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Religiosidad popular en León

RUA ALLER, Francisco Javier / CASADO LOBATO, Concha

Publicado en el año 2010 en la Revista de Folklore número 347.

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La religiosidad popular es la forma en que cada pueblo expresa su fe, de acuerdo con sus maneras de existir y entender la vida. El Papa Pablo VI (Evangelii Muntiandi, 48) la llamó piedad del pueblo sencillo, una realidad tan rica como amenazada por entonces y que hoy día, sin embargo, encuentra ánimo y comprensión en las pastorales de los obispos y justificación en palabras como las pronunciadas por el Papa Benedicto XVI, quien señala que “cuando los valores evangélicos se expresan con manifestaciones de religiosidad popular, ello es indicio de que el Evangelio ha llegado a lo más profundo de la cultura de un pueblo”. En síntesis, la religiosidad popular es una realidad sumamente compleja que corresponde a una cultura, a una tradición y a una evolución muy determinadas.

Las formas clásicas de esta religiosidad son las diferentes manifestaciones de devoción vinculadas a los santuarios, las fiestas patronales, las procesiones, las diversas formas de culto a los santos locales, los votos, las variadas expresiones de culto mariano y de folklore religioso, que a menudo suponen reviviscencias de cultos paganos disfrazados de ingredientes cristianos. En el libro “La religiosidad popular en tierras de León”, editado recientemente por la Fundación Hullera Vasco–Leonesa se recogen todos estos aspectos, tratados en dos ciclos de conferencias (años 2007 y 2008) que corresponden a los ciclos IX y X de la serie Descubre tu Patrimonio, desarrollada por la mencionada Fundación. A continuación se comentan los capítulos/conferencias correspondientes a este apartado del folklore leonés.

ERMITAS, SANTUARIOS Y ROMERÍAS

Portada del libro “La religiosidad popular en tierras leonesas” editado en 2010 por la Fundación Hullera Vasco–Leonesa, el cual reúne los dos ciclos con las diez conferencias.

Uno de los apartados más atractivos de la religiosidad popular gira en torno a los santuarios y las ermitas, tal y como afirma José Luis Puerto, autor del primer capítulo de este libro: “Santuarios y ermitas, una topografía de lo sagrado”, por cuanto, “tales edificaciones religiosas, en los lugares en que se hallan asentadas, configuran espacios sagrados, esto es, sacralizan el espacio; a la vez que las celebraciones que en ellas tienen lugar a lo largo del año –fiestas, romerías, etc.– marcan asimismo una sacralización del tiempo”.

Los santuarios y ermitas leoneses se sitúan en diferentes lugares: elevaciones, valles, sotos, riberas, cuestas, etc.; siendo un fenómeno destacable de la provincia de León el emplazamiento de estos edificios sagrados en los valles o riberas que marcan los cursos de los ríos. Así, por ejemplo, en la ribera del Bernesga nos encontramos con la colegiata y santuario de Santa María del Puerto de Arbas, la ermita de San Lorenzo en Villasimpliz o el santuario de la Virgen del Buen Suceso y en la ribera del Esla la ermita de San Guillermo en Cistierna; la de la Virgen de la Zarza, en Villamañán; la del Cristo, en Villaquejida y la de la Virgen de la Vega, en Cimanes de la Vega.

Por lo que se refiere al ámbito de las advocaciones que reciben las ermitas leonesas, éste es muy complejo, encontrándose santuarios dedicados a Cristo, la Virgen María y diversos santos y santas. Las advocaciones marianas son heterogéneas y se dispersan en gran número por la geografía leonesa. Algunas están relacionadas con la topografía: advocaciones relacionadas con un lugar habitado (la Virgen de la Aldea en Zotes del Páramo, la Virgen de las Cabañas en Gordaliza del Pino y Nuestra Señora del Villar en Carrizo de la Ribera, entre otras), lugares de tránsito o paso y lugares naturales (la Virgen del Camino en Valverde de la Virgen, la Virgen del Campillo en Banuncias y la Virgen de la Peña en Ermitas de Congosto y Llama de Colle, por mencionar algunas). En relación con la vegetación encontramos, por ejemplo, la Virgen del Cañizal o del Carrizal en Carrizo de la Ribera, la Virgen de la Zarza en Villamañán, la Virgen de la Carballeda en Val de San Lorenzo y quizás, la más conocida, la Virgen de la Encina, patrona de Ponferrada.

