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Una excepcional familia de viejos canteros

CERRATO ALVAREZ, Ángel

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 353.

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A la familia Da Aira, Paco, Paquita, Mila y Carlos, de Nanín, (Allariz, Orense). A los viejos canteros gallegos que aún viven. A mi primer nieto, Ángel, que vino al mundo en tierras gallegas mientras preparaba este pequeño trabajo.


1. Introducción

La madera, el barro, los huesos y la piedra se encuentran entre los primeros utensilios que el ser humano utilizó en los períodos primeros de su evolución.

Es sabido que la piedra fue utilizada ya hace más de dos millones y medio de años. Sirvió entonces para proteger los palos, los mimbres, las cañas o los maderos de sus rudimentarias cabañas. Un paso importante en el proceso evolutivo fue la utilización de la piedra como instrumento para raer, cortar, atacar o defenderse del medio en el que se vivía. En este sentido, la piedra desempeñó un papel decisivo en el progreso cualitativo del hombre. La piedra daba posibilidades increíbles de adaptación y de transformación. Exigía pensar al cerebro y le daba a su vez los medios biológicos para un desarrollo sistemático y sostenible. Se creó una simbiosis de compenetración, de rendimiento y de mutuos beneficios, hasta tal punto, que los cambios del trabajo de la piedra de la larga prehistoria están estrechamente relacionados con la evolución de la mente humana.

Los centenares de miles de años caían como el paso de las estaciones. La Tierra cambiaba, cambiaba la geografía, el clima, el bosque, unos animales se sucedían a otros. Y el hombre tenía que buscar los nuevos recursos y las nuevas materias que la Naturaleza le daba. El uso y las transformaciones de esos recursos y de esas materias cambiarían a su vez la faz de la tierra. En esas profundas transformaciones la piedra no se abandonó. La piedra fue para el hombre un recurso imprescindible. Incluso, cuando no hace más de 5 ó 6 mil años, el ser humano descubrió los metales, la piedra siguió ahí.

Con la piedra se han hecho los edificios que causan asombro y estupor: pirámides, palacios, castillos, catedrales, mezquitas, murallas, puentes, acueductos, y las humildes viviendas de aquellos humildes y sabios obreros, los canteros, con todo el cortejo de ayudantes y profesiones imprescindibles y casi olvidadas ya.


2. El hábitat de la familia de canteros

El hábitat de la familia de canteros que descubrimos no hace mucho son de las tierras de Nanín.

Nanín es una aldea a dos kilómetros y medio del Concello actual de la Villa de Allariz, perteneciente a la parroquia de S. Estevo de Allariz (1).

Allariz es una Villa emblemática de la historia de Galicia y de la España medieval que marcó de alguna manera a todas las poblaciones de sus alrededores. Allariz soñó en sus mejores tiempos medievales con la capitalidad de todo el reino de Galicia, Allariz mantuvo un fuerte pulso con Orense por la mitra obispal, Allariz poseyó una populosa feria dos veces al mes2. Está cruzado por el río Arnoia, que arranca de las laderas del Este de esas tierras y a lo largo de sus riberas se crearon y se desarrollaron potentes centros de curtido, -la Villa contó hasta con cinco fábricas, fábricas que atraían a comerciantes y tratantes de toda la geografía gallega y nacional y que hizo prosperar una de los más prestigiosos centros de fabricación de calzado-. La Ribera del Arnoia contó también con molinos, herrerías, alfarerías…Los habitantes de la Villa llegaron a poseer un envidiable nivel de vida, nivel de vida que atrajo a frailes que crearon un centro de formación. En los tiempos actuales es una villa que ha marcado un estilo y un modo de remodelación, recuperación y restauración de arquitectura y de su entorno por medio del más escrupuloso respeto a su pasado, y lo ha marcado a nivel nacional y a nivel internacional. Pero el duro trabajo de la cantería huyó de la Villa. Nanín fue el centro receptor y creador de esa profesión.

Nanín es la puerta de entrada y la puerta de salida de Allariz hacia el sur, hacia las tierras de la Limia Alta. La ubicación geográfica daba a la aldea una posición privilegiada en el permanente trasiego del movido mundo de relaciones humanas, económicas, sociales y familiares de las ferias que dieron a las tierras gallegas ese sello especial cuyos orígenes pudieran remontarse a los tiempos anteriores a Cristo. Por Nanín pasó la primera carretera que unió Galicia con el Interior, la N. 525, que a pesar de su posterior desvío y del trazado del la A 53 que la deja fuera de juego, sigue en activo. En sus mejores tiempos, Nanín rondó los 450 habitantes.

