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Bestiario popular y tempestades. La aculturación religiosa del folklore mitológico en Cataluña

GELABERTO VILAGRAN, Martí

Publicado en el año 2011 en la Revista de Folklore número 358.

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La cultura folklórica medieval interpretaba el mundo por el intermediario de una serie de aportaciones culturales anteriores que habían forjado internamente una sólida estructura de pensamiento mítico-profano. El peso de la herencia cultural politeísta de la civilización europea anterior al cristianismo no había desaparecido del imaginario colectivo (Lecouteux 1998, 37 y Walter, 10-12). Como señala Jacques Le Goff (21), la persistencia de creencias míticas no cristianas en la sociedad medieval es una característica de la religión vivida por amplios sectores de la población rural del continente, sin que ello implique ninguna contradicción:

“Sin embargo, aunque el paso al monoteísmo es sin duda fundamental, no pienso que un monoteísmo puro y duro se pueda instalar sólidamente y durante mucho tiempo en un medio como el del mundo europeo occidental. Los hombres y las mujeres de esas regiones tienen la costumbre de estar rodeados de personajes sobrenaturales, por no decir divinos. Distingamos sobrenatural y divino, pues lo que permitió que un número considerable de tales personajes sobrevivieran en el interior del sistema cristiano fue precisamente que no eran de naturaleza divina y que, por consiguiente, no hacían sombra al nuevo Dios”.

Para el historiador medievalista Pierre Bonnassie la pervivencia del paganismo (ya sea de raíz romana, celta o germánica) es una característica común a todas las sociedades del occidente continental hasta el siglo XII. Cree Bonnassie que la cristianización del campo europeo fue extraordinariamente lenta y encontró numerosas resistencias. La península ibérica no se encontraba al margen de esta situación cultural. Añade que el proceso fue especialmente dificultoso en tierras catalanas. El erudito francés piensa que muchas creencias de índole pagana relacionadas con la antigua religión animista se mantuvieron muy vivas en Cataluña durante toda la Alta Edad Media. Se precisó medio milenio (del siglo iii al ix) para que la escritura cristiana penetrase entre la gente común. Basándose en análisis filológicos, Bonnassie demuestra que Cataluña es una de las pocas regiones de occidente donde perviven durante la Edad Media antropónimos preindoeuropeos (del género de Ennec, Gali, Eló…), fenómeno totalmente desconocido en Francia. Esta larga inmovilidad cultural de siglos explicaría la continuidad en el tiempo de viejos mitos paganos en las mentalidades de muchas comunidades rurales peninsulares de bosque y montana, favorecidas por su aislamiento geográfico.

En la literatura renacentista y del Siglo de Oro son consignadas aún ciertas creencias populares heredadas de siglos anteriores relacionadas con el mundo sobrenatural de los fenómenos celestes. El cielo era el habitáculo de temibles seres dispuestos a atemorizar a la gente, fantasmas siniestros perturbadores del orden meteorológico natural que llevaban el caos a la tierra. La imaginación popular daba forma corpórea a las visiones etéreas causadas por el miedo ancestral a los espectros maléficos. Diego Hurtado de Mendoza, escritor, poeta y diplomático, nacido en Madrid en 1503 y fallecido en 1575, es autor de una obra titulada Guerra de Granada, crónica de la rebelión morisca de las Alpujarras empezada por Aben Humeya en 1568, conflicto armado en que también participó luchando al lado de las tropas de Felipe II. En un párrafo del libro se refiere a las figuras fantásticas que la gente común creía residían en la atmósfera, hecho que lo atribuye a una ilusión óptica provocada por un fenómeno atmosférico natural:

“…Y ven los moradores encontrarse por el aire escuadrones; oyéndose voces como de personas que acometen: estantiguas llama el vulgo español a semejantes apariciones o fantasmas, que el vaho de la tierra, cuando el sol sale o se pone, forma en el aire bajo como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y semejantes”(2). (Hurtado de Mendoza, 121).

Durante la Edad Media los bosques y las regiones montañosas de Europa son un verdadero conservatorio de creencias antiguas y asilo de seres fantásticos. Habitáculos preferidos de toda una fauna de genios y espíritus de la naturaleza que el cristianismo, en su progresivo avance evangelizador, recluye en marcos espaciales caracterizados por su difícil accesibilidad y aislamiento geográfico (Lecouteux 1982, 43-64). Son los refugios de todo el bestiario del imaginario folklórico que en el pasado legendario se habían erigido en las indiscutibles figuras fantásticas dominadoras del mundo espiritual pagano y de sus creencias, ahora desterradas del espacio civilizado. Las montañas, en particular, eran uno de los elementos naturales geográficos que más temor producían a la gente, lugares vinculados al peligro, tierra salvaje, palacio de los genios y de las fuerzas maléficas (Martin, 310). Según Claude Lecouteux (1999a, 160), el genio de la montaña adopta esencialmente tres formas: la de animal monstruoso, la de gigante, y la del caballero de vida depravada y malas costumbres. Si el primero suele habitar en una gruta o lugar subterráneo, los otros dos residen en castillos o fortalezas, convertidos en figuras feudalizadas de los seres sobrenaturales primitivos. A este respecto, Gervais de Tilbury, historiador inglés nacido en Essex a mediados del siglo xii, escribió hacia 1212 el libro Otia imperialis, dedicado al emperador Otón IV de Brunswick, en cuyas páginas recoge toda una serie de narraciones legendarias europeas de carácter mítico-folklórico. En una de ellas, explica como en cierta escarpada montaña de Cataluña existe un accidentado promontorio con una extensa planicie de suelo rocoso, donde se ven extraños caballeros armados dirimiendo combates a caballo, que desaparecen cuando alguien se aproxima:

“En Cataluña hay un peñasco que presenta una superficie plana bastante extensa; hacia mediodía se perciben en su cima caballeros que justan a manera de los valientes. Pero si alguien se acerca a ellos, ya no se ve nada de eso”. (Lecouteux 1999b, 37).

Las fuentes bajomedievales registran aún la pervivencia de extrañas bestias míticas recluidas en las altas cimas de montañas y de bosques frondosos e inhóspitos, lugares que la gente evitaba penetrar por miedo a exponerse a la cólera salvaje de sus monstruosos residentes en forma de atroces tempestades o espantosas visiones. Una de las facultades principales que la tradición cristiana atribuye a los intercesores celestiales es la de héroes civilizadores de los bosques y de los valles más profundos de las montañas, encargados de expulsar a los seres mitológicos que la imaginación popular había allí colocado y de cristianizar aquellos territorios incultos donde la presencia humana era escasa por el continuo temor de la gente a ser agredidos por fabulosas criaturas míticas (Gelabertó, 301). Los mediadores celestiales realizan un doble trabajo: conquistar espiritualmente los territorios geográficos bajo dominio de las fuerzas siniestras del mal, y desterrar de las mentes humanas cualquier atisbo de su creencia, a través de la fundación de santuarios, ermitas o capillas dedicadas al culto de la Virgen María o de los santos protectores del panteón cristiano y de sus sagradas reliquias en aquellos lugares indómitos (Christian, 96). Una obra religiosa del siglo xvii muestra la capacidad de la Madre de Cristo y de los auxiliares de Dios en extirpar las viejas creencias mitológicas. El clérigo Francesc Marés escribe en 1665 una relación de los milagros de Nuestra Señora de Nuria(3), santuario mariano situado en el pirineo de Gerona y objeto de gran veneración popular desde la Alta Edad Media. Este sacerdote redacta la historia de este centro de peregrinación espiritual a partir de un cuaderno manuscrito fechado en 1338, en que se recoge toda la tradición fundacional legendaria cuando un ermitaño llamado Amadeu recibe el encargo divino de edificar en aquel abrupto paraje un centro de adoración a María(4). En un párrafo de su obra menciona unas monstruosas figuras mitológicas que sembraban el pánico entre los pobladores de aquellos montañosos territorios, y que sólo la permanente presencia de la capilla de la Virgen de Nuria consiguió expulsar para siempre:

“Los pastors sentien moltes vegades udolar esperits malignes i havian vist moltes visions de satiros, faunos o dimonis, per les quals visions males lo bestiar sels espantava, desgarriantse i despenyantse per a fugir… pero en lo punt que fonc arribat alli lo sant home Amadeu i edifica la santa capella en reverencia de la Verge Maria es estat sempre aquell lloc no sols ameno, apacible i alegre, sino tambe santificat i ple de celestials virtuts i deslliurat de visions i ilusions de esperits diabolics”(5). (Marés, 236).

La cultura folklórica creía que muchas tempestades eran originadas por seres fabulosos, habitantes de lugares situados en parajes remotos de tierras incultas donde el asentamiento humano era inexistente, a causa del pavor que inspiraba la presencia allí de imponentes criaturas mitológicas, guardianes feroces de sus territorios. La fantasía de los viajeros medievales ante la imponente presencia de elevadas cumbres montañosas alimentaba el imaginario colectivo con la forja de leyendas locales (Bischoff, 395-413). En la misma obra de Gervais de Tilbury, anteriormente mencionada, el autor relata como en la cima de la montaña del Canigó, enclavada en los pirineos orientales franceses en la raya fronteriza con Cataluña, existe un profundo lago en cuyo interior anidan monstruos diabólicos. El humano que se atreve a subir hasta allí e interrumpir su quietud queda expuesto a la venganza furiosa de las extraordinarias fuerzas malignas de sus moradores, desatándose atronadoras y fulgurantes tempestades de granizo y viento que hacen retroceder de inmediato al más osado de los viajeros:

“Se encuentra allí, según cuentan, una morada de demonios… si se echa al lago una piedra o algo pesado, estalla de inmediato una tormenta, como si los demonios estuvieran enfurecidos”. (Lecouteux 1999c, 18).