Respecto a las ermitas y santuarios dedicados a santos y santas, resultan de interés, aquellos relacionados con santos epidémicos, como San Sebastián, San Roque y los santos Cosme y Damián. De todas ellas, la advocación de San Roque es la más numerosa, con cerca de una treintena de ermitas en suelo leonés dedicadas a su patrocinio. Por su parte San Blas, el abogado de la garganta, tiene ermitas en San Pedro de Valdesabero (Columbrianos) o en el valle del río Boeza en El Bierzo.

Las diferentes ermitas y santuarios cobran especial protagonismo en ese tiempo especial de la celebración festiva dedicada a la advocación de cada una de ellas. Determinadas fiestas están marcadas en el calendario cristiano, dedicadas a Cristo, la Virgen María y los santos y santas que se veneran en santuarios y ermitas. Así algunas de ellas son la fiesta de la Cruz, el 3 de mayo y El Salvador, el 6 de agosto. Las principales fiestas de la Virgen celebradas en León son la fiesta de la Encarnación, el 25 de marzo (ermita de la Virgen del Castro en Castrotierra de la Valduerna), el lunes de Pascua de Pentecostés (Virgen de Yecla, en Villaverde de Arcayos, la Virgen de la Velilla en la Mata de Monteagudo), la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, el 15 de agosto, fiesta patronal en muchas localidades (Virgen de Boinas en Robles de la Valcueva, Virgen de Carrasconte en Piedrafita de Babia, etc.), la fiesta de la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre (Virgen del Buen Suceso en Huergas de Gordón, Virgen de Camposagrado en Benllera, Virgen de la Encina en Ponferrada, etc.) y la fiesta de la Virgen de la Merced, el 24 de septiembre (Virgen de las Mercedes en Villarejo y Virgen de la Merced en Palacio de Valdellorma).

El centro de todas estas celebraciones es la romería, un tema abordado por Antonio Viñayo en otro capítulo de este libro: “Romerías y rogativas en las tierras de León”. De acuerdo con el abad emérito de la Colegiata de San Isidoro (León), estas romerías “muestran pautas comunes y tradicionales en su desarrollo, en parte dictadas por la liturgia eclesial, con elementos introducidos por la religiosidad popular, varios de ellos heredados de costumbres anteriores a la venida de Cristo. También aditamentos añadidos a la fiesta que no tienen nada que ver con la religión, como las ferias de ganados, el mercado de toda clase de mercaderías, las rifas, las subastas, los concursos, etc. Suelen estar organizadas por la cofradía del titular o por el regente del santuario. Puede suceder que haya desaparecido el templo y siga celebrándose la romería en el solar, con o sin fiesta religiosa”.

No falta tampoco la presencia del ramo en estas romerías, ofrecido siempre por algún devoto por el favor concedido por la Virgen, el Cristo o los santos. El ramo es tanto el objeto material, con su soporte de madera y su despliegue rectangular o triangular apaisado y vistosamente decorado, como el cantar que recoge el agradecimiento por los favores recibidos y la petición de nuevas gracias ante las nuevas necesidades.

El ramo es una muestra más del elemento clave de la religiosidad popular que se desarrolla en torno a los santuarios y ermitas, como es la búsqueda de protección, por cuanto esta religiosidad se caracteriza por su gran pragmatismo y solicita de las imágenes veneradas diversos favores: la curación de sus dolencias, la llegada de una meteorología propicia, la fertilidad de la tierra y la fecundidad de personas y ganados. Podríamos decir que estas peticiones materiales predominan sobre el espiritual del auxilio por la salvación del alma. Así, una práctica muy utilizada era la realización de rogativas, cuando sobrevenía una desgracia que hacía que se malograran las cosechas y peligraran las vidas de personas y ganados, como las sequías, pedrisco, granizo, plagas, pestes, etc. Un ejemplo de este tipo lo encontramos en el santuario de la Virgen del Camino, en el término de Valverde de la Virgen, cercano a la capital leonesa, y que ya mencionaba el Diccionario de Madoz: “... cuando hay escasez de agua o aflige la peste, es puesta a votación del ayuntamiento de León, a instancia de las hermandades de la Valdoncina y de la Sobarriba, la traslación de la imagen a la ciudad, donde permanece nueve días en el trascoro de la catedral, es llevada en procesión con la mayor pompa y solemnidad”.

