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Disciplinantes y monumentos en la Semana Santa de los siglos XVI al XVIII y su manifestacion en Linares (Andalucia)

PADILLA CERON, Andrés

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 350.

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Podemos definir la procesión de Semana Santa, como una manifestación religiosa de carácter público y por ello, poseedora de un importante componente popular y hasta festivo. Los desfiles procesionales comenzaron a gestarse a finales del siglo XV, sin embargo fue en el XVI cuando empezaron a manifestarse como una especie de continuación de la liturgia propia de estos días Santos. Pero para poder entender el verdadero sentido de estas prácticas penitenciales, es necesario que nos detengamos un poco en la tipología de las cofradías de Semana Santa.


TIPOS DE COFRADÍAS PENITENCIALES

El siglo XVI viene marcado en España por los reinados de Carlos I y Felipe II, así como por la contrarreforma y las luchas contra el protestantismo. En este contexto histórico, tiene lugar la aparición de hasta tres tipos distintos de cofradías penitenciales. La clasificación más extendida de ellas es la siguiente:


Cofradías de la Vera-Cruz

También llamadas en algunos sitios de la Sangre de Cristo o de las Cinco Llagas, aunque en algunos lugares se simultanearon ambos nombres. Generalmente estaban promovidas por la Orden Franciscana, ya que allí donde se fundaba un convento de esta congregación, surgía inmediatamente una cofradía de la Vera-Cruz. Su principio fundacional solía ser la devoción a la Cruz de Cristo, es decir la Verdadera Cruz (Vera-Cruz) en la que nos redimió de nuestros pecados. Esto tiene que ver con el hecho de que los Padres Franciscanos tenían encomendada la posesión y guarda de los Santos Lugares. El periodo de implantación de estas hermandades, abarca desde las primitivas de Sevilla y Toledo, fundadas en los años 1448 y 1480, hasta las que se instituyeron a finales del siglo XVI. Su rasgo más destacado era la práctica de la disciplina durante la procesión, que daba comienzo al atardecer del jueves santo. Durante el transcurso de la misma, se visitaban cinco iglesias, en recuerdo de las cinco Llagas de Cristo. No obstante, para algunos investigadores franciscanos1, el sentido de esta quíntuple visita era rememorar el recorrido por las cinco Basílicas principales de Roma.


Cofradías de la Soledad

También conocidas bajo las advocaciones de Nuestra Señora de las Angustias o de la Quinta Angustia y en general del Santo Entierro de Cristo. Estas hermandades se fundan casi siempre de forma algo posterior a las de la Vera-Cruz. En su constitución se aprecia la influencia de la Orden de los Dominicos y en menor medida la de los Carmelitas Calzados. Durante las procesiones, que se verificaban al anochecer del viernes Santo, también se practicaba la disciplina. No obstante, hay algunas ocasiones en que esto no sucede, como en ciertas hermandades granadinas. En estos casos especiales, se organizaba un tipo original de procesión en forma de entierro, sin disciplinantes y con hermanos portando luces.


Cofradías de Jesús Nazareno

En sus orígenes se les denominaba de la Cruz de Santa Elena, aunque al poco tiempo se las empezó a llamar como las de los nazarenos o simplemente de Jesús Nazareno. Casi todas ellas se fundan en el último cuarto del siglo XVI o principios de la siguiente centuria. En su constitución no interviene de forma clara ninguna orden religiosa, aunque los Franciscanos y también los Carmelitas Descalzos, promoverían un gran número de ellas. En este sentido y según algunos historiadores, se las puede vincular con otra cofradía más antigua, denominada Virgen de los Santos.

La particularidad de las hermandades de Jesús Nazareno era que sus penitentes, que salían en la procesión del viernes Santo en la mañana, no se disciplinaban, sino que portaban una cruz de madera. Quizás por la ausencia de cruentos sacrificios, suscitan pronto la aceptación popular, logrando un gran arraigo entre la población, el cual se ha mantenido hasta nuestros días.


Notas características de las Cofradías

Las cofradías penitenciales tenían en sus orígenes, tres rasgos o notas fundamentales:

" Penitencial. Que era su carácter principal y que consistía básicamente en que estaban dedicadas a recordar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los Dolores de su Santa Madre. La forma de recordarlos consistía fundamentalmente en la organización de procesiones en las que algunos hermanos se sometían a la disciplina voluntaria, como forma de expiar sus pecados. Otras actividades estaban reservadas al interior de los templos y consistían en fiestas religiosas.

