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Entre piras y escondrijos: sobre libros heterodoxos en la España del siglo XVI

HERNANDO GARRIDO, José Luis

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 355.

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Una tabla del célebre retablo pintado por Pedro Berruguete para el monasterio de Santo Tomás de Ávila (Museo del Prado) y un plafón esculpido (no sabemos si pudo haber pertenecido al bancal de un retablo, una sillería de coro o facistol) por Juan de Juni para el convento santiaguista de San Marcos de León (Museo de León) ilustran quemas de libros que, aunque compartan cronología y fatal sentencia, poco tienen que ver con la intransigente Inquisición hispana.

La primera alude al pasaje milagroso de la ordalía en Fanjeaux en tiempos de Santo Domingo de Guzmán, donde sólo el libro pío consigue salvarse de las llamas de una hoguera inquisitiva donde arde el grueso de los ejemplares heréticos impregnados de catarismo (algo así como el pasaje narrado por Jiménez de Rada, cuando Alfonso VI sometió los libros litúrgicos mozárabes y los galicanos a una ordalía para que salvaran los elegidos por el brazo secular, necesariamente los segundos). Existe otra tabla de Pere Nicolau de inicios del siglo xv (Museo de Bellas Artes de Valencia) que ilustra el mismo tema. La segunda refiere la quema de los libros escritos por San Gregorio Magno (inspirados por el Espíritu Santo) como castigo tras ser acusado de dilapidar los bienes de la Iglesia, sólo interrumpida por la milagrosa intervención del monje benedictino Pedro que, dicho sea de paso, falleció en el intento al revelar la intervención milagrosa por obra y gracia del Espíritu Santo.

En 1502, Antonio Triguero, vecino de Villanueva de Gumiel (una localidad que, celebra como patrón a San Pedro Mártir de Verona), hacía referencia a una quema pública de libros judíos -Torás y otras escrituras- en la plaza de Coruña del Conde, que había tenido lugar a fines de 1493 o principios de 1494. Se trataba de un testimonio arrancado al declarante por el Tribunal de la Inquisición tras el regreso de algunos cristianos nuevos desde Portugal, donde había ido a parar el grueso de los judíos expatriados desde Castilla que salieron hacia Miranda do Douro y Bragança (en menor número, se dirigieron al puerto de Cartagena para embarcar rumbo al norte de África y Salónica). Otra noticia proporcionada por un tal Suero, carpintero de profesión, aludía a un día de 1501, cuando trabajaba en casa del cristiano nuevo soriano Juan de Salcedo (que había sido carnicero kosher en la ciudad de Soria), abriendo un hueco en la pared para meter una viga, descubrió un agujero cerrado con barro, donde encontró escritos en pergamino “en letra judiega” con pasajes de la Torá que fueron a parar al fuego.

Según las fuentes más solventes, personajes históricos como Qin Shi Huang, Atanasio, Savonarola, el cardenal Cisneros, Adolfo Hitler o Mao Tse-Tung -entre tantos- fueron encendidos impulsores de quemas librarias (¡hay que fastidiarse! con la edad nos falla la memoria más inmediata). Pero desde el punto de vista literario, los ingenios quijotescos de Cervantes y las alucinaciones futuristas de Ray Bradbury nos ponen la piel de gallina.

Otra imagen peninsular aludiendo a la incineración libraria queda reflejada en la escena de la conversión al cristianismo del mago Hermógenes (el Almogines que libró el contencioso iconoclasta con éxito rotundo). Aparece pintada en una tabla que formó parte del retablo mayor de la iglesia de Santiago de Palmela (Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa) atribuida al Maestro de Lourinhã (ca. 1520-1525), donde los libros mágicos son pasto de las llamas, manifestando así el triunfo de Santiago sobre el demonio. Se trata de una escena entresacada de los Apócrifos, que nos recuerda a la historia de Simón el Mago, situando en un mismo nivel de poder a los apóstoles Pedro y Santiago (y eso que la sede compostelana estaba de capa caída). En la zona superior de la tabla, un cortejo de diminutos demonios azuzados por Hermógenes -casi un rompimiento de malignidad- irrumpe en el interior de un espacio ígneo rodeado por negrísimos nubarrones, como si fueran nubeiros exprimidores de tormentas que alzan sus brazos y patalean manifestando su fastidio ante la rotunda victoria del Apóstol (su sola presencia asemeja una oronda campana capaz de conjurar nublos y pedriscos). En otras pinturas tardogóticas, un arrepentido Hermógenes opta por deshacerse de sus libros por inmersión, arrojándolos al mar, o al río, dependiendo del entorno geográfico usual de pintores y comitentes (en los retablos palentinos de Frómista y Villasirga). Agua o fuego -según los usos- utilizados como agentes purificadores desde el inicio de los tiempos. Pedro Ciruelo aludiría a Simón el Mago en su disputa con San Pedro y a Hermógenes con Santiago como hechiceros de gran valía en su popular Reprobación de las supersticiones y hechicerías (1538).