Las rogativas, por tanto, a diferencia de las romerías, tenían un cariz diferente al de una fiesta, y recogían la manifestación de petición, penitencia y acción de gracias. Podían ser fijas, unidas a una determinada fecha del año, y ocasionales. Las primeras estaban instituidas a perpetuidad por la corporación y se desarrollaban generalmente en primavera, impetrando la lluvia por los campos o como voto permanente en agradecimiento de algún beneficio extraordinario alcanzado en el pasado. Es el caso por ejemplo de Las Cabezadas, en honor de San Isidoro, cuyos orígenes se remontan al siglo XII y que aún se sigue celebrando en la Real Colegiata de San Isidoro, el último domingo de abril, con desplazamiento de los miembros del Ayuntamiento de León al templo de San Isidoro para cumplir con el voto del cirio de arroba en promesa/agradecimiento por la intervención del santo en una sequía que padeció la ciudad en el mencionado siglo XII. Otra rogativa que se sigue manteniendo y alcanza una gran vistosidad es la de Camposagrado. Las rogativas ocasionales las organizaba bien la autoridad bien la colectividad para suplicar el cese de algún infortunio, como sequía, lluvias torrenciales, inundaciones, pestes, guerras, etc. o como acción de gracias por la feliz liberación de dichas calamidades.

Enumeremos, para finalizar este capítulo, algunas de las romerías más afamadas que tienen lugar en la provincia leonesa. Una de las más célebres y vistosas tiene como centro el Santuario de Nuestra Señora de Castrotierra a donde se desplaza la comitiva de pueblos, encabezados por sus pendones, de las vegas del Tuerto, Duerna y Órbigo, el 25 de marzo, fecha de su fiesta principal. No obstante, lo más peculiar es el traslado de la Virgen del Castro a la catedral de Astorga en caso de urgente necesidad para los campos. Las crónicas refieren que acompañan a la Virgen más de cien pendones, doscientas insignias y miles de peregrinos, que recorren los diecisiete kilómetros que llevan a Astorga por la llamada Calzada de Nuestra Señora. Alcanzan también una gran notoriedad las romerías a Nuestra Señora del Camino, patrona de la región leonesa, que atraen a peregrinos de toda la provincia y de provincias aledañas, especialmente de Asturias. Estas romerías se celebran el 15 de septiembre (Los Dolores), San Miguel (30 del mismo mes) y sobre todo San Froilán (el 5 de octubre). En la Diócesis de Astorga son famosas también las que se realizan con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Encina (en Ponferrada), el 8 de septiembre y de Nuestra Señora de la Peña, a quien el pueblo de Congosto celebra fiesta principal en la Pascua de Pentecostés.


LA NAVIDAD Y LA SEMANA SANTA

Se manifiesta también la piedad popular en fiestas señeras establecidas en el calendario de la religión oficial, como es la Navidad y la Semana Santa. Los trabajos de José Luis Alonso Ponga “La Navidad leonesa: lectura de una acontecimiento cultural universal en clave regional” y Máximo Cayón Diéguez “Manifestaciones de religiosidad popular en la Semana Santa leonesa”, nos acercan algunas expresiones de esta devoción popular dentro de estos dos temas.

Con respecto a la religiosidad popular navideña en León, ésta estaría constituida, según Alonso Ponga por “... los ramos, las pastoradas y los autos de reyes, mientras que calificamos de profanos a la tradición perdida del «Arado sobre la nieve» y resulta inclasificable quizá la tradición de «Los casorios», que participa de elementos religiosos como el sorteo de santos y santas, junto a otros profanos relacionados con la costumbre de «Los estrechos»”.