" Indulgencial. Los fieles se inscribían en las cofradías y hermandades porque así ganaban numerosas gracias espirituales. Por todo ello, las cofradías se esforzaban en lograr indulgencias y privilegios ante la Santa Sede o de adquirir la Carta de Hermandad con ciertas órdenes religiosas para disfrutar también de los favores que éstas tenían. No obstante, en gran número de ocasiones, serían las mismas órdenes religiosas las que favorecerían la fundación de cofradías, como medio de atraer feligreses a sus conventos; hacer apostolado y sufragar obras benéficas. El caso más conocido es el de la Orden Franciscana con las cofradías de la Vera-Cruz.

" Asistencial. Según esta característica, la cofradía actuaba como una moderna compañía de seguros. En ese sentido se procuraba asistir a los hermanos enfermos, llegando a contar con hospitales propios. No obstante y con el transcurso del tiempo, este socorro se redujo solamente a sufragar los gastos del entierro que solía incluir, al menos en la villa de Linares, los siguientes elementos: Una mortaja (hábito de la hermandad) el féretro, acompañamiento de clérigos y asistencia del estandarte de la cofradía, así como rezos y misas de difuntos. Algunas hermandades poseían panteones propios dentro de las iglesias para practicar el enterramiento de sus cofrades difuntos.

Algunos investigadores sostienen, como otra nota característica de las cofradías, su carácter gremial, pero esto no se corresponde con la realidad de la mayoría de ellas. Y es que hay evidencia cierta de que, en las primitivas hermandades, se admitían a todo tipo de personas, sin distinción de número, profesión o clase social. No obstante, en algunas de ellas, se podría intuir un espíritu clasista (que no gremial) como es el caso de las cofradías a Vera-Cruz en las que no se admitía a «caballeros o personas de calidad». Aunque en la práctica, esta restricción no se cumplía, pudiendo ingresar en las mismas los individuos de cualquier posición.


Las cofradías en Linares (Andalucía)

El Linares del siglo XVI, es fiel reflejo de la realidad cofradiera española ya que tenemos constancia de la existencia de tres cofradías cuya tipología responde, de forma exacta, al esquema básico que se ha enunciado. Como ya dijo el insigne historiador Rafael Ortega y Sacrista2, las hermandades pasionistas de Linares hunden sus raíces en el siglo XVI, lo que les confiere una venerable antigüedad.

Tres son los grandes centros religiosos de la provincia de Jaén durante la segunda mitad del siglo XVI: Jaén, Úbeda y Baeza. En dichas ciudades se fundan cofradías que responden a los tres arquetipos mencionados y además en el orden indicado. Pues bien, si no al mismo tiempo que aquellas, sí con escaso margen, se fundan también en Linares las cofradías siguientes:

" Cofradía de la Vera-Cruz. Se fundó en la iglesia del convento de San Francisco, aunque a finales del siglo XVI se traslada a la iglesia parroquial de Santa María. Estaba formada por tres escuadras principales que eran las del Señor de la Columna, Humildad y Madre de Dios de los Dolores. Sus primeras constituciones fueron aprobadas en el año 1558, aunque existen noticias y documentos que señalan su existencia como anterior a 1545.

" Cofradía de la Quinta Angustia. Las primeras noticias que hablan de esta Inmemorial hermandad son de 1552, año en el cual se encarga la imagen de un Cristo articulado. La Cofradía se erige, desde sus comienzos, en el desaparecido convento de San Juan Bautista de la Penitencia, fundado por la orden Dominicana y sus primeros estatutos son aprobados en el año 1586.

" Cofradía del Nazareno. En sus orígenes se la llamaba hermandad o cofradía de la Cruz de Santa Elena y estaba erigida en el Convento de San Francisco. Sus primeros estatutos fueron aprobados en el año 1601, aunque se le puede suponer una fundación anterior y en torno a la última década del siglo XVI.

Con este piadoso trío de hermandades pasionistas, vio la luz del siglo XVII la humilde villa de Linares. No se tiene constancia de la existencia de otras cofradías o devociones pasionistas en nuestra población.


