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Mitología griega y ópera

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 351.

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En la temporada del Teatro Real madrileño se han representado dos óperas que actualizan en forma diferente la tragedia griega, la que marca las raíces de la mitología y el folklore. Por una parte “Ifigenia in Tauride” de Gluck, por otra “El Rey Roger” del compositor polaco Szymanouski. Ambas están basadas, la primera explícitamente, en obras de Euripides. Las representaciones, puestas en escena con estéticas distintas, pusieron de manifiesto los lazos que unen ese tiempo ancestral con la actualidad. La historia de los Atridas es la de los horrores, de las venganzas, de los crímenes más alevosos, de los adulterios y de las traiciones. Asimismo “Las Bacantes” es también sinónimo de crueldad y destrucción. El pastor de “El Rey Roger”, Dionisos redivivo exalta el placer, la libertad del cuerpo y del espíritu y en la obra de Euripides es también un asesino. Szymanouski no asume esta parte de “Las Bacantes” y convierte a este Dios en una especie de hacedor de luz que traspasa a Roger y Roxana. Ese mundo ancestral está mucho más cerca de lo que parece y los espectadores del presente se pueden ver directamente afectados por lo sucesores de los mitos de antaño.


I.- LOS ATRIDAS Y SU TERRIBLE HISTORIA.

“Ifigenia in Tauride” puede ser el episodio final de esa leyenda que nutre a la vez muchas leyendas. Todo un tronco del que se han ido cogiendo ramas. Gluck, en dos óperas, con un personaje a mi juicio maravilloso, hizo eterna esa dura historia de los Atridas, porque hoy estas obras forman parte del repertorio de Teatros Líricos de todo el mundo. En Madrid, el propio Placido Domingo asumió el personaje de Orestes, encomendado a un barítono, pero que nuestro gran tenor interpretó magistralmente. Este Orestes que pudo ser víctima y que al final fue perdonado por su hermana y por las propias Erinnias que lo perseguían.

En un estupendo articulo de Pierre Enckel (1) titulado “Pequeña mitología perpetua” se nos cuenta de forma abreviada la historia de “la ilustre familia de los Atridas”, Pelops, Tantalo, Niobé, Nicippe, Eurysthée, Alemeve, Plishtene, Atrée, Thyeste, Pelopie, Egisto, Astyoche, Agamenon, Menelas, Clytemnestra, Electra, Crhisotemis, Iphigenie, Oreste. Esta es la linea en la que finalizará la familia después de asesinatos, violaciones, canibalismo (Shakespeare lo tuvo en cuenta en su “Tito Andronico”) Otros parientes aparecen, Helena, que originará la Guerra de Troya, Egisto, Hércules, Teseo, Hipólito. Los dioses Diana y Apolo tendrán igualmente una nefasta y vengativa intervención.

Curiosamente las últimas palabras de Diana en la ópera de Gluck ponen fin a la historia negra de la familia y postulan una época de paz que sucederá a la tensión de todos esos años.

Diana exclama:

Deteneos, escuchad mis decretos eternos

Escitas! A las manos de los griegos llevad mis imágenes

Vosotros habéis demasiado tiempo, en estos climas salvajes

deshonrado mis leyes y mis altares

(A Oreste)

Me ocupo de tu destino

Oreste: tus remordimientos borran tus crímenes

Mecenas espera a su rey, vete a reinar en paz

Y devuelve Ifigenia a la Grecia maravillosa.

Diana, hacedora de la paz, cuando ha sido implacable en muchas ocasiones. Ya se sabe, los dioses actúan, al menos en la antigua Grecia, de forma caprichosa. Ha tardado mucho Diana en reprochar sus cruentas prácticas a los escitas y consentido muchos sacrificios humanos absolutamente injustos. Salvar a Orestes e impulsarlo a ser Rey soluciona de forma caprichosa la tragedia y perdona (¿) al asesino de su madre. Otra injusticia más de las muchas que jalonan esta mitología que ha servido y sirve de modelo a las relaciones de los hombres, hoy todavía más implacables y salvajes que en aquellos lejanos tiempos.

Euripides (no fue solo él quien escribió sobre este personaje, también lo hicieron Guimond de la Touche, Danchet, Goethe, de Dubrevic y otros) tenia que poner fin a esta saga y cerrar en cierta forma todo lo acontecido. En “Iphigenia in Tauride” la fuerza surge de ella, obligada a participar en los sacrificios y llena de piedad por las victimas ¿Qué hace Diana entretanto? El silencio, la no acción, como ocurre hoy con los poderosos que podrían evitar innumerables masacres. La condición del hombre se pone de manifiesto en toda su crudeza en la cuna de la civilización que tanto admiramos. Humanos y dioses se encuentran al mismo nivel moral.