El sustento número uno vino siempre del trabajo del campo, de las huertas y de los animales, pero todos tenían un oficio. En la aldea había zapateros, carpinteros-carreteros, albañiles, herreros, fogueteros (3) y sobre todo, prestigiosos canteros. Los canteros de Nanín no tuvieron competidores, los únicos que les hicieron sombra fueron los pedreiros de la raya portuguesa y los canteros de las tierras de Pontevedra. Los oficios se ejercían por necesidad, dicen siempre, y eran un complemento necesario de ayuda familiar, de modo especial cuando la familia era numerosa. En la aldea había una escuela pública, pero con los ingresos extras de los diversos oficios, muchas familias “estudiaron a sus hijos”.
El tipo de piedra de las canteras de Nanín fue lo que dio la posibilidad de crear una de la más prestigiosa escuela de canteros gallegos. Las canteras se encontraban en terreno comunal de la aldea, la piedra era de todos, y fueron excepcionales los casos de canteros forasteros que buraron por allí. Las canteras reciben el nombre gallego de -penedos. Los penedos más ricos fueron Outeiro Grande, Albarizas, As Chairas, Outeiro Redondo y Valdouro4, todos por el cordón de la ladera que cerca Nanín de Este, Sur a Oeste, mas el penedo de S. Benito, al Oeste, “de piedra de maravilla”, dice Paco, Cuando los pueblos y aldeas de los alrededores contrataban obras a los canteros de Nanín, la piedra salía siempre de los penedos del comunal del mismo Nanín.

La piedra era de granito, uno de los mejores granitos del valle del Arnoia, del valle de la Limia, y uno de los mejores del territorio gallego. Las láminas de los tres componentes estructurales, cuarzo, feldespato y mica, son finas y densas. Este tipo de granito no posee vetas de partículas extrañas que lo cuarteen, -los canteros las llaman lixo--, y pudieron obtenerse, entonces, volúmenes de piedra, grandes, medianos y pequeños sin problemas de resquebrajamientos o roturas extrañas a la hora de meter las cuñas, de extraer los bloques, de la carga, transporte y descarga a la construcción, de posibles retoques al pie de obra y de la dejada, manejo y colocación del bloque en la pared que se levantaba. Permite, pues, un trabajo elegante, asegurado y muy bueno para el pico y el cincel.


3. La familia Da Aira, una familia de canteros

El oficio de cantero nacía por tradición familiar o por el aprendizaje en cuadrilla desde nenos de 9-10 años en adelante. Ni uno ni otro caso fue la situación del padre de la familia Da Aira, el creador del clan de canteros hasta su disolución en los tiempos de la emigración que baleiró, -vació- los pueblos.

Cuando casó, el padre era un prestigioso curtidor. La guerra segó la vida de muchas familias, y machacó muchos oficios. El padre fue alistado en el bando franquista. Cuando le obligaron a empuñar un fusil y arrastrarse por trincheras y batallas que nunca entendió, le nació el hijo mayor en el fragor del frente y sólo fue registrado cuando acabó la guerra. En el permiso que disfrutó en el 37, su mujer quedó embarazada y el fruto, un varón, Paco, nació en el 38. El hermano del padre fue alistado en el bando republicano. El padre y el hermano se encontraron en Madrid. El hermano estaba en la nómina de los que habrían de ser liquidados. El otro miró por él. La solución fue engancharse en la división azul para salvar el pellejo, anduvo por los campos nazis y terminó comunista convencido.
-Tengo que hacerle una larga aclaración, dice Paco. Cuando nací se me puso Francisco Manuel. Francisco era mi padre y Manuel mi tío, o meu padriño, el hermano de mi padre. Los dos andaban en la guerra, como le he dicho. Si moría mi padre, quedaba con el nombre de mi padrino, si moría mi padrino quedaba con el nombre de mi padre. Mi madre dijo, ni para uno ni para otro, se llamará Paco. Y me quedé con Paco. Lo curioso, mire usted, es que San Paco no hay ninguno, y S. Francisco hay muchos. Tuve tres hermanos más, dos hermanos y una hermana, la única chica, se la puso Francisca en recuerdo de la abuela y se quedó con Paquita para toda su vida.

Paco, Francisca -Paquita-, y Mila, la hija de Paquita, fueron la fuente de recogida de los datos que se exponen. Ni los padres, ni el hermano mayor, ni el hermano tercero existen ya. Vive aún otro de los hermanos, también cantero.

El padre y el tío volvieron de la guerra a la tierra desolada. El oficio de curtidor había sido arrasado en su mayor parte y el padre buscó nuevos derroteros.
- Nuestro padre, dicen los dos hijos, era un artista en todo aquello en lo que ponía las manos. Su trabajo favorito había sido la curtición, pero era buscado ya como herrero, zapatero, carpintero o albañil. Se juntaron los dos hermanos vueltos de los frentes y crearon una sola cuadrilla -un fato- de ocho trabajadores.