LAS PRÁCTICAS DISCIPLINANTES

Según ya se ha indicado, las cofradías y procesiones de disciplinantes tuvieron su origen en el siglo XV, pero se generalizaron a partir del siguiente. A esta difusión contribuyó en gran medida la expansión de la Orden Franciscana y sus Cofradías de la Vera-Cruz, de manera que en el siglo XVI no había pueblo en España donde no hubiese disciplinantes públicos en la Semana Santa. Con la importante excepción de las cofradías que veneraban a Jesús Nazareno, podemos llegar a la conclusión de que casi todas las hermandades de Semana Santa fueron, en sus orígenes, cofradías de disciplinantes.

En una procesión disciplinante, salían personas practicando públicamente la disciplina. Ésta consistía en que los penitentes, que iban con las espaldas desnudas, se azotaban con unas madejas o ramales de lino e incluso con unos rudos cordeles de esparto. El efecto físico de estos latigazos era que la espalda se congestionaba y enrojecía, así que para paliar los efectos de esta inflamación se procedía a efectuar unas incisiones en la espalda. Los cortes se hacían mediante un utensilio llamado esponja, que consistía en una bola de cera que tenía insertados trozos de vidrio. Gracias a estas heridas, la sangre brotaba por la espalda del disciplinante que, al no dejar de azotarse, hacía que le saliese aun más sangre. Una vez que la procesión terminaba, solían curarse las heridas con agua de romero u otro tipo de ungüentos. Los disciplinantes se solían disponer en filas a lo largo de la procesión y cada cierto número de individuos, se intercalaba un hermano alumbrando con grandes hachones de cera. Es fácil hacerse una idea de las tétricas estampas que se podían contemplar al ver desfilar a estos individuos, entre lamentos y ayes, por las oscuras callejuelas de las villas españolas de los siglos XVI y XVII.

Si a alguien le pudiera chocar que los penitentes se pudiesen disciplinar sin más, sépase que las cofradías de la Vera-Cruz tenían una argucia más o menos ingeniosa: Resulta que por una bula y privilegio especial del papa Paulo III (1534-1549), se concedía a todos los cofrades de las hermandades de la Vera-Cruz la absolución general de todas sus culpas y pecados. Este perdón se recibía momentos antes de salir en procesión y de manos de un sacerdote, que les imponía como penitencia el que se disciplinasen durante el transcurso de la procesión. Es de suponer que el resto de cofradías de disciplinantes tendrían similares indulgencias y bulas.
La vestimenta que lucían los disciplinantes era una especie de enagua blanca, que dejaba al descubierto las piernas y que estaba provista de una capucha roma que les cubría el rostro y caía por el cuello y la espalda. Unos simples cordeles servían para ceñirse esa pobre vestimenta. En realidad esta túnica sería una variación de la indumentaria cotidiana que utilizaban las clases populares de los siglos XVI y XVII. Esta prenda era el jubón, una especie de camisa con amplios faldones que llegaban hasta un poco más abajo de la rodilla. El color blanco del hábito, a parte de dotar de uniformidad al cortejo, significaba penitencia, entre otras cosas porque la sangre que brotaba al disciplinarse, se podía distinguir con mayor facilidad.

En los orígenes de estas prácticas y por extraño que pudiera parecer, también se admitían a las mujeres como disciplinantes. En este caso, en lugar de llevar el torso desnudo, como sus compañeros varones, se cubrían los senos con unos finos pañuelos. No obstante esta práctica devino en «vanidad y desenfreno» sobre todo en las procesiones nocturnas. Por este motivo, el cardenal Arzobispo Fernando Niño de Guevara3 prohibió en el año 1604 que las mujeres saliesen de disciplinantes e incluso su asistencia a este tipo de actos. En la diócesis de Jaén, esta orden es confirmada por las Constituciones Sinodales de 16264, ordenadas por el Obispo Baltasar de Moscoso y Sandoval (1619-1647), en las cuales se dice:

Pero bien permitimos que las procesiones de semana santa salgan, como hasta aquí, acompañadas de la Parroquias cuales ninguna persona de cualquier estado, y calidad pueda llevar falda levantada; pena de excomunión mayor [&] y ninguno que tenga el rostro cubierto pueda llevar espada, ni daga, ni zapatos blancos, pena de un ducado [&] y en estas procesiones no vayan mujeres con los disciplinantes, ó otros penitentes alumbrándoles, ni en otra manera. (Sic)