La tradición legendaria más interesante y detallada de esta creencia es relatada por Fra Salimbeno de Adamo, monje italiano, autor de una crónica histórica de los principales sucesos acaecidos entre 1283 y 1287, publicada por primera vez en el año 1904(6). La narración explica como el rey Pedro III, monarca de Aragón, Cataluña y Valencia, inquieto por las noticias que el vulgo proclamaba de la existencia en aquel inhóspito lugar de una criatura maligna capaz de producir tremendos temporales atmosféricos, ascendió a la cumbre del Canigó, la montaña más elevada de un macizo montañoso que por aquel entonces formaba parte de los territorios de su corona, para observar por si mismo cuanto había de cierto en la creencia popular, tomar posesión simbólica de su cumbre, no pisada jamás por ningún humano, y como su acción provocó la terrible reacción del dragón que habitaba en el fondo de las aguas del lago con una tempestad tan extraordinaria que atemorizó al soberano.

La crónica de los acontecimientos se recrea en detalles. El religioso cuenta que los habitantes de los pueblos situados en las proximidades de la falda de la montaña no se atrevían nunca a subir, ni siquiera a acercarse a las estribaciones de su cima por el temor que el monstruo del lago se despertara y provocase destructoras tempestades. Decidido el rey a comprobar con sus propios ojos la veracidad de la leyenda popular y a ser la primera persona en hollar tan temible lugar, comunica a la reina y a dos amigos de su más estricta confianza su intención de ascender a la cumbre del Canigó, invitándoles a acompañarle en su travesía montañosa. Monarca y acompañantes inician de buena mañana su recorrido, transcurrido un buen trecho del trayecto y cuando se encontraban a más de la mitad de camino de su objetivo, son sorprendidos por una grandiosa tormenta con una multitud increíble de truenos, rayos y relámpagos que recorrían el cielo a velocidad de espanto. El viento y el granizo hicieron detener a los viajeros, postrados en tierra sin posibilidad de movimiento. Pasada la tempestad, el soberano decidió proseguir la ruta en solitario una vez que sus amigos hubieran desistido por temor. Llegado a la cima de la montaña, vio de frente el famoso lago origen de las fantásticas leyendas. Dispuesto a cerciorarse de la realidad de la creencia, cogió una piedra y la arrojó al fondo de las aguas. No transcurrió demasiado tiempo desde esta acción, cuando la superficie del agua empezó a agitarse cada vez con una mayor violencia, acompañado de un ensordecedor sonido procedente de sus profundidades que progresivamente iba aumentando en intensidad a medida que crecía imparable el torbellino de las aguas. De repente, un enorme dragón alado emergió de sus profundidades y se puso a volar encima de la montaña, exhalando de su boca espesos vapores negros que oscurecieron la luz solar hasta quedar la cumbre montañosa inmersa en las tinieblas durante un cierto tiempo después de regresar el dragón a su morada subterránea.

El fraile cronista adapta, de hecho, a un determinado contexto geográfico una leyenda panteísta folklórica medieval muy extendida en Europa que atribuye las tormentas y las lluvias violentas a monstruos mitológicos que pueblan los picos de las altas montañas, tradición cultural que da origen a la creencia compartida por muchas culturas europeas preindustriales de atribuir a las escarpadas e inexpugnables cordilleras montañosas ser cuna de impresionantes tempestades. La crónica describe como el rey se encuentra cara a cara con fuerzas sobrenaturales maléficas que expresan su ira a través de horribles tempestades, en señal de advertencia al temerario viajero que traspasa los límites de la civilización humana para adentrarse en el sendero que conduce a las entrañas mismas donde reina la fuerza tenebrosa, señora absoluta del lugar. Cuando alguien viola su santuario y perturba su descanso responde con inusitada violencia, alterando gravemente la meteorología local con importantes temporales que los campesinos temían especialmente. Sin embargo, el rey no actúa aquí como un héroe civilizador de territorios en posesión de figuras fantásticas del antiguo panteón mitológico folklórico, no hace ningún amago de querer terminar con la vida del dragón, su actitud es de retraimiento y gran sorpresa cuando se ve confrontado al ser maléfico, embargado por una prudencia temerosa opta por esconderse y esperar a que el monstruo desaparezca engullido de nuevo por las aguas del lago para iniciar el descenso y reencontrarse con sus acompañantes, una vez limpio el aire de toda oscuridad, bien al contrario de la función desempeñada por la Virgen María o los santos, encargados de la colonización cristiana de tierras no sujetas todavía al control religioso del clero.