El trabajo de la piedra empezaba por la búsqueda de las mejores vetas, se seguía con el estudio de los seres de la piedra, con la señalización de la largura, de la altura y del espesor del bloque que se quería rachar. Se introducían las cuñas. Se las golpeaba duramente con el martillón. Se extraía el bloque. El bloque podía trabajarse al pie de la cantera o cargarlo en los carros, llevarlo a la construcción y trabajarlo al pie de ella. Se acababa con el levantado de la construcción. Cada fase tenía su propio instrumental, sus propias leyes, y sobre todo, sus propios maestros. El maestro se consagraba como maestro a través de varios procesos escrupulosos y decisivos, como averiguar a la primera los seres o andares de la piedra, extraer el mejor bloque, contratar las futuras obras, y por encima de todo, manejar a la perfección la colocación de la piedra en las paredes. Entonces, su autoridad no se discutía. En la familia que tratamos, el padre fue el maestro incluso mientras formó una sola cuadrilla con su hermano y los obreros de su hermano. Con el padre fueron los cuatro hijos varones, pero el mayor emigró inmediatamente. De entre los hijos destacó Paco. Cuando se inició, tenía 10 años y los primeros trabajos los realizó como pinche.

-Los primeros pasos, dice, de un pinche de 10 años como yo, eran llevar los picos pequeños a la cantera y llevar las reglas y los cachos de tejas o piedras para marcar la dirección de las cuñas. El siguiente paso era intentar hacer los agujeros de las cuñas con el pico o el cincel y clavarlas, -facer as cuiñeiras-; de paso te ibas enterando de la estructura íntima de la piedra que los canteros llamamos seres o andares-, y el siguiente y decisivo era golpearlas con el martillón. El martillón -o martelón-¸ pesaba cinco kilos y a mis 14 años fui quién de manejarlo como el más viejo de la cuadrilla. Siempre me sobraron fuerzas e inteligencia. Esas cualidades debí de heredarlas de mi padre.
-Cuando tuve trece y catorce años fuimos a Prado, a media hora y un poco más de Nanín por los atajos del monte. El amo que mandaba hacer la obra me tomó por el pinche que venía a hacer la comida, pero subí y coloqué los perpiaños de la pared como el más veterano. ¡Cuántas maldiciones le eché! Comíamos y dormíamos en la taberna de Prado. El dueño de la taberna me puso por las nubes, creo que hasta me colgó de los cuernos de la luna.
-A mis catorce años ganaba 30 ptas -6 pesos-, pero una hogaza de pan costaba 50 ptas -10 pesos-, y una hogaza de pan desaparecía inmediatamente. Cobrábamos por quincenas. Trabajando en Prado me subieron una peseta diaria. Traje a casa 80 pesos. Mi madre lloraba de emoción y de alegría, y se subía por las paredes de contenta.

Paquita, su hermana, aclara que su hermano Paco era un mal comedor. Su madre le llamaba fiscól, -mal comedor-. Sólo quería el mejor jamón, el mejor chorizo, el mejor tocino, la mejor leche y el mejor queso, y por supuesto, que el mejor de los caldos. La madre siempre andaba de cabeza con él.
Con el tiempo, el padre y el hermano se separaron y cada uno creó su cuadrilla. Los tres hijos se fueron con el padre. Los hijos opinan que su padre fue siempre persona seria. No contrataba una nueva obra hasta que la anterior no estaba rematada y con el ramo de laurel en la cumbre del tejado. Su hermano, con su cuadrilla de obreros, no llegaba a tanto. Cuando una obra estaba sólo a medias, ya contrataba la siguiente, lo que le fue creando una cierto alejamiento de los amos que le buscaban.

-Madrugábamos mucho. Antes de salir había que afilar los picos en nuestra propia forxa. -Y yo, de pequeña, dice la hermana, le daba al ventilador-. Íbamos y veníamos con la herramienta, tanto cuando trabajábamos en las canteras como cuando hacíamos el levantado de una casa. Y le contaré un caso digno de ser creído, dice Paco. Uno de los obreros de mi padre cargaba la ferramenta a lomos del perro y le decía, ¡vamos!. Cuando quería descansar, le decía, ¡para!. El perro entendía todo, aguantaba todo y todos llegábamos a la obra.

Menos en Penamá y en Prado, que quedaban lejos de Nanín, la comida se les llevaba diariamente a la construcción. Cuando trabajaban en las canteras preferían venir a comer a casa, y sólo en casos puntuales también se les acercaba a la cantera. Libraban el sábado por la tarde y descansaban el domingo entero. El domingo era sagrado, y el lunes se volvía a los madrugones de la semana.

-Yo les llevaba la comida hecha por mi madre, dice Paca, la hermana. Se la llevaba en una pota metida en una cesta de mimbre y la cesta me la ponían en la cabeza. Tenía 6 y 7 años. Creo que por eso no crecí mucho. ¡Cuántas veces tuve que saltar por encima de las cobras! Desde entonces no las tengo miedo. ¡Cuántas veces llegué tarde! Nunca me riñeron.

-Un día, dice su hermano, se perdió a la vuelta. La oí gritar y llorar. Salté tojos, zarzales, linderos y regatos como una centella, la encontré y la llevé a casa.

