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Los antiguos molinos harineros madrileños

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2010 en la Revista de Folklore número 347.

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Los pueblos madrileños generalmente se autoabastecían en siglos pasados de pan, un alimento imprescindible entonces mucho más que ahora. En cambio la capital estuvo muchas veces desabastecida a pesar de que bastantes poblaciones situadas a cierta distancia de la corte, estuvieron obligadas durante cerca de dos siglos a suministrar el que se llamó “pan de registro”.

En 1630, por ejemplo, todos los pueblos comprendidos dentro de las 20 leguas de distancia de la capital, que entonces eran 504, tuvieron forzosamente que aportar allí el número de fanegas semanales de pan que se les asignó a cada uno, de acuerdo con el número de vecinos y las posibilidades económicas que tenían.


Además entraba diariamente en Madrid el pan que se llamaba “de despensa”, que era el que se fabricaba en algunas poblaciones cercanas destinado a surtir a familias de buen nivel económico, monasterios, etc. También algunos arrieros de esos mismos pueblos vendían pan que se llamaba “de venta” o “de ventureros” de forma ambulante por las calles madrileñas.

A pesar de eso en muchas ocasiones el pan llegó a escasear e incluso faltar en Madrid, como vemos en un documento del Archivo Histórico Nacional (1):


Esta corte en ocasiones padece mucho con la falta de pan, la qual algunos días por accidentes que sobrevienen, se suele estrechar tanto que a no ser el pueblo español tan paciente y tan fiel, se pudiera temer algún movimiento cuydadoso.

En efecto la escasez de pan en Madrid dio lugar a veces a graves desórdenes. El motín del 8 de abril del año 1699 que produjo la caída política del conde de Oropesa, fue debido a una carestía de alimentos, sobre todo de pan. El de Esquilache, en marzo de 1766, fue una protesta por la falta de pan tras las malas cosechas de los dos años anteriores.

Una de las causas de la escasez de pan fue muchas veces la falta de moliendas, a pesar de que las autoridades se preocuparon de que los molinos instalados en ríos y arroyos estuvieran siempre activos.

Nuestra antigua legislación (Fuero Viejo de Castilla, Fuero Real, las Partidas, etc.) y los fueros municipales cuidaron de todo lo referente a los molinos para asegurar su buen funcionamiento.

En los ríos de la provincia de Madrid y en los principales arroyos que desembocan en ellos, hubo antiguamente numerosos molinos harineros. La toponimia nos dice dónde estuvieron situados muchos de ellos. Los nombres de dos pueblos madrileños (Arroyomolinos y Los Molinos) son significativos de la actividad principal a que se dedicaban bastantes de sus vecinos.

En algunos ríos hubo molinos construidos a corta distancia unos de otros. En el Tajuña llegó a haber en el último cuarto del siglo XVI más de cuarenta en el espacio de dos leguas. Esta proximidad fue a menudo la causa de litigios entre sus dueños e incluso entre pueblos vecinos.

Durante la Edad Media los molinos así como las fraguas y los hornos, fueron monopolios señoriales. Sólo los señores podían construirlos en sus dominios y tenían que ser utilizados forzosamente por los vecinos que los habitaban, quienes pagaban a cambio, en el caso de los molinos, la maquila.

Pasada esa época y desaparecidos esos monopolios, los molinos madrileños pasaron a ser propiedad de los concejos, de órdenes religiosas (Monasterio de El Escorial, Compañía de Jesús, San Jerónimo el Real, Monjas de Santo Domingo, Monjas de la Madre de Dios, Convento de Uclés, etc.) o de personas particulares, entre ellas varios individuos de la nobleza (condes de Barajas, de Colmenar, de Montijo, de Chinchón, marqueses de Espinardo, de Estepa, etc.) y de otros como el contador D. Bernardo de Somonte, el regidor de Toledo D. Diego de Rivera, el comendador D. Diego de Zúñiga, D. Fernando Chacón, señor de Casarrubios y Arroyomolinos, D. Lope Zapata, D. Diego Ramírez, D. Francisco Luzón, etc.

En 1575 el conde de Chinchón tenía 3 molinos en un arroyo cercano a Villaviciosa de Odón y D. Fernando Chacón 6 en Arroyomolinos. El conde de Bornos era dueño en 1678 de varios molinos del río Manzanares.

La mayoría de los molinos madrileños eran “de temporada”, es decir que sólo funcionaban unos meses al año, aproximadamente desde los Santos o San Andrés a San Juan. Fuera de esa época los vecinos de muchos pueblos de la provincia tenían que hacer con sus caballerías o sus carros desplazamientos de hasta 6 ó 7 leguas para hacer sus moliendas, principalmente a los molinos del Tajuña, río al que no solía faltarle el agua en todo el año.