¿Estaremos tratando con cosas de la piel del diablo? La nigromancia medieval era considerada la maldita ciencia de la adivinación a través de la conjuración de los espíritus de los muertos (los caprichosos phantasmas que se crean durante el sueño), o más bien de los demonios (mediante la alteración de conductas y sentidos que permiten soñar las vidas y revelar el futuro), sólo redimible mediante la magia natural -el poder divino expresado en el orden de los efectos naturales- practicada desde esferas elitistas de la mano de la astrología, la filosofía neoplatónica y los consejos didácticos y moralizantes de autores como Ramón Llull, Roger Bacon o Alberto Magno. San Agustín y Santo Tomás condenarían toda adivinación realizada mediante la invocación de espíritus (los lances de sorteros, engañadores, agoreros o hechiceros “que catan en agüero de aves, o de estornudos o de palabras, que llaman proverbio, o echan suertes, o catan en agua, o en cristal, o en espejo, o en espada o en otra cosa luciente, o fazen fechizos de metal o de cualquier otra cosa, o adivinan en cabeza de home muerto, o de bestia, o de perro, o en palma de niño o de muger virgen” según refieren las Partidas).

En el siglo xv las relaciones entre fama, poder y magia fueron especialmente fructíferas en los reinos peninsulares. Este parece ser el contexto más correcto para interpretar las imágenes referidas. Durante el reinado de Juan II de Castilla, don Álvaro de Luna, valido del monarca, logró alcanzar enorme poder político, siendo acusado de finalmente de brujería. Don Enrique de Villena fue igualmente acusado de practicar la magia (el ars toledana), razón que motivó que, a su muerte, los libros sospechosos de su biblioteca fueran expurgados y quemados por el poderoso dominico inquisidor fray Lope de Barrientos, nacido en Medina del Campo, alcanzaría las mitras de Segovia, Ávila y Cuenca, si bien no parece que apañara los libros prohibidos del marqués pues en nada le ayudaron para la redacción de su Tractado de la divinança.

Parece lógico que los magos medievales lucharan contra la enfermedad mediante sortilegios de gotillas (de aceite, cera, pez o plomo vertidas en escudillas de agua), medidas de cintas, tierra de las tumbas (frecuente entre los hebreos), amuletos, talismanes, traza de círculos y estrellas, recitativos cabalísticos del Libro de Raziel, conjuros y plegarias (siempre la magia de la palabra), quiromancia, oniromancia (considerando el carácter premonitorio de los sueños) y cómputos astrológicos de terapéutica adivinatoria. Y muchas de tales artes, de dejar mínima constancia escrita, eran objeto de búsqueda, requisa, condena e incineración ejemplarizante.

Por eso algunos debieron esconder sus tesoros bibliográficos para evitar disgustos. En agosto de 1992, durante la realización de unas obras de rehabilitación en la casa de los Peñaranda de la localidad pacense de Barcarrota apareció un curioso hallazgo. Alguien había ocultado una heterodoxa colección de libros. ¿Pero quién pudo ser? Fernando Serrano pensaba que se trataba de un escondrijo del médico converso Francisco de Peñaranda (galeno asentado en Llerena), otros que de un avispado librero de nombre desconocido que gozaba de buenos proveedores (tal vez en el vecino reino de Portugal) y más singular clientela (por su salacidad, curiosidad y erudición políglota), aunque Francisco Rico sostenía que el librero debió ser un tipo “irresoluto e ignorante, que prefirió ocultar mejor que destruir las obras suspectas que hubiera debido someter a la Inquisición, y al hacerlo revolvió justos con pecadores”.