La comida era patacas cocidas con carne, bacallao, chourizo, y touciño. Pero también dependía de la época del año. En invierno se preferían los derivados del porco, con castañas, y el bacallao, y caldo hecho de berza, grelos, alubias y manteca de cerdo. En primavera y verano se ponían patacas, legumbres, ensaladas y pescado -el famoso peixe-, y el caldo, que nunca faltó en ninguna de las estaciones. En otoño se combinaba todo, aunque ya escaseaba el porco que esperaba su turno en el invierno. Toda la comida, menos o peixe y el aceite, era de casa. El pescado venía de Orense y el aceite se compraba en las ferias en botellas que se reutilizaban siempre. El envase duraba años.

Las dos mujeres, madre e hija, no picaron, ni acarrearon, ni echaron una mano en el levantado de una construcción5. Llegábales bien con tener la ropa a punto semana tras semana, la comida y la cena diaria, preparar la olla, atender la huerta, cuidar a los porcos y a los animales y aves de corral, e ir y venir al trasiego de las ferias.

-La mejor época del año para el rachado y el carreto de la piedra era la primavera. El invierno era muy perro por la lluvia y el verano por el calor. Si te calabas, mal, si sudabas hasta calarte, peor. El otoño era bueno también. Los mejores meses del levantado de una construcción eran de mayo a septiembre.

Las obras se contrataban en las ferias. En las de Ginzo de Limia6, en las de Puente Linares –a Feira Nova-, Bande, Cualedro Couso, Porqueirós, Lobios, Entrimo, Maceda, Vilar de Barrio… pueblos todos a los que se iba y se volvía andando sin problemas mayores. Las ferias citadas eran muy populares y se celebraban una y sobre todo dos veces al mes. Las fechas nunca se interferían (7).

Allá se vendía y se compraba de todo: bueyes, -bois-, vacas, machos, mulas, burros, cerdos, cabras, ovejas, corderos, aves de corral, conejos, ferramenta de cualquier oficio, toda tipo de hortalizas para las huertas, ropa, calzado, fruta, miel, -el famoso mel-, aceite, manteca, instrumental de cocina, la diversidad de productos del trabajo de los alfareros, albarderos y guarnicioneros. Por allí paraban los herreros y los herradores, trabajo, el de los herradores, seguido con expectación, pujas, ánimos y aplausos cerrados si cumplía las expectativas y las apuestas hechas por él; por allí paraba el semental que era capaz de cubrir de 10 a 15 vacas en un día, y hasta las coplas de ciego que cantaban los últimos sucesos divinos y humanos de toda la comarca. Tampoco faltaban los echadores de cartas, ensalmos, y la venta de toda clase de hierbas, hierbas para dormir, para el estómago, para la barriga, para los riñones, para la vejiga, para todas los percances de los ojos, para el reuma, para los sabañones, hierbas para evitar el mal de ojo, -el temido mal de ollo--8, hierbas para empreñar y hierbas para namorar; hierbas contra la impotencia de unos y contra la frigidez de otras y hierbas para todo lo contrario.

También venía el castellano -o castelán-, sobre todo zamoranos, en aquellas mulas que impresionaban, cargados de loza, legumbres y carne de Castilla; y venían las vendedoras de peixe cargado en la cabeza, llamadas rianxeiras, y las pulpeiras de Carballiño9. Rianxeiras y pulpeiras, con mucho del bullicioso mundo de los participantes de lejos, llegaban en los americanos¸ los coches de línea donde todo cabía dentro y arriba10. Otros muchos llegaban a pie. ¡Eran las ferias aún de entonces!
Allá se veían todos, se hablaba de todo y se hacían toda clase de tratos. Los contratos de las obras de la cantería abarcaban el trabajo en la cantera, el acarreo -llamado carreto- de la piedra a la construcción de la obra, y el acabado completo incluído el tejado. Los tratos se hacían de palabra. La palabra era sagrada, y el desdén mayor que se podía hacer a una persona era no tenerle por hombre de palabra. Esa persona desaparecía del aprecio colectivo. Era hombre muerto.

A lo largo de la intensa conversación con las tres personas citadas, fueron apareciendo de manera un tanto discontinua, las fases, los procesos y el instrumental que se utilizó en cada uno de los tratamientos de la piedra y el destino final que se la daba: hacer una obra. Por cuestión de método se han avanzado los pasos esenciales, pero parece llegado el momento de detallarlos y encuadrarlos con el instrumental -a ferramenta-- típico de cada proceso. La piedra, el hombre y las herramientas formaron un todo único. Vamos allá.

Se comenzaba por buscar el penedo más apropiado y de mejor textura para los procesos posteriores. En Nanín no hubo problema, todos los roquedales eran muy buenos. Para los pasos fundamentales de marcar los lugares de los buratos de las cuñas, del picado de las cuñas y del levantado de los bloques, era fundamental el conocimiento de la posición de los seres o andares de cada roca. El rápido conocimiento de los seres fue, como se ha dicho, uno de los avales para que a un cantero se le aceptara como jefe de la cuadrilla, como maestro. El dar con la posición de los andares de cada penedo podía obtenerse a simple vista, lo que ya era el colmo de una buena profesionalidad, o a través del la observación de un cascote que se obtenía a la primera. Este fue el método utilizado por la cuadrilla del padre de Paco.