A Ambite, Campo Real, Orusco, Perales, Morata, etc. iban a moler en la época de estiaje gentes de pueblos tan distantes como Ajalvir, Cobeña, Vicálvaro, Fuenlabrada, etc. En 1575, según los vecinos de Morata de Tajuña, iban “de otros muy muchos pueblos a moler” (2).

A veces la capacidad de los molinos para moler disminuía porque el agua era aprovechada río arriba para regar. Los vecinos de Cercedilla, Los Molinos, etc. empleaban el agua del Guadarrama para regar sus prados y huertos e impedían moler a los de Las Rozas. En Villanueva de la Cañada (antiguamente La Despernada) tuvieron que dejar de moler más tiempo que el de costumbre desde que las aguas del río Aulencia se emplearon para las obras del Monasterio de El Escorial, sus jardines, etc.

Los molinos más utilizados por los vecinos de la capital fueron lógicamente los del río Manzanares, algunos de los cuales como el de los Frailes, Migas Calientes, Arganzuela, Ormiguera, Pangía, Torrecilla, de María Aldínez y Mohed, ya existían a finales de la Edad Media.

El molino de los Frailes pertenecía al convento de San Jerónimo el Real y estaba situado a la altura del palacio de la Moncloa.

El de Migas Calientes se hallaba en el lugar que hoy ocupa uno de los Viveros Municipales, en la carretera de El Pardo.

El molino de la Arganzuela estuvo instalado junto al puente de Toledo. En la primera mitad del siglo XV la villa de Madrid mantuvo un pleito con sus dueños, Alonso González de Herrera y Alfonso de Salmerón, por ciertas estacadas que éstos colocaron a ambos lados del puente para beneficio del molino. La sentencia dada por el corregidor el 22 de junio de 1451 fue favorable a los molineros que no tuvieron que retirar las estacadas (3).

El de la Ormiguera llamado también de Luzón porque perteneció a una importante familia madrileña apellidada así, seguía existiendo a finales del siglo XVII y era propiedad entonces del conde de Montijo. Éste arrendaba su molino el 24 deabril de 1695 con todos sus pertrechos, soto de Luzón, huerta de Almenara, prados, etc. en 1.500 reales. Los arrendatarios se obligaban a la conservación de los puentes para que los vecinos de Vallecas y de otros lugares próximos pudieran ir allí a moler.

Los molinos de Pangía y Torrecilla estuvieron situados en el término de Perales del Río, hoy barrio de Getafe.

El molino llamado de María Aldínez, por el nombre de su primera propietaria, una panadera madrileña, se hallaba a la altura de la actual ermita de San Antonio de la Florida y estuvo después bajo el control del concejo madrileño. Sufrió un incendio y no se restauró por lo que le llamó también el Molino quemado.

La excavación realizada hace unos años por la Comunidad Autónoma de Madrid nos ha permitido conocer restos de la estructura de este antiguo molino.

El de Mohed estuvo también cerca del puente de Toledo.

Hubo otro molino en el río Manzanares en la Torre de Iván Crispín, aldea madrileña, según un documento del rey Fernando III el Santo. En 1443 esa aldea estaba despoblada (4).

El molino de la Aldehuela, situado también en Perales del Río, se construyó más tarde que los anteriores. Se cita en 1575 en la Relaciones topográficas de Felipe II y era entonces de D. Diego Ramírez, vecino de Madrid.

También realizaban sus moliendas los madrileños en los molinos del río Jarama.

Algunas veces varios de los molinos próximos a la capital dejaron de molturar por distintas causas y los vecinos se vieron obligados a utilizar otros más alejados lo que suponía además de molestias, mayor gasto.

El dique que había en el camino de El Pardo se inundó en varias ocasiones impidiendo el paso a ese lugar. En 1636 se produjo una de esas inundaciones y el rey Felipe IV ordenó el 30 de octubre de ese año que dejasen de moler algunos molinos de la zona, hasta que se realizaran las obras necesarias que duraron trece meses creando en la capital problemas por falta de harina.

Uno de los molinos que tuvo que dejar de trabajar, por la orden real fue el de Migas Calientes que pertenecía entonces a D. Antonio Hurtado de Mendoza. Éste denunciaba cinco años más tarde no haber recibido ninguna indemnización por los perjuicios económicos sufridos y recordaba que en otra inundación anterior su suegro, dueño entonces del molino, recibió del corregidor de Madrid, D. Francisco Brizuela, mil ducados (5).