Los albañiles se quedaron con dos palmos de narices ante un zulo tapiado que albergaba diez libros impresos y un manuscrito elaborados entre 1525 y 1554: una edición inédita del Lazarillo de Tormes tirada en Medina del Campo en 1554; las Dilucidationes de Patrizio Tricasso; el Libro del Alborayque, panfleto antisemita de muy mala leche tirado en 1565; la Lingua de Erasmo de Rotterdam impresa en Lyon en 1538 (entre sus páginas había un papel circular manuscrito concéntricamente con una estrella de David, la leyenda “thethagrammaton” [sic] y el “trisagio” (“Agios, o theos, Agios ischiros, Agios atanathos eleison imas”) en su interior, amén de algunas fórmulas extraídas de la carta de Jesús a Ábgaro de Edesa, se trata en realidad de una nómina o amuleto contra la enfermedad y la desgracia fechado en Roma el 23 de abril de 1551 que perteneció al vecino de Évora Fernão Bradão y que olía a hebreo desde la planta baja); un par de tratadillos de quiromancia impresos antes de 1504 y en 1543; unas Precationes aliquot… con oraciones bíblicas en hebreo, griego y latín; una Confusione della setta machumetana del alfaquí valenciano Juan Andrés traducida al italiano en 1543; una edición de la Plusieurs traictez, par aucuns nouveaulx poètes… de 1539 fruto de la querella poética sostenida por los autores galos Marot, Sagon y La Hueterie; un libro de exorcismos en una edición veneciana de 1540; una Oración de la Emparedada en lengua portuguesa que fue divulgada por los ciegos en forma de pliegos de cordel y una cachondísima edición de La Cazzaria, texto sodomita que Antonio Gignali redactó -con una sola mano en 1524-25- en italiano y fue publicado en Siena. Afortunadamente el hallazgo se hizo público y fue adquirido íntegramente por la Junta de Extremadura.

Varios títulos de la librería de Bancarrota se hallaban incluidos en el catálogo de libros prohibidos publicado en agosto de 1559 por el inquisidor general Fernando de Valdés, lo cual nos permite suponer que semejante biblioteca fue abandonada hacia las mismas fechas (o tal vez algunos años antes) por parte de alguien que no pudo -tal vez falleció inesperadamente o tuvo que salir pitando de España- o no quiso recuperar semejante lote por el miedo que le entró en el cuerpo.

Sin alejarnos demasiado de Barcarrota, durante otras obras realizadas en una casa de la localidad de Hornachos (tierra de Barros) en 2003, fueron descubiertas otras dos obritas emparedadas: un devocionario cuajado de amuletos y un cuaderno de caligrafía para principiantes que datan de fines del siglo xv y fueron escritas en árabe magrebí. No resulta nada extraño pues en este pueblecito extremeño muy cercano a Almendralejo existió una importante comunidad morisca que aguantó hasta su definitiva expulsión en 1609 y su instalación en lugares como el puerto corsario de Salé la Nueva, en la desembocadura del Bou Regreg (Rabat).

Los de Bancarrota y Hornachos son dos sorprendentes hallazgos bibliográficos que, cruzados con las imágenes proporcionadas por la plástica del largo siglo XVI, ilustran tiempos intransigentes que no deberíamos olvidar.



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1. Arantxa ORICHETA GARCÍA, “La quema de libros (de san Gregorio Magno)”, en Museo de León, León, 2007, pp. 187-189. El pasaje de la ordalía de Fanjeux fue también pintada hacia 1535-40 para el convento dominico de San Onofre de Xàtiva (cf. Albert FERRER ORTS y Carmen AGUILAR DÍAZ, “Los Requena, una enigmática familia de pintores del renacimiento. A propósito de Gaspar Requena el Joven”, Archivo Español de Arte, nº 326 (2009), p. 143).

2. Enrique CANTERA MONTENEGRO, “Notas acerca de la expulsión de los judíos en la diócesis de Osma (Soria)”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval, 13 (2000), pp. 75 y 83. Está documentada además otra quema de libros hebreos de contenidos mágicos ante el convento de San Esteban de Salamanca a fines del siglo xv según se desprende de un informe del inquisidor general Andrés Pacheco (1622-1626) (Enrique CANTERA MONTENEGRO, “Los judíos y las ciencias ocultas en la España medieval”, En la España Medieval, nº 25 (2002), p. 54).