Estaba el andar del norte. Era la dirección de los tres elementos que forman el granito. Esa dirección sigue siempre una línea, un norte, que va de Este a Oeste. El norte de los canteros no tiene nada que ver, pues, con el “norte” geográfico. Era muy importante empezar el rachado por aquí para ir a favor de la veta natural de la piedra. Paco, el cantero, compara el norte con la veta natural de un tronco. Lo mejor es rachar los troncos a favor de sus propias vetas, Puestas las cuñas en la dirección del ser del norte, la roca abría a plomo, como una naranja.

Estaba el andar del levante. Tampoco tiene que ver con el “levante” geográfico. Era la zona de la roca por donde se introducían las cuñas para hendirla horizontalmente al suelo para encontrar este rachado con el del norte. El nombre de levante obedece al hecho de que esta hendidura conseguida servía para meter por ella las fuertes palancas de hierro, -os ferros-, y descuajar, remover y “levantar” los cuarterones. Muchos canteros, entre ellos Francisco, el padre, y Paco, el hijo, y sus cuadrillas preferían empezar por aquí.

Estaba, por fin, el rachado a la contra. Era el retoque que se tenía que hacer en muchas piedras ya extraídas en la dirección justo contrapuesta a las tres estructuras fundamentales del granito. Paco llamó a este trabajo, el tronzo. Era muy delicado. Se corría el riesgo de desmoronar el bloque. Se utilizaba en pocas ocasiones y en los extremos -en las cabezas-, de la piedra obtenida ya.

El instrumental que se empleó en estos momentos fue, una cuerda que servía de metro, tizas o piedras para marcar la dirección del rachado, un puntero que se golpeaba con una maza pequeña llamada maceta para hacer los buratiños donde se introducían las cuñas de hierro o de madera -los buratiños podían prepararse también a golpe pico- la operación completa se llamó facer as cuiñeiras. Para golpear las cuñas para que abriese la piedra se empleaba el martillón que pesaba 5 kilos. En tiempos no tan remotos aún se usaron las cuñas de madera. A las cuñas de madera se les vertía agua11; era frecuente verterla también en las cuñas de hierro. Las huellas de las cuñas de madera pueden verse por restos de penedos rachados, por perpiaños y lumieiras de viejas construcciones y por pilastras de separación de fincas.

- Se procuraban obtener bloques de 3 a 6 metros lineales. La piedra más larga que conseguí -dice Paco- fue de 8 metros.

Cada bloque se partía, a su vez, en diversos tamaños. Después se preparaban. En las faenas de la preparación estaban los primeros tientos, el desbastado, es decir, la limpieza de berrugones y sobrantes que podía hacerse con una lima de cantero, con la acodadeira que era un cincel con sólo dos caras en bisel en la punta, no salientes en los extremos, o con el cotazo, el martillo de una sola punta.

Se continuaba con el trabajo definitivo: la preparación de las seis caras de cada piedra que se habría de montar en las paredes, era el picado y el labrado. Se hacía a base de pico de cantero y de escuadra. Un buen picado era otra de las señas de identidad de un cantero, no quedaba la piedra muy pulida, pero la dejaba con el sello bravo y agreste de la misma piedra que tanto se admira hasta en las obras de altas edificaciones. Para los amos que querían paredes más finas se daba una mano de pulido a la piedra y se hacía con el cincel. Todo este trabajo podía desarrollarse en el yacimiento o al pie de la construcción. Las piedras picadas y labradas, o también pulidas, se llamaban ya perpiaños. Las caras eran 6: el lecho, -o leito- era la zona que dormía sobre la piedra anterior; el sobrelecho -o sobreleito- era la zona superior al lecho; el paramento era la zona que miraba al exterior; el trasdós era la cara opuesta al paramento, y las cabezas eran los extremos de cada piedra. Se muestra una ilustración de las seis caras con los nombres gallegos.

Perpiaño, como se ha dicho, era el nombre general de una piedra ya preparada. Pero según el sito en que se la colocara, tenía a su vez su propio nombre, sus propias medidas y su propia misión Para no ser prolijos, las definimos brevemente y añadimos otra ilustración. Perpiaños-perpiaños, o también cuarterones, eran, sobre todo las piedras de la pared. Las paredes gallegas se pinaban con dos camisas. Para asegurar la trabazón perfecta de una camisa con otra se ponía una piedra atravesada sobre cada camisa a alturas determinadas, servía de tirante, de junta, por lo que se la llamó xuntoiro. Los “xuntoiros”, por cierto, sobresalen un poco más hacia a fuera, y dan a las paredes una vista bravía y hermosa.

