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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 350.

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Muchas cofradías surgieron en la Edad Media al amparo de la estructura de un grupo profesional o gremio que quisiera ponerse bajo la advocación de un santo al que, o bien se le adjudicaba un patronazgo o ya lo tenía por tradición. Cuando una hermandad lo solicitaba y se consideraba que lo merecía, por su antigüedad o por reunir a varias congregaciones que tuviesen el mismo fin, se convertía en archicofradía. Algunas archicofradías incluso nacieron de la fusión con otras en la reorganización que se dio en el siglo XVIII a fin de acabar con los gastos desmesurados e innecesarios de una infinidad de pequeñas cofradías. La Novísima Recopilación de Leyes de España, de 1806, vino a eliminar todas aquellas hermandades que no se hubiesen erigido con permiso de la autoridad eclesiástica o con autorización real. Muchas de esas pequeñas hermandades se refugiaron en otras mayores como las del Santísimo (sacramentales) o las de la Vera Cruz. Podía además darse el caso, de que algunas personas fuesen cofrades de diferentes congregaciones con lo que, o bien se multiplicaban sus obligaciones y los gastos consiguientes o bien se dejaban de cumplir, derivándose de ello un deterioro en el orden interno. La desamortizaciones de Mendizábal y Madoz vinieron a agravar la crisis de las cofradías que dependían o habían salido de algunas órdenes, al verse éstas obligadas a dejar sus conventos y misiones, pero también por la venta de bienes de hermandades y obras pías que conllevaron.

En cuanto a los gremios, podría decirse que, aun siendo corporaciones técnicas, tuvieron una base religiosa pues perseguían, además del agrupamiento de personas según su oficio, una ayuda a quienes lo necesitasen –fuesen los propios oficiales o sus familiares- por medio de la limosna o del socorro. La costumbre era muy antigua y está suficientemente acreditada teniendo en cuenta la solidez del culto a los muertos tanto en los pueblos germánicos como en Grecia y Roma. Frente a la nobleza y sus privilegios, la mayor parte de los gremios buscaba una protección y una representatividad. No parece extraño, por tanto, que la costumbre de “dar caridad” se haya mantenido hasta tiempos recientes entre los hermanos y familiares de un cofrade difunto, de cuyos posibles abusos advertían anualmente las visitas del Obispo, recordando que la escasa herencia que dejara una persona recién fallecida se podía dilapidar en banquetes y agasajos dados a quien venía a mostrarle el último afecto. En cualquier caso, y sobre todo en la Edad Media, el respeto a la muerte se demostraba amparando corporativamente a la familia (dotes para huérfanas y doncellas), dejando de trabajar uno o varios días para honrar al hermano y haciéndole un postrer homenaje en el que se incluía túmulo, paño mortuorio de terciopelo y abundantes cirios. No es extraño que quien estuviese desasistido de todo esto sintiera un desamparo vital o un vacío difícil de cubrir.