La crónica del monje italiano no se ajusta para nada a la realidad geográfica. A decir verdad, la ascensión del rey Pedro III al Canigó quedó sólo en un intento, ya que el único lago que posee la montaña es el Etang dels Estanyols, asentado en una llanura a 500 metros por debajo de la cima, aunque esto es lo que menos importe para el contenido del análisis folklórico de la narración. En la misma comarca pirenaica franco-catalana del Conflent están ubicados varios lagos misteriosos donde según la tradición legendaria anidaban seres espeluznantes. Uno de los lugares más temibles para los habitantes de aquellas montañas era el Etang Noir (lago negro), situado a 2.505 metros de altitud, bautizado así por la negrura de sus aguas y ser la sede siniestra de muchas criaturas infernales. Quien se aventuraba a pasar por su orilla se guardaba bien de lanzar ninguna piedra dentro para no provocar a sus moradores y darles pretexto a que levantasen grandes tempestades. En 1627 el dominico Reginald Poch -catedrático de teología en la Universidad de Perpiñán y uno de los más activos predicadores en tierras catalanas de finales del siglo xvi y primer tercio de seiscientos-, publica en aquella ciudad una obra que lleva por título Compendio de la vida, muerte y milagros de los gloriosos labradores San Galderique de Canigó y San Isidro de Madrid, donde se atribuyen las fuertes tormentas que regularmente azotan aquel macizo pirenaico a la obra de algunos ángeles malos expulsados del cielo tras la rebelión de Lucifer, que encontraron refugio en aquellas incultas tierras donde permanecen encerrados en los hondos abismos de las aguas de sus lagos. Frecuentemente recuerdan a los humanos su presencia oculta y la prohibición de adentrarse en sus feudos territoriales malignos. La Iglesia cristianiza la vieja creencia folklórica diabolizando al dragón tradicional de la leyenda, detrás de este ser mitológico se hallan los demonios, y el lago es la antecámara del mismo infierno. Por este motivo, el clero y los feligreses de las parroquias vecinas tenían la costumbre cada primavera de acudir en procesión hasta los lagos misteriosos, y una vez allí proceder a bendecir sus aguas para conjurar las formidables energías diabólicas de las criaturas maléficas allí residentes:

“También es posible que tengan allí particular morada y habitación algunos de los que cayeron del Cielo porque los truenos, rayos, piedra y tempestad en verano suelen tener en aquellos estanques principio, y los curas de las parroquias vezinas acostumbran todos los años, ir a ellos en devota procesión y los bendizen con particulares ceremonias”. (Poch, 50).

Jeroni Pujades (1568-1635) reproduce en un pasaje de su Coronica universal del Principat de Cathalunya, publicada en Barcelona en 1609, la creencia popular transcrita en la relación de la subida a la montaña del Canigó del soberano Pedro III, cuando los pastores de las localidades cercanas al lago afirmaban ser cierta la veracidad de la tradición oral:

“Jo he parlat ab homens que han habitat per allí, com pastors, y ganaders y diuhen que en llançar una pedra en lo lloch, hix la dita tempestat…moltes vegades se senten; y ouhen grans trons, se senten pedregades, y se hixen bromes, o boyres tenebrosas, y obscuritats tan grans, 9 que gastan y destrueixen los fruyts de la terra, y los que per alli se troban, no veuen ahont fican los peus”(7). (Pujades, Vol. I, 4).

El lago no solamente era una de las guaridas en la tierra de los demonios que se habían negado a adorar a Dios una vez hubo terminado la creación del universo, sino también la boca de entrada del mismo infierno donde las almas de los condenados son atormentadas para toda la eternidad. Esta estrategia eclesiástica de despaganizar el lugar, reemplazando las arcaicas figuras mitológicas del mundo profano por demonios pobladores de insondables cavernas infernales, está testificada desde el siglo xv. Jeroni Pau (1458-1497), uno de los más renombrados humanistas catalanes de aquella centuria, escribe sobre ello en el año 1475 en una de sus obras primerizas, De fluminibus et montibus hispaniarum libellus(8):

“Diuen que al seu interior hi ha les estances de les ombres i del dimonis, i que se senten crits de gent que plora i gemecs terrorifics, i afirmen que aquest llocs penetran fins a les regions infernals i que els sembrats i el arbres regats amb la malignitat de la seva aigua es cremen i s’assequen”(9). (Pau, 207-257).

Quienes provocan las temibles tempestades que tienen espantados a los lugareños no son dragones, ni otros monstruos del imaginario folklórico, son los mismos demonios que desafiaron al Creador en los orígenes del cosmos planetario, encargados de castigar eternamente la conducta disoluta de las almas humanas que se hubieran hecho merecedoras de residir en tan horrendo sitio. Esteban de Corbera, historiador fallecido en 1633, autor de una magna obra titulada Cathaluña ilustrada, libro publicado en Nápoles en 1678, vasta descripción de la economía, geografía y la historia del Principado, recoge la tradición cristiana de la leyenda:

“Y dizen todos que en su cumbre ay un estanque de agua, de negrura que no le halla el suelo, y si tiran dentro una piedra se alborota, y conmueve como el mar en una gran borrasca. Algunos días se levantan vapores espessísimos, y nieblas tenebrosas que suelen descargar granizo, y piedras muy gruesas, y otras tempestades mezcladas con truenos, y relámpagos espantosos, y horribles a la vista, y dañossísimos a los frutos de las tierras donde caen. También escriven que a vezes se oyen dentro del estanque bramidos, y llantos, bozes dolorosas, y gemidos, y que el agua hierve a borbollones, y quema la tierra adonde llega”. (Corbera, 57).

Los bosques pirenaicos también eran una reserva de genios y figuras mitológicas del folklore pagano que manifestaban su defensa del territorio con espantosos alaridos, capaces de provocar tempestades huracanadas de viento y piedra que sembraban la destrucción a su paso.