Los nombres de los “perpiaños” para puertas y ventanas eran distintos del de las paredes. Una puerta se encuadraba en dos marcos verticales y uno horizontal superior que los cerraba. Los marcos horizontales se componían de una fila de dos piedras paralelas entre sí apelmazada por otra que las cerraba. Las dos zonas llevaban un reborde que recibía y paraba el batir de la puerta. Las dos piedras paralelas se llamaron agujas, -agullas-, y la piedra que cubría y atenazaba se la camisa de dentro como la camisa de fuera se llamaron tranqueros -tranqueiros. -Losa tranqueros de la ilustración atenazan la camisa de dentro-. Las alturas de las puertas de la entrada del personal eran normales -teniendo en cuenta que las gentes de aquellas épocas eran algo bajitas- (12). Para las puertas carrales (13) la altura y la anchura eran mayores. La piedra que cerraba las dos alturas fue la lumieira, palabra que encierra en sí toda su misión: cerrar la luz de la puerta. Las lumieiras de las puertas del personal eran más cortas que las de las puertas carrales. Las medidas de las lumieiras de las puertas carrales fueron oscilan entre los 3, 4 y hasta 5 metros de largo, por más de medio metro de alto y casi medio metro de ancho. Se montaban dos, la delantera que miraba a la calle e iba de canto, y la de detrás que iba tumbada y solapada y aseguraba la resistencia del edificio. La extracción, el picado, el carreto y la subida de las lumieiras sin que sufrieran desgastes, golpes, roturas violentas o muescas, consagraba definitivamente a un gran cantero. Era la piedra de toque número uno. Por encima de la lumieira descansaba el peso del resto de la pared. Para desviarlo de la lumieira se idearon infinitas soluciones, soluciones que pueden admirarse por toda la geografía gallega y que nada tienen que envidiar a las de las mejores escuelas de las altas construcciones.

Por encima de las puertas se montaban los enlosados de los balcones. Los balcones reciben el nombre preciso gallego de solainas. Las lajas de las solainas descansaban en unas piedras rodrigones horizontales al suelo. Las más características reciben el nombre de canzorros (14). Es raro que haya uno solo. Lo más normal era montar dos. El primero descansaba sobre la pared y sobresalía de ella. El segundo descansaba en el primero y sobresalía por encima de él. Cuando se montaron tres se consiguió un efecto fuera de lo común. Los canzorros dieron un sello especial de extraña belleza a la arquitectura popular gallega. En Allariz y en Vilaboa (Allariz) los hay de una fuerza sorprendente. Pueden encontrarse prodigiosos canzorros por otros pueblos de la Limia, como Piñeira Seca (Xinzo de Limia), San Paio de Abades (Baltar) (15), etc. etc. (figs. 7a, b y c).

Para los marcos de las ventanas se seguían soluciones semejantes a las de las puertas, con la excepción de no ser costumbre de montar canzorros.

Se ha hablado de la extracción, de las caras de la piedra y de los nombres de cada una según su colocación. Pero había que llevarla de la cantera a la construcción. La llevada se llamó carreto, acarreo. Fue uno de los trabajos típicamente comunales. Para la bajada de la piedra se juntaban las xugadas de vacas de todo el pueblo. Se iba con los carros de vacas a la cantera y se cargaban las piedras a los carros. Se las subían a pulso o rodándolas hacia arriba por una rampa de tierra a base de brazos con palancas de hierro sobre rodillos de troncos. Se cargaban dos, tres o cuatro. En el carro podían empujarse con cadenas de hierro. Sólo se cargaba una sola lumieira. Había que tener mucho cuidado por los caminos. Ese mismo cuidado había que tenerlo en el descargue de la piedra. Sólo en casos excepcionales se utilizaban bueyes, los bueyes eran ásperos de llevar, dicen siempre los canteros, pero las vacas eran suaves, inteligentes y pacientes. Las operaciones del carreto las dirigía el maestro de la cuadrilla. Duraban uno o dos días. El amo de la construcción pagaba la comida, una comida excepcional: cabritos, corderos, un ternero…

Nos queda por describir el trabajo de la construcción, lo que los canteros todos llamaron el levantado, y la colocación de la piedra fue llamado el asentado. -El asentado era también la contratación de una obra-.

