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Algunos rasgos que definen lo popular en Miguel Delibes

URDIALES YUSTE, Jorge

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 352.

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El calificativo de popular lo aplicamos y decimos en el habla corriente a objetos populares, ideas populares, costumbres populares, dichos populares. Cuando con verdad podemos hablar de esta manera, ha transcurrido normalmente un largo tiempo de decantación de esos objetos, ideas, costumbres..., hasta posarse esos objetos, ideas, etc. en la entraña de los pueblos. Cuando, efectivamente, ya son populares, forman un sedimento que viene a ser la calzada de suelo apisonado sobre el que camina segura determinada sociedad para su marcha por la historia como tal pueblo.


• Como social, ejerce una presión en torno, crea una dignidad

Lo popular establecido no permite determinados comportamientos, por más que puedan darse en individuos aislados. Una presión popular de excelencia mantiene en pie una serie de principios que atan por igual a todos, aunque individualmente, a solas, uno no los profesaría y de hecho haya siempre quien escapa de su presidencia. Pero los profesa el grupo y eso basta para que la dignidad popular se sienta comprometida.

Piénsese en el orgullo de ser excelente en el trazo de surcos rectos entre labradores, que lleva a competiciones para determinar el mozo que traza el surco más recto. Igualmente en dejar el sembrado perfectamente paralelo de surcos, que para la posterior recolección, ese paralelismo, de hecho, no tendrá más importancia efectiva. Es sólo cuestión de pundonor.

Piénsese en la frase, que se oye repetidamente en Castilla, y que es todo un lema de vida: “¡Que no se diga!”, cargada de pundonor y no solamente como expresión de la voluntad de mantener unas apariencias(1).


• Es producto de una sedimentación que tiende a la inercia

En todo caso, lo popular siempre viene de lejos y es producto de una sedimentación. Por esta razón presentará siempre determinada inercia y se mostrará alérgico al cambio, en general, y a las innovaciones bruscas.

Como hemos escrito más arriba, el calificativo de popular lo aplicamos y decimos en el habla corriente a objetos populares, ideas populares, costumbres populares, dichos populares. Cuando, efectivamente, ya son populares, forman un sedimento que viene a ser el piso firme sobre el que hace pie determinada sociedad en su marcha por la historia, con peculiares rasgos de estilo propio, reacia a dejarlo por pisar en otros terrenos que no le son familiares, aunque le resultarían más cómodos(2).


• Está al alcance de todos, implica a todos y llena todo su espacio

La realidad popular es de todos y no es exclusivamente de nadie. Hay realidades, como el pan lechuguino de cuatro canteros de Castrillo (en el Diario de un jubilado), que baja el hijo del panadero, Justito Redondo, a Valladolid, un “monumento al trigo castellano”, que se vende muy bien y está al alcance de todos. Es un pan popular. Hay, por el contrario, realidades, como los valores estéticos o las leyes de la evolución, que solamente están al alcance de gentes preparadas, en el primer caso, para la intuición de los valores estéticos y, en el segundo, para la abstracción y la generalización que exige la formulación de leyes universales emanadas de datos concretos.

Las realidades populares están, de hecho, al alcance de la gran mayoría de las personas: el alimento, el agua, el aire, el trabajo, el descanso, la familia, la propiedad, las ilusiones...

Hay realidades que nunca han sido populares, como el oro, los diamantes, los palacios, los castillos, las grandes fortunas...

Un gran invento no es popular en su nacimiento. Necesitará un inventor, un descubridor, en definitiva, un genio. Será popular en sus aplicaciones, cuando se aplique. Entonces se popularizará(3).

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NOTAS

1 Cualquier novela de Miguel Delibes abunda en variadas formas de pundonor. En Castilla, lo castellano y los castellanos pueden leerse numerosas expresiones que corroboren esta nota o característica de pundonor del hombre y de la mujer castellanos, que les hace, por ejemplo, afrontar el miedo con valentía y arrojo -“tu abuela, en este trance nunca hizo mierda” (p.246)-, arrostrar una gran merma o peligro por conseguir algo valioso o mantener determinado comportamiento –“daría dos dedos por aprender a leer” (p. 94), “antes de confesarlo se abriría en canal” (p. 120)- y, si la cosa no tiene remedio porque –“estaba escrito” (p. 213), “¿a santo de qué? (p. 247)- rendirse, en vez de echar hacia delante y aplicarse –“a poner el hombro y a ayunar” (p. 216), si es preciso,“tirando por la calle de en medio” (p. 221)- como es de ley en -“castellano de pura cepa” (p. 226). (Castilla, lo castellano y los castellanos (1979), Miguel Delibes, Planeta S.A., Barcelona, septiembre de 1980).

2 En Las ratas Miguel Delibes recoge, condensándola y exagerándola, una vieja costumbre rural castellana de señalar el calendario de fechas por el santoral. Eso sólo resulta cómodo y habitual después de largo ejercicio que el tiempo ha ido poniendo más a mano, sobre todo, si se tiene en cuenta que los días de los meses se suceden con una seriación de números cardinales, que facilita las medidas del tiempo, y el santoral, por el contrario, no presenta ningún orden lógico para esos cálculos de tiempo.
- Deje, señora Clo, antes de San Dámaso no es bueno hacerlo. Ya avisaré. (p. 23)
Generalmente el viejo se arrancaba por el Santoral, el tiempo o el campo, o los tres en uno:
- En llegando San Andrés (...) Por San Clemente (...) Si llueve en Santa Bibiana (p. 28)
Se dejaba crecer las barbas y cada año, allá por mayo, se las rapaba, generalmente el 21, la víspera de Santa Rita. (p. 30)
Pero una vez -para Santa Escolástica hará dos años-, el abuelo Román (...) (p. 34).
(Las ratas (1962), Miguel Delibes, Destino, Barcelona, 1973).

3 Cuando en El camino llevan a Germán, el Tiñoso, a su casa, en estado grave, el pueblo se moviliza. A los cinco minutos el pueblo entero se amontonaba a la puerta de su casa. Nadie ha impuesto el patrón cultural, pero todos lo cumplen, es norma popular acudir, y es patrón popular sentirse obligados a compadecer al vecino en casos como éste, pues que es vecino de todos: “Cinco minutos después, el pueblo en masa se apiñaba a la puerta del zapatero” (El camino, Miguel Delibes (1950), duodécima edición, Destino, Barcelona, 1989, p. 199).
Popular es la campana que tañe cuando llevan a enterrar al niño. Es campana de todos y suena para todos. Y como las montañas, el valle y el pueblo son de todos, montañas, valle y pueblo parecen padecer con todos. Lo popular no es exclusivamente humano, hace unidad con el entorno y la naturaleza, es además cósmico, como la realidad para Teilhard de Chardin: “las montañas tenían un cariz entenebrecido y luctuoso aquella tarde y los prados y las callejas y las casas del pueblo y los pájaros y sus acentos” (El camino, Miguel Delibes (1950), duodécima edición, Destino, Barcelona, 1989, p. 201).