Unos seres fantásticos que poblaban los parajes boscosos de la cordillera pirenaica eran especialmente temibles. Su presencia está atestiguada por la literatura religiosa desde por lo menos el siglo xi en el pirineo catalán, aragonés y vasco-navarro, aun lado y otro de la frontera natural de los pirineos. La tradición fue recogida por los folkloristas españoles y franceses de los siglos xix y xx a través de sus monografías literarias relativas al folklore popular rural. Según el marco geográfico de referencia se les conoce por un nombre u otro, simiots en Cataluña y el Rosellón, simiote en Aragón, basajaun o anxo en las provincias vascas y navarras; en el Ariège francés (pirineos centrales) tenían el apelativo correspondiente a la lengua occitana, iretgges u omes peluts, cuyo primero de los vocablos parece derivar de la palabra herejes, términos todos ellos tomados del vocabulario empleado por la cultura docta de la época medieval y del Antiguo Régimen, puesto que desconocemos la denominación lingüística que recibían por parte de la gente común de los pueblos con los que se hallaban imaginariamente en contacto. Las fuentes muestran por lo general un mismo retrato de su fisonomía física: alta estatura, cubiertos completamente de pelo y con un aspecto atroz. No hay acuerdo unánime, en cambio, acerca de la naturaleza moral de estas extrañas criaturas, las divergencias son radicalmente distintas si las comparamos unas con las otras. Si hemos de creer las narraciones del folklore vasco, el basajaun es un personaje positivo, previene a los pastores de las tormentas que se avecinan y guarda el ganado de los ataques de los lobos cuando aquellos duermen (Caro Baroja, 349). Charles Joisten (17) señala que los iretgges habitaron el bosque de Barthes (Ariège) hasta el siglo xii o xiii. Según las crónicas de la época no eran en absoluto agresivos, vivían en cavernas alimentándose de los frutos de la tierra y de la caza. Solían mostrarse a los humanos a la luz del día, pero no toleraban que nadie se les acercase, echando a correr y escondiéndose al menor ruido. Una criatura de comportamiento tímido y nada violento.

En otros casos, por el contrario, es representado como un ser terrorífico, extremadamente maligno, dominador de los elementos atmosféricos, dotado de fuerzas colosales y de una agilidad prodigiosa. Este es el caso de los simiots de la zona pirenaica catalanofrancesa más oriental, en tierras del Vallespir y Conflent, donde constituían una verdadera plaga por su carácter feroz y maléfico. Unos goigs (alegrias, gozos) -versos escritos en pequeñas hojas en honor o alabanza de Jesucristo, la Virgen María y sus diversas advocaciones o de los santos, a los que se les podía incorporar música para ser cantados-, dedicados a los Santos Abdón y Senén, impresos en la ciudad de Barcelona en el siglo xvi y depositados en el archivo de la parroquia barcelonesa de Santa María del Pi, nos informan sobre la historia legendaria de estos fantásticos seres en aquellas tierras del pirineo (Amades 11 1927, 17). Según la narración, los simiots eran mitad humanos, mitad bestias salvajes. Vivían encima de los árboles más frondosos de las altas montañas, provocaban con sus espeluznantes aullidos y bramidos grandes tempestades de lluvia, viento y granizo que causaban devastadoras inundaciones y destrozaban los cultivos. Cuando descendían a tierra y se aventuraban en zonas habitadas entraban en las casas de noche y raptaban niños recién nacidos, llevándoselos consigo a sus guaridas en la espesura de los bosques, de los cuales jamás nada se volvía a saber. Según la misma relación impresa, los simiots habrían habitado en una época legendaria muy cerca de la ciudad de Barcelona, efectuando siniestras incursiones dentro incluso de la urbe barcelonesa.

La historia legendaria dice que en el año 960, Arnauphe, abad del monasterio benedictino de Arles de Tec(10) -localidad situada en el corazón de la cordillera pirenaica del Rosellón en la comarca del Vallespir-, hombre muy piadoso y con reputada fama de santidad, ante los repetidos ataques de estas bestias feroces que destruían la tierra y tenían atemorizada a toda la región, revela a sus feligreses que las agresiones de los simiots son un castigo enviado por Dios a causa de los muchos pecados cometidos por los habitantes de aquellas parroquias y que el flagelo sólo podía ser conjurado por la intermediación de la reliquia de algún santo. Mientras que los vecinos de Arles se someten a severos ayunos y penitencias públicas para aplacar la cólera del cielo, el devoto abad acude a Roma para recabar la ayuda del Sumo Pontífice Juan XII (955-963). Después de permanecer varios días en la ciudad santa y de realizar profunda oración, súbitamente tuvo la visión que dos santos persas, San Abdón y San Senén, todavía ignorados por el mundo cristiano, podían conjurar el azote que arruinaba su tierra(11).

Al mismo tiempo le fue revelado el lugar exacto donde reposaban ocultos sus santos cuerpos. Admirado el Papa de tan admirable revelación celestial, concedió al abad la custodia de las reliquias de estos santos que fueron inmediatamente trasladadas a Cataluña. Depositados sus santos huesos en la iglesia parroquial de Arles, casi al instante, las bestias inmundas huyeron despavoridas lanzando atronadores alaridos y bramidos de dolor desapareciendo para siempre de la región(12).