La cuadrilla Da Aira Levantó casas por Arcos, Allariz, Vilaboa, Villariño, Roimelo, Portela de Airavella, Airavella, Penamá, y Prado. Penamá y Prado quedaban lejos y entonces dormían allí. Como ya se ha indicado, las canteras fueron siempre las de Nanín. Paco hizo alguna obra esporádica por su cuenta. También cortaron piedra para el Parador de Verín. La piedra para el Parador ya se cargaba en camiones. Cada camión llevaba sólo tres piedras de 4 mts, de largo, 0,45 de alto y 0, 40 de ancho. Las piedras se las bajaba rodando por la ladera hasta la culera del camión.
Si hasta ahora la presencia y el trabajo del maestro habían sido decisivos, aquí era el momento de dar la talla definitiva. Y con el trabajo del maestro, el trabajo escrupuloso de la cuadrilla.
Se ha pensado que el trabajo de un cantero era el de extraer y de picar la piedra. Eso no es cierto. Hay que hacer justicia y reivindicar la otra cara de la moneda, el trabajo de constructor. Los canteros fueron los hacedores de la prodigiosa y sabia arquitectura del pueblo, así como de las altas construcciones como castillos, murallas, catedrales, palacios…, en colaboración y compenetración con otras profesiones. A dios gracias, la arquitectura popular goza de buena salud desde hace unos años, y algunos conjuntos estructurales del pueblo están declarados Patrimonio de la Humanidad.

El primer metro de la pared podía hacerse a base de brazos. Para la subida de la piedra a los siguientes metros se utilizaban andamios y de nuevo la fuerza se los brazos a base de depositar la piedra de andamio en andamio. Paco, el protagonista directo de este artículo, lo utilizó con cierta frecuencia.

Pero lo normal fueron las poleas. Por tierras de La Limia se las llamó también roldanas, carrulas… Es un mecanismo que tiene milenios y con escasas variantes(16). La típica roldana gallega se compuso de dos postes llamados paus que sobrevolaban tres y cuatro metros la altura de la futura obra, y de dos fuertes sogas llamadas ventos. Los cuatro elementos se unían en el vértice superior y llegaban al suelo en una posición de pirámide perfecta. Del centro del vértice se enganchaba en una “S” de hierro una rueda de madera llamada generalmente cabazo que podia tener dos y tres canales. Por los canales cruzaban las maromas que soportaban el peso de la piedra y acababan en otro cabazo. Se tiene desmostrado que a mayor número de canales mayor desviación del peso de la piedra. El peso de una piedra de 800 kilos, por ejemplo, acababa en 10017. Esto explica que una sola persona, manejando la “roldana” desde el suelo, pudiese desenvolverse sin problemas. Pero no era ese el caso. En ese momento todos echaban una mano. Estaba en juego la seguridad de los palos, de los vientos, de la cuadrilla, de la dejada de la piedra en la pared y hasta la seguridad de la pared entera. Las operaciones las dirigía el maestro, que era el que rodaba y ajustaba definitivamente la piedra. Para estas ocasiones se echaba mano de la plomada. Esta operación ya la hizo Paco a sus 14 años en Prado, y fue lo que le atrajo la admiración y las alabanzas infinitas del dueño de la taberna donde pernoctaban.

Entre canteros, carpinteros y albañiles montaban las vigas de los pisos y la techumbre del tejado.

El trabajo de cantero tuvo sus riesgos casi asegurados.

-Las secuelas físicas, dice Paco, marcaban nuestras espaldas, los hombros y los brazos quedaban machacados y las rodillas y las piernas te los dejaban tronzadas. Era un trabajo muy bruto.

-Los mejores años de la cantería artesanal fueron en torno a 1950 hasta 1965, dice la hermana. Por los años 1950, sin embargo, comenzaron a llegar a Nanín los emigrantes de Argentina y de Méjico, se hicieron grandes casas y empezaron a utilizar taladradoras y camionetas. Comenzaba la cantería industrial. Hacia 1955 comenzó a llegar el dinero fresco de los primeros emigrantes. Fueron los años dorados de los canteros. El auge impresionante de esta profesión duró unos 10 años. Por otras tierras del Valle del Arnoia y de La Limia, el auge se prolongó unos años más. No sólo se hicieron viviendas, también se levantaron monumentales panteones.

-Yo marché con 22 años al París y volví al País Vasco, dice Paco. El resto de la familia emigró a Europa y al País Vasco. El padre volvió a juntarse con el hermano y aún hicieron algo por el pantano de las Conchas, al Sur-Oeste, no lejos de Nanín. Dejaron la cantería, y vivieron del trabajo de la tierra. A los 57 años me dio una trombosis, me recuperé lentamente, pero me dejó marcado. Mi padre fue atropellado por un camión y anduvo el resto de sus días con dos muletas. Mis padres y dos de mis hermanos han muerto. Sólo quedamos mi hermana y yo.

La población de Nanín ha descendido vertiginosamente, pero quedan aún los pocos de siempre, y gentes que se desplazan a trabajar a Allariz o a Orense. Se recuperan o se construyen casas con un respeto escrupuloso al pasado, se sienten orgullosos de ese pasado labrego y de haber sido un foco de primer orden de artesanos prestigiosos y de canteiros de primera fila.


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NOTAS

1 Galicia tiene su propia distribución de las poblaciones. Está el Concello, el Concello tiene sus parroquias con su término, con su cura, su iglesia, su cementerio y su pedáneo, y cada parroquia puede tener sus propias aldeas con un delegado del pedáneo. Se llega el caso de que las aldeas tengan sus grupos de casas dispersos, son los casais.