El ramo es uno de los elementos que más fuerza está cobrando actualmente, hasta el punto, de que, como recuerda el etnógrafo, se ha llegado a constituir en “el árbol de la navidad leonesa”. Este ramo leonés existía en todas las comarcas, con gran variedad tipológica y acompañaban objeto material los versos peculiares de los ramos que se cantaban el día de Navidad antes de la misa. Las letras varían ligeramente e incluyen un núcleo central que narra la marcha de José y María a Belén, el nacimiento del Niño y la adoración de pastores y reyes. Estas estrofas están unidas a otras satíricas y jocosas referentes a los sucesos ocurridos en la comunidad durante el año. Las pastoradas, por su parte, son los autos más significativos de las navidades leonesas, de los cuales, Alonso Ponga, sobre todo, ha estudiado el origen y evolución de su estructura literaria, la extensión geográfica y las recuperaciones y revalorizaciones periódicas. Es un auto de religiosidad popular, relacionado con la Misa del Gallo, pero con escenas profanas y dictados satíricos.

Mientras que el ramo y las pastoradas se mantienen en la actualidad, no ha ocurrido lo mismo con otras tradiciones como “El arado sobre la nieve”, que era una mojiganga que se practicaba en pueblos de la Maragatería Alta a primeros de año y donde participaban varias personas disfrazadas, de pastores, agricultores y parejas elegantes o con harapos, que arrojaban ceniza y araban sobre la nieve, en una manifestación propiciatoria de buenas cosechas para el año. De las otras tradiciones perdidas nos habla Alonso Ponga de esta manera: “...la de «Los casorios» o casamientos de mentirijillas, participa de los elementos carnavalescos propios del fin de año y está en relación con los estrechos, los sorteos jocosos de personas que se emparejaban simbólicamente con otras de sexo contrario e incluso con animales, edificios, etc., en Navidad. La tradición funcionaba como aglutinante del pueblo superando la división típica en grupos de edad. El «concejo de San Silvestre» era la reunión que servía para organizar el año venidero. Este día se declaraba festivo y se prohibía trabajar en tareas particulares, no en las comunales”.

Por lo que se refiere a la religiosidad popular en la Semana Santa leonesa, Máximo Cayón ofrece un itinerario de actos que se celebran durante la Semana de Pasión, preferentemente en la capital leonesa, desde el Viernes de Dolores con la procesión de la Morenica del Mercado hasta el Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección, donde tiene lugar el encuentro de la Virgen Dolorosa con Jesús Resucitado. Según manifiesta Cayón, “la Semana Santa de León comienza así que el Viernes de Dolores atardece, al término de la solemne y concurridísima novena que tiene lugar en la iglesia de Nuestra Señora del Mercado, la Antigua del Camino”. Con anterioridad, el Domingo de Pasión, se lleva a cabo la tradición secular de la exposición y adoración de las Reliquias de la Pasión, dos espinas de la corona de Nuestro Señor, que se conservan en dicho templo de la ciudad. Del Jueves Santo destaca una escena ya perdida, como era la comida que ofrecía el Obispo de León a doce indigentes, elegidos entre las personas más necesitadas de la diócesis, a los que luego el prelado realizaba el Lavatorio personalmente en la Catedral, en representación del acto que Jesús llevó a cabo con los doce apóstoles. Otra página destacada de la Semana Santa capitalina son los actos del Viernes Santo, con la Procesión de los Pasos, organizada por la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, que incluye el Sermón y el Encuentro celebrados en la Plaza Mayor de León.

Fuera de la capital, destacan la representación de la Pasión viviente, con raíces muy sólidas, por ejemplo en Jiménez de Jamuz, Villares de Órbigo y otras localidades leonesas; así como la ceremonia de las Tres Caídas de Cristo, representada en Almanza. Una tradición profana que se mantuvo en una zona concreta de la provincia (términos municipales de Sabero, Cistierna, Crémenes y La Ercina) fue la de colgar el Judas o quemar el Judas, que tenía lugar el Sábado Santo y con la que se daban por finalizadas las tradiciones de Semana Santa. Este Judas era un monigote confeccionado con ropas usadas, pajas, hojas, palos, ramas, provisto de botas y con una careta sobre su cabeza. Se colgaba el Sábado Santo por parte de los mozos en un sitio visible de la localidad, después de una cena de camaradería y tras una noche de cantos y libaciones, al día siguiente, por la tarde, se procedía a su incineración, lo que se conocía como quemar el Judas, un ceremonial originario de la Edad Media, o quizá de tiempos más remotos.