La ópera de Gluck va más allá de la obra de Euripides. Acentúa lo trágico de su situación, mientras que en el texto griego aparece más serena y en cierta forma más cruel. Es difícil ver en escena a Euripides (¿la tragedia ha muerto en el presente como escribía Ian Kott?) Tal vez lo que haya desaparecido es la catarsis que surge de ella. Solo el imperio de lo económico importa y, salvo los fanatismos religiosos de las clases desfavorecidas, no hay arrepentimiento ni espiritualidad. Orestes, asesino de su madre y su padrastro se arrepiente, Electra en la ópera de Richard Strauss se vuelve loca cuando ve cumplida su venganza. Todo resulta sensual, mórbido, cercano a la psicopatía que hoy, desde lo individual, se ha transformado en colectiva.

Noble dramaturgia de Gluck, noble partitura que en cierta forma recupera el drama, sagrado y humano a la vez, en una línea que desarrolla la historia y evita los adornos. Los escitas asesinan al “extraño” ¿No nos dicen nada Euripides y Gluck sobre el tratamiento que hoy mismo se le da al otro, al “emigrante”, al diferente por raza o color, por categoría social o económica? Contemplando el montaje de Robert Carsen en el Teatro Real lo antiguo se hace también actualidad.

En la ópera, y esto también pone en contacto la antigüedad con el presente, estalla también la pulsión sexual. Por una parte la atracción que siente Ifigenia por ese forastero al que debe sacrificar, por otro la posible relación homosexual entre Orestes y Pylade. La puesta en escena de Carsen parte de un inmenso agujero negro en el que todo se mezcla, los protagonistas y el coro, mientras que en las paredes se trazan los nombres de los protagonistas de la saga. Todo este continuum, sin rupturas, confirió a la representación ese grado de credibilidad que hacia llegar al espectador tanto la música como el texto que era potenciado por unos excelentes intérpretes, en lo teatral y lo musical.

El mito griego se hacia actualidad. La conversión en ópera de la obra de Euripides propiciaba una permanencia inmediata en todos los lugares del mundo. Así el testimonio de aquella época tenia “valor de eternidad”, permítaseme el concepto. Seguimos viviendo de esos efluvios del pasado que se repiten a través de los tiempos. El corazón de los hombres y de los dioses es absolutamente implacable aunque esta Ifigenia atempere su crueldad al final.

Este personaje subyugante me ha inspirado un texto que titulo “Alrededor de Ifigenia”, basado en Euripides pero distanciándome de él, con un dialogo personal y una solución final en la relación amorosa total de los dos hermanos, hermosa y polémica forma de terminar la historia de los Atridas sustituyendo el crimen por la pasión.


II.- “EL REY ROGER” LO APOLINEO Y LO DIONISIACO

Otra vez Euripides con “Las Bacantes” como obra inspiradora. También existen otros puntos desde los que Szymanovski y su libretista, escriben esta ópera. Los viajes a Sicilia, su relación homosexual, el propio Nietzsche… Nos encontramos en Sicilia en el medievo, en el reinado de Roger II que se convirtió al culto de Dionisos. Una ópera breve e intensa, hora y media de duración, que se asemeja a un ritual de aceptación (oposición primero, dudas después, asunción de lo nuevo por último). Estrenada en España muchos años después de su composición, primero en Barcelona, después en Madrid, constituye una gran sorpresa, por la belleza de su música, la magistral orquestación y también por su estructura dramática. Oposición entre lo tradicional (el Arzobispo, la Diaconisa y el Pueblo) y lo nuevo representado por el pastor que logrará convencer a la Reina Roxana y al propio Monarca. No existen en la ópera las crueldades de la obra original de Euripides y este Dionisos tiene también algo del Cristo que rompe los usos tradicionales. Penteo no es destrozado por las Bacantes, aquí desparecidas del todo.

La posición personal del músico y su relación con Jaroslaw Iwaskiewicz eran determinantes para la composición de esta obra, que resulta un canto al amor libre, a la glorificación del placer absoluto. Lo griego está detrás pero también esa oposición entre lo apolíneo y lo dionisiaco, entendiendo este concepto desde la belleza sublimada, muy por encima de la inmediata y externa pulsión sexual. En ningún momento aparece ésta en la ópera de manera explícita, y su propia orquestación con un juego maravilloso de las cuerdas, los violines principalmente, y con la línea de canto y las bellísimas melismas de Roxana, abona esta forma de trasformar el mito. Lo erótico está presente pero incluso en la relación matrimonial de los Reyes la forma de expresarlo es absolutamente personal y no siempre ha sido bien entendida.