2 La feria sigue aún pujante y viva y el recinto no ha sido tocado.

3 Un buen foguetero fue Manuel, su tío y padriño.

4 Valdouro es el topónimo de “Valle del Oro”. El nombre se debe a la creencia, tan gallega, de estar enterrados viejos tesoros de oro debajo de las rocas. Como en todos los mitos, algo hubo de verdad. La misma familia que es objeto de este estudio, encontró un buen puñado de monedas romanas de Oro. Fueron compradas en Allariz. Con los cuartos conseguidos, hicieron, entre otras cosas, un abrigo a la única hija, Paca, de 6 años. Es uno de sus mejores recuerdos.

5 En Nanín hubo otras familias de canteros, de las que se obtuvieron datos esenciales para la obra A cantería unha, profesión a extinguir (A. C. A. AGDE, 2004). Las mujeres, y otras mujeres de canteros de la Limia Alta y Baja, podían ir con sus maridos a las obras o echar una mano en la construcción de una obra.

6 Actualmente, “Ginzo”, se ha cambiado por “Xinzo”. Empleo “Ginzo” por ser el nombre que aparece históricamente hasta los comienzos de la segunda mitad del siglo XX, y por ser el término que aún emplea la gente mayor de los pueblos.

7 En la Villa de Verín, al S.E. del valle de la Limia y del Arnoia, la feria se celebraba tres veces al mes. De los pueblos y aldeas de las tierras por aquí citadas también se iba, pero eran menos frecuentadas. Y por ir que no quede, también se acercaban a la más que populosa de Chaves, en Portugal, que comenzaba el día de Todos los Santos y duraba más de una semana, y aún sigue por la misma fecha y con la misma intensidad.

8 Las ferias de la primavera eran buenísimos momentos para los primeros tanteos y las primeras relaciones amorosas. Nunca falta este dato en los muchos relatos que tuve el privilegio de escuchar de los mayores, de los que muchos y muchas ya murieron.

9 El gallego actualmente normativizado al pulpo lo llama polvo. Es la palabra que se emplea, y no tanto, por la costa de las Rías Bajas. Por las tierras de las ferias citadas el pueblo lo llamó siempre pulpo y a las vendedoras, pulpeiras y nunca polveiras. Posteriormente, el trabajo se desarrolló también por varones, pero aún así, el mayor número siguen siendo mujeres.

10 El relato que hace la familia entrevistada se refiere a las décadas de los 40 , 50 y 60 del siglo XX. Pero el mundo gallego habla con gusto de aquellos coches de línea de épocas de antes de la guerra donde se metían incluso las vacas que se llevaban a las ferias, con toda clase de hortalizas, de animales y aves de corral, con parte del personal en la baca con sus asientos y las gentes cubiertos de mantas para protegerse de la lluvia. Sin faltar el detalle de que el conductor parase a echar una parrafada con la novia. Cuado llegué a Galicia a comienzos de los 80, los autobuses del transporte escolar llevaban a los alumnos, desde luego, pero en los días de feria metían un par de vacas. A dios gracias, no se sabe de ningún atropello. Después se retiraron.

11 Es fácil observar, incluso para un profano, un buratiño para cuña de madera, de un buratiño para cuña de hierro. Para las cuñas de madera son más anchos, más largos, más profundos, y algo más separados.
12 En los archivos del Ayuntamiento de Ginzo de Limia figuran los reclutamientos de los quintos para los ejércitos de las guerras carlistas y de las guerras contra la independencia de Hispanoamérica. Muchos se libraban por la escasa estatura. La media no superaba el 1,50. El que andaba por el 1,60 era ya un buen mozo.

13 El nombre de puertas carrales les viene del hecho de meter y de sacar en la corte el carro de las vacas, vacío o cargado. Cortes es el nombre que reciben las cuadras.

14 La expresión canzorro hace referencia a la semejanza que pudiera encontrarse entre estas piedras puestas ya y los perros tumbados al sol. Es semejante al nombre técnico de canecillos.

15 Por la geografía de La Limia existen cantidad de rectorales, un patrimonio del pueblo casi todo él en el más lamentalable estado de abandono y de ruina. En estas desgraciadas ruinas puede observarse muy bien cuanto se ha dicho. También existen en muchas de ellas unas extrañas perforaciones por la pared a la altura de la puerta. El cura las utilizaba para encañonar desde dentro las visitas inoportunas o demasiado oportunas.

16 El que esto escribe pudo ver la reproducción in situ de las roldanas de la famosa muralla de Adriano, por el S. II d. C., que separó Escocia del resto de Gran Bretaña. No hacía mucho había tomado nota de las roldanas gallegas y de la roldana de Ubaldo Pascual, un célebre cantero de los páramos de Burgos. No es exagerado decir que, a nivel del pueblo, poco habían cambiado.

17 Jesús Díez de las Heras, ingeniero industrial, Madrid.