Decadencia y prohibición

Con el transcurso del tiempo y sobre todo a lo largo del siglo XVII, la piedad y devoción con la que se desarrollaban estas procesiones de disciplinantes, comenzó a declinar poco a poco. No hay más que consultar lo que refiere la prensa de la primera mitad del siglo XIX, para hacerse una idea de cómo fueron decayendo estas costumbres. En estas publicaciones de la época romántica se nos cuentan que, ya en la primera mitad del siglo XVII, se hacía mofa del azotarse y que la visión de los disciplinantes era un acto de curiosidad, más que de piedad. Se contaba también que, en las tertulias de los días siguientes, se alababa el valor y la paciencia de aquellos penitentes que habían hecho chorrear más sangre por sus desnudas espaldas. Todo esto, según el semanario El Museo de las Familias de 25 de marzo de 1846, «realzaba mucho a los jóvenes para con sus amadas».

El caso es que en el último tercio del siglo XVII, esta costumbre había decaído muchísimo y apenas había gente que se quisiera disciplinar en las procesiones. No obstante, con el advenimiento de la Casa de los Borbones al trono de España (reinados de Felipe V, 1700-1724 y 1724-1746) se vivió un cierto auge en las procesiones de Semana Santa. Todo ello, dio lugar a un momentáneo resurgir de las practicas de disciplinantes, sobre todo en las primeras décadas del siglo XVIII. Tanto es así, que en algunos lugares de Andalucía, como la ciudad de Málaga, se estableció una especie de competencia entre las distintas cofradías para ver cual de ellas llevaba más disciplinantes en su procesión. Pero como la decadencia de estos ejercicios penitenciales, no tardaría en reaparecer, se llegó al punto de que algunas cofradías pagaban a ciertas personas para que se disciplinasen en las procesiones. A tal extremo llegó esta especie de mercenarismo, que los disciplinantes pagados se alquilaban con túnica y todo. A modo de ilustrativo ejemplo, reproduciremos un pasaje sacado de la novela satírica: Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campanzas, escrita en el año 1770 por el Licenciado Francisco Lobón, aunque algunos se lo atribuyen a José F. de Isla y Rojo (Padre Isla, 1703-1781):

& y lo que es más es, que quedaron los penitentes tan movidos con la desatinada Plática, no obstante que los mas, y aunque digamos ninguno de ellos había entendido ni siquiera una palabra, que al punto arrojaron las capas con el mayor denuedo, y comenzaron a darse unos azotazos tan fuertes, que antes de salir de la Iglesia ya se podían hacer morcillas con la sangre, que había caído en el pavimento. (Sic) (p.355)

Bromas aparte, lo cierto es que en la época de la Ilustración española (periodo en el que fue escrito este libro) no pasaron desapercibidos ni los penitentes de sangre ni los empalados. De suerte que a los ojos de los ilustrados, dichos ejercicios solo servían para despertar el desprecio de los sensatos y el jolgorio de los mozalbetes. Por este motivo, el mismo Arzobispo de Toledo, Luís Fernández de Córdoba (1755-1771) envió en el año 1767, una carta al Consejo Real de Castilla en donde denunciaba las «fanáticas impresiones» de ciertas actividades religiosos, entre las que se encontraban los disciplinantes y empalados. Posteriormente, algún que otro prelado se dirigió al citado Consejo de Castilla para solicitar la colaboración de esa institución en la tarea de desterrar esas prácticas. Así las cosas, el monarca Carlos III, promulgó la Real Cédula de 20 de febrero de 1777, por la cual se instaba a las chancillerías y audiencias del reino a que no permitiesen «todo género de disciplinantes, empalados y otros espectáculos en las procesiones de Semana Santa».

A pesar de ello, esta prohibición no se cumplió ni de manera inmediata ni totalmente, ya que durante muchos años estuvieron desfilando filas de penitentes de sangre. De hecho, en los años posteriores a su prohibición, se estuvo promulgando un bando real, por el que se castigaba con penas muy severas a los (que) infligían esta orden. A modo de ejemplo recogemos un fragmento del bando publicado en el Diario de Madrid de 21 de abril de 1791 (jueves Santo) y que decía:

Y asimismo se prohíbe, que persona alguna, sea de la calidad que fuese, pueda en las Procesiones de Semana Santa, ni en otras de todo el año, ni fuera de ellas andar disciplinándose, Aspado, ni en hábito de Penitente, pena de al que así se hallase de día o de noche&.y si plebeyo a doscientos azotes y diez años de presidio en calidad de Gastador.