ORACIONES TRADICIONALES Y NOVENAS

José Luis Puerto es autor de otro capítulo de este libro, el titulado “Las oraciones tradicionales: entre la devoción y la poesía”, donde recoge un conjunto de rezos que se han mantenido en los distintos pueblos de la provincia leonesa. Las oraciones pueden tener diferentes orígenes, como nos recuerda Puerto, por cuanto pueden ser populares o de procedencia culta y clerical; otros son romances de tipo religioso y otras, las tradicionales, que son de las que trata el capítulo, son de procedencia incierta, creadas por el pueblo y recreadas periódicamente por su rezo continuo. Las oraciones, además, se practicaban en distintos momentos del día: al levantarse (ángelus, por los difuntos, etc.); al salir de casa, al mediodía (ángelus, por los difuntos, etc.); al bendecir la mesa, antes de la comida y de la cena; al oscurecer y al acostarse. También se rezaba para obtener protección en los distintos desplazamientos realizados al cabo del día o para que tuvieran un buen fin las diferentes tareas emprendidas cotidianamente, por ejemplo al meter el pan en el horno. No faltaban las peticiones de determinados favores a los seres divinos (Dios, la Virgen María y los santos) para encontrar los bienes perdidos (dentro de ello cobraba una especial significación el responso a San Antonio), para tener un buen parto, para ligar voluntades, para ahuyentar brujas y demonios, etc. La protección frente a los fenómenos atmosféricos conllevaba el rezo de ciertas oraciones, siendo las más significativas las dirigidas contra la tormenta, a santos como San Bartolomé y sobre todo, a Santa Bárbara.

Un destino importante de las oraciones era la prevención y curación de enfermedades, y así se rezaba para librarse de las mordeduras de los perros y de la rabia; contra el dolor de muelas (a Santa Apolonia); para que desaparecieran verrugas y clavos; para curar la ictericia, contra la erisipela; para curar el herpes, contra el sarpullido, para curar los sabañones, para curar la hernia, así como para remediar las distintas enfermedades del ganado. De esta manera, contra las mordeduras de los perros se rezaba la siguiente oración en Santiago Millas (Maragatería):

Perro, perro,
tente, tente,
que el primer perro
que mordió a la Virgen María
reventó de repente.

Esta otra oración frente al dolor de muelas, se dirigía a Santa Apolonia en Villacidayo (comarca de Rueda):

Santa Polonia / a la puerta estaba,
la Virgen por allí pasaba. / La dice:
– ¿Qué haces, Polonia, / duermes o rezas?
– Ni duermo ni rezo, / de dolor de muelas.
– Ofrécete, hija mía, / al sol reluciente,
al Niño Jesús / que llevo en el vientre.
El que esta oración dijera / tres veces al día
ni diente ni muela / jamás le dolería.

Algunas oraciones tienen el carácter de emblemáticas y son rezadas en distintos momentos y contextos. De ellas existen distintas versiones en la provincia leonesa, como “Bendita sea la luz del día” (oración de alba), “La candela nocturna”, (de gran extensión en la tradición religiosa popular de España, Portugal e Hispanoamérica y que en sus versiones más conocidas comienza con estos versos: Levántate José,/ enciende la vela/ mira a ver quién anda/ por tu cabecera), “Cuatro esquinitas tiene mi cama” (oración infantil al acostarse) y “Dios delante y yo tras él” (oración nocturna). Finalmente, existen las oraciones paródicas, que son aquellas creadas por la inventiva popular, en clave irreverente o humorística. Un ejemplo es esta bendición de la mesa, de Barrillos de Curueño:

San Cosme y San Damián, de Jesucristo hais sido pajes, bendice estos alimentos pa que los coman estos salvajes.

