado a muerte y ejecutado en 1840 en un patíbulo que se levantó en la Puerta de Toledo.

A Pablo Santos se le llamó “el bandido de la Pedriza” porque tenía su refugio en ese lugar, cerca del Cancho Centeno.

Según la leyenda, bajo un árbol centenario empotrado en una mole granítica, “el alcornoque del bandolero”escondía los botines que obtenía de los robos.

En una ocasión robó el coche de postas que hacía el recorrido entre Madrid y Bayona. Otra vez secuestró al hijo de una vecina rica de El Boalo, Braulia del Valle, que tuvo que pagar una importante cantidad de dinero para salvarle la vida.

Fue Pablo Santos muerto a tiros por uno de los de su banda, Isidro el de Torrelodones, tras una discusión por el reparto de un botín (12).

Con la creación del Cuerpo de la Guardia Civil en 1844 con el fin principal de perseguir a los malhechores, el bandolerismo disminuyó en la provincia de Madrid. Tres meses después de su fundación detenían a unos bandoleros que estaban robando a bastantes arrieros cerca del puente de Navalcarnero. Unos días más tarde hacían lo mismo en Arroyomolinos.

Los guardias del puesto de Canillejas se encargaron de eliminar el bandolerismo del puente de Viveros.

El 25 de octubre de 1852 los guardias civiles de Navacerrada y de Guadarrama consiguieron recuperar los 2.808 reales que un bandido había robado a un arriero (13).

Sin embargo a finales de siglo seguían existiendo a las afueras de Madrid puntos peligrosos para los viajeros que circulaban por ellos. En el actual Paseo del Molino, que entonces terminaba en el arroyo Abroñigal, sólo entre 1890 y 1900 fueron asaltadas allí más de 3.400 personas, heridas unas 1.300 y muertas más de 950 (14).

El último bandolero del Guadarrama fue Fernando Delgado Sanz, “el Tuerto de Pirón”. Nacido en Santo Domingo de Pirón (Segovia) en 1846, se dedicó al robo en las poblaciones de las dos vertientes de esa sierra.

En la provincia de Madrid robaba a los tratantes de las ferias de Pinilla del Valle y Buitrago y a las personas que transitaban por el valle del Lozoya.

En los alrededores de Rascafría cometió “el Tuerto” muchas fechorías. Cuentan en esa población que en el tronco hueco de un olmo centenario que existió allí hasta el año 2000, solía esconderse este bandolero y asaltaba a los caminantes que pasaban por la zona.

Dotado de gran audacia y habilidad logró escapar de la justicia muchas veces. En dos ocasiones logró fugarse de la cárcel de Segovia.

Condenado en 1888 por la Audiencia de Madrid a cadena perpetua, murió en 1914 en una prisión de Valencia (15).

____________

NOTAS

(1) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–302–6.

(2) Archivo Histórico Nacional. Consejos. Libro 1.387, folio 1.145.

(3) Archivo Histórico Nacional. Libro 1.371, folios 115–6.

(4) Archivo Histórico Nacional. Libro1.387, folios 599–609.

(5) Archivo Histórico Nacional. Libro 1.389, folios 1.040–-74.

(6) Archivo Parroquial de Villa del Prado. Libro cuarto de la Poveda.

(7) Archivo Histórico Nacional. Consejos. Libro 1.406, folios 1.066–1.085.

(8) Archivo Histórico Nacional. Consejos. Legajo 51.550, Exp. 9.

(9) Archivo Histórico Nacional. Consejos. Legajo 51.550, Exp. 25.

(10) REGÁS, Antonio: Estadística de la provincia de Madrid, Madrid, 1835, p. 33.

(11) MENA, José María de: Leyendas y misterios de Madrid, Madrid, 1989, pp. 204–220.

(12) VÍAS, Julio: Memorias del Guadarrama, Madrid, 2001, p. 71.

(13) DÍAS VALDERRAMA, J.: Historia, servicios notables, socorros, comentarios de la cartilla y reflexiones sobre el Cuerpo de la Guardia Civil, Madrid, 1858, p. 289.

(14) BRAVO MORATA, F.: Los nombres de las calles de Madrid, Murcia, 1984, p. 372.

(15) VÍAS, Julio: Op. Cit., p. 74.