Curiosa forma de castigar al disciplinante, que se azotaba& ¡precisamente con más azotes!
El bando se estuvo promulgando, por lo menos, hasta el año 1824, que es el último período en donde hemos encontrado este tipo de referencias en la prensa. Por lo tanto, hasta ese tiempo es posible que todavía se vieran disciplinantes en las procesiones. Además y de forma sorprendente, el castigo seguía siendo aplicar los doscientos azotes. De todas formas, creemos que rara vez se llevaría a la práctica este terrible correctivo. En la parte gráfica, también tenemos un documento excepcional: el cuadro titulado «Procesión disciplinantes» pintado por Goya (1746-1828), entre los años 1815-1819. Este óleo sobre tabla, nos muestra claramente una procesión de disciplinantes y aunque es posible que se tratase de recuerdos del pintor, es indudable que representa una escena muy posterior al año 1777.

Apenas unas cuantas décadas más tarde, la prensa del primer tercio del siglo XIX, nos da una curiosa versión de los motivos que originaron la prohibición de los disciplinantes. Según el Semanario Pintoresco, de 10 de marzo de 18375, el Gobierno los prohibió:

& por la picardía de algunos que perseguían a las mujeres asustándolas, y de otros que al pasar junto a ellas se sacudían para manchar las mantillas. Quitados los disciplinantes, tuvieron en los años inmediatos que sangrase los que solían serlo, por estar acostumbrados a aquella evacuación periódica en la estación de primavera.
Por lo tanto, se puede decir que la total erradicación de la disciplina pública, tuvo que ser posterior a la ocupación francesa de los al años 1808-1812, pero anterior a 1837. El motivo para esta deducción, es que en el artículo del Semanario Pintoresco, se da cuenta de esta desaparición, como un hecho de relativa cercanía en el tiempo. En cualquier caso, los penitentes de sangre no están erradicados por completo de la Semana Santa española. Un ejemplo vivo de estas procesiones de disciplinantes lo tenemos en la localidad riojana de San Vicente de la Sonsierra aunque en este caso se utiliza una madeja de lino.


Los disciplinantes en Linares (Andalucía)

A pesar de la existencia de dos cofradías penitenciales con disciplinantes, no se ha podido hallar ninguna reseña escrita que así lo diga expresamente. Antes bien, la única referencia a las disciplinas se tiene de la escuadra de la Humildad (una de las que componían la cofradía de la Vera-Cruz) y en ella se niega que se usasen tales instrumentos:

La citada escuadra de Jesús de la Humildad, comenzó en el siglo XVIII a querer independizarse de la cofradía matriz de la Columna (nueva denominación que adquirió la primitiva cofradía de la Vera-Cruz) a la cual pertenecía como una sección de la misma. Para ello, los oficiales perpetuos de la Humildad redactaron unos estatutos en el año 1778, los cuales fueron sometidos a la aprobación del Obispado de Jaén. Dichas constituciones fueron centro de muchas objeciones por parte del Fiscal general de dicho Obispado, pero la principal era la siguiente: El temor de que los estatutos contravinieran la Real Cédula de 1777, por la que se prohibían «todo género de disciplinantes, empalados y otros espectáculos en las procesiones de Semana Santa». El recelo venía del artículo en donde se describía la forma de vestir de los cofrades «de cien años a esta parte»6 y que decía así:

...Una túnica de lienzo, unos cordones de esparto, corona de espinas, cruz, rosario, y disciplinas, descalzos de Pie y Pierna, con mucha devoción, y de exemplar modestia... (sic)

Lo que inquietaba al Obispado era la inclusión de disciplinas en su atuendo y que los hermanos fueran desnudos «de pie y pierna». Encargado un informe al corregidor de la villa7, éste destaca la compostura y seriedad que demostraba la escuadra de la Humildad en su salida procesional. Además indicaba que no hacían uso de las disciplinas, sino que las empleaban a modo de cordón «para edificación y humildad». Al final de su informe añadía que, según personas «antiguas y modernas», todo ello «sucedía así desde que dicha Escuadra se erigió». El informe del corregidor de la villa surtió efecto y la escuadra de la Humildad, pudo seguir con su tradicional atuendo.