Lo apolíneo del Rey y la Corte, lo religioso en primer término, contra lo dionisiaco representado por el pastor, constituye el núcleo fundamental del conflicto, que se repite en todos los tiempos, como una especie de lucha vital: el control contra la pasión. Influencias desde diversas culturas que se plasman en los diferentes actos de la ópera confieren a ésta un carácter muy especial. De la ensoñación al drama, para finalizar con ese monólogo de Roger ante el sol que determina su conquista por el propio Dionisos en la figura del Pastor.

El espectáculo presentado en Madrid ha sido, no solo en la capital sino también en Paris donde se estrenó, ampliamente discutido por público y critica. El montaje de Krzystof Warlikowski ha prescindido de las indicaciones del libreto y ha realizado una dramaturgia y una plasmación escénica que puede, y debe añadiría, ser discutida pero no negada. Frente a lo manifestado por un crítico amigo creo que el público madrileño ha visto y escuchado “El Rey Roger” aunque, desde luego, quepan otras opciones teatrales más ceñidas a la letra al texto-música de la ópera.

Tiempo presente. Acierto desde el carácter global de la visión dionisiaca. Vestuario impactante del coro, reflejado asimismo en las imágenes que de él se proyectan. Más difícil de explicar las de la película “Flesh” de Andy Warhol. Visión exacta del Arzobispo, la Diaconisa y Edrisi, el casi omnipotente Consejero del Rey. Este y la Reina se aman, y sus figuras en ropa interior se abrazan y besan. Roxana será enseguida fascinada por la presencia irradiante del Pastor. A Roger le costará más trabajo aceptarlo, su sentido de la autoridad, del orden, choca con esta revolución de las costumbres que significa la ruptura del antiguo sistema. Tienen un hijo que tendrá presencia física en el Acto III. Creo que para la pareja la aparición de Dionisos no significa un cambio traumático, pero sí para la sociedad, para el pueblo en el que reina Roger, al final solo en escena y totalmente transfigurado en ese himno al sol que supone toda una afirmación.

Para llegar a este momento Warlikowski rompe la fijación del contexto en la escena del ballet, sustituida por una especie de danza gerontológica y homo erótica de no fácil comprensión, aunque si de indudable impacto. Varias interpretaciones caben, y a cada espectador corresponde hacer la suya. Después, la aparición de los chicos Mickey Mouse me parece más artificiosa, quizá porque entiendo que la idea de relacionar el hedonismo de la era hippy con la sociedad de consumo, nada tiene que ver con la de la ópera, que acepta lo dionisiaco, lo exalta como una medicina (en su caso personal) a la concepción judeocristiana de la sexualidad. El problema del consumismo es diferente, y aunque no se niegue su existencia, no se identifica precisamente con la libertad de los cuerpos, sino con toda otra serie de satisfacciones materiales y lúdicas.

Si esta puesta es escena en la que tantos elementos se ponen en juego, desde la propia concepción de la escenografia, ese lugar desolado que se transforma en luz, el mobiliario, las proyecciones, la luminotecnia, hasta la muy correcta dirección de los actores cantantes y la utilización del espacio para estos y para los coros.

Si la puesta en escena fue discutible y recibió algunas muestras de desagrado, lo que resulta curioso ya que solo en la ópera se producen, y para mi son un signo positivo frente a la rutina empobrecedora, la versión musical fue acogida con unanimidad en el aplauso. Magnifica dirección de Paul Daniel que resaltó todas las bellezas de la partitura y su maravillosa orquestación en el impresionismo y el expresionismo, y estupenda la actuación de los coros. Por su parte los solistas Marius Kwiegien, Olga Pasilhnyk, Will Hartman y Stefan Margita mostraron su clase. Dignidad, voz transida en el primero dominando su difícil papel, perfección en la segunda, sobre todo en su gran intervención en el II Acto, notas cristalinas sin el mínimo roce. Bien los otros, creando una sinfonía intensa y vibrante.

La antigua Grecia, el mito recuperado por obras líricas que a la vez muestran el mundo de ayer y su relación con el de hoy. Pocas cosas han cambiado, muchas de ellas a peor, desde la polis griega y su teatro para la catarsis del espectador, un teatro público y abierto que mostraba las carencias e indignidades de los hombres y los dioses, pero también los puntos positivos del ser humano. Gluck y Szxymanovski con su música las dieron nueva vida y lo que era parte de un folklore mitológico, es también testimonio cultural de suma calidad.


(1) “Iphigeni in Aulide” L’Avant Scene de L’Opera”