Los ataques de los simiots a los humanos parecen cesar después del siglo xi o xii, sin embargo, la tradición histórico-legendaria de algunas localidades catalanas hacen sospechar su reaparición. A principios del siglo xv, los términos municipales de Batet, Begudà y Santa Pau, en la comarca gerundense de la Garrotxa, fueron invadidos por unos animales muy extraños, peludos y de considerable corpulencia. Por esta razón, los habitantes de aquella última población levantaron en 1417 una capilla en honor de los santos Abdón y Senen en la cima del Puigsacreu, montaña vecina de 768 m. de altura, para que protegieran a las parroquias circunvecinas de la ferocidad de los simiots. Para glorificar las figuras de los venerables protectores se compusieron unos goigs que la literatura impresa ha legado hasta nuestros días (fig. 2). En 1465, las bestias feroces están a punto de reaparecer. Un pastor de Montbolo, municipio vecino de Arles, llamado Noguer de Gasnach, sorprende a dos brujas invocando a los simiots para que provocasen una tormenta. Sin perder un instante da aviso a la autoridad civil y religiosa, inmediatamente un sacerdote se desplaza al lugar de la invocación demoníaca con las reliquias de Abdón y Senén para conjurar el peligro. Como voto de fidelidad, los habitantes de aquella población pirenaica deciden ofrecer cada año en el día de la festividad de sus santos protectores, el 30 de julio, una Rodella, -larga candela fabricada en cera de abeja de casi veinte metros de extensión enroscada en una gran rueda circular sujeta sobre una estructura de hierro-, llevada en procesión hasta la iglesia de Arles como acto de renovación en lealtad a sus defensores celestiales(13). Sin embargo, en 1591, cunde de nuevo la alarma en Montbolo cuando Miquel Llop, párroco de la localidad, atribuye a los simiots las calamidades que padecían los campesinos ante los inexplicables asaltos nocturnos a sus cultivos(14).

No siempre estas criaturas monstruosas permanecen en su estado animal. Como ha señalado muy bien Claude Lecouteux, en ocasiones el mito adquiere la condición de figura feudal de un pasado legendario, sin perder por ello un ápice de su siniestra reputación. La tradición antigua explica que en algún momento de la historia estos seres extraordinarios habitaron el castillo de Rocaberti, edificio situado en un promontorio rocoso de difícil acceso en el municipio de La Junquera, -en el extremo norte de la comarca del Alt Empordà (Gerona), a unos tres kilómetros de la población actual-, del que sólo restan en pie unas pocas ruinas. Hasta el siglo xiii fue la sede del vizcondado de Rocaberti, uno de los más nobles linajes familiares de la Cataluña medieval. Según la narración legendaria los simiots fueron durante cierto tiempo los señores feudales de aquella jurisdicción territorial. Las poblaciones sometidas a su yugo señorial vivían atemorizadas por la gran crueldad que demostraban los amos del castillo. En el relato los seres míticos son despojados de su naturaleza irracional, atribuyéndoseles la condición de nobles envilecidos que viven entregados a la molicie de las costumbres y que la visita inesperada de un viajero rompe su tranquilidad(15).

El recuerdo popular de los simiots perdura con fuerza en la memoria escrita e iconográfica de las poblaciones que sufrieron sus ataques. La localidad donde está más vivo su recuerdo es precisamente Arles de Tec(16), incluso una calle de su barrio antiguo se denomina Rue du simiot. La iconografía también ha dejado huella del gran temor que los pobladores sentían hacia su presencia terrorífica. En el armario de dos compartimentos donde están depositadas las reliquias de los santos patronos, incrustado en uno de los muros de la iglesia de Arles, decora uno de sus frisos una pintura del siglo xvi representando la figura de un simiot(17). En los pórticos del antiguo templo parroquial de San Salvador de Arles i de la abadía de Santa María18 están esculpidas dos esculturas casi milenarias representando a dos simiots devorando a un hombre. En la población de Les (Valle de Arán), hay otra escultura donde se ve a la Virgen María pisando el cuerpo de otro simiot, cuya aspecto monstruoso es calcado a los existentes en Arles. Más al sur de los pirineos encontramos representado otro simiot en el pórtico del monasterio de Sant Pere d’Albanya, en la comarca del Alt Empordà.

Tales figuras mitológicas son de difícil clasificación, aunque parecen tener relación con los espíritus de los bosques de la mitología grecolatina, cuya figura más relevante era Silvanus (señor del bosque), deidad terrestre y espíritu tutelar que reinaba sobre la naturaleza. Para Joan Amades (1987, IV, 643644), los simiots de Cataluña serían una forma cultural de los sátiros de la mitología grecorromana, criaturas masculinas que vagaban por bosques y montañas. Relacionado con este asunto, Jean-Claude Schmitt (131) explica que a mediados del siglo xiii los campesinos de la región del Dombes, al norte de Lyon, realizaban ritos propiciatorios para que los espíritus del bosque -“faunos del bosque”, según el lenguaje eclesiástico- devolviesen las criaturas que habían robado de sus hogares. La Iglesia acabó atribuyéndoles un carácter demoníaco vinculado con las actividades de la brujería clásica, como el poder de engendrar destructoras tempestades de agua y granizo que arrasaban las cosechas, o secuestrar niños pequeños que devoraban cuando regresaban a sus guaridas en los bosques.