¿Qué conclusión podemos sacar del informe del Corregidor?, pues que por su hábito blanco8 y por el detalle de ir descalzos de pie, y sobre todo de pierna, esta escuadra fue en sus orígenes, de disciplinantes. No obstante, en el susodicho año de 1778, debía de hacer ya mucho tiempo, que esta escuadra había abandonado esas sanguinolentas prácticas, como lo probaría el hecho de que las personas «antiguas y modernas» no lo recordasen. Creemos que no es muy fiable la afirmación del corregidor de que eso era así, «desde el comienzo de la escuadra», porque hay que tener en cuenta la escasa esperanza de vida en aquellos tiempos y lo fácil que se olvidan o tergiversan las tradiciones orales. Por lo tanto, volvemos a encontrarnos con la segunda mitad del siglo XVII, como el periodo de tiempo más probable en que fueron erradicadas las prácticas disciplinantes en Linares, es decir al mismo tiempo que se iniciaba su decadencia en el resto de país.

Por lo que respecta a la otra cofradía de disciplinantes, la de la Virgen de las Angustias o Quinta Angustia, nada se ha encontrado que nos hable expresamente de que estas prácticas se llevasen a cabo. Por lo tanto, solo tenemos la fundada convicción de que, por su tipología y antigüedad, también se debería de practicar la disciplina pública entre el siglo XVI y parte del XVII. No obstante, por los documentos observados, se intuye que la disciplina se abandonó relativamente pronto, encaminándose la procesión hacia las del tipo «Santo Entierro». Este era una clase especial de cortejo que se llevaba a cabo con el acompañamiento de clero y autoridades, todo ello envuelto en tenebrosa solemnidad y pompa, que se acentuaba por el tañido de tambores destemplados

También se tiene constancia de otra hermandad no pasionista, denominada la Escuela de Cristo, en la que sus miembros también se disciplinarían, si bien no lo hacían en procesión, sino en el interior de una capilla. No obstante, la fundación en Linares de esta cofradía es de época posterior a las pasionistas, ya que según el historiador local Ramírez9, estuvo instituida entre los años 1781 a 1865.


Los empalados

Como complemento de los disciplinantes teníamos a los llamados empalados o aspados. Esta práctica consistía en que el penitente se ataba los brazos a un palo de madera que soportaba sobre su cuello. De esta manera simulaba la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo. La penitencia se podía acrecentar añadiendo argollas de hierro a ambos lados del madero o fajando el tronco del penitente con una cuerda. A estos empalados les solía acompañar algún individuo para prevenirle de las posibles caídas, puesto que al tener las manos atadas en forma de cruz, iban muy expuestos a los porrazos. Estas prácticas también fueron prohibidas, junto con los disciplinantes, en la ya referida Cedula del año 1777, aunque su erradicación completa no se haría hasta bien entrado el siglo XIX. No obstante aun pervive esta ancestral costumbre en el municipio extremeño de Medina del Rioseco, en donde se les denomina empalaos.


EL MONUMENTO Y LAS COLACIONES

El monumento del jueves Santo, consistía en un altar extraordinario que se instalaba en las iglesias durante dicha festividad. En ese altar se situaba un arca pequeña, a manera de sepulcro, en donde se colocaba la segunda hostia que se había consagrado en la misa de aquel mismo día. De este modo se la preservaba hasta los oficios del Viernes Santo, en los cuales se consumía. Los monumentos se podían adornar de muchas maneras y no había pueblo ni villa española en donde no se montase este altar. Con el paso del tiempo se fue recargando y acrecentando la decoración de los mismos, de tal manera que, durante el siglo XIX, el que más destacaba era el de la catedral de Sevilla.

Estos Monumentos se montaban en la mañana del Jueves Santo y la costumbre era que estuviesen abiertos durante la noche del jueves al viernes. Por lo tanto, casi todos los fieles se ataviaban con sus mejores galas y solían visitar los monumentos durante esa tarde-noche del jueves Santo. A partir del siglo XVI y a modo de tentación contra el ayuno propio de esos días, se solían situar en la puerta de las iglesias, confiterías, buñolerías, puestos de chucherías y también tenderetes de vinos y licores. Era también costumbre, tanto para los fieles como para los sacerdotes, velar al Santo Monumento durante toda la noche y para mitigar el hambre, se solían practicar las «colaciones». Estos tentempiés nocturnos se llevaban a cabo sobre unas mesas, opíparamente dispuestas, que se situaban en las tribunas de las iglesias y también en el interior de las sacristías. Los fieles más promitentes y también el clero, acudían a estos lugares para satisfacer sus apetitos alimenticios. De esta manera, era costumbre en los cambios de turno de la vela al Santísimo «hacer la colación», es decir comer todo tipo de viandas y también beber una especie de sangría primitiva, compuesta de vino, agua y azúcar.