3. CANTERA, “Notas acerca de la expulsión…”, p. 80.

4. Vid. José Alberto SEABRA, “Dos importantes maestros hispano-lusos”, en Primitivos. El siglo dorado de la pintura portuguesa. 1450-1550, Valladolid, 2011, cat. 17. En el capítulo IX del Codex Calixtinus se alude a la historia del mago Hermógenes que envió a los demonios contra Santiago: “Andad y traedme acá al propio Santiago, y con él a mi discípulo Fileto para vengarme de él y que no se atreva a mofarse de mí otro tanto mis otros discípulos”. Llegaron, pues, los demonios a donde Santiago hacía oración y comenzaron a dar gritos en el aire diciendo: “Santiago, apóstol de Dios, ten compasión de nosotros, que antes de llegar el tiempo de nuestra quema ya estamos ardiendo”. Preguntóles Santiago: “¿A qué habéis venido a mí?” Y le respondieron los demonios: “Nos ha mandado Hermógenes para que le llevásemos a ti y a Fileto, pero en seguida que entramos aquí nos ató un ángel santo del Señor con cadenas de fuego y estamos sufriendo tormentos”. El apóstol Santiago les dijo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que os suelte el ángel de Dios, pero a condición de que volváis a Hermógenes y me lo traigáis atado sin hacerle daño”. Marcharon ellos, le ataron las manos a la espalda con cuerdas y así lo trajeron, diciéndole: “Nos mandaste a donde nos prendieron fuego y fuimos atormentados y aniquilados en forma insufrible”. Y traído ante Santiago le dijo el apóstol de Dios: “Eres el más necio de los hombres al creer que tienes arreglo con el enemigo del género humano. ¿Por qué no piensas a quién rogaste que te enviase para hacerme daño a sus ángeles, a quienes aún no he permitido yo que te demuestren su furia?”. Gritaban también los propios demonios diciendo: “Entréganoslo a nosotros para que podamos vengar tus injurias y nuestra quema”. Respondióles el Apóstol: “Ahí tenéis delante a Fileto. ¿Por qué no le cogéis?”. Pero los demonios contestaron: “No podemos tocar ni a una hormiga en tu aposento”. Entonces dijo Santiago a Fileto: “Para que entiendas que esta es la escuela de nuestro Señor Jesucristo y aprendan los hombres a devolver bien por mal, él te ató a ti, suéltale tú a él; él intentó llevarte ante sí atado por los demonios, tú a él por los demonios apresado, déjale marchar libre”. Mas cuando Fileto le soltó Hermógenes, confuso y humilde y consternado, permanecía quieto. Santiago le dijo: “Vete libre adonde quieras, porque no entra en nuestras normas que nadie se convierta contra su voluntad”. A lo que contestó Hermógenes: “He visto la ira de los demonios, y si no me das algo que lleve conmigo me cogerán y me matarán entre tormentos”. Entonces le dijo Santiago: “Toma mi bordón de viaje y vete tranquilo con él a donde quieras”. Y habiendo recibido el báculo del Apóstol se fue a casa y lo puso sobre su cuello y sobre los de sus discípulos. Y trajo ante el apóstol de Dios mochilas llenas de libros y se puso a quemarlos. Santiago le dijo: “Para que el hedor de la quema no moleste por acaso a los desprevenidos, mete dentro de las mochilas piedras y plomo y haz que las echen al mar”. La historia de la conversión y bautismo de Hermógenes aparece en Libro de Santiago de la catedral sevillana miniado por Diego Dorta (ca. 1561-1564) siguiendo pautas platerescas (cf. Rosario MARCHENA HIDALGO, Las miniaturas de los libro de coro de la catedral de Sevilla: el siglo XVI, Sevilla, 1998, p. 244). Un retablo dedicado a la vida de Santiago conservado en la iglesia de Santa María de Villalcázar de Sirga incluye la escena de la conversión de Hermógenes y los avatares de la traslación de los restos del Apóstol según se relata en la Leyenda Dorada, en una de las tablas, Hermógenes arroja al mar sus libros de encantamientos (cf. Irene FIZ FUERTES, “Alonso Nicoín de León. Pintor del Renacimiento en Tierra de Campos”, BSAA, LXVIII (2002), p. 234). Otro retablo dedicado al Zebedeo que apareció en 2004 en el templo de San Pedro de Frómista tras otro mueble neoclásico refería el mismo pasaje. La figura de Santiago sometiendo al mago Hermógenes deshaciéndose de los libros de magia fue reproducida en una vidriera del siglo xiii de la catedral de Chartres y pintada por Lorenzo Monaco para la predella de un retablo en Santa Maria degli Angeli de Florencia hacia 1387-88 (Musée du Louvre) y Fra Angelico en otra predella datable hacia 1427-29 (Kimbell Art Museum de Fort Worth, Texas) (cf. Laurence B. KANTER, Reconstructing the Renaissance. Saint James Freeing Hermogenes by Fra Angelico, Fort Worth, 2008) y grabada por Pieter Brueghel el Viejo hacia 1556.

