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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 353.

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Durante muchos años existió en algunos pueblos de Castilla el oficio denominado del “mamador”, que consistía en que un individuo, con evidente facilidad y suponemos que escasos escrúpulos, se dedicaba a mamar de los pechos de las mujeres que tenían algún obstáculo para la salida de la leche, acumulada en los conductos lactíferos. No siempre era efectiva la operación, sin embargo, dependiendo del tipo de afección o de quiste el éxito del famoso “mamador” quien compartía sus actividades, sobre todo después de la guerra civil, con otros oficios raros como el lañador o el saborero, poniendo grapas el primero y metiendo el segundo el hueso del jamón en las ollas que sacaban las amas de casa a la puerta de la calle. Otra solución al problema de los pechos hinchados o tumefactos por la leche eran los ungüentos, del tipo del que ya aparece como receta maravillosa en el Libro de remedios de San Anselmo, del siglo XVII, con la siguiente fórmula: “Tomad medio litro de vino blanco bueno, una libra de miel y doce yemas de huevos; cocedlo todo a fuego lento hasta que se consuma el vino, a continuación echad esta masa en una olla de barro vidriada, bien tapada. Esta mezcla se aplicará sobre el mal, mañana y tarde, en estopas bien calientes con hojas de berzas rojas, aplicándolo hasta que supure el tumor y desaparezca el mal”. Todas estas fórmulas, tenidas por buenas porque en realidad no causaban daño alguno, se acumulaban a la gran cantidad de supersticiones que llegaban de edades pretéritas sin haber sido filtradas o alteradas por la reflexión. Para que la leche bajara bien se decían unas oraciones tres veces al día pero nunca en día lluvioso porque de otro modo la leche saldría poco nutritiva o aguada. Si al niño le empezaba a sentar mal la leche, la madre le colocaba para darle el pecho de forma que su cuerpo y el del infante formaran una especie de cruz; si se ahogaba al mamar se le colocaba a la cintura una cuerda con siete nudos; si vomitaba se le colgaba del cuello una llave de hierro o bien se metía esa misma llave en un plato de leche de animal, pero siempre que fuese una llave hueca; si el niño lloraba puntualmente a la misma hora se consideraba la posibilidad de que hubiese sido aojado por alguna mala persona con poderes y para remediar eso se obligaba a madre e hijo a llevar la correa de San Agustín, contra brujas y aojadores. Cuando se quería destetar al niño se le colocaba debajo de la cuna un huevo para que lo prefiriera como alimento y empezara a olvidar la leche materna. En otros casos se encendía un fuego con leña de higuera verde y allí se echaba la leche sobrante de la madre, con cuidado de no echarla fuera porque decían que donde se arrojara crecerían unos seres, mitad hombrecillos mitad bestias.