Tantos fueron los excesos, que se trató de poner coto a esta situación y en vista de ellos, el rey Felipe II, dirigió en marzo de 1575 una carta al cardenal Pedro Pacheco de Toledo (1521-1579), en la cual le decía:

Os encargamos mucho que para esta Semana Santa ordenéis y proveáis que en las iglesias no se consientan en ninguna manera el Jueves ni el Viernes Santo haya comidas, meriendas ni colaciones, aunque sea en las sacristías y tribunas&

No obstante, cuando los apetitos nocturnos apretaban, pocas órdenes ­­ por muy reales que fuesen ­­ se solían respetar. Tan arraigada estaba esta tradición en España, que estuvo vigente hasta el primer tercio del siglo XX. Los más viejos de Linares aun recuerdan esta costumbre de la colación, así como las frecuentas visitas de los armaos10 al interior de la sacristía para reponer fuerzas, tras el esfuerzo de la vela nocturna.

Al calor de estas colaciones, también se podían producir pendencias y discusiones, que en ciertas ocasiones degeneraban en peleas. Estos altercados se vinieron repitiendo desde casi los comienzos de esta costumbre y como prueba de ello, reproduciremos unos versos que escribió en el siglo XVI el poeta de la corte de Carlos I, Andrés Gómez Riverano. Esta composición fue reproducida en la Revista El Museo de las Familias de 25 de marzo de 1.846 y dice así:

El escándalo ha llegado
en España á tal fomento
que en banquete descarado
se convierte el monumento
de Cristo sacramentado
&
Fui a la iglesia con las niñas
el día del Jueves Santo
y acallamos nuestro llanto
empapándolo en rosquillas

En un intento de imitar el mal ejemplo de las colaciones, los fieles menos significados o afortunados, se aprovisionaban de chucherías y confituras adquiridas en la puerta de los templos y luego las consumían en el interior de los mismos, sin el más mínimo respeto al lugar sagrado.

Era también tradicional que las damas velasen el Altísimo, provistas de hachas encendidas y ocultando casi todo su rostro bajo un manto. A las que así se revestían se las llamaba arrebozadas o rebozadas. Esta costumbre, muy devota y santa en sus orígenes, degeneró en tales desordenes, que muchas veces los pretendientes llegaban a cortejar a las damas en el interior de los templos. Estos intentos de cortejo, resultaban, hasta cierto punto naturales, puesto que la vela del Monumento era una de las pocas ocasiones en que los jóvenes de uno y otro sexo coincidían en un mismo lugar.

Pero en aquellos tiempos primaba la discreción y también se dictaron disposiciones para poner coto a estos excesos. Aunque se ve que estos preceptos tenían escaso eco entre la población, puesto que en el año 1716, el obispo de Jaén, Rodrigo Martín Rubio (1714-1732), se dirigía a sus fieles en la siguiente forma:
Y que por igual motivo no se permite a mujer alguna se quede de noche en los templos la noche del jueves Santo con pretexto de velar al Señor, ni en las procesiones se hagan de noche y los que a ellas asistan no lleven vestido de mujer&

Es evidente que lo noticioso no es la piedad ni la compostura en los templos, sino todo lo contrario. Por ello, deducimos que los excesos debían de ser meras anécdotas, que algunos interesados se encargarían de difundir. Transcurridos algunos siglos, la prensa del periodo romántico se ocupó de rescatar estas historias, más por lo pintoresco que por lo anticlerical. Sin embargo, sí que se puede achacar a esta última tendencia, un artículo aparecido en la revista Por esos Mundos (Junio de 1900) en donde, a cuenta de las colaciones, se viene a decir:

& se preparaban en las sacristías de las iglesias en que se colocaba el monumento suntuosas comidas& y allí en revuelta confusión hombres y mujeres, se entregaban con el mayor desenfreno a las pasiones de la gula.