Los jabalíes de El Pardo produjeron a veces daños en las presas de los molinos. En 1563 D.a Catalina de Reinoso, viuda del contador Hernando de Somonte, denunció los perjuicios económicos que le habían ocasionado esos animales en su molino.

Las grandes riadas como la de febrero de 1647, inutilizaron los molinos al romperse sus presas.

Entre 1660 y 1680 dejaron de trabajar más de diez molinos de los ríos Manzanares y Jarama. Muchos vecinos, entre ellos algunos de Vallecas y Vicálvaro, que se dedicaban a abastecer de pan y de harina a la corte, tenían que moler el trigo en los molinos del Tajo y del Henares en lo que tardaban tres días en lugar de uno por lo que les costaba 6 reales por fanega y antes eran sólo 2. Por lo tanto tenía que encarecerse forzosamente el precio del pan.

El Concejo madrileño inspeccionaba periódicamente las instalaciones de estos molinos próximos a la capital para asegurar el abastecimiento de harina. Una de esas visitas de inspección se realizó durante los días 3, 4 y 5 de marzo de 1525 ordenada por el corregidor de la villa. Se comprobó que de los molinos de la ribera del Manzanares, el de los Frailes tenía muy buenas piedras. Los demás, Migas Calientes, Mohed, Arganzuela, Ormiguera, Pangía, Torrecilla y el de Manuel Díaz, tenían piedras blandas por lo que se les daba a los molineros, ante testigos, diez días de plazo para cambiarlas y veinte para adobar bien las tolvas, arnales y redores que eran de tierra.

Finalizada la visita a los molinos del Manzanares, se inició la de los del Jarama. Vieron los de Torrejoncillo, Romero y Nuño Sánchez que también tenían piedras de mala calidad. De los restantes molinos no sabemos nada porque los inspectores no pudieron anotarlo por ¡habérseles terminado el papel! (6).

Cuando un molino dejaba de moler por estar en mal estado y necesitar una reparación que el dueño se retrasaba en hacer, el Concejo madrileño hacía la obra y el propietario pagaba los gastos correspondientes.

Eso es lo que ocurrió en 1630 con el molino de la Ormiguera perteneciente entonces a D. Francisco Luzón. Como no prestaba servicio hacía algún tiempo D. Francisco de Tejada y Mendoza, comisionado en esa época para dirigir las restauraciones de molinos y caminos de la corte, encargó en abril de ese año

a un maestro de obras que con sus oficiales y peones hiciera las reparaciones necesarias en el molino y la presa. Los materiales los pagó la villa de Madrid que luego recuperó el dinero empleado con el dinero de las maquilas. Los restantes gastos de jornales, herramientas, etc. fueron costeados por el propietario del molino que unos meses después, cuando aún no habían terminado totalmente los obras, ya llevaba gastados más de 6.000 ducados (7).

En 1647 se embargaron y restauraron los molinos de Torrejoncillo y Torrejón de la Ribera en el Jarama y los de Torrecilla y de los Frailes en el Manzanares.

Al conde de Bornos se le ordenó en 1678 reparar los molinos que tenía en el Manzanares relevándole del servicio de lanzas por veinte años (8).

Como había molinos pertenecientes a varias personas que no se ponían de acuerdo cuando había que hacer reparaciones en ellos, en unas ordenanzas que dieron las autoridades madrileñas se dispuso que cualquiera de los propietarios podía mandar restaurar el molino y todos pagarían el importe de la obra.

Cuando los molinos de personas particulares estaban construidos en terrenos municipales, los árboles de los sotos no podían ser cortados ni arrancados para proteger a aquellos de las grandes avenidas porque “se consideraban más útiles los molinos que los sotos y árboles”.

También se preocupó el Concejo madrileño de la cantidad que por maquilas debían percibir los molineros. Estos a principios del siglo XVI cobraba lo que les parecía y esa era la causa del alto precio que tenía el pan. En 1525 dieron unas Ordenanzas que fueron confirmadas por Carlos I en 1543 estableciendo que de cada costal de tres fanegas de trigo que se llevara a moler, no se cobraran más de dos celemines. Los molineros que no cumplieran esta orden serían sancionados con 300 maravedís de los que un tercio se destinaría a obras públicas de la villa, otro sería para el denunciador y el restante para el juez que sentenciara.

Tuvieron los panaderos madrileños prioridad sobre los demás usuarios de los molinos a la hora de moler su grano.