Algunas oraciones de procedencia culta, a las que nos referíamos antes, estaban incluidas dentro de las novenas. Tres son los elementos básicos que caracterizan a las novenas: 1) repetición de los rezos a lo largo de nueve días, 2) son preces en honor de la Virgen, Jesucristo o algún santo y 3) su fin es pedir protección o conceder alguna gracia. De estas novenas trata el trabajo de Pedro Javier Cruz Sánchez,“Literatura popular de devoción. Las novenas en León”, donde se comentan estos textos incluidos, generalmente, en obras de formato reducido y bajo coste. Esta novena impresa aparece a principios del siglo XVIII, pero en León, no será hasta la segunta mitad de este siglo cuando se documenten las primeras novenas y libros de carácter popular piadoso, así en 1796 se edita en la oficina de D. Jerónimo Ortega, la “Novena del Glorioso Santo Toribio Alfonso Morgobejo...”, obra del párroco de Alcobendas D. José Aguado. A lo largo del siglo XIX encontramos varias imprentas en la capital leonesa que editan novenas, así en 1816 imprime Pablo Miñón las novenas de “Nuestra Señora del Carmen que, para mayor comodidad de sus devotos, reimprime a costa de la Cofradía de esta Señora, sita en la Parroquial de San Martín de esta Ciudad de León”. En 1842, la imprenta de Lopetedi editó la “Novena del glorioso mártir San Marcelo natural y patrono de la Ciudad de León”. No obstante, las novenas leonesas son más escasas que las que se conocen de otras provincias españolas, al menos para los siglos XVIII y XIX. La situación cambiará a principios del siglo XX y hasta prácticamente los años setenta de este siglo, en que se registra un incremento del número de imprentas, en León capital y Astorga, principalmente, que editan además libros de carácter religioso.


PROTECCIÓN FRENTE A LAS TORMENTAS

Aflora con fuerza la religiosidad popular, mezclada con cierto grado de superstición en el capítulo de las defensas que fueron utilizando las gentes de las comunidades rurales leonesas frente a las tormentas, algunas de las cuales se han mantenido hasta hoy día. De esta protección trata el capítulo “La religiosidad popular en torno a la tormenta” de Francisco Javier Rúa Aller. Este tipo de medidas defensivas las podemos dividir en dos grandes bloques: preventivas y protectoras.

Entre los remedios y procedimientos de tipo preventivo o profiláctico se encontraban: a) los tañidos de campanas en determinados días del año (generalmente en la noche de Santa Brígida, el 1 de febrero, en muchas localidades leonesas); b) la instalación de cruces en montes, casas o grabadas junto con otras inscripciones en las campanas (las cruces de montes estaban presentes por ejemplo en Manzaneda y Andarraso, localidades omañesas); c) la bendición de las casas durante el Domingo de Ramos y la protección en las viviendas proporcionada por la presencia de imágenes religiosas como el Sagrado Corazón de Jesús y d) el mantenimiento de un determinado número de piedras recogidas durante la Semana Santa y, de manera similar, de las piedras del rayo en viviendas y cuadras (estas piedras del rayo o de la centella eran amuletos de gran poder, que protegían las casas que las albergaban, y en algunos lugares las arrojaban al fuego durante las tormentas, para aumentar su poder).

Entre las medidas protectoras que se ponían en práctica desde que se oían los primeros truenos, se encontraban las siguientes: a) el encendido de la vela del Jueves Santo o de las Candelas; b) la invocación a santos protectores específicos de las tempestades, o bien santos patronos, Cristos o Vírgenes a los que se les tenía especial devoción; c) la confección y/o el empleo de cruces de distinto tipo, algunas dotadas de singular poder, como la de Caravaca; d) el repique de campanas marcando el sonido del tente nube; e) la quema del ramo bendito del Domingo de Ramos, de hojas de laurel o del leño de Navidad y f) los conjuros lanzados por los sacerdotes u otras personas especializadas en exorcizar las nubes, empleando cruces y/o rezando determinadas oraciones.

Entre los santos a los que se pedía protección frente a las tormentas en la provincia leonesa, la más nombrada, sin duda era y sigue siendo Santa Bárbara, patrona de las tempestades en medio mundo. Los rezos a la santa son similares en las distintas comarcas, siendo el más generalizado:

Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita. En el ara de la Cruz, Pater noste(r), amén Jesús.

Y este más particular, lo rezaban algunas gentes de Lucillo (Maragatería):

Santa Bárbara bendita, patrona de las nubes altas; todo el pan de mi merienda para los perros que ladran. Ya la nube se espanta y la tarde se aclara.

De forma más limitada, también se invocaba a San Bartolomé, guardián del diablo, a San Antonio de Padua, a San Antonio Abad (por ejemplo en El Villar de Omaña), a San Mamés o San Amede (en Lucillo y otras localidades maragatas), a Santa Marina (en San Adrián de Valdueza), a la Virgen de la Asunción (en Valdemora y Villabalter), a la Virgen Soterránea (Cogorderos, en la Cepeda) y a determinados Cristos como el Santo Cristo de las Eras (Bercianos del Páramo), el Bendito Cristo de Fontoria (La Cepeda) o al Santo Cristo de Grajalejo de las Matas.

