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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 360.

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El término “deporte” está tan implantado en el español de hoy día que no merece la pena cuestionarnos si es un barbarismo o si tardó más o menos en introducirse en el lenguaje coloquial. Lo cierto, eso sí, es que la Real Academia de la Lengua, cuando lo define, lo hace recordando que es una “actividad que se realiza comúnmente al aire libre con el fin de practicar ejercicio físico”: traduciendo la frase, aunque no lo necesitaría, es una actividad en la que lo más importante parece ser el cuidado del cuerpo, ya se realice previamente como preparación o en el mismo momento de la práctica deportiva. Plantearnos si es más adecuado este vocablo que el clásico “juego”, sería tan inútil como perjudicial, ya que la asimilación de los juegos tradicionales a los ámbitos deportivos ha traído como principal consecuencia una atención de administraciones y entidades hacia el cuidado y el mantenimiento de esos mismos juegos, circunstancia en general beneficiosa. Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que la civilización en la que vivimos acepta con dificultad la conservación natural de las cosas y suele preferir los aditivos que, si bien introducen productos extraños y hasta perjudiciales en la materia a conservar, dan una sensación de control sobre la misma, algo que, hoy día, se convierte en una verdadera obsesión social: controlar equivale a dar vida, aunque parezca una paradoja. Es curiosa también la preocupación por mostrar en los productos de consumo cotidiano (léase deporte, alimento o cualquier otro tipo de bien consumible) una antigüedad y una frescura natural de la que, naturalmente, carecen. Se suele ver en los anuncios de la televisión, por ejemplo, a unas viejecitas que elaboran productos a la usanza tradicional para proporcionar la sensación -ficticia, desde luego- de que aquello sigue unas normas dictadas por el tiempo y la sabiduría antigua. Lo importante, sin embargo, es que la marca tal o la firma cual han sido capaces de envasar, controlar y mantener para el gran público aquel producto, admirable, desde luego, que sólo se mantenía en la memoria de una generación o un mundo perdidos. Se advierte, por tanto, que lo importante del caso es encajar todo lo antiguo que aparente salirse de las normas o pertenecer a unas leyes diversas, dentro del actual engranaje social. Se alaba lo diferente pero siempre que haya recibido el marchamo correspondiente que lo controla y lo convierte en producto socialmente consumible. Esa puerta de acceso, imprescindible para cualquier producto que quiera atravesar la frontera de lo doméstico, no es nueva aunque lo parezca; el interés por regular y fiscalizar siguiendo unas normas de común aceptación es tan antiguo como el deseo del ser humano por relacionarse y establecerse en sociedad; recordemos la figura del almotacén o del fiel contraste de pesas y medidas que eran quienes ajustaban a una norma previamente aceptada cualquier transacción o mercadería. Lo diferente hoy sería el aparente sentimiento de culpa por haber abandonado lo tradicional -de ahí el interés en presentarlo como bueno o convertirlo en categoría de mito-; sentimiento de culpa mitigado, eso sí, por las ventajas que parece dar el conservar lo antiguo, aunque sea haciendo uso de un método no natural, lo cual, volvemos a repetir, parece estar en contradicción con la propia esencia de lo conservado. Estamos pues, ante un nuevo elemento que diferenciaría el “deporte”, del juego y al que casi nunca se alude: el deporte sería un juego que, como éste, proporcionaría una satisfacción; que sería como él competitivo y que por tanto tendría normas comunes pero que, además, estaría controlado por una entidad que, habitualmente, se escapa al control del propio individuo.