No creemos que fuera para tanto o al menos eso hubiesen querido para sí, algunos de aquellos adoradores nocturnos.



BIBLIOGRAFIA
BRAVO GARRIDO, Francisco. La cofradía de la Vera Cruz de Linares. Cinco siglos de Devoción. Linares. Edita Viola Publicidad. 2008.
Constituciones Sinodales del Obispado de Jaén / hechas, y ordenadas por... Baltasar de Moscoso y Sandoval... Obispo de Jaén... año de 1624. Segunda impresión por Pedro José de Doblas. Jaén, 1787.
GALIANO, Juan Carlos. Cirio, incienso, costal y tambor. Córdoba. Edita Publicaciones Obra Social y Cultural Caja sur.1998.
LOBON DE SALAZAR , Francisco. Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campanzas (Alias Zótes) Primer Tomo. Madrid. 1770.
LOPEZ SEOANE, Francisco Javier. Historia y Reflexiones de "Mi Semana Santa". Linares. Edita Cofradía del Santo Entierro de Cristo.1999.
LLORDEN, Andrés y SOUVIRON, Sebastián. Historia documental de las Cofradías Y hermandades de pasión de la ciudad de Málaga. Málaga. Edita. Excmo. Ayuntamiento de Málaga. 1969.
ORTEGA Y SACRISTA, Rafael. Venerable antigüedad de las Cofradías pasionistas de Linares. Jaén Separata del Boletín del Instituto de Estudios Jienenses.1978.
RAMIREZ, Federico. Linares. Documentos y Apuntes de tiempos antiguos (recopilación de D. Juan Sánchez Caballero y D. Feliz López Gallego). Linares. Edita Diputación Provincial. 1999.
SANCHEZ CABALLERO, Juan. Las Calles de Linares. Linares. Edita Excmo. Ayuntamiento. 1991.
XIMENA JURADO, Martín de. Catálogo de los obispos de las iglesias catedrales de la diócesis de Jaén y anales eclesiásticos de este obispado .Publicación: Con privilegio en Madrid por Domingo García y Morras, 1654. Copia digital: realizada por la Biblioteca de Andalucía.

PUBLICACIONES PERIÓDICAS
Diario de Madrid. (1788-1825).
Don Lope De Sosa. Crónica Mensual de la Provincia de Jaén (1913-1930).
El Eco Callejero. Semanal Informativo de Linares y Comarca. Primera Época. (1980-1991).
El Museo de las Familias. (1843-1870).
El Semanario Pintoresco. (1836-1857).
Por esos Mundos. (1900-1926).
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NOTAS

1 Teoría expuesta por el P.F. Padre Ángel Bárcena de la Fuente. Rector del Santuario de Nuestra Señora de Linarejos.
2 ORTEGA Y SACRISTA, Rafael. Venerable antigüedad de las Cofradías pasionistas de Linares. Jaén Separata del Boletín del Instituto de Estudios Jienenses.1978
3 Miembro del Consejo de Castilla y Presidente de la Chancillería de Granada, fue nombrado Cardenal en 1596, Inquisidor General en 1599 y Arzobispo de Sevilla en 1600, falleciendo nueve años después.
4 Constituciones Sinodales del Obispado d Jaén / hechas, y ordenadas por... Baltasar de Moscoso y Sandoval... Obispo de Jaén... año de 1624. Segunda impresión por Pedro José de Doblas. Jaén, 1787 p.38
5 Solo un año después de la Desamortización de Mendizábal y a escasos sesenta años de 1.777.
6 Una prueba que nos da idea de la antigüedad de esta escuadra y por consiguiente de la cofradía.
7 A.H.M.L. Escuadra de Jesús de la Humildad. Iglesia Parroquial&Leg. 2573-12.
8 Aunque no se especifica el color de la túnica, éste debía de ser el blanco, color característico del tipo de tela empleado, que era el lienzo.
9 RAMIREZ, Federico. Linares. Documentos y Apuntes de tiempos antiguos (recopilación de D. Juan Sánchez Caballero y D. Feliz López Gallego). Linares. Edita Diputación Provincial. 1999.pp.369-371.
10 Asociación de seglares que, revestida de Guardia Romana, tenía como misión la vela del Monumento y salir en las procesiones se Semana Santa. Los primeros datos de su existencia en Linares son de mediados del siglo XIX, aunque en otros lugares de España se remontan al siglo XVII.