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OBRAS CITADAS

Fuentes

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CORBERA, E, Cathaluña ilustrada, contiene su descripción en común, y particular en las poblaciones, dominios y sucesos desde el principio del mundo hasta que por el valor de su nobleza fue libre de la oposición sarracena, Nápoles, 1678.

HURTADO DE MENDOZA, D. Guerra de Granada hecha por el Rey de España Don Felipe II contra los moriscos en aquel reino, sus rebeldes: historia escrita en cuatro libros, Biblioteca de Autores Españoles: historiadores de sucesos particulares, Madrid, 1952, pp. 65-122.

LLOT DE RIBERA, M, Llibre de la traslatio dels invencibles e gloriosos Martirs de IesuChrist SS. Abdon y Sennen y de la Miraculosa aygua de la Sancta Tomba del Monastir de sanct Benet de la vila de Arles en lo comptat de Roselló, Perpiñán, 1591.

MARCA, P, “Narratio de translatione reliquiarum sanctórum Abdon et Sennen ad monasterium Arulense”, Apendice DXXV de Marca Hispanica, cols. 1449-1453, París, 1688 (Edición catalana en Barcelona, 1965).

MARÉS, F, Historia y miracles de la Sagrada Imatge de Nostra Senyora de Nuria, Vic, 1665.

PAU, J, “De fluminibus et montibus hispaniarum libellus”, M. VILLALONGA (ed.), Obras, Barcelona, 1986, pp. 207-257.

POCH, R, Compendio de la vida, muerte y milagros de los gloriosos labradores San Galderique de Canigó y San Isidro de Madrid, Perpiñán, 1627.

PUJADES, J, Coronica Universal del Principat de Cathalunya, Barcelona, 1609.

Tragedia famosa de sang escampada per lo cel i martiri de los illustres princeps i Martirs de Cristo, Abdon y Senen, naturals patrons de la vila de Arles en Vallespir de Roselló, Sin lugar de edición (probablemente Perpinán), Primera mitad del siglo xvii.

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BIBLIOGRAFÍA

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3 Francesc Marés, Historia y miracles de la Sagrada Imatge de Nostra Senyora de Nuria, Vic, 1665

4 Acerca de los ritos fundacionales en la tradición folklórica peninsular ver el trabajo de François Delpech, “Rite, légende, mythe et société: fondations et fondateurs dans la tradition folklorique de la péninsule ibérique”, Medieval folklore, 1, 1991, pp. 10-56.

5 “Los pastores oían muchas veces aullar los espíritus malignos y habían visto muchas visiones de sátiros, faunos y demonios, por estas malas visiones el ganado se espantaba, descarriándose y despeñándose en su huida…pero al punto que hubo llegado allí el santo hombre Amadeu y edifica la santa capilla en reverencia de la Virgen María ha estado siempre aquel lugar no sólo ameno, apacible, sino también santificado y lleno de celestiales virtudes y librado de visiones e ilusiones de espíritus diabólicos”.

6 Revue d’histoire et archéologie du Roussillon, Vol. IV, Perpiñán, 1904.

7 “Yo he hablado con hombres que han habitado allí, como pastores, y ganaderos, y dicen que al lanzar una piedra en el lugar, surge la tempestad… muchas veces se sienten; y oyen grandes truenos, se escucha caer la piedra, y se alzan brumas, o nieblas tenebrosas, y oscuridades tan grandes, que gastan y destruyen los frutos de la tierra”.

8 El texto en edición moderna está publicado en M. Villalonga (ed.), Obras, Barcelona, 1986.

9 “Dicen que en su interior están las estancias de las sombras y de los demonios, y se oyen gritos de gente que llora y gemidos terroríficos, y afirman que en estos lugares penetran hasta las regiones infernales y que los sembrados y los árboles regados con la malignidad de su agua se queman y se secan”.

10 Establecimiento religioso ubicado en la población del mismo nombre (Arles-sur-Tech en lengua francesa). Abadía benedictina fundada en 778, el más antiguo monasterio carolingio de la Corona de Aragón.