5. Cf. Daniel GREGORIO, “Images du Mage, images pour le Mage”, e-Spania, 31-I-2008, ed. electrónica en http://e-spania.revues.org/89.

6. Álvaro LLOSA SANZ, “Lección de magia: una fantasía didáctica medieval”, eHumanista. Journal of Iberian Studies, 11 (2008), pp. 136-157; Alejandro GARCÍA AVILÉS, “Alfonso X y el Liber Razielis: imágenes de la magia astral judía en el scriptorium alfonsí”, Bulletin of Hispanic Studies, LXXIV (1997), pp. 21-37. Lope de Barrientos admitía el uso de Sagradas Escrituras colgadas del cuello aunque no aprovechen nada, siempre y cuando, no se mezclen con otras supercherías (cf. Paloma CUENCA MUÑOZ, El Tratado de la divinança de Fray Lope de Barrientos, edición crítica y estudio, tesis doctoral dir. por Nicasio Salvador Miguel, Universidad Complutense, Madrid, 2002, pp. 58-60).

7. Fórmula en griego latinizada, improperia o reproche cantado durante la ceremonia de la adoración de la Cruz del Viernes Santo, frecuentemente invocado como popular oración meteorológica para alejar pestes, plagas del campo, tormentas y terremotos.

8. El texto de la carta de Jesús a Ábgaro de Edesa escrito en lengua italiana refería: “Dichoso tú que has creído en mí sin haberme visto. Porque de mí está escrito que los que me han visto no creerán en mí y que aquellos que no me han visto creerán y tendrán vida. Más cerca de lo que me escribes de llegarme hasta ti es necesario que yo cumpla aquí por entero mi misión y que, después de haberla consumado, suba de nuevo al que me envió. Cuando haya subido, te mandaré alguno de mis discípulos que sanará tu dolencia y os dará vida a ti y a los tuyos”.

9. Juan GIL, “Lanx satvra. De El Saucejo a Barcarrota”, Habis, 30 (1999), pp. 221-223.

10. Un sencillo texto que repasa varios momentos de la Pasión de Cristo y su aparición a una emparedada, otorgándose a la obra supuestos beneficios e indulgencias. Vid. Julio CARO BAROJA, Ensayo sobre la literatura de cordel, Madrid, 1990, p. 54; id., Vidas mágicas e inquisición. I, Madrid, 1992, p. 283; Elisa RUIZ, “Los Libros de Horas en los inventarios de Isabel la Católica”, en El libro antiguo español. VI. De libros, librerías, imprentas y lectores, Salamanca, 2002, p. 417; Juan M. CARRASCO GONZÁLEZ, “Portugal en la biblioteca de Barcarrota: La Oración de la Emparedada”, Anuario de Estudios Filológicos, XXVIII (2005), pp. 21-34; G. CAVERO DOMÍNGUEZ, “Anchorites in the Spanish Tradition”, en Anchoritic Traditions of Medieval Europe, ed. de Liz Herbert Mcavoy, Woodbridge, 2010, p. 103

11. Francisco RICO, “La librería de Barcarrota”, en Los discursos del gusto. Notas sobre clásicos y contemporáneos, Barcelona, 2003, pp. 222-225 (El País, suplemento Babelia, nº 431, 26-II-2000); Fernando SERRANO MANGAS, El secreto de los Peñaranda: el universo judeoconverso de la biblioteca de Barcarrota, siglos XVI y XVII, Huelva, 2004; José MUÑOZ RIVAS, “Una nueva escala en la galaxia judeoconversa de la cultura española de los Siglos de Oro. A propósito de El secreto de los Peñaranda. El universo judeoconverso de la biblioteca de Bancarrota. Siglos XVI y XVII de Fernando Serrano Mangas, prólogo de Mª Rosa Navarro”, Artifara. Revista de Lengua y Literaturas Ibéricas y Latinoamericanas, nº 6 (2006), ed. electrónica; Miguel Ángel LAMA, “La biblioteca de Barcarrota, tipología de un hallazgo”, Alborayque. Revista de la Biblioteca de Extremadura, nº 1 (2007), pp. 159-211.