Finalmente, también quedan testimonios en la provincia leonesa de la actuación de desconjuradores (sacerdotes o personas dotadas de poderes especiales) que espantaban las nubes, así por ejemplo en Castrotierra de Valmadrigal (Tierra de Campos), hace muchos años el sacerdote conjuraba la tormenta desde la explanada de la iglesia con una cruz especial, llamada de los conjuros, exclamando a los cielos amenazantes: “Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”.


SANTOS PROTECTORES DE LOS ANIMALES

Los santos especializados en la protección del ganado, dentro de la cultura tradicional leonesa son tratados por Francisco Javier Rúa Aller en el capítulo “Los santos protectores de los animales”, dentro de los cuales, en cuanto a su función específica, San Antonio Abad y San Antonio de Padua son los más demandados, y en mucha menor medida se encontrarían San Roque, San Juan, San Blas, Santa Marina y San Mamés. Junto a estos santos especializados, las súplicas por el cuidado de los animales también podían dirigirse a las Vírgenes, Cristos y otros santos patronos de algún lugar, como ha quedado recogido en los ramos o cánticos dirigidos a estas sagradas imágenes el día de su festividad.

La devoción a San Roque es antigua y como protector de la peste tiene vigencia durante toda la Edad Moderna. En Sueros de Cepeda se sabía que era el abogado de la peste de las personas y por eso se decía: “San Roque, si viene la peste que no te toque”. En esta comarca cepedana, protegían de la peste y de la rabia San Roque y San Vicente y en varias localidades leonesas era costumbre bendecir unos panes el 16 de agosto, festividad de San Roque, que luego se llevaban para las casas, donde lo comían las gentes y también se les daba a los animales para que quedaran protegidos por el santo.

San Antonio Abad es el patrono de los animales por antonomasia y en muchos pueblos leoneses se celebraba su fiesta el 17 de enero, la cual ha ido decayendo por la despoblación del campo y la mecanización del mismo. No obstante aún se mantienen, en ciertas localidades, las misas y procesiones con el santo (por ejemplo en La Bañeza y Navatejera), la bendición de los animales, los refranes o versos dedicados a San Antón (por ejemplo en Las Grañeras), las subastas de cerdos, partes del cerdo o dulces (La Bañeza, Astorga y Algadefe), así como el reparto de panecillos u hogazas (Vega de Infanzones y Castrocalbón). Otras manifestaciones han desaparecido parcialmente como las ofrendas del Ramo o el ofrecimiento de velas el día de su festividad, durante las novenas o ante alguna petición particular por los animales enfermos.

Finalmente, la devoción que se sentía por San Antonio de Padua, el santo milagrero por excelencia, y el interés que de él se demandaba para proteger a los animales se manifiesta en las oraciones que le dirigían, donde destaca sin duda la del responso o responsorio que se rezaba con gran fe cuando se extraviaban los animales por el monte, sobre todo ovejas, cabras, vacas, burros, etc., que podían ser devorados por el lobo. Cuando después de buscarlos no los encontraban, era obligado echar la oración a San Antonio o recurrir a una persona especializada, a la que se creía con un poder especial (mayor devoción al santo y reunir ciertas propiedades adivinatorias) para que la rezara. Según los testimonios de las gentes, esta oración tenía tal fuerza que si era bien echada, esto es, se decía sin equivocarse, el animal tenía que aparecer. Esta oración, junto con la imagen del santo, también se colocaba en las cuadras de algunos pueblos leoneses.

Por no hacer más extenso este artículo, comentemos para finalizar, que este libro sobre religiosidad popular leonesa, editado con gran calidad y gran número de imágenes, contiene también los artículos de Joaquín Díaz, “La religiosidad popular en el romancero y el cancionero” y Jesús Celis, “Los exvotos en la religiosidad popular: El caso de León”. En conjunto, estos diez capítulos ofrecen una visión completa de los distintos aspectos que conforman “La religiosidad popular en tierras de León”.


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