Las autoridades concedían licencias a cuantos deseaban construir molinos harineros siempre que el lugar elegido en los ríos fuese adecuado y no perjudicara a otros.

El 12 de marzo de 1546 el Consejo de Estado concedió licencia a Álvaro de Mena para que construyera un segundo molino en el río Manzanares, entonces llamado Guadarrama (9):

D. Carlos... por quanto por parte de vos Alvaro de Mena, vecino de esta villa de Madrid, nos fue hecha relación diciendo ay mucha falta de moliendas en especial en el término que se dice de la Foz en el qual vos tenéis un molino cabo el río Guadarrama e viendo la falta que ay de moliendas, queréis con la misma agua e presa del hacer otro molino asimismo de cubo al río de Guadarrama de lo qual no se seguía perjuicio a ninguna persona y porque no lo podíades hazer sin especial licencia, nos suplicastes e pedistes por merced vos las mandásemos dar... lo qual visto por los de mi Consejo... tovímoslo por bien e por la presente vos damos licencia y facultad para que, sin perjuicio de nuestra corona, podáis fazer en el dicho e término de la Foz el dicho molino.

En septiembre de 1558 por acuerdo del Ayuntamiento de la villa de Madrid se dio licencia a Francisco de Almaguer, contador mayor del rey, para hacer un molino en el río Jarama más abajo del puente de Viveros. Consideraban las autoridades madrileñas que era muy conveniente que aumentasen las moliendas y además Almaguer se comprometía a hacer a su costa una calzada y a reparar el puente. Se envió a Juan de Villafuente, alarife de la villa, a que viera el sitio señalado por el contador y le pareció idóneo (10).

En 1620 el bachiller Lucas Atti solicitaba de las autoridades municipales le concedieran un lugar donde poder instalar un ingenio inventado por él para moler trigo y otras semillas. Con él intentaba poner “remedio a las necesidades que ordinariamente se ofrecían a esta villa por falta de moliendas” (11).

En 1630 el rey Felipe IV concedió un privilegio perpetuo a Gonzalo Romero, vecino de Madrid, para instalar un ingenio “persemovente” que podía moler en cualquier río o arroyo aunque llevase poca agua. El rey percibiría el 10 por ciento del beneficio que produjese.

Para hacer una demostración eligió Gonzalo Romero dos pequeños arroyos que desembocan en el río Manzanares (12).

En 1648 era el capitán y matemático italiano José Malonbra quien, queriendo también poner remedio a las frecuentes faltas de pan que padecía entonces la capital a causa de la escasez de moliendas, envió un memorial al rey pidiendo privilegio para fabricar a su costa unos molinos por él inventados. La Sala de Gobierno contestó a Malonbra que antes de concederle lo que solicitaba, hiciera una demostración para lo cual se mandaba a las justicias ordinarias no le pusieran para ello obstáculos (13).

En 1680 José de Villanueva, maestre de campo y caballero de la Orden de Santiago, vecino de Vallecas, pedía licencia para instalar un molino harinero en el arroyo del Henar en un lugar que pareció adecuado.

Durante el siglo XVIII el número de molinos en funcionamiento en la provincia de Madrid aumentó de forma considerable y a mediados del XIX eran ya “infinitos” según Madoz.

En los años finales de ese siglo y primeros del XX este tipo de molinos fueron desapareciendo paulatinamente al ser sustituidos por otros movidos mecánicamente.

Excepcionalmente uno de los antiguos molinos hidráulicos que existían en Morata de Tajuña, el de la huerta de Angulo, estuvo trabajando hasta 1986 aunque los veinte últimos años sólo molía para obtener pienso para el ganado de la finca donde está ubicado.

El Ayuntamiento de esa población adquirió en 1998 el edificio, se restauraron algunas piezas del mecanismo del molino para que pueda funcionar y lo ha convertido en un museo que nos permite conocer el proceso por el cual antiguamente se convertía el grano en harina.


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NOTAS

(1).Archivo Histórico Nacional. Consejos, legajo 72225–8.

(2) Relaciones topográficas de Felipe II. Provincia de Madrid. Morata de Tajuña.

(3) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–16.

(4) SÁNCHEZ, Galo: El Fuero de Madrid y los derechos locales castellanos, Madrid, 1962, p. 123.

(5) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–43.

(6) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–35.

(7) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–39.

(8) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–47.

(9) Biblioteca Nacional. Manuscrito 11265 (1).

(10) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–38.

(11) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 10–232–120.

(12) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–41.

(13) Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 3–36–45.