11 Según la tradición hagiográfica medieval ambos santos sufrieron martirio en tiempos del emperador Decio. Acusados de dar sepultura a los cristianos ejecutados en el circo corren idéntica suerte al ser degollados hacia el año 250. Estos dos santos orientales fueron conocidos popularmente en Cataluña como San Nin y San Non. Pronto fueron proclamados patronos oficiales de la agricultura y especiales protectores contra tormentas y pedriscos por la cofradía de hortelanos de Barcelona que tenía su sede en la iglesia parroquial del Pi. Por esta razón recibieron la denominación popular de “sants de la pedra”. A partir del siglo xvii su veneración fue menguando progresivamente por la introducción de nuevas devociones, política religiosa contrarreformista auspiciada por la monarquía absoluta de los Austrias decidida a promocionar el culto estatal a una serie de santos “nacionales”, estrategia destinada a desvalorizar el rol protector que hasta entonces habían desempeñado en la península muchos santos regionales venerados desde los primeros siglos de la Edad Media y que la nueva sensibilidad religiosa surgida del Concilio de Trento colocará en un plano secundario. Uno de los más promocionados será San Isidro Labrador, a partir de entonces el principal protector de la tierra cultivada. No obstante, San Abdón y San Senén todavía gozaban de gran popularidad en la Cataluña de los siglos xvii y xviii a través de la publicación de goigs, e incluso de pequeñas piezas teatrales como la Tragedia famosa de sang escampada per lo cel i martiri de los illustres princeps i martiris de Cristo, Abdon y Senen, naturales patronos de la vila d’Arles, en Vallespir del Roselló, escrita en algún lugar de la Cataluña francesa entre 1630 y 1640. Probablemente la obra fue representada en al atrio o en el interior del monasterio de Arles. En la iconografía se los representaba indistintamente portando en las manos trigo, arroz o uvas, según los lugares en que se les rindiera devoción, tierras de cultivo, de regadío o secano (Joan Molina Figueras, “Hagiografía y mentalidad popular en la pintura tardogótica barcelonesa (1450-1500), Locus Amcenus, 2, 1996, p. 134).

12 La narración más detallada de la tradición se encuentra en “Narratio de translatione reliquiarum sanctórum Abdon et Sennen ad monasterium Arulense”, publicado en apéndice DXXV de Marca Hispanica, cols. 1449-1453, editado en París en 1688, opúsculo en latín de Petrus de Marca (1594-1662), eclesiástico y político que participó activamente en las conversaciones de paz del Tratado de los Pirineos (1659), que supuso la pérdida definitiva para España del Rosellón. Existe edición catalana publicada en Barcelona (1965). El texto es reproducido al pie de la letra casi doscientos años después por Adolphe Chastre en su Histoire du martyre des SS. Abdon et Senen, de leurs reliques et leur culte, Perpinán, 1869, pp. 191-198. Existen, no obstante, algunas crónicas anteriores. La relación más antigua de la historia tradicional se halla recogida en un manuscrito conservado en el Archivo Histórico Municipal de Barcelona del año 1428 que fue propiedad de la cofradía de los hortelanos de Barcelona. En el siglo xvi el relato sobre la prodigiosa traslación de los cuerpos santos es narrado en el libro del sacerdote y teólogo valenciano Juan Bautista Anyés, La vida martyris y traslació dels gloriosos martyrs e reals Princeps Abdo y Senen: e la vida del glorios bisbe e martir San Ponç, advocats dels llauradors contra la pedra y tempestad, Valencia, 1541. Hacia finales del quinientos el religioso dominico y catedrático de teología de la Universidad de Perpiñán Miguel Llot de Ribera también habla de ello en su Llibre de la traslatio dels invencibles e gloriosos Martins de Iesu Christ SS. Abdon y Sennen y de la Miraculosa aygua de la Sancta Tomba del Monastir de Sanct Benet de la Vila de Arles en lo comptat de Roselló, Perpiñán, 1591. En el siglo xx la narración se encuentra copiada en la obra de J. Sistac, Vida, culto y foklore de los santos Abdón y Senen, Barcelona, 1948, pp. 48-53.

13 La procesión sigue celebrándose en la actualidad. La Rodella se cuelga de la pared en una capilla lateral de la iglesia de Arles.

14 Estas noticias están recogidas en los libros de Olivier de Marliave, Tresor de mythologie pyrénéenne, Toulouse, 1987 y Pantheon pyrénéen, Toulouse, 1990.

15 La leyenda dice que en una noche de invierno los siniestros residentes acogieron a un viajero que nada más cruzar el umbral de la puerta del castillo sopla con fuerza sobre sus dedos para calentarse del frío ante la gran sorpresa de sus anfitriones. Gesto que vuelve a repetir durante la cena para enfriar un plato de sopa caliente. Desconcertados los simiots por este gesto incomprensible para ellos, expulsan de inmediato al huésped creyendo que es un brujo (Pere Català Roca, Llegendes de Castells catalans, Barcelona, 1983).

16 El recuerdo antiguo perdura con fuerza en el folklore actual. En el carnaval de Arles el personaje central de la fiesta es un oso ficticio denominado simiot.

17 La tradición afirma que durante varios siglos las reliquias de los mártires estuvieron depositadas en un sarcófago de mármol blanco situado en el atrio de la abadía. Durante la Edad Media fue un centro de peregrinación regional por las virtudes milagrosas que se atribuía al agua que inexplicablemente manaba de su interior por un orificio situado en una de las paredes laterales de la tumba. Un fenómeno que la gente atribuía a un milagro de San Abdón y San Senen y que en realidad era agua de lluvia filtrada a través de pequeñas hendiduras que atravesaban la piedra sepulcral.

18 Después de la Revolución francesa el viejo monasterio benedictino asume la función de nueva iglesia parroquial.